* «La persona soberbia, en cambio, está tan imbuida de sí misma, que no puede ser habitada ni por Dios ni por otras personas. La soberbia es, por ello, el pecado por excelencia, lo que más nos separa de Dios. A veces nos dejamos impresionar por los pecados más groseros como la ira, la avaricia o la lujuria y no nos damos cuenta de que la soberbia es mucho más destructiva y embrutecedora. Por la lujuria, el rey David llegó a cometer adulterio y homicidio, pero por la soberbia cayeron los ángeles del cielo»
Domingo XXII del tiempo ordinario - C
Eclesiástico 3, 17-18.20.28-29 / Salmo 67 / Hebreos 12, 18-19.22-24a / San Lucas 14, 1.7-14
P. José María Prats / Camino Católico.- Las lecturas de hoy nos hablan de la importancia de la humildad. Es fácil entender por qué esta virtud es tan importante en la vida espiritual, pues la humildad nos vacía de nosotros mismos para que podamos ser habitados por Dios. Acoger a Dios significa despojarnos de lo que somos y tenemos para que todo sea asumido por Él: despojarnos de nuestro modo de ver y valorar las cosas para asumir el suyo, que se nos revela en las Escrituras; despojarnos de nuestros proyectos y aspiraciones para asumir los suyos, que se nos revelan en la consideración atenta y orante de los hechos de nuestra vida cotidiana; despojarnos de apegos desordenados a personas y cosas para permanecer plenamente disponibles para hacer su voluntad. Sólo puede, pues, acoger a Dios en su vida, el que se ha despojado de sí mismo: el humilde. Como dice la Santísima Virgen en el Magnificat, lo que hizo posible que Dios se encarnarse en su seno fue «la humillación de su esclava».
La persona soberbia, en cambio, está tan imbuida de sí misma, que no puede ser habitada ni por Dios ni por otras personas. La soberbia es, por ello, el pecado por excelencia, lo que más nos separa de Dios. A veces nos dejamos impresionar por los pecados más groseros como la ira, la avaricia o la lujuria y no nos damos cuenta de que la soberbia es mucho más destructiva y embrutecedora. Por la lujuria, el rey David llegó a cometer adulterio y homicidio, pero por la soberbia cayeron los ángeles del cielo.
La soberbia es el arma más poderosa que el Enemigo de nuestras almas esgrime contra nosotros, y lo hace, además, con una sutileza y habilidad pasmosas. Veamos algún ejemplo.
En muchos casos, aprovechando la inseguridad existencial de las personas, el Maligno consigue suscitar en ellas la vanagloria, es decir, el deseo de afirmarse constantemente por la admiración y las alabanzas ajenas. Y para ello, las mueve a ajustar artificialmente su vida a los patrones vigentes de éxito social. Todas las energías de la persona se ponen entonces al servicio de la vanidad, de mantener absurdamente ante los demás una determinada imagen de sí, que se ha convertido en un verdadero ídolo.
Pero el Maligno sabe utilizar también con gran eficacia el arma de la soberbia con personas más virtuosas y espirituales, que llevan una vida moral intachable o están dedicadas al cuidado de los más necesitados. En este caso suscita en ellas una secreta complacencia y un sentimiento de superioridad que les mueve a menospreciar y criticar interiormente a los que no parecen ser tan virtuosos. Es el caso de aquel fariseo que oraba diciendo: «Dios mío, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago los diezmos de todo lo que poseo» (Lc 18, 11-12). En este mismo sentido, San Juan Clímaco dice que quien se enorgullece interiormente de los dones recibidos de Dios «es semejante al que habiendo recibido armas del emperador para usar contra sus enemigos, las usó contra sí mismo ... Grande es la astucia de nuestros enemigos, los cuales hacen que las fuentes de las virtudes sean fuentes de vicios».
Hemos sido creados para compartir la gloria de Dios y el Maligno sabe aprovechar este profundo impulso que anida en nosotros para vendernos una tosca imitación de la gloria, una gloria vana y mundana. Jesús hoy nos advierte que para acceder a la verdadera gloria, primero debemos abajarnos e ir a ocupar el último puesto, «porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.» Él mismo nos lo ha mostrado con su vida, pues «a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Flp 2,6-11).
P. José María Prats
Evangelio:
Un sábado, habiendo ido a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando. Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos, les dijo una parábola:
«Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que os convidó a ti y a él, te diga: ‘Deja el sitio a éste’, y entonces vayas a ocupar avergonzado el último puesto. Al contrario, cuando seas convidado, vete a sentarte en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te convidó, te diga: ‘Amigo, sube más arriba’. Y esto será un honor para ti delante de todos los que estén contigo a la mesa. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».
Dijo también al que le había invitado:
«Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa. Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos».
San Lucas 14, 1.7-14
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