* «Hemos puesto por delante de Dios otras cosas, otros amores, otros ídolos: la familia, el trabajo, el bienestar, las relaciones sociales, nuestras aspiraciones... y no estamos dispuestos a permitir que la voluntad de Dios venga a entrometerse en nada de esto. Hemos hecho de Dios un instrumento más al servicio de nuestros ídolos, al que acudimos para pedir que todo discurra conforme a nuestra voluntad o para garantizar nuestro destino eterno; como aquel joven rico que preguntó a Jesús qué debía hacer para heredar la vida eterna pero no quiso desprenderse de sus bienes para poder seguirlo»
Domingo XIII del tiempo ordinario - A
2 Reyes 4, 8-11.14-16a / Salmo 88 / Romanos Rm 6, 3-4.8-11/ San Mateo 10, 37-42
P. José María Prats / Camino Católico.- Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy nos urgen a la coherencia y a la radicalidad en su seguimiento: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí».
Estas palabras deberían hacernos reflexionar. La vida es compleja y a menudo nos cuesta mucho ser coherentes con nuestros principios y convicciones. Nos vemos asediados por circunstancias, compromisos, deseos y urgencias de todo tipo que nos empujan hacia una vida improvisada, apresurada y fragmentaria.
Esto es particularmente cierto en el ámbito de la fe. Muchas personas se declaran creyentes pero han reducido su vida espiritual a recurrir a Dios cuando aparece una necesidad o un problema. Han bloqueado su fe en este nivel y no quieren avanzar hacia grados más elevados de coherencia. Porque si creemos en Dios como Creador que ha hecho todas las cosas conforme a un designio, entonces Él es nuestro origen, nuestro destino y el sentido de nuestra vida. Y vivir al margen de esta realidad o relegándola a un segundo plano comporta, evidentemente, una vida superficial e inauténtica. Si somos mínimamente coherentes, la relación con Aquél que es nuestro origen, fundamento y destino, ha de vivirse necesariamente de forma apasionada, poniendo en juego toda nuestra atención y nuestras energías. Así se lo dice Dios a su pueblo: «Escucha, Israel ... Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.» (Dt 6,4-5).
¿Por qué nos ocurre esto? ¿Por qué nos quedamos a medio camino en nuestra relación con Dios? ¿Por qué nos negamos a avanzar hacia niveles más altos de coherencia? Jesús nos da la respuesta en este evangelio: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí ... el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí...». Hemos puesto por delante de Dios otras cosas, otros amores, otros ídolos: la familia, el trabajo, el bienestar, las relaciones sociales, nuestras aspiraciones... y no estamos dispuestos a permitir que la voluntad de Dios venga a entrometerse en nada de esto. Hemos hecho de Dios un instrumento más al servicio de nuestros ídolos, al que acudimos para pedir que todo discurra conforme a nuestra voluntad o para garantizar nuestro destino eterno; como aquel joven rico que preguntó a Jesús qué debía hacer para heredar la vida eterna pero no quiso desprenderse de sus bienes para poder seguirlo.
Hoy se vive cada vez más la fe de esta manera. En general –como nos reprocharía Nietzsche– no tenemos valor para negar a Dios: repugna demasiado a nuestra inteligencia y a nuestro sentido innato de trascendencia. Pero como tampoco estamos dispuestos a asumir lo que supone acoger hasta las últimas consecuencias al Dios vivo que se ha revelado en Jesucristo, nos construimos un dios a nuestra medida, un dios a la carta, un dios domesticado que no entra en conflicto con el culto a nuestros ídolos, un dios que no se mete en cómo vivimos la sexualidad ni nos pide que acudamos a misa los domingos.
Y es que nos cuesta mucho entender lo fundamental: que la voluntad de Dios es fuente de vida y libertad, mientras que nuestra propia voluntad nos conduce a la esclavitud y a la tristeza. Así nos lo ha dicho Jesús en el evangelio de hoy: «El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará».
P. José María Prats
Evangelio:
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles:
«El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa».
San Mateo 10, 37-42


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