* «Jesús nos ha dicho hoy lo que tenemos que hacer: rogar al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Pidámoselo con insistencia para toda la Iglesia: que nos mande personas santas y generosas, dispuestas a arremangarse y comprometerse a fondo para que seamos un poderoso instrumento en manos de Jesús para sanar y liberar a su pueblo»
Domingo XI del tiempo ordinario - A
Éxodo 19, 2-6a / Salmo 99 / Romanos 5, 6-11 / San Mateo 9, 36-10, 8
P. José María Prats / Camino Católico.- El evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre la realidad de la misión.
Lo primero que llama la atención es que cuando Jesús se encuentra con una multitud de personas y se compadece de ellas porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor, su primer impulso no es ir directamente a socorrerlas, sino pedir a sus discípulos que rueguen al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.
Esta es una advertencia importante para los que se nos ha confiado un ministerio apostólico. Lo primero que tenemos que hacer, antes de ponernos a realizar acciones concretas, es pedir a Dios que envíe personas con las que podamos trabajar juntos en la viña del Señor.
No debemos olvidar nunca que quien anuncia y promueve el Reino de Dios no son individuos aislados, sino Jesucristo a través de una comunidad de personas que se esfuerzan por hacer presente este Reino en su vida y en sus relaciones con los demás, y desean ardientemente que todos puedan acceder a él.
De esta comunión en la fe y en el servicio al Reino de Dios surgen unas energías, una motivación, un testimonio y unas posibilidades enormes. Personalmente, puedo decir que la presencia de personas en nuestra comunidad que trabajan con una dedicación y entrega admirables por promover la misión de la parroquia en sus diferentes ámbitos (liturgia, catequesis, atención a los más necesitados, administración...) es para mí un testimonio que me sostiene y me anima cada día para seguir trabajando a pesar de las dificultades y el ambiente tan poco propicio que nos rodea. Y me maravilla ver cómo el Señor va haciendo aparecer personas con diferentes carismas y habilidades que permiten llevar a cabo obras que antes parecían imposibles de realizar.
Leemos en el evangelio que Jesús da a sus discípulos autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia y a continuación les dice: «curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios». Y es así, Jesús nos ha dado el poder para transformar la vida de las personas, para aliviar su sufrimiento material y espiritual, para moverlas a la reconciliación con Dios y con sus hermanos y a vivir con sentido, alegría y esperanza. Y tenemos este poder porque nos hemos ofrecido para ser instrumentos de Jesús y Él actúa a través de nosotros.
Sin embargo, mirando a nuestro entorno, seguimos viendo lo mismo que vio Jesús hace 2.000 años: multitud de personas extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor, personas esclavizadas por sus pasiones y por las ideologías y estructuras del mundo, personas heridas, desconcertadas y sin esperanza. Y al tomar conciencia de la ingente tarea que supone dar respuesta a estos retos, tendemos a desanimarnos y a quedar como bloqueados. Jesús nos ha dicho hoy lo que tenemos que hacer: rogar al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Pidámoselo con insistencia para toda la Iglesia y muy especialmente para nuestra parroquia: que nos mande personas santas y generosas, dispuestas a arremangarse y comprometerse a fondo para que seamos un poderoso instrumento en manos de Jesús para sanar y liberar a su pueblo.
P. José María Prats
Evangelio:
En aquel tiempo, al ver Jesús a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos:
«La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies».
Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó.
A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id proclamando que ‘el Reino de los Cielos está cerca’. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis».
San Mateo 9, 36-10, 8


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