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domingo, 26 de abril de 2026

Homilía del evangelio del Domingo: Como pastores en la Iglesia hemos de hacer realidad en nosotros las palabras de Juan Bautista: «Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar» / Por P. José María Prats

* «Jesús es la puerta del aprisco y los pastores sólo podemos acceder a las ovejas entrando por esta puerta. De lo contrario nos convertimos en ladrones y bandidos. Es lo mismo que Jesús dijo a Pedro a orillas del lago de Genesaret: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas? ... Pastorea mis ovejas’. Sólo desde el amor y la identificación con Jesús podemos actuar legítimamente como pastores. Por ello es tan importante que oremos y meditemos continuamente la palabra de Dios, pues es así como nos ponemos en sintonía con el corazón y la mente del Señor»

Domingo IV de Pascua – A

Hechos 2, 14a.36-41 / Salmo 22 / 1 Pedro 2, 20-25 / San Juan 10, 1-10

P. José María Prats / Camino Católico.-  El evangelio de hoy nos invita a meditar sobre la función de los pastores en la Iglesia. Es una palabra dirigida especialmente a los que se nos ha encomendado esta labor tan importante y tan delicada.

Jesús es la puerta del aprisco y los pastores sólo podemos acceder a las ovejas entrando por esta puerta. De lo contrario nos convertimos en ladrones y bandidos. Es lo mismo que Jesús dijo a Pedro a orillas del lago de Genesaret: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas? ... Pastorea mis ovejas». Sólo desde el amor y la identificación con Jesús podemos actuar legítimamente como pastores. Por ello es tan importante que oremos y meditemos continuamente la palabra de Dios, pues es así como nos ponemos en sintonía con el corazón y la mente del Señor.

Si nuestra atención y nuestros afectos se centran en ideologías políticas o en pasiones personales como el deseo de agradar o de “hacer carrera”, entonces entramos en el aprisco saltando por otra parte y hacemos estragos en el rebaño. Nos convertimos en extraños y las ovejas huyen de nosotros «porque no conocen la voz de los extraños».

Como pastores hemos de hacer realidad en nosotros las palabras de Juan Bautista: «Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar» (Jn 3,30). Hemos de quitarnos de en medio, despojándonos de toda ambición y deseo de afirmación, para que las ovejas puedan acceder a través de nosotros al verdadero Pastor. 

Las vestiduras que nos ponemos para ejercer el ministerio de pastores quieren visibilizar el hecho de que no actuamos en nombre propio sino como instrumentos de Jesucristo y de su Iglesia. Para las celebraciones litúrgicas nos ponemos primero el alba, que nos recuerda el bautismo por el que fuimos revestidos de la santidad de Cristo. A continuación nos ceñimos la cintura con el cíngulo, símbolo del servicio a los demás. Sobre el cuello nos ponemos la estola, que representa a la vez la autoridad sacerdotal, el suave yugo de Cristo y las ovejas que estamos dispuestos a cargar sobre nuestras espaldas. Y por encima de todo, la casulla, símbolo de la caridad que debe cubrirlo todo, la caridad del pastor que conoce a las ovejas por su nombre, las defiende de los peligros que las acechan y, caminando delante de ellas, las guía con suavidad hacia los verdes pastos que Jesús ha hecho crecer para que tengamos vida en abundancia.

Una tarea muy bonita, pero también muy comprometida, que sólo podemos realizar debidamente sostenidos por la gracia de Dios y la oración de su Pueblo.

P. José María Prats

Evangelio: 


En aquel tiempo, dijo Jesús: 


«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».


Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba. Entonces Jesús les dijo de nuevo: 


«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia».


San Juan 10, 1-10

domingo, 19 de abril de 2026

Homilía del evangelio del domingo: Caminar junto al mundo iluminándolo con la palabra de Dios, que al penetrar con el fuego del Espíritu Santo, hace arder el corazón y transforma por completo a las personas / Por P. José María Prats

* «Es la vivencia significativa de la eucaristía la que abre los ojos y dinamiza a las personas para retornar a Jerusalén, es decir, a la comunión con Dios y con los hermanos que han tenido esa misma experiencia de encuentro con el resucitado: ‘Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan’»

Domingo III de Pascua – A

Hechos 2, 14.22-33/ Salmo 15  / 1 Pedro 1,17-21 / San Lucas 24, 13-35

P. José María Prats / Camino Católico.-  El tiempo pascual es el tiempo de la misión de la Iglesia impulsada por el Espíritu Santo, y las lecturas de la liturgia se centran ahora en ella. El pasaje de los discípulos de Emaús constituye una enseñanza preciosa sobre la misión que podemos aplicar con mucho fruto a nuestros días.

Dos discípulos caminan hacia Emaús alejándose de Jerusalén, ciudad que representa la comunión con Dios. Habían creído en Jesús, pero la muerte del Maestro les ha arrebatado la esperanza. Habían sido casi tan ilusos como esas mujeres que ahora andaban diciendo que se les había aparecido resucitado. El mundo, al fin y al cabo, con su crueldad, su injusticia y su lucha por el poder, acababa siempre imponiéndose, y esta era la cruda realidad con la que había que pactar.

Este es también el ánimo de nuestro tiempo, el de una sociedad que había sido creyente y que ahora se aleja de Dios sin esperanza, considerando la fe en el que murió y resucitó como una ilusión propia de beatas ancladas en el pasado. “Que no nos vengan con historias: lo que verdaderamente cuenta es el bienestar material, y a él es al que hemos de consagrar todo nuestro empeño”.

Jesús nos enseña cómo devolver la esperanza a este mundo. Se pone a caminar junto a los discípulos interesándose por su vida y sus preocupaciones, y desde ahí los va iluminando poco a poco haciéndoles comprender el sentido profundo de las Escrituras. Así debe ser la misión de la Iglesia: caminar junto al mundo iluminándolo con la palabra de Dios, la palabra de vida que cuando penetra acompañada del fuego del Espíritu Santo, hace arder el corazón y transforma por completo a las personas. Pero la función última de esta palabra es la de llevar a un encuentro vivo y personal con la misma Palabra encarnada: «Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron».

Los que hoy se autodenominan “creyentes no practicantes” se han quedado, en realidad, a medio camino. Cuando Jesús «simuló que iba a seguir caminando», le dejaron marchar en vez de apremiarle: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». Jesús es entonces un personaje fascinante de nuestra historia, pero no el Dios vivo y verdadero que habita en mí y sostiene mi vida: «En verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» (Jn 6,53).

Es la vivencia significativa de la eucaristía la que abre los ojos y dinamiza a las personas para retornar a Jerusalén, es decir, a la comunión con Dios y con los hermanos que han tenido esa misma experiencia de encuentro con el resucitado: «Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan».

P. José María Prats

Evangelio: 


Aquel mismo día, el domingo, iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran.


Él les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?». Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado, Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?». Él les dijo: «¿Qué cosas?». Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que Él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no le vieron».


Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?». Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado».


Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.


San Lucas 24, 13-35

domingo, 12 de abril de 2026

Homilía del evangelio del domingo: Abrimos al fruto del sacrificio de Cristo, al don del Espíritu Santo que nos capacita para vivir en paz y en comunión con Dios y con los hombres / Por P. José María Prats

* «El evangelio de hoy nos recuerda que por la participación en la muerte y resurrección de Cristo hemos recibido al Espíritu Santo, que ha restablecido nuestra comunión con Dios y nos ha recreado. Se cumplen así las palabras de Juan Bautista: ‘Yo os bautizo con agua ... Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego’»

Domingo II de Pascua – A

Hechos 2, 42-47 / Salmo 117  / 1 Pedro  1, 3-9/ San Juan 20, 19-31

P. José María Prats / Camino Católico.-  En este domingo terminamos la octava de Pascua, los ocho días que prolongan el mismo día de la resurrección del Señor y durante los cuales se nos invita a profundizar en el misterio central de nuestra fe y en nuestra participación en él por el bautismo que renovamos solemnemente en la Vigilia Pascual.

La Iglesia antigua vivía esta semana muy intensamente. Era una semana toda ella festiva durante la cual se cerraban los tribunales y se prohibían los intercambios comerciales. La comunidad cristiana acudía diariamente a una liturgia solemnísima en la que el obispo instruía a los neófitos recién bautizados con las llamadas catequesis mistagógicas, en las que les explicaba el simbolismo de los ritos que habían vivido, les mostraba mediante figuras bíblicas el sentido de los sacramentos recibidos y les exhortaba a mantenerse fieles a la fe que habían profesado. Los neófitos acudían a estas celebraciones llevando todavía las albas y los cirios que habían recibido en la Vigilia Pascual y por ello esta semana era conocida como semana in albis.

El evangelio de hoy nos recuerda que por la participación en la muerte y resurrección de Cristo hemos recibido al Espíritu Santo, que ha restablecido nuestra comunión con Dios y nos ha recreado. Se cumplen así las palabras de Juan Bautista: «Yo os bautizo con agua ... Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego». Es evidente que la acción de Jesús exhalando su aliento sobre sus discípulos para comunicarles al Espíritu Santo quiere evocar el relato de la creación del hombre, cuando Dios «modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida». Por el bautismo hemos recibido al Espíritu Santo que perdimos como consecuencia del pecado y nos hemos convertido en hombres y mujeres nuevos: hijos de Dios, miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, y templos vivos del Espíritu Santo.

Como dice Jesús, el Espíritu Santo es el Espíritu de reconciliación: «Recibid al Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra cómo en la comunidad cristiana nacida de la fe y del bautismo, surge una nueva humanidad reconciliada que vive en el amor a Dios y al prójimo: «vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes, y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón».

Durante la Cuaresma y con la fuerza del sacramento de la penitencia hemos luchado contra el “hombre viejo” que todavía habita en nosotros, en el Triduo Pascual hemos participado en la muerte y resurrección de Jesucristo, y ahora, como hombres y mujeres nuevos, nos abrimos al fruto del sacrificio de Cristo, al don del Espíritu Santo que nos capacita para vivir en paz y en comunión con Dios y con los hombres. El mundo necesita esta paz que sólo Dios puede dar.


P. José María Prats

Evangelio: 


Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: 


«La paz con vosotros». 


Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: 


«La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». 


Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: 


«Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».


Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: 


«Hemos visto al Señor». 


Pero él les contestó: 


«Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».


Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: 


«La paz con vosotros». 


Luego dice a Tomás: 


«Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente».


Tomás le contestó: 


«Señor mío y Dios mío». 


Dícele Jesús:


«Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».


Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.


San Juan 20, 19-31

domingo, 5 de abril de 2026

Homilía del evangelio del Domingo de Pascua: Por la resurrección del Señor se ha abierto el acceso a una experiencia de comunión con Dios que libera de la esclavitud del pecado y capacita para vivir en el amor / Por P. José María Prats

* «Pidámosle al Señor en este día de gracia tan especial que despierte en nosotros la pasión por esta nueva vida que ha ganado para nosotros con su sacrificio en la Cruz, que nos haga descubrir su belleza y su luz, que nos guíe por sus caminos y nos haga recostar en sus verdes praderas. No podemos ni siquiera imaginar lo que el Señor nos mostrará, porque la palabra que mejor nos habla de esta vida es novedad, novedad radical e inesperada»

Domingo de Pascua de Resurrección 

Hechos 10, 34a.37-43  / Salmo 117  / Colosenses 3, 1-4  / San Juan 20, 1-9

P. José María Prats / Camino Católico.-  Hoy celebramos el acontecimiento central de nuestra fe: la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Y la palabra clave para entender este hecho es novedad, novedad radical e inesperada.

El evangelio de hoy deja muy claro que nadie esperaba la resurrección de Jesús. Cuando María Magdalena vio la losa quitada del sepulcro y la tumba vacía no pensó en una resurrección, sino que fue corriendo a decir a los discípulos: «se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Y los otros tres evangelistas nos dicen que cuando las mujeres fueron a comunicar que habían recibido del ángel el anuncio de la resurrección y que se les había aparecido el mismo Señor resucitado, los discípulos no las creyeron.

Y es que en el pensamiento judío de la época se esperaba la resurrección de los muertos a un nuevo estado de vida al fin de los tiempos, pero no como un hecho dentro de la historia. Recordemos cómo en el episodio de la resurrección de Lázaro, cuando Jesús dice a Marta: «Tu hermano resucitará», ella le replica: «Ya sé que resucitará cuando tenga lugar la resurrección de los muertos, al fin de los tiempos» (Jn 11,24).

Los discípulos de Jesús, por tanto, tuvieron que aceptar algo inconcebible forzados por la evidencia de los hechos: por una parte el hallazgo de la tumba vacía, por otra, las apariciones de Jesús resucitado a multitud de personas independientemente y en lugares y situaciones distintas y, finalmente, la intensa experiencia espiritual que suscitaron estas apariciones provocando una transformación radical de las personas.

Por la resurrección del Señor se ha abierto a la humanidad el acceso a una realidad totalmente nueva: a una experiencia de comunión con Dios que nos libera de la esclavitud del pecado y nos capacita para vivir en el amor. San Pablo, en la segunda lectura, nos anima a tomar conciencia de esta nueva realidad a la que hemos accedido por la fe y el bautismo, y a vivir de acuerdo con ella buscando «los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios».

Pidámosle al Señor en este día de gracia tan especial que despierte en nosotros la pasión por esta nueva vida que ha ganado para nosotros con su sacrificio en la Cruz, que nos haga descubrir su belleza y su luz, que nos guíe por sus caminos y nos haga recostar en sus verdes praderas. No podemos ni siquiera imaginar lo que el Señor nos mostrará, porque la palabra que mejor nos habla de esta vida es novedad, novedad radical e inesperada.


P. José María Prats

Evangelio: 


El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto». 


Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.


San Juan 20, 1-9

¡La Vida Nueva ya ha comenzado! ¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! ¡Felices fiestas Pascuales! / Por P. Carlos García Malo

 


sábado, 4 de abril de 2026

Papa León XIV en homilía en la Vigilia Pascual, 4-4-2026: «Llevar la buena noticia de que Jesús ha resucitado y que, con su fuerza, resucitados con Él, nosotros podemos dar vida a un mundo nuevo, de paz y de unidad»

 


* «La mañana de Pascua, las mujeres, venciendo el dolor y el miedo, se pusieron en camino. Querían ir al sepulcro de Jesús. Esperaban encontrarlo sellado, con una gran piedra en la entrada y soldados haciendo guardia. Esto es el pecado: una barrera muy pesada que nos encierra y nos separa de Dios, tratando de hacer morir en nosotros sus palabras de esperanza. María de Magdala y la otra María, sin embargo, no se dejaron intimidar. Fueron al sepulcro y, gracias a su fe y a su amor, fueron las primeras testigos de la Resurrección. En el terremoto y en el ángel, sentado sobre la roca volcada, vieron la potencia del amor de Dios, más fuerte que cualquier poder del mal, capaz de ‘expulsar el odio’ y de ‘doblegar a los poderosos’» 

    

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «Tampoco faltan en nuestros días sepulcros que abrir, y a menudo las piedras que los cierran son tan pesadas y están tan bien vigiladas que parecen inamovibles. Algunas oprimen el corazón del hombre, como la desconfianza, el miedo, el egoísmo y el rencor; otras, consecuencia de las primeras, rompen los lazos entre nosotros, como la guerra, la injusticia y el aislamiento entre pueblos y naciones. ¡No dejemos que nos paralicen! Muchos hombres y mujeres, a lo largo de los siglos, con la ayuda de Dios, las han removido, quizá con mucho esfuerzo, a veces a costa de la vida, pero con frutos de bien de los que aún hoy nos beneficiamos» 

4 de abril de 2026.- (Camino Católico)   “Al igual que las mujeres, que corrieron a anunciarlo a los hermanos, también nosotros queremos partir esta noche, desde esta basílica, para llevar a todos la buena noticia de que Jesús ha resucitado y que, con su fuerza, resucitados con Él, también nosotros podemos dar vida a un mundo nuevo, de paz y de unidad” ha invitado el Papa León XIV en la Vigilia Pascual celebrada en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, a las 21 horas del Sábado Santo, ante miles de fieles. 

Después de la homilía, se han recitado las letanías de los santos y el Papa ha bautizado a 10 catecúmenos, entre quienes hay personas de Corea, Gran Bretaña y Portugal. Luego se les revistió con una túnica blanca, signo de pureza, y recibieron el sacramento de la Confirmación. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:



DOMINGO DE PASCUA "RESURRECCIÓN DEL SEÑOR"

VIGILIA PASCUAL EN LA NOCHE SANTA


MISA PAPAL


HOMILÍA DE SU SANTIDAD LEÓN XIV


Basílica de San Pedro

Sábado Santo, 4 de abril de 2026


«Esta noche santa [...] expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos» (Pregón pascual). Así, queridos hermanos y hermanas, el diácono, al comienzo de esta celebración, ha alabado la luz de Cristo Resucitado, simbolizada en el Cirio pascual.


De este único Cirio todos hemos encendido nuestras luces y, llevando cada uno una pequeña llama tomada del mismo fuego, hemos iluminado esta gran basílica. Es el signo de la luz pascual, que nos une en la Iglesia como lámparas para el mundo.


Al anuncio del diácono hemos respondido “amén”, afirmando nuestro compromiso de abrazar esta misión, y dentro de poco repetiremos nuestro “sí” renovando las promesas bautismales.


Queridos hermanos, esta es una Vigilia llena de luz, la más antigua de la tradición cristiana, llamada “madre de todas las vigilias”. En ella revivimos el memorial de la victoria del Señor de la vida sobre la muerte y el infierno. Lo hacemos después de haber recorrido, en los últimos días, como en una única gran celebración, los misterios de la Pasión del Dios hecho para nosotros «varón de dolores» (Is 53,3), «despreciado y desechado por los hombres» (ibíd.), torturado y crucificado.


¿Hay una caridad más grande, una gratuidad más total? El Resucitado es el mismo Creador del universo que, así como en los albores de la historia nos dio la existencia de la nada, así también en la cruz, para mostrarnos su amor sin límites, nos ha dado la vida.


Así nos lo ha recordado la primera lectura, con el relato de los orígenes. En el principio,


Dios creó el cielo y la tierra (cf. Gn 1,1), sacando del caos el cosmos, del desorden la armonía, y confiándonos a nosotros, hechos a su imagen y semejanza, la tarea de ser sus custodios. Y también cuando, con el pecado, el hombre no correspondió a ese proyecto, el Señor no lo abandonó, sino que le reveló de un modo aún más sorprendente, en el perdón, su rostro misericordioso.


Esta «noche santa», entonces, hunde sus raíces también allí donde se consumó el primer fracaso de la humanidad, y se extiende a lo largo de los siglos como camino de reconciliación y de gracia.


De ese camino, la liturgia nos ha propuesto algunas etapas a través de los textos sagrados que hemos escuchado. Nos ha recordado cómo Dios detuvo la mano de Abraham, dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac, para indicarnos que no quiere nuestra muerte, sino más bien que nos consagremos a ser, en sus manos, miembros vivos de una descendencia de salvados (cf. Gn 22,11- 12.15-18).


Así mismo, nos ha invitado a reflexionar sobre cómo el Señor liberó a los israelitas de la esclavitud de Egipto, haciendo del mar, lugar de muerte y obstáculo insuperable, la puerta de entrada para el comienzo de una vida nueva y libre.


Y el mismo mensaje ha resonado como un eco en las palabras de los profetas, en las que hemos escuchado las alabanzas del Señor como esposo que llama y reúne (cf. Is 54,5-7), fuente que sacia, agua que fecunda (cf. Is 55,1.10), luz que muestra el camino de la paz (cf. Ba 3,14), Espíritu que transforma y renueva el corazón (Ez 36,26).


En todos estos momentos de la historia de la salvación hemos visto cómo Dios, ante la dureza del pecado que divide y mata, responde con el poder del amor que une y devuelve la vida.


Los hemos evocado juntos, intercalando el relato con salmos y oraciones, para recordarnos que, por la Pascua de Cristo, «sepultados con él en la muerte [...] también nosotros llevemos una Vida nueva [...] muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rm 6,4-11), consagrados en el Bautismo al amor del Padre, unidos en la comunión de los santos, hechos por gracia piedras vivas para la construcción de su Reino (cf. 1 P 2,4-5).


A la luz de todo esto leemos el relato de la Resurrección, que hemos escuchado en el Evangelio según san Mateo. La mañana de Pascua, las mujeres, venciendo el dolor y el miedo, se pusieron en camino. Querían ir al sepulcro de Jesús. Esperaban encontrarlo sellado, con una gran piedra en la entrada y soldados haciendo guardia. Esto es el pecado: una barrera muy pesada que nos encierra y nos separa de Dios, tratando de hacer morir en nosotros sus palabras de esperanza.


María de Magdala y la otra María, sin embargo, no se dejaron intimidar. Fueron al sepulcro y, gracias a su fe y a su amor, fueron las primeras testigos de la Resurrección. En el terremoto y en el ángel, sentado sobre la roca volcada, vieron la potencia del amor de Dios, más fuerte que cualquier poder del mal, capaz de “expulsar el odio” y de “doblegar a los poderosos”.


El hombre puede matar el cuerpo, pero la vida del Dios del amor es vida eterna, va más allá de la muerte y ningún sepulcro la puede aprisionar. Así, el Crucificado reinó desde la cruz, el ángel se sentó sobre la piedra y Jesús vivo se presentó ante ellas diciendo: «Alégrense» (Mt 28,9).


También este, queridos hermanos, es hoy nuestro mensaje al mundo, el encuentro del que queremos dar testimonio, con las palabras de la fe y con las obras de la caridad, cantando con la vida el “aleluya” que proclamamos con los labios (cf. SAN AGUSTÍN, Sermón 256, 1).


Al igual que las mujeres, que corrieron a anunciarlo a los hermanos, también nosotros queremos partir esta noche, desde esta basílica, para llevar a todos la buena noticia de que Jesús ha resucitado y que, con su fuerza, resucitados con Él, también nosotros podemos dar vida a un mundo nuevo, de paz y de unidad, como «muchos hombres y un hombre solo; muchos cristianos y un solo Cristo» (S. AGUSTÍN, Comentarios a los Salmos 127,3).


A esta misión se consagran los hermanos y hermanas que, aquí presentes, procedentes de diversas partes del mundo, recibirán en breve el Bautismo. Tras el largo camino del catecumenado, hoy renacen en Cristo para ser criaturas nuevas (cf. 2 Co 5,17), testigos del Evangelio.


Por ellos, y por todos nosotros, repetimos lo que San Agustín decía a los cristianos de su tiempo: «Anuncia a Cristo; siembra [...]. Esparce el Evangelio; lo que has concebido en tu corazón» (Sermón 116, 7).


Hermanas y hermanos, tampoco faltan en nuestros días sepulcros que abrir, y a menudo las piedras que los cierran son tan pesadas y están tan bien vigiladas que parecen inamovibles. Algunas oprimen el corazón del hombre, como la desconfianza, el miedo, el egoísmo y el rencor; otras, consecuencia de las primeras, rompen los lazos entre nosotros, como la guerra, la injusticia y el aislamiento entre pueblos y naciones. ¡No dejemos que nos paralicen!


Muchos hombres y mujeres, a lo largo de los siglos, con la ayuda de Dios, las han removido, quizá con mucho esfuerzo, a veces a costa de la vida, pero con frutos de bien de los que aún hoy nos beneficiamos. No son personajes inalcanzables, sino personas como nosotros que, fortalecidas por la gracia del Resucitado, en la caridad y en la verdad, tuvieron el valor de hablar, como dice el apóstol Pedro, con «palabras de Dios» (1 P 4,11) y de actuar «como quien recibe de Dios ese poder, para que Dios sea glorificado en todas las cosas» (ibíd.).


Dejémonos inspirar por su ejemplo y, en esta Noche Santa, hagamos nuestro su compromiso, para que en todas partes y siempre, en el mundo, crezcan y florezcan los dones pascuales de la concordia y la paz.


PAPA LEÓN XIV

Fotos: Vatican Media, 4-4-2026