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sábado, 15 de agosto de 2026

Homilía de la Asunción de la Virgen: Para permanecer victoriosos en la corona de María tenemos que renovar continuamente nuestra unión a Cristo por la oración y la celebración de los sacramentos / Por P. José María Prats

* «La fiesta de hoy nos recuerda que por la fe y el bautismo hemos recibido una vida celestial; que formamos parte de la corona de la Virgen Asunta al cielo; que esta vida es una vida separada del mundo y de sus pasiones y llena del poder y de la victoria de Jesucristo, pero que es también una vida amenazada por el poder formidable de las fuerzas del mal que quieren precipitarnos nuevamente sobre la tierra»

La Asunción de la Virgen María

Apocalipsis 11, 19a;12,1.3-6a.10ab / Salmo 44 / 1 Corintios 15, 20-27a  / San Lucas 1, 39-56

P. José María Prats / Camino Católico.-  Celebramos hoy una fiesta muy importante de la Virgen María en la que contemplamos el misterio de su Asunción al Cielo en cuerpo y alma, misterio que nos habla de su victoria y de su gloria después de una vida consagrada por completo a Dios.

Vamos a profundizar en este misterio comentando la visión de la Mujer vestida de sol que hemos escuchado en la primera lectura tomada del libro del Apocalipsis.

«Apareció una figura portentosa en el cielo: Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas.»

Se nos dice en primer lugar de esta mujer que representa a la Virgen que está «vestida de sol». El evangelio de San Mateo, cuando narra el episodio de la Transfiguración, donde el Señor mostró anticipadamente a sus discípulos la gloria que tendría tras su resurrección, dice que «su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos  como la luz». María, por tanto, se nos presenta glorificada, compartiendo la gloria de su Hijo. Es la Virgen Asunta, la Virgen llevada al Cielo en cuerpo y alma que hoy estamos celebrando.

En segundo lugar, tiene «la luna por pedestal». El pueblo de Israel tenía un calendario lunar, por lo que la luna representaba el tiempo y sus fases, lo pasajero y mudable. La Virgen, pues, se nos presenta permaneciendo más allá del tiempo y de la historia, ejerciendo sobre ellos un poder soberano. Ella comparte la victoria de su Hijo a quien ha sido dado «todo poder en el cielo y en la tierra».

Y, finalmente, aparece «coronada con doce estrellas». Doce es el número que representa al pueblo de Dios: doce fueron los hijos de Jacob que engendraron a las doce tribus de Israel, y doce fueron los Apóstoles del Señor, cuyo ministerio engendró a la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios. Esta visión nos dice, pues, que, asociada a la Virgen, compartiendo su gloria y su victoria, está la Iglesia. Y es que desde que Jesús nos dio a María por Madre al pie de la Cruz, María y la Iglesia son para siempre indisociables.

«Apareció otra señal en el cielo: Un enorme dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en las cabezas. Con la cola barrió del cielo un tercio de las estrellas, arrojándolas a la tierra.»

El libro del Apocalipsis narra la historia de la humanidad como un combate entre el bien y el mal desarrollando la profecía de Gn 3,15, donde Dios dice a la serpiente: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza, pero tú sólo herirás su talón». Se nos ha presentado primero a la protagonista –María  y su linaje–, y ahora se nos presenta al antagonista –la serpiente– como «un enorme dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en las cabezas». 

El color rojo representa su poderosa acción destructiva ávida de sangre y de muerte. Los números siete y diez representan respectivamente perfección y multitud. Las siete cabezas nos hablan, pues, de la perfección de la inteligencia satánica y de la diversidad de agentes a través de los que actúa. El cuerno es un símbolo del poder y de la fuerza con que el toro embiste y arrastra todo lo que se le pone por delante. Así, los diez cuernos representan la multitud de poderes por medio de los cuales Satanás hiere y aflige a la humanidad: la guerra, el hambre, la injusticia social, los imperialismos, el materialismo, las ideologías... Finalmente las siete diademas representan la finísima capacidad de seducción del Maligno a través de riquezas, fama, honores, lujos, placeres...

Con toda esta inteligencia, poder y capacidad de seducción, Satanás hiere eficazmente el talón del linaje de la Mujer, arrojando sobre la tierra un tercio de las estrellas del cielo: son los miembros de la Iglesia que se han dejado seducir y han sido arrastrados nuevamente a una vida mundana.

«El dragón estaba enfrente de la mujer que iba a dar a luz, dispuesto a tragarse el niño en cuanto naciera. Dio a luz un varón, destinado a gobernar con vara de hierro a los pueblos. Arrebataron al niño y lo llevaron junto al trono de Dios.»

Este «varón destinado a gobernar con vara de hierro a los pueblos» es, lógicamente, Jesucristo, el hijo de María, «Rey de reyes y Señor de señores».

Estos versículos constituyen una brevísima síntesis del Misterio Pascual: Toda la vida de Jesucristo transcurre bajo una constante amenaza de muerte que culmina en la Cruz, donde parece, efectivamente, que ha sido devorado por las fuerzas del mal. Pero en su Resurrección y Ascensión al cielo, es arrebatado y llevado junto al trono de Dios.

Hay algo, sin embargo, que parece que no cuadra, porque la Mujer que da a luz a Jesucristo debería ser la Virgen en su existencia terrena y no la Virgen ya asunta al cielo. Y es que lo que aquí se está representando es a la Iglesia que, congregada entorno a María y bajo la amenaza de Satanás, renueva el Misterio Pascual en la celebración de la Eucaristía, uniéndose a la Pasión del Señor para compartir su victoria sobre el pecado y las fuerzas del mal que hace posible una vida nueva en santidad y justicia.

«La mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar reservado por Dios. Se oyó una gran voz en el cielo: “Ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo”.»

El desierto representa esta nueva vida austera y esforzada que ha roto con las seducciones del mundo para consagrarse por entero a Dios. En esta vida, escondida y despreciable a los ojos del mundo, se manifiesta el poder del Reino de Dios y el ser humano recupera su salud y su armonía.


La fiesta de hoy, por tanto, nos recuerda que por la fe y el bautismo hemos recibido una vida celestial; que formamos parte de la corona de la Virgen Asunta al cielo; que esta vida es una vida separada del mundo y de sus pasiones y llena del poder y de la victoria de Jesucristo, pero que es también una vida amenazada por el poder formidable de las fuerzas del mal que quieren precipitarnos nuevamente sobre la tierra. Y que para permanecer victoriosos en la corona de María tenemos que renovar continuamente nuestra unión a Cristo por la oración y la celebración de los sacramentos.

Que la Virgen Asunta al cielo a quien hoy invocamos con tanta devoción, interceda por nosotros para que nos mantengamos siempre firmemente unidos a ella y podamos así alcanzar un día la gloria en que ella habita.


P. José María Prats

Evangelio:


En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo:


«Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».


Y dijo María: 


«Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abraham y de su linaje por los siglos». 


María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.

San Lucas 1, 39-56

domingo, 21 de junio de 2026

Homilía del evangelio del domingo: Jesús nos anima a vivir desde la fe y nos dice que «no tengamos miedo» porque todo está en sus manos justas y amorosas / Por P. José María Prats

 


* «Cuando no se vive desde la fe, es fácil desanimarse y pensar que sólo es posible sobrevivir y salir adelante asumiendo las reglas de juego del mundo, las del egoísmo, la mentira y la injusticia, especialmente si nos dejamos impresionar por la prosperidad y el éxito aparente de las personas sin escrúpulos. La persona de fe, en cambio, sabe que todo está bajo el poder de Dios y que, por tanto, al final el bien, la verdad, la justicia y el amor triunfarán. Y desde esta certeza, puede vencer al miedo y a la seducción del triunfo aparente del mal para vivir en la verdad, la justicia y el amor»

Domingo XII del tiempo ordinario - A

Jeremías 20, 10-13 / Salmo 68 / Romanos 5, 12-15 / San Mateo 10, 26-33

Camino Católico.-  A veces oímos decir a la gente que tener fe ayuda a afrontar la vida, especialmente en los momentos difíciles. Pero las consecuencias de la fe van mucho más allá. Vivir o no vivir desde la fe supone dos formas radicalmente distintas de existencia. Veámoslo.

Nuestra condición humana es frágil y vulnerable. Para vivir dignamente necesitamos muchas cosas: alimentos, ropa, vivienda, educación, trabajo, amor, reconocimiento... a las que no siempre es fácil acceder. El instinto desordenado de asegurar estas necesidades lleva a una lucha por la vida que engendra un mundo violento y hostil: injusticia, corrupción, engaño, explotación...

Cuando no se vive desde la fe, es fácil desanimarse y pensar que sólo es posible sobrevivir y salir adelante asumiendo las reglas de juego del mundo, las del egoísmo, la mentira y la injusticia, especialmente si nos dejamos impresionar por la prosperidad y el éxito aparente de las personas sin escrúpulos.

La persona de fe, en cambio, sabe que todo está bajo el poder de Dios y que, por tanto, al final el bien, la verdad, la justicia y el amor triunfarán. Y desde esta certeza, puede vencer al miedo y a la seducción del triunfo aparente del mal para vivir en la verdad, la justicia y el amor.

En el evangelio, Jesús nos anima a vivir desde la fe. Nos dice que «no tengamos miedo» porque todo está en sus manos justas y amorosas: «hasta nuestros cabellos están contados» y «ni tan siquiera un gorrión cae al suelo sin que nuestro Padre lo permita». Nos pide que digamos siempre la verdad, porque al final «todo lo cubierto se descubrirá», todas las palabras y acciones serán puestas al descubierto y juzgadas por Dios. Ni siquiera hemos de tener miedo a que nos quiten la vida porque, si hemos sido fieles a Dios, heredaremos la vida eterna.

La vida sin fe, aunque pueda estar adornada por lujos y placeres, es en definitiva una vida triste, esclavizada por el miedo y rendida al poder del mal, una vida que encierra una íntima desesperación. En cambio, la vida en la fe, aunque tenga que pasar por penurias y dificultades, es una vida llena de luz, de alegría y de esperanza.

La experiencia del profeta Jeremías que nos presenta la primera lectura es un ejemplo de lo que acabamos de decir. Dios le ha confiado la proclamación de una palabra dura e incómoda que anuncia la destrucción inminente de Jerusalén si el pueblo no se convierte de sus pecados. El rechazo que suscita esta palabra le acarrea desprecio y persecución, mientras que los falsos profetas, que anuncian prosperidad, reciben el halago y el reconocimiento de la gente. Pero Jeremías persevera en la misión que se le ha confiado a pesar del sufrimiento que conlleva porque sabe que Dios está de su lado y que al final se manifestará el triunfo de la verdad: «Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará».

El salmo 36 expresa maravillosamente esta esperanza de la persona de fe:

No te exasperes por los malvados, no envidies a los que obran el mal:

se secarán pronto, como la hierba, como el césped verde se agotarán.

Confía en el Señor y haz el bien, habita tu tierra y practica la lealtad;

sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que pide tu corazón.

Encomienda tu camino al Señor, confía en él, y él actuará:

hará tu justicia como el amanecer, y tu derecho brillará como el mediodía (...)

Los inicuos serán exterminados, la estirpe de los malvados se extinguirá;

pero los justos poseerán la tierra, la habitarán por siempre jamás.


P. José María Prats

Evangelio:


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: 

«No tengáis miedo a los hombres. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados.


Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos.


Porque todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos».

San Mateo 10, 26-33

domingo, 14 de junio de 2026

Homilía del evangelio del domingo: Quien anuncia y promueve el Reino de Dios es Jesucristo a través de una comunidad de personas que se esfuerzan por hacerlo presente en su vida y en los demás / Por P. José María Prats

* «Jesús nos ha dicho hoy lo que tenemos que hacer: rogar al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Pidámoselo con insistencia para toda la Iglesia: que nos mande personas santas y generosas, dispuestas a arremangarse y comprometerse a fondo para que seamos un poderoso instrumento en manos de Jesús para sanar y liberar a su pueblo»

Domingo XI del tiempo ordinario - A

Éxodo 19, 2-6a / Salmo 99 / Romanos 5, 6-11 / San Mateo 9, 36-10, 8

P. José María Prats / Camino Católico.-  El evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre la realidad de la misión.

Lo primero que llama la atención es que cuando Jesús se encuentra con una multitud de personas y se compadece de ellas porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor, su primer impulso no es ir directamente a socorrerlas, sino pedir a sus discípulos que rueguen al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.

Esta es una advertencia importante para los que se nos ha confiado un ministerio apostólico. Lo primero que tenemos que hacer, antes de ponernos a realizar acciones concretas, es pedir a Dios que envíe personas con las que podamos trabajar juntos en la viña del Señor.

No debemos olvidar nunca que quien anuncia y promueve el Reino de Dios no son individuos aislados, sino Jesucristo a través de una comunidad de personas que se esfuerzan por hacer presente este Reino en su vida y en sus relaciones con los demás, y desean ardientemente que todos puedan acceder a él.

De esta comunión en la fe y en el servicio al Reino de Dios surgen unas energías, una motivación, un testimonio y unas posibilidades enormes. Personalmente, puedo decir que la presencia de personas en nuestra comunidad que trabajan con una dedicación y entrega admirables por promover la misión de la parroquia en sus diferentes ámbitos (liturgia, catequesis, atención a los más necesitados, administración...) es para mí un testimonio que me sostiene y me anima cada día para seguir trabajando a pesar de las dificultades y el ambiente tan poco propicio que nos rodea. Y me maravilla ver cómo el Señor va haciendo aparecer personas con diferentes carismas y habilidades que permiten llevar a cabo obras que antes parecían imposibles de realizar.

Leemos en el evangelio que Jesús da a sus discípulos autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia y a continuación les dice: «curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios». Y es así, Jesús nos ha dado el poder para transformar la vida de las personas, para aliviar su sufrimiento material y espiritual, para moverlas a la reconciliación con Dios y con sus hermanos y a vivir con sentido, alegría y esperanza. Y tenemos este poder porque nos hemos ofrecido para ser instrumentos de Jesús y Él actúa a través de nosotros.

Sin embargo, mirando a nuestro entorno, seguimos viendo lo mismo que vio Jesús hace 2.000 años: multitud de personas extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor, personas esclavizadas por sus pasiones y por las ideologías y estructuras del mundo, personas heridas, desconcertadas y sin esperanza. Y al tomar conciencia de la ingente tarea que supone dar respuesta a estos retos, tendemos a desanimarnos y a quedar como bloqueados. Jesús nos ha dicho hoy lo que tenemos que hacer: rogar al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Pidámoselo con insistencia para toda la Iglesia y muy especialmente para nuestra parroquia: que nos mande personas santas y generosas, dispuestas a arremangarse y comprometerse a fondo para que seamos un poderoso instrumento en manos de Jesús para sanar y liberar a su pueblo.

P. José María Prats

Evangelio:


En aquel tiempo, al ver Jesús a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: 


«La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies».


Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó.


A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id proclamando que ‘el Reino de los Cielos está cerca’. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis».

San Mateo 9, 36-10, 8

sábado, 6 de junio de 2026

Homilía del evangelio del domingo: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» / Por P. José María Prats

* «El pan que Jesús dará es su Carne para la vida del mundo; comiendo su Carne y bebiendo su Sangre en un contexto de amor y obediencia a su palabra, Jesús habita en nosotros y nosotros en Él; más aún, si no hacemos esto, no tenemos vida espiritual en nosotros»

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo - A

Deuteronomio 8, 2-3.14b-16a / Salmo 147 / 1 Corintios 10, 16-17 / San Juan 6, 51-58

P. José María Prats / Camino Católico.-  Para meditar en este día el misterio del Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor, la liturgia nos propone el discurso eucarístico de Jesús, un pasaje de una claridad y contundencia extraordinarias: el pan que Jesús dará es su Carne para la vida del mundo; comiendo su Carne y bebiendo su Sangre en un contexto de amor y obediencia a su palabra, Jesús habita en nosotros y nosotros en Él; más aún, si no hacemos esto, no tenemos vida espiritual en nosotros.

El texto del evangelio que sigue a este pasaje dice que estas palabras de Jesús escandalizaron a muchos de sus discípulos, los cuales desde ese momento dejaron de seguirlo. Esta reacción, de hecho, se ha seguido produciendo a lo largo de la historia: muchos cristianos se han negado a aceptar la presencia real de Jesucristo bajo las especies del pan y del vino. La Reforma Protestante, por ejemplo, liquidó sin más este misterio. Y hoy, tantas y tantas personas que se declaran “católicos no practicantes” han optado por hacer oídos sordos a este «lenguaje tan duro» (Jn 6,60) de Jesús: «si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros».

Pero el Señor, que conoce y se compadece de nuestra debilidad, ha querido sostenernos en la fe mediante signos extraordinarios –los llamados milagros eucarísticos– que ha realizado sobre todo en momentos en que se ha puesto en duda su presencia real en la eucaristía. El más conocido es el milagro de Bolsena.

En el siglo XI, el teólogo francés Berengario de Tours empezó a poner en duda la presencia real de Jesucristo en la eucaristía, y durante los siglos XII y XIII sus teorías fueron sostenidas también por los cátaros. En este contexto, un sacerdote de Bohemia llamado Pedro de Praga, atormentado por la duda de la presencia real de Jesús en la eucaristía, decidió peregrinar a Roma en el verano de 1263 para reforzar su fe. De regreso a su tierra paró en la localidad de Bolsena y pidió celebrar la misa en la Basílica de santa Cristina. En el momento de la consagración, después de haber implorado al Señor que se desvaneciesen sus dudas, la sagrada forma comenzó a sangrar sobre el corporal. Asustado y confuso, el sacerdote interrumpió la celebración y envolvió la hostia en el corporal. Al conocer la noticia, el Papa Urbano IV, residente en aquel momento en la ciudad vecina de Orvieto, envió al obispo local a investigar la veracidad de los hechos y traer las reliquias. Éstas fueron recibidas por una solemne procesión liderada por el mismo Papa quien, arrodillándose, adoró la Sangre de Cristo contenida en el corporal y mandó custodiar las reliquias en la Catedral. 

Movido por este milagro, en 1264, Urbano IV extendió a toda la Iglesia con la bula Transiturus la solemnidad del Corpus Christi nacida en 1247 en la diócesis de Lieja para celebrar la presencia real de Cristo en el eucaristía cuestionada por Berengario de Tours. Santo Tomás de Aquino, por encargo del Papa, compuso para esta fiesta el famoso himno Pange lingua / Tantum ergo. Por otra parte, la piedad suscitada por la presencia de estas reliquias, movió a los ciudadanos de Orvieto a edificar una nueva catedral, que sería una de las obras maestras del gótico italiano.

Estos signos se han ido repitiendo a lo largo de la historia. En el año 2013, por ejemplo, en la Parroquia de San Jacinto de la ciudad polaca de Legnica, en una sagrada forma que había caído al suelo y había sido depositada en agua para que se disolviera, apareció un tejido rojo. El obispo de la ciudad estableció una comisión para investigar el hecho. Sin revelar su procedencia, se pidió a dos laboratorios médicos el análisis de dos muestras de aquel tejido. Los dos análisis dieron el mismo resultado a pesar de usar técnicas forenses distintas: “se puede afirmar con claridad que se trata de tejido de miocardio, o sea, del corazón, y aparecen las características del músculo estriado transversal del corazón en agonía”.

El Señor, pues, sigue hablando alto y fuerte, confirmando las palabras del evangelio de hoy. El que tenga oídos, que oiga.

P. José María Prats

Evangelio:


En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: 

«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo».


Discutían entre sí los judíos y decían:


«¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?».


Jesús les dijo:


 «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre».  

San Juan 6, 51-58

domingo, 31 de mayo de 2026

Homilía del evangelio del domingo: Dios es comunión de tres personas en la que cada una no vive para sí misma sino entregada por completo a las demás / Por P. José María Prats

* «Dios nos ha entregado a su Hijo para que, al acogerlo en la fe, nos unamos a Él como miembros de su Cuerpo y nos integremos así en la vida trinitaria como hijos adoptivos del Padre y templos del Espíritu Santo. Es lo que revivimos cada vez que celebramos la Eucaristía. En ella el Padre nos entrega al Hijo, que por la acción del Espíritu Santo se hace físicamente presente bajo las especies del pan y del vino. Y acogiendo al Hijo por la obediencia a su palabra y la comunión con su Cuerpo y con su Sangre, nos unimos a Él para participar de su entrega al Padre en el Espíritu: ‘Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos’»

Santísima Trinidad - A

Éxodo 34, 4b-6.8-9 / Daniel 3, 52-56 / 2 Corintios 12, 3b-7.12-13 / San Juan 3, 16-18

P. José María Prats / Camino Católico.-   Durante la Semana Santa y el Tiempo Pascual que concluimos el domingo pasado, hemos celebrado los misterios centrales de nuestra fe: la muerte, resurrección y ascensión del Señor y el envío del Espíritu Santo. En ellos Dios se ha revelado plenamente, dándonos a conocer su identidad profunda y su designio salvador. 

Lo primero que hemos aprendido es que Dios es comunión, familia. Como proclamó el Concilio VI de Toledo en el año 638, Dios es «uno solo, pero no solitario». La única esencia divina existe eternamente como comunión de amor entre tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

El Padre es el principio sin principio, que engendra eternamente al Hijo comunicándole la plenitud del ser divino. El Hijo corresponde eternamente a este don con la plena entrega de sí mismo al Padre. Y el Espíritu Santo es el Amor eterno y subsistente que une al Padre y al Hijo en una perfecta comunión divina.

Del misterio de Dios es mucho más lo que ignoramos que lo que conocemos, pero se nos ha revelado lo fundamental: que Dios es comunión de tres personas en la que cada una no vive para sí misma sino entregada por completo a las demás, y por eso San Juan dice que «Dios es amor».

Y esta es una noticia maravillosa porque nos asegura que en la raíz de todo está el amor. En el plano físico, los científicos especulan sobre el origen del universo en una gran explosión, sobre su destino en permanente expansión y sobre su constitución por quarks y leptones. En el plano metafísico –el del sentido del ser– sabemos por la revelación que en el origen, el destino y el fundamento de todo se encuentra el amor.

A menudo la Trinidad es vista como un misterio lejano y ajeno a nuestra vida, que hay que dejar a la especulación de los teólogos. Y en realidad es todo lo contrario: es un misterio cercanísimo y clave para entender y vivir nuestra condición humana, pues si Dios es amor y hemos sido creados a su imagen y semejanza, el amor debe ser el principio rector de nuestra vida.

La Trinidad ilumina también extraordinariamente el sentido de la sexualidad humana: Dios nos ha creado como hombres y mujeres –es decir, como seres que se complementan física, psicológica y espiritualmente– para impulsarnos a salir de nosotros mismos y formar una comunión de personas en el amor en la que se realice nuestra condición de imágenes del Dios Uno y Trino. De hecho, la tradición de la Iglesia desde San Agustín ha contemplado a la familia humana –esposo, esposa e hijos– como un reflejo o icono de la Santísima Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo–. Las familias, por tanto, viven en la verdad y en paz en la medida en que cada uno de sus miembros, imitando el ejemplo de las tres personas divinas, se olvida de sí mismo y vive al servicio de los demás.

Pero lo verdaderamente extraordinario en los designios de Dios es que no sólo nos ha creado a su imagen, sino que nos ha invitado a integrarnos en su vida trinitaria. Lo hemos escuchado en el evangelio de hoy: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna». Es decir, Dios nos ha entregado a su Hijo para que, al acogerlo en la fe, nos unamos a Él como miembros de su Cuerpo y nos integremos así en la vida trinitaria como hijos adoptivos del Padre y templos del Espíritu Santo. Es lo que revivimos cada vez que celebramos la Eucaristía. En ella el Padre nos entrega al Hijo, que por la acción del Espíritu Santo se hace físicamente presente bajo las especies del pan y del vino. Y acogiendo al Hijo por la obediencia a su palabra y la comunión con su Cuerpo y con su Sangre, nos unimos a Él para participar de su entrega al Padre en el Espíritu: «Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos».

P. José María Prats

Evangelio:

  

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

 

«Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios».

San Juan 3, 16-18

domingo, 24 de mayo de 2026

Homilía del evangelio del domingo: La misión del Espíritu Santo: hacernos partícipes, ya aquí en la tierra, de la vida y del triunfo de Jesucristo resucitado / Por P. José María Prats

 


* «En la liturgia de hoy se renueva el misterio de Pentecostés en la Iglesia. Viene de nuevo a nuestros corazones el amor de Dios y el conocimiento profundo de sus misterios, vienen la sabiduría y la fuerza para vivir como hijos de Dios, viene el que ora en nosotros con gemidos inefables y nos hace exclamar ¡Abbá, Padre!, viene el Abogado que nos defiende del Enemigo, el Consolador que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos, el Médico que sana el corazón enfermo, viene el único que puede reconciliar el mundo llenándolo de amor y de paz»

Domingo de Pentecostés

Hechos 2, 1-11 / Salmo 103 / 1 Corintios 12, 3b-7.12-13 / San Juan 20, 19-23

P. José María Prats / Camino Católico.-   Con esta solemnidad de Pentecostés terminamos la celebración del tiempo pascual, que la liturgia de la Iglesia nos invita a vivir como si fuera un solo día, como el «gran domingo» en el que nuestro Señor Jesucristo ha resucitado de entre los muertos y nos ha hecho partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte por el don del Espíritu Santo.

De hecho, la Resurrección y Ascensión del Señor por una parte y el envío del Espíritu Santo por otra, constituyen las dos caras de una misma moneda, los dos aspectos inseparablemente unidos de nuestra redención. Por la Resurrección y Ascensión de Jesús, un ser humano, que es el mismo Hijo de Dios hecho hombre, ha triunfado sobre el pecado y sobre las fuerzas del mal que nos tenían subyugados y ha alcanzado el destino de gloria para el que fuimos creados. Pero de poco nos serviría esta victoria si no la pudiésemos compartir, y ésta es precisamente la misión del Espíritu Santo: hacernos partícipes, ya aquí en la tierra, de la vida y del triunfo de Jesucristo resucitado.

La experiencia de Pentecostés que narran los Hechos de los Apóstoles constituye la antítesis de lo que ocurrió con la Torre de Babel, cuyos constructores, llenos de soberbia, intentaron alcanzar la gloria con su solo esfuerzo, prescindiendo de Dios, y fueron confundidos en su lengua y dispersados por toda la tierra, rompiéndose así la comunión entre ellos. Ahora, con motivo de la fiesta judía de Pentecostés, se habían congregado en Jerusalén peregrinos de todas las naciones, que eran incapaces de comunicarse debido a la diversidad de sus lenguas. Sin embargo, tras la irrupción del Espíritu Santo, esta incapacidad de comunicación y comunión desaparece hasta el punto de que todos pueden entender a los apóstoles proclamar las maravillas de Dios.

Pero esta narración se pone también en relación con otro acontecimiento bíblico muy importante: la entrega de la Ley a Moisés en el monte Sinaí, que era lo que conmemoraba la fiesta judía de Pentecostés. Por ello, el Espíritu Santo es entendido como la nueva Ley que desciende de lo alto para inscribirse en el corazón del hombre y llevar a plenitud la antigua Ley escrita en tablas de piedra, tal como había profetizado Ezequiel hacía más de quinientos años:

«Os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos» (Ez 36,26-27).

Y así, si la entrega de la Ley a Moisés en el Sinaí estuvo acompañada por truenos y relámpagos, el descenso de la nueva Ley lo estuvo por «un ruido del cielo, como de un viento impetuoso, que resonó en toda la casa donde se encontraban».

En la liturgia de hoy se renueva el misterio de Pentecostés en la Iglesia. Viene de nuevo a nuestros corazones el amor de Dios y el conocimiento profundo de sus misterios, vienen la sabiduría y la fuerza para vivir como hijos de Dios, viene el que ora en nosotros con gemidos inefables y nos hace exclamar ¡Abbá, Padre!, viene el Abogado que nos defiende del Enemigo, el Consolador que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos, el Médico que sana el corazón enfermo, viene el único que puede reconciliar el mundo llenándolo de amor y de paz.

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, a tu Espíritu y renueva la faz de la tierra.


P. José María Prats

Evangelio: 


Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: 


«La paz con vosotros». 


Dicho esto, les mostró las manos y el costado.


Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: 


«La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». 


Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: 


«Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

San Juan 20, 19-23

domingo, 17 de mayo de 2026

Homilía del evangelio del domingo: «La ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria, y adonde ya se ha adelantado gloriosamente nuestra Cabeza, esperamos llegar también los miembros de su cuerpo» / Por P. José María Prats

 


* «No podemos, pues, quedarnos plantados, hay que abrir las compuertas de todas las acequias con la predicación y la celebración de los sacramentos para que los ríos de agua viva que manan del costado abierto del Señor resucitado inunden y fecunden la tierra, y el segador pueda recoger una cosecha fresca y abundante que compartirá eternamente su gloria»

La Ascensión del Señor – A

Hechos 1, 1-11 / Salmo 46 / Efesios 1, 17-23 / San Mateo 28, 16-20

P. José María Prats / Camino Católico.-   En esta solemnidad de la Ascensión del Señor celebramos que Jesucristo ha entrado para siempre en la gloria del Padre y en Él ha sido glorificada la naturaleza humana que comparte con nosotros. A través del vínculo de esta naturaleza común se nos comunica ahora su vida gloriosa por medio del Espíritu Santo, tal como Él mismo anunció antes de su muerte: «Y cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32).

De hecho, el mandato misionero que Jesús da a sus discípulos antes de su Ascensión no pretende otra cosa que hacer posible la comunicación de esta vida glorificada: «Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.» El Espíritu Santo sólo puede descender sobre los que acogen a la persona de Jesús cumpliendo su palabra transmitida por la predicación apostólica, y se comunica a través de los sacramentos, el primero de los cuales es el bautismo.

El tiempo que sigue a la Ascensión del Señor es, pues, decisivo, porque durante este tiempo el Espíritu Santo está disponible para transformar el mundo preparándolo para la segunda venida de Jesucristo como juez de vivos y muertos: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo». No podemos, pues, quedarnos plantados, hay que abrir las compuertas de todas las acequias con la predicación y la celebración de los sacramentos para que los ríos de agua viva que manan del costado abierto del Señor resucitado inunden y fecunden la tierra, y el segador pueda recoger una cosecha fresca y abundante que compartirá eternamente su gloria.

La oración colecta que hemos leído al principio de la misa resume estupendamente el sentido de esta fiesta: «Dios todopoderoso, concédenos exultar santamente de gozo y alegrarnos con religiosa acción de gracias, porque la ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria, y adonde ya se ha adelantado gloriosamente nuestra Cabeza, esperamos llegar también los miembros de su cuerpo.»

P. José María Prats

 

Evangelio: 


En aquel tiempo, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así:


«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».


San Mateo 28, 16-20