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domingo, 14 de junio de 2026

Homilía del evangelio del domingo: Quien anuncia y promueve el Reino de Dios es Jesucristo a través de una comunidad de personas que se esfuerzan por hacerlo presente en su vida y en los demás / Por P. José María Prats

* «Jesús nos ha dicho hoy lo que tenemos que hacer: rogar al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Pidámoselo con insistencia para toda la Iglesia: que nos mande personas santas y generosas, dispuestas a arremangarse y comprometerse a fondo para que seamos un poderoso instrumento en manos de Jesús para sanar y liberar a su pueblo»

Domingo XI del tiempo ordinario - A

Éxodo 19, 2-6a / Salmo 99 / Romanos 5, 6-11 / San Mateo 9, 36-10, 8

P. José María Prats / Camino Católico.-  El evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre la realidad de la misión.

Lo primero que llama la atención es que cuando Jesús se encuentra con una multitud de personas y se compadece de ellas porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor, su primer impulso no es ir directamente a socorrerlas, sino pedir a sus discípulos que rueguen al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.

Esta es una advertencia importante para los que se nos ha confiado un ministerio apostólico. Lo primero que tenemos que hacer, antes de ponernos a realizar acciones concretas, es pedir a Dios que envíe personas con las que podamos trabajar juntos en la viña del Señor.

No debemos olvidar nunca que quien anuncia y promueve el Reino de Dios no son individuos aislados, sino Jesucristo a través de una comunidad de personas que se esfuerzan por hacer presente este Reino en su vida y en sus relaciones con los demás, y desean ardientemente que todos puedan acceder a él.

De esta comunión en la fe y en el servicio al Reino de Dios surgen unas energías, una motivación, un testimonio y unas posibilidades enormes. Personalmente, puedo decir que la presencia de personas en nuestra comunidad que trabajan con una dedicación y entrega admirables por promover la misión de la parroquia en sus diferentes ámbitos (liturgia, catequesis, atención a los más necesitados, administración...) es para mí un testimonio que me sostiene y me anima cada día para seguir trabajando a pesar de las dificultades y el ambiente tan poco propicio que nos rodea. Y me maravilla ver cómo el Señor va haciendo aparecer personas con diferentes carismas y habilidades que permiten llevar a cabo obras que antes parecían imposibles de realizar.

Leemos en el evangelio que Jesús da a sus discípulos autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia y a continuación les dice: «curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios». Y es así, Jesús nos ha dado el poder para transformar la vida de las personas, para aliviar su sufrimiento material y espiritual, para moverlas a la reconciliación con Dios y con sus hermanos y a vivir con sentido, alegría y esperanza. Y tenemos este poder porque nos hemos ofrecido para ser instrumentos de Jesús y Él actúa a través de nosotros.

Sin embargo, mirando a nuestro entorno, seguimos viendo lo mismo que vio Jesús hace 2.000 años: multitud de personas extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor, personas esclavizadas por sus pasiones y por las ideologías y estructuras del mundo, personas heridas, desconcertadas y sin esperanza. Y al tomar conciencia de la ingente tarea que supone dar respuesta a estos retos, tendemos a desanimarnos y a quedar como bloqueados. Jesús nos ha dicho hoy lo que tenemos que hacer: rogar al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Pidámoselo con insistencia para toda la Iglesia y muy especialmente para nuestra parroquia: que nos mande personas santas y generosas, dispuestas a arremangarse y comprometerse a fondo para que seamos un poderoso instrumento en manos de Jesús para sanar y liberar a su pueblo.

P. José María Prats

Evangelio:


En aquel tiempo, al ver Jesús a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: 


«La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies».


Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó.


A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id proclamando que ‘el Reino de los Cielos está cerca’. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis».

San Mateo 9, 36-10, 8

sábado, 6 de junio de 2026

Homilía del evangelio del domingo: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» / Por P. José María Prats

* «El pan que Jesús dará es su Carne para la vida del mundo; comiendo su Carne y bebiendo su Sangre en un contexto de amor y obediencia a su palabra, Jesús habita en nosotros y nosotros en Él; más aún, si no hacemos esto, no tenemos vida espiritual en nosotros»

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo - A

Deuteronomio 8, 2-3.14b-16a / Salmo 147 / 1 Corintios 10, 16-17 / San Juan 6, 51-58

P. José María Prats / Camino Católico.-  Para meditar en este día el misterio del Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor, la liturgia nos propone el discurso eucarístico de Jesús, un pasaje de una claridad y contundencia extraordinarias: el pan que Jesús dará es su Carne para la vida del mundo; comiendo su Carne y bebiendo su Sangre en un contexto de amor y obediencia a su palabra, Jesús habita en nosotros y nosotros en Él; más aún, si no hacemos esto, no tenemos vida espiritual en nosotros.

El texto del evangelio que sigue a este pasaje dice que estas palabras de Jesús escandalizaron a muchos de sus discípulos, los cuales desde ese momento dejaron de seguirlo. Esta reacción, de hecho, se ha seguido produciendo a lo largo de la historia: muchos cristianos se han negado a aceptar la presencia real de Jesucristo bajo las especies del pan y del vino. La Reforma Protestante, por ejemplo, liquidó sin más este misterio. Y hoy, tantas y tantas personas que se declaran “católicos no practicantes” han optado por hacer oídos sordos a este «lenguaje tan duro» (Jn 6,60) de Jesús: «si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros».

Pero el Señor, que conoce y se compadece de nuestra debilidad, ha querido sostenernos en la fe mediante signos extraordinarios –los llamados milagros eucarísticos– que ha realizado sobre todo en momentos en que se ha puesto en duda su presencia real en la eucaristía. El más conocido es el milagro de Bolsena.

En el siglo XI, el teólogo francés Berengario de Tours empezó a poner en duda la presencia real de Jesucristo en la eucaristía, y durante los siglos XII y XIII sus teorías fueron sostenidas también por los cátaros. En este contexto, un sacerdote de Bohemia llamado Pedro de Praga, atormentado por la duda de la presencia real de Jesús en la eucaristía, decidió peregrinar a Roma en el verano de 1263 para reforzar su fe. De regreso a su tierra paró en la localidad de Bolsena y pidió celebrar la misa en la Basílica de santa Cristina. En el momento de la consagración, después de haber implorado al Señor que se desvaneciesen sus dudas, la sagrada forma comenzó a sangrar sobre el corporal. Asustado y confuso, el sacerdote interrumpió la celebración y envolvió la hostia en el corporal. Al conocer la noticia, el Papa Urbano IV, residente en aquel momento en la ciudad vecina de Orvieto, envió al obispo local a investigar la veracidad de los hechos y traer las reliquias. Éstas fueron recibidas por una solemne procesión liderada por el mismo Papa quien, arrodillándose, adoró la Sangre de Cristo contenida en el corporal y mandó custodiar las reliquias en la Catedral. 

Movido por este milagro, en 1264, Urbano IV extendió a toda la Iglesia con la bula Transiturus la solemnidad del Corpus Christi nacida en 1247 en la diócesis de Lieja para celebrar la presencia real de Cristo en el eucaristía cuestionada por Berengario de Tours. Santo Tomás de Aquino, por encargo del Papa, compuso para esta fiesta el famoso himno Pange lingua / Tantum ergo. Por otra parte, la piedad suscitada por la presencia de estas reliquias, movió a los ciudadanos de Orvieto a edificar una nueva catedral, que sería una de las obras maestras del gótico italiano.

Estos signos se han ido repitiendo a lo largo de la historia. En el año 2013, por ejemplo, en la Parroquia de San Jacinto de la ciudad polaca de Legnica, en una sagrada forma que había caído al suelo y había sido depositada en agua para que se disolviera, apareció un tejido rojo. El obispo de la ciudad estableció una comisión para investigar el hecho. Sin revelar su procedencia, se pidió a dos laboratorios médicos el análisis de dos muestras de aquel tejido. Los dos análisis dieron el mismo resultado a pesar de usar técnicas forenses distintas: “se puede afirmar con claridad que se trata de tejido de miocardio, o sea, del corazón, y aparecen las características del músculo estriado transversal del corazón en agonía”.

El Señor, pues, sigue hablando alto y fuerte, confirmando las palabras del evangelio de hoy. El que tenga oídos, que oiga.

P. José María Prats

Evangelio:


En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: 

«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo».


Discutían entre sí los judíos y decían:


«¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?».


Jesús les dijo:


 «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre».  

San Juan 6, 51-58

domingo, 31 de mayo de 2026

Homilía del evangelio del domingo: Dios es comunión de tres personas en la que cada una no vive para sí misma sino entregada por completo a las demás / Por P. José María Prats

* «Dios nos ha entregado a su Hijo para que, al acogerlo en la fe, nos unamos a Él como miembros de su Cuerpo y nos integremos así en la vida trinitaria como hijos adoptivos del Padre y templos del Espíritu Santo. Es lo que revivimos cada vez que celebramos la Eucaristía. En ella el Padre nos entrega al Hijo, que por la acción del Espíritu Santo se hace físicamente presente bajo las especies del pan y del vino. Y acogiendo al Hijo por la obediencia a su palabra y la comunión con su Cuerpo y con su Sangre, nos unimos a Él para participar de su entrega al Padre en el Espíritu: ‘Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos’»

Santísima Trinidad - A

Éxodo 34, 4b-6.8-9 / Daniel 3, 52-56 / 2 Corintios 12, 3b-7.12-13 / San Juan 3, 16-18

P. José María Prats / Camino Católico.-   Durante la Semana Santa y el Tiempo Pascual que concluimos el domingo pasado, hemos celebrado los misterios centrales de nuestra fe: la muerte, resurrección y ascensión del Señor y el envío del Espíritu Santo. En ellos Dios se ha revelado plenamente, dándonos a conocer su identidad profunda y su designio salvador. 

Lo primero que hemos aprendido es que Dios es comunión, familia. Como proclamó el Concilio VI de Toledo en el año 638, Dios es «uno solo, pero no solitario». La única esencia divina existe eternamente como comunión de amor entre tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

El Padre es el principio sin principio, que engendra eternamente al Hijo comunicándole la plenitud del ser divino. El Hijo corresponde eternamente a este don con la plena entrega de sí mismo al Padre. Y el Espíritu Santo es el Amor eterno y subsistente que une al Padre y al Hijo en una perfecta comunión divina.

Del misterio de Dios es mucho más lo que ignoramos que lo que conocemos, pero se nos ha revelado lo fundamental: que Dios es comunión de tres personas en la que cada una no vive para sí misma sino entregada por completo a las demás, y por eso San Juan dice que «Dios es amor».

Y esta es una noticia maravillosa porque nos asegura que en la raíz de todo está el amor. En el plano físico, los científicos especulan sobre el origen del universo en una gran explosión, sobre su destino en permanente expansión y sobre su constitución por quarks y leptones. En el plano metafísico –el del sentido del ser– sabemos por la revelación que en el origen, el destino y el fundamento de todo se encuentra el amor.

A menudo la Trinidad es vista como un misterio lejano y ajeno a nuestra vida, que hay que dejar a la especulación de los teólogos. Y en realidad es todo lo contrario: es un misterio cercanísimo y clave para entender y vivir nuestra condición humana, pues si Dios es amor y hemos sido creados a su imagen y semejanza, el amor debe ser el principio rector de nuestra vida.

La Trinidad ilumina también extraordinariamente el sentido de la sexualidad humana: Dios nos ha creado como hombres y mujeres –es decir, como seres que se complementan física, psicológica y espiritualmente– para impulsarnos a salir de nosotros mismos y formar una comunión de personas en el amor en la que se realice nuestra condición de imágenes del Dios Uno y Trino. De hecho, la tradición de la Iglesia desde San Agustín ha contemplado a la familia humana –esposo, esposa e hijos– como un reflejo o icono de la Santísima Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo–. Las familias, por tanto, viven en la verdad y en paz en la medida en que cada uno de sus miembros, imitando el ejemplo de las tres personas divinas, se olvida de sí mismo y vive al servicio de los demás.

Pero lo verdaderamente extraordinario en los designios de Dios es que no sólo nos ha creado a su imagen, sino que nos ha invitado a integrarnos en su vida trinitaria. Lo hemos escuchado en el evangelio de hoy: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna». Es decir, Dios nos ha entregado a su Hijo para que, al acogerlo en la fe, nos unamos a Él como miembros de su Cuerpo y nos integremos así en la vida trinitaria como hijos adoptivos del Padre y templos del Espíritu Santo. Es lo que revivimos cada vez que celebramos la Eucaristía. En ella el Padre nos entrega al Hijo, que por la acción del Espíritu Santo se hace físicamente presente bajo las especies del pan y del vino. Y acogiendo al Hijo por la obediencia a su palabra y la comunión con su Cuerpo y con su Sangre, nos unimos a Él para participar de su entrega al Padre en el Espíritu: «Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos».

P. José María Prats

Evangelio:

  

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

 

«Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios».

San Juan 3, 16-18

domingo, 24 de mayo de 2026

Homilía del evangelio del domingo: La misión del Espíritu Santo: hacernos partícipes, ya aquí en la tierra, de la vida y del triunfo de Jesucristo resucitado / Por P. José María Prats

 


* «En la liturgia de hoy se renueva el misterio de Pentecostés en la Iglesia. Viene de nuevo a nuestros corazones el amor de Dios y el conocimiento profundo de sus misterios, vienen la sabiduría y la fuerza para vivir como hijos de Dios, viene el que ora en nosotros con gemidos inefables y nos hace exclamar ¡Abbá, Padre!, viene el Abogado que nos defiende del Enemigo, el Consolador que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos, el Médico que sana el corazón enfermo, viene el único que puede reconciliar el mundo llenándolo de amor y de paz»

Domingo de Pentecostés

Hechos 2, 1-11 / Salmo 103 / 1 Corintios 12, 3b-7.12-13 / San Juan 20, 19-23

P. José María Prats / Camino Católico.-   Con esta solemnidad de Pentecostés terminamos la celebración del tiempo pascual, que la liturgia de la Iglesia nos invita a vivir como si fuera un solo día, como el «gran domingo» en el que nuestro Señor Jesucristo ha resucitado de entre los muertos y nos ha hecho partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte por el don del Espíritu Santo.

De hecho, la Resurrección y Ascensión del Señor por una parte y el envío del Espíritu Santo por otra, constituyen las dos caras de una misma moneda, los dos aspectos inseparablemente unidos de nuestra redención. Por la Resurrección y Ascensión de Jesús, un ser humano, que es el mismo Hijo de Dios hecho hombre, ha triunfado sobre el pecado y sobre las fuerzas del mal que nos tenían subyugados y ha alcanzado el destino de gloria para el que fuimos creados. Pero de poco nos serviría esta victoria si no la pudiésemos compartir, y ésta es precisamente la misión del Espíritu Santo: hacernos partícipes, ya aquí en la tierra, de la vida y del triunfo de Jesucristo resucitado.

La experiencia de Pentecostés que narran los Hechos de los Apóstoles constituye la antítesis de lo que ocurrió con la Torre de Babel, cuyos constructores, llenos de soberbia, intentaron alcanzar la gloria con su solo esfuerzo, prescindiendo de Dios, y fueron confundidos en su lengua y dispersados por toda la tierra, rompiéndose así la comunión entre ellos. Ahora, con motivo de la fiesta judía de Pentecostés, se habían congregado en Jerusalén peregrinos de todas las naciones, que eran incapaces de comunicarse debido a la diversidad de sus lenguas. Sin embargo, tras la irrupción del Espíritu Santo, esta incapacidad de comunicación y comunión desaparece hasta el punto de que todos pueden entender a los apóstoles proclamar las maravillas de Dios.

Pero esta narración se pone también en relación con otro acontecimiento bíblico muy importante: la entrega de la Ley a Moisés en el monte Sinaí, que era lo que conmemoraba la fiesta judía de Pentecostés. Por ello, el Espíritu Santo es entendido como la nueva Ley que desciende de lo alto para inscribirse en el corazón del hombre y llevar a plenitud la antigua Ley escrita en tablas de piedra, tal como había profetizado Ezequiel hacía más de quinientos años:

«Os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos» (Ez 36,26-27).

Y así, si la entrega de la Ley a Moisés en el Sinaí estuvo acompañada por truenos y relámpagos, el descenso de la nueva Ley lo estuvo por «un ruido del cielo, como de un viento impetuoso, que resonó en toda la casa donde se encontraban».

En la liturgia de hoy se renueva el misterio de Pentecostés en la Iglesia. Viene de nuevo a nuestros corazones el amor de Dios y el conocimiento profundo de sus misterios, vienen la sabiduría y la fuerza para vivir como hijos de Dios, viene el que ora en nosotros con gemidos inefables y nos hace exclamar ¡Abbá, Padre!, viene el Abogado que nos defiende del Enemigo, el Consolador que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos, el Médico que sana el corazón enfermo, viene el único que puede reconciliar el mundo llenándolo de amor y de paz.

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, a tu Espíritu y renueva la faz de la tierra.


P. José María Prats

Evangelio: 


Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: 


«La paz con vosotros». 


Dicho esto, les mostró las manos y el costado.


Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: 


«La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». 


Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: 


«Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

San Juan 20, 19-23

domingo, 17 de mayo de 2026

Homilía del evangelio del domingo: «La ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria, y adonde ya se ha adelantado gloriosamente nuestra Cabeza, esperamos llegar también los miembros de su cuerpo» / Por P. José María Prats

 


* «No podemos, pues, quedarnos plantados, hay que abrir las compuertas de todas las acequias con la predicación y la celebración de los sacramentos para que los ríos de agua viva que manan del costado abierto del Señor resucitado inunden y fecunden la tierra, y el segador pueda recoger una cosecha fresca y abundante que compartirá eternamente su gloria»

La Ascensión del Señor – A

Hechos 1, 1-11 / Salmo 46 / Efesios 1, 17-23 / San Mateo 28, 16-20

P. José María Prats / Camino Católico.-   En esta solemnidad de la Ascensión del Señor celebramos que Jesucristo ha entrado para siempre en la gloria del Padre y en Él ha sido glorificada la naturaleza humana que comparte con nosotros. A través del vínculo de esta naturaleza común se nos comunica ahora su vida gloriosa por medio del Espíritu Santo, tal como Él mismo anunció antes de su muerte: «Y cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32).

De hecho, el mandato misionero que Jesús da a sus discípulos antes de su Ascensión no pretende otra cosa que hacer posible la comunicación de esta vida glorificada: «Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.» El Espíritu Santo sólo puede descender sobre los que acogen a la persona de Jesús cumpliendo su palabra transmitida por la predicación apostólica, y se comunica a través de los sacramentos, el primero de los cuales es el bautismo.

El tiempo que sigue a la Ascensión del Señor es, pues, decisivo, porque durante este tiempo el Espíritu Santo está disponible para transformar el mundo preparándolo para la segunda venida de Jesucristo como juez de vivos y muertos: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo». No podemos, pues, quedarnos plantados, hay que abrir las compuertas de todas las acequias con la predicación y la celebración de los sacramentos para que los ríos de agua viva que manan del costado abierto del Señor resucitado inunden y fecunden la tierra, y el segador pueda recoger una cosecha fresca y abundante que compartirá eternamente su gloria.

La oración colecta que hemos leído al principio de la misa resume estupendamente el sentido de esta fiesta: «Dios todopoderoso, concédenos exultar santamente de gozo y alegrarnos con religiosa acción de gracias, porque la ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria, y adonde ya se ha adelantado gloriosamente nuestra Cabeza, esperamos llegar también los miembros de su cuerpo.»

P. José María Prats

 

Evangelio: 


En aquel tiempo, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así:


«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».


San Mateo 28, 16-20

domingo, 10 de mayo de 2026

Homilía del evangelio del domingo: Jesús por el Espíritu se hace presente dentro de nosotros, nos santifica, nos inspira, nos mueve: Él está en nosotros y nosotros en Él / Por P. José María Prats

* «Dios es Señor, y cuando viene a habitar en nosotros a través de los sacramentos, viene a reinar en nosotros. Y no puede hacerlo si negamos su voluntad en algún aspecto importante de nuestra vida. Si no aceptamos incondicionalmente sus mandamientos, Él nos atraerá desde fuera con su Espíritu moviéndonos a la conversión, pero no vendrá a habitar en nosotros»

Domingo VI de Pascua – A

Hechos 8, 5-8.14-17 / Salmo 65 / 1 Pedro 3, 15-18 / San Juan 14, 15-21

P. José María Prats / Camino Católico.-   Dentro de dos semanas celebraremos la gran solemnidad de Pentecostés y las lecturas de hoy nos invitan a prepararla meditando sobre el Espíritu Santo.

En el evangelio, Jesús nos ha dicho: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad ... Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros». Es decir, después de su muerte, Jesús sigue estando presente en los que creen en Él a través del Espíritu Santo. Vimos el domingo pasado que, por el amor, las tres personas divinas se inhabitan mutuamente. Por ello, al recibir al Espíritu Santo, recibimos también en Él al Padre y al Hijo. Pero esta presencia de Jesús por el Espíritu es mucho más intensa y profunda que antes de su muerte, porque no es una presencia frente a nosotros, sino dentro de nosotros, que nos santifica, nos inspira, nos mueve: Él está en nosotros y nosotros en Él.

Pero es importante notar que tanto antes como después de estas palabras, Jesús insiste en que “si le amamos, guardaremos sus mandamientos”. Es decir, solo podemos recibir al Espíritu Santo y en Él al Padre y al Hijo, si guardamos los mandamientos de Jesús. A partir de aquí se entiende muy bien que la Iglesia, para poder recibir cualquier sacramento, nos pida que aceptemos y estemos decididos a guardar los mandamientos. Dios es Señor, y cuando viene a habitar en nosotros a través de los sacramentos, viene a reinar en nosotros. Y no puede hacerlo si negamos su voluntad en algún aspecto importante de nuestra vida. Si no aceptamos incondicionalmente sus mandamientos, Él nos atraerá desde fuera con su Espíritu moviéndonos a la conversión, pero no vendrá a habitar en nosotros. En el texto que sigue inmediatamente al fragmento del evangelio que hemos proclamado, Jesús vuelve a insistir sobre esto de manera aún más clara: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23).

En la primera lectura, tomada del libro de los Hechos de los apóstoles, se nos dice que Pedro y Juan bajaron a Samaría, oraron e impusieron las manos a los que habían creído en Jesús para que recibieran al Espíritu Santo y así ocurrió. En aquellos primeros tiempos, la venida del Espíritu se manifestaba en signos externos como que los que lo habían recibido se pusieran a profetizar o a alabar a Dios en lenguajes misteriosos. La Iglesia sigue invocando la venida del Espíritu Santo con la oración y la imposición de manos en los sacramentos de la Confirmación, el Orden y la Unción de los enfermos. 

En este sexto domingo de Pascua, con motivo de la celebración de la Pascua del enfermo, se ofrece a las personas ancianas o que tienen una enfermedad grave, recibir el sacramento de la Unción de los enfermos. Por ello, a continuación impondremos sobre ellas las manos pidiendo que descienda el Espíritu Santo y les conceda la fortaleza, la sabiduría y los demás dones que necesitan para vivir con sentido y con paz su enfermedad o debilidad y los una íntimamente a Jesucristo en su pasión para que sus dolores y limitaciones se conviertan en fuente de santificación y redención.

P. José María Prats


Evangelio: 


En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: 


«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros. No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él».


San Juan 14, 15-21

domingo, 3 de mayo de 2026

Homilía del evangelio del domingo: Amando a Cristo, Él habita en nosotros y nosotros en Él / Por P. José María Prats

* «Tal como dice San Pablo: ‘vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí’ (Ga 2,20): pensamos con la mente de Cristo, sentimos con el corazón de Cristo, obramos las obras de Cristo, hablamos con la voz de Cristo. Nos unimos así al canal a través del cual la Trinidad entera viene a habitar en nosotros: ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’ (Jn 14,23)»

Domingo V de Pascua – A

Hechos 6, 1-7 / Salmo 32 / 1 Pedro 2, 4-9 / San Juan 14, 1-12

P. José María Prats / Camino Católico.-   En el evangelio de San Juan aparece un concepto clave: el del amor como inhabitación mutua. Cuando amamos a una persona, ella habita de alguna manera en nosotros, quedando prendidos de su forma de pensar, de sentir, de expresarse. Nuestro poeta Pedro Salinas lo describió maravillosamente en su obra La voz a ti debida, en la que narra la historia de una pasión amorosa:

Qué alegría, vivir sintiéndose vivido. 

Rendirse a la gran certidumbre, oscuramente, 

de que otro ser, fuera de mí, muy lejos, me está viviendo (...) 

Que hay otro ser por el que miro el mundo 

porque me está queriendo con sus ojos. 

Que hay otra voz con la que digo cosas 

no sospechadas por mi gran silencio; 

y es que también me quiere con su voz.

Dios es amor y por ello las tres personas divinas se inhabitan plenamente. Así se lo manifiesta Jesús a Felipe en el evangelio de hoy: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí.»

Este concepto nos permite asomarnos un poquito al abismo del Misterio de la Encarnación: Asumiendo la naturaleza humana, el Hijo de Dios se ha hecho «hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne», y a través de esta carne, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo nos hablan con labios humanos, nos abrazan con brazos de hombre, comparten nuestra alegría y nuestro dolor con nuestro mismo regocijo y nuestro mismo llanto.

La carne de Cristo es el canal que Dios ha abierto entre Él y la humanidad a través del cual el Dios Uno y Trino llega hasta nosotros y nosotros accedemos a Él. Con sus gestos y palabras, esta carne nos manifiesta al Padre (Jn 1,18: «A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer»). A través de ella, la vida eterna, que tiene su origen en el Padre, llega hasta nosotros: (Jn 6,51: «El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo»). Ella es el canal por el que el Espíritu Santo se derrama sobre los creyentes (Jn 20,22: «Sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid al Espíritu Santo”»). 

La esencia de la vida cristiana es que, amando a Cristo, Él habita en nosotros y nosotros en Él, tal como dice San Pablo: «vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20): pensamos con la mente de Cristo, sentimos con el corazón de Cristo, obramos las obras de Cristo, hablamos con la voz de Cristo. Nos unimos así al canal a través del cual la Trinidad entera viene a habitar en nosotros: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23).


El Reino de Dios, de hecho, no es otra cosa que esta presencia viva de Dios en cada uno de nosotros que nos constituye en un solo Cuerpo por el amor, un Cuerpo que manifiesta ante el mundo el pensar, el sentir y el obrar de Dios: «Como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21).


P. José María Prats

Evangelio: 


En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: 


«No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino».


Le dice Tomás: 


«Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». 


Le dice Jesús: 


«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto».


Le dice Felipe: 


«Señor, muéstranos al Padre y nos basta». 


Le dice Jesús: 


«¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre».


San Juan 14, 1-12

domingo, 26 de abril de 2026

Homilía del evangelio del Domingo: Como pastores en la Iglesia hemos de hacer realidad en nosotros las palabras de Juan Bautista: «Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar» / Por P. José María Prats

* «Jesús es la puerta del aprisco y los pastores sólo podemos acceder a las ovejas entrando por esta puerta. De lo contrario nos convertimos en ladrones y bandidos. Es lo mismo que Jesús dijo a Pedro a orillas del lago de Genesaret: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas? ... Pastorea mis ovejas’. Sólo desde el amor y la identificación con Jesús podemos actuar legítimamente como pastores. Por ello es tan importante que oremos y meditemos continuamente la palabra de Dios, pues es así como nos ponemos en sintonía con el corazón y la mente del Señor»

Domingo IV de Pascua – A

Hechos 2, 14a.36-41 / Salmo 22 / 1 Pedro 2, 20-25 / San Juan 10, 1-10

P. José María Prats / Camino Católico.-  El evangelio de hoy nos invita a meditar sobre la función de los pastores en la Iglesia. Es una palabra dirigida especialmente a los que se nos ha encomendado esta labor tan importante y tan delicada.

Jesús es la puerta del aprisco y los pastores sólo podemos acceder a las ovejas entrando por esta puerta. De lo contrario nos convertimos en ladrones y bandidos. Es lo mismo que Jesús dijo a Pedro a orillas del lago de Genesaret: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas? ... Pastorea mis ovejas». Sólo desde el amor y la identificación con Jesús podemos actuar legítimamente como pastores. Por ello es tan importante que oremos y meditemos continuamente la palabra de Dios, pues es así como nos ponemos en sintonía con el corazón y la mente del Señor.

Si nuestra atención y nuestros afectos se centran en ideologías políticas o en pasiones personales como el deseo de agradar o de “hacer carrera”, entonces entramos en el aprisco saltando por otra parte y hacemos estragos en el rebaño. Nos convertimos en extraños y las ovejas huyen de nosotros «porque no conocen la voz de los extraños».

Como pastores hemos de hacer realidad en nosotros las palabras de Juan Bautista: «Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar» (Jn 3,30). Hemos de quitarnos de en medio, despojándonos de toda ambición y deseo de afirmación, para que las ovejas puedan acceder a través de nosotros al verdadero Pastor. 

Las vestiduras que nos ponemos para ejercer el ministerio de pastores quieren visibilizar el hecho de que no actuamos en nombre propio sino como instrumentos de Jesucristo y de su Iglesia. Para las celebraciones litúrgicas nos ponemos primero el alba, que nos recuerda el bautismo por el que fuimos revestidos de la santidad de Cristo. A continuación nos ceñimos la cintura con el cíngulo, símbolo del servicio a los demás. Sobre el cuello nos ponemos la estola, que representa a la vez la autoridad sacerdotal, el suave yugo de Cristo y las ovejas que estamos dispuestos a cargar sobre nuestras espaldas. Y por encima de todo, la casulla, símbolo de la caridad que debe cubrirlo todo, la caridad del pastor que conoce a las ovejas por su nombre, las defiende de los peligros que las acechan y, caminando delante de ellas, las guía con suavidad hacia los verdes pastos que Jesús ha hecho crecer para que tengamos vida en abundancia.

Una tarea muy bonita, pero también muy comprometida, que sólo podemos realizar debidamente sostenidos por la gracia de Dios y la oración de su Pueblo.

P. José María Prats

Evangelio: 


En aquel tiempo, dijo Jesús: 


«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».


Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba. Entonces Jesús les dijo de nuevo: 


«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia».


San Juan 10, 1-10