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sábado, 11 de abril de 2026

Papa León XIV en el Rosario por la paz, 11-4- 2026: «Señor Jesús, tú venciste a la muerte sin armas ni violencia; concédenos tu paz, que la locura de la guerra llegue a su fin; ¡Escúchanos, Señor de la vida!»

* «La oración nos educa para actuar. Las limitadas posibilidades humanas se unen en la oración a las infinitas posibilidades de Dios. De este modo, pensamientos, palabras y obras rompen la cadena demoníaca del mal y se ponen al servicio del Reino de Dios; un Reino en el que no hay espada, ni drones, ni venganza, ni banalización del mal, ni lucro injusto, sino sólo dignidad, comprensión y perdón. Tenemos en esto una barrera contra ese delirio de omnipotencia que se vuelve cada vez más impredecible y agresivo a nuestro alrededor. Los equilibrios en la familia humana están gravemente desestabilizados. Incluso el Santo Nombre de Dios ―el Dios de la vida― es arrastrado en discursos de muerte»  

   

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News en español, con la meditación-oración del Papa 

* «¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida. San Juan XXIII, con sencillez evangélica, escribió que la paz beneficia a todos, ‘es decir, a cada persona, a los hogares, a los pueblos, a la entera familia humana’. Y, repitiendo las palabras categóricas de Pío XII, añadía: ‘Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra’» 


11 de abril de 2026.- (Camino Católico)  “Señor Jesús, tú venciste a la muerte sin armas ni violencia; concédenos tu paz, que la locura de la guerra llegue a su fin; ¡Escúchanos, Señor de la vida!”, ha rezado el Papa León XIV al final de la oración de los Misterios Gloriosos del Santo Rosario invocando el don de la paz, la tarde de este sábado, en la Basílica de San Pedro, ante decenas de miles de peregrinos, muchos de ellos fuera en la plaza.


“Hermanos y hermanas, quienes oran son conscientes de sus limitaciones; no matan ni amenazan con la muerte. En cambio, quienes le dan la espalda al Dios vivo son esclavos de la muerte, convirtiendo su ser y su poder en un ídolo mudo, ciego y sordo al que sacrifican todo valor y exigen que el mundo entero se arrodille”. Arrodillarse para encontrar, en la oración, «una pizca de fe» y no rendirse ante el aparente «destino ya escrito»: el de tumbas que ya no bastan para contener cuerpos aniquilados «sin derecho y sin piedad». Exigir, en cambio, que se arrodillen los demás, cegados por el «delirio de omnipotencia», por la banalización del mal y por los beneficios injustos, hasta el punto de arrastrar «incluso en los discursos sobre la muerte el Santo Nombre de Dios». Así se perfila, impetuosa y conmovedora, la reflexión del Papa León XIV al término del Rosario por la paz de hoy.


“Queremos decirle al mundo entero que es posible construir la paz”, ha  dicho el Papa León XIV en la Plaza de San Pedro, antes de iniciar la vigilia de oración por la paz este sábado en el Vaticano. Minutos antes de iniciar la vigilia, el Santo Padre se ha dirigido a los miles de fieles presentes en la Plaza de San Pedro para agradecerles su presencia y su participación y les ha impartido su bendición. En el vídeo de Vatican News se escucha y visualiza toda la meditación-oración del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:

ORACIÓN DEL SANTO ROSARIO PARA INVOCAR LA PAZ

VIGILIA DE ORACIÓN 

PRESIDIDA POR EL SANTO PADRE LEÓN XIV

Reflexión del Santo Padre León XIV

Basílica de San Pedro

Sábado, 11 de abril de 2026

Queridos hermanos y hermanas:

La oración de ustedes es expresión de esa fe que, según la palabra de Jesús, mueve montañas (cf. Mt 17,20). Les agradezco por haber aceptado esta invitación, reuniéndose aquí, junto a la tumba de san Pedro, y en otros tantos lugares del mundo para invocar la paz. La guerra divide, la esperanza une. La prepotencia pisotea, el amor levanta. La idolatría ciega, el Dios vivo ilumina. Basta un poco de fe, una pizca de fe, queridos hermanos, para afrontar juntos, como humanidad y con humanidad, esta hora dramática de la historia. La oración, de hecho, no es un refugio para eludir nuestras responsabilidades, no es un analgésico para evitar el dolor que desata tanta injusticia. Es, en cambio, la respuesta más gratuita, universal y disruptiva a la muerte: ¡somos un pueblo que ya resucita! En cada uno de nosotros, en cada ser humano, el Maestro interior educa a la paz, impulsa al encuentro, inspira la invocación. ¡Alcemos entonces la mirada! ¡Volvamos a levantarnos de entre los escombros! Nada puede encerrarnos en un destino ya escrito, ni siquiera en este mundo en el que las tumbas parecen no ser suficientes, porque se sigue crucificando, aniquilando la vida, sin derecho y sin piedad.

San Juan Pablo II, incansable testigo de la paz, en el contexto de la crisis iraquí de 2003 dijo conmovido: «Yo pertenezco a la generación que vivió la segunda guerra mundial y sobrevivió. Siento el deber de decir a todos los jóvenes, a los más jóvenes que yo, que no tienen esa experiencia: “¡Nunca más la guerra!”, como dijo Pablo VI en su primera visita a las Naciones Unidas. Debemos hacer todo lo posible. Sabemos muy bien que no es posible la paz a toda costa. Pero todos sabemos cuán grande es esta responsabilidad» (Ángelus, 16 marzo 2003). Esta tarde hago mío su llamamiento, tan actual.

La oración nos educa para actuar. Las limitadas posibilidades humanas se unen en la oración a las infinitas posibilidades de Dios. De este modo, pensamientos, palabras y obras rompen la cadena demoníaca del mal y se ponen al servicio del Reino de Dios; un Reino en el que no hay espada, ni drones, ni venganza, ni banalización del mal, ni lucro injusto, sino sólo dignidad, comprensión y perdón. Tenemos en esto una barrera contra ese delirio de omnipotencia que se vuelve cada vez más impredecible y agresivo a nuestro alrededor. Los equilibrios en la familia humana están gravemente desestabilizados. Incluso el Santo Nombre de Dios ―el Dios de la vida― es arrastrado en discursos de muerte. Desaparece así un mundo de hermanos y hermanas con un solo Padre en los cielos y, como en una pesadilla nocturna, la realidad se llena de enemigos. Por todas partes se perciben amenazas, en lugar de llamadas a la escucha y al encuentro. Hermanos y hermanas, el que reza es consciente de sus propios límites, no mata ni amenaza con la muerte. En cambio, está sometido a la muerte quien ha dado la espalda al Dios vivo, para hacer de sí mismo y de su propio poder el ídolo mudo, ciego y sordo (cf. Sal 115,4-8), al cual sacrificar todo valor y pretender que el mundo entero se doblegue ante él.

¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida. San Juan XXIII, con sencillez evangélica, escribió que la paz beneficia a todos, «es decir, a cada persona, a los hogares, a los pueblos, a la entera familia humana». Y, repitiendo las palabras categóricas de Pío XII, añadía: «Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra» (Carta enc. Pacem in terris, 116).

Unamos, entonces, las energías morales y espirituales de millones, de miles de millones de hombres y mujeres, de ancianos y jóvenes que hoy creen en la paz, que hoy eligen la paz, que curan las heridas y reparan los daños causados por la locura de la guerra. Recibo muchas cartas de niños en zonas de conflicto; al leerlas se percibe, con la verdad de la inocencia, todo el horror y la inhumanidad de acciones de las que algunos adultos se jactan con orgullo. ¡Escuchemos la voz de los niños!

Queridos hermanos y hermanas, sin duda los gobernantes de las naciones tienen responsabilidades ineludibles. A ellos les gritamos: ¡deténganse! ¡Es tiempo de paz! ¡Siéntense en mesas de diálogo y de mediación!, no en mesas donde se planea el rearme y se deliberan acciones de muerte. Sin embargo, existe una responsabilidad no menos importante para todos nosotros, hombres y mujeres de tantos países diferentes: una inmensa multitud que repudia la guerra, con hechos, no sólo con palabras. La oración nos compromete a convertir lo que queda de violencia en nuestros corazones y en nuestras mentes: convirtámonos a un Reino de paz que se construye día a día, en los hogares, en las escuelas, en los barrios, en las comunidades civiles y religiosas, quitándole terreno a la polémica y a la resignación con la amistad y la cultura del encuentro. Volvamos a creer en el amor, en la moderación, en la buena política. Formémonos y comprometámonos en primera persona, cada uno respondiendo a su propia vocación. ¡Cada uno tiene su lugar en el mosaico de la paz!

El Rosario, al igual que otras formas de oración muy antiguas, nos ha unido esta tarde en su ritmo regular, basado en la repetición; así se abre paso la paz, palabra tras palabra, gesto tras gesto, como una roca se va esculpiendo gota a gota, como en un telar el tejido avanza movimiento tras movimiento. Son los tiempos largos de la vida, signo de la paciencia de Dios. Necesitamos no dejarnos arrastrar por la aceleración de un mundo que no sabe qué persigue, para volver a servir al ritmo de la vida, a la armonía de la creación, y curar sus heridas. Como nos ha enseñado el Papa Francisco, «se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia» (Carta enc. Fratelli tutti, 225). En efecto, «hay una “arquitectura” de la paz, donde intervienen las diversas instituciones de la sociedad, cada una desde su competencia, pero hay también una “artesanía” de la paz que nos involucra» (ibíd., 231).

Queridos hermanos y hermanas, regresemos a casa con este compromiso de orar siempre, sin cansarnos, y con una profunda conversión del corazón. La Iglesia es un gran pueblo al servicio de la reconciliación y de la paz, que avanza sin vacilar, aun cuando el rechazo de la lógica bélica puede costarle incomprensión y desprecio. Ella anuncia el Evangelio de la paz y educa a obedecer a Dios antes que a los hombres, especialmente cuando se trata de la dignidad infinita de otros seres humanos, puesta en peligro por las continuas violaciones del derecho internacional. «En todo el mundo es deseable “que cada comunidad se convierta en una ‘casa de paz’, donde aprendamos a desactivar la hostilidad mediante el diálogo, donde se practique la justicia y se preserve el perdón”. Hoy más que nunca, en efecto, es necesario mostrar que la paz no es una utopía» (Mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2026).


Hermanos y hermanas de todas las lenguas, pueblos y naciones: somos una sola familia que llora, que espera y que se levanta. “Nunca más la guerra, aventura sin retorno; nunca más la guerra, espiral de lutos y de violencia” (cf. S. Juan Pablo II, Oración por la paz, 2 febrero 1991).

Queridos hermanos, ¡la paz esté con todos ustedes! Es la paz de Cristo resucitado, fruto de su sacrificio de amor en la cruz. Por eso a Él dirigimos nuestra súplica:

Señor Jesús,

tú venciste a la muerte sin armas ni violencia:

disolviste su poder con la fuerza de la paz.

Concédenos tu paz,

como a las mujeres asombradas en la mañana de Pascua,

como a los discípulos escondidos y asustados.

Envía tu Espíritu,

aliento que da vida, que reconcilia,

que convierte en hermanos y hermanas a los adversarios y enemigos.

Inspíranos la confianza de María, tu madre,

que con el corazón desgarrado estaba al pie de tu cruz,

firme en la fe de que resucitarías.

Que la locura de la guerra llegue a su fin

y que la tierra sea cuidada y cultivada por quienes todavía

saben engendrar, saben custodiar y saben amar la vida.

¡Escúchanos, Señor de la vida!

Papa León XIV

Fotos: Vatican Media, 11-4-2026

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