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sábado, 11 de abril de 2026

Papa León XIV en el Rosario por la paz, 11-4- 2026: «Señor Jesús, tú venciste a la muerte sin armas ni violencia; concédenos tu paz, que la locura de la guerra llegue a su fin; ¡Escúchanos, Señor de la vida!»

* «La oración nos educa para actuar. Las limitadas posibilidades humanas se unen en la oración a las infinitas posibilidades de Dios. De este modo, pensamientos, palabras y obras rompen la cadena demoníaca del mal y se ponen al servicio del Reino de Dios; un Reino en el que no hay espada, ni drones, ni venganza, ni banalización del mal, ni lucro injusto, sino sólo dignidad, comprensión y perdón. Tenemos en esto una barrera contra ese delirio de omnipotencia que se vuelve cada vez más impredecible y agresivo a nuestro alrededor. Los equilibrios en la familia humana están gravemente desestabilizados. Incluso el Santo Nombre de Dios ―el Dios de la vida― es arrastrado en discursos de muerte»  

   

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News en español, con la meditación-oración del Papa 

* «¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida. San Juan XXIII, con sencillez evangélica, escribió que la paz beneficia a todos, ‘es decir, a cada persona, a los hogares, a los pueblos, a la entera familia humana’. Y, repitiendo las palabras categóricas de Pío XII, añadía: ‘Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra’» 


11 de abril de 2026.- (Camino Católico)  “Señor Jesús, tú venciste a la muerte sin armas ni violencia; concédenos tu paz, que la locura de la guerra llegue a su fin; ¡Escúchanos, Señor de la vida!”, ha rezado el Papa León XIV al final de la oración de los Misterios Gloriosos del Santo Rosario invocando el don de la paz, la tarde de este sábado, en la Basílica de San Pedro, ante decenas de miles de peregrinos, muchos de ellos fuera en la plaza.


“Hermanos y hermanas, quienes oran son conscientes de sus limitaciones; no matan ni amenazan con la muerte. En cambio, quienes le dan la espalda al Dios vivo son esclavos de la muerte, convirtiendo su ser y su poder en un ídolo mudo, ciego y sordo al que sacrifican todo valor y exigen que el mundo entero se arrodille”. Arrodillarse para encontrar, en la oración, «una pizca de fe» y no rendirse ante el aparente «destino ya escrito»: el de tumbas que ya no bastan para contener cuerpos aniquilados «sin derecho y sin piedad». Exigir, en cambio, que se arrodillen los demás, cegados por el «delirio de omnipotencia», por la banalización del mal y por los beneficios injustos, hasta el punto de arrastrar «incluso en los discursos sobre la muerte el Santo Nombre de Dios». Así se perfila, impetuosa y conmovedora, la reflexión del Papa León XIV al término del Rosario por la paz de hoy.


“Queremos decirle al mundo entero que es posible construir la paz”, ha  dicho el Papa León XIV en la Plaza de San Pedro, antes de iniciar la vigilia de oración por la paz este sábado en el Vaticano. Minutos antes de iniciar la vigilia, el Santo Padre se ha dirigido a los miles de fieles presentes en la Plaza de San Pedro para agradecerles su presencia y su participación y les ha impartido su bendición. En el vídeo de Vatican News se escucha y visualiza toda la meditación-oración del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:

ORACIÓN DEL SANTO ROSARIO PARA INVOCAR LA PAZ

VIGILIA DE ORACIÓN 

PRESIDIDA POR EL SANTO PADRE LEÓN XIV

Reflexión del Santo Padre León XIV

Basílica de San Pedro

Sábado, 11 de abril de 2026

Queridos hermanos y hermanas:

La oración de ustedes es expresión de esa fe que, según la palabra de Jesús, mueve montañas (cf. Mt 17,20). Les agradezco por haber aceptado esta invitación, reuniéndose aquí, junto a la tumba de san Pedro, y en otros tantos lugares del mundo para invocar la paz. La guerra divide, la esperanza une. La prepotencia pisotea, el amor levanta. La idolatría ciega, el Dios vivo ilumina. Basta un poco de fe, una pizca de fe, queridos hermanos, para afrontar juntos, como humanidad y con humanidad, esta hora dramática de la historia. La oración, de hecho, no es un refugio para eludir nuestras responsabilidades, no es un analgésico para evitar el dolor que desata tanta injusticia. Es, en cambio, la respuesta más gratuita, universal y disruptiva a la muerte: ¡somos un pueblo que ya resucita! En cada uno de nosotros, en cada ser humano, el Maestro interior educa a la paz, impulsa al encuentro, inspira la invocación. ¡Alcemos entonces la mirada! ¡Volvamos a levantarnos de entre los escombros! Nada puede encerrarnos en un destino ya escrito, ni siquiera en este mundo en el que las tumbas parecen no ser suficientes, porque se sigue crucificando, aniquilando la vida, sin derecho y sin piedad.

San Juan Pablo II, incansable testigo de la paz, en el contexto de la crisis iraquí de 2003 dijo conmovido: «Yo pertenezco a la generación que vivió la segunda guerra mundial y sobrevivió. Siento el deber de decir a todos los jóvenes, a los más jóvenes que yo, que no tienen esa experiencia: “¡Nunca más la guerra!”, como dijo Pablo VI en su primera visita a las Naciones Unidas. Debemos hacer todo lo posible. Sabemos muy bien que no es posible la paz a toda costa. Pero todos sabemos cuán grande es esta responsabilidad» (Ángelus, 16 marzo 2003). Esta tarde hago mío su llamamiento, tan actual.

La oración nos educa para actuar. Las limitadas posibilidades humanas se unen en la oración a las infinitas posibilidades de Dios. De este modo, pensamientos, palabras y obras rompen la cadena demoníaca del mal y se ponen al servicio del Reino de Dios; un Reino en el que no hay espada, ni drones, ni venganza, ni banalización del mal, ni lucro injusto, sino sólo dignidad, comprensión y perdón. Tenemos en esto una barrera contra ese delirio de omnipotencia que se vuelve cada vez más impredecible y agresivo a nuestro alrededor. Los equilibrios en la familia humana están gravemente desestabilizados. Incluso el Santo Nombre de Dios ―el Dios de la vida― es arrastrado en discursos de muerte. Desaparece así un mundo de hermanos y hermanas con un solo Padre en los cielos y, como en una pesadilla nocturna, la realidad se llena de enemigos. Por todas partes se perciben amenazas, en lugar de llamadas a la escucha y al encuentro. Hermanos y hermanas, el que reza es consciente de sus propios límites, no mata ni amenaza con la muerte. En cambio, está sometido a la muerte quien ha dado la espalda al Dios vivo, para hacer de sí mismo y de su propio poder el ídolo mudo, ciego y sordo (cf. Sal 115,4-8), al cual sacrificar todo valor y pretender que el mundo entero se doblegue ante él.

¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida. San Juan XXIII, con sencillez evangélica, escribió que la paz beneficia a todos, «es decir, a cada persona, a los hogares, a los pueblos, a la entera familia humana». Y, repitiendo las palabras categóricas de Pío XII, añadía: «Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra» (Carta enc. Pacem in terris, 116).

Unamos, entonces, las energías morales y espirituales de millones, de miles de millones de hombres y mujeres, de ancianos y jóvenes que hoy creen en la paz, que hoy eligen la paz, que curan las heridas y reparan los daños causados por la locura de la guerra. Recibo muchas cartas de niños en zonas de conflicto; al leerlas se percibe, con la verdad de la inocencia, todo el horror y la inhumanidad de acciones de las que algunos adultos se jactan con orgullo. ¡Escuchemos la voz de los niños!

Queridos hermanos y hermanas, sin duda los gobernantes de las naciones tienen responsabilidades ineludibles. A ellos les gritamos: ¡deténganse! ¡Es tiempo de paz! ¡Siéntense en mesas de diálogo y de mediación!, no en mesas donde se planea el rearme y se deliberan acciones de muerte. Sin embargo, existe una responsabilidad no menos importante para todos nosotros, hombres y mujeres de tantos países diferentes: una inmensa multitud que repudia la guerra, con hechos, no sólo con palabras. La oración nos compromete a convertir lo que queda de violencia en nuestros corazones y en nuestras mentes: convirtámonos a un Reino de paz que se construye día a día, en los hogares, en las escuelas, en los barrios, en las comunidades civiles y religiosas, quitándole terreno a la polémica y a la resignación con la amistad y la cultura del encuentro. Volvamos a creer en el amor, en la moderación, en la buena política. Formémonos y comprometámonos en primera persona, cada uno respondiendo a su propia vocación. ¡Cada uno tiene su lugar en el mosaico de la paz!

El Rosario, al igual que otras formas de oración muy antiguas, nos ha unido esta tarde en su ritmo regular, basado en la repetición; así se abre paso la paz, palabra tras palabra, gesto tras gesto, como una roca se va esculpiendo gota a gota, como en un telar el tejido avanza movimiento tras movimiento. Son los tiempos largos de la vida, signo de la paciencia de Dios. Necesitamos no dejarnos arrastrar por la aceleración de un mundo que no sabe qué persigue, para volver a servir al ritmo de la vida, a la armonía de la creación, y curar sus heridas. Como nos ha enseñado el Papa Francisco, «se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia» (Carta enc. Fratelli tutti, 225). En efecto, «hay una “arquitectura” de la paz, donde intervienen las diversas instituciones de la sociedad, cada una desde su competencia, pero hay también una “artesanía” de la paz que nos involucra» (ibíd., 231).

Queridos hermanos y hermanas, regresemos a casa con este compromiso de orar siempre, sin cansarnos, y con una profunda conversión del corazón. La Iglesia es un gran pueblo al servicio de la reconciliación y de la paz, que avanza sin vacilar, aun cuando el rechazo de la lógica bélica puede costarle incomprensión y desprecio. Ella anuncia el Evangelio de la paz y educa a obedecer a Dios antes que a los hombres, especialmente cuando se trata de la dignidad infinita de otros seres humanos, puesta en peligro por las continuas violaciones del derecho internacional. «En todo el mundo es deseable “que cada comunidad se convierta en una ‘casa de paz’, donde aprendamos a desactivar la hostilidad mediante el diálogo, donde se practique la justicia y se preserve el perdón”. Hoy más que nunca, en efecto, es necesario mostrar que la paz no es una utopía» (Mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2026).


Hermanos y hermanas de todas las lenguas, pueblos y naciones: somos una sola familia que llora, que espera y que se levanta. “Nunca más la guerra, aventura sin retorno; nunca más la guerra, espiral de lutos y de violencia” (cf. S. Juan Pablo II, Oración por la paz, 2 febrero 1991).

Queridos hermanos, ¡la paz esté con todos ustedes! Es la paz de Cristo resucitado, fruto de su sacrificio de amor en la cruz. Por eso a Él dirigimos nuestra súplica:

Señor Jesús,

tú venciste a la muerte sin armas ni violencia:

disolviste su poder con la fuerza de la paz.

Concédenos tu paz,

como a las mujeres asombradas en la mañana de Pascua,

como a los discípulos escondidos y asustados.

Envía tu Espíritu,

aliento que da vida, que reconcilia,

que convierte en hermanos y hermanas a los adversarios y enemigos.

Inspíranos la confianza de María, tu madre,

que con el corazón desgarrado estaba al pie de tu cruz,

firme en la fe de que resucitarías.

Que la locura de la guerra llegue a su fin

y que la tierra sea cuidada y cultivada por quienes todavía

saben engendrar, saben custodiar y saben amar la vida.

¡Escúchanos, Señor de la vida!

Papa León XIV

Fotos: Vatican Media, 11-4-2026

Oración de los Misterios Gloriosos del Santo Rosario para invocar la paz, presididos por el Papa León XIV, 11-4-2026

Foto: Vatican Media, 11-4-2026

11 de abril de 2026.- (Camino Católico)  “¡Basta ya de guerra!”, ha clamado el Papa León XIV en su meditación-oración al presidir este sábado 11 de abril el rezo de los Misterios Gloriosos del Santo Rosario por la paz desde la Basílica de San Pedro en el Vaticano. Y al final de sus palabras ha orado así: “Señor Jesús, tú venciste a la muerte sin armas ni violencia; concédenos tu paz, que la locura de la guerra llegue a su fin; ¡Escúchanos, Señor de la vida!”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha el rezo del Santo Rosario.

“Queremos decirle al mundo entero que es posible construir la paz”, ha dicho el Papa León XIV en la Plaza de San Pedro, antes de iniciar la vigilia de oración por la paz este sábado en el Vaticano. Minutos antes de iniciar la vigilia, el Santo Padre se ha dirigido a los miles de fieles presentes en la Plaza de San Pedro para agradecerles su presencia y su participación.

“Queridos hermanos y hermanas, buenas noches, bienvenidos. Un saludo fraternal y muy cordial a todos ustedes; gracias por vuestra presencia, por haber querido responder a esta llamada, a esta invitación, a unirnos todos con nuestra voz, con nuestros corazones, con nuestra vida, para rezar por la paz”, ha dicho el Papa.

“Todos llevamos la paz en nuestros corazones; que la paz reine verdaderamente en todo el mundo, y que seamos nosotros los portadores de este mensaje”, ha añadido. Además, ha resaltado que “Dios nos escucha, Dios nos acompaña; Jesús nos dijo que donde dos o tres se reúnen en su nombre, Él está presente entre nosotros. En estos días de la Octava de Pascua, creemos profundamente en la presencia de Jesús resucitado entre nosotros”.

“Ahora, unidos en la oración del Santo Rosario, pidiendo la intercesión de nuestra Madre María, queremos decirle al mundo entero que es posible construir la paz, una paz nueva, que es posible vivir juntos con todos los pueblos, de todas las religiones, de todas las razas”, subraya León XIV.

Antes de impartir su bendición y de ingresar a la Basílica para iniciar el rezo del Rosario, el Papa destacó que “queremos ser discípulos de Jesucristo, unidos como hermanos y hermanas, todos unidos en un mundo de paz”.

León XIV ha ingresado luego a la Basílica para dirigir el rezo del Santo Rosario, meditando los misterios gloriosos, acompañados cada uno de una lectura bíblica y una reflexión de San Cipriano de Cartagena, San Cesario de Arles, San Juan Crisóstomo, San Ambrosio de Milán y, como ya es costumbre, San Agustín, todos Padres de la Iglesia.

Además, y como signo de paz, antes de cada uno de los misterios, una delegación de cada uno de los cinco continentes encendió una vela a los pies de la imagen de María Reina de la Paz.

En su meditación-oración, el Papa ha afirmado que “la guerra divide, la esperanza une. La prepotencia pisotea, el amor levanta. La idolatría ciega, el Dios vivo ilumina. Basta un poco de fe, una pizca de fe, queridos hermanos, para afrontar juntos, como humanidad y con humanidad, esta hora dramática de la historia”. 

sábado, 11 de octubre de 2025

Papa León XIV en el Rosario por la paz, 11-10-2025: «Hagan todo lo que él les diga; Dios da alegría a quienes engendran amor en el mundo, a quienes en lugar de vencer al enemigo, prefieren la paz con él»

* «Contemplemos a la Madre de Jesús y al pequeño grupo de mujeres valientes al pie de la Cruz, para aprender también nosotros a permanecer, como ellas, junto a las cruces infinitas del mundo, donde Cristo sigue crucificado en sus hermanos, para llevarles consuelo, comunión y ayuda. En ella, hermana de humanidad, nos reconocemos, y con las palabras de un poema le decimos: ‘Madre, tú eres cada mujer que ama; madre, tú eres cada madre que llora a un hijo asesinado, a un hijo traicionado. Estos hijos que nunca terminan de ser aniquilados’ (Cf. D. M. Turoldo). Bajo tu protección buscamos refugio, Virgen de la Pascua, junto con todos aquellos en los que se sigue completando la pasión de tu Hijo»

    

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News en español, con la meditación del Papa 

* «Y entre las palabras de Jesús que no queremos dejar pasar, una resuena especialmente hoy, en esta vigilia de oración por la paz: la dirigida a Pedro en el huerto de los olivos: «Envaina tu espada» (Jn 18, 11). Desarma la mano y, antes aún, el corazón. Como ya he mencionado en otras ocasiones, la paz es desarmada y desarmante. No es disuasión, sino fraternidad; no es ultimátum, sino diálogo. No llegará como fruto de victorias sobre el enemigo, sino como el resultado de sembrar justicia e intrépido perdón. Envaina la espada es la palabra dirigida a los poderosos del mundo, a quienes guían el destino de los pueblos: ¡tengan la audacia de desarmarse! Y al mismo tiempo es dirigida también a cada uno de nosotros, para hacernos cada vez más conscientes de que no podemos matar por ninguna idea, fe o política. Lo primero que hay que desarmar es el corazón, porque si no hay paz en nosotros, no daremos paz» 

11 de octubre de 2025.- (Vatican News / Camino Católico) El Papa León XIV súplica a la Virgen María “reina de la paz”, durante la vigilia de oración y el Santo Rosario por la paz por el fin de los conflictos armados en el mundo; en la que también recuerda las palabras de Jesús en el Evangelio: «Envaina tu espada» (Jn 18, 11)” que son una invitación a “desarmar el corazón, porque si no hay paz en nosotros, no daremos paz”. Decenas de miles de fieles han llenado la plaza de San Pedro rezando por la paz en el mundo.

El Santo Padre reflexiona: “Bienaventurados ustedes. Hagan todo lo que él les diga. Y nosotros nos comprometemos a que se haga nuestra carne y pasión, historia y acción, la gran palabra del Señor: ‘Bienaventurados ustedes, los que trabajan por la paz’ (cf. Mt 5,9). Bienaventurados ustedes: Dios da alegría a quienes engendran amor en el mundo, alegría a quienes, en lugar de vencer al enemigo, prefieren la paz con él”.

En su reflexión el Papa León XIV invita a contemplar en la Virgen María "sus virtudes humanas y evangélicas, cuya imitación constituye la más auténtica devoción mariana”, como lo enseña el capítulo VIII de la constitución dogmática Lumen gentium, cuyos textos también han sido leídos como meditaciones durante el Rosario. 

“Como ella -dice el Papa-, la primera discípula, supliquemos el don de un corazón que escucha y se vuelve fragmento de un cosmos que acoge. A través de ella, Mujer dolorosa, fuerte y fiel, pidamos que nos alcance el don de la compasión hacia todo hermano y hermana que sufre, y hacia todas las criaturas”. 

Dice el Pontífice que las palabras de Jesús: “Envaina la espada”, hoy va dirigida a los quienes guían los destinos de los pueblos: "¡tengan la audacia de desarmarse!", y cada persona: “para hacernos cada vez más conscientes de que no podemos matar por ninguna idea, fe o política. Lo primero que hay que desarmar es el corazón, porque si no hay paz en nosotros, no daremos paz”. En el vídeo de Vatican News se escucha y visualiza toda la meditación del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:

JUBILEO DE LA ESPIRITUALIDAD MARIANA

VIGILIA DE ORACIÓN Y ROSARIO POR LA PAZ

MEDITACIÓN DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

Plaza de San Pedro

Sábado, 11 de octubre de 2025

Queridos hermanos y hermanas:

nos hemos reunido en oración, esta noche, junto con María la Madre de Jesús, como solía hacerlo la primera Iglesia de Jerusalén (Hch 1,14). Todos unidos, perseverantes y con un mismo sentir, no nos cansamos de interceder por la paz, don de Dios que debe convertirse en nuestra conquista y nuestro compromiso.

Espiritualidad mariana auténtica

En este Jubileo de la espiritualidad mariana, nuestra mirada como creyentes busca en la Virgen María la guía de nuestra peregrinación en la esperanza, contemplando sus «virtudes humanas y evangélicas, cuya imitación constituye la más auténtica devoción mariana» (Cf. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen Gentium, 65.67). Como ella, la primera creyente, queremos ser un seno que acoja al Altísimo, «humilde tienda del Verbo, movida sólo por el viento del Espíritu» (S. Juan Pablo II, Angelus, 15 agosto 1988). Como ella, la primera discípula, supliquemos el don de un corazón que escucha y se vuelve fragmento de un cosmos que acoge. A través de ella, Mujer dolorosa, fuerte y fiel, pidamos que nos alcance el don de la compasión hacia todo hermano y hermana que sufre, y hacia todas las criaturas.

Contemplemos a la Madre de Jesús y al pequeño grupo de mujeres valientes al pie de la Cruz, para aprender también nosotros a permanecer, como ellas, junto a las cruces infinitas del mundo, donde Cristo sigue crucificado en sus hermanos, para llevarles consuelo, comunión y ayuda. En ella, hermana de humanidad, nos reconocemos, y con las palabras de un poema le decimos:

“Madre, tú eres cada mujer que ama;

madre, tú eres cada madre que llora

a un hijo asesinado, a un hijo traicionado.

Estos hijos que nunca terminan de ser aniquilados» (Cf. D. M. Turoldo).

Bajo tu protección buscamos refugio, Virgen de la Pascua, junto con todos aquellos en los que se sigue completando la pasión de tu Hijo.

Hagan lo que él les diga

En el Jubileo de la espiritualidad mariana, nuestra esperanza se ilumina con la luz suave y perseverante de las palabras de María que nos refiere el Evangelio. Y de entre todas ellas, son valiosas las últimas pronunciadas en las Bodas de Caná, cuando, señalando a Jesús, dice a los sirvientes: «Hagan todo lo que él les diga» (Jn 2,5). Después no hablará más. Por tanto, estas palabras, que resultan casi un testamento, deben ser muy queridas por los hijos, como todo testamento de una madre.

Todo lo que él les diga. Ella está segura de que su Hijo hablará, su Palabra no ha terminado, sigue creando, generando, llenando el mundo de primaveras y de vino las ánforas de la fiesta. María, como una señal indicadora, orienta más allá de sí misma, muestra que el punto de llegada es el Señor Jesús y su Palabra, el centro hacia el que todo converge, el eje alrededor del cual giran el tiempo y la eternidad.

Cumplan su Palabra, recomienda. Cumplan el Evangelio, conviértanlo en gesto y cuerpo, en sangre y carne, en esfuerzo y sonrisa. Cumplan el Evangelio, y la vida se transformará, de vacía a plena, de apagada a encendida.

Hagan todo lo que él les diga: todo el Evangelio, la palabra exigente, la caricia consoladora, el reproche y el abrazo. Lo que entiendes y también lo que no entiendes. María nos exhorta a ser como los profetas: a no dejar caer en el vacío ni una sola de sus palabras (cf. 1Sam 3,19)

Y entre las palabras de Jesús que no queremos dejar pasar, una resuena especialmente hoy, en esta vigilia de oración por la paz: la dirigida a Pedro en el huerto de los olivos: «Envaina tu espada» (Jn 18, 11). Desarma la mano y, antes aún, el corazón. Como ya he mencionado en otras ocasiones, la paz es desarmada y desarmante. No es disuasión, sino fraternidad; no es ultimátum, sino diálogo. No llegará como fruto de victorias sobre el enemigo, sino como el resultado de sembrar justicia e intrépido perdón.

Envaina la espada es la palabra dirigida a los poderosos del mundo, a quienes guían el destino de los pueblos: ¡tengan la audacia de desarmarse! Y al mismo tiempo es dirigida también a cada uno de nosotros, para hacernos cada vez más conscientes de que no podemos matar por ninguna idea, fe o política. Lo primero que hay que desarmar es el corazón, porque si no hay paz en nosotros, no daremos paz.

Entre ustedes no debe ser así

Escuchemos de nuevo al Señor Jesús: los grandes del mundo se construyen imperios con el poder y el dinero (Cf. Mt 20,25; Mc 10,42), «Pero entre ustedes no debe ser así» (Lc 22,26). Dios no actúa así: el Maestro no tiene tronos, sino que se ciñe una toalla y se arrodilla a los pies de cada uno. Su imperio es ese pequeño espacio que basta para lavar los pies de sus amigos y cuidar de ellos.

Es también la invitación a adquirir un punto de vista diferente para mirar el mundo desde abajo, con los ojos de quien sufre, no con la óptica de los potentes; para ver la historia con la mirada de los pequeños y no con la perspectiva de los poderosos; para interpretar los acontecimientos de la historia desde el punto de vista de la viuda, del huérfano, del extranjero, del niño herido, del exiliado, del fugitivo. Con la mirada de quien naufraga, del pobre Lázaro, tirado junto a la puerta del rico epulón. De lo contrario, nunca cambiará nada y no surgirá un tiempo nuevo, un reino de justicia y paz.

La Virgen María lo hace también así en el cántico del Magnificat, cuando dirige su mirada a los puntos de fractura de la humanidad, allí donde se produce la distorsión del mundo, en el contraste entre humildes y poderosos, entre pobres y ricos, entre sacios y hambrientos. Y elige a los pequeños, se pone de la parte de los últimos de la historia, para enseñarnos a imaginar, a soñar juntos con ella los cielos nuevos y la tierra nueva.

Bienaventurados ustedes

Hagan todo lo que él les diga. Y nosotros nos comprometemos a que se haga nuestra carne y pasión, historia y acción, la gran palabra del Señor: “Bienaventurados ustedes, los que trabajan por la paz” (cf. Mt 5,9).

Bienaventurados ustedes: Dios da alegría a quienes engendran amor en el mundo, alegría a quienes, en lugar de vencer al enemigo, prefieren la paz con él.

Ánimo, adelante, en camino. Ustedes que construyen las condiciones para un futuro de paz, en la justicia y el perdón; sean mansos y decididos, no se desanimen. La paz es un camino y Dios camina con ustedes. El Señor crea y difunde la paz a través de sus amigos pacificados en el corazón, que a su vez se convierten en pacificadores, instrumentos de su paz.

Nos hemos reunido esta noche en oración alrededor de María, Madre de Jesús y Madre nuestra, como los primeros discípulos en el cenáculo. A ella, mujer profundamente pacífica, reina de la paz, nos dirigimos:

Ruega con nosotros, Mujer fiel, sagrado seno del Verbo.

Enséñanos a escuchar el grito de los pobres y de la madre Tierra,

atentos a las llamadas del Espíritu en el secreto del corazón,

en la vida de los hermanos, en los acontecimientos de la historia,

en el gemido y en el júbilo de la creación.

Santa María, madre de los vivos,

mujer fuerte, dolorosa, fiel,

Virgen esposa junto a la Cruz,

donde se consuma el amor y brota la vida,

sé tú la guía de nuestro compromiso de servicio.


Enséñanos a detenernos contigo junto a las infinitas cruces

donde tu Hijo sigue crucificado,

donde la vida está más amenazada;

a vivir y dar testimonio del amor cristiano

acogiendo en cada hombre a un hermano;

a renunciar al oscuro egoísmo

para seguir a Cristo, verdadera luz del hombre.


Virgen de la paz, puerta de la esperanza segura,

¡acoge la oración de tus hijos!

Papa León XIV

Fotos: Vatican Media, 11-10-2025