* «Cuanto más profunda es su unión con Cristo, más radical es su pertenencia a la común humanidad. No hay contraposición, ni competición entre el cielo y la tierra; en Jesús se unen para siempre. Este misterio vivo y dinámico compromete el corazón a un amor indisoluble; lo compromete y lo llena. Ciertamente, como el amor de los esposos, también el amor que inspira el celibato por el Reino de Dios debe cuidarse y renovarse siempre, porque todo afecto verdadero madura y se vuelve fecundo con el tiempo. Están llamados a un modo de amar específico, delicado y difícil y, aún más, a un modo de dejarse amar en la libertad. Un modo que podrá hacer de ustedes, no sólo buenos sacerdotes, sino también ciudadanos honestos, disponibles, constructores de paz y de amistad social»
Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV
* «En el Evangelio que acabamos de proclamar (Jn 10,1-10) sorprende la referencia de Jesús a figuras y a gestos de agresión: entre él y aquellos que ama irrumpen extraños, ladrones y asaltantes que exceden los límites; no vienen, dice Jesús, ‘sino para robar, matar y destruir’ (v. 10) y, sobre todo, tienen una voz diferente a la suya, irreconocible (cf. v. 5). Hay un gran realismo en las palabras del Señor: conoce la crueldad del mundo en el que camina con nosotros. Con sus palabras evoca formas de agresión física, pero sobre todo espiritual. Sin embargo, esto no lo disuade de dar la vida. La denuncia no se vuelve renuncia, el peligro no lleva a la fuga. Este es un segundo secreto del sacerdote: la realidad no debe darnos miedo. El que nos llama es el Señor de la vida. Que el ministerio que se les confía, queridos hermanos, comunique la paz del que, aun en medio de peligros, sabe por qué se siente seguro»
26 de abril de 2026.- (Camino Católico) “¡Cuántas personas hoy se sienten perdidas! A muchos les parece que ya no pueden orientarse. No hay entonces testimonio más hermoso de aquel que confía: ‘Él me hace descansar en verdes praderas, me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre’ (Sal 23,2-3). Su nombre es Jesús, ‘Dios salva’. Ustedes son testigos de esto. ‘Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida’”. Lo ha dicho el Papa León XIV en su homilía en la Santa Misa que presidió en la Basílica de San Pedro, este 26 de abril, Domingo del Buen Pastor y Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, en el cual ha ordenado a diez nuevos presbíteros para la diócesis de Roma. A las 12 del mediodía, después de finalizar la Misa, el Santo Padre se ha asomado al balcón del Palacio Apostólico para rezar el Regina Caeli con las decenas de miles de fieles concentrado en la plaza de San Pedro.
El Santo Padre ha dicho que, en la disponibilidad de los jóvenes que la Iglesia hoy pide que sean ordenados presbíteros constatamos mucha generosidad y entusiasmo. Y que este es un domingo lleno de vida porque al reunirnos, tan numerosos y diferentes, en torno al único Maestro, advertimos una fuerza que nos renueva: “Es el Espíritu Santo, que une personas y vocaciones en la libertad, de modo que ninguno viva más para sí mismo. El domingo —cada domingo— nos llama a salir del “sepulcro” del aislamiento y de la cerrazón para encontrarnos en el jardín de la comunión, del que el Resucitado es el guardián”.
Y dirigiéndose a los candidatos al sacerdocio el Pontífice les ha revelado un primer secreto en la vida del sacerdote, es decir, “cuanto más profunda es su unión con Cristo, más radical es su pertenencia a la común humanidad”. Por ello, el servicio del sacerdote, al que la llamada de estos hermanos nos invita a reflexionar, es un ministerio de comunión. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:
SANTA MISA CON ORDENACIONES PRESBITERALES
HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
Basílica de San Pedro
IV Domingo de Pascua, 26 de abril de 2026
Queridos hermanos y hermanas:
Con este saludo me dirijo, en particular, a quienes acaban de ser presentados y que recibirán la ordenación presbiteral; también a sus familiares, a los sacerdotes de Roma —muchos de los cuales recuerdan su ordenación en este cuarto domingo de Pascua— y a todos los aquí presentes.
¡Este es un domingo lleno de vida! Aunque la muerte nos rodea, la promesa de Jesús ya se cumple: «Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). En la disponibilidad de los jóvenes que la Iglesia hoy pide que sean ordenados presbíteros constatamos mucha generosidad y entusiasmo. Al reunirnos, tan numerosos y diferentes, en torno al único Maestro, advertimos una fuerza que nos renueva. Es el Espíritu Santo, que une personas y vocaciones en la libertad, de modo que ninguno viva más para sí mismo. El domingo —cada domingo— nos llama a salir del “sepulcro” del aislamiento y de la cerrazón para encontrarnos en el jardín de la comunión, del que el Resucitado es el guardián.
El servicio del sacerdote, al que la llamada de estos hermanos nos invita a reflexionar, es un ministerio de comunión. De hecho, la “vida en abundancia” llega a nosotros en el personalísimo encuentro con la persona del Hijo, pero de inmediato abre nuestros ojos a un pueblo de hermanos y hermanas que ya experimentan, o que todavía están buscando, el «poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Este es un primer secreto en la vida del sacerdote. Queridos ordenandos, cuanto más profunda es su unión con Cristo, más radical es su pertenencia a la común humanidad. No hay contraposición, ni competición entre el cielo y la tierra; en Jesús se unen para siempre. Este misterio vivo y dinámico compromete el corazón a un amor indisoluble; lo compromete y lo llena. Ciertamente, como el amor de los esposos, también el amor que inspira el celibato por el Reino de Dios debe cuidarse y renovarse siempre, porque todo afecto verdadero madura y se vuelve fecundo con el tiempo. Están llamados a un modo de amar específico, delicado y difícil y, aún más, a un modo de dejarse amar en la libertad. Un modo que podrá hacer de ustedes, no sólo buenos sacerdotes, sino también ciudadanos honestos, disponibles, constructores de paz y de amistad social.
A este respecto, en el Evangelio que acabamos de proclamar (Jn 10,1-10) sorprende la referencia de Jesús a figuras y a gestos de agresión: entre él y aquellos que ama irrumpen extraños, ladrones y asaltantes que exceden los límites; no vienen, dice Jesús, «sino para robar, matar y destruir» (v. 10) y, sobre todo, tienen una voz diferente a la suya, irreconocible (cf. v. 5). Hay un gran realismo en las palabras del Señor: conoce la crueldad del mundo en el que camina con nosotros. Con sus palabras evoca formas de agresión física, pero sobre todo espiritual. Sin embargo, esto no lo disuade de dar la vida. La denuncia no se vuelve renuncia, el peligro no lleva a la fuga. Este es un segundo secreto del sacerdote: la realidad no debe darnos miedo. El que nos llama es el Señor de la vida. Que el ministerio que se les confía, queridos hermanos, comunique la paz del que, aun en medio de peligros, sabe por qué se siente seguro.
Hoy la necesidad de seguridad vuelve los ánimos agresivos, encierra a las comunidades en sí mismas, instiga a buscar enemigos y chivos expiatorios. A menudo hay miedo a nuestro alrededor y quizás también dentro de nosotros. Que su seguridad no resida en el rol que desempeñan, sino en la vida, muerte y resurrección de Jesús, en la historia de salvación en la que participan con su pueblo. Es una salvación que ya actúa en tanto bien que se hace silenciosamente, entre personas de buena voluntad, en las parroquias y en los ambientes a los que ustedes se harán cercanos, como compañeros de viaje. Lo que anuncian y celebran los protegerá también en situaciones y en tiempos difíciles.
Las comunidades a las que serán enviados son lugares donde el Resucitado ya está presente, donde muchos ya lo han seguido de manera ejemplar. Reconocerán sus llagas, distinguirán su voz, encontrarán a quienes se lo indicarán. Son comunidades que los ayudarán también a ustedes a ser santos. Y ustedes ayúdenlas a caminar unidas en pos de Jesús, el Buen Pastor, para que sean lugares —jardines— de la vida que renace y se comunica. Con frecuencia, lo que les falta a las personas es un lugar donde experimentar que juntos es mejor, que juntos es hermoso, que es posible vivir juntos. Facilitar el encuentro, ayudar a reunirse con quienes de otro modo no se conocerían nunca y acercar a los contrarios está íntimamente unido a la celebración de la Eucaristía y la Reconciliación. Reunir es, siempre y nuevamente, establecer la Iglesia.
Es significativa una imagen en el Evangelio con la que Jesús, en un cierto momento, comienza a hablar de sí mismo. Se estaba describiendo como el “pastor”, pero parece que quienes lo escuchan no lo entienden; entonces, cambia la metáfora: «Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas» (Jn 10,7). En Jerusalén había una puerta que se llamaba precisamente así, “la puerta de las ovejas”, cerca de la piscina de Betsaida. Por allí entraban en el templo las ovejas y los corderos, antes de ser sumergidos en el agua y luego destinados a los sacrificios. Es espontáneo pensar en el Bautismo.
«Yo soy la puerta», dice Jesús. El Jubileo nos ha mostrado cómo esta imagen sigue hablando al corazón de millones de personas. Durante siglos la puerta —a menudo un auténtico portal— ha invitado a cruzar el umbral de la Iglesia. En algunos casos, la fuente bautismal se construía en el exterior, como la antigua piscina probática, bajo cuyos pórticos «yacía una multitud de enfermos, ciegos, lisiados y paralíticos» (Jn 5,3). Queridos ordenandos, siéntanse parte de esta humanidad que sufre y que espera la vida en abundancia. Al iniciar a otros en la fe, reavivarán la propia fe. Junto con los otros bautizados, cruzarán cada día el umbral del Misterio, ese umbral que tiene el rostro y el nombre de Jesús. Nunca oculten esta puerta santa, no la cierren, no sean un obstáculo para el que quiere entrar. «No han entrado ustedes, y a los que quieren entrar, se lo impiden» (Lc 11,52): es el reproche amargo de Jesús a aquellos que escondieron la llave de un paso que debía ser accesible a todos.
Hoy más que nunca, especialmente cuando los números parecen marcar una distancia entre las personas y la Iglesia, ¡mantengan la puerta abierta! Dejen entrar y estén listos para salir. Es otro secreto para sus vidas: ustedes son un canal, no un filtro. Muchos creen que ya saben lo que hay detrás de ese umbral. Llevan consigo recuerdos, quizás de un pasado lejano; a menudo hay algo vivo que no se ha apagado y que los atrae; pero otras veces hay algo más, que aún sangra y provoca rechazo. El Señor lo sabe y espera. Sean reflejo de su paciencia y de su ternura. ¡Ustedes son de todos y para todos! Que este sea el perfil fundamental de su misión: mantener libre el umbral y señalarlo, sin necesidad de muchas palabras.
Por otra parte, Jesús insiste y precisa: «Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento» (Jn 10,9). Él no sofoca nuestra libertad. Hay afiliaciones que sofocan, compañías donde es fácil entrar y casi imposible salir. No es así la Iglesia del Señor, no es así la compañía de sus discípulos. Quien es salvado, dice Jesús, “entra, sale y encuentra su alimento”. Todos buscamos protección, descanso y cuidado: la puerta de la Iglesia está abierta. No para desentendernos de la vida; la vida no se agota en la parroquia, en la asociación, en el movimiento ni en el grupo. Quien es salvado “sale y encuentra su alimento”.
Queridos hermanos, salgan y encuéntrense con la cultura, con la gente, con la vida. Admiren aquello que Dios hace crecer sin que nosotros lo hayamos sembrado. Aquellos para quienes serán sacerdotes —fieles laicos y familias, jóvenes y ancianos, niños y enfermos— habitan praderas que ustedes deben conocer. A veces les parecerá que no tienen los mapas; pero los posee el Buen Pastor, del que tienen que escuchar su voz, tan familiar. ¡Cuántas personas hoy se sienten perdidas! A muchos les parece que ya no pueden orientarse. No hay entonces testimonio más hermoso de aquel que confía: «Él me hace descansar en verdes praderas, me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre» (Sal 23,2-3). Su nombre es Jesús, “Dios salva”. Ustedes son testigos de esto. «Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida» (v. 6). Hermanos, hermanas, queridos jóvenes: ¡que así sea!
PAPA LEÓN XIV
Fotos: Vatican Media, 26-4-2026














No hay comentarios:
Publicar un comentario