* «La fiesta de hoy nos recuerda que por la fe y el bautismo hemos recibido una vida celestial; que formamos parte de la corona de la Virgen Asunta al cielo; que esta vida es una vida separada del mundo y de sus pasiones y llena del poder y de la victoria de Jesucristo, pero que es también una vida amenazada por el poder formidable de las fuerzas del mal que quieren precipitarnos nuevamente sobre la tierra»
La Asunción de la Virgen María
Apocalipsis 11, 19a;12,1.3-6a.10ab / Salmo 44 / 1 Corintios 15, 20-27a / San Lucas 1, 39-56
P. José María Prats / Camino Católico.- Celebramos hoy una fiesta muy importante de la Virgen María en la que contemplamos el misterio de su Asunción al Cielo en cuerpo y alma, misterio que nos habla de su victoria y de su gloria después de una vida consagrada por completo a Dios.
Vamos a profundizar en este misterio comentando la visión de la Mujer vestida de sol que hemos escuchado en la primera lectura tomada del libro del Apocalipsis.
«Apareció una figura portentosa en el cielo: Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas.»
Se nos dice en primer lugar de esta mujer que representa a la Virgen que está «vestida de sol». El evangelio de San Mateo, cuando narra el episodio de la Transfiguración, donde el Señor mostró anticipadamente a sus discípulos la gloria que tendría tras su resurrección, dice que «su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz». María, por tanto, se nos presenta glorificada, compartiendo la gloria de su Hijo. Es la Virgen Asunta, la Virgen llevada al Cielo en cuerpo y alma que hoy estamos celebrando.
En segundo lugar, tiene «la luna por pedestal». El pueblo de Israel tenía un calendario lunar, por lo que la luna representaba el tiempo y sus fases, lo pasajero y mudable. La Virgen, pues, se nos presenta permaneciendo más allá del tiempo y de la historia, ejerciendo sobre ellos un poder soberano. Ella comparte la victoria de su Hijo a quien ha sido dado «todo poder en el cielo y en la tierra».
Y, finalmente, aparece «coronada con doce estrellas». Doce es el número que representa al pueblo de Dios: doce fueron los hijos de Jacob que engendraron a las doce tribus de Israel, y doce fueron los Apóstoles del Señor, cuyo ministerio engendró a la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios. Esta visión nos dice, pues, que, asociada a la Virgen, compartiendo su gloria y su victoria, está la Iglesia. Y es que desde que Jesús nos dio a María por Madre al pie de la Cruz, María y la Iglesia son para siempre indisociables.
«Apareció otra señal en el cielo: Un enorme dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en las cabezas. Con la cola barrió del cielo un tercio de las estrellas, arrojándolas a la tierra.»
El libro del Apocalipsis narra la historia de la humanidad como un combate entre el bien y el mal desarrollando la profecía de Gn 3,15, donde Dios dice a la serpiente: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza, pero tú sólo herirás su talón». Se nos ha presentado primero a la protagonista –María y su linaje–, y ahora se nos presenta al antagonista –la serpiente– como «un enorme dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en las cabezas».
El color rojo representa su poderosa acción destructiva ávida de sangre y de muerte. Los números siete y diez representan respectivamente perfección y multitud. Las siete cabezas nos hablan, pues, de la perfección de la inteligencia satánica y de la diversidad de agentes a través de los que actúa. El cuerno es un símbolo del poder y de la fuerza con que el toro embiste y arrastra todo lo que se le pone por delante. Así, los diez cuernos representan la multitud de poderes por medio de los cuales Satanás hiere y aflige a la humanidad: la guerra, el hambre, la injusticia social, los imperialismos, el materialismo, las ideologías... Finalmente las siete diademas representan la finísima capacidad de seducción del Maligno a través de riquezas, fama, honores, lujos, placeres...
Con toda esta inteligencia, poder y capacidad de seducción, Satanás hiere eficazmente el talón del linaje de la Mujer, arrojando sobre la tierra un tercio de las estrellas del cielo: son los miembros de la Iglesia que se han dejado seducir y han sido arrastrados nuevamente a una vida mundana.
«El dragón estaba enfrente de la mujer que iba a dar a luz, dispuesto a tragarse el niño en cuanto naciera. Dio a luz un varón, destinado a gobernar con vara de hierro a los pueblos. Arrebataron al niño y lo llevaron junto al trono de Dios.»
Este «varón destinado a gobernar con vara de hierro a los pueblos» es, lógicamente, Jesucristo, el hijo de María, «Rey de reyes y Señor de señores».
Estos versículos constituyen una brevísima síntesis del Misterio Pascual: Toda la vida de Jesucristo transcurre bajo una constante amenaza de muerte que culmina en la Cruz, donde parece, efectivamente, que ha sido devorado por las fuerzas del mal. Pero en su Resurrección y Ascensión al cielo, es arrebatado y llevado junto al trono de Dios.
Hay algo, sin embargo, que parece que no cuadra, porque la Mujer que da a luz a Jesucristo debería ser la Virgen en su existencia terrena y no la Virgen ya asunta al cielo. Y es que lo que aquí se está representando es a la Iglesia que, congregada entorno a María y bajo la amenaza de Satanás, renueva el Misterio Pascual en la celebración de la Eucaristía, uniéndose a la Pasión del Señor para compartir su victoria sobre el pecado y las fuerzas del mal que hace posible una vida nueva en santidad y justicia.
«La mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar reservado por Dios. Se oyó una gran voz en el cielo: “Ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo”.»
El desierto representa esta nueva vida austera y esforzada que ha roto con las seducciones del mundo para consagrarse por entero a Dios. En esta vida, escondida y despreciable a los ojos del mundo, se manifiesta el poder del Reino de Dios y el ser humano recupera su salud y su armonía.
La fiesta de hoy, por tanto, nos recuerda que por la fe y el bautismo hemos recibido una vida celestial; que formamos parte de la corona de la Virgen Asunta al cielo; que esta vida es una vida separada del mundo y de sus pasiones y llena del poder y de la victoria de Jesucristo, pero que es también una vida amenazada por el poder formidable de las fuerzas del mal que quieren precipitarnos nuevamente sobre la tierra. Y que para permanecer victoriosos en la corona de María tenemos que renovar continuamente nuestra unión a Cristo por la oración y la celebración de los sacramentos.
Que la Virgen Asunta al cielo a quien hoy invocamos con tanta devoción, interceda por nosotros para que nos mantengamos siempre firmemente unidos a ella y podamos así alcanzar un día la gloria en que ella habita.
P. José María Prats
Evangelio:
En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo:
«Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».
Y dijo María:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abraham y de su linaje por los siglos».
María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.
San Lucas 1, 39-56


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