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sábado, 31 de octubre de 2026

Homilía del evangelio del Domingo: Somos santos en la medida en que participamos de la vida de Dios / Por P. José María Prats

* «Comenzamos a participar de la vida de Dios en el bautismo, por el que somos constituidos hijos de Dios Padre, miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, y templos del Espíritu Santo. Y esta vida santa de Dios permanece en nosotros si vivimos como cristianos, amando a los demás, cumpliendo sus mandamientos, orando y alimentándonos con los sacramentos. Si nos alejamos de Dios perdemos esta santidad, pero podemos recuperarla si volvemos a Él por el arrepentimiento y el sacramento de la reconciliación»

Solemnidad de Todos los Santos

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14 / Salmo 23 / 1ª San Juan 3, 1-3 / San Mateo 5, 1-12a

P. José María Prats / Camino Católico.-  Este día de Todos los Santos nos invita a meditar sobre la santidad.

En el lenguaje coloquial a menudo decimos: “Este hombre o esta mujer es un santo”, y nos referimos a una persona llena de paciencia, generosidad, humildad, amor a los demás... Y, ciertamente, los santos se comportan así. Pero ser santo es mucho más que esto.

¿Quién es santo? Propiamente sólo Dios es santo. Así lo afirmamos en el himno del gloria: “Porque sólo tú eres santo, sólo tú, Señor...” Sólo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es santo: Él es la fuente de toda santidad, bondad, verdad y belleza. 

Los seres creados son santos en la medida en que participan de la vida de Dios. Los ángeles, por ejemplo, son santos porque están en presencia de Dios y participan de su gloria y de sus acciones en favor de los hombres. 

También son santas las personas que han vivido como amigos de Dios haciendo su voluntad y están ya en el cielo participando de su gloria. En el día de hoy contemplamos muy especialmente a estas personas, a estos hermanos nuestros que están ya en la presencia de Dios. Algunos de ellos son conocidos por todos, como los que tenemos representados en nuestra iglesia. Pero, gracias a Dios, hay muchos más santos. Nuestros antepasados o personas que hemos conocido y querido y que están ya en el cielo son santos y hoy celebramos su fiesta.

Pero, ¿por qué estos santos son tan importantes para nosotros? Por varias razones. 

Por una parte, por su vida ejemplar o por la sabiduría de sus escritos, son modelos y maestros para nosotros. Cuando leemos, por ejemplo, la biografía de San Francisco de Asís, nos damos cuenta de lo buena que puede llegar a ser una persona y nos dan ganas de imitarla. Pero también aquellas personas más cercanas que hemos conocido, que procuraban ayudar y servir a todos y estaban llenas de bondad y humildad han sido testimonios decisivos para nosotros. 

Por otra parte, los santos son nuestros intercesores. Al participar de la vida de Dios, que es amor, están inflamados de amor y compasión por nosotros y, por ello, oran y nos ayudan para que podamos llegar a compartir su felicidad. 

Finalmente, cuando oramos y alabamos a Dios, nos unimos a su oración y su alabanza. Lo recordamos en cada misa cuando decimos: “Por eso, con los ángeles y con todos los santos, proclamamos tu gloria, diciendo a una sola voz: Santo, santo, santo es el Señor...”

Pero vayamos todavía más allá: ¿Y nosotros, somos santos? Sí, somos santos en la medida en que participamos de la vida de Dios. Y comenzamos a participar de su vida en el bautismo, por el que somos constituidos hijos de Dios Padre, miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, y templos del Espíritu Santo. Y esta vida santa de Dios permanece en nosotros si vivimos como cristianos, amando a los demás, cumpliendo sus mandamientos, orando y alimentándonos con los sacramentos. Si nos alejamos de Dios perdemos esta santidad, pero podemos recuperarla si volvemos a Él por el arrepentimiento y el sacramento de la reconciliación.

Finalmente, podemos preguntarnos: Si somos santos, ¿somos entonces como los santos del cielo que hoy celebramos? No, ellos participan de la vida y santidad de Dios de una manera mucho más intensa y definitiva. Como dice San Pablo, ellos ven a Dios cara a cara, nosotros, con los ojos de la fe.

Pidamos hoy a todos los santos que nos ayuden a caminar en esta fe, a ser verdaderos amigos de Dios y de todos los hombres para poder llegar a compartir con ellos esta gloria de Dios que nos hará eternamente felices.

P. José María Prats

Evangelio:


En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:


«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.


Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.


Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.


Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.


Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.


Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.


Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.


Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.


Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

San Mateo 5, 1-12a

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