María Elena Rocha perdió a su esposo y sus dos hijos en el terremoto de Venezuela. En la imagen la familia Moreira Rocha. De izquierda a derecha: Ricardo, María Elena, Enrique y Wilson, el esposo | Foto: Cortesía de María Elena Rocha - EWTN
* «Peleé con Dios. Quedé con rabia. ‘¿Por qué me dejaste aquí? ¿Yo soy tan mala como para tener que quedarme aquí?’ Sin embargo, yo entregaba todo mi sufrimiento a Dios por la santificación de sus almas…Le pido a Dios que pueda cumplir mi misión rapidito para poder ir al Cielo, porque es lo que más añoro hoy en día. Incluso antes no tenía miedo a la muerte porque ese es nuestro destino: morir para vivir, y yo quiero vivir con Dios. Estoy abandonada a lo que sea que decida la Providencia»
Camino Católico.- El 24 de junio de 2026, María Elena Rocha se encontraba en Caracas. Ese miércoles, feriado en Venezuela, decidió emprender una peregrinación junto a dos amigas para visitar lugares emblemáticos vinculados a los primeros santos venezolanos: Santa Carmen Rendiles y San José Gregorio Hernández.
La devoción hizo más cortos los sinuosos 40 kilómetros que separan a Tanaguarena, en La Guaira, de la ciudad capital. Allí vivía María Elena, en el edificio Caribbean Golf I, junto a su familia: su esposo Wilson, y sus hijos Ricardo, de 25 años, y Enrique, de 22 años. Ellos decidieron quedarse en casa ese día.
En Caracas, el día transcurrió con normalidad. María Elena y sus amigas habían visitado el Colegio Belén, en donde reposan los restos de Madre Carmen. Luego llegaron a la Casa Museo de José Gregorio Hernández y terminaron su peregrinación con una Misa en la parroquia de Nuestra Señora de la Candelaria, donde también descansan los restos del médico de los pobres.
Los terremotos y la incertidumbre
6:04 de la tarde: María Elena y sus amigas hacían la fila para comprar un helado. Las nubes muy grises en Caracas anunciaban tormenta, pero el estruendo no llegaría del cielo sino de la tierra. A esa hora el suelo se movió con violencia extrema y el pánico se apoderó del ambiente. Las tres salieron como pudieron del centro comercial donde se encontraban.
Pronto colapsó el servicio eléctrico, cayeron el internet y las líneas telefónicas. Solo dos horas después, el grupo pudo sacar el auto de donde se encontraba estacionando y emprendieron el viaje de regreso a Tanaguarena, que esta vez pareció eterno.
Wilson, el esposo de María Elena Rocha, junto a sus hijos Ricardo y Enrique de vacaciones | Foto: Cortesía de María Elena Rocha - EWTN
María Elena cuenta a EWTN News Español que lo que se encontró en La Guaira parecía sacado de una película de terror. Ya entrada la noche, solamente los incendios rompían la oscuridad. Edificios enteros derrumbados. Personas buscando desesperadas entre los escombros y otras, lamentablemente, robando y saqueando. Había gritos, lamentos y llanto.
El camino hacia su hogar fue complejo. No solo por lo dañada que estaba la carretera, sino también por la conmoción que producía aquel panorama. Cada metro recorrido, cada escena de dolor y destrucción, era un golpe a la esperanza que aún mantenía María Elena de volver a encontrarse con los suyos. Solo a pie pudo llegar a su residencia.
María Elena se enfrenta a un dolor inimaginable
Era cerca de la medianoche cuando María Elena vió que en el lugar donde antes estaba el Caribbean Golf I ahora solo había una enorme pila de escombros. La mujer de 49 años dice haber sentido, paradójicamente, una gran paz interior a pesar de la tragedia. En medio de la confusión, le avisan que uno de sus hijos estaba vivo, pero atrapado en los escombros. Con mucho esfuerzo, María Elena se acercó al lugar.
Era Enrique, su hijo menor. Estaba malherido pero podía comunicarse con su madre. Las primeras horas luego de los terremotos fueron un caos en La Guaira, los rescates se hacían con las manos porque no se disponía de las herramientas necesarias para actuar con rapidez. Fue una madrugada larguísima, en la que Enrique le pedía a María Elena que no lo abandonara: “Tranquilo hijo que yo nunca te voy a dejar solo”, respondía.
María Elena Rocha junto a su hijo Enrique con el que habló cuando estaba sepultado bajo los escombros y todavía vivo antes de morir | Foto: Cortesía de María Elena Rocha - EWTN
Así llegó la mañana y después la tarde. Enrique, aprisionado y adolorido, no resistió. María Elena, siempre cerca, dice haber escuchado su último aliento: “Él esperó por mí para dar su último suspiro”. Enrique murió en el lugar, junto a su padre y a su hermano mayor. Fue días después que los rescatistas lograron recuperar sus cuerpos, a los que María Elena pudo dar cristiana sepultura.
“Dios es mi gran amigo”
Impresiona escuchar a esta mujer contar su historia. Aún derramando un par de lágrimas, dice con firmeza después de la tragedia: “Mi fe aumentó”. Pero el camino naturalmente no ha sido fácil sino lleno de dolor, de reproches e incluso —en algún momento— de rabia contra Dios. María Elena quedó sola y muchas veces pidió respuestas.
“Peleé con Dios. Quedé con rabia. ‘¿Por qué me dejaste aquí? ¿Yo soy tan mala como para tener que quedarme aquí?’ Sin embargo, yo entregaba todo mi sufrimiento a Dios por la santificación de sus almas”, recuerda.
Su gran refugio siempre ha sido la fe. Ahora asiste regularmente a un grupo de oración en una parroquia caraqueña que, asegura, le ha sido muy provechoso. Busca ganar indulgencias para su esposo e hijos y dice siempre tratar de estar alegre y “que los demás vean a Dios en mí”.
“A pesar de la gran pérdida que tuve, mantengo el humor. Esa es una de las cosas que yo pedí a Dios cuando falleció mi hijo Enrique. Acepté su muerte con mucho dolor, se lo entregué a Dios, pero le pedí que no me quitara la alegría porque yo siempre fui la alegría de mi casa. Eso era lo que decían mis hijos y mi esposo”, comenta.
“Yo quiero que mi esposo y mis hijos sientan orgullo de su esposa y de su mamá. Yo sé que si yo estoy feliz, ellos van a estar felices. La felicidad es una decisión y yo decidí entregarle a Dios el ser feliz, porque Él nos quiere a todos felices”, añade.
Este 24 de octubre se cumplen cuatro meses de aquel día terrible. Más de 6.000 venezolanos perdieron la vida en cuestión de segundos, miles quedaron heridos y otros tantos aún están desaparecidos. Muchísimas personas ahora viven en medio del dolor y aún así, créame estimado lector, es común escucharlos decir —sacudiéndose el polvo como María Elena—: “Dios es mi gran amigo”.
“A pesar de todo, agradezco a Dios. Por haber podido hablar con mi hijo menor en ese momento. Ya agradezco a Dios por la vida”, aseguró esta admirable venezolana, pero añade con ese humor que nunca perdió por pura gracia divina: “Aunque le pido que me lleve rápido”.
“Le pido que pueda cumplir mi misión rapidito para poder ir al Cielo, porque es lo que más añoro hoy en día. Incluso antes no tenía miedo a la muerte porque ese es nuestro destino: morir para vivir, y yo quiero vivir con Dios”, dice.
María Elena asegura no saber aún qué va a ser de su vida pero afirma que “estoy abandonada a lo que sea que decida la Providencia”.
Un mensaje para Venezuela sobre el valor del sufrimiento
La Iglesia nos enseña que Dios no quiere el sufrimiento por sí mismo ni es su causa directa. La explicación de cómo puede Dios permitir el mal sin ser su autor es profunda, pero no resuelve por completo el dolor de cada pérdida. Por la fe creemos que Dios puede sacar bien incluso del mal, pero eso no convierte la muerte de inocentes en algo bueno ni justifica la tragedia.
Ese sufrimiento puede adquirir un sentido cuando se vive unido a Cristo. Como ocurrió en Venezuela después de los terremotos, el dolor puede despertar solidaridad, responsabilidad mutua y aún puede ayudar a una sociedad a preguntarse qué debe hacer mejor. Esta es la convicción de María Elena.
“Tenemos años sufriendo. Háganlo para que vean, que cuando uno entrega ese sufrimiento a Cristo, todas las cositas que nos pasan. Momentos de rabia e indignación, entregarlos a Jesús por beneficio de alguien. Van a ver cómo vienen las bendiciones”, dice.
María Elena Rocha luego de rescatar intacta de los escombros una estatua de Nuestra Señora de Fátima, perteneciente al Centro Luso Venezolano de Vargas | Foto: Cortesía de María Elena Rocha - EWTN
“Y otra cosa: agradezcan todo a Dios. Es increíble, cuando tu agradeces a Dios por las cosas malas y buenas, las bendiciones van a venir. No digo que no vayan a seguir habiendo problemas, porque yo sigo teniendo muchas cosas que enfrentar pero cuando estamos con Dios las cargas son más ligeras”, añade María Elena.
Aunque a los ojos del mundo puede parecer que ahora tiene por delante un camino marcado por la desesperanza, esta mujer no duda un segundo en mirar a la cámara y, después de haber tenido que ponerle el pecho a tanto, decir con firmeza:
“No estoy sola, porque tengo a Dios, tengo a la Santísima Virgen María, que ha estado siempre conmigo y la he sentido. Quien mejor que ella, que sabe lo que es este dolor”.




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