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domingo, 5 de abril de 2026

Papa León XIV en bendición Urbi et Orbi, 5-4-2026: «La paz que Jesús nos entrega no es aquella que se limita a silenciar las armas, sino la que toca y transforma el corazón de cada uno de nosotros. ¡Convirtámonos a esa paz de Cristo!»

* «¡Hagamos oír el grito de paz que brota del corazón! Por eso, invito a todos a unirnos en la vigilia de oración por la paz que celebraremos aquí, en la Basílica de San Pedro el próximo sábado 11 de abril. En este día de fiesta, dejemos a un lado toda voluntad de disputa, de dominio y de poder, e imploremos al Señor que conceda su paz al mundo asolado por las guerras y marcado por el odio y la indiferencia, que nos hacen sentir impotentes ante el mal. Al Señor encomendamos todos los corazones que sufren y esperan la verdadera paz que sólo Él puede dar. ¡Confiemos en Él y abrámosle nuestro corazón! Sólo Él hace nuevas todas las cosas»

    

Vídeo completo de la transmisión en directo de 13 TV  traducido al español con la bendición Urbi et Orbi del Papa León XIV

* «El Señor, con su resurrección nos enfrenta con mayor intensidad aún al drama de nuestra libertad. Frente al sepulcro vacío podemos llenarnos de esperanza y asombro, como los discípulos, o de miedo, como los guardias y los fariseos, obligados a recurrir a la mentira y al engaño para no reconocer que aquel que había sido condenado verdaderamente ha resucitado. A la luz de la Pascua, ¡dejémonos sorprender por Cristo! ¡Dejemos que su inmenso amor por nosotros nos transforme el corazón! ¡Que quienes tienen armas en sus manos las abandonen! ¡Que quienes tienen el poder de desatar guerras, elijan la paz! No una paz impuesta por la fuerza, sino mediante el diálogo. No con la voluntad de dominar al otro, sino de encontrarlo» 

 


5 de abril de 2026.- (Camino Católico)  “La paz que Jesús nos entrega no es aquella que se limita a silenciar las armas, sino la que toca y transforma el corazón de cada uno de nosotros. ¡Convirtámonos a esa paz de Cristo!… ¡Que quienes empuñan las armas las depongan! ¡Que quienes tienen el poder de desatar guerras elijan la paz! ¡No una paz forjada por la fuerza, sino por el diálogo! ¡No por el deseo de dominar a los demás, sino por el encuentro!”

El Papa León XIV no grita, no alza la voz; su voz permanece firme mientras pronuncia su mensaje de Pascua “Urbi et Orbi” desde el balcón central de la Basílica Vaticana, durante el cual anuncia una Vigilia de Oración por la Paz en la Basílica de San Pedro el 11 de abril. Sus palabras pesan como el mármol en las conciencias de quienes contaminan el mundo con la lógica y las acciones de la guerra, con la promoción del odio, con la indiferencia hacia quienes sufren y mueren. Aquellos que, como se recitó en el Vía Crucis el Viernes Santo, tendrán que responder ante Dios por sus actos. En el vídeo de 13 TV se visualiza y escucha la bendición Urbi et Orbi, cuyo texto íntegro es el siguiente:


MENSAJE URBI ET ORBI

DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

PASCUA 2026

Balcón central de la Basílica Vaticana

Domingo, 5 de abril de 2026


Hermanos y hermanas,

¡Cristo ha resucitado! ¡Felices pascuas!

Desde hace siglos, la Iglesia canta con júbilo el acontecimiento que es el origen y el fundamento de su fe: «Muerto el que es la vida,  triunfante se levanta. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! Rey vencedor, apiádate de la miseria humana» (Secuencia de Pascua).

La Pascua es una victoria: de la vida sobre la muerte, de la luz sobre las tinieblas, del amor sobre el odio. Una victoria que ha tenido un precio altísimo: Cristo, el Hijo del Dios vivo (cf. Mt 16,16), tuvo que morir, y morir en una cruz, tras sufrir una condena injusta, ser escarnecido y torturado, y haber derramado toda su sangre. Como verdadero Cordero inmolado, tomó sobre sí el pecado del mundo (cf. Jn 1,29; 1 P 1,18-19) y así nos liberó a todos, y con nosotros también a toda la creación, del dominio del mal.

Pero, ¿cómo venció Jesús? ¿Cuál es la fuerza con la que derrotó de una vez por todas al antiguo Adversario, al Príncipe de este mundo (cf. Jn 12,31)? ¿Cuál es el poder con el que resucitó de entre los muertos, sin volver a la vida anterior, sino entrando en la vida eterna y abriendo así, en su propia carne, el paso de este mundo al Padre?

Esta fuerza, este poder, es Dios mismo, Amor que crea y engendra, Amor fiel hasta el final, Amor que perdona y redime.  

Cristo, nuestro «Rey vencedor», combatió y ganó su batalla mediante la entrega confiada a la voluntad del Padre, a su plan de salvación (cf. Mt 26,42). De este modo recorrió hasta el final el camino del diálogo, no sólo con las palabras, sino con los hechos: para encontrarnos a nosotros, los perdidos, se hizo carne; para liberarnos a nosotros, los esclavos, se hizo esclavo; para darnos vida a nosotros, los mortales, se dejó morir a manos de sus verdugos en la cruz.

La fuerza con la que Cristo resucitó no es violenta. Es semejante a la de un grano de trigo que, al marchitarse en la tierra, crece, se abre paso entre los terrones, brota y se convierte en una espiga dorada. Es aún más parecida a la de un corazón humano que, lastimado por una ofensa, rechaza el instinto de venganza y, lleno de bondad, reza por quien le ha ofendido.

Hermanos y hermanas, esta es la verdadera fuerza que trae la paz a la humanidad, porque genera relaciones respetuosas a todos los niveles: entre las personas, las familias, los grupos sociales y las naciones. No busca el interés particular, sino el bien común; no pretende imponer su propio plan, sino contribuir a diseñarlo y a ponerlo en práctica junto con los demás.

Sí, la resurrección de Cristo es el comienzo de la nueva humanidad, es la entrada a la verdadera tierra prometida, donde reinan la justicia, la libertad y la paz, donde todos se reconocen como hermanos y hermanas, hijos del mismo Padre que es Amor, Vida y Luz.

Hermanos y hermanas, el Señor,con su resurrección nos enfrenta con mayor intensidad aún al drama de nuestra libertad. Frente al sepulcro vacío podemos llenarnos de esperanza y asombro, como los discípulos, o de miedo, como los guardias y los fariseos, obligados a recurrir a la mentira y al engaño para no reconocer que aquel que había sido condenado verdaderamente ha resucitado (cf. Mt 28,11-15).

A la luz de la Pascua, ¡dejémonos sorprender por Cristo! ¡Dejemos que su inmenso amor por nosotros nos transforme el corazón! ¡Que quienes tienen armas en sus manos las abandonen! ¡Que quienes tienen el poder de desatar guerras, elijan la paz! No una paz impuesta por la fuerza, sino mediante el diálogo. No con la voluntad de dominar al otro, sino de encontrarlo.

Nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes. Indiferentes ante la muerte de miles de personas. Indiferentes ante las secuelas de odio y división que siembran los conflictos. Indiferentes ante las consecuencias económicas y sociales que estos desencadenan y que, sin embargo, todos percibimos. Existe una “globalización de la indiferencia” cada vez más marcada, por retomar una expresión muy querida por el Papa Francisco, quien hace justo un año, desde esta logia, dirigió al mundo sus últimas palabras, recordándonos: «Cuánta voluntad de muerte vemos cada día en los numerosos conflictos que afectan a diferentes partes del mundo» (Mensaje Urbi et Orbi, 20 abril 2025).

La cruz de Cristo nos recuerda siempre el sufrimiento y el dolor que rodean a la muerte, así como la angustia que esta conlleva. Todos tenemos miedo a la muerte y, por miedo, volteamos hacia otro lado, preferimos no mirar. ¡No podemos seguir siendo indiferentes! ¡No podemos resignarnos al mal! San Agustín enseña: «Si el morir te causa espanto, ama la resurrección» (Sermón 124,4). Amemos también nosotros la resurrección, que nos recuerda que el mal no tiene la última palabra, porque ha sido vencido por el Resucitado.

Él atravesó la muerte para darnos vida y paz: «Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman!» (Jn 14,27). La paz que Jesús nos entrega no es aquella que se limita a silenciar las armas, sino la que toca y transforma el corazón de cada uno de nosotros. ¡Convirtámonos a esa paz de Cristo! ¡Hagamos oír el grito de paz que brota del corazón! Por eso, invito a todos a unirnos en la vigilia de oración por la paz que celebraremos aquí, en la Basílica de San Pedro el próximo sábado 11 de abril.

En este día de fiesta, dejemos a un lado toda voluntad de disputa, de dominio y de poder, e imploremos al Señor que conceda su paz al mundo asolado por las guerras y marcado por el odio y la indiferencia, que nos hacen sentir impotentes ante el mal. Al Señor encomendamos todos los corazones que sufren y esperan la verdadera paz que sólo Él puede dar. ¡Confiemos en Él y abrámosle nuestro corazón! Sólo Él hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5).

¡Felices pascuas!

Papa León XIV

Fotos: Vatican Media, 5-4-2026

jueves, 25 de diciembre de 2025

Papa León XIV en bendición Urbi et Orbi, 25-12-2025: «Cristo Señor enviado por el Padre para salvarnos del pecado y de la muerte es nuestra paz; venció al odio y a la enemistad con el amor misericordioso de Dios»

* «Este es el camino de la paz: la responsabilidad. Si cada uno de nosotros, a todos los niveles, en lugar de acusar a los demás, reconociera ante todo sus propias faltas y pidiera perdón a Dios, y al mismo tiempo se pusiera en el lugar de quienes sufren, fuera solidario con los más débiles y oprimidos, entonces el mundo cambiaría. Jesucristo es nuestra paz, ante todo porque nos libera del pecado y, luego, porque nos indica el camino a seguir para superar los conflictos, todos los conflictos, desde los interpersonales hasta los internacionales. Sin un corazón libre del pecado, un corazón perdonado, no se puede ser hombres y mujeres pacíficos y constructores de paz. Por esto Jesús nació en Belén y murió en la cruz: para liberarnos del pecado. Él es el Salvador. Con su gracia, cada uno de nosotros puede y debe hacer lo que le corresponde para rechazar el odio, la violencia y la confrontación, y practicar el diálogo, la paz y la reconciliación»

    

Vídeo completo de la transmisión en directo de Vatican News traducido al español con la bendición Urbi et Orbi del Papa León XIV

* «A Él imploramos justicia, paz y estabilidad para el Líbano, Palestina, Israel y Siria, confiando en estas palabras divinas: ‘La obra de la justicia será la paz, y el fruto de la justicia, la tranquilidad y la seguridad para siempre’ (Is 32,17)... Encomendamos al Príncipe de la Paz todo el continente europeo, pidiéndole que siga inspirándole un espíritu comunitario y colaborativo, fiel a sus raíces cristianas y a su historia, solidario y acogedor con los que están pasando necesidad. Oremos de manera especial por el atribulado pueblo ucraniano, para que cese el estruendo de las armas y las partes implicadas, con el apoyo de la comunidad internacional, encuentren el valor para dialogar de manera sincera, directa y respetuosa… Al Niño de Belén imploramos paz y consuelo para las víctimas de todas las guerras que se libran en el mundo, especialmente aquellas olvidadas; y para quienes sufren a causa de la injusticia, la inestabilidad política, la persecución religiosa y el terrorismo. Recuerdo de manera especial a los hermanos y hermanas de Sudán, Sudán del Sur, Malí, Burkina Faso y la República Democrática del Congo» 

 

25 de diciembre de 2025.- (Camino Católico)  “El Niño que ha nacido de la Virgen María es Cristo Señor, enviado por el Padre para salvarnos del pecado y de la muerte. Él es nuestra paz, Aquel que venció al odio y a la enemistad con el amor misericordioso de Dios. Por eso ‘el nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz’” ha dicho el Papa León XIV en su mensaje Urbi et Orbi de Navidad desde el balcón central de la Basílica de San Pedro, ante unos treinta mil fieles y peregrinos, pese al día lluvioso en Roma.


El Pontífice ha invitado a reflexionar sobre el verdadero significado de la Navidad: la llegada de Jesús al mundo como luz, esperanza y paz para la humanidad. La liturgia de la Misa de medianoche celebra este acontecimiento con palabras que resuenan profundamente: “Alegrémonos todos en el Señor, porque nuestro Salvador ha nacido en el mundo. Hoy, desde el cielo, ha descendido la paz sobre nosotros”.

El mensaje del Papa no se limita a la espiritualidad individual; también es un llamado a la paz mundial. El Pontífice recuerda la situación de Medio Oriente, Ucrania, América Latina, Myanmar, Sudán, Haití y otras regiones afectadas por conflictos, violencia y catástrofes naturales. Pide que los líderes políticos y la comunidad internacional trabajen por la reconciliación, el diálogo y la justicia, siempre con la inspiración del Niño Jesús.

El Papa enfatiza la identificación de Cristo con quienes sufren: los pobres, los migrantes, los refugiados, los jóvenes desempleados, los explotados y los presos. Nos recuerda que abrir nuestro corazón a ellos es abrirlo al mismo Jesús, quien nos invita a compartir su paz y amor. En sus palabras: “El Nacimiento del Señor es el Nacimiento de la paz”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la bendición Urbi et Orbi, cuyo texto íntegro es el siguiente:

MENSAJE URBI ET ORBI

DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

NAVIDAD 2025

Balcón central de la Basílica Vaticana

Jueves, 25 de diciembre de 2025

Queridos hermanos y hermanas,

«Alegrémonos todos en el Señor, porque nuestro Salvador ha nacido en el mundo. Hoy, desde el cielo, ha descendido la paz sobre nosotros» (Antífona de entrada de la Misa de medianoche en la Natividad del Señor). Así canta la liturgia en la noche de Navidad, y así resuena en la Iglesia el anuncio de Belén: el Niño que ha nacido de la Virgen María es Cristo Señor, enviado por el Padre para salvarnos del pecado y de la muerte. Él es nuestra paz, Aquel que venció al odio y a la enemistad con el amor misericordioso de Dios. Por eso «el nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz» (S. Leone Magno, Sermone 26).

Jesús nació en un establo porque no había lugar para él en el albergue. Al nada más nacer, su madre María «lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre» (Lc 2,7). El Hijo de Dios, por medio del cual todo fue creado, no es acogido y su cuna es un pobre comedero para animales.

El Verbo eterno del Padre, que los cielos no pueden contener, ha elegido venir al mundo de esa manera. Por amor quiso nacer de una mujer, para compartir nuestra humanidad; por amor aceptó la pobreza y el rechazo y se identificó con los que son marginados y excluidos.

En el nacimiento de Jesús ya se perfila la elección fundamental que guiará toda la vida del Hijo de Dios, hasta su muerte en la cruz: la elección de no hacernos llevar el peso del pecado, sino de llevarlo Él por nosotros, de hacerse cargo de él. Esto podía hacerlo sólo Él. Y al mismo tiempo nos mostró lo que sólo nosotros podemos hacer, es decir, asumir cada uno nuestra parte de responsabilidad. Sí, porque Dios, que nos ha creado sin nosotros, no puede salvarnos sin nosotros. (cf. S. Agustín, Sermón 169, 11. 13), es decir, sin nuestra libre voluntad de amar. Quien no ama no se salva, está perdido. Y quien no ama a su hermano que ve, no puede amar a Dios que no ve. (cf. 1 Jn 4,20).

Hermanas y hermanos, este es el camino de la paz: la responsabilidad. Si cada uno de nosotros, a todos los niveles, en lugar de acusar a los demás, reconociera ante todo sus propias faltas y pidiera perdón a Dios, y al mismo tiempo se pusiera en el lugar de quienes sufren, fuera solidario con los más débiles y oprimidos, entonces el mundo cambiaría.

Jesucristo es nuestra paz, ante todo porque nos libera del pecado y, luego, porque nos indica el camino a seguir para superar los conflictos, todos los conflictos, desde los interpersonales hasta los internacionales. Sin un corazón libre del pecado, un corazón perdonado, no se puede ser hombres y mujeres pacíficos y constructores de paz. Por esto Jesús nació en Belén y murió en la cruz: para liberarnos del pecado. Él es el Salvador. Con su gracia, cada uno de nosotros puede y debe hacer lo que le corresponde para rechazar el odio, la violencia y la confrontación, y practicar el diálogo, la paz y la reconciliación.

En este día de fiesta, deseo enviar un saludo efusivo y paternal a todos los cristianos que viven en Medio Oriente, a quienes he querido encontrar hace poco en mi primer viaje apostólico. He escuchado sus temores y conozco bien su sentimiento de impotencia ante las dinámicas de poder que los superan. El Niño que hoy nace en Belén es el mismo Jesús que menciona: «les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

A Él imploramos justicia, paz y estabilidad para el Líbano, Palestina, Israel y Siria, confiando en estas palabras divinas: «La obra de la justicia será la paz, y el fruto de la justicia, la tranquilidad y la seguridad para siempre» (Is 32,17).

Encomendamos al Príncipe de la Paz todo el continente europeo, pidiéndole que siga inspirándole un espíritu comunitario y colaborativo, fiel a sus raíces cristianas y a su historia, solidario y acogedor con los que están pasando necesidad. Oremos de manera especial por el atribulado pueblo ucraniano, para que cese el estruendo de las armas y las partes implicadas, con el apoyo de la comunidad internacional, encuentren el valor para dialogar de manera sincera, directa y respetuosa.

Al Niño de Belén imploramos paz y consuelo para las víctimas de todas las guerras que se libran en el mundo, especialmente aquellas olvidadas; y para quienes sufren a causa de la injusticia, la inestabilidad política, la persecución religiosa y el terrorismo. Recuerdo de manera especial a los hermanos y hermanas de Sudán, Sudán del Sur, Malí, Burkina Faso y la República Democrática del Congo.

En estos últimos días del Jubileo de la Esperanza, pidamos al Dios hecho hombre por el querido pueblo de Haití, que cese en el País toda forma de violencia y pueda avanzar por el camino de la paz y la reconciliación. 

Que el Niño Jesús inspire a quienes tienen responsabilidades políticas en América Latina para que, al enfrentar los numerosos desafíos, se le dé espacio al diálogo por el bien común y no a las exclusiones ideológicas y partidistas.

Pedimos al Príncipe de la Paz que ilumine a Myanmar con la luz de un futuro de reconciliación, que devuelva la esperanza a las generaciones jóvenes, guíe a todo el pueblo birmano por los caminos de la paz y acompañe a quienes viven sin hogar, sin seguridad y sin confianza en el mañana.

A Él imploramos que se restablezca la antigua amistad entre Tailandia y Camboya y que las partes implicadas continúen esforzándose por la reconciliación y la paz.

A Él le confiamos también los pueblos del sur de Asia y de Oceanía, duramente golpeados por las recientes y devastadoras catástrofes naturales, que han afectado gravemente a poblaciones enteras. Ante tales pruebas, invito a todos a renovar con convicción el compromiso común de socorrer a quienes sufren.

Queridos hermanos y hermanas:

En la oscuridad de la noche aparecía «la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn 1,9), pero «los suyos no la recibieron» (Jn 1,11). No dejemos que nos venza la indiferencia hacia quien sufre, porque Dios no es indiferente a nuestras miserias.

Al hacerse hombre, Jesús asume sobre sí nuestra fragilidad, se identifica con cada uno de nosotros: con quienes ya no tienen nada y lo han perdido todo, como los habitantes de Gaza; con quienes padecen hambre y pobreza, como el pueblo yemení; con quienes huyen de su tierra en busca de un futuro en otra parte, como los numerosos refugiados y migrantes que cruzan el Mediterráneo o recorren el continente americano; con quienes han perdido el trabajo y con quienes lo buscan, como tantos jóvenes que tienen dificultades para encontrar empleo; con quienes son explotados, como los innumerables trabajadores mal pagados; con quienes están en prisión y a menudo viven en condiciones inhumanas.

Al corazón de Dios llega la invocación de paz que brota de cada tierra, como escribe un poeta:

«No la de un alto al fuego

ni la de la visión del lobo junto al cordero,

sino

la del corazón cuando se acaba la agitación

y hablamos de un gran cansancio.

Que sea

como flores silvestres,

de repente, por necesidad del campo:

una paz silvestre». [1]

En este día santo, abramos nuestro corazón a los hermanos y hermanas que están necesitados y sufren. Al hacerlo, lo abrimos al Niño Jesús que, con sus brazos abiertos, nos acoge y nos revela su divinidad: «Pero a todos los que lo recibieron […], les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12).

En pocos días terminará el Año Jubilar. Se cerrarán las Puertas Santas, pero Cristo, nuestra esperanza, permanece siempre con nosotros. Él es la Puerta siempre abierta, que nos introduce en la vida divina. La alegre noticia de este día es que el Niño que ha nacido es Dios hecho hombre; que no viene a condenar, sino a salvar; la suya no es una aparición fugaz, pues Él viene para quedarse y entregarse a sí mismo. En Él toda herida es sanada y todo corazón encuentra descanso y paz. «El Nacimiento del Señor es el Nacimiento de la paz».

A todos, les deseo de corazón una Navidad serena.

Papa León XIV

Fotos: Vatican Media, 25-12-2025

[1] Y. Amijái, “Una paz silvestre”, en Poemas escogidos, México, 1990.

domingo, 20 de abril de 2025

Papa Francisco en bendición Urbi et Orbi, 20-4-2025: «Los que esperan en Dios ponen sus frágiles manos en su mano grande y fuerte, se dejan levantar y con Jesús resucitado se convierten en testigos de la victoria del Amor»

* «¡Cuánta voluntad de muerte vemos cada día en los numerosos conflictos que afectan a diferentes partes del mundo. Cuánta violencia percibimos a menudo también en las familias, contra las mujeres o los niños. Cuánto desprecio se tiene a veces hacia los más débiles, los marginados y los migrantes. Quisiera que volviéramos a tener esperanza en que la paz es posible. Se irradie la luz de la paz sobre toda Tierra Santa y sobre el mundo entero»

Vídeo completo de la transmisión en directo de Vatican News traducido al español con el mensaje Pascual y la bendición Urbi et Orbi del Papa 

* «Cristo resucitado infunda el don pascual de la paz a la martirizada Ucrania y anime a todos los actores implicados a proseguir los esfuerzos dirigidos a alcanzar una paz justa y duradera. La Pascua sea también ocasión propicia para liberar a los prisioneros de guerra y a los presos políticos» 

20 de abril de 2025.- (Camino Católico)  En el mensaje pascual, leído por Monseñor Diego Ravelli, Maestro de las Ceremonias Litúrgicas Pontificias, Francisco reitera su llamado al alto el fuego en Gaza, pide la liberación de los rehenes israelíes y el envío de ayuda humanitaria a los hambrientos. Repasando diversas realidades conflictivas en el mundo, recuerda que la paz no es posible sin un verdadero desarme.

“Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz Pascua!”  Estas han sido las breves y sentidas palabras del Papa Francisco al asomarse este Domingo de Pascua, 20 de abril de 2025, a la logia central de la Basílica de San Pedro para la bendición "Urbi et Orbi" (de la ciudad de Roma al mundo entero) tras la santa misa presidida por el Cardenal Angelo Comastri, por decisión del Pontífice. 

Este gesto, lleno de esperanza y de fe, marcó no solo la celebración de la Resurrección de Cristo, sino también un testimonio de su fortaleza y dedicación pastoral, a pesar de las adversidades físicas que ha enfrentado en las últimas semanas. Otro momento especialmente conmovedor ocurrió al final, cuando Francisco se subió al papamóvil y recorrió la Plaza de San Pedro, saludando a los 35.000 peregrinos presentes, felices de verle.

El Papa recorrió la Plaza de San Pedro a bordo del papamóvil tras la bendición "Urbi et Orbi" del Domingo de Pascua, 20 de abril de 2025 

El Obispo de Roma enfatiza que "desde el sepulcro vacío de Jerusalén llega hasta nosotros el sorprendente anuncio: Jesús, el Crucificado, «no está aquí, ha resucitado» (Lc 24,6). No está en la tumba, ¡es el viviente!". Asimismo, resalta que "el amor venció al odio. La luz venció a las tinieblas. La verdad venció a la mentira. El perdón venció a la venganza. El mal no ha desaparecido de nuestra historia, permanecerá hasta el final, pero ya no tiene dominio, ya no tiene poder sobre quien acoge la gracia de este día".

Dirigiéndose a quienes sufren el dolor y la angustia, Francisco les dijo que "sus gritos silenciosos han sido escuchados, sus lágrimas han sido recogidas, ¡ni una sola se ha perdido!".

“En la pasión y muerte de Jesús, Dios ha cargado sobre sí todo el mal del mundo y con su infinita misericordia lo ha vencido; ha eliminado el orgullo diabólico que envenena el corazón del hombre y siembra por doquier violencia y corrupción. ¡El Cordero de Dios ha vencido! Por eso hoy exclamamos: «¡Cristo, mi esperanza, ha resucitado!» (Secuencia pascual).”

El Santo Padre recordó que la resurrección de Jesús es el fundamento de la esperanza y que a partir de este acontecimiento, esperar ya no es una ilusión. "Gracias a Cristo crucificado y resucitado, la esperanza no defrauda. ¡Spes non confundit (cf. Rm 5,5)! Y no es una esperanza evasiva, sino comprometida; no es alienante, sino que nos responsabiliza", escribe Francisco.

“Los que esperan en Dios ponen sus frágiles manos en su mano grande y fuerte, se dejan levantar y comienzan a caminar; junto con Jesús resucitado se convierten en peregrinos de esperanza, testigos de la victoria del Amor, de la potencia desarmada de la Vida.”

Un llamado a la paz y a la solidaridad global

El Papa exclamó: "¡Cuánta voluntad de muerte vemos cada día en los numerosos conflictos que afectan a diferentes partes del mundo. Cuánta violencia percibimos a menudo también en las familias, contra las mujeres o los niños. Cuánto desprecio se tiene a veces hacia los más débiles, los marginados y los migrantes".

En dicho contexto, el Pontífice expresó su anhelo de que volvamos a tener esperanza y "a confiar en los demás, —incluso en quien no nos es cercano o proviene de tierras lejanas, con costumbres, estilos de vida, ideas y hábitos diferentes de los que a nosotros nos resultan más familiares—; pues todos somos hijos de Dios".

Paz para Palestina, Israel y para todo el mundo

"Quisiera -insistió Francisco- que volviéramos a tener esperanza en que la paz es posible". Por ello, deseó que desde el Santo Sepulcro —Iglesia de la Resurrección—, donde este año la Pascua será celebrada el mismo día por los católicos y los ortodoxos, "se irradie la luz de la paz sobre toda Tierra Santa y sobre el mundo entero". Una vez más, el Obispo de Roma se mostró próximo al sufrimiento de los cristianos en Palestina y en Israel, así como a todo el pueblo israelí y a todo el pueblo palestino. 

Más aún, Bergoglio se manifestó preocupado por el "creciente clima de antisemitismo que se está difundiendo por todo el mundo". Al mismo tiempo, Francisco tiene presente a la comunidad cristiana de Gaza, "donde el terrible conflicto sigue llevando muerte y destrucción, y provocando una dramática e indigna crisis humanitaria", aseguró con meridiana claridad.

Luego, el Sucesor de Pedro instó a las partes beligerantes a cesar el fuego, liberar los rehenes y prestar ayuda a la población "que tiene hambre y que aspira a un futuro de paz".


Conflictos en el Líbano, Siria, Yemen, Ucrania y Cáucaso Meridional

En su alocución, Francisco invitó a orar por las comunidades cristianas del Líbano y de Siria, "que ansían la estabilidad y la participación en el destino de sus respectivas naciones". En dicha línea, exhortó a toda la Iglesia a acompañar con atención y con la oración a los cristianos del amado Oriente Medio. Además, se refirió al pueblo de Yemen, que está viviendo una de las peores crisis humanitarias "prolongadas" del mundo a causa de la guerra y solicitó "buscar soluciones por medio del diálogo constructivo".

El Santo Padre auguró que "Cristo resucitado infunda el don pascual de la paz a la martirizada Ucrania y anime a todos los actores implicados a proseguir los esfuerzos dirigidos a alcanzar una paz justa y duradera". Incluso aludió al Cáucaso Meridional y alentó a rezar "para que se llegue pronto a la firma y a la actuación de un Acuerdo de paz definitivo entre Armenia y Azerbaiyán, que conduzca a la tan deseada reconciliación en la región".

La esperanza del Papa también es que la luz de la Pascua "inspire propósitos de concordia en los Balcanes occidentales y sostenga a los actores políticos en el esfuerzo por evitar que se agudicen las tensiones y las crisis, como también a los aliados de la región en rechazar comportamientos peligrosos y desestabilizantes".

En otro pasaje del texto, Francisco implora la paz y el consuelo a los pueblos africanos víctimas de agresiones y conflictos, "sobre todo en la República Democrática del Congo, en Sudán y Sudán del Sur, y sostenga a cuantos sufren a causa de las tensiones en el Sahel, en el Cuerno de África y en la Región de los Grandes Lagos, como también a los cristianos que en muchos lugares no pueden profesar libremente su fe". “Allí donde no hay libertad religiosa o libertad de pensamiento y de palabra, ni respeto de las opiniones ajenas, la paz no es posible.” En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha el Mensaje Pascual y bendición Urbi et Orbi, cuyo texto íntegro es el siguiente:

MENSAJE URBI ET ORBI
DEL SANTO PADRE FRANCISCO

PASCUA 2025

Plaza de San Pedro

Domingo, 20 de abril de 2025

Cristo ha resucitado, ¡aleluya!

Hermanos y hermanas, ¡feliz Pascua!

Hoy en la Iglesia resuena finalmente el aleluya, se transmite de boca en boca, de corazón a corazón, y su canto hace llorar de alegría al pueblo de Dios en todo el mundo.

Desde el sepulcro vacío de Jerusalén llega hasta nosotros el sorprendente anuncio: Jesús, el Crucificado, «no está aquí, ha resucitado» (Lc 24,6). No está en la tumba, ¡es el viviente!

El amor venció al odio. La luz venció a las tinieblas. La verdad venció a la mentira. El perdón venció a la venganza. El mal no ha desaparecido de nuestra historia, permanecerá hasta el final, pero ya no tiene dominio, ya no tiene poder sobre quien acoge la gracia de este día.

Hermanas y hermanos, especialmente ustedes que están sufriendo el dolor y la angustia, sus gritos silenciosos han sido escuchados, sus lágrimas han sido recogidas, ¡ni una sola se ha perdido! En la pasión y muerte de Jesús, Dios ha cargado sobre sí todo el mal del mundo y con su infinita misericordia lo ha vencido; ha eliminado el orgullo diabólico que envenena el corazón del hombre y siembra por doquier violencia y corrupción. ¡El Cordero de Dios ha vencido! Por eso hoy exclamamos: «¡Cristo, mi esperanza, ha resucitado!» (Secuencia pascual).

Sí, la resurrección de Jesús es el fundamento de la esperanza; a partir de este acontecimiento, esperar ya no es una ilusión. No; gracias a Cristo crucificado y resucitado, la esperanza no defrauda. ¡Spes non confundit (cf. Rm 5,5)! Y no es una esperanza evasiva, sino comprometida; no es alienante, sino que nos responsabiliza.

Los que esperan en Dios ponen sus frágiles manos en su mano grande y fuerte, se dejan levantar y comienzan a caminar; junto con Jesús resucitado se convierten en peregrinos de esperanza, testigos de la victoria del Amor, de la potencia desarmada de la Vida.

¡Cristo ha resucitado! En este anuncio está contenido todo el sentido de nuestra existencia, que no está hecha para la muerte sino para la vida. ¡La Pascua es la fiesta de la vida! ¡Dios nos ha creado para la vida y quiere que la humanidad resucite! A sus ojos toda vida es preciosa, tanto la del niño en el vientre de su madre, como la del anciano o la del enfermo, considerados en un número creciente de países como personas a descartar.

 Cuánta voluntad de muerte vemos cada día en los numerosos conflictos que afectan a diferentes partes del mundo. Cuánta violencia percibimos a menudo también en las familias, contra las mujeres o los niños. Cuánto desprecio se tiene a veces hacia los más débiles, los marginados y los migrantes.

En este día, quisiera que volviéramos a esperar y a confiar en los demás —incluso en quien no nos es cercano o proviene de tierras lejanas, con costumbres, estilos de vida, ideas y hábitos diferentes de los que a nosotros nos resultan más familiares—; pues todos somos hijos de Dios.

Quisiera que volviéramos a esperar en que la paz es posible. Que desde el Santo Sepulcro —Iglesia de la Resurrección—, donde este año la Pascua será celebrada el mismo día por los católicos y los ortodoxos, se irradie la luz de la paz sobre toda Tierra Santa y sobre el mundo entero. Me siento cercano al sufrimiento de los cristianos en Palestina y en Israel, así como a todo el pueblo israelí y a todo el pueblo palestino. Es preocupante el creciente clima de antisemitismo que se está difundiendo por todo el mundo. Al mismo tiempo, mi pensamiento se dirige a la población y, de modo particular, a la comunidad cristiana de Gaza, donde el terrible conflicto sigue llevando muerte y destrucción, y provocando una dramática e indigna crisis humanitaria. Apelo a las partes beligerantes: que cese el fuego, que se liberen los rehenes y se preste ayuda a la gente, que tiene hambre y que aspira a un futuro de paz.

Recemos por las comunidades cristianas del Líbano y de Siria —este último país está afrontando un momento delicado de su historia—, que ansían la estabilidad y la participación en el destino de sus respectivas naciones. Exhorto a toda la Iglesia a acompañar con atención y con la oración a los cristianos del amado Oriente Medio.

Dirijo también un recuerdo especial al pueblo de Yemen, que está viviendo una de las peores crisis humanitarias “prolongadas” del mundo a causa de la guerra, e invito a todos a buscar soluciones por medio de un diálogo constructivo.

Que Cristo resucitado infunda el don pascual de la paz a la martirizada Ucrania y anime a todos los actores implicados a proseguir los esfuerzos dirigidos a alcanzar una paz justa y duradera.

En este día de fiesta pensemos en el Cáucaso Meridional y recemos para que se llegue pronto a la firma y a la actuación de un Acuerdo de paz definitivo entre Armenia y Azerbaiyán, que conduzca a la tan deseada reconciliación en la región.

Que la luz de la Pascua inspire propósitos de concordia en los Balcanes occidentales y sostenga a los actores políticos en el esfuerzo por evitar que se agudicen las tensiones y las crisis, como también a los aliados de la región en rechazar comportamientos peligrosos y desestabilizantes.

Que Cristo resucitado, nuestra esperanza, conceda paz y consuelo a los pueblos africanos víctimas de agresiones y conflictos, sobre todo en la República Democrática del Congo, en Sudán y Sudán del Sur, y sostenga a cuantos sufren a causa de las tensiones en el Sahel, en el Cuerno de África y en la Región de los Grandes Lagos, como también a los cristianos que en muchos lugares no pueden profesar libremente su fe.

Allí donde no hay libertad religiosa o libertad de pensamiento y de palabra, ni respeto de las opiniones ajenas, la paz no es posible.

La paz tampoco es posible sin un verdadero desarme. La exigencia que cada pueblo tiene de proveer a su propia defensa no puede transformarse en una carrera general al rearme. La luz de la Pascua nos invita a derribar las barreras que crean división y están cargadas de consecuencias políticas y económicas. Nos invita a hacernos cargo los unos de los otros, a acrecentar la solidaridad recíproca, a esforzarnos por favorecer el desarrollo integral de cada persona humana.

Que en este tiempo no falte nuestra ayuda al pueblo birmano, atormentado desde hace años por conflictos armados, que afronta con valentía y paciencia las consecuencias del devastador terremoto en Sagaing, que ha causado la muerte de miles de personas y es motivo de sufrimiento para muchos sobrevivientes, entre los que se encuentran huérfanos y ancianos. Recemos por las víctimas y por sus seres queridos, y agradezcamos de corazón a todos los generosos voluntarios que están realizando actividades de socorro. El anuncio del alto el fuego por parte de los actores implicados en ese país es un signo de esperanza para todo Myanmar.

Hago un llamamiento a cuantos tienen responsabilidades políticas a no ceder a la lógica del miedo que aísla, sino a usar los recursos disponibles para ayudar a los necesitados, combatir el hambre y promover iniciativas que impulsen el desarrollo. Estas son las “armas” de la paz: las que construyen el futuro, en lugar de sembrar muerte.

Que nunca se debilite el principio de humanidad como eje de nuestro actuar cotidiano. Ante la crueldad de los conflictos que afectan a civiles desarmados, atacando escuelas, hospitales y operadores humanitarios, no podemos permitirnos olvidar que lo que está en la mira no es un mero objetivo, sino personas con un alma y una dignidad.

Y que en este Año jubilar, la Pascua sea también ocasión propicia para liberar a los prisioneros de guerra y a los presos políticos.

Queridos hermanos y hermanas:

En la Pascua del Señor, la muerte y la vida se han enfrentado en un prodigioso duelo, pero el Señor vive para siempre (cf. Secuencia pascual) y nos infunde la certeza de que también nosotros estamos llamados a participar en la vida que no conoce el ocaso, donde ya no se oirán el estruendo de las armas ni los ecos de la muerte. Encomendémonos a Él, porque sólo Él puede hacer nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5).

¡Feliz Pascua a todos!

Francisco

Fotos: Vatican Media, 20-4-2025