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sábado, 10 de enero de 2026

Adoremos al Niño Jesús, como los Reyes Magos, y emprendamos su Camino / Por Conchi Vaquero


Camino Católico.-
 Conchi Vaquero Callejas, laica casada y madre de dos hijos, miembro de la Comunidad Familia, Evangelio y Vida, reflexiona sobre la Epifanía del Señor e invita a adorar al  al Niño Jesús, como los Reyes Magos, y emprender su Camino.

Conchi Vaquero pertenece también al grupo de oración Familia, Evangelio y Vida de la Parroquia de la Inmaculada Concepción de Vilanova i la Geltrú, Barcelona, España, donde ha sido grabada en directo esta charla, el viernes 6 de enero de 2023.

En el día de nuestro bautismo, la Virgen María estuvo espiritualmente presente como Madre tierna y fiel / Por P. Carlos García Malo

 


Camino Católico te desea: ¡FELIZ NAVIDAD Y BENDITO AÑO 2026!

 


jueves, 8 de enero de 2026

Papa León XIV en homilía a los cardenales del consistorio, 8-1-2026: «Discernir juntos lo que el Señor nos pide por el bien de su Pueblo: orar, escuchar y reflexionar»

* «Por eso es importante que ahora, en la Eucaristía, pongamos todos nuestros deseos y pensamientos sobre el altar, junto con el don de nuestra vida, ofreciéndolos al Padre en unión con el sacrificio de Cristo, para recobrarlos purificados, iluminados, fundidos y transformados, por la gracia, en un único pan. Solo así, de hecho, sabremos realmente escuchar su voz, acogiéndola en el don que somos los unos para los otros, que es el motivo por el cual nos hemos reunido»

     

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «Nuestro Colegio, aunque rico en muchas capacidades y dones notables, no está llamado a ser, en primer lugar, un equipo de expertos, sino una comunidad de fe, en la que los dones que cada uno aporta, ofrecidos al Señor y devueltos por Él, produzcan el máximo fruto, según su Providencia» 

8 de enero de 2026.- (Camino Católico) En la homilía de la Misa con los cardenales reunidos en Consistorio extraordinario, el Papa subraya el amor fraterno, la escucha y la corresponsabilidad como claves del caminar eclesial: “Discernir juntos lo que el Señor nos pide por el bien de su Pueblo: orar, escuchar y reflexionar”.



A las 7:25 de la mañana de este jueves 8 de enero, el Papa León XIV ha presidido la Santa Misa por la Iglesia con los cardenales en el Altar de la Cátedra de la Basílica de San Pedro. De este modo, ha comenzado el segundo y último día del encuentro. 



En la homilía ha centrado su reflexión en el  Evangelio según san Marcos, que se ha proclamado, en el que se narra la multiplicación de los panes y de los peces. El Santo Padre reconoce que la Iglesia puede sentirse insuficiente ante “una humanidad hambrienta de bien y de paz”. Sin embargo, retomando las palabras de Jesús, recuerda que siempre es posible, juntos, encontrar los dones necesarios: “La Providencia nunca hace faltar los ‘cinco panes y los dos peces’ cuando sus hijos piden ayuda”.



El Papa recuerda que el Colegio Cardenalicio, aun siendo rico en capacidades y dones, “no está llamado a ser, en primer lugar, un equipo de expertos, sino una comunidad de fe”. En ella, los dones ofrecidos al Señor y devueltos por Él están llamados a dar fruto según su Providencia, en una lógica de comunión y servicio.



El Pontífice fue claro al indicar el sentido del encuentro: “No estamos aquí para promover agendas -personales o grupales-, sino para confiar nuestros proyectos e inspiraciones al escrutinio de un discernimiento que nos supera”. Un discernimiento, añade, que solo puede venir del Señor y que orienta la vida y la misión de la Iglesia. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:



CONSISTORIO EXTRAORDINARIO

SANTA MISA

HOMÍLIA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV


Basílica de San Pedro

Jueves, 8 de enero de 2026



«Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios» (1 Gv 4,7). La liturgia nos propone esta exhortación mientras celebramos el consistorio extraordinario, un momento de gracia en el que expresamos nuestra unión al servicio de la Iglesia.

Como sabemos, la palabra Consistorio, Consistorium, “asamblea”, puede ser leída a la luz de la raíz del verbo consistere, es decir, “detenerse”. En efecto, todos nosotros nos hemos “detenido” para estar aquí; hemos suspendido durante un tiempo nuestras actividades y renunciado a compromisos incluso importantes, para reunirnos y discernir juntos lo que el Señor nos pide por el bien de su Pueblo. Esto es en sí mismo un gesto muy significativo, profético, especialmente en el contexto de la sociedad frenética en la que vivimos. De hecho, recuerda la importancia, en cada trayecto de la vida, de detenerse para orar, escuchar, reflexionar y así volver a enfocar cada vez mejor la mirada en la meta, dirigiendo hacia ella todos los esfuerzos y recursos, para no correr el riesgo de correr a ciegas o dar golpes en el aire, como advierte el apóstol Pablo (cf. 1 Co 9,26). De hecho, no estamos aquí para promover “agendas” —personales o grupales—, sino para confiar nuestros proyectos e inspiraciones al escrutinio de un discernimiento que nos supera «como el cielo se alza por encima de la tierra» (Is 55,9) y que solo puede venir del Señor.

Por eso es importante que ahora, en la Eucaristía, pongamos todos nuestros deseos y pensamientos sobre el altar, junto con el don de nuestra vida, ofreciéndolos al Padre en unión con el sacrificio de Cristo, para recobrarlos purificados, iluminados, fundidos y transformados, por la gracia, en un único pan. Solo así, de hecho, sabremos realmente escuchar su voz, acogiéndola en el don que somos los unos para los otros, que es el motivo por el cual nos hemos reunido.

Nuestro Colegio, aunque rico en muchas capacidades y dones notables, no está llamado a ser, en primer lugar, un equipo de expertos, sino una comunidad de fe, en la que los dones que cada uno aporta, ofrecidos al Señor y devueltos por Él, produzcan el máximo fruto, según su Providencia.

Después de todo, el amor de Dios, del que somos discípulos y apóstoles, es amor “trinitario”, “relacional”, fuente de aquella espiritualidad de comunión de la que la Esposa de Cristo vive y quiere ser casa y escuela (cf. Carta ap. Novo millennio ineunte, 43). San Juan Pablo II, deseando su crecimiento al comienzo del tercer milenio, la definió como una «una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado» (ibíd.).

Nuestro “detenernos”, entonces, es, ante todo, un gran acto de amor —a Dios, a la Iglesia y a los hombres y mujeres de todo el mundo— con el cual dejarnos moldear por el Espíritu, primero en la oración y en el silencio, pero también mirándonos a los ojos, escuchándonos unos a otros y haciéndonos voz, a través del compartir, de todos aquellos que el Señor ha confiado a nuestro cuidado como pastores, en las más diversas partes del mundo. Un acto que hay que vivir con corazón humilde y generoso, conscientes de que es por gracia que estamos aquí y no hay nada de lo que tenemos, que no hayamos recibido como don y talento que no se debe desperdiciar, sino emplear con prudencia y valentía (cf. Mt 25,14-30).

San León Magno enseñaba que «Es algo grande y muy valioso ante los ojos del Señor cuando todo el pueblo de Cristo se dedica conjuntamente a los mismos deberes, y todos los grados y todos los órdenes, […] colaboran con un mismo espíritu […]. Entonces ― decía― se alimenta a los hambrientos, se viste a los desnudos, se visita a los enfermos, y nadie busca sus propios intereses, sino los de los demás» (Sermón 88,4). Este es el espíritu con el que queremos trabajar juntos: el de quienes desean que, en el Cuerpo místico de Cristo, cada miembro coopere ordenadamente al bien de todos (cf. Ef 4,11-13), desempeñando con dignidad y en plenitud su ministerio bajo la guía del Espíritu, feliz de ofrecer y ver madurar los frutos de su trabajo, así como de recibir y ver crecer los de la actividad de los demás (cf. S. León Magno, Sermón, 88,5).

Desde hace dos mil años, la Iglesia encarna este misterio en su multifacética belleza (cf. Francisco, Carta enc. Fratelli tutti, 280). Esta misma asamblea es testimonio de ello, en la variedad de procedencias y edades y en la unidad de gracia y fe que nos reúne y nos hermana.

Por supuesto, también nosotros, ante la “gran multitud” de una humanidad hambrienta de bien y de paz, en un mundo en el que la saciedad y el hambre, la abundancia y la miseria, la lucha por la supervivencia y el desesperado vacío existencial siguen dividiendo e hiriendo a las personas, a las naciones y a las comunidades, ante las palabras del Maestro: «Denles de comer ustedes mismos» (Mc 6,37), podemos sentirnos como los discípulos: inadecuados y sin medios. Sin embargo, Jesús vuelve a repetirnos: «¿Cuántos panes tienen ustedes? Vayan a ver» (Mc 6,38), y esto lo podemos hacer juntos. De hecho, no siempre conseguiremos encontrar soluciones inmediatas a los problemas que debemos afrontar. Sin embargo, siempre, en cualquier lugar y circunstancia, podremos ayudarnos mutuamente —y en particular ayudar al Papa— a encontrar los “cinco panes y los dos peces” que la Providencia nunca hace faltar cuando sus hijos piden ayuda; y acogerlos, entregarlos, recibirlos y distribuirlos, enriquecidos con la bendición de Dios, la fe y el amor de todos, para que a nadie le falte lo necesario (cf. Mc 6,42).

Queridos hermanos, lo que ustedes ofrecen a la Iglesia con su servicio, a todos los niveles, es algo grande y extremadamente personal y profundo, único para cada uno y valioso para todos; y la responsabilidad que comparten con el Sucesor de Pedro es grave y onerosa.

Por ello les doy las gracias de todo corazón. Quisiera concluir encomendando nuestro trabajo y nuestra misión al Señor con las palabras de san Agustín: «Muchas cosas nos concedes cuando oramos; mas cuanto de bueno hemos recibido antes de que orásemos, de ti lo recibimos, y el que después lo hayamos conocido, de ti lo recibimos también […]. Pero acuérdate, Señor, de que somos polvo y que de polvo hiciste al hombre» (Confesiones, 10, 31, 45). Por eso te decimos: «da lo que mandas y manda lo que quieras» (ibíd.).

PAPA LEÓN XIV








Fotos: Vatican Media, 8-1-2026

Santa Misa de hoy, jueves, Feria de Navidad, presidida por el Papa León XIV, con los cardenales del consistorio extraordinario, 8-1-2026


8 de enero de 2026.- (Camino Católico) En la mañana de este jueves 8 de enero de 2026 a las 7:25, el Papa León XIV ha presidido la Santa Misa por la Iglesia con los cardenales reunidos en Consistorio extraordinario en el Altar de la Cátedra de la Basílica de San Pedro. De este modo, ha comenzado el segundo y último día del encuentro. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la celebración.



En su homilía, tras la proclamación del Evangelio según san Marcos en el que se narra la multiplicación de los panes y de los peces, el Pontífice ha situado la celebración en el horizonte del amor, del discernimiento y del servicio común a la Iglesia y a la humanidad.

La Navidad / Película de Dibujos animados


Camino Católico
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 La Navidad es una película de Dibujos animados basada en los textos bíblicos que tienen relación con el nacimiento de Jesucristo.




Que la luz revelada a los Magos no se apague, sino que nos guíe a vivir con humildad, adoración y caridad todos los días del año / Por P. Carlos García Malo

 


martes, 6 de enero de 2026

Papa León XIV en homilía 6-1-2026: «El Niño que los magos adoran es un Bien que no tiene precio ni medida; es la Epifanía de la gratuidad; no nos espera en los lugares prestigiosos, sino en las realidades humildes»

* «Sí, ¡el Señor nos sigue sorprendiendo! Se deja encontrar. Sus caminos no son nuestros caminos, y los violentos no consiguen dominarlos, ni los poderes del mundo los pueden obstruir. Aquí reside la grandísima alegría de los magos, que dejan atrás el palacio y el templo para ir hacia Belén; ¡y es entonces cuando vuelven a ver la estrella! Por eso, queridos hermanos y hermanas, es hermoso convertirse en peregrinos de esperanza. Y es hermoso seguir siéndolo, juntos. La fidelidad de Dios siempre nos sorprenderá»

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «Si rechazamos unidos los halagos de los poderosos, entonces seremos la generación de la aurora. María, Estrella de la mañana, caminará siempre delante de nosotros. En su Hijo contemplaremos y serviremos a una humanidad magnífica, transformada no por delirios de omnipotencia, sino por el Dios que se hizo carne por amor» 

 




6 de enero de 2026.- (Camino Católico)  “El Niño que los magos adoran es un Bien que no tiene precio ni medida. Es la Epifanía de la gratuidad. No nos espera en los lugares prestigiosos, sino en las realidades humildes”, lo ha dicho el Papa León XIV en su homilía en la Santa Misa que ha presidido en la Basílica de San Pedro, en la solemnidad de la Epifanía del Señor, ante 5.800 fieles y 10.000 más que la han seguido por las pantallas de la plaza. Al inicio de la celebración Eucarística, el Santo Padre realizó el rito del cierre de la Puerta Santa de la Basílica Vaticana y con ello ha  clausurado el Jubileo Ordinario de 2025, dedicado a la Esperanza.




Al citar la pregunta “sencilla y esencial” de los magos, que dicen: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?» (Mt 2,2), el Papa dice que es importante quien cruza la puerta de la Iglesia, se percate de que el Mesías recién ha nacido allí, que allí se reúne una comunidad donde ha surgido la esperanza, que allí se está realizando una historia de vida.




“El Jubileo ha venido a recordarnos que se puede volver a empezar, es más, que estamos aún en los comienzos, que el Señor quiere crecer entre nosotros, quiere ser el Dios-con-nosotros. Sí, Dios cuestiona el orden existente; tiene sueños que inspira también hoy a sus profetas; está decidido a rescatarnos de antiguas y nuevas esclavitudes; en sus obras de misericordia, en las maravillas de su justicia, involucra a jóvenes y ancianos, a pobres y ricos, a hombres y mujeres, a santos y pecadores. Sin hacer ruido; sin embargo, su Reino ya está brotando en todo el mundo”, ha reflexionado el Pontífice. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:



SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR –

CLAUSURA DE LA PUERTA SANTA Y SANTA MISA


CAPILLA PAPAL


HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV


Basílica de San Pedro

Martes, 6 de enero de 2026



Queridos hermanos y hermanas:


El Evangelio (cf. Mt 2,1-12) nos ha detallado la grandísima alegría de los magos al ver la estrella (cf. v. 10), pero también la turbación experimentada por Herodes y por toda Jerusalén ante su búsqueda (cf. v. 3). Cada vez que se trata de las manifestaciones de Dios, la Sagrada Escritura no esconde este tipo de contrastes: alegría y turbación, resistencia y obediencia, miedo y deseo. Celebramos hoy la Epifanía del Señor, conscientes de que ante su presencia nada sigue como antes. Este es el comienzo de la esperanza. Dios se revela, y nada puede permanecer estático. Se termina un cierto tipo de tranquilidad, la que hace repetir a los melancólicos: «No hay nada nuevo bajo el sol» (Qo 1,9). Empieza algo de lo que dependen el presente y el futuro, como anuncia el Profeta: «¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti!» (Is 60,1).


Sorprende el hecho de que sea precisamente Jerusalén, la ciudad testigo de tantos nuevos comienzos, la que esté turbada. En su seno, el que estudia las Escrituras y piensa que tiene todas las respuestas parece haber perdido la capacidad de hacerse preguntas y de cultivar deseos. Es más, la ciudad está atemorizada por el que, movido por la esperanza, llega a ella desde lejos, hasta el punto de considerar como amenaza aquello que debería, por el contrario, causarle mucha alegría. Esta reacción también nos interpela a nosotros, como Iglesia.


La Puerta Santa de esta Basílica, que ha sido hoy la última en cerrarse, ha visto pasar innumerables hombres y mujeres, peregrinos de esperanza, en camino hacia la Ciudad de las puertas siempre abiertas, la nueva Jerusalén (cf. Ap 21,25). ¿Quiénes eran y qué les movía? Nos cuestiona con particular seriedad, al finalizar el Año jubilar, la búsqueda espiritual de nuestros contemporáneos, mucho más rica de lo que quizá podamos comprender. Millones de ellos han atravesado el umbral de la Iglesia. ¿Qué es lo que han encontrado? ¿Qué corazones, qué atención, qué reciprocidad? Sí, los magos aún existen. Son personas que aceptan el desafío de arriesgar cada uno su propio viaje; que en un mundo complicado como el nuestro —en muchos aspectos excluyente y peligroso— sienten la exigencia de ponerse en camino, en búsqueda.


Homo viator, decían los antiguos. Somos vidas en camino. El Evangelio lleva a la Iglesia a no temer este dinamismo, sino a valorarlo y a orientarlo hacia el Dios que lo suscita. Es un Dios que nos puede desconcertar, porque no podemos asirlo en nuestras manos como a los ídolos de plata y oro, porque está vivo y vivifica, como ese Niño que María tenía entre sus brazos y que los magos adoraron. Lugares santos como las catedrales, las basílicas y los santuarios, convertidos en meta de peregrinación jubilar, deben difundir el perfume de la vida, la señal indeleble de que otro mundo ha comenzado.


Preguntémonos: ¿hay vida en nuestra Iglesia? ¿Hay espacio para aquello que nace? ¿Amamos y anunciamos a un Dios que nos pone en camino?


En el relato, Herodes teme por su trono, se agita por lo que se le escapa de su control. Intenta aprovecharse del deseo de los magos manipulando su búsqueda en beneficio propio. Está listo para mentir, está dispuesto a todo; el miedo, en efecto, enceguece. La alegría del Evangelio, en cambio, libera; nos hace prudentes, sí, pero también audaces, atentos y creativos; sugiere caminos distintos de los ya recorridos.


Los magos traen a Jerusalén una pregunta sencilla y esencial: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?» (Mt 2,2). Qué importante es que, el que cruza la puerta de la Iglesia, se percate de que el Mesías recién ha nacido allí, que allí se reúne una comunidad donde ha surgido la esperanza, que allí se está realizando una historia de vida. El Jubileo ha venido a recordarnos que se puede volver a empezar, es más, que estamos aún en los comienzos, que el Señor quiere crecer entre nosotros, quiere ser el Dios-con-nosotros. Sí, Dios cuestiona el orden existente; tiene sueños que inspira también hoy a sus profetas; está decidido a rescatarnos de antiguas y nuevas esclavitudes; en sus obras de misericordia, en las maravillas de su justicia, involucra a jóvenes y ancianos, a pobres y ricos, a hombres y mujeres, a santos y pecadores. Sin hacer ruido; sin embargo, su Reino ya está brotando en todo el mundo.


¡Cuántas epifanías nos han sido dadas o se nos darán! Pero deben sustraerse de las intenciones de Herodes, de los miedos siempre al acecho para transformarse en agresión. «Desde la época de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos es combatido violentamente, y los violentos intentan arrebatarlo» (Mt 11,12). Esta misteriosa expresión de Jesús, indicada en el Evangelio de Mateo, nos hace pensar en los numerosos conflictos con los que los hombres pueden resistirse e incluso atacar la Novedad que Dios ha reservado para todos. Amar la paz, buscar la paz, significa proteger lo que es santo y que precisamente por eso está naciendo: pequeño, delicado y frágil como un niño. A nuestro alrededor, una economía deformada intenta sacar provecho de todo. Lo vemos: el mercado transforma en negocios incluso la sed humana de buscar, de viajar y de recomenzar. Preguntémonos: ¿nos ha educado el Jubileo a huir de este tipo de eficiencia que reduce cualquier cosa a producto y al ser humano a consumidor? Después de este año, ¿seremos más capaces de reconocer en el visitante a un peregrino, en el desconocido a un buscador, en el lejano a un vecino, en el diferente a un compañero de viaje?  


El modo en el que Jesús salió al encuentro de todos y dejó que todos se le acercaran nos enseña a valorar el secreto de los corazones que sólo Él sabe leer. Con él aprendemos a captar los signos de los tiempos (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 4). Nadie puede vendernos esto. El Niño que los magos adoran es un Bien que no tiene precio ni medida. Es la Epifanía de la gratuidad. No nos espera en los lugares prestigiosos, sino en las realidades humildes. «Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá» (Mt 2,6). Cuántas ciudades, cuántas comunidades necesitan que se les diga: “Ciertamente no eres la menor”. Sí, ¡el Señor nos sigue sorprendiendo! Se deja encontrar. Sus caminos no son nuestros caminos, y los violentos no consiguen dominarlos, ni los poderes del mundo los pueden obstruir. Aquí reside la grandísima alegría de los magos, que dejan atrás el palacio y el templo para ir hacia Belén; ¡y es entonces cuando vuelven a ver la estrella!


Por eso, queridos hermanos y hermanas, es hermoso convertirse en peregrinos de esperanza. Y es hermoso seguir siéndolo, juntos. La fidelidad de Dios siempre nos sorprenderá. Si no reducimos nuestras iglesias a monumentos, si nuestras comunidades se convierten en hogares, si rechazamos unidos los halagos de los poderosos, entonces seremos la generación de la aurora. María, Estrella de la mañana, caminará siempre delante de nosotros. En su Hijo contemplaremos y serviremos a una humanidad magnífica, transformada no por delirios de omnipotencia, sino por el Dios que se hizo carne por amor.

PAPA LEÓN XIV






Fotos: Vatican Media, 6-1-2026