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domingo, 26 de enero de 2025

Homilía del evangelio del domingo: La fundamental verdad histórica de los Evangelios es lo que experimentamos cada vez que somos alcanzados por una palabra de Cristo / Por Cardenal Ranieroessa, OFM Cap.

* «Los Evangelios no son libros históricos en el sentido moderno de un relato lo más despegado y neutral posible de los hechos ocurridos. Pero son históricos en el sentido de que lo que nos transmiten refleja en la sustancia lo sucedido»

¿Son los evangelios relatos históricos? 

Domingo III del tiempo ordinario – C

Nehemías 8, 2-4a.5-6.8-10  /  Salmo 18  /  1Corintios 12, 12-30  /  San Lucas 1, 1-4;4,14-21


Cardenal Raniero Cantalamessa, OFM Cap. / Camino Católico.- Antes de empezar el relato de la vida de Jesús, el evangelista Lucas explica los criterios que le han guiado. Asegura que refiere hechos transmitidos por testigos oculares, verificados por él mismo con «comprobaciones exactas» para que quien lee pueda darse cuenta de la solidez de las enseñanzas contenidas en el Evangelio. Esto nos ofrece la ocasión de ocuparnos del problema de la historicidad de los Evangelios.

Hasta hace algún siglo, no se mostraba entre la gente el sentido crítico. Se tomaba por históricamente ocurrido todo lo que era referido. En los últimos dos o tres siglos nació el sentido histórico por el cual, antes de creer en un hecho del pasado, se somete a un atento examen crítico para comprobar su veracidad. Esta exigencia ha sido aplicada también a los Evangelios.

Resumamos las diversas etapas que la vida y la enseñanza de Jesús atravesaron antes de llegar a nosotros.

Primera fase: vida terrena de Jesús. Jesús no escribió nada, pero en su predicación utilizó algunos recursos comunes a las culturas antiguas, los cuales facilitaban mucho retener un texto de memoria: frases breves, paralelismos y antítesis, repeticiones rítmicas, imágenes, parábolas... Pensemos en frases del Evangelio como: «Los últimos serán los primeros y los primeros los últimos», «Ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición...; estrecha la entrada y angosto el camino que lleva a la Vida» (Mt 7,1314). Frases como éstas, una vez escuchadas, hasta la gente de hoy difícilmente las olvida. El hecho, por lo tanto, de que Jesús no haya escrito Él mismo los Evangelios no significa que las palabras en ellos referidas no sean suyas. Al no poder imprimir las palabras en papel, los hombres de la antigüedad las fijaban en la mente.

Segunda fase: predicación oral de los apóstoles. Después de la resurrección, los apóstoles comenzaron inmediatamente a anunciar a todos la vida y las palabras de Cristo, teniendo en cuenta las necesidades y las circunstancias de los diversos oyentes. Su objetivo no era el de hacer historia, sino llevar a la gente a la fe. Con la comprensión más clara que ahora tenemos de esto, ellos fueron capaces de transmitir a los demás lo que Jesús había dicho y hecho, adaptándolo a las necesidades de aquellos a quienes se dirigían.

Tercera fase: los Evangelios escritos. Una treintena de años después de la muerte de Jesús, algunos autores comenzaron a poner por escrito esta predicación que les había llegado por vía oral. Nacieron así los cuatro Evangelios que conocemos. De las muchas cosas llegadas hasta ellos, los evangelistas eligieron algunas, resumieron otras y explicaron finalmente otras, para adaptarlas a las necesidades del momento de las comunidades para las que escribían. La necesidad de adaptar las palabras de Jesús a las exigencias nuevas y distintas influyó en el orden con el que se relatan los hechos en los cuatro Evangelios, en la diversa colocación e importancia que revisten, pero no alteró la verdad fundamental de ellos.

Que los evangelistas tuvieran, en la medida de lo posible en aquel tiempo, una preocupación histórica y no sólo edificante, lo demuestra la precisión con la que sitúan el acontecimiento de Cristo en el espacio y el tiempo. Poco más adelante, Lucas nos proporciona todas las coordenadas políticas y geográficas del inicio del ministerio público de Jesús (Lc 3,1-2).

En conclusión, los Evangelios no son libros históricos en el sentido moderno de un relato lo más despegado y neutral posible de los hechos ocurridos. Pero son históricos en el sentido de que lo que nos transmiten refleja en la sustancia lo sucedido.

Pero el argumento más convincente a favor de la fundamental verdad histórica de los Evangelios es lo que experimentamos dentro de nosotros cada vez que somos alcanzados en profundidad por una palabra de Cristo. ¿Qué otra palabra, antigua o nueva, jamás ha tenido el mismo poder?

Cardenal Raniero Cantalamessa, OFM Cap.

Evangelio

Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros, tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra, he decidido yo también, después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.

Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región. Él iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos. Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: 

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor». 

Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a decirles: 

«Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy».

San Lucas 1, 1-4;4,14-21

Homilía de la segunda lectura del domingo: El Espíritu Santo es el Espíritu de amor y de comunión que, nos constituye en miembros del Cuerpo de Cristo, en verdadera comunidad / Por P. José María Prats

* «De hecho, cada vez que celebramos la eucaristía pedimos que el Espíritu Santo se derrame sobre nosotros para fortalecer nuestra condición de miembros de un mismo Cuerpo. Así lo hacemos, por ejemplo, en la plegaria eucarística II: ‘Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo’. Pidamos este don con fe y con el compromiso de trabajar para que sea una realidad en nuestra comunidad»

Domingo III del tiempo ordinario – C

Nehemías 8, 2-4a.5-6.8-10  /  Salmo 18  /  1Corintios 12, 12-30  /  San Lucas 1, 1-4;4,14-21


P. José María Prats / Camino Católico.- La lectura de hoy de la primera carta de San Pablo a los corintios es muy importante para vivir bien nuestra fe. Nos dice que todos los cristianos formamos un solo cuerpo –el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia– porque por el bautismo hemos recibido un mismo Espíritu. La mano, el pie, el ojo, la cabeza... por sí mismos no pueden hacer nada, y sólo tienen sentido en la medida en que están coordinados entre sí y al servicio de todo el cuerpo. Pues lo mismo pasa con los cristianos: la fe sólo produce frutos en la medida en que nos olvidamos de nosotros mismos y nos ponemos al servicio unos de otros. San Cipriano decía que «unus christianus, nullus christianus»: el cristiano que se encierra en sí mismo no es un verdadero cristiano.

Otra imagen muy interesante parecida a la del cuerpo es la de un coro: el coro sólo suena bien cuando todas las voces se entretejen armónicamente. Es muy común cuando los principiantes ingresan en un coro que se entusiasmen con su propia melodía y canten demasiado fuerte ahogando las otras voces. De hecho, uno se convierte en un buen cantante cuando aprende a escuchar y a gozar de todas las voces modulando la propia voz para que se integre armónicamente en el conjunto.

Lo mismo ocurre en una comunidad cristiana. Cada uno de nosotros es diferente, con una manera de ser y unos talentos distintos: unos tienen capacidad de organizar, otros una gran sensibilidad por los enfermos o los marginados, otros tiene bienes materiales, otros talentos artísticos, otros facilidad para hablar y enseñar... Lo importante es que todos estos talentos se armonicen para entonar juntos un misma melodía: la proclamación de la gloria de Dios que se manifiesta en el amor entre todos los miembros de la comunidad. 

Un famoso cantar de Antonio Machado dice: «Nunca perseguí la gloria, ni dejar en la memoria de los hombres mi canción». Esta es la clave de todo: Cuando cada uno busca su propia gloria y que todos admiren su canción el coro desafina, el cuerpo se disgrega. En cambio, cuando nos olvidamos de la propia gloria para proclamar juntos la gloria de Dios todo se llena de armonía, paz y bienestar. Y, como decíamos, la gloria de Dios es que los miembros de la comunidad se amen.

Para conseguir esto, hemos de aprender a salir de nosotros mismos y cultivar una mirada contemplativa hacia los demás. Cada hermano es un instrumento precioso que Dios ha regalado a la comunidad y su voz es muy importante: tenemos que aprender a escucharla, amarla, potenciarla e integrarla en la melodía común que proclama la gloria de Dios. Y, como nos ha dicho San Pablo, cuidando muy especialmente de los miembros más débiles: los enfermos, los ancianos, los que sufren por cualquier circunstancia. Estas son las voces más delicadas y más apreciadas por el Señor. La atención preferencial hacia ellos es la prueba de la opción de la comunidad por el amor.

Pero no debemos olvidar que el que hace posible todo esto es el Espíritu Santo. «Todos nosotros ... hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo» –nos ha dicho San Pablo. El Espíritu Santo es el Espíritu de amor y de comunión que, habitando en nosotros, nos constituye en miembros del Cuerpo de Cristo, en verdadera comunidad. De hecho, cada vez que celebramos la eucaristía pedimos que el Espíritu Santo se derrame sobre nosotros para fortalecer nuestra condición de miembros de un mismo Cuerpo. Así lo hacemos, por ejemplo, en la plegaria eucarística II: «Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo». Pidamos este don con fe y con el compromiso de trabajar para que sea una realidad en nuestra comunidad.


P. José María Prats

 

Evangelio

Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros, tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra, he decidido yo también, después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.

Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región. Él iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos. Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: 

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor». 

Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a decirles: 

«Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy».

San Lucas 1, 1-4;4,14-21

domingo, 19 de enero de 2025

Homilía del evangelio del domingo: «Invitar a Jesús a las propias bodas» en el matrimonio significa honrar el Evangelio en la propia casa, orar juntos, acercarse a los sacramentos / Por Cardenal Raniero Cantalamessa, OFM Cap.

 * «No siempre los dos cónyuges están, en sentido religioso, en la misma línea. Tal vez uno de los dos es creyente y el otro no, o al menos no de la misma forma. En este caso, que invite a Jesús a las bodas aquél de los dos que le conozca, y lo haga de manera –con su gentileza, el respeto por el otro, el amor y la coherencia de vida- que se convierta pronto en el amigo de ambos. ¡Un ‘amigo de familia’!»

Invitaron a Jesús a las bodas 

Domingo II del tiempo ordinario – C

Isaías 62, 1-5 / Salmo 95 / 1 Corintios 12, 4-11 / San Juan 2, 1-11

Cardenal Raniero Cantalamessa, OFM Cap. / Camino Católico.- El Evangelio del II Domingo del Tiempo Ordinario es el episodio de las bodas de Caná. ¿Qué ha querido decirnos Jesús aceptando participar en una fiesta nupcial? Sobre todo, de esta manera honró, de hecho, las bodas entre el hombre y la mujer, recalcando, implícitamente, que es algo bello, querido por el Creador y por Él bendecido. Pero quiso enseñarnos también otra cosa. Con su venida, se realizaba en el mundo ese desposorio místico entre Dios y la humanidad que había sido prometido a través de los profetas, bajo el nombre de «nueva y eterna alianza». En Caná, símbolo y realidad se encuentran: las bodas humanas de dos jóvenes son la ocasión para hablarnos de otro desposorio, aquél entre Cristo y la Iglesia que se cumplirá en «su hora», en la cruz.

Si deseamos descubrir cómo deberían ser, según la Biblia, las relaciones entre el hombre y la mujer en el matrimonio, debemos mirar cómo son entre Cristo y la Iglesia. Intentemos hacerlo, siguiendo el pensamiento de San Pablo sobre el tema, como está expresado en Efesios, 5, 25-33. En el origen y centro de todo matrimonio, siguiendo esta perspectiva, debe estar el amor: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella».

Esta afirmación –que el matrimonio se funda en el amor- parece hoy darse por descontado. En cambio sólo desde hace poco más de un siglo se llegó al reconocimiento de ello, y todavía no en todas partes. Durante siglos y milenios, el matrimonio era una transacción entre familias, un modo de proveer a la conservación del patrimonio o a la mano de obra para el trabajo de los jefes, o una obligación social. Los padres y las familias eran los protagonistas, no los esposos, quienes frecuentemente se conocían sólo el día de la boda.

Jesús, sigue diciendo Pablo en el texto de los Efesios, se entregó «a fin de presentarse a sí mismo su Iglesia resplandeciente, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida». ¿Es posible, para un marido humano, imitar, también en este aspecto, al esposo Cristo? ¿Puede quitar las arrugas a su propia esposa? ¡Claro que puede! Hay arrugas producidas por el desamor, por haber sido dejados en soledad. Quien se siente aún importante para el cónyuge no tiene arrugas, o si las tiene son arrugas distintas, que acrecientan, no disminuyen la belleza.

Y las esposas, ¿qué pueden aprender de su modelo, que es la Iglesia? La Iglesia se embellece únicamente para su esposo, no por agradar a otros. Está orgullosa y es entusiasta de su esposo Cristo y no se cansa de tejerle alabanzas. Traducido al plano humano, esto recuerda a las novias y a las esposas que su estima y admiración es algo importantísimo para el novio o el marido.

A veces, para ellos es lo que más cuenta en el mundo. Sería grave que les faltara recibir jamás una palabra de aprecio por su trabajo, por su capacidad organizativa, por su valor, por la dedicación a la familia; por lo que dice, si es un hombre político; por lo que escribe, si es un escritor; por lo que crea, si es un artista. El amor se alimenta de estima y muere sin ella.

Pero existe una cosa que el modelo divino recuerda sobre todo a los esposos: la fidelidad. Dios es fiel, siempre, a pesar de todo. Hoy, esto de la fidelidad se ha convertido en un discurso escabroso que ya nadie se atreve a hacer. Sin embargo el factor principal del desmembramiento de muchos matrimonios está precisamente aquí, en la infidelidad. Hay quien lo niega, diciendo que el adulterio es el efecto, no la causa, de las crisis matrimoniales. Se traiciona, en otras palabras, porque no existe ya nada con el propio cónyuge.

A veces esto será incluso cierto; pero muy frecuentemente se trata de un círculo vicioso. Se traiciona porque el matrimonio está muerto, pero el matrimonio está muerto precisamente porque se ha empezado a traicionar, tal vez en un primer tiempo sólo con el corazón. Lo más odioso es que a menudo es el que traiciona quien hace recaer en el otro la culpa de todo y se hace la víctima.

Pero volvamos al episodio del Evangelio, porque contiene una esperanza para todos los matrimonios humanos, hasta los mejores. Sucede en todo matrimonio lo que ocurrió en las bodas de Caná. Comienza en el entusiasmo y en la alegría (de ello es símbolo el vino); pero este entusiasmo inicial, como el vino en Caná, con el paso del tempo se consume y llega a faltar. Entonces se hacen las cosas ya no por amor y con alegría, sino por costumbre. Cae sobre la familia, si no se presta atención, como una nube de monotonía y de tedio. También de estos esposos se debe decir: «¡No les queda vino!».

El relato del Evangelio indica a los cónyuges una vía para no caer en esta situación o salir de ella si ya se está dentro: ¡invitar a Jesús a las propias bodas! Si Él está presente, siempre se le puede pedir que repita el milagro de Caná: transformar el agua en vino. El agua del acostumbramiento, de la rutina, de la frialdad, en el vino de un amor y de una alegría mejor que la inicial, como era el vino multiplicado en Caná. «Invitar a Jesús a las propias bodas» significa honrar el Evangelio en la propia casa, orar juntos, acercarse a los sacramentos, tomar parte en la vida de la Iglesia.

No siempre los dos cónyuges están, en sentido religioso, en la misma línea. Tal vez uno de los dos es creyente y el otro no, o al menos no de la misma forma. En este caso, que invite a Jesús a las bodas aquél de los dos que le conozca, y lo haga de manera –con su gentileza, el respeto por el otro, el amor y la coherencia de vida- que se convierta pronto en el amigo de ambos. ¡Un «amigo de familia»!

Cardenal Raniero Cantalamessa, OFM Cap.

 

Evangelio

En aquel tiempo, se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: 

«No tienen vino». 

Jesús le responde: 

«¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora». 

Dice su madre a los sirvientes: 

«Haced lo que Él os diga».

Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. 

Les dice Jesús: 

«Llenad las tinajas de agua». 

Y las llenaron hasta arriba. «Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala». Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: 

«Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora».

Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en Él sus discípulos. Después bajó a Cafarnaúm con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.

San Juan 2, 1-11

Homilía del evangelio del domingo: Jesús lleva la Ley a su plenitud y da al ser humano, por el Espíritu Santo, el poder para cumplirla y regocijarse en ella / Por P. José María Prats

 * «Que la participación en la eucaristía, donde Jesús realiza el milagro incomparablemente mayor de transformar el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre, haga crecer la fe también en nosotros para que podamos gozar de lo que los Padres llamaron ‘la sobria embriaguez del Espíritu Santo’»

Domingo II del tiempo ordinario – C

Isaías 62, 1-5 / Salmo 95 / 1 Corintios 12, 4-11 / San Juan 2, 1-11

P. José María Prats / Camino Católico.- Este pasaje de las Bodas de Caná es un texto riquísimo, lleno de simbolismos y resonancias bíblicas que exige una lectura espiritual al estilo de los Padres de la Iglesia.

Todo se produce en el contexto de una boda, pero no se da ningún detalle sobre los novios, porque en realidad, los novios que interesan al evangelista son otros: Jesús y la Iglesia –ésta representada en María y los discípulos. Son ellos quienes van a sellar la Nueva Alianza entre Dios y su Pueblo.

La primera alianza se estableció en la creación, y estuvo vivificada por el vino del Espíritu Santo con el que Dios comunicaba su vida al hombre llenándolo todo de paz y armonía. Pero el pecado de Adán y Eva rompió esta alianza y se terminó el vino. El camino penitencial del hombre expulsado del Paraíso está representado en esas seis tinajas vacías de piedra usadas para las purificaciones de los judíos, figura de la Ley de Moisés que había sido vaciada de su contenido espiritual por el judaísmo de la época.

Jesús y María son el nuevo Adán y la nueva Eva que restaurarán para siempre esta alianza rota. Como en el Edén, la iniciativa viene de la mujer, pero esta vez no para inducir al pecado, sino para pedir la restauración de la alianza: «no les queda vino». Y la reacción de Jesús es justamente la contraria de la de Adán: rechaza la propuesta de la mujer para obedecer al Padre, que ha dispuesto otro momento: «mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora». Habla de la «hora» de su muerte y resurrección en la que sellará para siempre la Alianza Nueva y Eterna, tras la cual descenderá sobre la Iglesia el nuevo vino del Espíritu con tal fuerza que algunos en Pentecostés llegarán a decir que los discípulos «estaban borrachos» (Hch 2,13).

Y este segundo vino, como bien dice el mayordomo, es mejor que el primero, porque el novio –que en el Paraíso era sólo una promesa– es ahora «hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne», y esa carne, tras ser glorificada, se ha convertido en «Espíritu vivificante» (1 Co 15,45) para los que creemos en su Nombre.

Pero Jesús, obediente al Padre hasta la muerte, no quiere desairar tampoco a su Madre, y por eso realiza el milagro de transformar el agua en vino para devolver la alegría a esa boda. Es un signo precioso de lo que Jesús hará en el ministerio que inicia en Caná de Galilea y culmina en la «hora» que el Padre ha dispuesto: primero llenará las tinajas de agua, devolviendo a la Ley de Moisés su sentido espiritual, y a continuación convertirá esta agua en vino,  llevando la Ley a su plenitud y dando al ser humano, por el Espíritu Santo, el poder para cumplirla y regocijarse en ella.

El evangelio termina diciendo que con este signo Jesús «manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él», esa fe que los capacitaría para recibir más tarde el nuevo vino de Pentecostés que restablece la comunión entre Dios y los hombres y devuelve la armonía a la creación.

Que la participación en la eucaristía, donde Jesús realiza el milagro incomparablemente mayor de transformar el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre, haga crecer la fe también en nosotros para que podamos gozar de lo que los Padres llamaron «la sobria embriaguez del Espíritu Santo».


P. José María Prats


Evangelio

En aquel tiempo, se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: 

«No tienen vino». 

Jesús le responde: 

«¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora». 

Dice su madre a los sirvientes: 

«Haced lo que Él os diga».

Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. 

Les dice Jesús: 

«Llenad las tinajas de agua». 

Y las llenaron hasta arriba. «Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala». Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: 

«Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora».

Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en Él sus discípulos. Después bajó a Cafarnaúm con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.

San Juan 2, 1-11

domingo, 12 de enero de 2025

Papa Francisco en el Ángelus, 12-1-2025: «El bautismo del Señor nos hace contemplar el rostro y la voz de Dios; preguntémonos: ¿Me siento amado y acompañado por Dios y escucho su voz?»

* «Os hago una pregunta: ¿cada uno de nosotros recuerda la fecha de su bautizo? ¡Esto es muy importante! Piensa: ¿en qué día fui bautizado o bautizada? Y si no lo recordamos, al llegar a casa, preguntamos a los padres, a los padrinos la fecha del bautizo. Y celebramos en esa fecha como un nuevo cumpleaños: la del nacimiento en el Espíritu de Dios» 

    

Vídeo completo de la transmisión en directo de Vatican News traducido al español con las palabras del Papa en el Ángelus

* «Estoy cerca de los habitantes del Condado de Los Ángeles, California, donde en los días pasados se han producido incendios devastadores. Rezo por todos vosotros. Y no dejemos de rezar por la paz. No olvidemos que la guerra es siempre una derrota» 

12 de enero de 2025.- (Camino Católico)   En el Ángelus de la fiesta del Bautismo de Jesús, Francisco reflexiona sobre el significado del sacramento: la conciencia de ser hijos amados. A continuación, invitó a recordar la fecha del proprio bautismo, celebrándolo como el día en que “hemos renacido a la vida nueva”. 

La fiesta de hoy nos hace contemplar el rostro y la voz de Dios, que se manifiestan en la humanidad de Jesús. Y entonces preguntémonos ¿nos sentimos amados? ¿Yo me siento amado y acompañado por Dios o pienso que Dios está distante de mí? ¿Somos capaces de reconocer su rostro en Jesús y en los hermanos? ¿Y estamos acostumbrados a escuchar su voz?”, ha planteado el Papa Francisco ante miles de fieles y peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la meditación del Santo Padre traducida al español, cuyo texto completo es el siguiente:

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR

PAPA FRANCISCO

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo, 12 de enero de 2025

¡Queridos hermanos y hermanas, feliz domingo!

La fiesta del Bautismo de Jesús, que hoy celebramos, nos hace pensar en muchas cosas, también en nuestro bautismo. Jesús se une a su pueblo, que va a recibir el bautismo para el perdón de los pecados. Me gusta recordar las palabras de un himno de la liturgia de hoy: Jesús va para que Juan le bautice “con el alma desnuda y los pies desnudos”.

Y cuando Jesús recibe el bautismo se manifiesta el Espíritu y tiene lugar la Epifanía de Dios, que revela su rostro en el Hijo y hace escuchar su voz que dice: «Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección» (v. 22). El rostro y la voz.

En primer lugar el rostro. En el revelarse Padre a través del Hijo, Dios establece un lugar privilegiado para entrar en diálogo y en comunión con la humanidad. Es el rostro del Hijo amado.

En segundo lugar la voz: «Tú eres mi Hijo muy querido» (v. 22). Este es otro signo que acompaña la revelación de Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, la fiesta de hoy nos hace contemplar el rostro y la voz de Dios, que se manifiestan en la humanidad de Jesús. Y entonces preguntémonos ¿nos sentimos amados? ¿Yo me siento amado y acompañado por Dios o pienso que Dios está distante de mí? ¿Somos capaces de reconocer su rostro en Jesús y en los hermanos? ¿Y estamos acostumbrados a escuchar su voz?

Os hago una pregunta: ¿cada uno de nosotros recuerda la fecha de su bautizo? ¡Esto es muy importante! Piensa: ¿en qué día fui bautizado o bautizada? Y si no lo recordamos, al llegar a casa, preguntamos a los padres, a los padrinos la fecha del bautizo. Y celebramos en esa fecha como un nuevo cumpleaños: la del nacimiento en el Espíritu de Dios. ¡No lo olvidéis! Este es un trabajo para hacer en casa: la fecha de mi bautizo.

Encomendémonos a la Virgen María, invocando de Ella la ayuda. ¡Y no olvidéis la fecha del bautizo!

Oración del Ángelus:                         


Angelus Dómini nuntiávit Mariæ.

Et concépit de Spíritu Sancto.

Ave Maria…


Ecce ancílla Dómini.

Fiat mihi secúndum verbum tuum.

Ave Maria…


Et Verbum caro factum est.

Et habitávit in nobis.

Ave Maria…


Ora pro nobis, sancta Dei génetrix.

Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.


Orémus.

Grátiam tuam, quǽsumus, Dómine,

méntibus nostris infunde;

ut qui, Ángelo nuntiánte, Christi Fílii tui incarnatiónem cognóvimus, per passiónem eius et crucem, ad resurrectiónis glóriam perducámur. Per eúndem Christum Dóminum nostrum.


Amen.


Gloria Patri… (ter)

Requiem aeternam…


Benedictio Apostolica seu Papalis


Dominus vobiscum.Et cum spiritu tuo.

Sit nomen Benedicat vos omnipotens Deus,

Pa ter, et Fi lius, et Spiritus Sanctus.


Amen.



Después de la oración mariana del Ángelus el Papa ha dicho:


Estoy cerca de los habitantes del Condado de Los Ángeles, California, donde en los días pasados se han producido incendios devastadores. Rezo por todos vosotros.


Esta mañana he tenido la alegría de bautizar algunos recién nacidos, hijos de trabajadores de la Santa Sede y de la Guardia Suiza. Rezamos por ellos, por sus familias. Y quisiera pedir al Señor, por todas las parejas jóvenes, que tengan la alegría de acoger el don de los hijos y de llevarles al bautismo.


En la Basílica de San Juan de Letrán, esta mañana ha sido beatificado don Giovanni Merlini, sacerdote de los Misioneros de la Preciosísima Sangre. Dedicado a las misiones con el pueblo, fue consejero prudente de muchas almas y mensajero de paz. Invocamos también su intercesión mientras rezamos por la paz en Ucrania, en Oriente Medio y en todo el mundo. ¡Un aplauso al nuevo beato!


Os saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos, en particular a los estudiantes de Olivenza, en España, y a los miembros de la Familia de los Discípulos con los laicos que trabajan en las casas de la Obra de Padre Semeria y Padre Minozzi.


Y no dejemos de rezar por la paz. No olvidemos que la guerra es siempre una derrota. A todos os deseo un feliz domingo. Y por favor no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!



Francisco


Fotos: Vatican Media, 12-1-2025