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domingo, 15 de marzo de 2026

P. Roberto Pasolini en la 2ª meditación de Cuaresma ante el Papa: «Los hermanos son un don del Señor, pero no tienen la función de sostenernos en el camino: nos son confiados para que nuestra vida pueda cambiar»

 

* «Los hermanos en su diversidad, en sus límites y a veces incluso en sus dificultades, se convierten en el espacio concreto donde Dios trabaja nuestra humanidad, ablandando nuestras rigideces y enseñándonos a vivir con un corazón más auténtico y capaz de amar»

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español por Pax TV, con la 1ª meditación de Cuaresma del P. Roberto Pasolini ante el Papa León XIV 

* «En las situaciones en que las relaciones se deterioran y la comunión se hiere, el Evangelio no sugiere ante todo defender los propios derechos, sino buscar el bien mayor y siempre posible: aquel que permite reconocer en el otro ya no a un adversario o un deudor, sino a un hermano amado por el Seño»    


Camino Católico .- «Los hermanos son un don del Señor. Pero, precisamente por eso, no tienen simplemente la función de ayudarnos o sostenernos en el camino: nos son confiados para que nuestra vida pueda cambia», ha reflexionado el padre Roberto Pasolini, predicador de la Casa Pontificia, ante el Papa León XIV y la Curia Romana, en su segunda predicación de Cuaresma, en el Aula Pablo VI, el viernes 13 de marzo de 2026, a las 9 de la mañana. 



El fraile capuchino ha predicado su segunda meditación de Cuaresma deteniéndose en la fraternidad, definida como “la gracia y la responsabilidad de la comunión fraterna”. La fraternidad no es un accesorio de la vida espiritual, ni simplemente un contexto favorable para crecer más fácilmente en la gracia. Es el lugar donde la conversión se verifica realmente: la prueba más seria y, al mismo tiempo, el signo más elocuente de lo que el Evangelio puede obrar en nuestra vida.



El padre Pasolini ha profundizado en la “dolorosa relación” entre Abel y Caín, una fractura que nace de “un problema de mirada”. El primero, en el relato del Génesis, ofrece los primogénitos de su rebaño —ofrenda que Dios “mira con favor”—, mientras que el segundo presenta simplemente algunos frutos de la tierra. "No es tanto la calidad de la ofrenda lo que marca la diferencia, sino el hecho de que lo ofrecido represente verdaderamente la propia vida. Por eso Dios no acoge el don de Caín: no para condenarlo, sino para provocarlo. Aceptar ese gesto significaría dejarlo en la convicción de no tener nada bueno que ofrecer. Dios, en cambio, parece querer ayudarlo a creer que también su vida puede convertirse en un don"; ha dicho el predicador de la Casa Pontificia. En el vídeo de Pax TV se visualiza y escucha toda la meditación.


“Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva (2 Cor 5,17). La conversión al Evangelio según San Francisco”


2ª Meditación de Cuaresma al Papa León XIV y a la Curia 


La fraternidad, la gracia y la responsabilidad de la comunión fraterna


P. Roberto Pasolini, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia


Ala Pablo VI 

Viernes, 13 de marzo de 2025


En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. 


Oremos. Señor Dios nuestro, que hiciste de la Virgen María el modelo de quien acoge tu palabra y la pone en práctica abre nuestro corazón a la bienaventuranza del escucha, y con la fuerza de tu espíritu, haz que también nosotros nos convirtamos en un lugar santo, donde hoy se cumpla tu palabra de salvación. Por Cristo nuestro Señor. 


Santo Padre, hermanos y hermanas, a todos, el Señor les dé la paz.


Este saludo con el que siempre comienzo las meditaciones, que es también el saludo que el Santo Padre dirigió a toda la iglesia el día de su elección, es el saludo del Señor resucitado, pero es también el saludo que San Francisco quería que los frailes dirigieran a todas las personas, intuyendo hace ochocientos años como hoy, que la falta de paz es el gran problema que siempre, cada día, debemos afrontar. Ahora bien, en la primera meditación entramos en el corazón de la conversión de Francisco.


Hemos visto cómo la gracia en él ha obrado un verdadero cambio de gusto, una transformación de la sensibilidad que ha cambiado precisamente el modo de mirar a sí mismo, a Dios, a los demás, a la realidad. Y así comenzó un camino que hemos dicho que es incesante, que nunca termina en este mundo. Pero para Francisco aquel comienzo de conversión no permaneció como una experiencia solitaria. En cierto momento el Señor le hizo un regalo particular, los hermanos, y es precisamente este don inesperado el que está en el centro de nuestra meditación de hoy, la fraternidad. Según este modo de referirnos a las relaciones que existen entre nosotros, no es un accesorio de la vida espiritual cristiana, es el lugar donde ocurre en grado máximo nuestra conversión. Es quizá el banco de prueba más serio de nuestro bautismo.


Como dice un antiguo adagio, la vida fraterna es la máxima penitencia, pero en el sentido evangélico del término, no la mayor fatiga, sino el lugar donde ocurre de manera eminente nuestra conversión. Intentaremos también esta vez recorrer un camino de cinco etapas. Ante todo el origen de la fraternidad como un don que Dios nos hace.


Luego el realismo de la Escritura que nos recuerda que la fraternidad es ante todo negada en el relato de Caín y Abel. Después la exigencia de un amor que vaya más allá de la simple cordialidad entre nosotros. Luego el fundamento cristológico sin el cual ninguna fraternidad es posible.


Y finalmente, no menos importante, el horizonte escatológico en el cual la fraternidad se convierte ya de algún modo en un anticipo de la vida eterna. 


Hemos dicho que Francisco al comienzo de su conversión estaba solo, luego el Señor le dio hermanos. Él mismo lo dice en el Testamento: “Y después de que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba lo que debía hacer, sino que el mismo Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del Santo Evangelio”. 


Francisco no había pensado inmediatamente en la constitución de un grupo, como por ejemplo si lo hace Santo Domingo. Le llegan hermanos, es decir, jóvenes que piden adherirse a su modo de vivir.


Entonces buscan en las Escrituras las indicaciones para afrontar esta nueva aventura, es decir, vivir una intuición juntos, y descubren que precisamente el Evangelio será la forma de la fraternidad. De este modo nació la fraternidad franciscana, donde se podían encontrar nobles y gentes del pueblo, ricos y pobres, clérigos y laicos. Francisco quería que entre los frailes no hubiera relaciones de poder o de superioridad, como sucedía en la sociedad de su tiempo.


Todos debían tener el mismo nombre, frailes menores. De algún modo Francisco quería obedecer a la palabra del Evangelio en la que Jesús dice, Uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. Leyendo los escritos de San Francisco se percibe su deseo de una fraternidad cálida, intensa, donde hay palabras maravillosas.


Francisco escribe: “Todos los frailes no tengan ningún poder o dominio, sobre todo entre ellos. Y cualquiera de ellos que quiera hacerse mayor sea su ministro y servidor, y quien entre ellos sea mayor hágase como el menor. Y ningún fraile haga mal o diga mal de otro, sino más bien, por la caridad que viene del Espíritu, de buena voluntad se sirvan y se obedezcan mutuamente. Y también, y dondequiera que estén y se encuentren los frailes, muéstrense entre ellos familiares el uno con el otro, y cada uno manifieste al otro con seguridad sus necesidades. Pues si la madre alimenta y ama a su hijo carnal, cuanto más solícitamente debe uno amar y alimentar a su hermano espiritual”.


Son palabras que hacen sentir un poco de escalofrío, sobre todo a quien está intentando tal vez deliberadamente vivir la fraternidad. Es decir, el vínculo de la fraternidad en el Espíritu puede ser todavía mayor que el de la carne, es decir, podemos quedarnos todavía más.


Seguramente se percibe la atmósfera que reinaba también al inicio en las primeras comunidades cristianas, según aquellos bellísimos resúmenes de los hechos donde se dice que los cristianos estaban juntos, compartían los bienes, la vida, y entre ellos había concordia. Y sin embargo, si leemos con atención los textos que Francisco nos ha dejado, nos damos cuenta de que la fraternidad no fue un paseo para ellos, al contrario, algunos pasajes dejan entrever claramente cuántas dificultades, cuántos sufrimientos los frailes vivieron entre ellos. Por ejemplo, en la regla no bulada, Francisco escribe: “Y todos los frailes se guarden de calumniar a alguien y eviten las disputas de palabras, y no riñan entre ellos, y no se irriten, no juzguen, no condenen”.


¿Por qué Francisco escribe todas estas cosas? Porque estas cosas sucedían y suceden en la experiencia de la fraternidad. Por tanto, se comprende bien que la fraternidad para Francisco y los primeros compañeros ciertamente no es un lugar para refugiarse y vivir tranquilos, es más bien el espacio en el que cada uno es reconducido a las profundidades de su propio corazón en todas sus sombras y sus resistencias. Los hermanos ciertamente son un don, pero un don que no tiene la única función de sostenernos y consolarnos a lo largo del camino.


Los hermanos nos son confiados para que nuestro corazón pueda cambiar pasando de un corazón de piedra a uno de carne. De algún modo, la fraternidad es el espacio concreto en el que Dios trabaja nuestra humanidad, enseñándonos la ley del amor más grande. De hecho, el término hermano y fraternidad en la lengua griega, el término adelphos, alude a un mismo seno.


Aquí está el origen también de la dificultad de la experiencia fraterna. Ahora bien, según el Evangelio, nosotros sabemos cuál es ese seno común. Nos lo ha revelado el Hijo que está en el seno del Padre y que nos ha llamado hermanos.


Por lo tanto, sabemos que nuestro vínculo fraterno está fundado en la unicidad de Dios, el Padre. Este es el motivo por el cual la fraternidad tiene una dimensión vertical imprescindible. Sin embargo, como decimos en la introducción, con gran realismo la Escritura nos cuenta que la fraternidad no es un camino lineal.


Ante todo, es una fraternidad fallida a través de la historia de Caín y Abel, que todos conocemos. Es como si ese relato respondiera a la pregunta del profeta Malaquías. ¿No tenemos todos un solo Padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué, pues, actúan traidoramente unos contra otros profanando la alianza de nuestros padres? Preguntas cruciales siempre actuales.


Ahora bien, en el relato de Caín y Abel, el problema es ante todo un problema de mirada. El texto dice que Dios mira con favor la ofrenda de Abel, pero no la de Caín. El texto es muy sobrio y no explica el motivo de esta predilección por una ofrenda en lugar de la otra, y de hecho se han derramado proverbiales ríos de tinta para tratar de explicar por qué Dios mira a Abel y no mira a Caín.


Hay un detalle en el relato que quizás nos dice algo. Abel ofrece a Dios los primogénitos de su rebaño, mientras que Caín los frutos del suelo. Parece que Abel se implica en el don que ofrece a Dios, ofrece algo suyo, algo personal.


En cambio Caín se limita a dar algo, por tanto no es tanto la calidad de la ofrenda lo que marca la diferencia, sino si en esa ofrenda está representada la propia vida. Así pues Dios no acoge ni mira, no presta atención a la ofrenda de Caín, no para condenarlo evidentemente, sino para provocarlo. Aceptar aquella ofrenda significaría dejarlo en la sensación de que él no tiene nada bueno que ofrecer.


Dios en cambio parece decir a Caín, de un modo paradójico extraño, mira que tú vales, que también tú puedes donar algo tuyo. Pero Caín no interpreta de este modo la falta de la mirada de Dios y sabemos bien cómo continúa la historia. Caín no habla ni con Dios ni con Abel, más bien se lanza contra él y lo mata.


No es solamente un acto de violencia, sino el signo de una relación que para él se ha vuelto insoportable. Después del delito Caín cae en un terrible sentimiento de culpa y entonces Dios interviene para proteger su vida y lo marca. Incluso después del mal cometido, Dios no abandona a Caín.


Ahora bien, este relato nos pone delante de una pregunta incómoda pero crucial. ¿Cómo se manifiesta Caín en nosotros? Nuestra tentación es identificarnos inmediatamente con Abel, el justo. El justo incomprendido que ofrece todo y no recibe nada a cambio.


Es una posición tranquilizadora pero la Escritura nos impide esta comodidad. Nos pide un paso más honesto y más difícil. Reconocer que la historia de Caín quizá nos concierne de cerca.


En cada uno de nosotros existe la misma posibilidad de endurecernos, de cerrarnos, de dejar que el resentimiento se convierta en distancia respecto al otro y que después esa distancia se transforme en violencia. No necesariamente una violencia física pero sí real. El silencio obstinado, la palabra que hiere, la indiferencia.


Muchas veces pronunciamos la palabra hermano o fraternidad más con los labios que con nuestra vida. Usamos estas palabras en los discursos, en las narraciones que hacemos de nosotros mismos pero deberíamos admitir cuán difícil es hacerlas verdaderas. La reacción de Caín nace de algo muy simple, la presencia del otro.


Abel no hace nada contra Caín, simplemente vive, presenta a Dios sus ofrendas. Pero de este modo recuerda a Caín que él no lo es todo y que no está solo él. Es esta presencia del otro la que muchas veces desencadena en nosotros la violencia.


Por tanto, Génesis 4 es un texto muy rico pero muy incómodo porque nos recuerda que la fraternidad, como don de lo alto, comienza a volverse real cuando nosotros dejamos de señalar con el dedo al otro y comenzamos a reconocer que los posibles responsables del mal podemos ser ante todo nosotros. Este paso decisivo en el proceso de conversión creo que vale sobre todo para nosotros los cristianos que estos tesoros, estos textos, los tengamos entre las manos. A nosotros nos gustaría presentarnos al mundo como los que ya han resuelto el problema de la fraternidad, como los buenos que ayudan a los demás.


Este paso decisivo en el proceso de conversión creo que vale sobre todo para nosotros los cristianos que estos tesoros, estos textos, los tengamos entre las manos. A nosotros nos gustaría presentarnos al mundo como los que ya han resuelto el problema de la fraternidad, como los buenos que ayudan a los demás. Como los testigos de un amor que siempre funciona, pero sabemos que las cosas no son así.


El Evangelio nos abre una perspectiva liberadora, porque nos recuerda que las personas que realmente logran realizar el bien no son los buenos, sino aquellos que han tenido el valor de reconocer su propia sombra. No quien se ha construido una buena imagen edifica la paz en el mundo, sino quien ha visto su propia violencia posible y ha aprendido a entregarla a Dios, descubriendo que Dios es lento a la ira y grande en la misericordia. Por tanto, la fraternidad auténtica, parece decirnos así el testamento de Francisco, no nace por obra de quien nunca ha herido a nadie, sino de quien ha descubierto que podría hacerlo y decide no hacerlo más, habiendo encontrado la misericordia de Dios.


Podríamos preguntarnos cómo se manifiesta en nosotros cotidianamente esta falta de fraternidad. Decíamos, no siempre en las formas de la violencia física, más a menudo asume formas más sutiles, pero no menos dolorosas. ¿Podemos poner al otro en los márgenes? ¿Podemos ignorar lo que nos dice? ¿Vaciar de importancia su aporte? 


La tradición franciscana, para darnos un motivo de reflexión ulterior, nos ha transmitido una carta que Francisco escribe a un ministro que se encuentra un poco cansado y desalentado. Creo que podría ser una buena inspiración para el Papa, que a menudo debe escuchar colaboradores cansados y desalentados. 


Escuchemos lo que dice Francisco. Francisco se encuentra ante un ministro que le dice, mira, en mi fraternidad las cosas van muy mal, por favor, mándame a un eremitorio, a un hermoso eremitorio, donde pueda rezar, donde pueda estar tranquilo.


Francisco lo exhorta más bien a mirar ese cansancio con ojos nuevos y le escribe así:


“Aquellas cosas que te son impedimento para amar al Señor Dios y a toda persona que te sea obstáculo, sean frailes u otros, aunque te cubrieran de golpes, todo esto debes considerarlo como una gracia y así debes quererlo y no de otro modo. Y ama a aquellos que actúan contigo de este modo y no exijas de ellos otra cosa sino aquello que el Señor te dará a ti y en esto ámalos y no pretendas que sean cristianos mejores y esto sea para ti más que estar en un eremitorio”. 


Francisco dice palabras enormes, dice incluso no querer que sean mejores de lo que son, acéptalos tal como son y esto es para ti el eremitorio, esta es para ti la oración.


Es decir, para Francisco, el hermano que nos está creando incomodidad, sufrimiento, no es un problema que resolver, es la ocasión que tenemos de entrar en el corazón del Evangelio, es el lugar donde verificamos realmente nuestra vida espiritual, cuanto real y concreta. Y además Francisco concluye con estas palabras:


“No haya en el mundo ningún hermano que haya pecado cuanto es posible pecar que, después de haber visto tus ojos, no se vaya sin tu perdón si Él lo pide. Y si no pidiera perdón, pídele tú a Él si quieres ser perdonado y si después mil veces pecará delante de tus ojos, ámalo más que a mí por esto y ten siempre misericordia de tales hermanos”.


Lo que el ministro vivía como un obstáculo para Francisco es simplemente la ocasión de vivir el Evangelio. Ahora bien, quizá no es exactamente lo que el Santo Padre podría decir a todos sus colaboradores cansados y fatigados. Sin embargo, nos recuerda cuál es la lógica que podemos descubrir en las dificultades de la vida fraterna, que aquello que en un primer momento puede parecernos un tropiezo, en realidad es una llamada de Dios a entrar en un amor más grande y, sobre todo, más libre. De hecho, hay un texto en el Nuevo Testamento que, a mi juicio, podría ponerse junto a la carta a un ministro, la pequeña carta de Pablo a Filemón, un texto casi invisible en el Nuevo Testamento y, sin embargo, precioso, porque todos recordaremos la historia.


Filemón tenía un esclavo, Onésimo, que tiene problemas con él. Huye y ve a Pablo, que en aquel tiempo está en prisión. Pablo lo acoge, lo evangeliza, se hacen amigos y podría quedarse con él como colaborador suyo, incluso tendría derecho.


Y, sin embargo, ¿qué hace? Lo devuelve a Filemón diciéndole, recíbelo como a un hermano amado en el Señor. No le dice que lo haga por su autoridad. Trata de suscitar en Filemón la elección más valiente y más hermosa, de manera libre.


Y ni siquiera rompe la institución de la esclavitud que continúa existiendo. Pero dice que una relación difícil puede transformarse en una relación fraterna. Por este motivo, esta pequeña carta se ha convertido en la tradición cristiana en un ejemplo concreto de cómo las relaciones pueden regenerarse cuando nosotros ponemos en juego un amor más grande.


En este punto, vendría la pregunta ante estos testimonios tan luminosos, ¿pero es realmente posible para nosotros amar tanto en las relaciones fraternas que vivimos? ¿Está a nuestro alcance un amor semejante? Nosotros los cristianos, y nosotros los religiosos de modo particular, vivimos a menudo en un ambiente donde todo parece cordial, ordenado, pacífico. No se grita, no se discute, se saluda con gentileza, se mantienen relaciones formalmente correctas, y sin embargo, sabemos que a toda esta calma exterior no corresponden necesariamente relaciones verdaderas y profundas. Más bien, con el pasar de los años, todos acumulamos en el corazón el peso de palabras mal dichas, de juicios apresurados, de miradas que faltaron, de relaciones heridas o simplemente dejadas apagarse con el tiempo.


¿Por qué entonces deberíamos recomenzar a vivir la aventura de la fraternidad? Yo creo que la respuesta de San Francisco es decididamente simple y provocadora, porque nuestros vínculos están fundados en un lazo de libertad, no en la simpatía ni en la afinidad, sino en el hecho de que Dios nos ha llamado y nos ha elegido para vivir juntos porque Él es nuestro Padre. Cuando Francisco insiste en decir que los hermanos espirituales deben quedarse más que los carnales, no está espiritualizando la realidad ni apelando a los buenos sentimientos. Está diciendo que en las relaciones de fraternidad en el espíritu, por tanto libres, no determinadas por la carne y la sangre, es necesario tener el valor de ir más allá de la superficie. Se pueden afrontar los conflictos, se pueden aceptar las diferencias, se pueden vivir cuando las relaciones se vuelven difíciles. Al fin y al cabo no nos debemos nada entre nosotros sino la caridad. Este es nuestro único vínculo.


Pero esta caridad se vuelve posible si recordamos dónde está fundado nuestro vínculo. De lo contrario, si comenzamos a convertirnos en amigos o en otras cosas semejantes, es imposible para nosotros ser hermanos y hermanas. Es algo que Jesús en realidad ya nos había dicho de manera muy simple.


Recordaremos aquel día en que su madre y sus hermanos fueron a buscarlo y Jesús con una libertad enorme dijo: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Extendió la mano e indicó a las personas que estaban a su alrededor. Y no era un ejemplo, era real. Cada palabra de Cristo es verdaderamente auténtica.


Esto no es un rechazo de la familia natural ni un gesto de distancia afectiva. Jesús nos revela algo más profundo. Hay un vínculo entre nosotros más fuerte que la sangre, más estable que las afinidades, más auténtico que nuestras simpatías.


Es el vínculo que nace del hecho de que nosotros somos hijos de un Padre que nos comunica su Palabra y su voluntad. Esto tiene consecuencias muy concretas para la vida de la iglesia. Una comunidad cristiana no es ante todo un grupo humano que se ha elegido por un ideal común.


Es una asamblea convocada por la voz de Dios que nos precede y que hace posible nuestro estar juntos. Claro, cuando esta fuente se enturbia, es decir, cuando la oración se vuelve rutina, cuando la palabra ya no nos toca, cuando los sacramentos se celebran sin que el corazón participe, también los vínculos fraternos comienzan a vaciarse. Quedan las formas, como decíamos, el saludo, la sonrisa, la corrección formal, pero la sustancia se pierde.


Entonces es necesario volver a mirar a Cristo, dejarse alcanzar por su mirada y no olvidar lo que los primeros cristianos solían decirse: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos”. La afirmación es muy fuerte.


Juan nos dice que amamos a los hermanos porque hemos pasado de la muerte a la vida, como si la vida nueva produjera automáticamente el amor fraterno. Afirma casi lo contrario. Es precisamente amar a los hermanos, incluso cuando es difícil, donde podemos verificar si la Pascua de Cristo realmente nos ha tocado y está obrando en nosotros.


Sin embargo, muchas veces imaginamos que la Pascua es algo que nos concernirá después de la muerte, cuando resucitemos en Cristo. Pero sabemos que la resurrección ya ha comenzado. La vida eterna ya ha comenzado.


Cuando lo olvidamos, aplazamos el trabajo de la fraternidad para mañana porque no lo consideramos urgente hoy. Bueno, cuando resucitemos aprenderemos a querernos. Un pasaje de la Regla, no bulada de San Francisco, nos da una última luz. Dice así: “Invirtiendo un poco las perspectivas habituales. Prestemos atención, hermanos todos, a lo que dice el Señor. Amad a vuestros enemigos y haced el bien a los que os odian, porque también el Señor Jesús, cuyas huellas debemos seguir, llamó amigo a su traidor y se ofreció espontáneamente a sus crucificadores. Son por tanto, amigos nuestros todos, aquellos que injustamente nos infligen tribulaciones y sufrimientos, humillaciones y ofensas, dolores y tormentos, martirio y muerte. Debemos amar mucho a éstos, porque por lo que nos infligen, tenemos la vida eterna”. 


Francisco hace un elenco de cosas que en cualquier modo ha experimentado y no experimentamos. Francisco hace una lista de cosas que de algún modo él experimentó y que nosotros experimentamos. Pero enciende como una luz en este infierno que todos conocemos, recordándonos que el deber de amarnos nos conviene a nosotros, porque éste es el modo ordinario en que tenemos la vida eterna. Amando a los enemigos, no soportándolos, sino rezando por ellos, es como si la fraternidad, cuando llega a ese nivel de realismo, se despojará de todas aquellas coloraciones románticas y emotivas, y nos hará comprender que la fraternidad no es otra cosa que la estación final de nuestro bautismo.


Por tanto, debemos prepararnos, porque esperamos que todos podamos llegar a esa estación final y todos juntos. La vida fraterna no está hecha solamente de gestos buenos y de momentos fáciles. Está hecha también de incomprensiones, de fatigas, de martirio, de dolor.


Y las mejores ocasiones de la vida fraterna son precisamente estas en que nosotros querríamos huir y que, en cambio, nos abren las puertas de la vida eterna. Esto ensancha mucho nuestra mirada, porque en la vida cotidiana las exigencias de nuestras relaciones a veces se vuelven pesadas. Las distancias entre nosotros, las palabras que hieren, las incomprensiones pueden volverse muy dolorosas.


Por eso no debemos perder nunca el horizonte de la vida eterna. Cuando lo perdemos, ciertas fatigas que vivimos se vuelven insoportables. Ahora bien, el tema de la fraternidad no concierne solamente a la vida de la iglesia.


Toca el deseo más profundo de toda la humanidad. En todo tiempo, en toda cultura, los seres humanos han soñado una convivencia finalmente reconciliada entre los hombres. Es un anhelo que atraviesa los pueblos más allá de las lenguas, de las culturas y de las tradiciones religiosas.


Poetas, músicos, artistas han imaginado un mundo donde los hombres puedan finalmente reconocerse como hermanos y hermanas entre sí. También muchas ideologías y muchos modelos económicos han intentado construir el sueño de una armonía universal entre los hombres, descubriendo sin embargo cuán difícil es hacerla real para todos y verdaderamente. Nosotros, creyentes en el Hijo de Dios hecho carne, custodiamos una convicción muy simple y humilde.


La fraternidad universal se vuelve posible solamente cuando el hombre redescubre su apertura a lo trascendente. Esto nos lo ha recordado el Papa Francisco en la encíclica Fratelli Tutti, donde escribió: “como creyentes pensamos que sin una apertura al Padre de todos no puede haber razones sólidas y estables para el llamado a la fraternidad. Estamos convencidos de que sólo con esta conciencia de hijos, que no son huérfanos, se puede vivir en paz entre nosotros”.


La razón por sí sola es capaz de captar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no logra fundar la fraternidad. Cuando reconocemos a Dios como Padre de todos, aprendemos a mirar a cada persona con una dignidad que ninguna diferencia puede borrar. La fe no nos separa de nosotros, más bien nos recuerda que nadie está excluido de nuestro corazón, porque nadie está excluido del corazón del Padre que está en los cielos.


Por eso, en los días de esta cuaresma, mientras la historia del mundo continúa atravesada por divisiones, guerras y conflictos, nosotros los cristianos no podemos limitarnos a hablar de fraternidad como un ideal que alcanzar. Estamos llamados a recibirla como un don, pero también a asumirla de modo muy serio y urgente como una responsabilidad. Esta tarea comienza siempre muy cerca, con las personas que comparten con nosotros la vida cotidiana.


No es raro que también en la iglesia las diferencias de sensibilidad, de visión, de estilo, se conviertan en motivo de oposición y distancia, hasta crear contraposiciones y polarizaciones. Son el signo de cuán difícil es acoger verdaderamente el desafío de la fraternidad. El camino evangélico nos pide dar un paso distinto, reconocer siempre nosotros, incluso cuando son diferentes de nosotros, hermanos y hermanas que nos han sido confiados, de los cuales nosotros somos custodios, y por tanto tratar de escucharlos, de comprender sus razones, de respetarlos de modo sincero y cordial.


Y todo esto lo podemos hacer sin miedo, más aún con gran libertad, como decíamos, porque sabemos que ya hemos pasado de la muerte a la vida. No tenemos nada que perder, solo tenemos muchos hermanos y hermanas que podemos ganar. La resurrección de Cristo no elimina la fatiga de las relaciones, pero nos libera de la sospecha de que esta fatiga puede ser inútil.


Por eso, podemos asumir el trabajo de la fraternidad con un estilo siempre renovado, con dulzura, firmeza, con respeto, pero sobre todo con la confianza de que cada gesto de verdadero amor fraterno, incluso el más escondido, ya pertenece a la vida eterna. 


Oremos:


Omnipotente, Eterno, Justo y Misericordioso Dios, concédenos a nosotros, miserables, hacer por tu amor aquello que sabemos que tú quieres, y querer siempre lo que te agrada, para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu Hijo Amado, nuestro Señor Jesucristo, y con la ayuda de tu sola gracia, llegar a ti, Oh Altísimo, que en la Trinidad Perfecta y en la unidad simple, vives y reinas y eres glorificado, Dios Omnipotente, por todos los siglos de los siglos.


P. Roberto Pasolini, OFM Cap.

Predicador de la Casa Pontificia

Fotos: Vatican Media, 13-3-2026

viernes, 13 de marzo de 2026

P. Roberto Pasolini en la 1ª meditación de Cuaresma ante el Papa: «Conversión significa iniciar continuamente este movimiento del corazón, mediante el cual nuestra pobreza se abre a la gracia de Dios»


* «La humildad no empobrece al hombre: lo restituye a sí mismo. No lo disminuye: lo restituye a su verdadera grandeza. Por eso está tan estrechamente ligada a la conversión. El pecado original surge precisamente del rechazo de la humildad: de la negativa a aceptarse como un ser humano finito, dependiente de Dios. La conversión, entonces, solo puede entenderse como un retorno a la humildad»    

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español por Pax TV, con la 1ª meditación de Cuaresma del P. Roberto Pasolini ante el Papa León XIV 

* «Cuando elegimos hacernos pequeños —no permanecer pequeños— porque hemos reconocido la pequeñez de Dios y nos hemos sentido acogidos y amados por Él, esta elección no es una forma de regresión ni de renuncia: es el rostro del hombre nuevo, que el Bautismo nos restituye»  

Camino Católico.- «Conversión significa iniciar continuamente este movimiento del corazón, mediante el cual nuestra pobreza se abre a la gracia de Dios», haciéndolo incluso con la reticencia a disminuir nuestra imagen, realizando un incesante trabajo interior que nos pone «a su servicio, libre y concretamente», ha reflexionado el padre Roberto Pasolini, predicador de la Casa Pontificia, ante el Papa León XIV y la Curia Romana, en su primera predicación de Cuaresma, en el Aula Pablo VI, el viernes 6 de marzo de 2026, a las 9 de la mañana. El fraile recuerda a san Pablo cuando comprende que «la debilidad no es una fase que hay que superar, sino la forma misma de su vida en Cristo», «la forma de la vida bautismal».


La primera de las meditaciones del padre Pasolini se ha centrado en el tema: "La conversión. Seguir al Señor Jesús por el camino de la humildad". Las reflexiones, que se celebrarán todos los viernes hasta el 27 de marzo, antes del inicio de la Semana Santa, tienen como hilo conductor: «Si alguno está en Cristo, es una nueva creación (2 Cor 5,17). La conversión al Evangelio según San Francisco».



«En días nuevamente marcados por el dolor y la violencia», afirma el fraile capuchino, «hablar de pequeñez podría parecer abstracto, casi un lujo espiritual. En realidad, es una responsabilidad concreta, ligada al destino del mundo».


“La paz nace no solo de acuerdos políticos, ni de estrategias diplomáticas o militares, sino de hombres y mujeres que encuentran el coraje de hacerse pequeños: capaces de dar un paso atrás, de renunciar a la violencia en todas sus formas, de no ceder a la tentación de la venganza y la opresión, de optar por el diálogo incluso cuando las circunstancias parecen negárselo”, asevera. En el vídeo de Pax TV se visualiza y escucha toda la meditación, cuyo texto íntegro es el siguiente:




“Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva (2 Cor 5,17). La conversión al Evangelio según San Francisco”


1ª Meditación de Cuaresma al Papa León XIV y a la Curia 


La conversión. Seguir al Señor Jesús por el camino de la humildad


P. Roberto Pasolini, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia


Aula Pablo VI 

Viernes, 6 de marzo de 2025


En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. 


Oremos. Señor Dios nuestro, que hiciste de la Virgen María el modelo de quien acoge tu palabra y la pone en práctica abre nuestro corazón a la bienaventuranza del escucha, y con la fuerza de tu espíritu, haz que también nosotros nos convirtamos en un lugar santo, donde hoy se cumpla tu palabra de salvación. Por Cristo nuestro Señor. 


Santo Padre, hermanos y hermanas, a todos, el Señor les dé la paz.


Después de los Ejercicios Espirituales guiados por la figura de san Bernardo de Claraval, las meditaciones cuaresmales de este año no podían sino inspirarse en la experiencia cristiana de Francisco de Asís. Los dos santos no están lejos el uno del otro: Bernardo muere en 1153, Francisco nace en 1181, a menos de treinta años de distancia. Es como si el testigo de la sequela evangélica pasara de mano en mano a través de los siglos, sin apagarse nunca.

Este año se cumplen ochocientos años de la muerte de Francisco, y el Santo Padre ha querido que el aniversario esté marcado por un nuevo jubileo especial, invitando a toda la Iglesia a dejarse alcanzar nuevamente por la gracia de Dios a través del testimonio del Pobrecillo de Asís. Francisco no es solo un santo para recordar o admirar: es un hombre atravesado por el fuego del Evangelio, capaz de reavivar en cada uno la nostalgia de una vida nueva en el Espíritu.

Para recorrer su camino espiritual, la primera meditación se detiene en su conversión y se desarrolla en cinco pasos: el cambio de gusto que la gracia opera en la sensibilidad; la alteración producida por el pecado y la necesidad de una curación radical; la humildad como verdadera medida de la grandeza humana; la elección de hacerse más pequeños como forma propia de la vida bautismal; finalmente, el carácter continuo de la conversión, que no se cumple de una vez por todas, sino que siempre recomienza.

1. El cambio de gusto

¿Qué entendemos cuando hablamos de conversión? Es una pregunta que merece ser planteada con honestidad, porque las respuestas posibles son muchas y no todas igualmente fieles al Evangelio.

La catequesis tradicional la describe como un regreso a Dios después del alejamiento del pecado. La teología moral subraya su dimensión de cambio de conducta. La tradición ascética insiste en la necesidad de prácticas penitenciales que disciplinen el cuerpo y la voluntad. La Escritura, por su parte, utiliza un término que atraviesa y supera todas estas perspectivas: *metánoia*, cambio de la mente, del corazón, del modo profundo en que se percibe la realidad. No una simple corrección de rumbo, sino una transformación de la mirada. No solo una revisión de los comportamientos, sino una revolución de la sensibilidad.

¿Quién tiene razón? En cierta medida, todos. Pero hay un orden que respetar. Comprender dónde comienza realmente la conversión —cuál es su punto de origen— no es una cuestión teórica. Es el problema más concreto que existe. Si equivocamos el punto de partida, corremos el riesgo de construir sobre cimientos frágiles.

Sabemos que la conversión evangélica es ante todo iniciativa de Dios, a la cual el hombre está llamado a participar con toda su libertad. No es ni pura pasividad ni pura conquista. Es una respuesta: la respuesta más adecuada que un ser humano puede dar a la gracia que lo precede y lo llama.

La conversión ocurre en el punto más íntimo de nuestra naturaleza, allí donde la imagen de Dios impresa en nosotros espera ser despertada. Es como si algo, durante mucho tiempo silencioso, volviera de repente a vibrar.

Es aquí donde la experiencia de Francisco de Asís se revela preciosa. En su Testamento, dictado pocos meses antes de la muerte, escribe así: «El Señor me concedió a mí, hermano Francisco, comenzar a hacer penitencia de esta manera. Cuando estaba en los pecados, me parecía cosa demasiado amarga ver a los leprosos; y el Señor mismo me llevó entre ellos y usé misericordia con ellos. Y alejándome de ellos, lo que me parecía amargo se me cambió en dulzura de ánimo y de cuerpo» (Testamento, Fuentes Franciscanas 110).

Al recordar las etapas esenciales de su camino, Francisco afirma ante todo que la iniciativa es enteramente del Señor. Es Dios quien le ha dado comenzar a hacer penitencia, es decir, entrar en un camino de conversión. El “hacer penitencia” del que habla Francisco no debe entenderse como un ejercicio ascético con el que merecer la gracia de una nueva relación con Dios. Alude más bien a un cambio completo de sensibilidad: un nuevo modo de mirar a sí mismo, a los demás y a la realidad a la luz del Evangelio.

Este cambio comienza de modo muy concreto: cuando empieza a tener misericordia de los demás. Es el centro de su relato. En ese encuentro con los leprosos, el joven Francisco experimenta un definitivo vuelco de gusto: descubre una dulzura inesperada precisamente allí donde no la buscaba y donde ni siquiera esperaba encontrarla.

En el momento en que se entrega gratuitamente a los más pobres de la sociedad, olvidándose por primera vez de sí mismo, Francisco encuentra la respuesta a aquel malestar que habitaba su corazón: la amargura de una vida llena de muchas cosas pero aún vacía de su valor esencial. Aquel encuentro provoca en él un terremoto interior: lo que antes le parecía amargo se ha convertido en dulce.

Este es el corazón de la conversión: no ante todo un acto de la voluntad, sino una transformación interior, un misterioso cambio de la sensibilidad. Este cambio no elimina nuestra participación; la hace más verdadera, más libre, más gozosa. El esfuerzo no desaparece, pero cambia de signo. La conversión ya no es el intento de enderezar la vida con las propias fuerzas, sino la respuesta a una gracia que ha redefinido los parámetros de nuestro modo de percibir, juzgar y desear.

Pensemos, en cambio, en lo que ocurre cuando falta este paso. Si estuviéramos obligados cada día a comer alimentos cuyo sabor nunca hemos apreciado, podríamos hacerlo por disciplina, por un cierto tiempo, pero sin alegría y con creciente fatiga. Si alguien cultivara una pasión sin haber experimentado nunca su placer y su resonancia interior, pronto la viviría como un peso. Si alguien construyera una vida con otra persona sin haber probado nunca un amor verdadero, esa relación correría el riesgo de convertirse en una forma de coacción. Y si un religioso vistiera hábitos, realizara gestos y pronunciara palabras en nombre de un Dios conocido solo de oídas, sin tener una experiencia personal real, acabaría viviendo un profundo malestar interior, que podría repercutir también en las personas a su cargo.

Son situaciones difíciles de sostener a largo plazo. Y algo similar ocurre cuando la conversión se plantea mal: cuando nos pedimos a nosotros mismos —o incluso a los demás— adherirnos a una moral sin haber probado antes la dulzura de la vida nueva en Cristo.

El “hacer penitencia” del que habla Francisco no es un programa de austeridad voluntarista, sino el comienzo de una lucha por defender y custodiar el tesoro de un nuevo sabor de las cosas, finalmente recuperado. Es nutrir con fidelidad la semilla de una vida nueva que Dios ha logrado plantar en la tierra de nuestro corazón.

2. La alteración del pecado

Para entender por qué la conversión debe ser tan radical —por qué no basta corregir algunos comportamientos, sino que se necesita un verdadero renovamiento de la sensibilidad— hay que sondear la profundidad del surco que el pecado ha excavado en nosotros.

Hablamos de esa odiosa distancia de nosotros mismos, esa fatiga para querer realmente el bien que reconocemos como tal, esa escisión entre lo que somos y lo que querríamos ser. San Pablo lo expresa con una honestidad desarmante en la Carta a los Romanos: «No entiendo ni siquiera mis propias acciones: no hago lo que quiero, sino lo que detesto. Cuando hago lo que no quiero, reconozco que la ley es buena. Pero entonces ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí. Yo sé que en mí, es decir, en mi carne, no habita el bien: hay en mí el deseo del bien, pero no la capacidad de realizarlo» (Romanos 7,15-18).

Estas palabras no describen la condición de un pecador que no quiere cambiar, sino de quien desea el bien y, sin embargo, se encuentra realizando el mal que no quiere. Por eso la conversión requiere toda una vida: porque la herida del pecado no concierne solo a algunas elecciones equivocadas, sino que toca más profundamente el modo mismo en que estamos hechos.

Para comprender el origen de esta condición, debemos volver al principio. El relato de Génesis 3 no habla simplemente de una transgresión, sino que documenta una transformación profunda ocurrida en el hombre después del gesto de desobediencia. Antes incluso de que aparezca la reacción de Dios, el texto anota dos cosas importantes: el hombre se da cuenta de que está desnudo y experimenta el sentimiento del miedo, buscando esconderse de Dios.

«Entonces se abrieron los ojos de ambos y conocieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se hicieron cinturones» (Génesis 3,7).

«El Señor Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?”. Respondió: “Oí tu voz en el jardín: tuve miedo, porque estoy desnudo, y me escondí”» (Génesis 3,9-10).

El miedo y la vergüenza son los primeros frutos del pecado. No un castigo que llega desde fuera, sino un cambio que nace dentro del ser humano. Antes de la caída, el hombre y la mujer estaban desnudos y no sentían vergüenza. Después del pecado, este equilibrio se rompe. Nace una fractura: con Dios, con el otro e incluso consigo mismos. El hombre ya no se siente en paz, comienza a percibirse equivocado y a mirar al otro con sospecha. Por eso aparecen el miedo y la vergüenza.

No son emociones superficiales, sino el signo de un grave malestar: el hombre percibe dentro de sí una grieta entre lo que desea ser y lo que descubre que es.

He aquí lo que produce el pecado. No quita nada a Dios: nos altera a nosotros. Se confunden las categorías de nuestra sensibilidad: ya no reconocemos con claridad lo que es bueno, verdadero y bello. Y así perdemos también la justa medida de nosotros mismos, olvidando la grandeza a la que estamos llamados.

Vivimos en un tiempo en que la palabra “pecado” parece casi desaparecida de nuestro modo de pensar. En la conciencia común —y a veces también en la vida de la Iglesia— todo se explica como fragilidad, herida, límite, condicionamiento. Cuando aún se habla de pecado, a menudo se reduce a un pequeño error o a una debilidad.

En esta mirada hay algo verdadero. La tradición espiritual siempre ha reconocido que la fragilidad humana no se reduce a la mala voluntad y que el juicio debe ir acompañado de misericordia. El problema surge cuando esta perspectiva sustituye a la teológica en lugar de integrarla. Si todo pecado se convierte solo en un síntoma y toda culpa en una disfunción, corre el riesgo de desaparecer algo esencial: la grandeza de la libertad humana y de su responsabilidad.

Si toda elección es solo el resultado de nuestra historia, de nuestros traumas o de nuestros condicionamientos, entonces todo se vuelve explicable y, al final, también justificable. Pero si es así, la libertad es solo una ilusión y la responsabilidad moral pierde sentido. Y aquí aparece una paradoja: si ya no existe la posibilidad de un mal verdadero, tampoco podemos creer en la posibilidad de un bien verdadero. Si el pecado desaparece, también la santidad se convierte en un destino abstracto e incomprensible.

Por eso la fe cristiana toma en serio el pecado. No para acusar al hombre, sino para custodiar y afirmar su grandeza. Para reconocer que sus elecciones cuentan de verdad, que su libertad es real y que con ella puede construir o destruir: a sí mismo, a los demás, al mundo.

Significa también reconocer que dentro de nosotros hay una herida verdadera, que no se resuelve con algunos ajustes, sino que necesita una curación profunda.

La conversión es un itinerario exigente, porque tiene la tarea de sanar nuestra existencia haciéndonos recuperar la relación con Dios, nuestro Creador y Salvador. Es un don de la gracia, pero toma forma en la repetición concreta de gestos y elecciones que hemos comenzado a vivir en la libertad y en el amor. Su eficacia depende precisamente de la capacidad de custodiar en el tiempo estos gestos, incluso cuando se vuelven fatigosos o repetitivos. No es una fatiga estéril: es la fidelidad de quien ya ha entrevisto el sentido y el valor de lo que vive y, precisamente por eso, continúa practicándolo con libertad y con alegría.

Cuando san Francisco, después del encuentro con los leprosos, siente por primera vez dentro de sí algo verdadero y libre, su respuesta no es una rendición ni una renuncia: es un reconocimiento. Y cuando, en la pequeña iglesia de la Porciúncula, escucha el Evangelio y comprende que esa palabra lo llama por su nombre, reacciona con un grito de alegría: «¡Esto quiero, esto pido, esto ansío hacer con todo el corazón!» (Vida Primera de Tomás de Celano 22, FF 356).

Francisco comienza a hacer penitencia porque en el encuentro con Cristo recupera finalmente a sí mismo: la imagen del hombre nuevo «creado según Dios en justicia y verdadera santidad» (Efesios 4,24), esa imagen que el pecado había oscurecido y que la gracia estaba devolviendo a la luz.

3. La medida recuperada

En la historia de la Iglesia, Francisco de Asís es conocido por haber abrazado una pobreza radical, elegida como forma esencial de su vida evangélica. Sin embargo, si leemos con atención sus escritos, nos damos cuenta de que su amor por la pobreza nunca está disociado de una profunda estima por la humildad.

En la Regla no Bullada escribe: «Todos los hermanos se esfuercen por seguir la humildad y la pobreza de nuestro Señor Jesucristo» (Regla no Bullada, IX, FF 29). En una célebre alabanza, escribe: «Señora santa pobreza, el Señor te salve con tu hermana, la santa humildad», explicando cómo las dos virtudes actúan juntas para purificar al hombre: «La santa pobreza confunde la codicia y la avaricia y las preocupaciones del siglo presente. La santa humildad confunde la soberbia y a todos los hombres que están en el mundo» (Saludo a las Virtudes, FF 256.258).

Para Francisco, pobreza y humildad nunca son separables, porque brotan directamente del misterio de la Encarnación. En la Carta a toda la Orden, reflexionando sobre el misterio eucarístico, exclama: «¡Oh humildad sublime! ¡Oh sublimidad humilde, que el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, se humilló tanto hasta esconderse, por nuestra salvación, bajo la poca apariencia de pan!» (FF 221). Y, después de la experiencia de las Llagas en el monte de la Verna, se dirige a Dios diciendo: «Tú eres humildad» (Alabanzas de Dios Altísimo, FF 261).

El Cristo pobre y humilde no es para Francisco una imagen devocional entre otras, sino el nombre más preciso de aquel Dios revelado en la Encarnación y en la Pascua de su Verbo eterno. En la pobreza y en la humildad reconoce los mismos rasgos de Dios, que el hombre está llamado a vivir porque fue creado a su imagen y semejanza.

Si la pobreza, en la forma radical vivida por Francisco, concierne solo a quienes se sienten llamados a una vocación semejante, la humildad es un camino que todo bautizado está llamado a recorrer si quiere acoger plenamente la gracia de la vida en Cristo.

Vale la pena, entonces, redescubrir el sentido auténtico de una palabra a menudo malentendida, partiendo de su etimología. El latín *humilitas* está emparentado con *humus*, la tierra. El humilde es aquel que viene de la tierra, que pertenece a la tierra, que no olvida que es tierra.

El gesto de las cenizas con el que se entra en Cuaresma —«acuérdate que eres polvo y en polvo volverás»— no es una invitación a la tristeza ni al desprecio de sí mismo: es una restitución a la verdad. Es el modo en que la Iglesia nos devuelve a nuestra medida más auténtica, liberándonos del peso asfixiante de lo que no somos.

Sin embargo, la humildad ha sido a menudo malentendida. En el mundo clásico, este concepto tenía casi siempre una connotación negativa: indicaba lo insignificante, miserable, servil. Algunos filósofos (Spinoza y Nietzsche) heredaron luego esta desconfianza, leyendo en la humildad o una pasión triste nacida de la contemplación de la propia impotencia, o la virtud de los cobardes que elevan a valor lo que es solo debilidad.

También dentro de la historia espiritual cristiana la humildad ha conocido sus deformaciones: reducida a ejercicio de desprecio de sí, a mortificación con fin en sí misma, a veces incluso a máscara de hipocresía. Por eso se ha convertido en una palabra difícil de pronunciar y aún más difícil de encarnar.

Pero la humildad cristiana no tiene nada que ver con estas falsificaciones. La tradición lo ha aclarado con lucidez: la humildad no es simplemente una virtud que se conquista con la voluntad. Es más bien un modo de habitar el mundo y las relaciones; es el fruto de una experiencia —a menudo marcada por las mismas humillaciones— que reduce la imagen inflada que tenemos de nosotros y nos devuelve a la verdad. Es un don del Espíritu antes que un ejercicio ascético.

Jesús lo sabía tan bien que hizo de la humildad la única cualidad que, en todo el Evangelio, pidió explícitamente imitar. No dice: aprended de mí a hacer milagros o a resucitar muertos. Dice solo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mateo 11,29). En esa palabra resumió todo su modo de estar en el mundo.

Los Padres sacaron de ello una conclusión radical: vivir la humildad no significa añadir algo a una vida cristiana normal, sino comprenderla hasta el fondo a la luz del Evangelio. El humilde es, simplemente, el cristiano.

San Agustín, invitando a Dioscoro a abrazar la fe cristiana, escribe: «El camino de la verdad es el siguiente: la primera la humildad, la segunda la humildad, la tercera la humildad; y cada vez que volvieras a interrogarme, te respondería siempre así» (Epístola 118,3.22).

La humildad no empobrece al hombre: lo restituye a sí mismo. No lo empequeñece: lo entrega a su verdadera grandeza. Por eso está tan estrechamente ligada a la conversión.

El pecado original nace precisamente de un rechazo de la humildad: de no querer aceptarse como seres humanos, finitos y dependientes de Dios. La conversión, entonces, no puede sino comprenderse también como un retorno a la humildad. No un rebajarse por debajo de la propia realidad, sino un reingresar en ella. Un descender de la falsa estima de sí a la propia verdad para descubrir que esa verdad, en el fondo, está desde el principio bendecida.

4. Hacerse más pequeños

Si volvemos al encuentro de Francisco con los leprosos, podemos captar un aspecto aún más sorprendente de su intuición evangélica. Francisco era un hombre sediento de plenitud: buscaba gloria, perseguía sueños, deseaba vivir intensamente. Toda su vida había intentado hacerse “más grande”: mercader exitoso, caballero, hombre de prestigio. Pero esas aspiraciones no le habían devuelto lo que buscaba.

Cuando, en cambio, se encuentra frente a alguien “más pequeño” que él, ocurre lo inesperado: emerge su verdadera grandeza. No a través de la conquista, sino a través del abrazo. No subiendo, sino inclinándose.

Francisco comprende entonces algo sorprendente: en el mundo creado por Dios, el lugar privilegiado es el de los pequeños. Precisamente en ellos se manifiesta aquel “poder” del que habla el Evangelio, el de convertirse en hijos de Dios. Un hijo, en efecto, está absolutamente en paz con el hecho de tener que depender de un Padre. Por eso no tiene miedo de ser él mismo ni siente vergüenza al pedir.

De esta libertad nace una fuerza particular: la capacidad de suscitar el bien en los demás. Los pequeños, con su fragilidad, despiertan la misericordia, que es quizás la energía más preciosa del mundo.

Por eso el Pobrecillo de Asís pide a sus compañeros que se llamen «hermanos menores». No para parecer más humildes, sino para vivir realmente como pequeños: hombres que no ocupan todo el espacio, sino que lo abren a los demás.

Ser pequeños, para Francisco, es el modo concreto de encarnar el Evangelio: apertura radical y hospitalidad al otro.

Para enseñar a sus frailes el valor de esta posición de segundo plano, Francisco los exhorta a ir a mendigar cuando el trabajo no basta para garantizar lo necesario. «Y cuando sea necesario, vayan por la limosna. […] Y los frailes que trabajan para adquirirla tendrán gran recompensa y la hacen ganar y adquirir a aquellos que la dan; porque todas las cosas que los hombres dejarán en el mundo perecerán, pero de la caridad y de las limosnas que han hecho recibirán el premio del Señor» (Regla no Bullada, IX, FF 31).

Ir a pedir limosna no era para Francisco una estrategia legítima —quizás incluso astuta— para obtener comida y otros bienes materiales. Era un modo de activar en los demás la misericordia y la generosidad: para hacer vivir a otros la misma experiencia que él había experimentado en el encuentro con los leprosos.

Jesús, en el Evangelio, insistió mucho en la pequeñez como cifra del misterio del Reino y como condición para acceder a él. Comparó la lógica del Evangelio a una semilla: pequeña, pero capaz de convertirse en un árbol que alberga a los pájaros entre sus ramas. Explicó a los discípulos —siempre tentados por sueños de grandeza— que solo quien se hace pequeño como un niño puede entrar en el reino de los cielos. Más aún: que quien quiere ser grande debe hacerse pequeño y hacerse siervo de todos.

¿No es este, en el fondo, el gran secreto de la Encarnación? ¿Por qué Dios, queriendo asumir nuestra humanidad, lo hizo haciéndose no solo hombre, sino niño, naciendo en el seno de la Virgen María? No solo para suscitar estupor y maravilla, sino para despertar lo mejor de nuestra humanidad.

Es delante de alguien que no suscita ni temor ni competencia que dejamos de tener miedo y vergüenza, y volvemos a donar lo que somos.

Hacerse pequeños, por tanto, no es una renuncia ni una disminución: es una dimensión esencial del ser cristianos.

Ciertamente, no toda forma de pequeñez es auténtica. A veces lo que llamamos humildad no es más que el modo —sutil y engañoso— con que alimentamos nuestras inseguridades, autorizamos a nuestros límites a dominarnos o nos sustraemos a la fatiga de la vida y de las relaciones. Es una falsificación que asume muchas máscaras.

Pero cuando elegimos hacernos —no quedarnos— pequeños porque hemos reconocido la pequeñez de Dios y nos hemos sentido acogidos y amados por Él, entonces esta elección no es una forma de regresión o de renuncia: es el rostro del hombre nuevo que el Bautismo nos restituye.

5. La conversión continua

Si la conversión es un cambio de la sensibilidad que sana el desequilibrio producido por el pecado y nos restituye a la justa medida de nuestra humanidad —esa pequeñez que nos hace partícipes de la naturaleza de Dios—, queda aún un último paso, quizás el más exigente: reconocer que la conversión nunca se concluye.

A menudo imaginamos la conversión como un paso neto: primero el pecado, luego la decisión de cambiar, finalmente el camino hacia la santidad. Es un esquema tranquilizador, pero la vida en el Espíritu es más compleja y más paciente de lo que pensamos.

Pecado, conversión y gracia no son etapas sucesivas: en la vida concreta están entrelazados. Seguimos siendo pecadores, estamos siempre en conversión y precisamente así somos santificados por el Espíritu.

Convertirse significa recomenzar continuamente este movimiento del corazón, a través del cual nuestra pobreza se abre a la gracia de Dios.

Este discurso, en el fondo, nos es familiar: cada Cuaresma nos recuerda la responsabilidad de verificar la vitalidad de nuestro bautismo. Sin embargo, cuando la conversión toma el rostro concreto de la pequeñez, algo en nosotros resiste. Aceptamos cambiar, pero nos cuesta dejarnos redimensionar. Preferimos fortalecernos antes que empequeñecer nuestra imagen y nuestras exigencias.

Así, el hombre viejo resurge, a veces en vicios evidentes, otras en formas más sutiles e incluso religiosas: la necesidad de reconocimiento, la búsqueda de un rol, la autorreferencialidad.

Por eso el combate es real: es la lucha por permanecer pequeños y humildes. Es ese trabajo interior incesante que nos libera de la imagen de nosotros mismos y nos hace capaces de ponernos realmente al servicio, de modo libre y concreto.

El apóstol Pablo conoce bien el combate por custodiar la pequeñez y la libertad de los hijos de Dios. En la Segunda Carta a los Corintios, acusado de debilidad mientras otros —los «superapóstoles»— se imponen con la fuerza, rechaza la vía de la jactancia. No porque le falten argumentos, sino porque ha comprendido algo decisivo: la debilidad no es una fase que superar, sino la forma misma de su vida en Cristo. Y escribe: «Me gloriaré, pues, muy gustosamente de mis debilidades, para que habite en mí la potencia de Cristo. […] Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Corintios 12,9-10).

No es solo un gesto personal de humildad: es una declaración teológica. La pequeñez no es una estrategia ni una actitud exterior, sino la forma de la vida bautismal. El cristiano elige presentarse desarmado porque sigue al Maestro, que se vació y transformó la cruz en fuente de vida.

A menudo pensamos que la pequeñez evangélica es posible solo cuando todo va bien. En realidad ocurre lo contrario: es precisamente en los conflictos y en las dificultades donde se vuelve más necesaria. Cuando el instinto empuja a defenderse o a imponerse, allí se ve si hemos aprendido realmente el Evangelio de la cruz.

La luz, en efecto, muestra su fuerza no cuando todo es claro, sino cuando reinan las tinieblas.

Sobre esta pequeñez se funda el misterio de comunión en la Iglesia, como el Santo Padre nos ha recordado en su última audiencia: «En esto consiste la santidad de la Iglesia: en el hecho de que Cristo la habita y continúa donándose a través de la pequeñez y fragilidad de sus miembros. Contemplando este perenne milagro que ocurre en ella, comprendemos el “método de Dios”: Él se hace visible a través de la debilidad de las criaturas, continuando manifestándose y actuando» (Papa León, Audiencia General, 4 de marzo de 2026).

En días que vuelven a estar marcados por el dolor y la violencia, hablar de pequeñez podría parecer un discurso abstracto, casi un lujo espiritual. En realidad es una responsabilidad concreta, ligada al destino del mundo.

La paz no nace solo de acuerdos políticos, ni de estrategias diplomáticas o militares, sino de hombres y mujeres que encuentran el valor de hacerse pequeños: capaces de dar un paso atrás, de renunciar a la violencia en todas sus formas, de no ceder a la tentación de la revancha y de la prevaricación, de elegir el diálogo incluso cuando las circunstancias parecen negarle la posibilidad.

Es un trabajo exigente y cotidiano. No podemos aplazarlo ni delegarlo a otros. Quien se reconoce hijo de Dios sabe que esta conversión del corazón le concierne personalmente.

Por eso podemos hacer nuestras las palabras que san Francisco, al final de su vida, marcado por las Llagas, no se cansaba de repetir a sus frailes:
«Comencemos, hermanos, a servir al Señor Dios nuestro, porque hasta ahora poco hemos progresado» (San Buenaventura, Leyenda Mayor XIV,1; FF 1237).

Oración final

Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concede a nosotros, miserables, hacer, por tu amor, lo que sabemos que tú quieres, y querer siempre lo que a ti te agrada, para que, purificados interiormente, iluminados interiormente y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu Hijo amado, el Señor nuestro Jesucristo, y con la ayuda de tu sola gracia llegar a ti, oh Altísimo, que en la Trinidad perfecta y en la Unidad simple vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente por todos los siglos de los siglos. Amén.

P. Roberto Pasolini, OFM Cap.

Predicador de la Casa Pontificia


Fotos: Vatican Media, 6-3-2026