* «Así es también la fe. Primero Cristo ocupa espacio dentro de nosotros, en silencio, en la oración, en las decisiones cotidianas. Y solo después puede aparecer exteriormente, en los gestos y en la forma en que nos relacionamos con los demás… Cristo no es una información que transmitir, sino un misterio que habita la humanidad y que pide ser reconocido para poder emerger en la vida. El Evangelio no se comunica como una simple noticia; se entrega como una vida que lentamente toma forma»
Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español por Pax TV, con la 3ª meditación de Cuaresma del P. Roberto Pasolini ante el Papa León XIV
* «No somos nosotros el centro del anuncio, sino el rostro de Dios que podemos, con sencillez, hacer transparente y accesible. El Evangelio no se anuncia para vencer, sino para encontrar. El otro no es un objetivo que alcanzar, sino un umbral ante el cual uno se detiene, esperando ser acogido. Evangelizar no significa acortar la distancia a cualquier precio, sino atravesarla sin cancelarla, custodiando la diferencia como el espacio donde Dios sigue actuando en el corazón de cada uno»
Camino Católico.- «Engendrar a Cristo no significa solamente hablar bien de Él o convencer a los demás con palabras eficaces, significa dejar que su presencia cambie ante todo nuestro modo de vivir, hasta hacerse visible también a los demás», ha reflexionado el padre Roberto Pasolini, predicador de la Casa Pontificia, ante el Papa León XIV y la Curia Romana, en su tercera predicación de Cuaresma, en el Aula Pablo VI, el viernes 20 de marzo de 2026, a las 9 de la mañana, ante el Papa León XIV y la Curia.
Implicarse personalmente con humildad, aceptando depender de la sensibilidad de los demás; preparar el terreno para el encuentro con Jesús; no ofrecer respuestas, sino suscitar preguntas; dejar espacio al diálogo, dispuestos a acoger el bien del otro en “un dinamismo de amor”. Es un camino articulado y lleno de matices, centrado en la evangelización a partir de la experiencia espiritual de San Francisco de Asís, el que el predicador de la Casa Pontificia, padre Roberto Pasolini, propone en su tercera meditación titulada: “La misión. Anunciar el Evangelio a toda criatura”. En el vídeo de Pax TV se visualiza y escucha toda la meditación, cuyo texto íntegro es el siguiente:
“Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva (2 Cor 5,17). La conversión al Evangelio según San Francisco”
3ª Meditación de Cuaresma al Papa León XIV y a la Curia
La misión. Anunciar el Evangelio a toda criatura
P. Roberto Pasolini, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia
Aula Pablo VI
Viernes, 20 de marzo de 2025
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Oremos. Señor Dios nuestro, que hiciste de la Virgen María el modelo de quien acoge tu palabra y la pone en práctica abre nuestro corazón a la bienaventuranza del escucha, y con la fuerza de tu espíritu, haz que también nosotros nos convirtamos en un lugar santo, donde hoy se cumpla tu palabra de salvación. Por Cristo nuestro Señor.
Santo Padre, hermanos y hermanas, a todos, el Señor les dé la paz.
En las primeras dos meditaciones de esta cuaresma hemos recorrido algunas etapas importantes de la experiencia espiritual de San Francisco de Asís. La primera nos ha recordado el corazón de su conversión, la transformación de nuestra sensibilidad. La segunda nos ha mostrado cómo esta conversión no permaneció como un hecho aislado.
El Señor le dio a Francisco hermanos y la fraternidad se convirtió en el lugar concreto en el que el Evangelio tomó carne en el pobrecillo de Asís. En esta tercera meditación queremos dar un paso más. Conversión y fraternidad todavía no son el punto de llegada, porque el cumplimiento de la vida cristiana también sucede en la misión, en ir hacia los demás.
Aquello que Francisco había recibido de Dios, una sensibilidad renovada, la alegría y el testimonio de los hermanos, no podía ser retenido, sino que debía alcanzar y tocar la vida de los demás. Por lo tanto, haremos un pequeño camino sobre el tema de la misión en cinco puntos. En primer lugar, el primado del testimonio de vida sobre la palabra que decimos.
Luego, el estilo de la misión, que es el de dejarse acoger antes incluso de dar algo a los demás. Después, la capacidad y el arte de esperar las preguntas antes de anticipar nuestras eventuales respuestas. Luego miraremos también la fecundidad del encuentro con el otro, repensando el viaje de Francisco a Egipto cuando se encuentra con el sultán.
Y finalmente, la paradoja evangélica que Francisco incluso llama con una palabra fuerte, la sumisión a los demás como forma de la vida cristiana. Pero partamos del primer punto, generar a Cristo con nuestra vida más que con nuestras palabras.
1. Llevar a Cristo
Las fuentes nos cuentan que la primitiva fraternidad franciscana, estando juntos en oración, muy pronto siente nacer el deseo de compartir con los demás la vida del Evangelio.
Le sucede lo que le ocurrió a la primera comunidad cristiana, según aquellas palabras memorables que son el prólogo de la primera carta de Juan. “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y que nuestras manos tocaron, es decir, el verbo de la vida, eso también lo anunciamos a ustedes, para que también ustedes estén en comunión con nosotros”. Es decir, primero está la comunión con el Señor y luego está el anuncio.
No se puede hablar verdaderamente de aquello que aún no ha echado raíces profundas en nosotros. Sin embargo, San Francisco conoce la tentación sutil de decir palabras formalmente correctas sin dejarse primero transformar por ellas. Es decir, transmitir a los demás algo que todavía no se ha convertido en vida en nosotros.
En una admonición a los frailes, escribe: “Es una gran vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que los santos hayan realizado las obras y nosotros queramos recibir gloria y honor sólo con contarlas. Contar las hazañas de los santos sin dejarse cambiar por su modo de vivir corre el riesgo de ser una forma de admirarlos desde lejos. Hablamos de ellos, pero permanecemos a salvo de la gracia”.
Por eso Francisco exhorta a la paciencia. Primero hay que custodiar lo que hemos visto y oído, dejarlo madurar en la oración hasta que se convierta en vida y luego también en palabra hacia los demás.
En otra admonición escribe así: “Bienaventurado el siervo que acumula en el tesoro del cielo los bienes que el Señor le muestra y no desea manifestarlos a los hombres con miras a una recompensa, porque el mismo Altísimo manifestará sus obras a quien le plazca. Bienaventurado el siervo que guarda en su corazón los secretos del Señor”.
Con estas palabras Francisco pone en guardia contra una tentación muy sutil, usar las cosas de Dios para buscar aprobación y reconocimiento, incluso aquello que es verdadero, que es auténtico, si se manifiesta demasiado pronto corre el riesgo de perder su verdad. Por eso Francisco invita a custodiar lo que se ha recibido, dejándolo madurar en el corazón.
La regla no bulada radicaliza esta intuición. Francisco escribe: “Todos los frailes prediquen con las obras. El espíritu de la carne, en efecto, quiere y se preocupa mucho de poseer palabras, pero poco de ponerlas en práctica”.
Hay un episodio, probablemente posterior, una reelaboración de muchas palabras escritas en las fuentes oficiales, pero coherente con el espíritu de Francisco, que expresa de manera clara esta pedagogía de Francisco. Se cuenta que un día el santo pidió al hermano Junípero que lo acompañara a la ciudad para predicar. Los dos recorrieron las calles en silencio, se detuvieron junto a los enfermos, sonrieron a los niños, ayudaron a alguien que estaba en necesidad, ni una palabra.
Al regresar, Junípero preguntó al santo: ‘¿Padre mío, y la predicación?’. Y Francisco respondió: “la hemos hecho, hermano mío, la hemos hecho”. Confiar más en el testimonio que en las palabras no es para Francisco una estrategia, es la consecuencia de una convicción teológica profunda que es necesario sacar a la luz. Cristo no es una información que transmitir, sino un misterio que habita la humanidad de cada uno y que pide ser reconocido para poder emerger en la vida.
Es decir, el Evangelio no se comunica como las demás noticias, sino que se dona como una vida que poco a poco toma forma. En una carta que Francisco escribe a todos los fieles, sin excluir a nadie, el santo ofrece una visión sorprendente de todo esto, porque habla del creyente, del bautizado, en relación con Cristo, haciendo referencia a una triple relación, diciendo que cada fiel puede ser esposo, hermano y madre del Señor Jesús, y la categoría más audaz es quizá precisamente la última, la de la maternidad. Escribe así: “somos esposos cuando en el Espíritu Santo, el alma fiel, se une a Jesucristo.
Somos sus hermanos cuando hacemos la voluntad de su Padre que está en los cielos. Somos madres cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo a través del amor y de la conciencia pura y sincera, y lo engendramos mediante el obrar santo que debe resplandecer como ejemplo para los demás”.
Engendrar a Cristo, parece decir Francisco, no significa solamente hablar bien de Él o convencer a los demás con palabras eficaces, significa dejar que su presencia cambie ante todo nuestro modo de vivir, hasta hacerse visible también a los demás. Es la experiencia que vive una madre que lleva al Hijo dentro de sí. Le da tiempo para crecer y luego lo da a luz.
Así es también la fe. Primero Cristo ocupa espacio dentro de nosotros, en silencio, en la oración, en las decisiones cotidianas. Y solo después puede aparecer exteriormente, en los gestos y en la forma en que nos relacionamos con los demás. Así también para la fe. De hecho, cuando el misterio de Cristo se cumple en nosotros, algo quizá puede moverse también en nosotros, no porque hayamos dicho las palabras correctas, sino porque en nosotros se ha manifestado una vida nueva, distinta.
El Evangelio da fruto de este modo, no ante todo a través de lo que decimos, sino a través de lo que nuestra humanidad logra expresar mediante la acción silenciosa del Espíritu Santo.
2. Dejarse acoger
Sin embargo, hay otra exigencia que Francisco declara, que es la de dejarse acoger por los demás. Un día reunió a sus hermanos, les habló extensamente sobre el Reino de Dios y luego los envió al mundo de dos en dos, como había hecho Jesús. Y los envía por los caminos del mundo diciéndoles: ‘vayan por las diversas partes del mundo y anuncien a los hombres la paz, la penitencia para la remisión de los pecados, sean pacientes, seguro de que el Señor mantendrá sus promesas, respondan con humildad a quien les interroga, bendigan a quien los persigue, agradezcan a quien los injuria y los calumnia, porque a cambio se les da el Reino de Dios”.
Francisco está simplemente repitiendo las palabras del Evangelio, que conocen muy bien. Aquellas indicaciones que Jesús había dado a los discípulos, recomendándoles un estilo esencial en la misión, es decir, partir sin seguridades, sin bolsa ni alforja, entrar en las casas deseando la paz, detenerse comiendo y bebiendo de lo que los demás ponen a disposición. Y añade también un detalle, en el Evangelio, los discípulos son enviados a todos los lugares donde Él debía ir. Esto caracteriza de manera fuerte nuestra idea de misión. Los discípulos están llamados a partir sin seguridades, a preparar un encuentro. Aquello que Jesús quiere realizar con los demás, por lo tanto, no todo depende de ellos, lo que ellos no hacen lo hará el Señor. En otras palabras, no somos nosotros el centro del anuncio, sino el rostro de Dios que podemos, con sencillez, hacer transparente y accesible.
Estas indicaciones de Jesús conservan una lógica que invierte algunas de nuestras costumbres, los discípulos son enviados sin seguridades, como corderos en medio de lobos, con la única tarea de llevar la paz y de aceptar lo que se les ofrece. Solo después, y podríamos decir dentro de esta lógica de acoger-recibir, pueden decir, está cerca de ustedes el Reino de Dios. El camino es claro, primero dejarse acoger, luego anunciar, por tanto, no se trata de llevar algo desde fuera como para llenar un vacío, sino de reconocer el bien del otro que ya está presente y darle un nombre.
Quien se deje acoger realiza un gesto débil en apariencia, que parece renunciar a la iniciativa, pero en realidad revela un rasgo profundo de la verdad del Evangelio. Dejarse acoger y recibir a los demás significa reconocer que el otro no es solo un destinatario de nuestros mensajes, sino también alguien de quien nosotros podemos recibir algo. Por tanto, significa tomar en serio su humanidad, su capacidad de bien, su disponibilidad, y de este modo se crea un espacio nuevo en el que el Evangelio ya no es algo impuesto desde fuera, sino el reconocimiento de una gracia que ya está presente y en acción.
Naturalmente, para que esto suceda es necesaria una pobreza real, por eso las indicaciones de Jesús en el Evangelio siempre nos parecen desconcertantes. Hay que presentarse ante los demás sin tener toda la verdad en el bolsillo y sin poder controlarlo todo, aceptar depender también de la bondad y de la sensibilidad de los demás, y descubrir que el Reino de Dios ya está presente, de modo oculto, también en la vida de quien aún no lo conoce Creo que este estilo pobre y desarmado puede interpelar nuestro modo de entender la evangelización.
A lo largo de los siglos hemos corrido el riesgo a veces de vivirla como un movimiento de sentido único, ir hacia los demás con una actitud didáctica, a veces incluso juzgadora, listos para integrar lo que falta y reconducir a los demás dentro de nuestras categorías. La palabra del Evangelio y el testimonio de Francisco parecen indicar un camino más simple, pero también más exigente, dejarse acoger, reconocer lo que en el otro ya está cercano a Dios y ofrecerle la posibilidad de emerger.
Evangelizar, en esta perspectiva, significa decir a los demás -incluso sin palabras- que es bueno que existan, que su vida tiene valor a nuestros ojos. No para confirmarlos simplemente en lo que son, sino para acompañarlos a reconocer, poco a poco, la verdad y la belleza que llevan dentro, sin apresurarse a llevarlos a nuestras propias ideas
El Reino de Dios no crece mediante un proselitismo a veces demasiado forzado, sino cuando nuestro modo de relacionarnos permite a quien encontramos salir a la luz y expresar lo mejor de sí y así abrirse a la revelación de Dios.
El Papa Francisco en Evangelium Gaudium lo había dicho con estas palabras: “todos tienen el derecho de recibir el Evangelio, los cristianos tienen el deber de anunciarlo, sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción”.
Crecer por atracción es lo que sucede cuando nuestra presencia, pero también nuestra alegría al anunciar el Evangelio, no sofoca al otro, sino que despierta su libertad.
3. Escuchar las preguntas
Otra capacidad que Francisco, con su testimonio, señala es la de saber esperar las preguntas y no anticipar demasiado las respuestas. El respeto y la estima con que Francisco se acerca a los demás hacen posible un verdadero diálogo, porque Francisco parece convencido de que es necesario saber, ante todo, escuchar antes que hablar.
Por tanto, evangelizar para él no significa dar inmediatamente las respuestas, sino esperar a que en el corazón del otro emerja el deseo de Dios. Las fuentes franciscanas conservan un episodio que, con gran sencillez, narra este modo de anuncio. Se dice que había un eremitorio cerca de Borgo, San Sepolcro, donde vivían algunos frailes.
En los bosques cercanos había unos bandidos que cada día salían a los caminos y robaban a las personas, incluso golpeándolas. A veces venían al eremitorio de los frailes a pedir pan, pero los frailes habían dejado de dárselo porque eran demasiado agresivos. Un día Francisco pasa por este eremitorio, escucha esta historia y dice a los frailes que hagan algo profundamente inusual:
“Vayan, consigan buen pan y buen vino, llévenlos a los bandidos en los bosques donde saben que se encuentran, y llámenlos gritando. Hermanos bandidos, vengan a nosotros. Somos los frailes y les traemos buen pan y buen vino. Ellos vendrán enseguida a ustedes. Entonces ustedes extenderán en el suelo un mantel, pondrán sobre él el pan y el vino, y los servirán con humildad y alegría hasta que hayan comido. Después de la comida, anuncienles las palabras del Señor, y al final háganles esta primera petición por amor de Dios: que les prometan no golpear a nadie y no hacer daño a nadie en su persona, porque si piden todas las cosas de una sola vez, no les escucharán. En cambio, vencidos por la humildad y la caridad que ustedes les demostrarán, se lo prometerán”.
Los frailes obedecieron a Francisco. Los bandidos vinieron, comieron, escucharon, y al final algunos de ellos incluso entraron en la orden. Cambiando de vida decidieron al menos no hacer más violencia a nadie. Ahora bien, este episodio, un poco folclórico, cuenta sin embargo algo muy verdadero y muy concreto. No se puede pedir a alguien que cambie de vida antes de haberle hecho experimentar acogida, respeto, confianza.
Si se anticipan demasiado las exigencias, incluso las moralmente correctas, nuestras invitaciones no llegan al corazón del otro. Primero hay que crear el espacio para que puedan generar el deseo y las preguntas sobre un cambio de vida. Solo entonces lo que decimos podrá quizá ser realmente escuchado.
Por lo demás, ¿no es este el estilo que tenía Jesús? Cuando se encuentra con Zaqueo, no le pide nada. Le dice, hoy debo quedarme en tu casa. Es a partir de este encuentro y de esta acogida que Zaqueo decide luego cambiar su vida.
Los Hechos de los Apóstoles narran una escena que ilumina aún más este modo. Recordaremos quizá todos el episodio de Felipe en el capítulo octavo que encuentra al eunuco. Está en un camino desierto y hay este funcionario etíope que está leyendo en un carro al profeta Isaías sin comprenderlo. Felipe se acerca pero no le explica inmediatamente el texto. Le hace una pregunta: ‘¿entiendes lo que estás leyendo?’ En ese momento es el otro quien se expone. ‘¿Y cómo podría entender si nadie me guía?’ Aquí la tentación de decir enseguida ‘Jesús’ habría sido muy grande y sin embargo Felipe hace otra pregunta aún más profunda a partir del texto.
‘¿De quién habla el profeta?’ Esta es la pregunta que Felipe logra suscitar. He aquí que sólo después de que las preguntas han surgido, Felipe toma la decisión de decir al eunuco: ‘Jesús y el misterio de su pascua’. En ese punto es el mismo eunuco quien pregunta: ‘¿qué me impide ser bautizado?’ Toda una serie de preguntas que han sido escuchadas con respeto y atención.
En este relato lo que llama la atención es que el anuncio, la evangelización, ocupa muy poco espacio al final de la narración. Todo lo demás, el camino juntos, la escucha, las preguntas, es lo que prepara la acción de evangelizar. El modo en que se lleva a hablar de Cristo es tan decisivo como las palabras que luego decimos.
Evangelizar no significa llenar el silencio con respuestas, sino acompañar a las personas hasta que puedan expresar su necesidad de salvación. Sin embargo, hay una condición que el texto relata. Felipe desciende a las aguas bautismales junto con el eunuco. Esto significa que no se puede acompañar en la fe a alguien sin implicarse personalmente. También quien ya está bautizado necesita volver continuamente a la fuente de su propia vida en Cristo para dejarse renovar y permanecer en un camino de conversión. Solo si estamos en contacto con nuestras debilidades y con nuestro bautismo, podemos tocar también la vida de los demás.
Los testigos del Señor resucitado no son personas que tienen todas las respuestas preparadas. Son hombres y mujeres que han aprendido a escuchar las preguntas, incluso las más difíciles, y saben convivir con sus propias luces y sombras, dejándose cada día enseñar por Cristo y convirtiéndose en sus discípulos. De este modo, con humildad, vuelven a comenzar a caminar junto a todos y a anunciar el Evangelio.
4. Encuentro con el Otro
Desde joven, Francisco tenía la naturaleza de una persona que sentía la necesidad de sacrificar su vida por algo grande. Las palabras del escritor J. D. Salinger en su novela ‘La historia del joven Holden’ parecen encajarle especialmente bien: “Lo que distingue a una persona inmadura es que quiere morir noblemente por una causa, mientras que lo que distingue a una persona madura es que quiere vivir humildemente por ella”. Cuando el pobre de Asís se encuentra con el Señor Jesús, este deseo heroico no desaparece, sino que cambia de dirección: se convierte en el deseo de sacrificar su vida por el Evangelio. Este deseo lo llevó a embarcarse en la Quinta Cruzada en 1219, llegando a los campamentos cristianos ubicados en Damietta, una ciudad portuaria en Egipto en el delta del Nilo, justo durante el asedio de la ciudad, en el momento más intenso del enfrentamiento entre el ejército cruzado y el ejército del sultán.
Durante el armisticio, Francisco cruzó la línea del frente con un compañero y se presentó ante el sultán egipcio Al-Malik al-Kamil. Los guardias lo capturaron, lo torturaron y lo encadenaron, pero él no se rindió y pidió ser llevado ante su señor. Lo sucedido sorprendió a todos: lo que parecía el inicio del martirio se convirtió en un encuentro marcado por el respeto y la aceptación. Como relata Tomás de Celano, el sultán reconoció a Francisco como un hombre de Dios, lo escuchó atentamente y, en su despedida, lo hizo escoltar sano y salvo al campamento cristiano, incluso pidiéndole que rezara por él para que el Señor le mostrara el camino más adecuado (cf. 1Celano 57; FF 422-423). El testimonio de otro cronista, Jaime de Vitry, también confirma que Francisco fue reconocido como un «hombre de Dios» y que inspiraba respeto incluso entre quienes eran considerados enemigos (cf. FF 2226-2228).
¿Cómo interpretar este episodio? A primera vista, parece que no sucedió gran cosa: el sultán no se convirtió y Francisco no encontró el martirio que buscaba. Sin embargo, algo importante ocurrió precisamente en este encuentro. Francisco no llegó con el discurso que debía pronunciar, sino con la forma en que se presentó: sencillo, pobre, indefenso. No intentó imponer sus ideas, sino que se mostró tal como era.
Y esta actitud lo cambia todo. Al sultán no le impresionan las palabras concretas, sino lo que ve: un hombre que vive de acuerdo con sus creencias. En Francisco, reconoce a un hombre en quien se manifiestan la pobreza y la humildad de Cristo. El sultán no se sintió atacado ni cuestionado, sino bienvenido por su inesperado invitado. Por lo tanto, en respuesta, se mostró abierto: escuchó, respetó e incluso se mostró generoso.
En ese momento, no se produce una conversión en el sentido que siempre esperamos, sino que nace algo igualmente real: un encuentro genuino entre dos hombres, distintos en fe e historia, capaces de estar frente a frente sin temor. Es esta forma de encuentro la que deja huella en la historia y, con el tiempo, se convierte también en un estilo que propicia la relación y el diálogo entre distintas religiones, sin que una tenga que imponerse sobre la otra. Francisco no renuncia a su propia fe, sino que se acerca al otro de tal manera que le permite expresar lo mejor de su humanidad. En este encuentro, no hay quien domine al otro, sino dos hombres que reconocen la dignidad mutua.
El verdadero «milagro» que ocurrió en Damietta no fue la conversión del sultán, sino que, en medio de la guerra, dos hombres encontraron la manera de encontrarse y despedirse en paz. Ambos permanecieron fieles a su fe, y por eso este encuentro fue real. En este intercambio sucede algo que no puede medirse en términos de éxito o fracaso. Francisco regresa sin resultados aparentes, pero con una comprensión más profunda: El Evangelio no se anuncia para vencer, sino para encontrar. El otro no es un objetivo que alcanzar, sino un umbral ante el cual uno se detiene, esperando ser acogido. Evangelizar no significa acortar la distancia a cualquier precio, sino atravesarla sin cancelarla, custodiando la diferencia como el espacio donde Dios sigue actuando en el corazón de cada uno.
5. Someterse con humildad
El viaje a Egipto dejó una huella profunda, silenciosa y duradera en Francisco. No habla de ello en sus escritos —como tampoco menciona los estigmas—, y sin embargo, este encuentro reaparece en los años siguientes en algunas de sus decisiones y en algunas de sus palabras.
El primer rastro se encuentra en una carta dirigida idealmente a todos los gobernantes del mundo, en la que les pide que proclamen públicamente la alabanza a Dios cada noche para que todo el pueblo pueda unirse (cf. Carta a los gobernantes de las naciones, 7; cf. FF 213). Es una propuesta inusual que muchos han vinculado a una tradición que vio y escuchó en Oriente: esa voz que llamaba a los fieles a la oración varias veces al día. Francisco no la copia, sino que reconoce en ella algo bueno, la acepta y la reelabora. Lo mismo ocurre en las Alabanzas del Dios Altísimo, donde la sucesión de los nombres de Dios lleva el eco de una oración que todavía está muy extendida en la tradición islámica actual (cf. Alabanzas del Altísimo; FF 261).
De estos detalles surge una característica muy significativa: en el encuentro con el otro no solo hay algo que dar, sino también algo que recibir. De esta conciencia brota una actitud de apertura radical hacia el otro, que Francisco sin duda integró en su comprensión del Evangelio. En la Regla no confirmada hay un breve capítulo que muestra a los hermanos cómo vivir cuando se encuentran entre personas de otra fe. Francisco escribe que deben estar «sujetos a toda criatura humana por amor a Dios» (Regola non Bollata XVI, 6; FF 43). Es una palabra fuerte que se vuelve aún más clara en el Testamento: «sujetos a todos». Antes de cada palabra, antes de cada proclamación, hay una manera de estar en relación con el otro: no ponerse por encima de él, sino someterse.
Parece la posición más débil, pero en realidad es la más fuerte. Es aquella que dentro de poco contemplaremos en las palabras y en los ritos de la Semana Santa, el Cordero de Dios. ¿Cómo ha vencido el pecado y la muerte? No con una posición de dominio y de fuerza, sino con la posición del siervo, humilde, que no levanta la voz.
Esta expresión puede malinterpretarse. Según el Evangelio y la interpretación de Francisco, la sumisión no significa la pérdida de la propia identidad, ni la resignación ante el otro por debilidad. Es una libre elección de respeto y diálogo. Significa reconocer que el otro no es un territorio que conquistar, sino una vida que encontrar, respetar y acoger. Quien acepta ponerse de esta manera permite que el otro se abra, se muestre tal como es. Esta forma de comportarse es un acto profundamente evangélico.
En esencia, es el mismo gesto con el que el Hijo de Dios se presentó y se ofreció al mundo. El himno de la Carta a los Filipenses dice que Cristo:
«Se despojó de sí mismo, tomando forma de siervo; y hallándose semejante a los hombres, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!» (Filipenses 2:7-8).
Dios no se impuso al hombre, sino que le abrió un espacio. No se guardó su grandeza para sí mismo: la compartió para que otros pudieran recibirla y vivir. Esta es la forma del amor.
Por lo tanto, proclamar a Cristo desde una posición de superioridad o control conlleva el riesgo de traicionar el Evangelio que deseamos proclamar. Nuestra autoridad no proviene de un rol, sino de una vida que se compromete a entrar en esta dinámica de amor. Esto es lo que Francisco quiso decir cuando llamó a sus hermanos «menores»: no les asignó un título, sino una forma concreta de estar en el mundo. Es precisamente esta pequeñez, esta humildad vivida, lo que hace fructífera la proclamación del Evangelio. Cuando no nos imponemos, sino que dejamos espacio, algo puede suceder: en los demás, pero también en nosotros mismos. Porque toda criatura, cuando es acogida y no forzada, puede dejar que aflore el bien que lleva dentro, ese bien en el que el misterio de Cristo ya está presente de forma oculta.
Dios omnipotente, eterno, justo y misericordioso, concédenos a nosotros, los pobres, que por amor a ti hagamos lo que quieras, y que siempre queramos lo que te agrada, para que, purificados interiormente, iluminados e inflamados por el fuego del Espíritu Santo, sigamos los pasos de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y con la ayuda de tu gracia lleguemos a ti, oh Altísimo, que en perfecta Trinidad y sencilla Unidad vives, reinas y eres glorificado, Dios Omnipotente, por los siglos de los siglos. Amén.
P. Roberto Pasolini, OFM Cap.
Predicador de la Casa Pontificia
Fotos: Vatican Media, 20-3-2026















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