* «La humildad no empobrece al hombre: lo restituye a sí mismo. No lo disminuye: lo restituye a su verdadera grandeza. Por eso está tan estrechamente ligada a la conversión. El pecado original surge precisamente del rechazo de la humildad: de la negativa a aceptarse como un ser humano finito, dependiente de Dios. La conversión, entonces, solo puede entenderse como un retorno a la humildad»
Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español por Pax TV, con la 1ª meditación de Cuaresma del P. Roberto Pasolini ante el Papa León XIV
* «Cuando elegimos hacernos pequeños —no permanecer pequeños— porque hemos reconocido la pequeñez de Dios y nos hemos sentido acogidos y amados por Él, esta elección no es una forma de regresión ni de renuncia: es el rostro del hombre nuevo, que el Bautismo nos restituye»
Camino Católico.- «Conversión significa iniciar continuamente este movimiento del corazón, mediante el cual nuestra pobreza se abre a la gracia de Dios», haciéndolo incluso con la reticencia a disminuir nuestra imagen, realizando un incesante trabajo interior que nos pone «a su servicio, libre y concretamente», ha reflexionado el padre Roberto Pasolini, predicador de la Casa Pontificia, ante el Papa León XIV y la Curia Romana, en su primera predicación de Cuaresma, en el Aula Pablo VI, el viernes 6 de marzo de 2026, a las 9 de la mañana. El fraile recuerda a san Pablo cuando comprende que «la debilidad no es una fase que hay que superar, sino la forma misma de su vida en Cristo», «la forma de la vida bautismal».
La primera de las meditaciones del padre Pasolini se ha centrado en el tema: "La conversión. Seguir al Señor Jesús por el camino de la humildad". Las reflexiones, que se celebrarán todos los viernes hasta el 27 de marzo, antes del inicio de la Semana Santa, tienen como hilo conductor: «Si alguno está en Cristo, es una nueva creación (2 Cor 5,17). La conversión al Evangelio según San Francisco».
«En días nuevamente marcados por el dolor y la violencia», afirma el fraile capuchino, «hablar de pequeñez podría parecer abstracto, casi un lujo espiritual. En realidad, es una responsabilidad concreta, ligada al destino del mundo».
“La paz nace no solo de acuerdos políticos, ni de estrategias diplomáticas o militares, sino de hombres y mujeres que encuentran el coraje de hacerse pequeños: capaces de dar un paso atrás, de renunciar a la violencia en todas sus formas, de no ceder a la tentación de la venganza y la opresión, de optar por el diálogo incluso cuando las circunstancias parecen negárselo”, asevera. En el vídeo de Pax TV se visualiza y escucha toda la meditación, cuyo texto íntegro es el siguiente:
“Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva (2 Cor 5,17). La conversión al Evangelio según San Francisco”
1ª Meditación de Cuaresma al Papa León XIV y a la Curia
La conversión. Seguir al Señor Jesús por el camino de la humildad
P. Roberto Pasolini, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia
Aula Pablo VI
Viernes, 6 de marzo de 2025
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Oremos. Señor Dios nuestro, que hiciste de la Virgen María el modelo de quien acoge tu palabra y la pone en práctica abre nuestro corazón a la bienaventuranza del escucha, y con la fuerza de tu espíritu, haz que también nosotros nos convirtamos en un lugar santo, donde hoy se cumpla tu palabra de salvación. Por Cristo nuestro Señor.
Santo Padre, hermanos y hermanas, a todos, el Señor les dé la paz.
Después de los Ejercicios Espirituales guiados por la figura de san Bernardo de Claraval, las meditaciones cuaresmales de este año no podían sino inspirarse en la experiencia cristiana de Francisco de Asís. Los dos santos no están lejos el uno del otro: Bernardo muere en 1153, Francisco nace en 1181, a menos de treinta años de distancia. Es como si el testigo de la sequela evangélica pasara de mano en mano a través de los siglos, sin apagarse nunca.
Este año se cumplen ochocientos años de la muerte de Francisco, y el Santo Padre ha querido que el aniversario esté marcado por un nuevo jubileo especial, invitando a toda la Iglesia a dejarse alcanzar nuevamente por la gracia de Dios a través del testimonio del Pobrecillo de Asís. Francisco no es solo un santo para recordar o admirar: es un hombre atravesado por el fuego del Evangelio, capaz de reavivar en cada uno la nostalgia de una vida nueva en el Espíritu.
Para recorrer su camino espiritual, la primera meditación se detiene en su conversión y se desarrolla en cinco pasos: el cambio de gusto que la gracia opera en la sensibilidad; la alteración producida por el pecado y la necesidad de una curación radical; la humildad como verdadera medida de la grandeza humana; la elección de hacerse más pequeños como forma propia de la vida bautismal; finalmente, el carácter continuo de la conversión, que no se cumple de una vez por todas, sino que siempre recomienza.
1. El cambio de gusto
¿Qué entendemos cuando hablamos de conversión? Es una pregunta que merece ser planteada con honestidad, porque las respuestas posibles son muchas y no todas igualmente fieles al Evangelio.
La catequesis tradicional la describe como un regreso a Dios después del alejamiento del pecado. La teología moral subraya su dimensión de cambio de conducta. La tradición ascética insiste en la necesidad de prácticas penitenciales que disciplinen el cuerpo y la voluntad. La Escritura, por su parte, utiliza un término que atraviesa y supera todas estas perspectivas: *metánoia*, cambio de la mente, del corazón, del modo profundo en que se percibe la realidad. No una simple corrección de rumbo, sino una transformación de la mirada. No solo una revisión de los comportamientos, sino una revolución de la sensibilidad.
¿Quién tiene razón? En cierta medida, todos. Pero hay un orden que respetar. Comprender dónde comienza realmente la conversión —cuál es su punto de origen— no es una cuestión teórica. Es el problema más concreto que existe. Si equivocamos el punto de partida, corremos el riesgo de construir sobre cimientos frágiles.
Sabemos que la conversión evangélica es ante todo iniciativa de Dios, a la cual el hombre está llamado a participar con toda su libertad. No es ni pura pasividad ni pura conquista. Es una respuesta: la respuesta más adecuada que un ser humano puede dar a la gracia que lo precede y lo llama.
La conversión ocurre en el punto más íntimo de nuestra naturaleza, allí donde la imagen de Dios impresa en nosotros espera ser despertada. Es como si algo, durante mucho tiempo silencioso, volviera de repente a vibrar.
Es aquí donde la experiencia de Francisco de Asís se revela preciosa. En su Testamento, dictado pocos meses antes de la muerte, escribe así: «El Señor me concedió a mí, hermano Francisco, comenzar a hacer penitencia de esta manera. Cuando estaba en los pecados, me parecía cosa demasiado amarga ver a los leprosos; y el Señor mismo me llevó entre ellos y usé misericordia con ellos. Y alejándome de ellos, lo que me parecía amargo se me cambió en dulzura de ánimo y de cuerpo» (Testamento, Fuentes Franciscanas 110).
Al recordar las etapas esenciales de su camino, Francisco afirma ante todo que la iniciativa es enteramente del Señor. Es Dios quien le ha dado comenzar a hacer penitencia, es decir, entrar en un camino de conversión. El “hacer penitencia” del que habla Francisco no debe entenderse como un ejercicio ascético con el que merecer la gracia de una nueva relación con Dios. Alude más bien a un cambio completo de sensibilidad: un nuevo modo de mirar a sí mismo, a los demás y a la realidad a la luz del Evangelio.
Este cambio comienza de modo muy concreto: cuando empieza a tener misericordia de los demás. Es el centro de su relato. En ese encuentro con los leprosos, el joven Francisco experimenta un definitivo vuelco de gusto: descubre una dulzura inesperada precisamente allí donde no la buscaba y donde ni siquiera esperaba encontrarla.
En el momento en que se entrega gratuitamente a los más pobres de la sociedad, olvidándose por primera vez de sí mismo, Francisco encuentra la respuesta a aquel malestar que habitaba su corazón: la amargura de una vida llena de muchas cosas pero aún vacía de su valor esencial. Aquel encuentro provoca en él un terremoto interior: lo que antes le parecía amargo se ha convertido en dulce.
Este es el corazón de la conversión: no ante todo un acto de la voluntad, sino una transformación interior, un misterioso cambio de la sensibilidad. Este cambio no elimina nuestra participación; la hace más verdadera, más libre, más gozosa. El esfuerzo no desaparece, pero cambia de signo. La conversión ya no es el intento de enderezar la vida con las propias fuerzas, sino la respuesta a una gracia que ha redefinido los parámetros de nuestro modo de percibir, juzgar y desear.
Pensemos, en cambio, en lo que ocurre cuando falta este paso. Si estuviéramos obligados cada día a comer alimentos cuyo sabor nunca hemos apreciado, podríamos hacerlo por disciplina, por un cierto tiempo, pero sin alegría y con creciente fatiga. Si alguien cultivara una pasión sin haber experimentado nunca su placer y su resonancia interior, pronto la viviría como un peso. Si alguien construyera una vida con otra persona sin haber probado nunca un amor verdadero, esa relación correría el riesgo de convertirse en una forma de coacción. Y si un religioso vistiera hábitos, realizara gestos y pronunciara palabras en nombre de un Dios conocido solo de oídas, sin tener una experiencia personal real, acabaría viviendo un profundo malestar interior, que podría repercutir también en las personas a su cargo.
Son situaciones difíciles de sostener a largo plazo. Y algo similar ocurre cuando la conversión se plantea mal: cuando nos pedimos a nosotros mismos —o incluso a los demás— adherirnos a una moral sin haber probado antes la dulzura de la vida nueva en Cristo.
El “hacer penitencia” del que habla Francisco no es un programa de austeridad voluntarista, sino el comienzo de una lucha por defender y custodiar el tesoro de un nuevo sabor de las cosas, finalmente recuperado. Es nutrir con fidelidad la semilla de una vida nueva que Dios ha logrado plantar en la tierra de nuestro corazón.
2. La alteración del pecado
Para entender por qué la conversión debe ser tan radical —por qué no basta corregir algunos comportamientos, sino que se necesita un verdadero renovamiento de la sensibilidad— hay que sondear la profundidad del surco que el pecado ha excavado en nosotros.
Hablamos de esa odiosa distancia de nosotros mismos, esa fatiga para querer realmente el bien que reconocemos como tal, esa escisión entre lo que somos y lo que querríamos ser. San Pablo lo expresa con una honestidad desarmante en la Carta a los Romanos: «No entiendo ni siquiera mis propias acciones: no hago lo que quiero, sino lo que detesto. Cuando hago lo que no quiero, reconozco que la ley es buena. Pero entonces ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí. Yo sé que en mí, es decir, en mi carne, no habita el bien: hay en mí el deseo del bien, pero no la capacidad de realizarlo» (Romanos 7,15-18).
Estas palabras no describen la condición de un pecador que no quiere cambiar, sino de quien desea el bien y, sin embargo, se encuentra realizando el mal que no quiere. Por eso la conversión requiere toda una vida: porque la herida del pecado no concierne solo a algunas elecciones equivocadas, sino que toca más profundamente el modo mismo en que estamos hechos.
Para comprender el origen de esta condición, debemos volver al principio. El relato de Génesis 3 no habla simplemente de una transgresión, sino que documenta una transformación profunda ocurrida en el hombre después del gesto de desobediencia. Antes incluso de que aparezca la reacción de Dios, el texto anota dos cosas importantes: el hombre se da cuenta de que está desnudo y experimenta el sentimiento del miedo, buscando esconderse de Dios.
«Entonces se abrieron los ojos de ambos y conocieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se hicieron cinturones» (Génesis 3,7).
«El Señor Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?”. Respondió: “Oí tu voz en el jardín: tuve miedo, porque estoy desnudo, y me escondí”» (Génesis 3,9-10).
El miedo y la vergüenza son los primeros frutos del pecado. No un castigo que llega desde fuera, sino un cambio que nace dentro del ser humano. Antes de la caída, el hombre y la mujer estaban desnudos y no sentían vergüenza. Después del pecado, este equilibrio se rompe. Nace una fractura: con Dios, con el otro e incluso consigo mismos. El hombre ya no se siente en paz, comienza a percibirse equivocado y a mirar al otro con sospecha. Por eso aparecen el miedo y la vergüenza.
No son emociones superficiales, sino el signo de un grave malestar: el hombre percibe dentro de sí una grieta entre lo que desea ser y lo que descubre que es.
He aquí lo que produce el pecado. No quita nada a Dios: nos altera a nosotros. Se confunden las categorías de nuestra sensibilidad: ya no reconocemos con claridad lo que es bueno, verdadero y bello. Y así perdemos también la justa medida de nosotros mismos, olvidando la grandeza a la que estamos llamados.
Vivimos en un tiempo en que la palabra “pecado” parece casi desaparecida de nuestro modo de pensar. En la conciencia común —y a veces también en la vida de la Iglesia— todo se explica como fragilidad, herida, límite, condicionamiento. Cuando aún se habla de pecado, a menudo se reduce a un pequeño error o a una debilidad.
En esta mirada hay algo verdadero. La tradición espiritual siempre ha reconocido que la fragilidad humana no se reduce a la mala voluntad y que el juicio debe ir acompañado de misericordia. El problema surge cuando esta perspectiva sustituye a la teológica en lugar de integrarla. Si todo pecado se convierte solo en un síntoma y toda culpa en una disfunción, corre el riesgo de desaparecer algo esencial: la grandeza de la libertad humana y de su responsabilidad.
Si toda elección es solo el resultado de nuestra historia, de nuestros traumas o de nuestros condicionamientos, entonces todo se vuelve explicable y, al final, también justificable. Pero si es así, la libertad es solo una ilusión y la responsabilidad moral pierde sentido. Y aquí aparece una paradoja: si ya no existe la posibilidad de un mal verdadero, tampoco podemos creer en la posibilidad de un bien verdadero. Si el pecado desaparece, también la santidad se convierte en un destino abstracto e incomprensible.
Por eso la fe cristiana toma en serio el pecado. No para acusar al hombre, sino para custodiar y afirmar su grandeza. Para reconocer que sus elecciones cuentan de verdad, que su libertad es real y que con ella puede construir o destruir: a sí mismo, a los demás, al mundo.
Significa también reconocer que dentro de nosotros hay una herida verdadera, que no se resuelve con algunos ajustes, sino que necesita una curación profunda.
La conversión es un itinerario exigente, porque tiene la tarea de sanar nuestra existencia haciéndonos recuperar la relación con Dios, nuestro Creador y Salvador. Es un don de la gracia, pero toma forma en la repetición concreta de gestos y elecciones que hemos comenzado a vivir en la libertad y en el amor. Su eficacia depende precisamente de la capacidad de custodiar en el tiempo estos gestos, incluso cuando se vuelven fatigosos o repetitivos. No es una fatiga estéril: es la fidelidad de quien ya ha entrevisto el sentido y el valor de lo que vive y, precisamente por eso, continúa practicándolo con libertad y con alegría.
Cuando san Francisco, después del encuentro con los leprosos, siente por primera vez dentro de sí algo verdadero y libre, su respuesta no es una rendición ni una renuncia: es un reconocimiento. Y cuando, en la pequeña iglesia de la Porciúncula, escucha el Evangelio y comprende que esa palabra lo llama por su nombre, reacciona con un grito de alegría: «¡Esto quiero, esto pido, esto ansío hacer con todo el corazón!» (Vida Primera de Tomás de Celano 22, FF 356).
Francisco comienza a hacer penitencia porque en el encuentro con Cristo recupera finalmente a sí mismo: la imagen del hombre nuevo «creado según Dios en justicia y verdadera santidad» (Efesios 4,24), esa imagen que el pecado había oscurecido y que la gracia estaba devolviendo a la luz.
3. La medida recuperada
En la historia de la Iglesia, Francisco de Asís es conocido por haber abrazado una pobreza radical, elegida como forma esencial de su vida evangélica. Sin embargo, si leemos con atención sus escritos, nos damos cuenta de que su amor por la pobreza nunca está disociado de una profunda estima por la humildad.
En la Regla no Bullada escribe: «Todos los hermanos se esfuercen por seguir la humildad y la pobreza de nuestro Señor Jesucristo» (Regla no Bullada, IX, FF 29). En una célebre alabanza, escribe: «Señora santa pobreza, el Señor te salve con tu hermana, la santa humildad», explicando cómo las dos virtudes actúan juntas para purificar al hombre: «La santa pobreza confunde la codicia y la avaricia y las preocupaciones del siglo presente. La santa humildad confunde la soberbia y a todos los hombres que están en el mundo» (Saludo a las Virtudes, FF 256.258).
Para Francisco, pobreza y humildad nunca son separables, porque brotan directamente del misterio de la Encarnación. En la Carta a toda la Orden, reflexionando sobre el misterio eucarístico, exclama: «¡Oh humildad sublime! ¡Oh sublimidad humilde, que el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, se humilló tanto hasta esconderse, por nuestra salvación, bajo la poca apariencia de pan!» (FF 221). Y, después de la experiencia de las Llagas en el monte de la Verna, se dirige a Dios diciendo: «Tú eres humildad» (Alabanzas de Dios Altísimo, FF 261).
El Cristo pobre y humilde no es para Francisco una imagen devocional entre otras, sino el nombre más preciso de aquel Dios revelado en la Encarnación y en la Pascua de su Verbo eterno. En la pobreza y en la humildad reconoce los mismos rasgos de Dios, que el hombre está llamado a vivir porque fue creado a su imagen y semejanza.
Si la pobreza, en la forma radical vivida por Francisco, concierne solo a quienes se sienten llamados a una vocación semejante, la humildad es un camino que todo bautizado está llamado a recorrer si quiere acoger plenamente la gracia de la vida en Cristo.
Vale la pena, entonces, redescubrir el sentido auténtico de una palabra a menudo malentendida, partiendo de su etimología. El latín *humilitas* está emparentado con *humus*, la tierra. El humilde es aquel que viene de la tierra, que pertenece a la tierra, que no olvida que es tierra.
El gesto de las cenizas con el que se entra en Cuaresma —«acuérdate que eres polvo y en polvo volverás»— no es una invitación a la tristeza ni al desprecio de sí mismo: es una restitución a la verdad. Es el modo en que la Iglesia nos devuelve a nuestra medida más auténtica, liberándonos del peso asfixiante de lo que no somos.
Sin embargo, la humildad ha sido a menudo malentendida. En el mundo clásico, este concepto tenía casi siempre una connotación negativa: indicaba lo insignificante, miserable, servil. Algunos filósofos (Spinoza y Nietzsche) heredaron luego esta desconfianza, leyendo en la humildad o una pasión triste nacida de la contemplación de la propia impotencia, o la virtud de los cobardes que elevan a valor lo que es solo debilidad.
También dentro de la historia espiritual cristiana la humildad ha conocido sus deformaciones: reducida a ejercicio de desprecio de sí, a mortificación con fin en sí misma, a veces incluso a máscara de hipocresía. Por eso se ha convertido en una palabra difícil de pronunciar y aún más difícil de encarnar.
Pero la humildad cristiana no tiene nada que ver con estas falsificaciones. La tradición lo ha aclarado con lucidez: la humildad no es simplemente una virtud que se conquista con la voluntad. Es más bien un modo de habitar el mundo y las relaciones; es el fruto de una experiencia —a menudo marcada por las mismas humillaciones— que reduce la imagen inflada que tenemos de nosotros y nos devuelve a la verdad. Es un don del Espíritu antes que un ejercicio ascético.
Jesús lo sabía tan bien que hizo de la humildad la única cualidad que, en todo el Evangelio, pidió explícitamente imitar. No dice: aprended de mí a hacer milagros o a resucitar muertos. Dice solo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mateo 11,29). En esa palabra resumió todo su modo de estar en el mundo.
Los Padres sacaron de ello una conclusión radical: vivir la humildad no significa añadir algo a una vida cristiana normal, sino comprenderla hasta el fondo a la luz del Evangelio. El humilde es, simplemente, el cristiano.
San Agustín, invitando a Dioscoro a abrazar la fe cristiana, escribe: «El camino de la verdad es el siguiente: la primera la humildad, la segunda la humildad, la tercera la humildad; y cada vez que volvieras a interrogarme, te respondería siempre así» (Epístola 118,3.22).
La humildad no empobrece al hombre: lo restituye a sí mismo. No lo empequeñece: lo entrega a su verdadera grandeza. Por eso está tan estrechamente ligada a la conversión.
El pecado original nace precisamente de un rechazo de la humildad: de no querer aceptarse como seres humanos, finitos y dependientes de Dios. La conversión, entonces, no puede sino comprenderse también como un retorno a la humildad. No un rebajarse por debajo de la propia realidad, sino un reingresar en ella. Un descender de la falsa estima de sí a la propia verdad para descubrir que esa verdad, en el fondo, está desde el principio bendecida.
4. Hacerse más pequeños
Si volvemos al encuentro de Francisco con los leprosos, podemos captar un aspecto aún más sorprendente de su intuición evangélica. Francisco era un hombre sediento de plenitud: buscaba gloria, perseguía sueños, deseaba vivir intensamente. Toda su vida había intentado hacerse “más grande”: mercader exitoso, caballero, hombre de prestigio. Pero esas aspiraciones no le habían devuelto lo que buscaba.
Cuando, en cambio, se encuentra frente a alguien “más pequeño” que él, ocurre lo inesperado: emerge su verdadera grandeza. No a través de la conquista, sino a través del abrazo. No subiendo, sino inclinándose.
Francisco comprende entonces algo sorprendente: en el mundo creado por Dios, el lugar privilegiado es el de los pequeños. Precisamente en ellos se manifiesta aquel “poder” del que habla el Evangelio, el de convertirse en hijos de Dios. Un hijo, en efecto, está absolutamente en paz con el hecho de tener que depender de un Padre. Por eso no tiene miedo de ser él mismo ni siente vergüenza al pedir.
De esta libertad nace una fuerza particular: la capacidad de suscitar el bien en los demás. Los pequeños, con su fragilidad, despiertan la misericordia, que es quizás la energía más preciosa del mundo.
Por eso el Pobrecillo de Asís pide a sus compañeros que se llamen «hermanos menores». No para parecer más humildes, sino para vivir realmente como pequeños: hombres que no ocupan todo el espacio, sino que lo abren a los demás.
Ser pequeños, para Francisco, es el modo concreto de encarnar el Evangelio: apertura radical y hospitalidad al otro.
Para enseñar a sus frailes el valor de esta posición de segundo plano, Francisco los exhorta a ir a mendigar cuando el trabajo no basta para garantizar lo necesario. «Y cuando sea necesario, vayan por la limosna. […] Y los frailes que trabajan para adquirirla tendrán gran recompensa y la hacen ganar y adquirir a aquellos que la dan; porque todas las cosas que los hombres dejarán en el mundo perecerán, pero de la caridad y de las limosnas que han hecho recibirán el premio del Señor» (Regla no Bullada, IX, FF 31).
Ir a pedir limosna no era para Francisco una estrategia legítima —quizás incluso astuta— para obtener comida y otros bienes materiales. Era un modo de activar en los demás la misericordia y la generosidad: para hacer vivir a otros la misma experiencia que él había experimentado en el encuentro con los leprosos.
Jesús, en el Evangelio, insistió mucho en la pequeñez como cifra del misterio del Reino y como condición para acceder a él. Comparó la lógica del Evangelio a una semilla: pequeña, pero capaz de convertirse en un árbol que alberga a los pájaros entre sus ramas. Explicó a los discípulos —siempre tentados por sueños de grandeza— que solo quien se hace pequeño como un niño puede entrar en el reino de los cielos. Más aún: que quien quiere ser grande debe hacerse pequeño y hacerse siervo de todos.
¿No es este, en el fondo, el gran secreto de la Encarnación? ¿Por qué Dios, queriendo asumir nuestra humanidad, lo hizo haciéndose no solo hombre, sino niño, naciendo en el seno de la Virgen María? No solo para suscitar estupor y maravilla, sino para despertar lo mejor de nuestra humanidad.
Es delante de alguien que no suscita ni temor ni competencia que dejamos de tener miedo y vergüenza, y volvemos a donar lo que somos.
Hacerse pequeños, por tanto, no es una renuncia ni una disminución: es una dimensión esencial del ser cristianos.
Ciertamente, no toda forma de pequeñez es auténtica. A veces lo que llamamos humildad no es más que el modo —sutil y engañoso— con que alimentamos nuestras inseguridades, autorizamos a nuestros límites a dominarnos o nos sustraemos a la fatiga de la vida y de las relaciones. Es una falsificación que asume muchas máscaras.
Pero cuando elegimos hacernos —no quedarnos— pequeños porque hemos reconocido la pequeñez de Dios y nos hemos sentido acogidos y amados por Él, entonces esta elección no es una forma de regresión o de renuncia: es el rostro del hombre nuevo que el Bautismo nos restituye.
5. La conversión continua
Si la conversión es un cambio de la sensibilidad que sana el desequilibrio producido por el pecado y nos restituye a la justa medida de nuestra humanidad —esa pequeñez que nos hace partícipes de la naturaleza de Dios—, queda aún un último paso, quizás el más exigente: reconocer que la conversión nunca se concluye.
A menudo imaginamos la conversión como un paso neto: primero el pecado, luego la decisión de cambiar, finalmente el camino hacia la santidad. Es un esquema tranquilizador, pero la vida en el Espíritu es más compleja y más paciente de lo que pensamos.
Pecado, conversión y gracia no son etapas sucesivas: en la vida concreta están entrelazados. Seguimos siendo pecadores, estamos siempre en conversión y precisamente así somos santificados por el Espíritu.
Convertirse significa recomenzar continuamente este movimiento del corazón, a través del cual nuestra pobreza se abre a la gracia de Dios.
Este discurso, en el fondo, nos es familiar: cada Cuaresma nos recuerda la responsabilidad de verificar la vitalidad de nuestro bautismo. Sin embargo, cuando la conversión toma el rostro concreto de la pequeñez, algo en nosotros resiste. Aceptamos cambiar, pero nos cuesta dejarnos redimensionar. Preferimos fortalecernos antes que empequeñecer nuestra imagen y nuestras exigencias.
Así, el hombre viejo resurge, a veces en vicios evidentes, otras en formas más sutiles e incluso religiosas: la necesidad de reconocimiento, la búsqueda de un rol, la autorreferencialidad.
Por eso el combate es real: es la lucha por permanecer pequeños y humildes. Es ese trabajo interior incesante que nos libera de la imagen de nosotros mismos y nos hace capaces de ponernos realmente al servicio, de modo libre y concreto.
El apóstol Pablo conoce bien el combate por custodiar la pequeñez y la libertad de los hijos de Dios. En la Segunda Carta a los Corintios, acusado de debilidad mientras otros —los «superapóstoles»— se imponen con la fuerza, rechaza la vía de la jactancia. No porque le falten argumentos, sino porque ha comprendido algo decisivo: la debilidad no es una fase que superar, sino la forma misma de su vida en Cristo. Y escribe: «Me gloriaré, pues, muy gustosamente de mis debilidades, para que habite en mí la potencia de Cristo. […] Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Corintios 12,9-10).
No es solo un gesto personal de humildad: es una declaración teológica. La pequeñez no es una estrategia ni una actitud exterior, sino la forma de la vida bautismal. El cristiano elige presentarse desarmado porque sigue al Maestro, que se vació y transformó la cruz en fuente de vida.
A menudo pensamos que la pequeñez evangélica es posible solo cuando todo va bien. En realidad ocurre lo contrario: es precisamente en los conflictos y en las dificultades donde se vuelve más necesaria. Cuando el instinto empuja a defenderse o a imponerse, allí se ve si hemos aprendido realmente el Evangelio de la cruz.
La luz, en efecto, muestra su fuerza no cuando todo es claro, sino cuando reinan las tinieblas.
Sobre esta pequeñez se funda el misterio de comunión en la Iglesia, como el Santo Padre nos ha recordado en su última audiencia: «En esto consiste la santidad de la Iglesia: en el hecho de que Cristo la habita y continúa donándose a través de la pequeñez y fragilidad de sus miembros. Contemplando este perenne milagro que ocurre en ella, comprendemos el “método de Dios”: Él se hace visible a través de la debilidad de las criaturas, continuando manifestándose y actuando» (Papa León, Audiencia General, 4 de marzo de 2026).
En días que vuelven a estar marcados por el dolor y la violencia, hablar de pequeñez podría parecer un discurso abstracto, casi un lujo espiritual. En realidad es una responsabilidad concreta, ligada al destino del mundo.
La paz no nace solo de acuerdos políticos, ni de estrategias diplomáticas o militares, sino de hombres y mujeres que encuentran el valor de hacerse pequeños: capaces de dar un paso atrás, de renunciar a la violencia en todas sus formas, de no ceder a la tentación de la revancha y de la prevaricación, de elegir el diálogo incluso cuando las circunstancias parecen negarle la posibilidad.
Es un trabajo exigente y cotidiano. No podemos aplazarlo ni delegarlo a otros. Quien se reconoce hijo de Dios sabe que esta conversión del corazón le concierne personalmente.
Por eso podemos hacer nuestras las palabras que san Francisco, al final de su vida, marcado por las Llagas, no se cansaba de repetir a sus frailes:
«Comencemos, hermanos, a servir al Señor Dios nuestro, porque hasta ahora poco hemos progresado» (San Buenaventura, Leyenda Mayor XIV,1; FF 1237).
Oración final
Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concede a nosotros, miserables, hacer, por tu amor, lo que sabemos que tú quieres, y querer siempre lo que a ti te agrada, para que, purificados interiormente, iluminados interiormente y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu Hijo amado, el Señor nuestro Jesucristo, y con la ayuda de tu sola gracia llegar a ti, oh Altísimo, que en la Trinidad perfecta y en la Unidad simple vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente por todos los siglos de los siglos. Amén.
P. Roberto Pasolini, OFM Cap.
Predicador de la Casa Pontificia
Fotos: Vatican Media, 6-3-2026





