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viernes, 27 de marzo de 2026

P. Roberto Pasolini en la 4ª meditación de Cuaresma ante el Papa: «El Evangelio no ofrece atajos, sino que nos capacita para un camino de purificación y conversión que conduce a la libertad de los Hijos de Dios»

 

El Papa León XIV agradeciendo al padre Roberto Pasolini sus meditaciones de Cuaresma

* «Ante esta experiencia, nuestra tarea como pastores es importante y delicada. No podemos adaptar el Evangelio a nuestros miedos, reducirlo a una propuesta tranquilizadora o a un conjunto de prácticas religiosas que conservan su apariencia pero vacían su verdadera fuerza espiritual. Ofrecer un cristianismo de segunda mano, más fácil pero menos exigente, significa privar a los hombres y mujeres de lo que realmente necesitan: un camino capaz de conducir nuestros pasos hacia la vida eterna El Evangelio no nos invita a vivir menos ni a huir de la carga y el esfuerzo de la realidad. Más bien, nos autoriza a desear la vida en su máxima plenitud, aceptando con humildad la cruz y el pan de cada día»

 Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español por Pax TV, con la 4ª meditación de Cuaresma del P. Roberto Pasolini ante el Papa León XIV 

* «Dios no nos exige nada, excepto que aceptemos el don del sacrificio de Cristo y, al apropiárnoslo gradualmente, aprendamos a vivir el amor en su plenitud. Cuando Dios toca a un hombre en lo más profundo, no está, por tanto, añadiendo dolor, sino transformando y transfigurando lo que ya está presente en su historia, convirtiéndolo en un signo y una consecuencia del amor»

Camino Católico.- “El Evangelio no ofrece atajos, sino que nos capacita para un camino de purificación y conversión que conduce a la libertad de los Hijos de Dios”, ha concluido el P. Roberto Pasolini, Predicador de la Casa Pontificia. la cuarta y última meditación de Cuaresma, el viernes. 27 de marzo, en el Aula Pablo VI, en presencia del Papa y ante la Curia. 

El capuchino reinterpreta el último tramo de la vida y la muerte de San Francisco, quien «aprendió a aceptar su propia fragilidad», descubriendo que la mayor libertad es ponerse al servicio de la Iglesia y del mundo, y que nada, ni siquiera el rechazo, la enfermedad o la muerte, puede separarnos jamás del amor de Dios. La meditación ha estado centrada en el tema: «La libertad de los hijos de Dios. La perfecta alegría y la muerte como hermana». En el vídeo de Pax TV, se visualiza y escucha toda la meditación, cuyo texto íntegro es el siguiente:



“Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva (2 Cor 5,17). La conversión al Evangelio según San Francisco”


4ª Meditación de Cuaresma al Papa León XIV y a la Curia 


La libertad de los hijos de Dios. La perfecta alegría y la muerte como hermana


P. Roberto Pasolini, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia


Aula Pablo VI 

Viernes, 27 de marzo de 2025


En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. 


Oremos. Señor Dios nuestro, que hiciste de la Virgen María el modelo de quien acoge tu palabra y la pone en práctica abre nuestro corazón a la bienaventuranza del escucha, y con la fuerza de tu espíritu, haz que también nosotros nos convirtamos en un lugar santo, donde hoy se cumpla tu palabra de salvación. Por Cristo nuestro Señor. 


Santo Padre, hermanos y hermanas, a todos, el Señor les dé la paz.


En estas meditaciones de Cuaresma, en el año en que la Iglesia celebra el octavo centenario de la muerte de San Francisco de Asís, hemos decidido dejarnos acompañar por la figura del Pobre de Asís en el camino de la conversión al Evangelio. En las dos primeras meditaciones reflexionamos sobre Francisco en la tensión entre la grandeza de su vocación y la fragilidad de su humanidad: la conversión como camino de humildad y la fraternidad como el lugar concreto donde esta conversión se verifica y se realiza. En la tercera meditación nos detuvimos en la tarea de la misión: en la manera en que Francisco proclamó el Evangelio no con el poder de las palabras ni la eficacia de las estrategias, sino con la conmovedora pobreza de una vida entregada. En esta cuarta y última meditación intentaremos contemplar el fruto más maduro de su experiencia: la libertad de los hijos de Dios. No la libertad de quien evita los riesgos y las cargas de la vida, sino la libertad de quien ha aprendido gradualmente y a través de muchas pruebas que nada —ni el rechazo, ni la enfermedad, ni la muerte— puede separarnos jamás del amor de Dios.


1. Gozo Perfecto


San Francisco vivió una experiencia espiritual de gran intensidad, pero cercana a nuestra humanidad. No se convirtió en santo por realizar obras extraordinarias, sino porque aprendió a dejarse guiar por Dios en medio de la concreción y la pobreza de su vida. Por esta razón, la tradición espiritual lo ha llamado alter Christus, es decir, un hombre que, al recibir al Espíritu Santo con el corazón abierto, adquirió la semejanza del Hijo de Dios encarnado. Las conversiones, curaciones y señales que acompañaron su camino por este mundo no son sino un reflejo de una inmersión plena y efectiva en la gracia de una nueva vida en Cristo. Tomás de Celano dice que Francisco hacia el final de su vida «no era tanto un hombre que rezaba, sino que se había transformado completamente en una oración viviente» (Tomás de Celano, Vita Prima 95; FF 682). Esto no significa que el santo pasara todo su tiempo recitando fórmulas de oración, sino que toda su vida se convirtió en una oración constante, es decir, en la expresión de una relación permanente, profunda y auténtica con Dios. En sus últimos años, sin embargo, la fe de Francisco fue puesta a prueba por la sabiduría de Dios. Las fuentes afirman que atravesó una gran tentación, una crisis larga y profunda que lo afectó tanto interior como exteriormente, en espíritu y cuerpo, hasta tal punto que evitó la compañía de sus hermanos, pues, abrumado por este sufrimiento, no podía mostrarse ante ellos con su alegría habitual (Compilazione di Assisi, 63; FF 1591).


La Orden de los Frailes Menores creció y cambió, y a Francisco le resultó difícil reconocer en ella el espíritu que la había caracterizado desde sus inicios. En la Porciúncula se sintió marginado, casi inútil, incluso considerado un «loco». En este período dramático y doloroso, se sinceró con su amigo y compañero, el hermano León. Mientras estaban juntos en Santa Maria degli Angeli, Francisco expresó su sufrimiento en voz alta en forma de parábola. Le pidió al hermano León que enumerara algunas cosas hermosas que pudieran ser motivo de orgullo para él y para la Iglesia: las numerosas vocaciones de los hermanos santos, los grandes éxitos en la predicación, las curaciones, los milagros, la estima de los demás. Luego le pidió que escribiera: «En todas estas cosas no hay perfecta alegría». El compañero preguntó sorprendido: «Pero entonces, ¿qué es la perfecta alegría?». Francisco respondió así:


«Imagínate que regreso de Perugia y llego aquí en plena noche, en invierno, con barro y tanto frío que se forman trozos de agua congelada en el borde de mi túnica, que constantemente me golpean las piernas y me sangran las heridas. Y yo, cubierto de barro, frío y hielo, llego a la puerta y, tras un largo golpe y un llamado, sale un hermano y pregunta: “¿Quién es?”. Respondo: “El hermano Francisco”. Y él dice: “Vete, no es hora de andar por aquí; no entrarás”. Y cuando insisto, responde: “Vete, eres un simple y un necio; ya no puedes venir aquí; somos muchos y no te necesitamos”. Y me quedo ante la puerta y digo: “Por el amor de Dios, recíbeme al menos por esta noche”. Y él responde: “No lo haré. Ve a los hermanos Cruzados y pregunta allí”. Te digo que si hubiera tenido paciencia y no me hubiera preocupado, habría sido mucho mejor.» «La verdadera alegría, la verdadera virtud y la salvación del alma» (Sobre la verdadera y perfecta alegría; FF 278).


Esta historia tiene una estructura sencilla y a la vez sabia. Tras enumerar lo que no es la verdadera alegría, llega a la esencia: la alegría auténtica se manifiesta cuando el rechazo, la humillación y la incomprensión no logran quitarnos la paz.


La verdadera alegría no coincide con la sensación que experimentamos cuando las cosas van bien y nuestra vida recibe reconocimiento y consuelo, sino en cómo reaccionamos ante las circunstancias adversas, cuando somos rechazados y excluidos. No se trata, por supuesto, de insensibilizarnos al dolor. Francisco no busca un corazón insensible, sino que descubre que es posible tener un corazón libre incluso en medio del mayor sufrimiento. La felicidad no es protegerse de la realidad, sino aprender a acogerla incluso cuando duele, sin dejarnos abrumar por ella. Es ahí donde la vida cristiana se vuelve concreta y aprendemos a custodiar una alegría que no depende de cómo van las cosas, sino de cómo elegimos vivirlas. El apóstol Santiago también habla de esto:


«Hermanos míos, vivan con gozo cuando se encuentren con diversas pruebas, sabiendo que la prueba de su fe produce perseverancia. Y es necesario que la perseverancia tenga su resultado completo, para que sean perfectos e íntegros, sin que les falte nada» (Santiago 1:2-3).


La respuesta que Francisco muestra no es huir del mal, ni negarlo, ni rechazarlo. Es algo más profundo: aceptarlo sin permitir que se propague a través de nosotros hacia los demás. Negarse a convertirse en aquello que nos ha herido. Es un camino difícil pero liberador. Porque el mal, cuando lo aceptamos, siempre toca algo vivo en nuestro interior. Y es ahí, en ese lugar vulnerable, donde puede nacer la verdadera alegría: no como la ausencia de heridas, sino como la libertad de no dejarse definir por ellas. Es una libertad que no elimina el dolor, pero no permite que tenga la última palabra.



2. Plenitud de Vida


Esta capacidad de encontrar la alegría incluso en medio del sufrimiento no es una meta espiritual reservada a unos pocos privilegiados que han recibido el don de una cercanía especial con Dios. En el Evangelio, Jesús muestra que esta forma de vida —libre incluso ante el odio y la persecución— es la plenitud de una nueva vida en su nombre. Por eso, al comienzo de su ministerio público, subió a la montaña y proclamó las Bienaventuranzas. No una ley, sino una promesa. No un programa de perfección moral, sino una revelación de la felicidad que ya obra en el corazón de la realidad.


«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia. Bienaventurados los de corazón puro, porque verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando os insulten, os persigan y digan toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa es grande en el cielo. Porque así persiguieron a los profetas que vivieron antes de vosotros» (Mateo 5:1-12).


Estas palabras, que conocemos casi de memoria, son la esencia del Evangelio, pues destruyen definitivamente la ilusión de que la felicidad depende de las metas y los logros que podemos alcanzar en la vida, o de perseguirlos sin cesar, como si la felicidad fuera un proyecto profesional. Jesús señala las situaciones más incómodas y difíciles en las que podemos encontrarnos, y afirma que es allí donde se oculta la misteriosa plenitud de la vida.


Las Bienaventuranzas no invitan a huir de la realidad ni a posponer la felicidad a un futuro lejano. Piden que vivamos más profundamente lo que estamos viviendo, incluso cuando se muestra frágil e inconcluso. Anuncian que el camino hacia una vida plena pasa por nuestra experiencia concreta, dentro de lo que somos y por lo que estamos atravesando.


Las Bienaventuranzas no nos invitan a huir de la realidad ni a posponer la felicidad a un futuro lejano. Nos invitan a profundizar en lo que estamos experimentando, aunque parezca frágil e incompleto. Anuncian que el camino hacia una vida plena pasa por nuestra experiencia concreta, por quienes somos y por lo que estamos viviendo. No nos corresponde construir ni luchar por la felicidad: las Bienaventuranzas son una promesa que ya está presente en nuestras vidas como un don del Padre. Se trata de aprender a reconocerla y aceptarla.


Sin embargo, es necesario recalcar un hecho crucial: las Bienaventuranzas no hablan únicamente de un futuro en el que Dios nos recompensará. Dicen que esta vida, tal como es, ya es un lugar donde podemos experimentar la plenitud. Y esto es posible porque estas palabras provienen de una perspectiva concreta: la de Jesús, quien nos revela quiénes somos a los ojos de Dios.


Jesús ve hombres y mujeres marcados por el trabajo, la pobreza, el dolor y la búsqueda. Y es sobre ellos que pronuncia la palabra de bendición. Como si dijera: en lo que eres y en lo que intentas vivir, ya hay una plenitud que debe madurar y realizarse.


Las Bienaventuranzas no muestran un camino heroico, sino que nos permiten aceptar con humildad lo que tenemos que vivir, incluso si implica trabajo, soledad o persecución. Dicen que la realidad, tal como es, puede convertirse en un lugar de felicidad. Esto significa que la vida no debe posponerse ni idealizarse, sino acogerse en su trágica y sublime concreción. La alegría evangélica no elimina las heridas, sino que las atraviesa y las transforma, abriéndonos al amor más grande, el que perdona. Es precisamente en esta adhesión a lo real donde se abre una nueva libertad, capaz de no depender ya de las condiciones externas.


Este es el núcleo de las Bienaventuranzas. Y esto es lo que Francisco comprendió al final de su experiencia humana y cristiana, cuando reveló al hermano León, mediante una parábola, el lugar donde reside la alegría más auténtica.


3. Las consecuencias del amor


En la historia de la espiritualidad cristiana, los fenómenos místicos en los que el misterio del sufrimiento de Cristo se refleja en el cuerpo del creyente a menudo se han malinterpretado, a veces han provocado temor y otras veces se han reducido a sucesos que deberían clasificarse como milagros inexplicables. El riesgo más sutil, sin embargo, es que nos conduzcan a una imagen distorsionada de Dios: como si necesitara nuestro sufrimiento para satisfacerse o glorificarse, como si aún faltara algo en el sacrificio de Cristo, como si todavía viviéramos en la antigua lógica de la deuda y la reconciliación.


Sabemos que no es así. Dios no nos exige nada, excepto que aceptemos el don del sacrificio de Cristo y, al apropiárnoslo gradualmente, aprendamos a vivir el amor en su plenitud. Cuando Dios toca a un hombre en lo más profundo, no está, por tanto, añadiendo dolor, sino transformando y transfigurando lo que ya está presente en su historia, convirtiéndolo en un signo y una consecuencia del amor.


Teniendo esto en cuenta, podemos abordar el suceso de los estigmas de Francisco, ocurrido en el monte La Verna entre el verano y el otoño de 1224, dos años antes de su muerte, en el periodo comprendido entre la fiesta de la Asunción de la Virgen María y la de San Miguel Arcángel. Las fuentes afirman que, tras finalizar el ayuno que había observado en honor del arcángel, Francisco tuvo una visión de los serafines crucificados y que, como consecuencia de este encuentro, su cuerpo quedó marcado con clavos en manos y pies y una herida en el costado (cf. Tomás de Celano, Vita Prima, 94-95; FF 485-486).


Sin embargo, para comprender lo sucedido en La Verna, debemos considerar el estado en que Francisco llegó allí. Las heridas ya estaban presentes en él incluso antes de hacerse visibles. Su cuerpo estaba exhausto y su vista afectada por una enfermedad que lo llevó a la ceguera. El alma fue asaltada por una «gran tentación»: le gustaba crecer sin límites y adoptar formas que ya no reconocía como propias, y los hermanos —a quienes había engendrado— se distanciaron de su radicalismo evangélico. Se sentía marginado, percibido como una carga. Ascendió a la cima no como vencedor, sino como un hombre herido.


Es aquí donde la experiencia mística revela su significado más profundo. Dios no interviene añadiendo nuevas heridas, sino transformando las ya presentes en la vida. Los sufrimientos de Francisco —el fracaso de sus proyectos, la incomprensión de los hermanos, la soledad de quien se ha entregado sin reservas— dejan de ser un peso retenido en su interior y se convierten en lugar de relación. Lo que parecía separarlo de los demás se convierte en lo que lo une a Cristo y, en consecuencia, lo reconcilia con los hermanos.  Las palabras que el apóstol Pablo escribe al final del capítulo 8 de la Carta a los Romanos expresan esta transición decisiva en la vida de San Francisco:


«¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? […] Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rom 8,35,38-39).


Los estigmas no son un milagro para admirar desde lejos, ni un privilegio reservado a unos pocos elegidos. Son un signo visible de una transformación interior: un punto en el que las heridas no se cierran en dureza, sino que se abren a la relación. Este es el don de La Verna: las derrotas humanas —los fracasos, las enfermedades, las decepciones en las relaciones— pueden convertirse en espacios donde nuestra humanidad se transforma. El dolor no desaparece, pero ya no tiene la última palabra. Francisco desciende de La Verna con un cuerpo marcado por las heridas y un corazón libre: capaz de mirar a sus hermanos con paciencia y amarlos precisamente en medio de sus limitaciones. Ha pasado de la muerte a la vida.


Esta historia, que aún se cuenta después de ocho siglos, es una buena noticia porque nos concierne a todos. Los dolores de la vida dejan en nosotros huellas que no siempre comprendemos y que a menudo nos cuesta aceptar. Son heridas que permanecen abiertas a dos posibilidades: pueden encerrarnos en el resentimiento o en la huida, o bien convertirse en espacios de crecimiento y de libertad.


En la medida en que somos capaces de aceptar nuestras heridas, descubrimos que pueden ser transformadas por el Espíritu de Cristo y adquirir un nuevo significado simbólico. Siguen siendo heridas, pero se convierten en signo de una pertenencia más profunda: confirman que nos hemos convertido en miembros del cuerpo de Cristo. Entonces, las palabras de Pablo se vuelven comprensibles también para nosotros:


«De ahora en adelante, que nadie me moleste, porque llevo en mi cuerpo las heridas de Jesús» (Gál 6,17). El sufrimiento no desaparece, pero ya no tiene el poder de confinarnos. En lo más profundo de nuestro corazón descubrimos una paz que nadie ni nada puede arrebatarnos.



4. La Hermana Muerte


Un antiguo proverbio indio compara la vida humana con las cuatro estaciones: la primavera es tiempo de aprendizaje, el verano de enseñanza, el otoño tiempo de retiro al bosque y meditación, el invierno tiempo de aprender a mendigar. Francisco las vivió todas. Estudió en su juventud inquieta en Asís, enseñó a otros durante los años de predicación y fundación de la orden, se retiró a la soledad de La Verna y sus ermitas. Pero fue precisamente en el invierno de su vida, en los meses previos a su muerte, cuando realizó el gesto más difícil: aprendió a mendigar. No pan —siempre supo mendigar por eso—. Aprendió a mendigar consuelo, cercanía, ternura. Aprendió a recibir.


En los últimos meses de su vida, Francisco permitió ser admitido en el palacio episcopal de Asís. Es un detalle interesante. El hombre que hizo de la pobreza un signo de su vida, que renunció a todo ante su padre y obispo, ahora recibe cuidados en un lugar protegido. Esto no es una contradicción. Es la constancia de un hombre que ha comprendido que incluso recibir es un acto de humildad. La pobreza de los comienzos da paso a algo aún más verdadero: la pobreza de un hombre que sabe que necesita a los demás para vivir y morir.


En la casa donde fue recibido, pidió a sus hermanos que cantaran alabanzas a Dios para aliviar su dolor. Les hizo cantar incluso de noche. Cuando el hermano Elías le señaló que tal alegría podía sorprender a quienes sabían que estaba cerca de la muerte, Francisco respondió:


«Hermano mío, permíteme alegrarme en el Señor y en sus alabanzas en medio de mi dolor, porque por la gracia del Espíritu Santo estoy tan íntimamente unido a mi Señor que, por su misericordia, puedo alegrarme en el Altísimo» (Compilazione di Assisi 99; FF 1637).


Cuando el médico le anunció que la muerte estaba cerca, quiso oír la verdad: «Dígame la verdad: ¿qué piensa? No tema, pues por la gracia de Dios no soy un cobarde que tema a la muerte» (Compilazione di Assisi 100; FF 1638). Respondió a esta noticia con palabras que desarmaron: «¡Bienvenida, hermana mía, muerte!». Así la llamó en el Cántico de la Creación, al añadirle la última estrofa:


«¡Bendita sea, Señor mío, nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún ser vivo puede escapar!» (Cántico de la Creación; FF 263).


La palabra «hermana» no es una metáfora reconfortante. Es el fruto de un largo proceso de reconciliación. Como dice la Carta a los Hebreos: «para que por medio de la muerte destruyera al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y librara a los que por temor a la muerte estaban sometidos a esclavitud durante toda su vida» (Heb 2:14-15). Por eso todos intentamos escapar y evitarla el mayor tiempo posible.


Pero cuando el amor de Cristo logra moldear en nosotros una vida nueva, ese miedo se desvanece lentamente, y la muerte cambia de rostro, transformándose en la última y definitiva ocasión de conversión: el momento en que se deja ir todo lo que aún nos retiene y nos entregamos, sin reservas, a la mirada justa y misericordiosa del Padre


Cuando Francisco comprendió que el final se acercaba, quiso abandonar el palacio episcopal y se hizo trasladar a la Porciúncula, el lugar que más amaba. Según cuentan, entre sus últimos deseos figuraba la visita a la noble romana Jacopa dei Settesogli, amiga que lo había apoyado durante años con fiel afecto. Le escribió una nota pidiéndole que fuera a traerle los dulces que ella sabía preparar y que tanto le gustaban. Es el gesto de quien anhela volver a ver un rostro amigo y saborear un poco de dulzura.


Jacopo llegó antes de que saliera la carta, inspirada por Dios: «Entonces ella entró a ver al beato Francisco y derramó muchas lágrimas ante él» (Compilazione di Assisi 8; FF 1548). En esta escena —el enfermo, el amigo llorando, los hermanos alrededor, el himno nocturno de alabanza— se cumple el último acto de la pobreza evangélica de Francisco. No la del principio, llena de gestos radicales, sino la más difícil: la pobreza de quien se deja ver en su debilidad. Quien ya no tiene nada que probar ni defender. Quien sabe que necesita a los demás para la transición que, en última instancia, se realiza en soledad. Así muere Francisco, habiendo aprendido la lección suprema: que recibir es la forma más pura del don, y que dejarse amar hasta el final es la mayor de las libertades.


5. Desnudo sobre la tierra


Las biografías oficiales narran la muerte de Francisco de manera diferente. Todo lo que recuerda su dependencia humana queda relegado a un segundo plano. La imagen de santo, héroe cristiano, testigo de la perfección del Evangelio, cobra protagonismo. San Buenaventura lo presenta como alguien que «quiso saldar su deuda con la muerte» (Legenda minor 7, 3; FF 1386). Toda su vida aparece como una ascensión hacia la plenitud y la muerte como su digna culminación.


Sin embargo, las mismas fuentes conservan un detalle innegable por su veracidad:


«Extenuado por esta grave enfermedad que puso fin a todo su sufrimiento, se hizo dpositarr desnudo sobre la tierra, para que en aquella última hora, cuando el enemigo aún pudiera desatar un último arrebato de ira, estuviera preparado para luchar desnudo contra un adversario desnudo» (Tomás de Celano, Vita Seconda 214; FF 804).


Desnudo sobre la tierra: no es una pose ascética ni una llamada simbólica a la muerte. Es la conclusión coherente de toda una vida. El despojo había sido el hilo conductor de todo su camino. Años atrás, en la plaza de Asís, frente a su padre y obispo, se despojó de todo y decidió no basar su identidad en posesiones, posición o nombre. En aquel entonces, se había puesto el hábito como se pone una libertad. Ahora, al final de su peregrinaje, tampoco esa última vestimenta sirve ya. Francisco ha completado su camino. Ha aceptado su historia, lo que ha vivido y lo que no ha logrado. No tiene nada que temer ni de qué avergonzarse. Cada aspecto de su vida ha sido iluminado por la gracia. . Ha combatido la buena batalla de la fe: se ha convertido en un auténtico hijo de Dios. 


En la Escritura, la desnudez no es un detalle marginal. Preserva el secreto de la relación del hombre con Dios: «Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, y no se avergonzaban» (Gn 2,25). Al principio la desnudez es transparencia, es más, es la condición de quien vive sin defensas porque recibe todo como un don. Es la serpiente la que introduce la sospecha, insinuando que la vida debe ser poseída y protegida. A partir de ese momento, la desnudez se convierte en vergüenza y la muerte en miedo. Pero Dios no abandona al hombre. Toda la Escritura habla de un Dios que siempre lo busca. 

Cristo lleva esta historia a su plenitud en la cruz, desnudo, expuesto, mientras sigue bendiciendo. Es allí donde Dios alcanza al hombre en el punto más frágil de su existencia y disipa definitivamente la desconfianza hacia la vida y la muerte. El antídoto contra el miedo no es una defensa más fuerte, sino todo lo contrario: dejar de defenderse, abrir los brazos y aprender a recibir.


Francisco aceptó gradualmente esta misteriosa ley de la vida. Cada renuncia fue un acto de confianza, cada paso hacia una libertad más profunda. Sin embargo, la desnudez final en la Porciúncula no es solo coherencia ascética. Es la reconciliación de un hombre consigo mismo. Durante su vida, Francisco de Asís pasó por muchas identidades: hijo de un comerciante, joven ambicioso, caballero fracasado, converso, fundador, predicador, enfermo, incluso un hermano incomprendido. Solo permanece lo esencial: una criatura entre otras criaturas, en paz ante su Creador, dependiente de todo y, precisamente por eso, dispuesto a aceptarlo todo con gratitud.


Es precisamente por eso que la Iglesia lo reconoce como santo. No principalmente por lo que hizo, sino por lo que llegó a ser. Francisco conservó su humanidad hasta el final, sin ocultarla ni hacerla inaccesible. Aprendió a aceptar su propia fragilidad, a vivir como hijo y como hermano, sin avergonzarse ya de su pequeñez. Y precisamente en esta pequeñez acogida encontró la libertad más grande: la de ponerse al servicio de la Iglesia y del mundo con generosidad, sin medida, sin cálculo y sin defensas.



Conclusión


La trayectoria de Francisco de Asís no es una excepción reservada a los elegidos, sino la forma plena de lo que el Evangelio promete a todo bautizado: una vida libre, capaz de amar hasta el final y de atravesar el dolor sin dejarse vencer por él. Es una verdadera gracia, disponible para todos. Nos enseña a reconocer en toda realidad —incluso en la muerte— el rostro del Padre que nunca nos abandona.


Ante esta experiencia, nuestra tarea como pastores es importante y delicada. No podemos adaptar el Evangelio a nuestros miedos, reducirlo a una propuesta tranquilizadora o a un conjunto de prácticas religiosas que conservan su apariencia pero vacían su verdadera fuerza espiritual. Ofrecer un cristianismo de segunda mano, más fácil pero menos exigente, significa privar a los hombres y mujeres de lo que realmente necesitan: un camino capaz de conducir nuestros pasos hacia la vida eterna.


El Evangelio no nos invita a vivir menos ni a huir de la carga y el esfuerzo de la realidad. Más bien, nos autoriza a desear la vida en su máxima plenitud, aceptando con humildad la cruz y el pan de cada día. El Evangelio no ofrece atajos, sino que nos capacita para un camino de purificación y conversión que conduce a la libertad de los Hijos de Dios. La tarea de los pastores de la Iglesia es guardar esta verdad sin atenuarla, indicando caminos que abran las puertas hacia la plena madurez en Cristo.


En este año en que contemplamos a Francisco, dejémonos interpelar por su testimonio evangélico. No se trata de imitar sus gestos, sino de dejarnos conmover por el deseo que guió cada paso de su vida: conocer a Cristo, «el poder de su resurrección y la participación en sus sufrimientos, haciéndonos semejantes a él en su muerte, para que de todos modos alcance la resurrección de entre los muertos» (Fil 3,10).


Oración


Dios todopoderoso, eterno, justo y misericordioso, concédenos a nosotros, los pobres, que por tu amor hagamos lo que sabemos que deseas y siempre haremos lo que te agrada, para que, purificados interiormente, iluminados y encendidos por el Espíritu Santo, sigamos los pasos de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y solo con la ayuda de tu gracia podamos alcanzarte, Altísimo, que en perfecta Trinidad y sencilla Unidad vives, reinas y eres glorificado, Dios todopoderoso por los siglos de los siglos. Amén.


P. Roberto Pasolini, OFM Cap.

Predicador de la Casa Pontificia

Fotos: Vatican Media, 27-3-2026

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