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sábado, 28 de marzo de 2026

Papa León XIV en homilía en la Misa en Mónaco, 28-3-2026: «Las guerras son fruto de la idolatría del poder y del dinero; cada vida truncada es una herida al cuerpo de Cristo»

* «La paz no es un mero equilibrio de fuerzas; es obra de corazones purificados, de quienes ven en el otro a un hermano al que cuidar, no a un enemigo al que abatir. La Iglesia en Mónaco está llamada a dar testimonio viviendo en la paz y en la bendición de Dios. Por tanto, queridos hermanos, hagan felices a muchos con su fe, manifestando la alegría auténtica, que no se obtiene como un premio, sino que se comparte con la caridad. Fuente de esta alegría es el amor de Dios: amor por la vida naciente y frágil, que ha de acogerse y cuidarse siempre; amor por la vida joven y anciana, que hay que animar en las pruebas de cada etapa; amor por la vida sana y enferma, a veces sola, siempre necesitada de ser acompañada con esmero» 

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «En la larga Cuaresma del mundo, mientras el mal arrasa y la idolatría vuelve indiferentes los corazones, el Señor prepara su Pascua. El signo de este acontecimiento es el hombre; es Lázaro, llamado desde el sepulcro; somos nosotros, pecadores perdonados; es el Crucificado Resucitado, autor de la salvación. Él es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6), que sostiene nuestro peregrinar y la misión de la Iglesia en el mundo: dar la vida de Dios. Tarea sublime e imposible, sin dar nuestra vida al prójimo. Tarea apasionante y fecunda, cuando el Evangelio ilumina nuestros pasos» 

28 de marzo de 2026.- (Camino Católico)  “La purificación de la idolatría, que hace a los hombres esclavos de otros hombres, se realiza como santificación, don de gracia que hace a los hombres hijos de Dios, hermanos y hermanas entre sí. Este don ilumina nuestro presente, porque las guerras que lo ensangrientan son fruto de la idolatría del poder y del dinero. Cada vida truncada es una herida al cuerpo de Cristo. ¡No nos acostumbremos al estruendo de las armas ni a las imágenes de guerra!”, ha subrayado el Papa León XIV en la homilía que ha pronunciado durante la Misa en el Estadio Louis II de Mónaco, ante 15.000 fieles y con la asistencia de los príncipes y sus hijos del pequeño país. 


A su llegada, ha recorrido el recinto en un carrito de golf, desde el que ha saludado y bendecido a los fieles que lo esperaban entre vítores, mientras agitaban banderas de la Ciudad del Vaticano y del principado.



En su homilía, el Papa ha partido del episodio evangélico en el que los miembros del sanedrín deciden dar muerte a Jesús. A partir de este pasaje, explica que se revela tanto el rostro de Dios como la acción de quienes, movidos por intereses de poder, están dispuestos a eliminar al inocente. Según señala, el veredicto de Caifás nace de un cálculo político basado en el miedo: “Olvidando la promesa de Dios a su pueblo, ellos quieren matar al inocente, porque detrás de su miedo está el apego al poder”.



Y añade, en referencia al presente: “¿No es lo que ocurre hoy?”. “Aún hoy, ¡cuántos cálculos se hacen en el mundo para matar inocentes; cuántas falsas razones se esgrimen para quitarlos del medio!”, lamenta. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:


VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD LEÓN XIV

AL PRINCIPADO DE MÓNACO


SANTA MISA


HOMILÍA DEL SANTO PADRE


Estadio Louis II

Sábado, 28 de marzo de 2026


Queridos hermanos y hermanas:


El Evangelio que hemos escuchado (cf. Jn 11,45-57) presenta una sentencia cruel contra Jesús. Nos relata, en efecto, sobre el día en el que los miembros del sanedrín «resolvieron que debían matarlo» (v. 53). ¿Por qué le sucede esto? Porque resucitó a Lázaro de la muerte; porque devolvió la vida a su amigo, ante cuya tumba lloró, uniéndose al dolor de Marta y María. Precisamente Jesús, que vino al mundo para liberarnos de la condena de la muerte, fue condenado a muerte. No se trata de una fatalidad, sino de una voluntad precisa y ponderada.


El veredicto de Caifás y del sanedrín nace de un cálculo político, que tiene como base el miedo: si Jesús continuase dando esperanza, transformando el dolor del pueblo en alegría, “los romanos vendrían y destruirían” el país (cf. v. 48). En vez de reconocer en el Nazareno al Mesías, es decir, al Cristo tan esperado, los jefes religiosos ven en Él una amenaza. Su mirada está distorsionada, hasta el punto de que son precisamente los doctores de la Ley quienes la infringen. Olvidando la promesa de Dios a su pueblo, ellos quieren matar al inocente, porque detrás de su miedo está el apego al poder. Pero si los hombres se olvidan de la Ley que ordena no matar, Dios no se olvida de la promesa que prepara al mundo para la salvación. Su providencia hace de ese veredicto homicida el modo de manifestar un supremo designio de amor; aunque malvado, Caifás profetizó «que Jesús iba a morir por la nación» (v. 51).


Somos, entonces, testigos de dos movimientos opuestos: por una parte, la revelación de Dios, que muestra su rostro como Señor omnipotente y salvador; por otra, la acción oculta de autoridades poderosas, dispuestas a matar sin escrúpulos. ¿No es lo que ocurre hoy? En su encrucijada está el signo de Jesús: dar la vida. Es un signo que encuentra en el resucitado Lázaro su anticipación, la profecía más cercana de lo que a Cristo le sucederá en su pasión, muerte y resurrección. En esa Pascua, el Hijo llevará a cumplimiento la obra del Padre con el poder del Espíritu Santo. Así como al principio de los tiempos Dios dio vida al ser desde la nada, así en la plenitud de los tiempos rescata toda vida de la muerte que destruye la creación.


De esta redención derivan la alegría de la fe y la fuerza de nuestro testimonio, en todo lugar y en todo tiempo. En la historia de Jesús se resume la historia de todos nosotros, empezando por los más pequeños y oprimidos. Aún hoy, ¡cuántos cálculos se hacen en el mundo para matar inocentes; cuántas falsas razones se esgrimen para quitarlos del medio! Sin embargo, frente a la persistencia del mal, está la eterna justicia de Dios, que siempre nos rescata de nuestros sepulcros, como hizo con Lázaro, y nos da vida nueva. El Señor libera del dolor infundiendo esperanza, convierte la dureza del corazón transformando el poder en servicio, precisamente mientras manifiesta el verdadero nombre de su omnipotencia: misericordia. Es la misericordia la que salva al mundo; se hace cargo de toda existencia humana, en cada una de sus fragilidades, desde que es concebida en el seno materno hasta que envejece. Como nos ha enseñado el Papa Francisco, la cultura de la misericordia rechaza la cultura del descarte.


La voz de los profetas, que hemos escuchado, atestigua cómo Dios realiza su plan de salvación. En la primera lectura, Ezequiel anuncia que la obra divina empieza como liberación (Ez 37,23) y se cumple como santificación del pueblo (cf. v. 28). Es un itinerario de conversión, justamente como el que estamos viviendo durante la Cuaresma. Se trata de una iniciativa que nos involucra, no privada ni individual, que transforma nuestras relaciones con Dios y con el prójimo.


La liberación asume principalmente la forma de una purificación de los “ídolos inmundos” (cf. v. 23). ¿Qué son? Con este término, el profeta indica todo aquello que esclaviza el corazón, que lo compra y lo corrompe. La palabra ídolo significa “pequeña idea”, es decir, una visión reducida, que empequeñece no sólo la gloria del Omnipotente, transformándolo en un objeto, sino también la mente del hombre. Los idólatras son, pues, personas cortas de vista; miran lo que cautiva sus ojos, obnubilándolos. Y de ese modo, incluso las cosas grandes y buenas de esta tierra se convierten en ídolos, transformándose en formas de esclavitud no para el que no las tiene, sino para el que se atiborra de ellas, dejando al prójimo en la miseria y en la tristeza. La emancipación de los ídolos es entonces liberación de un poder que se ha hecho predominio, de la riqueza que degrada en codicia, de la belleza maquillada de vanidad.


Dios no nos abandona en estas tentaciones, sino que socorre al hombre débil y triste, que cree que los ídolos del mundo son los que pueden salvarle la vida. Como enseña san Agustín, «se libra el hombre por la fe en Aquel que para levantarlo le dio ejemplo de tan gran humildad» (De civitate Dei, VII, 33). Este ejemplo es la misma vida de Jesús, Dios hecho hombre para nuestra salvación. Más que castigarnos, Él destruye el mal con su amor, cumpliendo una solemne promesa: «Los purificaré: ellos serán mi Pueblo y yo seré su Dios» (Ez 37,23). El Señor cambia la historia del mundo llamándonos de la idolatría a la fe verdadera, de la muerte a la vida.


Por eso, queridos hermanos y hermanas, frente a las numerosas injusticias que destruyen a los pueblos y a la guerra que azota a las naciones, se eleva constantemente la voz del profeta Jeremías, proclamada hoy como salmo: «Yo cambiaré su duelo en alegría, los alegraré y consolaré de su aflicción» (Jer 31,13). La purificación de la idolatría, que hace a los hombres esclavos de otros hombres, se realiza como santificación, don de gracia que hace a los hombres hijos de Dios, hermanos y hermanas entre sí. Este don ilumina nuestro presente, porque las guerras que lo ensangrientan son fruto de la idolatría del poder y del dinero. Cada vida truncada es una herida al cuerpo de Cristo. ¡No nos acostumbremos al estruendo de las armas ni a las imágenes de guerra! La paz no es un mero equilibrio de fuerzas; es obra de corazones purificados, de quienes ven en el otro a un hermano al que cuidar, no a un enemigo al que abatir.


La Iglesia en Mónaco está llamada a dar testimonio viviendo en la paz y en la bendición de Dios. Por tanto, queridos hermanos, hagan felices a muchos con su fe, manifestando la alegría auténtica, que no se obtiene como un premio, sino que se comparte con la caridad. Fuente de esta alegría es el amor de Dios: amor por la vida naciente y frágil, que ha de acogerse y cuidarse siempre; amor por la vida joven y anciana, que hay que animar en las pruebas de cada etapa; amor por la vida sana y enferma, a veces sola, siempre necesitada de ser acompañada con esmero. Que la Virgen María, su Patrona, los ayude a ser lugar de acogida, de dignidad para los pequeños y los pobres, de desarrollo integral e inclusivo.


En la larga Cuaresma del mundo, mientras el mal arrasa y la idolatría vuelve indiferentes los corazones, el Señor prepara su Pascua. El signo de este acontecimiento es el hombre; es Lázaro, llamado desde el sepulcro; somos nosotros, pecadores perdonados; es el Crucificado Resucitado, autor de la salvación. Él es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6), que sostiene nuestro peregrinar y la misión de la Iglesia en el mundo: dar la vida de Dios. Tarea sublime e imposible, sin dar nuestra vida al prójimo. Tarea apasionante y fecunda, cuando el Evangelio ilumina nuestros pasos.


PAPA LEÓN XIV


Fotos: Vatican Media, 28-3-2026

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