* «En las últimas décadas hemos visto cómo el mundo se ha ido descristianizando y ha establecido un nuevo orden que contradice los principios de nuestra fe en aspectos tan importantes como el de la familia, la moral sexual o el respeto por la vida desde su concepción hasta su fin natural, aumentando cada vez más la presión sobre la Iglesia para que admita estos nuevos principios. Jesús nos advierte de que si cedemos a esta presión, no sólo perderemos nuestro sabor y nuestra esencia, sino que acabaremos siendo descartados y pisoteados por el mundo»
Domingo V del tiempo ordinario – A
Isaías 58, 7-10 / Salmo 111 / 1 Corintios 2, 1-5 / San Mateo 5, 13-16
P. José María Prats / Camino Católico.- En el evangelio de hoy Jesús dice a sus discípulos que son la luz del mundo y la sal de la tierra. Somos luz porque hemos sido iluminados por Él a través de la fe y el bautismo. Cuando los neófitos reciben de sus padrinos el cirio encendido en el cirio pascual, el celebrante les dice: «Habéis sido transformados en luz de Cristo. Caminad siempre como hijos de la luz, a fin de que perseverando en la fe, podáis salir con todos los santos al encuentro del Señor».
Esta luz, nos dice hoy Jesús, no sólo debe iluminar nuestro camino hacia la vida eterna, sino también el de los demás: viendo nuestro modo de vida y nuestras obras, tienen que dar gloria a Dios, de quien procede esta luz.
En la primera lectura, Isaías nos habla de las obras que muestran esta luz y la avivan en nosotros: «Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas». El verdadero amor a los demás, que no se desentiende de su aflicción, llena el mundo de la luz de Dios.
Pero Jesús dice también que somos la sal de la tierra. San Juan Crisóstomo, comentando esta afirmación del Señor, dice que, así como la sal evita que los alimentos frescos se estropeen, los discípulos de Jesús tenemos la misión de conservar lo que Él ha regenerado y liberado de la corrupción, es decir, hemos de trabajar para que los que viven en la gracia y la virtud, no la pierdan, edificándoles continuamente con nuestro testimonio, sosteniéndolos en sus dificultades y corrigiéndoles cuando se desvían del buen camino.
Pero esta misión de defender la gracia y la virtud de las personas implica también la valentía de anunciar el mensaje de Cristo en su integridad sin ceder a la persecución de los poderes de este mundo. Recordemos las palabras de Jesús del domingo pasado: «Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo». Si por miedo a ser señalados o escarnecidos dejamos de anunciar y defender los elementos de nuestra fe que el mundo considera hoy inaceptables, nuestra sal se volverá sosa y no servirá ya para nada. Más aún: el propio mundo la despreciará y la pisará.
Esta es una advertencia muy seria para la Iglesia en la actualidad. En las últimas décadas hemos visto cómo el mundo se ha ido descristianizando y ha establecido un nuevo orden que contradice los principios de nuestra fe en aspectos tan importantes como el de la familia, la moral sexual o el respeto por la vida desde su concepción hasta su fin natural, aumentando cada vez más la presión sobre la Iglesia para que admita estos nuevos principios. Jesús nos advierte de que si cedemos a esta presión, no sólo perderemos nuestro sabor y nuestra esencia, sino que acabaremos siendo descartados y pisoteados por el mundo.
P. José María Prats
Evangelio:
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos»
San Mateo 5, 13-16


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