* «Aunque el Espíritu nos da el poder para vencer sobre el pecado, esta victoria se realiza en el contexto de una lucha constante contra las inclinaciones del hombre viejo, carnal, que todavía habita en nosotros. De hecho, como dice San Pablo, la vida aquí en la tierra es un combate permanente por ir dando muerte a este hombre viejo con el poder del Espíritu Santo: ‘Pues si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis’ (Rm 8,13)»
Domingo VI del tiempo ordinario – A
Eclesiástico 15, 16-21 / Salmo 118 / 1 Corintios 2, 6-10 / San Mateo 5, 17-37
P. José María Prats / Camino Católico.- El evangelio de hoy forma parte del llamado sermón del monte y nos presenta a Jesús como al nuevo Moisés que ha venido a dar plenitud a la ley: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado (...) Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón». Se trata de una ley mucho más exigente, que no se queda meramente en los actos externos, sino que llega hasta las actitudes más íntimas de la persona.
Pero, ¿por qué Dios viene a exigirnos con Jesús esta plenitud de la ley?, ¿por qué no lo hizo ya con Moisés? Pues porque en Jesús nos ha dado también al Espíritu Santo que nos capacita para cumplirla. La ley de Moisés se nos dio cuando todavía éramos esclavos del pecado. Era una ley escrita en tablas de piedra, exterior a nosotros, que servía para poner de manifiesto el pecado sin otorgarnos ningún poder sobre él. Pero el sacrificio de Cristo nos ha devuelto a la comunión con Dios por el Espíritu Santo derramado en nuestros corazones, que ha grabado en ellos una ley interior, profunda y perfecta, con la que podemos identificarnos existencialmente y que podemos cumplir.
Pero aunque el Espíritu nos da el poder para vencer sobre el pecado, esta victoria se realiza en el contexto de una lucha constante contra las inclinaciones del hombre viejo, carnal, que todavía habita en nosotros. De hecho, como dice San Pablo, la vida aquí en la tierra es un combate permanente por ir dando muerte a este hombre viejo con el poder del Espíritu Santo: «Pues si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis» (Rm 8,13). Las palabras durísimas de Jesús que hemos escuchado en el evangelio de hoy son una invitación a tomarnos muy seriamente esta lucha que nos conduce a la vida eterna: «Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”».
La vida en este mundo supone una elección fundamental entre la carne y el espíritu, tal como hemos escuchado en la primera lectura: «Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras. Ante los hombres está la vida y la muerte, y a cada uno se le dará lo que prefiera». Vemos como, en general, la cultura emergente está optando por la carne y la muerte, promoviendo el hedonismo y la satisfacción inmediata de instintos y deseos contrarios a la ley de Dios, y persiguiendo incluso a los que trabajan por promover la vida según el espíritu.
Las lecturas de hoy nos animan a perseverar en la fidelidad al Señor en medio de este ambiente tan hostil guiados y fortalecidos por el Espíritu Santo, recorriendo el camino que conduce a un gozo inefable, tal como nos ha dicho San Pablo en la segunda lectura: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman».
P. José María Prats
Evangelio:
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos. Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.
Habéis oído que se dijo a los antepasados: 'No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal'. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego. Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo.
Habéis oído que se dijo: 'No cometerás adulterio'. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna. Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrojala de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo vaya a la gehenna. También se dijo: 'El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio'. Pues yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto el caso de fornicación, la hace ser adúltera; y el que se case con una repudiada, comete adulterio.
Habéis oído también que se dijo a los antepasados: 'No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos'. Pues yo digo que no juréis en modo alguno: ni por el Cielo, porque es el trono de Dios, ni por la Tierra, porque es el escabel de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran rey. Ni tampoco jures por tu cabeza, porque ni a uno solo de tus cabellos puedes hacerlo blanco o negro. Sea vuestro lenguaje: "Sí, sí"; "no, no": que lo que pasa de aquí viene del Maligno».
San Mateo 5, 17-37


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