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viernes, 3 de abril de 2026

Estas son las meditaciones para el Vía Crucis en el que el Papa León XIV llevará la Cruz, este viernes Santo en el Coliseo de Roma, 3-4-202: «Cristo anula el mal con el amor; quien abusa del poder responderá a Dios»

3 de abril de 2026.- (Camino Católico)  La Vía Dolorosa se despliega por las callejuelas de la Ciudad Vieja de Jerusalén y nos hace recorrer el camino de Jesús desde su condena a muerte hasta el Gólgota, lugar de su crucifixión. Así era hace dos mil años y así lo es hoy: “un ambiente caótico, alborotado y bullicioso, entre personas que comparten la fe en Él, pero también entre otros que se burlan e insultan. Así es la vida de todos los días”. Y es un Vía Crucis en el mundo actual —donde se abusa demasiado del poder y a menudo se falta el respeto a la dignidad humana— el que se desprende de las meditaciones escritas por el padre Francesco Patton para la ceremonia vespertina del Viernes Santo en el Coliseo con León XIV, quien llevará la cruz a lo largo de las 14 estaciones desde el Anfiteatro Flavio hasta el cercano Monte Palatino.

El fraile menor, ex Custodio de Tierra Santa, combina los Evangelios de la Pasión con textos de San Francisco de Asís, en conmemoración del octavo centenario de su muerte que se celebra este año, y desarrolla sus reflexiones releyendo en la realidad actual lo que vivió Cristo, trayendo sus enseñanzas al presente y comparando el poder que ejercen los hombres con el poder del amor de Jesús. En primer lugar, en la primera estación, donde Jesús, en su diálogo con Pilato, desenmascara «toda presunción humana de poder». «También hoy algunos creen que han recibido una autoridad sin límites y piensan que pueden usarla y abusar de ella a su antojo», destaca el padre Patton, pero «toda autoridad deberá responder ante Dios por el propio modo de ejercitar el poder recibido»: «el poder de juzgar, pero también el poder de comenzar una guerra o de terminarla; el poder de educar a la violencia o a la paz; el poder de alimentar el deseo de venganza o el de reconciliación; el poder de usar la economía para oprimir los pueblos o para liberarlos de la miseria; el poder de pisotear la dignidad humana o de tutelarla; el de promover y defender la vida o de rechazarla y suprimirla». El texto completo de las meditaciones es el siguiente:

VIERNES SANTO

PASIÓN DEL SEÑOR

VÍA CRUCIS

COLISEO

ROMA, 3 DE ABRIL DE 2026

Introducción


La Vía Dolorosa se despliega por las callejuelas de la Ciudad Vieja de Jerusalén y nos hace recorrer el camino de Jesús desde el lugar de su condena hasta el de su crucifixión y sepultura, que es también el lugar de su resurrección.

No es un recorrido en medio de gente devota y silenciosa. Como en tiempos de Jesús, nos encontramos caminando en un ambiente caótico, alborotado y bullicioso, entre personas que comparten la fe en Él, pero también entre otros que se burlan e insultan. Así es la vida de todos los días.

El Vía Crucis no es el camino del que vive en un mundo asépticamente devoto y de recogimiento abstracto, sino el ejercicio del que sabe que la fe, la esperanza y la caridad deben encarnarse en el mundo real, donde el creyente es continuamente desafiado y constantemente debe hacer suyo el modo de proceder de Jesús.

San Francisco de Asís, de quien este año se celebra el octavo centenario de su muerte, describe nuestra vida cristiana con palabras del apóstol Pedro; recordándonos que «nuestro Señor Jesucristo, cuyas huellas debemos seguir, llamó amigo a quien lo traicionaba y se ofreció espontáneamente a quienes lo crucificaron» (Regla no bulada XXII, 2: FF 56; cf. 1 P 2,21). El Poverello nos exhorta a fijar la mirada en Jesús: «Reparemos todos los hermanos en el buen Pastor, que por salvar a sus ovejas soportó la pasión de la cruz» (Admoniciones VI: FF 155).

Al recorrer este Vía Crucis, acojamos la invitación de san Francisco a realizar un camino tras las huellas de Jesús que no sea meramente ritual o intelectual, sino que comprometa toda nuestra persona y toda nuestra vida: «Ofreced vuestros cuerpos y llevad a cuestas su santa cruz, y seguid hasta el fin sus santísimos preceptos» (Oficio de la Pasión del Señor XV,13: FF 303).

I estación

Jesús es condenado a muerte

Del Evangelio según san Juan (19,9-11)

[Pilato] volvió a entrar en el pretorio y preguntó a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no lo respondió nada. Pilato le dijo: «¿No quieres hablarme? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y también para crucificarte?». Jesús le respondió: «Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si no la hubieras recibido de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti ha cometido un pecado más grave».

De los escritos de san Francisco de Asís (Carta a los fieles II, 28-29: FF 191)

Los que han recibido la potestad de juzgar a los otros, ejerzan el juicio con misericordia, como ellos mismos quieren obtener del Señor misericordia. Pues habrá un juicio sin misericordia para aquellos que no hayan hecho misericordia.

 

En tu coloquio con Pilato, Señor Jesús, desenmascaras toda presunción humana de poder. También hoy algunos creen que han recibido una autoridad sin límites y piensan que pueden usarla y abusar de ella a su antojo. Tus palabras al gobernador romano no dejan espacio a la ambigüedad: «Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si no la hubieras recibido de lo alto» (Jn 19,11).

Francisco de Asís, que simplemente intentó seguir tus huellas, nos recuerda que toda autoridad deberá responder ante Dios por el propio modo de ejercitar el poder recibido: el poder de juzgar, pero también el poder de comenzar una guerra o de terminarla; el poder de educar a la violencia o a la paz; el poder de alimentar el deseo de venganza o el de reconciliación; el poder de usar la economía para oprimir los pueblos o para liberarlos de la miseria; el poder de pisotear la dignidad humana o de tutelarla; el de promover y defender la vida o de rechazarla y suprimirla.

También cada uno de nosotros está llamado a responder por el poder que ejerce en la vida de todos los días. Tú, Jesús, le dices: haz buen uso del poder que te ha sido dado y no olvides que cualquier cosa que hagas a un ser humano, especialmente si es pequeño y frágil, me lo haces a mí; y es a mí a quien deberás responder por ello un día.

Oremos diciendo: Recuérdamelo, Jesús.

Que tú te identificas con toda persona juzgada:

Recuérdamelo, Jesús.

Que no debo dejarme guiar por los prejuicios:

Recuérdamelo, Jesús.

Que el verdadero poder es el del amor:

Recuérdamelo, Jesús.

Que la misericordia triunfa sobre el juicio:

Recuérdamelo, Jesús.

Que debo elegir el bien, aunque cueste:

Recuérdamelo, Jesús.

II estación

Jesús carga con la cruz

Del Evangelio según san Juan (19,14-17)

Era el día de la Preparación de la Pascua, alrededor del mediodía. Pilato dijo a los judíos: «Aquí tienen a su rey». Ellos vociferaban: «¡Que muera! ¡Que muera! ¡Crucifícalo!». Pilato les dijo: «¿Voy a crucificar a su rey?». Los sumos sacerdotes respondieron: «No tenemos otro rey que el César». Entonces Pilato se lo entregó para que lo crucifiquen, y ellos se lo llevaron. Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado «del Cráneo», en hebreo «Gólgota».

De los escritos de san Francisco de Asís (Admoniciones V, 7-8: FF 154)

Aunque fueses el más hermoso y rico de todos y aunque hicieses tales maravillas que pusieses en fuga a los demonios, todo eso te es perjudicial, y nada te pertenece y de nada de eso puedes gloriarte. En esto nos podemos gloriar: en nuestras enfermedades y en cargar diariamente la santa cruz de nuestro Señor Jesucristo.

 

La palabra “cruz” produce en nosotros una reacción de rechazo, más que de deseo. Es más fácil que surja en nosotros la tentación de huir de ella, antes que el anhelo de abrazarla.

Jesús, estoy seguro de que también fue así cuando te cargaron la cruz sobre los hombros. De hecho, en Getsemaní habías pedido al Padre que alejara de ti ese cáliz, aun queriendo con todo tu ser cumplir su voluntad. La cruz era el suplicio más terrible y doloroso, reservado a los esclavos, a los criminales irrecuperables y a los maldecidos por Dios.

Y, sin embargo, la abrazaste y la llevaste sobre tus hombros, y después te dejaste llevar por ella. No porque fuera bella o atrayente, sino por amor a nosotros. Levantando su carga pesada, sabías que quitabas de nosotros el peso del mal que nos aplasta y cargabas con el pecado que arruina nuestra existencia. Abrazando la cruz y cargándola sobre tus hombros, abrazabas nuestra fragilidad y te hacías cargo de nuestra humanidad. Cargabas sobre ti nuestras esclavitudes, nuestros crímenes e incluso nuestra maldición.

Líbranos, Jesús, del miedo a la cruz. Concédenos la gracia de seguirte por tu mismo camino y de no tener otra gloria más que la de tu cruz.

Oremos diciendo: Líbranos, Señor.

Del deseo de gloria humana:

Líbranos, Señor.

De la tentación de ignorar al que sufre:

Líbranos, Señor.

De preocuparnos sólo de nosotros mismos:

Líbranos, Señor.

Del miedo a comprometernos en la fidelidad:

Líbranos, Señor.

Del miedo y del rechazo a la cruz:

Líbranos, Señor.

III estación

Jesús cae por primera vez

Del Evangelio según san Juan (12,24-25)

Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna.

De los escritos de san Francisco de Asís (Admoniciones XXII, 3: FF 172)

Dichoso el siervo que no tiene prisa para excusarse y soporta humildemente el sonrojo y la reprensión por un pecado que no cometió.

Tu existencia, Jesús, fue un continuo abajarte y descender. Aun siendo Dios, te despojaste para hacerte hombre. De rico que eras, te hiciste pobre. Y al llegar el final de tu misión, mientras cargabas sobre tus hombros el peso de toda la humanidad, caíste sobre las duras piedras de la Vía Dolorosa, la vía que los condenados a muerte recorrían ante la gente de Jerusalén, que acudía allí como si se tratara de un espectáculo.

Es el anticipo de un abajamiento aún más profundo: el descenso a los infiernos, la caída en el misterio de la muerte, donde todos nosotros caemos al final de esta vida terrena. Pero la tuya es la caída en tierra del grano de trigo, que está dispuesto a morir para dar fruto.

Ayúdanos también a nosotros a elegir estar por debajo, a los pies de los demás, más que buscar estar por encima y dominarlos. Ayúdanos a aprender el camino de la humildad incluso desde la experiencia de nuestras caídas y humillaciones, y a saber soportar en paz las ofensas y las injusticias sufridas.

Haz que te sintamos cercano, precisamente y sobre todo cuando caemos, tan cercano en modo tal que nos demos cuenta de que eres tú el que nos levanta y nos vuelve a poner en el camino. Y haz que también nosotros aprendamos a confiar en la tierra, como el grano de trigo, sabiendo que la muerte, gracias a ti, es el seno de la vida eterna.

Oremos diciendo: Levántanos, Jesús.

Cuando caemos por nuestra fragilidad:

Levántanos, Jesús.

Cuando caemos porque alguien nos hace tropezar:

Levántanos, Jesús.

Cuando caemos por decisiones equivocadas:

Levántanos, Jesús.

Cuando caemos en la desesperación:

Levántanos, Jesús.

Cuando caemos en el misterio de la muerte:

Levántanos, Jesús.

IV estación

Jesús se encuentra con su Madre

Del Evangelio según san Juan (19,25-27)

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.

De los escritos de san Francisco de Asís (Regla bulada VI, 8: FF 91)

Confiadamente manifieste el uno al otro su necesidad, porque, si la madre cuida y ama a su hijo carnal, ¿cuánto más amorosamente debe cada uno amar y cuidar a su hermano espiritual?

 

Es normal que la madre esté al inicio de nuestra existencia. No es normal que la madre esté a nuestro lado cuando es hora de morir, porque significa que la vida nos ha sido arrebatada: por una enfermedad, por un accidente, por la violencia, por la desesperación. María, la mujer de la cual tú, Jesús, fuiste engendrado, estuvo a tu lado también en tu camino hacia el Calvario y está contigo al pie de la cruz.

Tú le pides que siga generando y que continúe siendo la madre del discípulo amado, de cada uno de nosotros, de la Iglesia, de esta nueva humanidad que está naciendo precisamente en la hora en la que entregas la vida y mueres. En la hora más solemne de tu misión y antes de llevar todo a cumplimiento, le pides ante todo a ella que acoja a cada uno de nosotros; y luego nos pides a nosotros que la recibamos a ella. Porque la Madre siempre precede. En las bodas de Caná te había precedido incluso a ti.

Oh María, dirige una mirada de ternura hacia cada uno de nosotros, pero sobre todo hacia las tantas, tantísimas madres que hoy todavía, como tú, ven a sus propios hijos arrestados, torturados, condenados, asesinados. Ten una mirada de ternura hacia las madres que son despertadas en medio de la noche por una noticia desgarradora, y hacia aquellas que velan en los hospitales a un hijo cuya vida se está apagando. Y a nosotros concédenos un corazón materno, para comprender y compartir el sufrimiento de los demás, y aprender, también de esta manera, lo que significa amar.

Oremos diciendo: Consuela, oh Madre.

A las madres que han perdido a sus hijos:

Consuela, oh Madre.

A los huérfanos, sobre todo a causa de las guerras:

Consuela, oh Madre.

A los migrantes, a los desplazados y a los refugiados:

Consuela, oh Madre.

A los que sufren torturas y penas injustas:

Consuela, oh Madre.

A los desesperados que han perdido el sentido de la vida:

Consuela, oh Madre.

A aquellos que mueren solos:

Consuela, oh Madre.

V estación

Jesús es ayudado por el Cireneo a llevar la cruz

Del Evangelio según san Marcos (15,21)

Como pasaba por allí Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que regresaba del campo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús.

De los escritos de san Francisco de Asís (Admoniciones XVIII,1: FF 167)

Dichoso el hombre que soporta a su prójimo en su fragilidad, como querría que él lo soportara, si estuviese en una situación semejante.

 

Simón de Cirene no era un voluntario. No se hizo cargo de ti voluntariamente, Jesús, dándote una mano para llevar la cruz. Probablemente apenas sabía quién eras. Sin embargo, ayudándote a llevar la cruz, algo dentro de él cambió, hasta el punto de que transmitirá a sus hijos, Alejandro y Rufo, el significado profundo de ese camino hecho junto a ti, y ellos se convertirán en testigos de tu Pascua en la primera comunidad cristiana.

También hoy existen muchas personas que deciden hacer algo bueno por los demás en todas partes del mundo. Hay miles de voluntarios que, en situaciones extremas, arriesgan la vida para socorrer a quien necesita alimento, instrucción, cuidados médicos, justicia. Muchos de ellos ni siquiera creen en ti; sin embargo —aun sin darse cuenta— siguen ayudándote a cargar la cruz, y mientras se hacen cargo de otras personas de carne y hueso, en realidad están —una vez más— haciéndose cargo de ti.

Haz, oh Señor, que también nosotros aprendamos a ofrecer a nuestro prójimo ese apoyo que quisiéramos que se nos ofreciera a nosotros, si nos encontráramos en la misma situación. Ayúdanos a ser personas empáticas y compasivas, no con palabras sino con hechos y en la verdad.

Oremos diciendo: Haznos atentos, Señor.

A las personas que encontramos:

Haznos atentos, Señor.

A los pobres, a los que sufren y a los descartados:

Haznos atentos, Señor.

A los que están solos y desamparados:

Haznos atentos, Señor.

A los que se quedan atrás y caen:

Haznos atentos, Señor.

A los que no tienen a nadie que les escuche:

Haznos atentos, Señor.

VI estación

La Verónica enjuga el rostro de Jesús

Del Evangelio según san Juan (12,20-21)

Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta, había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: «Señor, queremos ver a Jesús».

De los escritos de san Francisco de Asís (Exposición del Padrenuestro 4: FF 269)

Venga a nosotros tu reino: para que tú reines en nosotros por la gracia y nos hagas llegar a tu reino, donde la visión de ti es manifiesta, la dilección de ti perfecta, la compañía de ti bienaventurada, la fruición de ti sempiterna.

 

Lo que los Salmos habían cantado como «el más hermoso de los hombres» (Sal 45,3), ahora tiene los rasgos del Siervo sufriente profetizado por Isaías, «sin forma ni hermosura que atrajera nuestras miradas, sin un aspecto que pudiera agradarnos» (Is 53,2).

La Verónica conserva tu imagen, Jesús. Ha podido obtenerla gracias a aquel gesto de caridad: enjugar tu rostro cubierto de sangre y de polvo. La Verónica no nos transmite la memoria de una imagen posando, sino la del Varón de dolores, que nos ha curado por medio de sus mismas heridas.

Ayúdanos, Jesús, a cultivar el deseo de ver tu rostro. Danos la gracia que has concedido a los apóstoles de verte luminoso y transfigurado. Pero ayúdanos, sobre todo, a tener la mirada atenta de la Verónica, que sabe reconocerte también en tu belleza desfigurada. Y haznos capaces de enjugar, hoy, tu rostro, aún cubierto de polvo y sangre, desfigurado por todo acto que pisotea la dignidad de cualquier persona humana.

Oremos diciendo: Ayúdanos a reconocerte, Jesús.

Cuando tu rostro está desfigurado:

Ayúdanos a reconocerte, Jesús.

En toda persona condenada por los prejuicios:

Ayúdanos a reconocerte, Jesús.

En los pobres privados de su dignidad:

Ayúdanos a reconocerte, Jesús.

En las mujeres víctimas de la trata y reducidas a la esclavitud:

Ayúdanos a reconocerte, Jesús.

En los niños a los que les ha sido robada la infancia y dañado el futuro:

Ayúdanos a reconocerte, Jesús.

VII estación

Jesús cae por segunda vez

Del Evangelio según san Juan (13,3-5)

Sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.

De los escritos de san Francisco de Asís (Regla no bulada V, 13-14: FF 20)

Ningún hermano haga mal o hable mal al otro; sino, más bien, por la caridad del espíritu, sírvanse y obedézcanse voluntariamente los unos a los otros.

 

Toda tu vida, Jesús, ha sido un continuo inclinarte y abajarte. Cuando lavaste los pies a tus discípulos, en la última cena, dejaste un ejemplo, una enseñanza y una profecía: el ejemplo del servicio, la enseñanza del amor fraterno y la profecía del dar la vida. Francisco de Asís quedó tan profundamente impresionado de ese abajamiento tuyo que quiso aconsejarnos que nos laváramos los pies unos a otros, es decir, que estemos siempre dispuestos al servicio de los propios hermanos. Y quiso que este mismo evangelio le fuera leído la tarde del 3 de octubre, de hace ocho siglos, poco antes de morir.

En tu amarnos hasta el extremo, hasta dar tu vida por nosotros, está ya contenida también la profecía de tu resurrección, porque un amor tan grande es más fuerte que la muerte. Un amor tan grande revela el sentido último del amar: llevarnos a la misma vida de Dios.

Cuando caes, Jesús, lo haces para levantarnos de nuestras caídas. Cuando caes lo haces para levantar al que permanece en tierra aplastado por la injusticia, por la mentira, por toda forma de explotación y todo tipo de violencia, por la miseria que produce una economía dirigida al provecho individual más que al bien común. Cuando caes lo haces para levantarme también a mí.

Oremos diciendo: Levántanos, Señor.

Cuando nuestros errores nos aplastan:

Levántanos, Señor.

Cuando el peso de la responsabilidad nos oprime:

Levántanos, Señor.

Cuando caemos en la depresión:

Levántanos, Señor.

Cuando fallamos en nuestras decisiones:

Levántanos, Señor.

Cuando nos vemos arrastrados por una adicción:

Levántanos, Señor.


 

VIII estación

Jesús se encuentra con las mujeres de Jerusalén

Del Evangelio según san Lucas (23,27-31)

Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: «¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: “¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron!”. Entonces se dirá a las montañas: “¡Caigan sobre nosotros!”, y a los cerros: “¡Sepúltennos!”. Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?».

De los escritos de san Francisco de Asís (Exposición del Padrenuestro 5: FF 270)

Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo: para que te amemos con todo el corazón, pensando siempre en ti; con toda el alma, deseándote siempre a ti; con toda la mente, dirigiendo todas nuestras intenciones a ti, buscando en todo tu honor; y con todas nuestras fuerzas, gastando todas nuestras fuerzas y los sentidos del alma y del cuerpo en servicio de tu amor y no en otra cosa; y para que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, atrayéndolos a todos a tu amor según nuestras fuerzas, alegrándonos del bien de los otros como del nuestro y compadeciéndolos en sus males y no dando a nadie ocasión alguna de tropiezo.

Jesús, las mujeres siempre te siguieron y ayudaron, desde el comienzo de tu predicación. Continúan haciéndolo ahora, permaneciendo también al pie de la cruz. Donde hay un sufrimiento o necesidad, allí están las mujeres: en los hospitales y en las casas de ancianos, en las comunidades terapéuticas y de acogida, en las casas hogar con los menores más frágiles, en los lugares más remotos de la misión para abrir escuelas y centros de salud, y en las zonas de guerra y conflicto para socorrer a los heridos y consolar a los supervivientes. Las mujeres te tomaron en serio, tomaron en serio también estas duras palabras tuyas. Desde hace siglos lloran por ellas y por sus hijos; detenidos y encarcelados durante una manifestación, deportados por políticas carentes de compasión, naufragados en desesperados viajes de esperanza, aniquilados en zonas de guerra, suprimidos en campos de exterminio.

Las mujeres siguen llorando. Concédenos también a cada uno de nosotros, Señor, un corazón compasivo, un corazón maternal, y la capacidad de sentir como nuestro el sufrimiento de los demás. Sigue concediéndonos lágrimas, Señor, para no disipar nuestra conciencia en las tinieblas de la indiferencia, para continuar siendo humanos.

Oremos diciendo: Concédenos lágrimas, Señor.

Para llorar por los desastres de las guerras:

Concédenos lágrimas, Señor.

Para llorar por las masacres y los genocidios:

Concédenos lágrimas, Señor.

Para llorar con las madres y las esposas:

Concédenos lágrimas, Señor.

Para llorar por el cinismo de los prepotentes:

Concédenos lágrimas, Señor.

Para llorar por nuestra indiferencia:

Concédenos lágrimas, Señor.

IX estación

Jesús cae por tercera vez


Del Evangelio según san Juan (14,6-7)

Jesús le respondió [a Tomás]: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto».

De los escritos de san Francisco de Asís (Regla no bulada XXIII, 3: FF 64)

Te damos gracias porque, así como por tu Hijo nos creaste, así, por tu santo amor con el que nos amaste, hiciste que él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen la beatísima santa María, y quisiste que nosotros, cautivos, fuéramos redimidos por su cruz y sangre y muerte.

 

Tú que naciste «por nosotros de camino» (S. Francisco, Oficio de la Pasión del Señor XV,7: FF 303), ahora, por tercera vez, caes en la vía dolorosa que te conduce al Calvario.

Tu triple caída nos recuerda que no existe caída nuestra en la que tú no estés a nuestro lado. Sí, porque estás junto a nosotros en cada una de nuestras fragilidades, y puedes y quieres levantarnos de cada una de nuestras caídas, porque quieres que junto a ti cada uno de nosotros pueda llegar al Padre y encontrar la vida, la vida verdadera, la vida eterna, que nada ni nadie nos podrá quitar.

En el camino, tras tus huellas, no importa cuántas veces caigamos, sólo importa que Tú estás a nuestro lado y estás dispuesto a levantarnos una vez más, innumerables veces, porque tu amor, tu perdón y tu misericordia son infinitamente más grandes que nuestra fragilidad.

Sostennos en nuestra incredulidad y danos la gracia de creer en que puedes levantarnos.

Oremos diciendo: Sírvete de nosotros, Jesús.

Para levantar a todos los que caen:

Sírvete de nosotros, Jesús.

Para levantar a los que permanecen caídos:

Sírvete de nosotros, Jesús.

Para levantar a las personas más frágiles:

Sírvete de nosotros, Jesús.

Para levantar a los que pensamos que “se lo merecían”:

Sírvete de nosotros, Jesús.

Para levantar a los que parecen irrecuperables:

Sírvete de nosotros, Jesús.

 X estación

Jesús es despojado de sus vestiduras

Del Evangelio según san Juan (19,23-24)

Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí: «No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca». Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica. Esto fue lo que hicieron los soldados.

De los escritos de san Francisco de Asís (Carta a toda la Orden, 28-29: FF 221)

Ved, hermanos, la humildad de Dios y derramad ante él vuestros corazones; humillaos también vosotros para que seáis ensalzados por él. Por consiguiente, nada de vosotros retengáis para vosotros, a fin de que os reciba todo enteros el que se os ofrece todo entero.

 

Tú mismo, Jesús, habías decidido despojarte de la gloria divina para revestirte de «la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad» (S. Francisco, Carta a los fieles II,4: FF 181). Y ahora te arrancan tus vestiduras, en el cruel intento de humillarte y despojarte también de tu dignidad humana.

Es una tentativa que también se repite continuamente en nuestros días. Lo hacen los regímenes autoritarios, cuando obligan a los prisioneros a permanecer semidesnudos en una celda vacía o en un patio. Lo hacen los torturadores que no se limitan a quitar las vestiduras, sino que arrancan también la piel y la carne. Lo hacen aquellos que autorizan y utilizan formas de inspección y control que no respetan la dignidad de la persona. Lo hacen los violadores y los abusadores que tratan a las víctimas como objetos. Lo hace la industria del espectáculo, cuando ostenta la desnudez para obtener algún espectador más. Lo hace el mundo de la información, cuando expolian a las personas ante la opinión pública. Y a veces lo hacemos también nosotros, con nuestra curiosidad que no respeta ni el pudor, ni la intimidad, ni la privacidad de los demás.

Recuérdanos, Señor, que, cuando no reconocemos la dignidad de los demás, ofuscamos la nuestra, y cada vez que aprobamos o tenemos un comportamiento inhumano hacia cualquier persona, nosotros mismos nos volvemos menos humanos.

Oremos diciendo: Revístenos, Jesús.

De tu infinita humildad:

Revístenos, Jesús.

Del respeto por cada ser humano:

Revístenos, Jesús.

Del sentimiento de compasión:

Revístenos, Jesús.

De un renovado sentido del pudor:

Revístenos, Jesús.

De la fuerza para defender la dignidad de toda persona:

Revístenos, Jesús.

XI estación

Jesús es clavado en la cruz

Del Evangelio según san Juan (19,17-19)

Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado «del Cráneo», en hebreo «Gólgota». Allí lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en el medio. Pilato redactó una inscripción que decía: «Jesús el Nazareno, rey de los judíos», y la hizo poner sobre la cruz.

De los escritos de san Francisco de Asís (Cántico de las criaturas 23-26: FF 263)

Loado seas, mi Señor, / por los que perdonan por tu amor, / y sufren enfermedad y tribulación. / Bienaventurados aquellos que las soporten en paz, / porque por ti, Altísimo, coronados serán.

 

Clavado en la cruz como un malhechor, pero con un título que revela tu realeza, oh Jesús, tú nos muestras cuál es el auténtico poder. No es el de quien considera que puede disponer de la vida de los demás al causar la muerte, sino el de quien realmente puede vencer la muerte dando la vida y puede dar la vida incluso aceptando la muerte. Tú manifiestas que el verdadero poder no es el de quien usa la fuerza y la violencia para imponerse, sino el de quien es capaz de cargar sobre sí el mal de la humanidad —el nuestro, el mío—; y anularlo con la fuerza del amor que se manifiesta en el perdón. Tú eres Rey y reinas desde la cruz; no te sirves del poder aparente de los ejércitos, sino de la aparente impotencia del amor, que se deja clavar. Tú eres Rey y tu cruz se convierte en el eje en torno al cual giran la historia y todo el universo, para no caer en el infierno de la incapacidad de amar.

Tú, Rey crucificado, nos recuerdas que, si queremos ser partícipes de tu realeza, también nosotros debemos aprender a perdonar por amor a ti y afrontar en paz las dificultades de la vida, porque lo que vence no es el amor por la fuerza, sino la fuerza del amor.

Oremos diciendo: Enséñanos a amar.

Cuando sufrimos una injusticia:

Enséñanos a amar.

Cuando deseamos venganza:

Enséñanos a amar.

Cuando somos tentados por la violencia:

Enséñanos a amar.

Cuando consideramos imposible el perdón:

Enséñanos a amar.

Cuando nos sentimos crucificados:

Enséñanos a amar.

 XII estación

Jesús muere en la cruz

Del Evangelio según san Juan (19,28-30)

Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jesús dijo: «Tengo sed». Había allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Después de beber el vinagre, dijo Jesús: «Todo se ha cumplido». E inclinando la cabeza, entregó su espíritu.

De los escritos de san Francisco de Asís (Carta a los fieles II, 11-13: FF 184)

Y la voluntad del Padre fue que su Hijo bendito y glorioso, que él nos dio y que nació por nosotros, se ofreciera a sí mismo por su propia sangre como sacrificio y hostia en el ara de la cruz; no por sí mismo, por quien fueron hechas todas las cosas, sino por nuestros pecados, dejándonos ejemplo, para que sigamos sus huellas.

 

«Todo se ha cumplido». No significa que todo ha terminado, sino que el motivo por el que tú, Jesús, te hiciste uno de nosotros, ha llegado a su plenitud; has cumplido la misión que el Padre te confió y ahora puedes volver a Él y llevarnos contigo.

De ahora en adelante sabemos que dejándonos atraer por ti, alzando nuestra mirada hacia ti, nos encontramos ante Aquel que nos reconcilia, que cancela nuestra “deuda”, que nos introduce en el Santuario que es la misma vida de Dios. Nos encontramos ante Aquel que, realizando el fin de la encarnación, nos da la posibilidad de realizar el sentido profundo de nuestra misma vida: ser hijos de Dios, ser la obra maestra de Dios.

Ayúdanos, Señor, a acoger el don del Espíritu Santo que has derramado sobre nosotros ya en la hora de tu muerte en la cruz, y haz que contigo también nosotros podamos pasar de este mundo al Padre.

Oremos diciendo: Danos tu Espíritu, Señor.

Para que nos convirtamos en criaturas nuevas y vivamos en Dios:

Danos tu Espíritu, Señor.

Para que experimentemos que nuestra deuda está cancelada:

Danos tu Espíritu, Señor.

Para que podamos rezar “Abbá, Padre”:

Danos tu Espíritu, Señor.

Para que acojamos a cada persona como hermano y hermana:

Danos tu Espíritu, Señor.

Para que descubramos el sentido último de la vida:

Danos tu Espíritu, Señor.

 XIII estación

Jesús es bajado de la cruz

Del Evangelio según san Juan (19,38-39)

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús —pero secretamente, por temor a los judíos— pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a retirarlo. Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos.

De los escritos de san Francisco de Asís (Cántico de las criaturas 27-31: FF 263)

Loado seas, mi Señor, / por nuestra hermana la muerte corporal, / de la cual ningún hombre vivo puede escapar. / ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! / Bienaventurados los que encontrará en tu santísima voluntad, / pues la muerte segunda no les hará mal.

 

Jesús acaba de morir, y su muerte ya comienza a dar los primeros frutos. José de Arimatea y Nicodemo, que eran discípulos de Jesús, pero a escondidas, porque tenían miedo de exponerse, ahora tienen la valentía de pedirle su cuerpo a Pilato. Realizan así un gesto de piedad humana, el de quitar de la cruz a un condenado y sepultarlo con dignidad y respeto.

Nunca debería haber cadáveres que no sean restituidos ni sepultados; las madres, los familiares y los amigos de los condenados nunca deberían verse obligados a humillarse ante las autoridades para que les restituyan los restos martirizados de un ser querido. Incluso el cuerpo de un muerto conserva la dignidad de la persona y no puede ser ultrajado, ni ocultado, ni destruido, ni retenido, ni privado de una digna sepultura. No sólo el cuerpo de una persona decente, también el cuerpo de un criminal merece respeto.

Oh Jesús, tú fuiste injustamente capturado, torturado, juzgado, condenado y asesinado, pero tu cuerpo fue restituido y honrado; haz que nuestro tiempo, que ha perdido el respeto por los vivos, lo mantenga al menos por los muertos.

Oremos diciendo: Enséñanos la piedad.

Para sentir el sufrimiento de los encarcelados:

Enséñanos la piedad.

Para ser solidarios con los presos políticos:

Enséñanos la piedad.

Para comprender a los familiares de los rehenes:

Enséñanos la piedad.

Para llorar a los muertos que están bajo los escombros:

Enséñanos la piedad.

Para tener respeto por todos los difuntos:

Enséñanos la piedad.

 XIV estación

Jesús es colocado en el sepulcro

Del Evangelio según san Juan (19,40-42)

[José de Arimatea y Nicodemo] tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas, agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos. En el lugar donde lo crucificaron había una huerta y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado. Como era para los judíos el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

De los escritos de san Francisco de Asís (Carta a los fieles II, 61-62: FF 202)

Y a aquel que tanto ha soportado por nosotros, que tantos bienes nos ha traído y nos traerá en el futuro, y a Dios, toda criatura que hay en los cielos, en la tierra, en el mar y en los abismos rinda alabanza, gloria, honor y bendición, porque él es nuestro poder y nuestra fortaleza, y sólo él es bueno, sólo él altísimo, sólo él omnipotente, admirable, glorioso y sólo él santo, laudable y bendito por los infinitos siglos de los siglos. Amén.

 

Todo comenzó en un jardín, el Edén, que nuestros primeros padres recibieron como don y para ser cuidado, y del cual fueron exiliados por no haber confiado en Dios. Todo vuelve a comenzar en un jardín, donde Jesús fue sepultado y donde resucitó; un lugar en el que la antigua creación, frágil y mortal, se transforma en nueva creación, que participa de la misma vida de Dios. Este lugar es la puerta por medio de la cual Jesús descendió a los infiernos, y es la entrada al Paraíso, ya no terrenal y pasajero, sino celestial y definitivo. Este es el lugar del último gesto de piedad y de las últimas lágrimas derramadas sobre el cuerpo de Cristo muerto. Es el lugar del primer encuentro con Cristo resucitado, vivo para siempre, reconocible sólo cuando nos llama por nuestro nombre o abre nuestros ojos, e imposible de retener. El lugar en el que María Magdalena recibe el mandato de anunciar que la muerte ha sido vencida, porque Jesús de Nazaret ha resucitado, es el Señor, el Viviente que ya no puede morir.

Desde entonces, también nosotros somos sepultados —gracias al Bautismo— junto con Jesús, en ese mismo jardín, con la esperanza cierta de que Aquel que ha resucitado a Cristo de entre los muertos dará la vida también a nuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en nosotros (cf. Rm 8,11). Te damos gracias, Señor, porque has dado un fundamento cierto a nuestra esperanza de vida eterna.

Oremos diciendo: Ven, Señor Jesús.

A seguir caminando con nosotros en el Jardín:

Ven, Señor Jesús.

A enjugar las lágrimas de nuestros ojos:

Ven, Señor Jesús.

A darnos una esperanza cierta:

Ven, Señor Jesús.

A quitar la piedra que nos oprime el corazón:

Ven, Señor Jesús.

A hacernos vislumbrar el Paraíso:

Ven, Señor Jesús.

SANTO PADRE:

Invocación final y bendición

Al finalizar este Vía Crucis, hagamos nuestra la oración con la que san Francisco nos invita a vivir nuestra existencia como un camino de progresiva participación en la relación de amor que une al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, danos a nosotros, miserables, hacer por ti mismo lo que sabemos que tú quieres, y siempre querer lo que te place, para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y abrasados por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y por sola tu gracia llegar a ti, Altísimo, que, en Trinidad perfecta y en simple Unidad, vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente, por todos los siglos de los siglos. Amén (Carta a toda la Orden 50-52: FF 233).

Concluyamos con la antigua bendición bíblica (cf. Nm 6,24-26), con la que san Francisco solía bendecir a los frailes y a toda la gente, hasta el punto de convertirse en “su” bendición (cf. Bendición a Fr. León: FF 262).

 

El Señor esté con ustedes.
℟. Y con tu espíritu.

El Señor los bendiga y los guarde.
℟. Amén.

Les muestre su faz y tenga misericordia de ustedes.
℟. Amén.

Vuelva su rostro hacia ustedes y les conceda la paz.
℟. Amén.

Y la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo y Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
℟. Amén.


Fotos: Vatican Media

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