* «’Ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo’, dice el Apocalipsis. Ahora podemos vivir en la libertad y el poder de los hijos de Dios que Cristo ha ganado para nosotros con su sacrificio, y por eso cantamos llenos de alegría: ¡Aleluya!»
Vigilia Pascual
Evangelio: San Mateo 28, 1-10
P. José María Prats / Camino Católico.- En el evangelio que hemos proclamado, Jesús resucitado pide a las mujeres que digan a los discípulos que vayan a Galilea y que allí lo verán. ¿Por qué? Pues porque ahora, habiendo vivido la experiencia clave de la resurrección, podrán entender el sentido profundo de todo lo que vivieron junto al Maestro desde el día en que los llamó a orillas del Lago de Galilea.
La muerte y la resurrección de Jesucristo es el acontecimiento clave de nuestra historia que la llena de luz y de sentido. Recordemos aquella visión del Apocalipsis en la que San Juan vio a Dios Padre con un libro en sus manos sellado con siete sellos, y cómo el apóstol se puso a llorar porque nadie «ni en el cielo ni en la tierra ni bajo tierra» era capaz de abrirlo y leerlo. Pero entonces apareció de pie junto al trono de Dios «un Cordero como degollado» que tomó el libro y empezó a abrir sus sellos en medio de las alabanzas de toda la asamblea celestial (cf. Ap 5).
Este Cordero degollado y de pie junto al trono de Dios es Jesucristo muerto y resucitado. Sólo Él puede tomar el libro de la historia y revelar su sentido profundo. Por eso hoy, en la noche santa en que Jesucristo resucita glorioso de entre los muertos, regresamos, no ya a Galilea, sino a los inicios de nuestra historia para releerla toda ella a la luz de la resurrección.
Hemos recordado que todo fue creado por la Palabra eterna de Dios: «Dijo Dios: “exista la luz”. Y la luz existió». Y todo fue creado bueno y armonioso, y sometido al hombre y a la mujer creados por esa misma Palabra a imagen y semejanza de Dios. Y cuando por el pecado el ser humano rompió su comunión con Dios, quiso Dios que su Palabra creadora se convirtiera también en Palabra redentora. Esta es la Palabra que Moisés escuchó junto a la zarza que ardía sin consumirse: «Ve, yo te envío al Faraón, para que liberes a mi pueblo de la esclavitud de Egipto». Y es también la Palabra pronunciada por los profetas con la que Dios fue guiando y educando a su pueblo a lo largo de los siglos.
Y en la plenitud de los tiempos, esta Palabra se hizo carne en las entrañas purísimas de María y habitó entre nosotros. Y tomando sobre sí misma el peso inconcebible del pecado de la humanidad de todos los tiempos, subió a la Cruz, y con su muerte destruyó el pecado para que nosotros fuéramos hechos justos.
El viernes pasado contemplábamos el misterio de la destrucción del pecado en la Cruz. Hoy, desbordantes de gozo, contemplamos la nueva vida que brota del árbol de la Cruz: «Ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo» ‒dice el Apocalipsis. Ahora podemos vivir en la libertad y el poder de los hijos de Dios que Cristo ha ganado para nosotros con su sacrificio, y por eso cantamos llenos de alegría: ¡Aleluya!
Pero no podemos olvidar nunca que la alegría y el poder de esta nueva vida brotan de las profundidades de la Cruz. Participamos de la resurrección del Señor en la medida en que participamos de su sacrificio. Así lo expresan unos versos preciosos del poeta argentino Francisco Luis Bernárdez: “Porque después de todo he comprendido / que lo que tiene el árbol de florido / vive de lo que tiene sepultado”.
P. José María Prats
Evangelio:
Pasado el sábado, al alborear el día siguiente, marcharon María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro.
Y de pronto se produjo un gran terremoto, porque un ángel del Señor descendió del cielo, se acercó, removió la piedra y se sentó sobre ella. Su aspecto era como de un relámpago, y su vestidura blanca como la nieve. Los guardias temblaron de miedo ante él y se quedaron como muertos.
El ángel tomó la palabra y les dijo a las mujeres:
—Vosotras no tengáis miedo; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como había dicho. Venid a ver el sitio donde estaba puesto. Marchad enseguida y decid a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos; irá delante de vosotros a Galilea: allí le veréis. Mirad que os lo he dicho.
Ellas partieron al instante del sepulcro con temor y una gran alegría, y corrieron a dar la noticia a los discípulos.
De pronto Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se acercaron, abrazaron sus pies y le adoraron.
Entonces Jesús les dijo:
—No tengáis miedo; id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán.
San Mateo 28, 1-10


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