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jueves, 25 de diciembre de 2025

Papa León XIV en homilía de Nochebuena, 24-12-2025: «En la tierra no hay espacio para Dios si no hay espacio para el hombre: no acoger a uno significa rechazar al otro»

* «Para encontrar al Salvador no hay que mirar hacia arriba, sino contemplar hacia abajo: la omnipotencia de Dios resplandece en la impotencia de un recién nacido; la elocuencia del Verbo eterno resuena en el primer llanto de un infante; la santidad del Espíritu brilla en ese cuerpecito limpio y envuelto en pañales. Es divina la necesidad de cuidado y calor que el Hijo del Padre comparte con todos sus hermanos en la historia. La luz divina que irradia este Niño nos ayuda a ver al hombre en cada vida que nace» 

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «La contemplación del Verbo hecho carne suscita en toda la Iglesia una palabra nueva y verdadera: proclamemos, pues, la alegría de la Navidad, que es fiesta de la fe, de la caridad y de la esperanza. Es fiesta de la fe, porque Dios se hace hombre, naciendo de la Virgen. Es fiesta de la caridad, porque el don del Hijo redentor se realiza en la entrega fraterna. Es fiesta de la esperanza, porque el niño Jesús la enciende en nosotros, haciéndonos mensajeros de paz. Con estas virtudes en el corazón, sin temer a la noche, podemos ir al encuentro del amanecer del nuevo día» 

 


24 de diciembre de 2025.- (Camino Católico) “En la tierra no hay espacio para Dios si no hay espacio para el hombre: no acoger a uno significa rechazar al otro. En cambio, donde hay lugar para el hombre, hay lugar para Dios; y entonces un establo puede llegar a ser más sagrado que un templo y el seno de la Virgen María, el arca de la nueva alianza”, ha subrayado el Papa León XIV en su homilía de su primera Misa de Nochebuena y de la Natividad del Señor, que ha celebrado en la Basílica de San Pedro, a las 22 horas del 24 de diciembre, ante seis mil fieles y otros miles, que aún lloviendo han seguido la celebración desde las pantallas de la plaza y a quienes el Santo Padre ha salido a saludar y bendecir antes de iniciar la eucaristía.




“He aquí la estrella que sorprende al mundo, una chispa recién encendida y resplandeciente de vida: «Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor» (Lc 2,11)”, ha afirmado el Papa León XIV.  Exhortando a admirar la sabiduría de la Navidad: “En el niño Jesús, Dios da al mundo una nueva vida”.  En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:



SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

SANTA MISA DE NOCHEBUENA


CAPILLA PAPAL


HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV


Basílica de San Pedro

Miércoles, 24 de diciembre de 2025



Queridos hermanos y hermanas:

Durante milenios, en todas partes del mundo, los pueblos han escrutado el cielo dando nombres y formas a estrellas mudas; en su imaginación, leían en ello los acontecimientos del futuro buscando en lo alto, entre los astros, la verdad que faltaba abajo, entre las casas. Sin embargo, como a tientas, en esa oscuridad seguían confundidos por sus propios oráculos. En esta noche, en cambio, «el pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz: sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz» (Is 9,1).

He aquí la estrella que sorprende al mundo, una chispa recién encendida y resplandeciente de vida: «Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor» (Lc 2,11). En el tiempo y en el espacio, allí donde estamos, viene Aquel sin el cual nunca habríamos existido. Vive entre nosotros quien da su vida por nosotros, iluminando nuestra noche con la salvación. No hay tiniebla que esta estrella no ilumine, porque en su luz toda la humanidad ve la aurora de una existencia nueva y eterna.

Es el nacimiento de Jesús, el Emmanuel. En el Hijo hecho hombre, Dios no nos da algo, sino a sí mismo, «a fin de librarnos de toda iniquidad, purificarnos y crear para sí un Pueblo elegido» (Tt 2,14). Nace en la noche Aquel que nos rescata de la noche: ya no hay que buscarla lejos, en los espacios siderales, la huella del día que alborea, sino inclinando la cabeza en el establo de al lado.

La clara señal dada al oscuro mundo es, de hecho, «un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12). Para encontrar al Salvador no hay que mirar hacia arriba, sino contemplar hacia abajo: la omnipotencia de Dios resplandece en la impotencia de un recién nacido; la elocuencia del Verbo eterno resuena en el primer llanto de un infante; la santidad del Espíritu brilla en ese cuerpecito limpio y envuelto en pañales. Es divina la necesidad de cuidado y calor que el Hijo del Padre comparte con todos sus hermanos en la historia. La luz divina que irradia este Niño nos ayuda a ver al hombre en cada vida que nace.

Para iluminar nuestra ceguera, el Señor quiso revelarse al hombre como hombre, su verdadera imagen, según un proyecto de amor iniciado con la creación del mundo. Mientras la noche del error oscurezca esta verdad providencial, «tampoco queda espacio para los otros, para los niños, los pobres, los extranjeros» (Benedicto XVI, Homilía en la noche de Navidad, 24 diciembre 2012). Las palabras del Papa Benedicto XVI, tan actuales, nos recuerdan que en la tierra no hay espacio para Dios si no hay espacio para el hombre: no acoger a uno significa rechazar al otro. En cambio, donde hay lugar para el hombre, hay lugar para Dios; y entonces un establo puede llegar a ser más sagrado que un templo y el seno de la Virgen María, el arca de la nueva alianza.

Admiremos, queridos amigos, la sabiduría de la Navidad. En el niño Jesús, Dios da al mundo una nueva vida ―la suya―, para todos. No es una idea que resuelva todos los problemas, sino una historia de amor que nos involucra. Ante las expectativas de los pueblos, Él envía un niño, para que sea palabra de esperanza; ante el dolor de los miserables, Él envía un indefenso, para que sea fuerza para levantarse; ante la violencia y la opresión, Él enciende una suave luz que ilumina con la salvación a todos los hijos de este mundo. Como señalaba san Agustín, «tanto te oprimió la soberbia humana, que sólo la humildad divina te podía levantar» (Sermo in Natale Domini,188, III, 3). Sí, mientras una economía distorsionada induce a tratar a los hombres como mercancía, Dios se hace semejante a nosotros, revelando la dignidad infinita de cada persona. Mientras el hombre quiere convertirse en Dios para dominar al prójimo, Dios quiere convertirse en hombre para liberarnos de toda esclavitud. ¿Será suficiente este amor para cambiar nuestra historia?

La respuesta llega en cuanto nos despertamos, como los pastores, de una noche mortal, a la luz de la vida naciente, contemplando al niño Jesús. En el establo de Belén, donde María y José, llenos de asombro, velan al recién nacido, el cielo estrellado se convierte en «una multitud del ejército celestial» (Lc 2,13). Son huestes desarmadas y desarmantes, porque cantan la gloria de Dios, cuya manifestación en la tierra es la paz (cf. v. 14); en el corazón de Cristo, en efecto, palpita el vínculo que une en el amor el cielo y la tierra y el Creador con las criaturas.

Por eso, hace exactamente un año, el Papa Francisco afirmaba que el nacimiento de Jesús reaviva en nosotros «el don y la tarea de llevar esperanza allí donde se ha perdido», porque «con Él florece la alegría, con Él la vida cambia, con Él la esperanza no defrauda» (Homilía en la noche de Navidad, 24 diciembre 2024). Con estas palabras daba comienzo el Año Santo. Ahora que el Jubileo llega a su fin, la Navidad es para nosotros tiempo de gratitud y de misión. Gratitud por el don recibido, misión para dar testimonio de este don al mundo. Como aclama el salmista: «Canten al Señor, bendigan su Nombre, día tras día, proclamen su victoria. Anuncien su gloria entre las naciones, y sus maravillas entre los pueblos» (Sal 96,2-3).

Hermanas y hermanos, la contemplación del Verbo hecho carne suscita en toda la Iglesia una palabra nueva y verdadera: proclamemos, pues, la alegría de la Navidad, que es fiesta de la fe, de la caridad y de la esperanza. Es fiesta de la fe, porque Dios se hace hombre, naciendo de la Virgen. Es fiesta de la caridad, porque el don del Hijo redentor se realiza en la entrega fraterna. Es fiesta de la esperanza, porque el niño Jesús la enciende en nosotros, haciéndonos mensajeros de paz. Con estas virtudes en el corazón, sin temer a la noche, podemos ir al encuentro del amanecer del nuevo día.

PAPA LEÓN XIV

Fotos: Vatican Media, 24-12-2025

Santa Misa de Nochebuena y Natividad del Señor, presidida por el Papa León XIV, 24-12-2025,

 

Foto: Vatican Media, 24-12-2025

24 de diciembre de 2025.- (Camino Católico)  El Papa León XIV ha presidido su primera santa misa de Nochebuena y de la Natividad del Señor en la Basílica de San Pedro ante seis mil fieles y otros miles, que aún lloviendo han seguido la celebración desde las pantallas de la plaza y a quienes el Santo Padre ha salido a saludar y bendecir antes de iniciar la eucaristía. En el vídeo de 13 TV se visualiza y escucha toda la celebración.

En su homilía, subraya que “en la tierra no hay espacio para Dios si no hay espacio para el hombre: no acoger a uno significa rechazar al otro. En cambio, donde hay lugar para el hombre, hay lugar para Dios; y entonces un establo puede llegar a ser más sagrado que un templo y el seno de la Virgen María, el arca de la nueva alianza”.

Homilía del evangelio de la Natividad del Señor: A Cristo lo que le empujó a bajar del cielo por nuestra salvación fue el amor / Por Cardenal Raniero Cantalamessa, OFM Cap.

* «Demos un beso a Jesús, como se desea hacer con todos los niños recién nacidos. Pero no nos contentemos con darlo sólo a la imagen de yeso o de porcelana; démoslo a un Jesús Niño de carne y hueso. Démoslo a un pobre, a alguien que sufre, ¡y se lo habremos dado a Él! Dar un beso, en este sentido, significa dar una ayuda concreta, pero también una buena palabra, aliento, una visita, una sonrisa, y a veces, ¿por qué no?, un beso de verdad. Son las luces más bellas que podemos encender en nuestro belén»

¿Por qué Dios se ha hecho hombre?

Navidad 

Isaías 52, 7-10; / Salmo 97 / Hebreos 1, 1-6 / San Juan 1, 1-18

Cardenal Raniero Cantalamessa, OFM Cap. / Camino Católico.- ¿Por qué Dios se ha hecho hombre?

Vayamos directos a la cumbre del prólogo de Juan, que constituye el Evangelio de la tercera Misa de Navidad, llamada «del día». En el Credo hay una frase que este día se recita de rodillas: «Por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo». Es la respuesta fundamental y perennemente válida a la pregunta: «¿Por qué el Verbo se hizo carne?», pero necesita ser comprendida e integrada. La cuestión de hecho reaparece bajo otra forma: ¿Y por qué se hizo hombre «por nuestra salvación»? ¿Sólo porque habíamos pecado y necesitábamos ser salvados? Un filón de la teología, inaugurado por el beato Duns Escoto, teólogo franciscano, desliga la encarnación de un vínculo demasiado exclusivo con el pecado del hombre y le asigna, como motivo primario, la gloria de Dios: «Dios decreta la encarnación del Hijo para tener a alguien, fuera de sí, que le ame de manera suma y digna de sí». 

Esta respuesta, aun bellísima, no es todavía definitiva. Para la Biblia lo más importante no es, como para los filósofos griegos, que Dios sea amado, sino que Dios «ama» y ama el primero (1 Juan 4, 10.19). Dios quiso la encarnación del Hijo no tanto para tener a alguien fuera de la Trinidad que le amara de forma digna de sí, sino más bien para tener a alguien a quien amar de manera digna de sí, esto es, ¡sin medida!

En Navidad, cuando llega Jesús Niño, Dios Padre tiene a alguien a quien amar con medida infinita porque Jesús es hombre y Dios a la vez. Pero no sólo a Jesús, sino también a nosotros junto a Él. Nosotros estamos incluidos en este amor, habiéndonos convertido en miembros del cuerpo de Cristo, «hijos en el Hijo». Nos lo recuerda el mismo prólogo de Juan: «A cuantos le recibieron, les da poder para ser hijos de Dios». 

Cristo, por lo tanto, bajó del cielo «por nuestra salvación», pero lo que le empujó a bajar del cielo por nuestra salvación fue el amor, nada más que el amor. Navidad es la prueba suprema de la «filantropía» de Dios como la llama la Escritura (Tito 3, 4), o sea, literalmente, de su amor por los hombres. Esta respuesta al por qué de la encarnación estaba escrita con claridad en la Escritura, por el mismo evangelista que hizo el prólogo: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Juan 3, 16).

¿Cuál debe ser entonces nuestra respuesta al mensaje de Navidad? El canto navideño Adeste fideles dice: «A quien así nos ama ¿quién no le amará?». Se pueden hacer muchas cosas para celebrar la Navidad, pero lo más verdadero y profundo se nos sugiere de estas palabras. Un pensamiento sincero de gratitud, de conmoción y de amor por quien vino a habitar entre nosotros, es el don más exquisito que podemos llevar al Niño Jesús, el adorno más bello en torno a su pesebre. 

Para ser sincero, además, el amor necesita traducirse en gestos concretos. El más sencillo y universal –cuando es limpio e inocente- es el beso. Demos por lo tanto un beso a Jesús, como se desea hacer con todos los niños recién nacidos. Pero no nos contentemos con darlo sólo a la imagen de yeso o de porcelana; démoslo a un Jesús Niño de carne y hueso. Démoslo a un pobre, a alguien que sufre, ¡y se lo habremos dado a Él! Dar un beso, en este sentido, significa dar una ayuda concreta, pero también una buena palabra, aliento, una visita, una sonrisa, y a veces, ¿por qué no?, un beso de verdad. Son las luces más bellas que podemos encender en nuestro belén.

Cardenal Raniero Cantalamessa, OFM Cap.

Evangelio

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.

Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por Él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz.

La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de Él y clama: 

«Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». 

Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.

 San  Juan 1, 1-18

Homilía del evangelio de Navidad: Desde el silencio del portal de Belén Dios nos habla al corazón y nos dice: «He venido a anunciarte el amor y la ternura que el Padre siente por ti» / Por P. José María Prats

* «Dios nos habla al corazón y nos dice: ‘He venido a mostrarte el gozo de vivir consagrado a este amor del Padre, orando, agradeciendo, adorando, contemplando; he venido para que conozcas la belleza y la alegría de entregar tu vida por los hermanos; he venido para sanar tus heridas, para renovarte, para revestirte de dignidad, belleza y santidad. Estoy dispuesto a cargar sobre mis espaldas el peso de tus pecados para liberarte de su yugo. Hoy he venido a tu casa y sólo te pido que me abras la puerta, que me escuches, que me quieras, que me permitas caminar a tu lado, que me ayudes a extender en el mundo el Reino de mi Padre, el Reino del amor y la misericordia, del perdón y la reconciliación. Ya ves que no vengo con pretensiones ni exigencias; vengo a entregarme por ti, a sufrir por ti, a morir por ti’»

Navidad

Isaías 52, 7-10 / Salmo 97 / Hebreos 1, 1-6 / San Juan 1, 1-18


P. José María Prats / Camino Católico.-   Hoy es un día de adoración, de contemplación asombrada del misterio inefable de Dios. Es un día de paradojas, de contrastes, de secretos escondidos desde la creación del mundo y que han sido finalmente revelados.

La Palabra que desde el principio estaba junto a Dios y era Dios, la Palabra por la que fueron creadas todas las cosas, la Palabra que resonó magnífica entre truenos y relámpagos en el Monte Sinaí, la Palabra que transmitieron los profetas, esta misma palabra se ha hecho carne y ha venido a habitar entre nosotros para hablarnos, no ya desde la majestad del rayo y del trueno, sino con labios humanos. Y lo primero que hemos escuchado de estos benditos labios ha sido el llanto de un niño, expresión de indigencia y vulnerabilidad.

Dios no ha venido al mundo avasallando con su poder y su gloria, como el Dios de la venganza que esperaba el mundo judío; ha venido con la humildad más grande que cabía esperar: naciendo como un niño desvalido, pobre y necesitado de todo.

Desde el silencio misterioso e inefable del portal de Belén Dios nos habla al corazón y nos dice: «No tengas miedo, no te asustes, no he venido a juzgarte, he venido como un hermano a compartir tu vida, tu alegría, tu esperanza, tu indigencia, tu sufrimiento, tu muerte.

He venido a anunciarte el amor y la ternura que el Padre siente por ti y a mostrarte el gozo de vivir consagrado a este amor, orando, agradeciendo, adorando, contemplando; he venido para que conozcas la belleza y la alegría de entregar tu vida por los hermanos; he venido para sanar tus heridas, para renovarte, para revestirte de dignidad, belleza y santidad.

Quiero que estés conmigo en la gloria que el Padre ha preparado para ti. Y todo esto lo deseo tan ardientemente que estoy dispuesto a sufrir lo que haga falta para que esto pueda ser así; estoy dispuesto a cargar sobre mis espaldas el peso de tus pecados para liberarte de su yugo.

Hoy he venido a tu casa y sólo te pido que me abras la puerta, que me escuches, que me quieras, que me permitas caminar a tu lado, que me ayudes a extender en el mundo el Reino de mi Padre, el Reino del amor y la misericordia, del perdón y la reconciliación. Ya ves que no vengo con pretensiones ni exigencias; vengo a entregarme por ti, a sufrir por ti, a morir por ti.»

Dice el evangelio que hemos proclamado: La Palabra «vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre.» Señor Jesús, creemos en ti, confiamos en ti, te acogemos en nuestro corazón y en nuestra vida. Danos, conforme a tu palabra, el poder de ser y vivir como hijos de Dios.

P. José María Prats


Evangelio:

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.


Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por Él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz.


La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.


Juan da testimonio de Él y clama: 


«Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». 


Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.


San Juan 1, 1-18

La Navidad es creer que la ternura vence al miedo, que la paz es posible y que, en cada gesto de amor, Cristo vuelve a nacer entre nosotros / Por P. Carlos García Malo

 


miércoles, 24 de diciembre de 2025

Brilla una estrella, nos deja su luz y una estela para anunciar al mundo que Dios Amor ha bajado a la Tierra ¡Feliz Navidad! / Por P. Carlos García Malo

 


La verdadera Navidad con San Carlo Acutis – Película de Dibujos animados

Camino Católico.-  En esta película de dibujos animados, acompañados por San Carlo Acutis, descubrimos el verdadero significado de la Navidad, no solo como una fecha, sino como un camino de fe, amor y esperanza. A lo largo de ella recorreremos: El Adviento, tiempo de preparación del corazón para recibir a Jesús. La Anunciación y la Visitación, donde María responde con fe al llamado de Dios. Las Posadas, su origen y su profundo significado cristiano. El significado de las tradiciones navideñas y el Nacimiento de Jesucristo, centro y razón de nuestra Navidad. La película ha sido realizada por Católicos Somos.

Homilía del P. Carmelo Donoso y lecturas de la Misa de hoy, miércoles, Feria de Adviento, 24-12-2025

24 de diciembre de 2025.- (Camino Católico) Homilía del P. Carmelo Donoso y lecturas de la Santa Misa de hoy, miércoles, Feria de Adviento, emitida por 13 TV desde la Basílica de la Concepción de Madrid.

Santa Misa de hoy, miércoles, Feria de Adviento, 24-12-2025

24 de diciembre de 2025.- (Camino Católico) Celebración de la Santa Misa de hoy, miércoles, Feria de Adviento, presidida por el P. Carmelo Donosoemitida por 13 TV desde la Basílica de la Concepción de Madrid.

Misterios Gloriosos del Santo Rosario, desde el Santuario de Lourdes, 24-12-2025

24 de diciembre de 2025.- (Camino Católico).- Rezo de los Misterios Gloriosos del Santo Rosario, correspondientes a hoy, miércoles, desde la Gruta de Massabielle, en el Santuario de Lourdes, en el que se intercede por el mundo entero.