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sábado, 14 de marzo de 2026

Homilía del evangelio del domingo: El Señor quiere purificar a su Iglesia destruyendo sus nefastas alianzas con el mundo para que pueda proclamar con todo el corazón: «Creo, Señor» / Por P. José María Prats

Domingo IV de Cuaresma – A

1 Samuel 16, 1b.6-7.10-13a/ Salmo 22 / Efesios 5, 8-14 / San Juan 9, 1-41

P. José María Prats / Camino Católico.-  Esta segunda catequesis bautismal del ciclo A nos presenta la curación de un ciego de nacimiento en la que los judíos convertidos a Cristo de la segunda mitad del siglo I veían representada la historia de su conversión. 

Cuando, tras haber sido iluminados por Cristo, estos judíos contemplan su vida anterior, la comparan con la de un ciego: Cristo les ha abierto los ojos y les ha mostrado un horizonte nuevo, llenando su vida de luz, de sentido y de esperanza. Son conscientes de que, desde entonces, su vida ha cambiado por completo, de que son –como dice San Pablo– una nueva creación. De hecho, el gesto de Jesús haciendo barro con su saliva y untando los ojos del ciego, evoca los relatos de la creación cuando el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas y Dios modeló al hombre del polvo de la tierra. 

La conciencia de haber adquirido una identidad nueva aparece muy claramente en la historia del ciego: unos dicen que se trata de la misma persona que antes estaba ciega, otros que no, pero que se le parece. El ciego insiste en que es él mismo pero con una gran diferencia: ¡ahora ve!

La historia de estos judíos, como la del ciego, estuvo marcada por el rechazo y la marginación. Muchos ni siquiera contaron con el apoyo de sus padres («preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse») y su comunidad acabó excluyéndolos del culto sinagogal.

En el conflicto de estos conversos con las autoridades judías reflejado en esta historia, llama mucho la atención la actitud de unos y otros. Los fariseos se obstinan en negar los hechos contra toda evidencia («no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista») y en desprestigiar a Jesús a pesar de la bondad y el poder de sus signos («este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado»). El ciego, en cambio, sin entrar en disputas teológicas, se remite únicamente a la experiencia de su encuentro personal con Jesús: «Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo».

De hecho, el rechazo de su entorno y la expulsión de la sinagoga liberaron a estos conversos de la estrechez de las concepciones mesiánicas judías que los mantenían en una fe en Jesús ambigua y vacilante, permitiéndoles llevar esta fe hasta sus últimas consecuencias en consonancia con la profunda experiencia espiritual que habían tenido. Así, vemos en el relato cómo es sólo después de la expulsión de la sinagoga cuando Jesús se manifiesta claramente al ciego como el Hijo del hombre («lo estás viendo: el que te está hablando, ése es») y éste, postrándose ante Él, responde: «Creo, Señor».

Todo esto ocurrió hace casi veinte siglos, pero tal vez pronto nos toque revivir esta experiencia. La hegemonía cada vez más intransigente de un nuevo orden mundial y la obstinación de muchos líderes de nuestra sociedad en presentar contra toda evidencia la cosmovisión cristiana como falsa y perversa, está llevando a los cristianos a una situación de marginación cada vez mayor. Tal vez, como entonces, el Señor quiera purificar así a su Iglesia, destruyendo sus nefastas alianzas con el mundo para que, postrada nuevamente ante Él, pueda proclamar con todo el corazón: «Creo, Señor».

P. José María Prats

 

Evangelio:

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: 

«Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?». 


Respondió Jesús: 


«Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios. Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo». 


Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: 


«Vete, lávate en la piscina de Siloé» (que quiere decir Enviado). 


El fue, se lavó y volvió ya viendo.


Los vecinos y los que solían verle antes, pues era mendigo, decían: 


«¿No es éste el que se sentaba para mendigar?».


Unos decían: 


«Es él». «No, decían otros, sino que es uno que se le parece». 


Pero él decía:

 

«Soy yo». 


Le dijeron entonces: 


«¿Cómo, pues, se te han abierto los ojos?». 


Él respondió: 


«Ese hombre que se llama Jesús, hizo barro, me untó los ojos y me dijo: ‘Vete a Siloé y lávate’. Yo fui, me lavé y vi». 


Ellos le dijeron: 


«¿Dónde está ése?». 


El respondió: 


«No lo sé».


Lo llevan donde los fariseos al que antes era ciego. Pero era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos a su vez le preguntaron cómo había recobrado la vista. Él les dijo: 


«Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo».


Algunos fariseos decían: 


«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». 


Otros decían: 


«Pero, ¿cómo puede un pecador realizar semejantes señales?». 


Y había disensión entre ellos. Entonces le dicen otra vez al ciego: 


«¿Y tú qué dices de Él, ya que te ha abierto los ojos?». 


Él respondió: 


«Que es un profeta».


No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista y les preguntaron: 


«¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?». 


Sus padres respondieron: 


«Nosotros sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Pero, cómo ve ahora, no lo sabemos; ni quién le ha abierto los ojos, eso nosotros no lo sabemos. Preguntadle; edad tiene; puede hablar de sí mismo». 


Sus padres decían esto por miedo por los judíos, pues los judíos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno le reconocía como Cristo, quedara excluido de la sinagoga. Por eso dijeron sus padres: 


«Edad tiene; preguntádselo a él».


Le llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: 


«Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». 


Les respondió: 


«Si es un pecador, no lo sé. Sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo». 


Le dijeron entonces: 


«¿Qué hizo contigo? ¿Cómo te abrió los ojos?». 


Él replicó: 


«Os lo he dicho ya, y no me habéis escuchado. ¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿Es qué queréis también vosotros haceros discípulos suyos?». 

Ellos le llenaron de injurias y le dijeron: 


«Tú eres discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; pero ése no sabemos de dónde es». 


El hombre les respondió: 


«Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; mas, si uno es religioso y cumple su voluntad, a ése le escucha. Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada». 


Ellos le respondieron: 


«Has nacido todo entero en pecado ¿y nos das lecciones a nosotros?». 


Y le echaron fuera.


Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo: 


«¿Tú crees en el Hijo del hombre?». 


El respondió: 


«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». 


Jesús le dijo: 


«Le has visto; el que está hablando contigo, ése es». 


Él entonces dijo: 


«Creo, Señor». 


Y se postró ante Él. 


Y dijo Jesús: 


«Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos». 


Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: 


«Es que también nosotros somos ciegos?». 


Jesús les respondió: 


«Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: ‘Vemos’ vuestro pecado permanece».


San Juan 9, 1-41

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