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miércoles, 20 de mayo de 2026

Papa León XIV en la Audiencia General, 20-5-2026: «La liturgia está habitada por el Espíritu Santo, nos introduce en la vida de Cristo, nos convierte en su Cuerpo y es un signo de la unidad del género humano en Cristo»

* «la liturgia sostiene a los fieles sumergiéndolos siempre y de nuevo en la Pascua del Señor y, por lo tanto, a través de la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos y la oración común, estos son fortalecidos, animados y renovados en su compromiso de fe y en su misión. En otras palabras, la participación de los fieles en la acción litúrgica es al mismo tiempo ‘interior’ y ‘exterior’. Esto significa también que está llamada a desarrollarse concretamente a lo largo de toda la vida cotidiana, en una dinámica ética y espiritual, de modo que la liturgia celebrada se traduzca en vida y exija una existencia fiel, capaz de hacer concreto lo que se ha vivido en la celebración: es así como nuestra vida se convierte en 'sacrificio vivo, santo y agradable a Dios', realizando nuestro 'culto espiritual'»

Video completo de la transmisión en directo realizada por Vatican News con la catequesis del Papa León XIV y la síntesis que ha hecho en nuestro idioma

* «Hace cuarenta años, san Juan Pablo II publicó la encíclica Dominum et Vivificantem, en la que recordaba que el Espíritu Santo es la «Luz de los corazones» y nos permite «llamar por su nombre al bien y al mal». Mientras esperamos Pentecostés, pidamos al Espíritu de Dios que despierte las conciencias humanas con sus dones, que las aparte de la injusticia, la violencia y la guerra, ¡y que renueve la faz de la tierra!» 


20 de mayo de 2026.- (Camino Católico).- “La liturgia edifica día a día a los que están dentro de la Iglesia para ser templo santo en el Señor, y forma una comunidad abierta y acogedora para con todos. De hecho, está habitada por el Espíritu Santo, nos introduce en la vida de Cristo, nos convierte en su Cuerpo y, en todas sus dimensiones, representa un signo de la unidad de todo el género humano en Cristo”, ha subrayado el Papa León XIV, ante 20.000 fieles, en la plaza de San Pedro, en su catequesis de la Audiencia General, al iniciar una nueva serie dedicada al Concilio Vaticano II, comenzando por el primer documento aprobado: la Constitución Sacrosanctum Concilium.



Antes de iniciar su catequesis, el Papa León XIV ha dirigió un especial saludo de bienvenida a Su Santidad Aram I, Catolicós de Cilicia de la Iglesia Apostólica Armenia, presente junto a su delegación en la plaza de San Pedro y que se ha sentado al lado del Pontífice. El Santo Padre recuerda la situación en el Líbano y Oriente Medio, “una vez más desgarrados por la violencia y la guerra” y pide rezar por la paz. Además, demuestra su aprecio por la contribución personal del Catolicós al ecumenismo, con miras a la “plena unidad”.



En sus saludos a los fieles Polacos, León XIV, ante la próxima solemnidad de Pentecostés, que la Iglesia celebrará este domingo, ha invitado a pedir a Dios "que despierte las conciencias humanas con sus dones, que las aleje de la injusticia, de la violencia y de la guerra". El Pontífice ha recordado que, hace 40 años, San Juan Pablo II subrayó que el Espíritu Santo es la “Luz de los corazones” y quien permite al ser humano “llamar por su nombre al bien y al mal”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la catequesis traducida al español y la síntesis que el Santo Padre ha hecho en nuestro idioma, cuyo texto completo es el siguiente:

LEÓN XIV

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro

Miércoles, 13 de mayo de 2026


Los documentos del Concilio Vaticano II. III. Constitución Sacrosantum Concilium. 1. La liturgia en el misterio de la Iglesia 

Saludo del Santo Padre a Su Santidad Aram I, Catolicós de Cilicia al iniciar la Audiencia General:

Me complace enormemente dar la bienvenida a Su Santidad Aram I, Catolicós de Cilicia de la Iglesia Apostólica Armenia, junto con la distinguida delegación que lo acompaña. Esta visita fraterna representa una importante oportunidad para fortalecer los lazos de unidad que ya existen entre nosotros, en nuestro camino hacia la plena comunión entre nuestras Iglesias.

Santidad, en estos días de preparación para Pentecostés, invoco la gracia del Espíritu Santo sobre su peregrinación a las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo, e invito a todos los presentes a orar fervientemente al Señor para que su visita y sus encuentros constituyan un paso más en el camino hacia la plena unidad. Oremos también por la paz en el Líbano y en Oriente Medio, nuevamente asolados por la violencia y la guerra.

Santidad, deseo expresar mi especial gratitud por su constante compromiso personal con el ecumenismo, especialmente con el diálogo teológico internacional entre la Iglesia Católica y las Iglesias Ortodoxas Orientales.

¡Bienvenidos, Santidad, queridos obispos y queridos amigos! Juntos, invoquemos la intercesión de San Gregorio el Iluminador, San Gregorio de Nareg, Santa Nerses la Graciosa y, sobre todo, de la Virgen Madre de Dios, para que iluminen nuestro camino hacia la plenitud de esa unidad que todos anhelamos.

Catequesis

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Hoy comenzamos una serie de catequesis sobre el primer documento promulgado por el Concilio Vaticano II: la Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium (SC).

Al elaborar esta Constitución, los Padres conciliares quisieron no solo emprender una reforma de los ritos, sino también llevar a la Iglesia a contemplar y profundizar en ese vínculo vivo que la constituye y la une: el misterio de Cristo. La liturgia, en efecto, toca el corazón mismo de este misterio: es a la vez el espacio, el tiempo y el contexto en el que la Iglesia recibe de Cristo su propia vida. En la liturgia, de hecho, «se ejerce la obra de nuestra Redención» (SC, 2), que nos convierte en linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios (cf. 1Pt 2,9).

Como ha puesto de manifiesto la triple renovación —bíblica, patrística y litúrgica— que ha atravesado la Iglesia a lo largo del siglo XX, el Misterio en cuestión no designa una realidad oscura, sino el designio salvífico de Dios, oculto desde la eternidad y revelado en Cristo, según la afirmación de San Pablo (cf. Ef 3,3-6). He aquí, pues, el Misterio cristiano: el acontecimiento pascual, es decir, la pasión, la muerte, la resurrección y la glorificación de Cristo, que precisamente en la liturgia se nos hace sacramentalmente presente, de modo que cada vez que participamos en la asamblea reunida «en su nombre» (Mt 18,20) estamos inmersos en este Misterio.

Cristo mismo es el principio interior del misterio de la Iglesia, el pueblo santo de Dios, nacido de su costado traspasado en la cruz. En la santa liturgia, con el poder de su Espíritu, Él sigue actuando. Santifica y asocia a la Iglesia, su esposa, a su ofrenda al Padre. Ejerce su sacerdocio absolutamente único, Él que está presente en la Palabra proclamada, en los sacramentos, en los ministros que celebran, en la comunidad reunida y, en grado sumo, en la Eucaristía (cf. SC, 7). Así es como, según San Agustín (cf. Serm., 277), al celebrar la Eucaristía, la Iglesia «recibe el Cuerpo del Señor y se convierte en lo que recibe»: se convierte en el Cuerpo de Cristo, «morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2,22). Esta es «la obra de nuestra redención», que nos configura a Cristo y nos edifica en la comunión.

En la santa liturgia, dicha comunión se realiza «por medio de los ritos y de las oraciones» (SC, 48). La ritualidad de la Iglesia expresa su fe —según el célebre dicho lex orandi, lex credendi— y, al mismo tiempo, plasma la identidad eclesial: la Palabra proclamada, la celebración del Sacramento, los gestos, los silencios, el espacio, todo ello representa y da forma al pueblo convocado por el Padre, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo. Cada celebración se convierte así en una verdadera epifanía de la Iglesia en oración, como recordó san Juan Pablo II (Carta apostólica Vicesimus quintus annus, 9).

Si la liturgia está al servicio del misterio de Cristo, se comprende por qué se la ha definido como «la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC, 10). Es cierto que la acción de la Iglesia no se limita únicamente a la liturgia; sin embargo, todas sus actividades (la predicación, el servicio a los pobres, el acompañamiento de las realidades humanas) convergen hacia esta «cumbre». En sentido inverso, la liturgia sostiene a los fieles sumergiéndolos siempre y de nuevo en la Pascua del Señor y, por lo tanto, a través de la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos y la oración común, estos son fortalecidos, animados y renovados en su compromiso de fe y en su misión. En otras palabras, la participación de los fieles en la acción litúrgica es al mismo tiempo «interior» y «exterior».

Esto significa también que está llamada a desarrollarse concretamente a lo largo de toda la vida cotidiana, en una dinámica ética y espiritual, de modo que la liturgia celebrada se traduzca en vida y exija una existencia fiel, capaz de hacer concreto lo que se ha vivido en la celebración: es así como nuestra vida se convierte en «sacrificio vivo, santo y agradable a Dios», realizando nuestro «culto espiritual» (Rom 12,1).

De este modo, «la liturgia edifica día a día a los que están dentro de la Iglesia para ser templo santo en el Señor» (SC, 2), y forma una comunidad abierta y acogedora para con todos. De hecho, está habitada por el Espíritu Santo, nos introduce en la vida de Cristo, nos convierte en su Cuerpo y, en todas sus dimensiones, representa un signo de la unidad de todo el género humano en Cristo. Como decía el Papa Francisco: «El mundo todavía no lo sabe, pero todos están invitados al banquete de bodas del Cordero (Ap 19,9)» (Carta apostólica Desiderio desideravi, 5).

Queridísimos, dejémonos moldear interiormente por los ritos, por los símbolos, por los gestos y, sobre todo, por la presencia viva de Cristo en la liturgia, que tendremos ocasión de profundizar en las próximas catequesis.

Después, al saludar a los peregrinos de lengua española, el Papa ha dicho:

En esta catequesis comenzamos a reflexionar sobre el primer documento promulgado por el Concilio Vaticano II: la Constitución Sacrosanctum Concilium, dedicada a la sagrada liturgia. Su propósito es conducir a la Iglesia a contemplar y profundizar el vínculo que la une con el misterio de Cristo; es decir, con su pasión, muerte, resurrección y glorificación. Esta comunión se realiza en la sagrada liturgia a través de ritos y oraciones. La Iglesia expresa así su fe y modela su identidad como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo.

En la liturgia, Cristo sigue actuando, presente en la Palabra proclamada, en los sacramentos, en los ministros que celebran, en la comunidad reunida y, sobre todo, en la Eucaristía. La participación de los fieles en la acción litúrgica los edifica, los renueva y los envía a manifestar lo celebrado en la vida cotidiana, haciendo de la propia existencia un «sacrificio vivo, santo y agradable a Dios» (Rm 12,1).

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a dejarnos formar interiormente por la liturgia, para que toda nuestra vida sea una continua “acción de gracias”. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

El Santo Padre ha dicho en otros idiomas:

Hace cuarenta años, san Juan Pablo II publicó la encíclica Dominum et Vivificantem, en la que recordaba que el Espíritu Santo es la «Luz de los corazones» y nos permite «llamar por su nombre al bien y al mal». Mientras esperamos Pentecostés, pidamos al Espíritu de Dios que despierte las conciencias humanas con sus dones, que las aparte de la injusticia, la violencia y la guerra, ¡y que renueve la faz de la tierra!

Finalmente, me dirijo a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados, deseándoles que sirvan siempre a Dios con alegría y que amen a su prójimo con espíritu evangélico.

¡Mi bendición para todos!

Papa León XIV





Fotos: Vatican Media, 20-5-2026

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