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lunes, 2 de noviembre de 2026

Papa León XIV en homilía, 2-11-2026: «La fe en Cristo enseña que nuestro vínculo con los fieles difuntos no se rompe, sino que se transforma; con la oración de intercesión los acompañamos hacia la comunión plena con el Señor»

* «Nuestra fe está iluminada con la Palabra proclamada, la cual fortalece nuestra confianza en las manos de Dios. El Libro de la Sabiduría nos recuerda que estas manos son capaces de custodiar con seguridad las almas de los justos: ‘ningún tormento los tocará’ (Sab 3,1). Esta es la promesa de salvación que, especialmente en este día, se convierte en el centro de la súplica que elevamos al Señor de la Vida por todos los fieles difuntos. Que sus manos paternas y seguras los custodien por toda la eternidad, para que puedan disfrutar plenamente de esa unión recíproca y vital» 

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «De entre las ocho Bienaventuranzas que recoge el Evangelio de Mateo, hay una que hoy nos toca de manera especial: ‘Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados’ (Mt 5,4). En este momento queremos rezar por todos aquellos que han perdido recientemente a un ser querido; en particular, por aquellos a quienes la absurda violencia de la guerra se lo ha arrebatado. ¡Que las lágrimas de tantas madres, de tantos niños, de tantos ancianos conmuevan las conciencias de quienes tienen el poder de hacer callar las armas!» 

2 de noviembre de 2026.- (Camino Católico)  “La fe en Cristo nos enseña que nuestro vínculo con los fieles difuntos no se rompe, sino que se transforma. Mediante la oración de intercesión, acompañamos a nuestros seres queridos hacia la comunión plena con el Señor”, ha reflexionado el Papa León XIV en su homilía de la santa misa de la conmemoración de todos los fieles difuntos, que ha celebrado esta tarde ante 1500 personas en el cementerio romano del Verano.



Nada más llegar, León XIV ha depositado un ramo de rosas blancas y amarillas sobre la lápida de una tumba de mármol elegida al azar, perteneciente a una familia italiana y marcada con el nombre de Antonia Coccia Nicolini.





Al reflexionar sobre el Evangelio de las Bienaventuranzas proclamado durante la celebración, afirma que estas constituyen el “autorretrato de Jesús” y muestran el camino hacia una vida plenamente realizada, tanto en esta tierra como en la eternidad. “El Señor Resucitado nos dice: dichosos quienes viven según este camino, porque de ellos es el Reino de los Cielos”, destaca.



Además, observa que este mensaje adquiere una fuerza particular en un cementerio, al que describió como “un umbral entre este mundo y el más allá”, donde la fe permite contemplar la muerte desde la esperanza de la resurrección.



En el octavo centenario de la muerte de San Francisco de Asís, León XIV recuerda la alabanza que el santo añadió al Cántico de las Criaturas al acercarse el final de su vida, cuando se refirió a la “hermana muerte corporal” y proclamó dichosos a quienes son encontrados en la voluntad de Dios.



En su homilía, el Pontífice subraya la esperanza cristiana en la vida eterna y reafirmó que Dios custodia para siempre a quienes han partido de este mundo. Citando el Libro de la Sabiduría, recordó que las almas de los justos están seguras en las manos del Señor y que “ningún tormento los alcanzará”.



El Papa explica que esta promesa de salvación constituye el núcleo de la oración de la Iglesia en el Día de los Difuntos, cuando los fieles encomiendan a sus seres queridos a la misericordia divina para que alcancen la plena comunión con Dios. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto completo es el siguiente:



CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS


SANTA MISA


HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV


Cementerio del Verano, Roma

Lunes, 2 de noviembre de 2026



Queridos hermanos y hermanas:


Nos hemos reunido para celebrar la Eucaristía en este lugar de oración y recuerdo, de afecto y esperanza. La ofrecemos en sufragio de los fieles difuntos; en particular, por aquellos que descansan aquí y por aquellos que cada uno de nosotros lleva en su corazón.


Conmemorar a los fieles difuntos, al día siguiente la solemnidad de Todos los Santos, orienta nuestra oración de hoy. Nos dirigimos al Padre del cielo pidiendo que la vida de santidad y bienaventuranza, de la que ya disfrutan tantos de sus hijos e hijas, envuelva el alma de quienes duermen el sueño de la paz.


Nuestra fe está iluminada con la Palabra proclamada, la cual fortalece nuestra confianza en las manos de Dios. El Libro de la Sabiduría nos recuerda que estas manos son capaces de custodiar con seguridad las almas de los justos: «ningún tormento los tocará» (Sab 3,1). Esta es la promesa de salvación que, especialmente en este día, se convierte en el centro de la súplica que elevamos al Señor de la Vida por todos los fieles difuntos.


Que sus manos paternas y seguras los custodien por toda la eternidad, para que puedan disfrutar plenamente de esa unión recíproca y vital que el Señor promete a su pueblo en el Libro del Apocalipsis: «Ellos serán su pueblo y él será Dios con ellos, su Dios» (Ap 21,3). Nuestra oración intercede para que llegue a su plenitud esta comunión de vida eterna prometida por el Buen Pastor a sus ovejas, que jamás se perderán y a quienes nadie podrá arrebatar de su mano (cf. Jn 10,28).


Queridos amigos, hemos escuchado el Evangelio de las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Son como un autorretrato de Jesús, que Él mismo ofrece a sus discípulos proclamando: «¡Bienaventurados ustedes!» (v. 11). Las Bienaventuranzas son el camino hacia una vida plena y consumada, ya ahora como por toda la eternidad. Al escucharlas proclamadas en la liturgia, sabemos que es el Señor Resucitado quien nos habla. Este anuncio de salvación —las Bienaventuranzas— resuena con particular fuerza espiritual en un cementerio, que es como un umbral entre este mundo y el más allá, entre la existencia terrenal y el más allá que nos espera. Jesús resucitado nos dice: bienaventurados los que viven según este camino, porque de ellos es el reino de los cielos.


De entre las ocho Bienaventuranzas que recoge el Evangelio de Mateo, hay una que hoy nos toca de manera especial: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» (Mt 5,4). En este momento queremos rezar por todos aquellos que han perdido recientemente a un ser querido; en particular, por aquellos a quienes la absurda violencia de la guerra se lo ha arrebatado. ¡Que las lágrimas de tantas madres, de tantos niños, de tantos ancianos conmuevan las conciencias de quienes tienen el poder de hacer callar las armas!


En el octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís, es natural recordar la «bienaventuranza» que él añadió al *Cántico de las criaturas* al comprender que su fin estaba próximo: «¡Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, / de la cual ningún hombre viviente puede escapar! / ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! / ¡Bienaventurados aquellos a quienes encontrarás en tu santísima voluntad, / porque la segunda muerte no les hará mal!».


Queridos hermanos y hermanas, la fe en Cristo nos enseña que nuestro vínculo con los fieles difuntos no se rompe, sino que se transforma. Mediante la oración de intercesión, acompañamos a nuestros seres queridos hacia la comunión plena con el Señor; una comunión de la que ya podemos vislumbrar un anticipo aquí, en el sacramento de la Eucaristía. Animados por esta fe llena de esperanza, continuamos nuestro camino terrenal, a la espera del día en que Él enjugará toda lágrima, cuando «ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado» (Ap 21,4).



PAPA LEÓN XIV



Fotos: Vatican Media, 2-11-2026

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