* «Ahora la oscuridad de la noche todavía nos permite vivir una vida inauténtica, centrados en nosotros mismos, en el empeño por satisfacer nuestras pasiones, en la autocomplacencia que ignora el sufrimiento ajeno; pero cuando llegue la plenitud del Reino de Dios, iluminará con tal fuerza el verdadero sentido de todas las cosas, que ya no será posible seguir viviendo de esta manera. Dios es amor, donación de sí mismo, y su plena soberanía en el mundo supondrá la hegemonía del amor, de la vida vivida como don recibido y entregado. Y el que no entre ya ahora en este modo de vida no podrá habitar en el mundo que viene»
Domingo I de Adviento - A
Isaías 2, 1-5 / Salmo 121 / Romanos 13, 11-14 / San Mateo 24, 37-44
P. José María Prats / Camino Católico.- Un espectáculo precioso que probablemente muchos habréis tenido la oportunidad de contemplar es ver amanecer desde el avión. Primero aparece en la oscuridad de la noche un arco de luz de infinidad de colores en el horizonte, después asoman los primeros destellos del sol y poco a poco este frente de luz va avanzando y creciendo hasta invadirlo todo con su claridad, revelando con nitidez los contornos y formas de todas las cosas.
Esta es –como nos ha dicho San Pablo– una figura preciosa de la realidad histórica presente: «La noche está avanzada, el día se echa encima», es decir, está amaneciendo. El sol representa a Cristo resucitado del que nos llegan ya esos primeros destellos de luz que San Pablo llama «las primicias del Espíritu» (Rm 8,23), y ese arco iluminado por el sol en el horizonte es el Reino de Dios que avanza rápidamente hacia nosotros hasta que alcance su plenitud cuando Cristo venga con gloria para juzgar a vivos y muertos y recapitular en Él todas las cosas.
¿Qué hemos de hacer ante esta realidad que se avecina? San Pablo responde: «Dejemos las actividades de las tinieblas y (...) conduzcámonos como en pleno día». Porque ahora la oscuridad de la noche todavía nos permite vivir una vida inauténtica, centrados en nosotros mismos, en el empeño por satisfacer nuestras pasiones, en la autocomplacencia que ignora el sufrimiento ajeno; pero cuando llegue la plenitud del Reino de Dios, iluminará con tal fuerza el verdadero sentido de todas las cosas, que ya no será posible seguir viviendo de esta manera. Dios es amor, donación de sí mismo, y su plena soberanía en el mundo supondrá la hegemonía del amor, de la vida vivida como don recibido y entregado. Y el que no entre ya ahora en este modo de vida no podrá habitar en el mundo que viene.
Pero para dejar las actividades de las tinieblas y conducirnos como en pleno día es necesario –nos dice San Pablo– «pertrecharse con las armas de la luz» y «vestirse del Señor Jesucristo». Sólo podemos prepararnos para vivir en la plenitud de la luz viviendo ya desde ahora en la luz de «las primicias del Espíritu», de esos primeros fulgores que nos llegan del sol naciente que es Jesucristo resucitado. Con un juego de espejos se podría crear un sencillo dispositivo óptico que capturara y retuviera los débiles destellos del sol naciente creando un espacio lleno de luz en medio de la oscuridad. He aquí una figura preciosa de la vida espiritual donde los espejos representan las «armas de la luz» mencionadas por San Pablo, armas como la oración, los sacramentos, el estudio y meditación de la Palabra de Dios, la abnegación y el ejercicio de la caridad, con las que amplificamos y retenemos en nosotros al Espíritu Santo que nos viste del Señor Jesucristo para caminar a su luz, como en pleno día, en un mundo que todavía se debate entre las tinieblas y la luz.
Los inversores en Bolsa darían lo que fuera por saber lo que va a ocurrir en los mercados de valores. Si supieran que una determinada empresa va a hundirse y otra va a encumbrarse, transferirían rápidamente de una a otra todo el capital, antes de que fuera demasiado tarde. Nosotros tenemos esta información privilegiada: sabemos que la existencia humana edificada sobre las bases del materialismo y del egoísmo va a derrumbarse. Ha llegado, pues, el momento de poner todo nuestro capital en el Reino de Dios. Y hay que hacerlo pronto, antes de que sea demasiado tarde, porque el Hijo del Hombre vendrá como un ladrón en la noche.
P. José María Prats
Evangelio:
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del hombre. Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado; dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada.
Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».
San Mateo 24, 37-44



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