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sábado, 10 de enero de 2026

Homilía del evangelio del domingo: En el bautismo de Jesús desciende el Espíritu Santo, el Cielo se ha abierto y se ha restablecido la comunión entre Dios y el ser humano / Por P. José María Prats

* «Cuando Jesús acude al Jordán para ser bautizado por Juan, va llevando el pecado de su pueblo, que ha asumido, para iniciar su purificación y su sanación. De hecho, este gesto es como una súplica de intercesión de Jesús, pidiendo la purificación y la sanación de su pueblo. Y a esta súplica el Padre responde con el don del Espíritu Santo que la hace posible: ‘Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él’. La apertura del cielo tiene un profundo significado. El cielo cerrado representa la ausencia de comunión entre Dios y el ser humano como resultado del pecado. Y bajo este cielo cerrado habitaba una naturaleza humana herida por el pecado, naturaleza que el mismo Señor asumió»

El Bautismo del Señor - A

Isaías 42,1-4.6-7 /  Salmo 28  / Hechos 10, 34-38  / San Mateo 3, 13-17

P. José María Prats / Camino Católico.-  La fiesta del Bautismo del Señor, con la que concluimos el tiempo de Navidad, tiene una gran importancia teológica. En su Bautismo, Jesús es ungido por el Espíritu Santo, el cual impulsará a partir de ahora su ministerio público para la salvación del mundo, lo resucitará y colmará después de su muerte, y se derramará a continuación sobre los que creen en Él. Veamos algunos aspectos clave de este Bautismo del Señor:

El bautismo de Juan era un bautismo de conversión, y Jesús, el Cordero Inmaculado, no tenía ninguna necesidad de conversión. ¿Por qué acude entonces al Jordán? El mismo Juan se queda perplejo y le dice: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?» La respuesta es que Jesús es lo que los teólogos llaman una personalidad corporativa que asume y representa en sí mismo a su pueblo. Se trata de una concepción muy arraigada en el pueblo de Israel: la suerte y el destino del pueblo estaban asociados a la suerte y al destino del rey. El pecado o la virtud del rey suponían la desgracia o el bienestar de todo el pueblo. Esta idea, tan importante para entender la obra de la salvación, se pone especialmente de manifiesto en la profecía de Isaías de su pasión: «Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores ... nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron» (Is 53,4-5).

Así pues, cuando Jesús acude al Jordán para ser bautizado por Juan, va llevando el pecado de su pueblo, que ha asumido, para iniciar su purificación y su sanación. De hecho, este gesto es como una súplica de intercesión de Jesús, pidiendo la purificación y la sanación de su pueblo. Y a esta súplica el Padre responde con el don del Espíritu Santo que la hace posible: «Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él».

La apertura del cielo tiene un profundo significado. El cielo cerrado representa la ausencia de comunión entre Dios y el ser humano como resultado del pecado. Y bajo este cielo cerrado habitaba una naturaleza humana herida por el pecado, naturaleza que el mismo Señor asumió.

Pues ahora, en la persona de Jesús, sobre esta naturaleza herida desciende el Espíritu Santo para vivificarla, como cuando en la creación Dios sopló su aliento sobre el hombre que había formado del barro para comunicarle su misma vida divina. El Cielo, pues, se ha abierto: se ha restablecido la comunión entre Dios y el ser humano.

La primera y segunda lecturas de hoy nos hablan de la acción del Espíritu Santo en Jesús, impulsándole a llevar a cabo la obra de la salvación.

En la profecía de Isaías el Señor dice: «Sobre él he puesto mi Espíritu, para que traiga el derecho a las naciones». Y el libro de los Hechos nos habla de «Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo». El Espíritu Santo es, pues, el poder con el que Jesús trae el derecho a las naciones, hace el bien y cura a los oprimidos por el diablo.

Este mismo Espíritu será el que llevará a Jesús a entregarse por nosotros en la Cruz, culminando así la obra de la redención. Y, tras su muerte, resucitará su cuerpo inerte y lo colmará hasta el punto de convertirlo en «Espíritu vivificante» (1 Co 15,45).

Pero la gran noticia para el mundo es que este Espíritu que rebosa de Jesucristo resucitado se derramó nuevamente sobre los discípulos del Señor el día de Pentecostés y sigue derramándose sobre nosotros en el Bautismo, en la Confirmación, y en todos los sacramentos. Por este Espíritu somos sanados, se nos abre el Cielo y recibimos el poder para traer el derecho a las naciones, hacer el bien y curar a los oprimidos por el diablo. Y este Espíritu, como dice San Pablo, será el que nos resucitará en el último día: «si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8,11).

P. José María Prats


Evangelio:

En aquel tiempo, Jesús vino de Galilea al Jordán donde estaba Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: 


«Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?». 


Jesús le respondió: 


«Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia». 


Entonces le dejó. Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre Él. 


Y una voz que salía de los cielos decía: 


«Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco».


San Mateo 3, 13-17

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