* «La persona espiritual es la que vive en todo momento pendiente de esta sabiduría, de esta presencia viva de Dios en ella, permaneciendo atenta a sus inspiraciones y mociones, amándola, saboreándola, regocijándose en ella, procurando acrecentarla, esperando anhelante el encuentro definitivo, cara a cara, con ella. Todo lo contempla bajo su luz, y todo se vuelve sencillo y diáfano. El mundo tan complicado y agitado en que vivimos recuperará su armonía y su sencillez cuando nos decidamos a poner nuestra atención y nuestro corazón en la Sabiduría»
Domingo XXXII del tiempo ordinario – A
Sabiduría 6, 12-16 / Salmo 62 / 1ª Tesalonicenses 4, 13-18 / San Mateo 25, 1-13
P. José María Prats / Camino Católico.- Como es bien sabido, en la celebración del bautismo de los niños, después de la efusión del agua junto con las palabras que confieren el bautismo, el celebrante invita a los padrinos a “recibir la luz de Cristo” encendiendo el cirio que han traído en el Cirio Pascual y llevando esta luz a su ahijado. A continuación el celebrante dice: “A vosotros, padres y padrinos, se os confía acrecentar esta luz. Que vuestro hijo, iluminado por Cristo, camine siempre como hijo de la luz. Y perseverando en la fe, pueda salir con todos los santos al encuentro del Señor”.
Obviamente, este rito está inspirado en el evangelio de hoy, donde diez doncellas, tomando sus lámparas, salen a esperar la llegada del esposo para entrar con él en el banquete de bodas.
El significado de todo esto es muy sencillo: Por la fe y el bautismo, Dios ha venido a habitar en nosotros constituyéndonos hijos adoptivos del Padre, miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, y templos del Espíritu Santo. Y esta gracia, esta presencia de Dios en nosotros, es la luz que ilumina y vivifica todo nuestro ser. Sin ella, no somos nada, mientras que con ella lo somos todo, porque participamos de la plenitud de vida de Dios.
El sabio es el que sabe dar a cada cosa la importancia que tiene, el que es capaz de vivir en coherencia con el sentido profundo de su existencia. El sabio, por tanto, vive en todo momento pendiente de esta luz, de esta presencia viva de Dios en él, que constituye su fundamento y determina su destino eterno. Por eso, el evangelio llama «sensatas» a las cinco doncellas que al salir a recibir al esposo tomaron consigo alcuzas de aceite para mantener sus lámparas encendidas, y «necias» a las cinco que no las tomaron.
El libro de la Sabiduría –como vemos en la primera lectura– identifica esta luz con la sabiduría, la cual es «radiante e inmarcesible» y mantiene una relación preciosa con aquellos que la buscan y la aman: «Se da a conocer a los que la desean. Quien madruga por ella no se cansa: la encuentra sentada a la puerta. Meditar en ella es prudencia consumada, el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones.»
La persona espiritual es la que vive en todo momento pendiente de esta sabiduría, de esta presencia viva de Dios en ella, permaneciendo atenta a sus inspiraciones y mociones, amándola, saboreándola, regocijándose en ella, procurando acrecentarla, esperando anhelante el encuentro definitivo, cara a cara, con ella. Todo lo contempla bajo su luz, y todo se vuelve sencillo y diáfano.
El mundo tan complicado y agitado en que vivimos recuperará su armonía y su sencillez cuando nos decidamos a poner nuestra atención y nuestro corazón en la Sabiduría.
P. José María Prats
Evangelio:
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«Se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo.
Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes.
Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.
El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.
A medianoche se oyó una voz:
“¡Qué llega el esposo, salid a su encuentro!”.
Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas.
Y las necias dijeron a las prudentes:
“Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”.
Pero las prudentes contestaron:
“Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”.
Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta.
Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo:
“Señor, señor, ábrenos”.
Pero él respondió:
“En verdad os digo que no os conozco”.
Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».
San Mateo 25, 1-13


No hay comentarios:
Publicar un comentario