Mons. Arjan Dodaj es arzobispo metropolitano de Tirana-Durrës, en Albania, nombrado por el Papa Francisco el 9 de abril de 2020, cuando tenía 43 años
* «Mi encuentro con la Fraternidad de los Hijos de la Cruz, rama sacerdotal de la Casa de María, tuvo lugar en 1993, precisamente en Cuneo. Allí conocí a un sacerdote, el padre Massimo Allisiardi, que participaba en la vida de la comunidad. Por invitación suya, empecé a asistir a su grupo de oración y entré cada vez más en contacto con los fundadores de la Casa de María: don Giacomo Martinelli y Nicoletta Reschini. A través de ellos conocí el extraordinario acontecimiento de Medjugorje, donde, según la tradición y la experiencia de sus fieles, la Virgen se aparece desde hace décadas.Todo aquello fue para mí el comienzo de una vida completamente nueva. Así, después de un año de discernimiento, catequesis y vida espiritual, recibí el sacramento del Bautismo. En ese momento nació y se hizo cada vez más claro en mí el deseo de consagrarme totalmente al Señor en la vida sacerdotal, junto con otros jóvenes de la comunidad»
Vídeo completo de la transmisión en directo de Vatican News del testimonio de Mons. Arjan Dodaj, Arzobispo de Tiranë-Durrës (Albania), ante el Papa Francisco, en Marsella, el 23 de septiembre de 2023
Camino Católico.- Arjan Dodaj es arzobispo metropolitano de Tirana-Durrës, en Albania, nombrado por el Papa Francisco el 9 de abril de 2020, cuando tenía 43 años. Nació en Laç-Kurbin, el 21 de enero de 1977. En 1993, con tan solo 16 años, después de completar sus estudios primarios y secundarios en su ciudad natal, emigró a Italia y se estableció en Cuneo, donde comenzó a trabajar.
Trabajó como soldador durante más de diez horas al día y encontró en la Fraternidad de los Hijos de la Cruz el camino hacia la fe cristiana. Se había educado en el ateísmo, pero, al encontrar a Cristo, recibió el Bautismo y descubrió su vocación sacerdotal. Monseñor Arjan Dodaj comparte con la Fundación CARF entrevistado por Gerardo Ferrara su testimonio de conversión y su vocación.
«Todas las historias son conmovedoras si pensamos que cada una tiene que ver con una persona, con un ser humano, con su mundo y su vida. Sin embargo, hay historias que son más impactantes que otras, al menos para algunos de nosotros que hemos tenido la oportunidad de vivir y ver con nuestros propios ojos ciertas situaciones que han trastocado la existencia de algunos países en particular.
Aún me acuerdo, de hecho, siendo un chico de 12 años, de los barcos que llegaban a Italia desde Albania en los años noventa, llenos de personas que se hacinaban en las bodegas y en las cubiertas, ocupando cada espacio disponible para huir de la pobreza, de la inseguridad y de la incertidumbre que reinaban en el país balcánico. Puede que haya sido la primera vez que Italia experimentaba el fenómeno de la inmigración masiva, un fenómeno para el que no estaba preparada y que ahora es algo cotidiano».
—Gracias, monseñor Dodaj. Es un honor poder entrevistarle. Como italiano, su historia me toca muy personalmente.
–Gracias a usted. Es un placer, ya que, para mí, como para muchos albaneses que conocíamos Italia a través de la televisión italiana que podíamos ver en nuestro país, solo había un deseo: ir a Italia.
Una familia humilde y sencilla
—Me impactó mucho de su historia esa fe que se queda guardada, más bien sembrada y enterrada en el corazón, sin que uno se dé cuenta, y que después florece muchos años más tarde…
–Sí, y todo gracias a mi familia, una familia muy humilde y sencilla, originaria del norte de Albania. Nací en Laç, una ciudad conocida especialmente por un santuario muy querido por todos los albaneses, dedicado a san Antonio y situado en la montaña que hay detrás de mi pueblo.
Este santuario es un lugar que siempre me ha acompañado en mi vida. De hecho, cuando era niño, la escuela a la que asistía estaba al pie de la montaña. Justo al lado pasaba el camino por el que, sobre todo los martes, cerca de la fiesta del santo, y también en otras celebraciones que entonces desconocía, caminaban numerosas personas para encomendarse a la intercesión de san Antonio.
Un país comunista
—Y eso a pesar de vivir en un país comunista…
–Sí, a pesar de las estrictas prohibiciones del sistema comunista en un país que, de hecho, se declaraba ateo por Constitución.
Mi familia era humilde: mi padre trabajaba en una fábrica y mi madre, en una obra de construcción. Además de mí, estaban mis dos hermanas. Crecimos juntos con mucha sencillez y caridad, con mucho amor y sentido de pertenencia a ese don tan grande que es la familia.
En un pueblo cercano a Laç vivían mis abuelos maternos, a los que tuve más oportunidades de conocer porque no estaban muy lejos. Allí tuve, de alguna manera, mi primer acercamiento a la dimensión religiosa. Mis abuelos vivían la fe con gran discreción y, al mismo tiempo, con un profundo sentido de la existencia de Dios. Aunque fuera inconscientemente, me atrevo a decir que pude respirar por primera vez la experiencia de la fe precisamente al observarlos.
Mi abuela se paraba todos los días frente a una estructura situada delante de la casa que yo no sabía que era la iglesia del pueblo. Se quedaba allí, erguida, con el rosario en la mano, y rezaba. Mi abuelo, en cambio, siempre empezaba el día con el rosario y solo después venían todas las demás actividades.
Estas prácticas me resultaban desconocidas y, sin embargo, me transmitían algo de su fe, de aquello en lo que creían de una manera tan accesible: la presencia de Dios, invisible pero visible para ellos en sus corazones.
Mons. Arjan Dodaj y sus compañeros de la Fraternidad de los Hijos de la Cruz
Escapar de Albania
—En los años noventa decidió huir a Italia. ¿Por qué?
–En aquella época empezábamos a salir del telón de acero en el que se encontraba nuestro país. Aparecieron el pluralismo y, con él, la posibilidad de la democracia. Así que muchos albaneses intentamos encontrar un futuro mejor en Occidente.
Personalmente, intenté escapar varias veces, especialmente a Italia. El primer intento fue el 8 de agosto de 1991, después del primer éxodo masivo que muchos italianos y albaneses recordamos: el de marzo, cuando yo tenía catorce años.
En aquella ocasión se produjo el caso del famoso barco Vlora, que transportaba a unas 20.000 personas. El barco que yo había decidido tomar con muchas otras personas sufrió una avería y, me atrevo a decir, por gracia, no llegó a salir. Me di cuenta de que iba a ser un viaje lleno de sufrimiento, pobreza y dificultades.
Después hice varios intentos más para poder encontrar un futuro mejor en Occidente, como muchos amigos de mi edad y numerosos adultos y familias.
No buscaba un futuro únicamente para mí. Me impulsaba también el deseo de mantener a mi familia: mis hermanas y mis padres, que tanto habían sufrido por la extrema pobreza y la persecución durante la dictadura comunista.
La segunda fuga
—Y por fin llegó la ocasión…
–Sí. En 1993, a través de organizaciones clandestinas. Fue la noche del 15 al 16 de septiembre de 1993. Yo tenía entonces 16 años.
Ciertamente, a mi corta edad no era consciente de la aventura en la que me estaba embarcando porque, como ya he dicho, solo tenía un deseo: ir a Italia. Los albaneses solo conocíamos Italia a través de lo que veíamos en las cadenas de televisión italianas.
El viaje partió de la laguna de mi ciudad, Patok, donde atracó una lancha procedente del sur de Italia. Éramos cuarenta personas en total y habíamos pagado una cantidad considerable de dinero, algo casi imposible para nosotros.
Por esta razón, estaba endeudado, pero, para poder partir, cada uno de nosotros había pagado ya un millón seiscientas mil liras, el equivalente aproximado a 850 euros, una suma considerable en aquella época y, especialmente, en un país como el nuestro.
Dejé un pedazo de mi corazón
Recuerdo muy bien aquella noche del 15 de septiembre: el hermoso cielo estrellado y el mar en calma. A medida que avanzábamos y nos alejábamos de la orilla, veía cómo se iban apagando las luces de mi pueblo. De alguna manera, sentí que un pedazo de mi corazón se desprendía lentamente.
Llegamos a Carovigno, en Apulia. Allí nos recogieron y nos llevaron a una casa en ruinas en medio de unos olivares. A la mañana siguiente, junto con otras personas, tomé el tren a Bari y, esa misma tarde, continué hasta Turín. En el Piamonte nos esperaban otros amigos que nos ayudarían a adaptarnos a la realidad italiana.
Trabajo como soldador
—Ni me puedo imaginar lo difícil que debió de ser…
–Claro, y aún más difícil por la urgencia de pagar la deuda que había contraído en Albania.
Cuando llegué a Italia, gracias a Dios, tuve algunos compatriotas que me ayudaron y me apoyaron durante los primeros meses. Después de Turín me fui a Milán, donde intenté encontrar trabajo por todos los medios. Caminaba de un lugar a otro y, cuando veía una grúa, me acercaba a una obra de construcción para intentar trabajar. Si veía un restaurante, intentaba entrar como lavaplatos. Pero, desgraciadamente, no era fácil.
Más tarde, unos amigos me dijeron que en Cuneo, en el Piamonte, existía la posibilidad de encontrar trabajo. Así que me fui allí.
Me instalé en esa ciudad y enseguida encontré ayuda en una casa de acogida fundada por Franco Mondino: Casa Ristoro e Pace. Empecé trabajando como soldador y después pasé a la construcción.
Mi primer periodo en Italia estuvo lleno de dificultades, especialmente por la ausencia de mi familia y por tener que adaptarme a una realidad completamente nueva. Pero, más tarde, con la gracia del Señor, comprendí y valoré cada vez más aquel periodo agotador.
Mons. Arjan Dodaj con el Papa Francisco
El encuentro con la Fraternidad de los Hijos de la Cruz
—Hasta que llegó el encuentro con la Fraternidad de los Hijos de la Cruz y con la fe cristiana…
–Mi encuentro con la Fraternidad de los Hijos de la Cruz, rama sacerdotal de la Casa de María, tuvo lugar en 1993, precisamente en Cuneo.
Allí conocí a un sacerdote, el padre Massimo Allisiardi, que participaba en la vida de la comunidad. Por invitación suya, empecé a asistir a su grupo de oración y entré cada vez más en contacto con los fundadores de la Casa de María: don Giacomo Martinelli y Nicoletta Reschini.
A través de ellos conocí el extraordinario acontecimiento de Medjugorje, donde, según la tradición y la experiencia de sus fieles, la Virgen se aparece desde hace décadas.
Dentro del contexto de ateísmo total en el que me había criado, primero fue extraordinario llegar a saber que Dios existe y que la Virgen se aparece; después, tener una experiencia viva de ello. Todo aquello fue para mí el comienzo de una vida completamente nueva.
Así, después de un año de discernimiento, catequesis y vida espiritual, recibí el sacramento del Bautismo. En ese momento nació y se hizo cada vez más claro en mí el deseo de consagrarme totalmente al Señor en la vida sacerdotal, junto con otros jóvenes de la comunidad.
El don vocacional
—Un cambio radical en su vida…
–¡Por supuesto! Tuve que formarme y estudiar. Mis estudios fueron consecuencia de aquel viaje y del discernimiento de mis superiores.
Después de tres años como miembro externo de la comunidad de la Casa de María, entre 1994 y 1997, fui admitido definitivamente y comencé los estudios de Filosofía y Teología.
Ciertamente, dentro de la formación sacerdotal, estos estudios tienen una importancia fundamental, aunque no sean el único elemento determinante. Para mí fue decisivo el encuentro con la Iglesia a través de aquella pequeña realidad en la que la providencia de Dios me había colocado: la experiencia carismática que el Señor me regaló en la Casa de María y en la Fraternidad de los Hijos de la Cruz, reconocida como sociedad de vida apostólica.
Creo que esta formación y esta conversión no son únicamente el resultado de cómo sucedieron las cosas, sino una necesidad concreta y cotidiana. Cada uno de nosotros debe desarrollar y vivir el don vocacional en un contexto estable de discernimiento y de experiencia eclesial y comunitaria.
La llamada del Señor es cotidiana, como lo es nuestra respuesta, que siempre se encarna en el rostro concreto de la Iglesia.
Fui ordenado sacerdote el 11 de mayo de 2003 por el papa Juan Pablo II en la basílica de San Pedro.
Al servicio del Señor
—Y ahora usted es el primer obispo de la Fraternidad. ¡Una gran responsabilidad!
–Sinceramente, en la Fraternidad me siento uno de los hermanos del Señor, como todos los demás; de hecho, el más indigno.
Para mí, ser obispo no es un punto de llegada, sino una llamada a una vigilancia aún mayor, a un servicio aún mayor y a una respuesta cada vez más humilde. Siento una mayor necesidad de contar con la oración de mis hermanos y de mi comunidad, porque todo lo que el Señor me ha dado a través de este carisma puede enriquecer y servir a su Iglesia.
Por lo tanto, no estoy en absoluto desconectado de la historia que me ha formado.
Al contrario, necesito acudir cada vez más a esa fuente vital para ponerme al servicio allí donde el Señor me ha querido. Por eso, me siento llamado a aportar los dones que el Señor me ha concedido y a transmitir lo que Él dice a la Iglesia a través de su Madre, del Papa y de su Magisterio, siempre con absoluto respeto a la identidad de esta Iglesia particular de Tirana-Durrës.
Fidelidad a la Iglesia
—La Fraternidad de los Hijos de la Cruz ha obtenido recientemente el reconocimiento oficial. ¿A qué está llamada en concreto?
–Nuestra Fraternidad de los Hijos de la Cruz, al igual que la comunidad de la Casa de María, es una realidad eclesial muy joven. Sus frutos se van revelando poco a poco, especialmente a través de la fidelidad a la Iglesia.
Así como no hay fruto sin árbol, todo don se convierte en una tarea de servicio a la Iglesia, de acuerdo con el designio específico que el Señor ha suscitado. Esto también se aplica a nuestra realidad.
Mons. Arjan Dodaj en Medjugorje
Los desafíos de la Iglesia en Albania
—¿Cuáles son los retos a los que se enfrenta la Iglesia en Albania?
–Son los mismos que el papa Francisco presentó a los obispos de la Iglesia de todo el mundo. En particular, la llamada a vivir una verdadera sinodalidad, es decir, un camino comunitario del Pueblo de Dios.
Pero, aunque la invitación se dirige a toda la Iglesia, cada realidad particular está llamada a hacerla efectiva teniendo en cuenta sus propias características. Creo que nuestra Iglesia albanesa lleva inscrita la especificidad del martirio. Debemos atesorar ese martirio.
La Iglesia albanesa aún no ha manifestado plenamente lo que dice Tertuliano: Sanguis martyrum, semen christianorum —la sangre de los mártires es semilla de cristianos—.
Todavía hay muchos hermanos y hermanas que esperan convertirse en cristianos por la gracia de nuestros mártires. Nosotros, con una conciencia cada vez mayor, estamos llamados a hacer visible su entrega.
Otra peculiaridad de nuestra Iglesia es que es antigua y nueva al mismo tiempo. Es antigua porque es una Iglesia apostólica. El primer obispo de nuestra diócesis de Durrës fue san Cesáreo, un obispo mártir que, según la tradición, fue uno de los setenta y dos discípulos del Señor.
Es también una Iglesia evangelizada por el propio san Pablo, como afirma en la carta a los Romanos: «En todas direcciones, partiendo de Jerusalén y llegando hasta Iliria, he completado el anuncio del Evangelio de Cristo» (Rom 15,19).
Sin embargo, también es una Iglesia nueva porque, tras cinco siglos de ocupación otomana y cincuenta años de dramáticas torturas, persecuciones y aniquilación a manos del comunismo, vuelve a acoger el mensaje del Evangelio.
Es una Iglesia que necesita cultivar cada vez más, con bondad, paciencia y amor, el mensaje del Señor, especialmente entre los muchos jóvenes que buscan a Cristo y su amor.
Relación con la Iglesia ortodoxa y el islam
—Y también es una realidad muy compleja, si consideramos la fuerte presencia de la Iglesia ortodoxa y del islam en el país…
–Sí, y también debemos tener en cuenta que en nuestra archidiócesis hay muchas personas que inician el camino del catecumenado y se acercan a la Iglesia católica, convirtiéndose en hijos de Dios a través del Bautismo.
Aquí, en Albania, la relación con el islam y con la Iglesia ortodoxa es muy especial, por no decir única. El propio papa Francisco la presentó al mundo como ejemplo de cooperación fraternal.
Está claro que se trata de un don que nunca podemos dar por sentado, sino que debemos cultivar, acompañar y apoyar cada día.
Precisamente por eso nos reunimos a menudo con los distintos líderes religiosos en diversas comisiones para presentar iniciativas valiosas en los ámbitos de la cultura, la educación, la mujer, la inmigración y la caridad.
Estas iniciativas buscan promover en la sociedad, en las instituciones y, sobre todo, en el corazón de las personas, esa necesidad de unidad y comunión que solo el espíritu de quienes creen puede hacer visible (cf. Hch 4,32).
Abordar la situación de los migrantes
—Usted ha sido migrante y hoy este tema está más presente y es más doloroso que nunca. Por un lado, está la tragedia de la pérdida de decenas de miles de vidas cada año en el Mediterráneo; por otro, el miedo a perder la identidad, la fe y la seguridad económica y social al abrirse demasiado a la acogida de tantas personas necesitadas. ¿Cómo cree usted que se puede abordar todo esto?
–Creo que no hay una respuesta clara y definitiva a esta cuestión, porque siempre estamos ante personas reales, con una historia que a veces está marcada por las heridas, el sufrimiento y el dolor, pero también por una gran esperanza.
Estamos llamados a responder a los deseos reales que alberga el corazón humano, sin perder nunca de vista la responsabilidad de cultivar esas mismas esperanzas en los países de acogida.
Por supuesto, esto no significa borrar la cultura del país de acogida. No se ofrece una mejor acogida perdiendo la propia identidad. Si no sabemos quiénes somos, tampoco podemos saber a quiénes acogemos.
Por ello, es necesario redescubrir la belleza de la riqueza que supone el encuentro entre culturas, así como la defensa de la propia identidad. Solo así se producirá un verdadero enriquecimiento que conduzca a la complementariedad. De lo contrario, se corre el riesgo de vivir en una sociedad que solo busca normalizarlo todo y a todos.
Al final, puedo decir que la respuesta está en el amor y en el servicio que brotan de la fe de un pueblo que, como Italia, sabe acoger y ser generoso al mismo tiempo; un pueblo que reconoce su identidad en sus raíces históricas, en el arte y la cultura y en muchas otras cosas, pero, sobre todo, en las raíces de la fe cristiana católica.




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