Mario Aguado, superviviente del accidente de Urda, junto a su esposa Maite Cerezo Soler / Foto: Cedida por Maite Cerezo Soler - Revista Ecclesia
* «Dios estuvo presente desde el primer minuto, en cada segundo, en la jaculatoria que repetía, en la oración, en el corazón. Estaba todo el tiempo. Rezar era lo único que me mantenía, puedo decir, vivo. Era lo único que mantenía el dolor a raya para no entrar en shock, no desmayarme y no ponerme a gritar como un poseso. Yo le decía: «Señor, ayúdame. Ten compasión de mí». Y eso me mantenía en paz, me mantenía en calma. Puedo decir que rezar me mantuvo en paz»
Camino Católico.- Mario Aguado subió a primera hora del pasado miércoles al AVE que acabaría estrellándose contra un Iryo detenido en la vía por una concatenación de errores aún bajo investigación. Del impacto no conserva imágenes: solo la sensación física de haber entrado en una centrifugadora. Lo siguiente fue verse a cielo abierto entre los restos del tren, con la pierna derecha destrozada, encomendándose a Dios y hablando de su mujer, Maite Cerezo Soler, y de sus hijos.
La familia acababa de regresar a España el 31 de agosto tras dos años y medio en Basilea (Suiza) como familia en misión. Con las pertenencias todavía embaladas en un trastero, y alojados provisionalmente en casa de sus suegros, Mario viajaba a Sevilla por trabajo cuando la catástrofe frenó en seco esa nueva etapa. Desde la cama del Hospital de Toledo, con la pierna inmovilizada y una recuperación que se prevé larga, reconstruye un accidente donde el dolor convivió con una inesperada cadena de auxilio humano y espiritual.
“Rezar era lo único que me mantenía vivo”
“Yo iba en el AVE en dirección a Sevilla, en el coche número 7. De repente, el tren se paró y estuvimos detenidos por aglomeración en la vía unos 15 o 20 minutos. No sé cuánto exactamente, pero sí recuerdo que bromeé con mis compañeros de trabajo que iban en el mismo vagón. Como había madrugado mucho y todavía quedaba un buen trecho para llegar a Sevilla, aproveché para dormir. Y lo siguiente que recuerdo es despertarme fuera, al aire libre, cuando ya se había producido el accidente. Tenía escombros encima, unos asientos… Si hago un esfuerzo y cierro los ojos, me viene algún recuerdo, como de estar en una batidora, como si cogieras una pelota y la metieras dentro de un bote y la movieras muy fuerte. Tengo esa sensación, pero ninguna imagen”, explica Mario a la Revista Ecclesia.
“Lo primero que hago al despertar es un control de daños. Me quité las cosas que tenía encima con las manos. Recuerdo que retiré arena, barro… Al tocarme la cara, me vi las manos y las tenía repletas de sangre. Luego me toqué la cadera y me desplacé un poco para comprobar que había movilidad. Moví la pierna izquierda. Hasta ahí todo bien. Pero ya no pude mover la derecha. Me incorporé y vi que la tenía bastante afectada. Entonces, me puse a rezar. Me tapaba los oídos con fuerza para no escuchar los gritos de la gente y decía: «Señor Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí, que soy un pecador»”, confidencia.
“Dios estuvo presente desde el primer minuto, en cada segundo, en la jaculatoria que repetía, en la oración, en el corazón. Estaba todo el tiempo. Rezar era lo único que me mantenía, puedo decir, vivo. Era lo único que mantenía el dolor a raya para no entrar en shock, no desmayarme y no ponerme a gritar como un poseso. Yo le decía: «Señor, ayúdame. Ten compasión de mí». Y eso me mantenía en paz, me mantenía en calma. Puedo decir que rezar me mantuvo en paz”, comparte Mario Aguado.
Rezando con varias personas
“La jaculatoria «Señor Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí, que soy un pecador», la estuve rezando hasta que llegó un primer ángel, José Ramón, que me escucha rezar y me pregunta si soy católico. Le digo que sí, y me contesta: «Yo también. Tranquilo. Vamos a rezar juntos». Luego me dijo si quería que llamásemos a alguien, pues tenía un teléfono. Le di el número de mi esposa Maite, pero no daba tono. Luego me enteré de que en ese momento estaba en el trastero. Hice memoria y recordé el número de teléfono fijo de mi mujer, el de la casa de mi suegra, que es donde estamos viviendo en estos momentos. No sabía qué hora era, pero pensaba que, quizás, Maite ya había vuelto de dejar a los niños en el colegio. Ella no estaba, pero sí mi suegra. Le digo básicamente que estoy vivo y un poco las sensaciones que tengo: que siento las piernas y que la derecha la tengo destrozada. Y que, por favor, le dijera de la mejor manera posible a mi mujer lo que había pasado. Que quería a Maite y a los niños y que Dios era bueno. Que Dios era bueno. Mi suegra me preguntó dónde estaba. Y ahí apareció otro ángel, Antonio, el farmacéutico del pueblo, que nos confirmó que estábamos cerca de Los Yébenes. Y la conversación se terminó. José Ramón me dijo que con ese teléfono iba a intentar poner en contacto a más heridos con sus familiares y yo me quedé ahí tumbado”, relata.
Antonio García, el farmacéutico de Urda, acudió rápidamente al lugar del accidente ferroviario para ayudar en todo lo que tuviera en su mano. Allí encontró a Mario Aguado malherido que pedía a quien se le acercaba darle un último mensaje a su mujer: Que quería a Maite y a los niños y que Dios era bueno. Que Dios era bueno / Foto: Belén Diaz - Alfa y Omega
“Pasaron por allí muchas personas. Primero vi a dos compañeros de trabajo. También apareció un sacerdote mayor, que vino a preguntarme qué tal estaba, me dio ánimos, me tranquilizó y se fue a ver a más heridos. Luego llegó Rosa, que debió escuchar algunas de mis conversaciones y me preguntó lo mismo que José Ramón: si era católico. Le dije que sí. Me cogió la mano, sacó una especie de rosario del cuello y me dijo: «Mario, ahora no podemos hacer nada. Solo tenemos que esperar. Así que, si te parece, voy a rezar una corona mística». Se lo agradecí y le pedí que no me soltara la mano. Fue como la mano de una madre, porque en ese momento yo tenía mucho miedo, y Rosa rezaba, rezaba y rezaba. A veces, por los gritos, volvía a taparme los oídos. Y ella no paraba de rezar, no paraba de rezar”, relata Mario Aguado.
“Yo hablaba todo el rato de Maite y los niños, Maite y los niños”
“Pasó un rato, no sé cuánto, porque perdí un poco la noción del tiempo, pero un grupo de hombres me sacó de la zona. Me colocó en un trozo de techo del tren recubierto con ropa, a modo de camilla, y me dejaron en un lugar que era tierra firme, como un descampado. En ese momento, ya entraron en juego los médicos. Recuerdo a uno de ellos, con casco amarillo, que venía con una doctora, con pelo rizado y gafas. Me cogió una vía y me puso un gotero con algo. Recuerdo a muchas personas sujetar el gotero. Una señora mayor con el brazo en cabestrillo. También dos guardias civiles, a quienes pedía agua insistentemente, porque tenía mucha sed. Pero no me la podían dar. El más joven, que estaba a mi lado, mojaba de vez en cuando una gasa en agua y me humedecía un poco los labios y me limpiaba las heridas. Yo le tiraba del pantalón, porque sentía un dolor muy fuerte. Tengo la imagen de muchas personas tumbadas con goteros, con mantas térmicas, muchos médicos. Yo gritaba de dolor. Vino entonces otro médico, que creo que era el que lideraba un poco todo. Me miró y me dijo: «Tranquilo, sé que te duele mucho, te voy a poner una medicación. Estás bien. Te están cuidando»”, explica pormenorizadamente.
“Solo tengo la imagen de luces y sombras, de despertarme de repente y volver a quedarme dormido. Cuando recuperé la consciencia, estaba entre médicos. Una chica que se llama Tamara, otro ángel, sujetaba mi gotero y me daba la mano. Me dijo que estuviera tranquilo y que ella iba a informar a mi mujer y a la familia de a dónde me iban a llevar. Y en ese momento apareció Álvaro, otro médico. Me colocaron en una camilla, me subieron a la ambulancia y me llevaron al hospital de campaña. Tamara seguía allí, no se había ido. En el hospital de campaña estuve con Javi, un médico joven, con camisa, que me dio la mano y me dijo que se iba a quedar conmigo hasta que me fuese. Me pusieron un collarín, donde iban apuntando cosas: mi estado, la medicación. Yo hablaba todo el rato de Maite y los niños, Maite y los niños. No sé cuánto tiempo estuve allí, pero sí que había mucho movimiento. Los helicópteros despegaban y aterrizaban; se llevaban gente todo el rato. Al poco tiempo, apareció una chica que dijo que me trasladaba al hospital de Toledo. Ahí desaparecieron Tamara y Javi y solo estaba con ella. Luego tengo la imagen de cuando me bajan de la ambulancia, ya en Toledo, los pasillos del hospital, y lo que me decían tras verme, que había sido un milagro. Una vez comprobaron que la pierna afectada tenía bien el riego sanguíneo —tenían miedo de que hubiese que amputar, esa palabra la escuché varias veces—, me metieron en quirófano. Me durmieron y me hicieron una cirugía de contención. Cuando me desperté, estaba en la Unidad de Reanimación del Hospital de Toledo con mi mujer y mi madre. Primero fui consciente de que estaba mi madre y recuerdo que dije: «Anda, pero si está aquí mi mamá». Alguien me daba la otra mano. Miré y allí estaba mi mujer. Es otra oportunidad que nos da el Señor a mí y a mi mujer para estar juntos”, dice este joven esposo y padre de familia.
Mario Aguado volvió a ver a sus hijos ya en un hospital más cerca de casa, en Madrid y comparte que “Miguel es un bebé, pero es la alegría. Con las dos niñas mayores fue muy especial. La mayor, Blanca, estaba muy preocupada y venía cada poco a darme un abrazo y un beso. Almudena, que es más sensible y más cauta, se sentó a mi lado y me preguntó si me iba a curar. Y ella ya se quedó tranquila con mi respuesta afirmativa. Fue una experiencia de gran alegría encontrarme con ellas”.
“No dejen de rezar por mí, pero también por las personas que están hospitalizadas, por todas, conozcan o no a Jesús”
Respecto a cómo ha vivido la oración de tanta gente por él y su familia explica que “¿cómo te digo que lo podemos tocar? Hay personas hasta en Kazajistán rezando por mí. Y eso se puede tocar. Es como el calor del sol. Está ahí. Si no, yo no estaría así. Estos días no paro de decir a la gente que no dejen de rezar. Por mí, pero también por las personas que están hospitalizadas, por todas, conozcan o no a Jesús, porque estoy seguro de que tendrán un consuelo. Porque yo lo tengo. La oración es como una brisa que no se ve, pero que lo refresca todo. Y a mí me ayuda a respirar en los momentos en los que no puedo más. Me ayuda a seguir en paz”.
“Vivir y pedirse perdón y decirse «te quiero» es urgentísimo; mi mujer es lo más importante, es la persona que me va a ayudar a llegar al cielo”
Su esposa Maite Cerezo Soler escribió un testimonio de cómo vivió el accidente también en la Revista Ecclesia, que reproducimos al final, y Mario se sincera respecto a lo que ella decía: “Tardé un par de ratos en leerlo completo. ¿Qué decirte? Somos un matrimonio joven, con el que Dios ha ido haciendo historia de una manera muy original. Es cierto que llevábamos unos cuantos meses mal. Enfadados. Eso que te vas a trabajar, vuelves, la rutina, los niños, que absorben mucha energía… Justo el día antes de coger ese tren había pedido ayuda para empezar una terapia familiar, y ese día volvió a cambiar todo. Creo que Maite ha sabido poner las palabras perfectas a lo que estábamos viviendo, a cómo estaba viviendo ella. Tiene toda la razón en lo que escribe. Vivir es urgente, pedirse perdón es urgente, urgentísimo. Decirse «te quiero» es urgentísimo. Los hijos son muy importantes, pero mi mujer es lo más importante. Es la persona que me va a ayudar a llegar al cielo. El resto, si yo estoy bien con ella, estará bien”.
“Te mentiría si te dijera que no pienso en mañana, pero intento no hacerlo. Intento vivir el hoy. Lo que Dios quiere para mí ahora. Mañana será diferente. Cuando estábamos en misión, ya vivíamos de una manera extrema, y hoy lo volvemos a hacer, pero con una gran paz en el corazón. Tendremos que organizar muchas cosas y hay mucha gente que nos está ayudando, pero me centro en vivir el ahora. La paz no viene de mí. Viene de todas estas personas que están rezando por nosotros. Es un don, no viene de mí. Yo vivía sin paz, pidiendo la paz. Y, ahora, con hierros en la pierna, con brechas, tumbado en la cama, con dolores, medicación, en un hospital, es cuando estoy experimentando la paz. Así que no viene de mí. Viene de Dios”.
El testimonio de Maite Cerezo Soler, esposa de Mario Aguado: «Dios es bueno»
Maite Cerezo Soler, esposa de Mario Aguado, superviviente del accidente de Urda / Foto: Perfil de Maite Cerezo Soler de Linkedin
Cuando pienso en todo lo que ha sucedido, hay algo que me viene a la cabeza una y otra vez: cuando vi salir a Mario de casa, no nos despedimos como yo habría querido. Prácticamente acabábamos de llegar a España de una misión evangelizadora en la que habíamos sufrido mucho; aún no nos habíamos terminado de asentar en Madrid con nuestros hijos —tenemos tres niños pequeños y, por lo pronto, nos encontramos viviendo temporalmente en casa de mis padres, intentando recomponer nuestra vida y empezar de nuevo. Mario acaba de comenzar un trabajo y tenía que viajar a Sevilla para asistir a una formación.
Nuestra situación familiar es, en fin, bastante complicada. Mario se levantó muy temprano para coger el tren, yo dormía con el pequeño y, mucho antes de la hora habitual, las niñas fueron despertándose y viniendo una detrás de otra. Mario se preparó, se despidió de mí y se marchó, a lo que yo respondí con enfado. Enfado por quedarme sola con los niños, por el cansancio, por nuestra situación y por todos aquellos meses de tensión entre nosotros. Me despedí de él, en fin, como si Dios no fuera bueno.
Mi día continuó como si nada: niños al colegio, una visita al trastero donde tenemos guardadas todas nuestras cosas a buscar ropa de invierno para el bebé, quizá una cámara nebulizadora con Ventolín. Luego a la gasolinera y para casa. Aproveché para llamar a Mario, pero no contestaba. Tampoco a los mensajes que le dejé. Asumí, sin más, que iría durmiendo; tal debía ser el cansancio acumulado tras varios días sin dormir por estar con las niñas. Echo gasolina al coche y, mientras tanto, leo en el grupo de su familia un mensaje:
«Accidente de tren en Toledo».
Mi primer pensamiento fue: «Oh, otra vez, pobrecitos…». Enseguida, como por instinto, me saltó la primera alarma: «Toledo. Mario iba a Sevilla. “No sé en qué tren viaja Mario”». Me metí en el coche y mientras conducía la angustia empezó a crecer; solo quería llegar cuanto antes a donde fuera y poder llamarle. En el grupo de Whatsapp de su familia crecía el nerviosismo, y en mi interior también. Mientras buscaba un hueco para aparcar, se me empezaron a colar, sin permiso, pensamientos de todo tipo. Que podía estar muerto. Que le había dejado marcharse sin decirle cuánto le quería. Que mis hijos crecerían sin su padre. Y un macabro etcétera que me repetían, una y otra vez, que Dios no era bueno.
Tenía el alma sepultada bajo toneladas de angustia. Los oídos me zumbaban y sentía que me faltaba el aire. En ese momento me llama mi padre: «Hola, Maite, soy papá. ¿Dónde estás? Voy en un segundo a donde estés». Esto bastó para que yo sintiese cómo el golpe me mataba por dentro. «¿Mario está bien?», acierto a preguntar. «Está vivo, Maite. Está bien. Sabe que tiene una pierna muy rota; le han ayudado a salir del sitio en el que estaba». Quien haya vivido algo parecido sabrá de lo que hablo, de cómo no podía pensar más que en lo mucho que le quería, en lo tonta que había sido, en el futuro de mis hijos y en rezar, rezar, rezar por él. Así se lo pedí a nuestra comunidad de San Pedro, en Alcobendas, donde Mario y yo vivimos nuestra fe.
A partir de aquí se inician las que, sin duda alguna, han sido las horas más largas de toda mi vida. Solo necesitaba que alguien me llamara. No quería saturar el único teléfono que habían habilitado para atender a los familiares, pero llegó un momento en que ya no pude más. Llamé para preguntar si podía ir a buscarle, si sabían a qué hospital le trasladaban o qué tenía que hacer. Tras horas de insistencia al teléfono, alguien contestó. Me pidió mis datos, los suyos y mi teléfono. Acto seguido me colgó. Mi impulso fue el de gritar y salir corriendo a buscarle.
Mis suegros recibieron una llamada diciendo que Mario estaba bien y que una ambulancia le trasladaría a un hospital, pero no dijeron a cuál.
Al rato recibí, por otro lado, la llamada de una mujer. «Hola, ¿Maite? Llamo del accidente de trenes. Estamos en la zona cero del accidente. Está aquí tu marido, Mario, y no va a parar hasta que te llamen». Pregunté si estaba bien. «Sí, le tenemos aquí en una camilla. Ahora mismo le estoy sujetando los goteros. No puede hablar porque le han puesto medicación y está muy drogado». ¿En la zona cero? ¿Pero no se lo estaban llevando a un hospital? Respiré hondo y empecé a repetirme algo que todavía hoy recuerdo: «Dios es su padre. Dios es su padre. Va a venir. Con pierna, sin pierna, da igual. Va a venir conmigo y con los niños, ayúdale Señor a estar en paz, ayúdale». Le di las gracias a aquella mujer y colgué.
Ni siquiera entonces, en aquella primera llamada que tanto había deseado recibir, fui capaz de decir en voz alta lo único que quería decirle a Mario. Que le quiero, que es mi vida, que le espero con los niños, que los niños le quieren con locura, que es lo mejor que nos ha pasado. Sobre todo que le quiero. Dentro de mí solo había desconcierto, angustia y aquel zumbido constante en los oídos. De nuevo la tentación de que Dios no era bueno.
El tiempo avanzaba despacio, y yo seguía esperando una nueva llamada que me dijera dónde estaba Mario, cómo se encontraba o qué iba a pasar con él. Mi madre me miraba preocupada. Yo estaba completamente descompuesta, sin poder pensar con claridad, esperando noticias. En un momento se acerca y me dice: «Desde luego, una cosa debes tener clara: tu Mariete te quiere». «¿Por qué dices eso?», le pregunto. Entonces me contó que Mario no había dejado de repetirlo, que preguntaba por mí, que quería que me llamaran, que decía una y otra vez: «Dile a Maite que la quiero, que la quiero. Dile a los niños que les quiero, que les cuide, que les quiero». Me quedé sin palabras.
Llevábamos meses sufriendo, atravesando una crisis muy grande, con infinidad de cosas que nos habíamos dejado de decir y mucho, muchísimo dolor acumulado. En todas esas horas no había dejado de pensar que le dejé marcharse sin decirle cuánto le quería. Y él, desde aquel lugar, herido, asustado y sin saber qué iba a ser de su vida, estaba intentando hacerme llegar que nos quería. Esto es algo que nunca voy a olvidar: que en este negro día, mientras yo buscaba desesperadamente a mi marido, él solo buscaba la manera de decirme que me quería. Y como él todavía no podía hacerlo, no paró hasta encontrar a alguien que me lo dijera. Aún hoy me estremezco de pensarlo.
Más tarde volvieron a llamar a mis suegros para confirmarles que trasladaban a Mario al Hospital Universitario de Toledo. Le habían estabilizado y ya le habían metido en la ambulancia. Al rato me llamaron para decirme que había llegado, que iban a hacerle unas pruebas y, eso sí, que las fracturas que tenía eran graves. Allí que fui con mis suegros. De camino recibí otra llamada en la que se me informaba que Mario entraba en quirófano de urgencia. Estaba estable, pero la fractura y la luxación eran complicadas. «Urgencia. Estable. Mario» era todo lo que conseguía escuchar.
Miguelito, nuestro bebé, lloraba en el coche. Le puse una nana y le acaricié para tranquilizarle. Mientras conducíamos, pensaba en Mario. En nuestra boda, en nuestro noviazgo, en cada uno de nuestros hijos cuando llegaron al mundo. Pensaba en Miguel naciendo durante nuestro tiempo de misión, en aquellas condiciones tan precarias, y en Mario sosteniéndome, cogiéndole en brazos en un paritorio prácticamente vacío, donde estábamos solos los dos. Él y yo. Pensaba también en todo lo que Mario había sufrido durante aquellos meses. En su angustia por sentir que no era suficiente, que no hacía lo bastante para que pudiéramos sacar adelante nuestra familia en medio de las dificultades de la misión. Y me repetía a mí misma: «¿Que no era suficiente? Pero si es mi vida. ¡Se lo tengo que decir! ¡Se lo tengo que decir!».
Llegamos al hospital y nos encontramos una imagen que no voy a olvidar. En el vestíbulo había un puesto móvil de atención a familiares de las víctimas. Había personas preguntando a sanitarios que consultaban en un ordenador. Todos y cada uno de ellos buscaban un pedazo fundamental de su vida como yo buscaba el mío. Algunos no conseguían encontrarlo. Gritaban de dolor, lloraban, se sentaban a esperar con la cara desencajada. Otros rezaban. Yo los miraba y solo me nacía de dentro rezar por ellos. Me repetía eso que Mario decía, que a pesar de todo Dios es bueno, es bueno, es bueno.
Mientras esperábamos a que alguien pudiera atendernos, volvió a sonar el teléfono. Era el mismo número. «¿Maite?»; «¡Estoy aquí en el Hospital!», respondí. «¿Estás en el vestíbulo de la entrada? Voy a llamar para que os suban». Mario había salido del quirófano. Nos dirigimos a la URPA y cuando estábamos llegando, escuché: «¡Familia de Mario Aguado!». Sentí que me moría. Creo que habría sido capaz de atropellar a quien fuera con el carro del bebé con tal de llegar hasta él. Como no me dejan entrar con el bebé, se queda mi suegro con él y yo entro acompañada de mi suegra a ver a Mario. Y le vi.
Lleno de cables, con oxígeno, electrodos, cortes, brechas, heridas y cardenales. Estaba aturdido, pero hablaba y abría los ojos. Ve a su madre y dice, lúcido a pesar de los analgésicos, «¡Pero si es mi mamá!». La abrazó. Lloraron. Yo intenté acercarme a los pies de la cama para decirle que estaba allí y, sobre todo, que le quería. Pero vi todos aquellos hierros y tuve miedo de rozarle y hacerle daño. Me quedé, pues, esperando. Al poco rato nuestros ojos se encuentran, se incorpora, abre los ojos como platos y dice: «¡Mi mujer!». Le abracé y entonces, solo entonces, respiré.
El solo me repetía: «Lo siento, lo siento, lo siento…». Y lloraba. Yo le respondía que le quería, aunque las palabras tenían que encontrar la forma de esquivar el nudo de angustia que aún me oprimía la garganta. Pero se lo decía, una y otra vez, sin parar. Al verle el cuerpo empecé a sentir muchísimo calor. Me sobraba la chaqueta de lana, la bata, todo. Pedí un taburete para poder sentarme a su lado. Me tumbaron y me recuperé.
Ya está. Estoy con él. Está aquí. Mario repetía nombres una y otra vez. Daba las gracias a todos los que se acercaban a atenderle y pronunciaba los nombres de las personas que le habían ayudado como si fueran un mantra: «José Ramón, Rosa, Santos, Tamara…». No dejaba de dar las gracias. Me dejaron estar con él durante un buen rato, hasta que me avisaron de que tenían que atender a más pacientes que llegaban de cirugías urgentes y que debía marcharme.
Antes de irme, Mario lloró. Me contó que durante horas había pensado que iba a quedarse parapléjico. Que podía perder una pierna. Le pregunté a la enfermera si podría volver a verle. «Claro que sí, cariño. Mañana a las 9:30 es la hora de visitas». Y me fui de allí dando profundas gracias a Dios. Mario estaba vivo. Había vuelto a encontrarme. Podía abrazarle.
Y aunque todavía no sabíamos todo lo que nos esperaba, aquella noche pude volver a respirar. Aquel día entendí que hay palabras que no deben nunca, nunca, dejarse para después, y que para un matrimonio, decirse «te quiero» es siempre urgente, a cualquier hora, pues uno no sabe si cinco minutos después lo va a poder decir. Que no me quede un solo «te quiero» sin decirle a Mario desde hoy hasta el final de nuestros días. Porque la vida puede cambiar en un aterrador instante y que el amor, incluso cuando atraviesa momentos difíciles, sigue siendo el pilar fundamental que lo sostiene todo. Mario había salido de casa aquella mañana para ir a trabajar; era un viaje de formación, un simple viaje más. Creía tener derecho a estar enfadada con él, y el solo recuerdo de haberme despedido de él con desdén es algo que me corta el aliento. Tenemos, gracias a Dios, una nueva oportunidad, una vida entera por reconstruir, tres hijos pequeños que nos esperan y tantas, tantas, tantas cosas pendientes entre nosotros. Solo me quedan fuerzas para dar gracias a Dios por darnos esta nueva oportunidad de vivirlas. Por eso y porque es bueno.
Maite Cerezo Soler



No hay comentarios:
Publicar un comentario