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viernes, 3 de abril de 2026

P. Roberto Pasolini ante el Papa en la celebración de la Pasión, 3-4-2026: «Llamados a acercarnos con confianza a la cruz del Señor y aprender a reinar con él, poniendo nuestra vida al servicio de los demás»

* «Jesús no sólo se limitó a escuchar estos cantos, los ha interpretado y los ha vivido intensamente con plena confianza en la voluntad del Padre, hasta el punto de transformar su crucifixión en un acto de salvación. Ese mundo ante el mal sólo conoce dos caminos, rendirse o devolverlo, lo vemos a diario en las guerras, en las divisiones, en las heridas que marcan todas nuestras relaciones, el mal sigue circulando porque encuentras a alguien dispuesto a pagarlo y a multiplicarlo. Jesús rompió esta cadena, no imponiéndose con una fuerza superior, sino aceptando lo que le sucedió y reconociendo en ello la recompensa dramática de su pasión, reconociendo la partitura del canto de amor y de servicio que el Padre le había confiado a su vida. No cumplió esta partitura de modo mecánico sino traduciendo las palabras proféticas en gestos concretos, en perdón, en silencio lleno de compasión. Así recorriendo el camino de la cruz aprendió la obediencia más difícil, el del amor por el otro, incluso cuando el otro se presenta como enemigo»

 

Video completo de la transmisión en directo de Vatican News con la homilía del P. Roberto Pasolini ante el Papa León XIV, traducida al español

* «Podemos vislumbrar algo sorprendente, una multitud silenciosa de personas que eligen escuchar a una voz diferente. Algunos la reconocen claramente como la voluntad de Dios, otros la oyen como un llamado profundo e indispensable de su propia conciencia. Es una voz que no grita, que no se impone con fuerza, que no promete atajos. Es un canto discreto y persistente que nos invita a amar, a permanecer y a no devolver el daño recibido. Algunos eligen escuchar esta canción. Son hombres y mujeres normales que caminan, a veces, sin siquiera saberlo, por el mismo camino del siervo del Señor. No realizan gestos extraordinarios, simplemente cada día se levantan e intentan que sus vidas sirvan no sólo a ellos sino también a los demás. Soportan cargas que no eligieron, abrazan heridas sin endurecerse, no dejan de buscar el bien incluso cuando parece inútil, no hacen ruido, no ocupan el escenario, pero mantienen abierta la posibilidad de un mundo diferente. Gracias a ellos el mal no tiene la última palabra y la historia no termina en la violencia. Esta multitud de personas atestigua que los cantos de ese siervo en el cual Dios se complace siguen resonando en el corazón humano, esperando sólo a alguien dispuesto a traducirlos en la partitura concreta de su propia vida, incluso cuando esto signifique cargar la cruz»

3 de abril de 2026.- (Camino Católico)   “En una época como la nuestra, tan lacerada por el odio y la violencia, donde incluso el nombre de Dios se invoca para justificar guerras y decisiones de muerte, nosotros, los cristianos, estamos llamados a acercarnos sin miedo, más bien con plena confianza a la Cruz del Señor, sabiendo que ella es un trono en el que podemos sentarnos y aprender a reinar con él, poniendo nuestra vida al servicio de los demás”. Es lo que ha subrayado el padre Roberto Pasolini, predicador de la Casa Pontificia en su homilía esta tarde, 3 de abril, en la celebración de la Pasión del Señor del Viernes Santo, presidida por León XIV en la basílica de San Pedro, reflexionando sobre cómo Jesús encarnó la figura del «Siervo del Señor» cantada por el profeta Isaías, introduciendo en la historia una nueva lógica.

Al mundo que busca la salvación de la «violencia del mal», de la «injusticia que mata», «de las divisiones que humillan», Cristo en la Cruz ofrece una solución inédita, ya que no se basa en «decisiones políticas, económicas o militares». Precisamente imitando su ejemplo, «el mundo es salvado continuamente por quien está dispuesto a acoger los cánticos del Siervo del Señor como forma de su propia vida», remarca el fraile capuchino. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la homilía, cuyo texto íntegro es el siguiente:


Viernes Santo - Celebración de la Pasión del Señor presidida por el Papa León XIV


Homilía P. Roberto Pasolini, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia


Basílica de San Pedro, 17 h.



Hermanos y hermanas, en este día santo la liturgia nos invita a contemplar la pasión del Señor.

Lo hemos apenas escuchado en el canto. Ante este misterio de muerte y de gloria es natural congregarse en silencio para orar. Sin embargo la cruz de Cristo corre el riesgo de permanecer incomprensible si la consideramos como un acontecimiento aislado, un evento inexplicable. En realidad, es la culminación de un camino, la plenitud de una vida en la que Jesús aprendió a escuchar y a acoger la voz del Padre. Dejándose guiar día a día hacia el amor más grande. Para entender este camino durante los días de la Semana Santa la liturgia nos ha invitado a escuchar los llamados cantos del siervo del Señor. Se trata de textos poéticos en los que el profeta Isaías esbozó la figura de un siervo misterioso a través del cual Dios puede salvar al mundo del mal y del pecado.

La tradición cristiana ha reconocido en estos cantos una sorprendente prefiguración y también dramática de esos pasos que Jesús realizó identificándose como el hombre del dolor que se despojó de sí mismo hasta la muerte cargando sobre sí los pecados de muchos. En el primer canto, el siervo viene presentado como alguien que está llamado para una misión importante, bella, abrir los ojos a los ciegos y sacar a los presos de la cárcel, a los que están en tinieblas de la prisión. Es una tarea de toda la vida dirigida a aquellos oprimidos por el sufrimiento, la injusticia y el pecado. Sin embargo el siervo la debe llevar a cabo con extrema gentileza siguiendo un método preciso: no gritará, no alzará la voz, no se oirá su voz en las calles, no quebrará la caña, no apagará la mecha que humea, ninguna violencia, nada de recurrir a la fuerza, nada de la tentación de destruir para empezar todo de nuevo. El siervo debe buscar la vida en medio de la oscuridad del mal. Sabemos que no es fácil asumir esta misión.

Todos nos vemos tentados a forzar las situaciones, a usar un poco de agresividad, un poco de violencia, pensando que son estos medios que sin esto las cosas nunca se resolverán. El siervo del señor no puede ceder a este instinto, debe preservar la mansedumbre como la única fortaleza para afrontar la oscuridad del mal. 

En el segundo canto algo se quiebra. Tras intentar cumplir su misión, el siervo experimenta que todos sus esfuerzos por hacer el bien han sido inútiles y dice en vano me he gastado mis fuerzas. El bien sembrado no parece germinar, todo parece estancado y bloqueado. Es una crisis que tarde o temprano afecta a todo aquel que ha elegido seguir al Señor. La sensación de dar vueltas en vano, de no llegar a ninguna parte, de permanecer fiel a algo que no da fruto, en realidad es sólo una impresión. Porque con la palabra en vano, el profeta no quiere decir que el siervo ha actuado en vano, sino que el resultado de su trabajo no lo puede verificar. Al llevar la luz a la oscuridad, el siervo del Señor ha entrado en un espacio donde las cosas ya no se entienden según nuestros criterios, sino que siguen otro diseño, ese paradójico, el de una salvación que viene de Dios.

En el tercer canto surge una nueva sorpresa, el siervo se da cuenta de que las mismas personas a las que desea ayudar reaccionan con hostilidad, con rabia, incluso con violencia. Quienes viven en tinieblas en realidad no siempre reciben la luz, a veces la rechazan e intentan desbloquearla, porque la luz no resalta sólo lo que es bello, sino también lo que nosotros queremos ocultar, nuestras heridas, nuestras mentiras, nuestras ambigüedades, y esto nos da miedo. Pero el siervo no retrocede, continúa el camino indicado por el Señor sin huir. Entregué mi espada a los que me golpeaban, mis mejillas a los que me arrancaban la barba, no escondí mi rostro a los insultos y a los escupitajos. 

En el cuarto canto, que hemos proclamado en esta liturgia, ocurre algo desconcertante, la violencia que sufre el siervo es tan intensa que desfigura su rostro, dejándolo irreconocible, no tiene apariencia ni belleza, y sin embargo precisamente en este camino el siervo aprendió a no devolver el mal recibido. Cuando el mal nos golpea, nuestro instinto es el de reaccionar, el de rechazarlo, el de saldar las cuentas. El siervo, en cambio, no cede a esta lógica, lo acepta todo sin devolver violencia, el mal lo alcanza y ahí se detiene. Por eso llevaba el pecado de muchos e intercedía por los culpables. 

Hermanos y hermanas Jesús no sólo se limitó a escuchar estos cantos, los ha interpretado y los ha vivido intensamente con plena confianza en la voluntad del Padre, hasta el punto de transformar su crucifixión en un acto de salvación. Ese mundo ante el mal sólo conoce dos caminos, rendirse o devolverlo, lo vemos a diario en las guerras, en las divisiones, en las heridas que marcan todas nuestras relaciones, el mal sigue circulando porque encuentras a alguien dispuesto a pagarlo y a multiplicarlo.

Jesús rompió esta cadena, no imponiéndose con una fuerza superior, sino aceptando lo que le sucedió y reconociendo en ello la recompensa dramática de su pasión, reconociendo la partitura del canto de amor y de servicio que el Padre le había confiado a su vida. No cumplió esta partitura de modo mecánico sino traduciendo las palabras proféticas en gestos concretos, en perdón, en silencio lleno de compasión. Así recorriendo el camino de la cruz aprendió la obediencia más difícil, el del amor por el otro, incluso cuando el otro se presenta como enemigo.

Vivimos en un mundo en el que la voz de Dios ya no guía el camino compartido de la humanidad como antes, no porque la voz de Dios ha desaparecido sino porque a menudo es una voz entre tantas, ahogada por otras palabras que prometen seguridad, progreso y bienestar. Estas son hoy las indicaciones que guían muchas decisiones y marcan el rumbo de nuestra vida en común. Sin embargo, el mundo sigue siendo un lugar donde la gente sufre y muere, a menudo sin culpa y sin razón. Las guerras continúan, las injusticias se multiplican y los más vulnerables pagan el precio. Es como si faltara una palabra, una palabra capaz de unir el camino de la humanidad, un canto que sepa orientar nuestros pasos hacia un mundo más justo y fraterno. Y sin embargo, precisamente en este escenario, si vemos con atención podemos vislumbrar algo sorprendente, una multitud silenciosa de personas que eligen escuchar a una voz diferente.

Algunos la reconocen claramente como la voluntad de Dios, otros la oyen como un llamado profundo e indispensable de su propia conciencia. Es una voz que no grita, que no se impone con fuerza, que no promete atajos. Es un canto discreto y persistente que nos invita a amar, a permanecer y a no devolver el daño recibido.

Algunos eligen escuchar esta canción. Son hombres y mujeres normales que caminan, a veces, sin siquiera saberlo, por el mismo camino del siervo del Señor. No realizan gestos extraordinarios, simplemente cada día se levantan e intentan que sus vidas sirvan no sólo a ellos sino también a los demás. Soportan cargas que no eligieron, abrazan heridas sin endurecerse, no dejan de buscar el bien incluso cuando parece inútil, no hacen ruido, no ocupan el escenario, pero mantienen abierta la posibilidad de un mundo diferente. Gracias a ellos el mal no tiene la última palabra y la historia no termina en la violencia. Esta multitud de personas atestigua que los cantos de ese siervo en el cual Dios se complace siguen resonando en el corazón humano, esperando sólo a alguien dispuesto a traducirlos en la partitura concreta de su propia vida, incluso cuando esto signifique cargar la cruz. 

Dentro de un momento adoraremos la cruz del Señor con gestos, silencio y oraciones. Será una ocasión especial para reconocer el misterio de Dios y reconciliarnos con la cualidad débil y fuerte de su amor por nosotros y por todos. Si no queremos correr el riesgo de reducir esta liturgia a una mera formalidad, podemos decir entonces, al menos en nuestro corazón, que deponemos las armas que aún empuñamos entre las manos. Quizás no parezcan tan peligrosas como las que empuñan los poderosos del mundo, sin embargo, también estos son instrumentos de muerte porque bastan para debilitar, para herir, para vaciar nuestras relaciones cotidianas de significado y de amor.

Ayer, como hoy, el mundo necesita ser salvado de la violencia, del mal, de la injusticia que mata, de las divisiones que humillan, pero esta salvación no viene de lo alto, ni puede garantizarse mediante decisiones políticas, económicas o militares. El mundo se salva continuamente por aquellos dispuestos a abrazar los cantos del siervo del Señor como fundamento de sus vidas. Esto es lo que hizo el Señor Jesús. Tomó en serio la voluntad del Padre, abrazándola como una partitura musical que debería interpretarse hasta el final, con fuertes clamores y lágrimas. Por esta razón, en el momento decisivo fue arrestado y pudo declarar “Soy Yo”, para entrar libremente en su pasión de amor. 

Hermanos y hermanas, también a nosotros hoy se nos entrega la partitura de la cruz, podemos acogerla con libertad si aceptamos que no hay ninguna circunstancia difícil que no podamos afrontar, que no hay ningún culpable al que apuntar el dedo, que no hay ningún enemigo que nos impida amar y servir. Al contrario, estamos nosotros que elegimos no devolver el mal y permanecer pacientes en la tribulación, creer en la bondad incluso cuando la oscuridad parece engullir todo.

Podemos convertirnos en los siervos que el Señor necesita para traer la salvación al mundo. En una época como la nuestra, tan lacerada por el odio y la violencia, donde incluso el nombre de Dios se invoca para justificar guerras y decisiones de muerte, nosotros, los cristianos, estamos llamados a acercarnos sin miedo, más bien con plena confianza a la Cruz del Señor, sabiendo que ella es un trono en el que podemos sentarnos y aprender a reinar con él, poniendo nuestra vida al servicio de los demás. Si somos capaces de mantenernos firmes a esta profesión de fe, también nuestros días podrán dar voz a los cantos de alegría y del sufrimiento, a esa misteriosa partitura de la cruz en la que se reconocen las notas del amor más grande.

P. Roberto Pasolini


Foto: Vatican Media, 3-4-2026

Celebración de la Pasión del Señor,, presidida por el Papa León XIV, 3-4-2026


Foto: Vatican Media, 3-4-2026


3 de abril de 2026.- (Camino Católico) El Papa León XIV ha presidido la celebración de la Pasión del Señor hoy, Viernes Santo, a las 17 horas, en la Basílica de San Pedro, ante miles de fieles y en la que ha predicado la homilía el padre Roberto Pasolini, predicador de la Casa Pontificia. En el vídeo Vatican News se visualiza y escucha toda la celebración.

“En una época como la nuestra, tan lacerada por el odio y la violencia, donde incluso el nombre de Dios se invoca para justificar guerras y decisiones de muerte, nosotros, los cristianos, estamos llamados a acercarnos sin miedo, más bien con plena confianza a la Cruz del Señor, sabiendo que ella es un trono en el que podemos sentarnos y aprender a reinar con él, poniendo nuestra vida al servicio de los demás”, ha subrayado el padre Roberto Pasolini ante el Papa León XIV.

Homilía de Mons. Jesús Fernández, obispo de Córdoba, y lecturas en la celebración de la Pasión del Señor, 3-4-2026

3 de abril de 2026.-  (Camino Católico) Homilía de Mons. Jesús Fernández, obispo de Córdoba, y lecturas en la celebración de la Pasión del Señor, emitida por 13 TV desde la Catedral de Córdoba.

Palabra de Vida 3/4/2026: «Tengo sed» / Por P. Jesús Higueras

Camino Católico.- Espacio «Palabra de Vida» de 13 TV del 2 de abril de 2026, Viernes Santo, presentado por el padre Jesús Higueras en el que comenta el evangelio del día.

Evangelio: San Juan 18, 1--19, 42:

En aquel tiempo, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos. Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Díceles: «Yo soy». Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. Cuando les dijo: «Yo soy», retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó de nuevo: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Respondió Jesús: «Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos». Así se cumpliría lo que había dicho: «De los que me has dado, no he perdido a ninguno». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?».


Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo. Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el atrio del Sumo Sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro. La muchacha portera dice a Pedro: «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?». Dice él: «No lo soy». Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le respondió: «He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho». Apenas dijo esto, uno de los guardias que allí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: «¿Así contestas al Sumo Sacerdote?». Jesús le respondió: «Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?». Anás entonces le envió atado al Sumo Sacerdote Caifás. Estaba allí Simón Pedro calentándose y le dijeron: «¿No eres tú también de sus discípulos?». El lo negó diciendo: «No lo soy». Uno de los siervos del Sumo Sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dice: «¿No te vi yo en el huerto con Él?». Pedro volvió a negar, y al instante cantó un gallo.


De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua. Salió entonces Pilato fuera donde ellos y dijo: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?». Ellos le respondieron: «Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado». Pilato replicó: «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley». Los judíos replicaron: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie». Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir. Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?». Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí». Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?». Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Le dice Pilato: «¿Qué es la verdad?». Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: «Yo no encuentro ningún delito en Él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos?». Ellos volvieron a gritar diciendo: «¡A ése, no; a Barrabás!». Barrabás era un salteador.


Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a Él, le decían: «Salve, Rey de los judíos». Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo: «Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en Él». Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: «Aquí tenéis al hombre». Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Les dice Pilato: «Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en Él». Los judíos le replicaron: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios». Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no le dio respuesta. Dícele Pilato: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». Respondió Jesús: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado». Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César». Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: «Aquí tenéis a vuestro Rey». Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!». Les dice Pilato: «¿A vuestro Rey voy a crucificar?». Replicaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el César». Entonces se lo entregó para que fuera crucificado.


Tomaron, pues, a Jesús, y Él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: ‘El Rey de los judíos’, sino: ‘Éste ha dicho: Yo soy Rey de los judíos’». Pilato respondió: «Lo que he escrito, lo he escrito». Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca». Para que se cumpliera la Escritura: «Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica». Y esto es lo que hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.


Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed». Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido». E inclinando la cabeza entregó el espíritu.


Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado —porque aquel sábado era muy solemne— rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: «No se le quebrará hueso alguno». Y también otra Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».


Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo —aquel que anteriormente había ido a verle de noche— con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.

7 Palabras de Cristo en la Cruz, donde el amor se une al dolor: El grito que salvó al mundo / Por P. Santiago Martín

3 de abril de 2026.- (Camino Católico).- El P. Santiago Martín el Viernes Santo de la Pasión del Señor, predica sobre las 7 palabras de Cristo en la Cruz, donde el amor se une al dolor: El grito que salvó al mundo, emitido por Magníficat TV.

Vía Crucis con el P. Jesús Higueras en la parroquia Santa María de Caná de Pozuelo de Alarcón, 3-4-2026

Camino Católico.- Vía Crucis con el P. Jesús Higueras en la parroquia Santa María de Caná de Pozuelo de Alarcón, celebrado el viernes santo al mediodía, emitido por @SantaMaríadeCanáPozuelo.

Homilía del evangelio del Viernes Santo: La verdadera cruz que Jesús cargó sobre sus hombros y en la que finalmente lo clavaron fue el pecado / Por P. José María Prats

* «Los Padres de la Iglesia han aplicado a Cristo crucificado la figura bíblica de las aguas amargas de Mará, que se convirtieron en aguas dulces al contacto con el madero que Moisés echó en ellas (cf Ex 15,23s). En el madero de la cruz, Jesús bebió las aguas amargas del pecado representadas en la esponja empapada en vinagre que acercaron a sus labios y las convirtió en el agua “dulce” de su Espíritu, simbolizada en el agua que salió de su costado abierto por la lanza. Transformó el inmenso ‘no’ de los hombres a Dios en un ‘sí’, en un amén, todavía más inmenso, para gloria de Dios Padre»

Viernes Santo

Isaías  52, 13-53,12/ Salmo 30 / Hebreos 4, 14-16;5,7-9/ San Juan 18, 1--19, 42

P. José María Prats / Camino Católico.-  Al escuchar el relato de la Pasión del Señor tendemos a centrar nuestra atención en la injusticia y crueldad de los hechos y en el sufrimiento de Jesús: la traición de Judas, las intrigas de los jefes de los judíos, la flagelación, la coronación de espinas i las burlas de los soldados, el clamor del pueblo gritando: “¡crucifícalo!”, el tormento de la crucifixión...

Pero nuestra mirada no debe detenerse en la mera indignación y compasión ante estos hechos brutales: hemos de saber ver tras ellos el sentido profundo de lo que estaba ocurriendo. Y a ello nos ayuda muchísimo la primera lectura, del profeta Isaías: «Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores ... fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron».

Jesucristo es Dios y Hombre y, como tal, sus acciones tienen un alcance universal en el tiempo y en el espacio: Él cargó con el pecado de los hombres de todos los tiempos. Imaginad que todo el universo físico, con sus miles de millones de galaxias, se apoyase en un solo punto de la tierra, como una inmensa pirámide invertida; imaginad la presión que tendría que soportar ese punto. Pues bien, todo el universo de la culpa, que no es menos inmenso que el universo físico, pesaba, en la pasión, sobre el alma de Jesucristo. La verdadera cruz que Jesús cargó sobre sus hombros, que llevó luego hasta el Calvario y en la que finalmente lo clavaron, fue el pecado. 

Pero es que, además, Jesucristo asumió nuestro pecado de una forma tan real que, como dice San Pablo, se hizo maldición para salvarnos, tal y como está escrito: «Maldito el que cuelga de un madero» (Gal 3,13; cf Dt 21,23). Y ser hecho maldición supone verse separado de Dios Padre. Nunca estuvo el Padre del cielo tan cerca de su Hijo como en aquel momento en que realizaba su obediencia suprema; pero, en cuanto hombre que cargaba con el pecado del mundo, Jesús no podía percibir esta cercanía y sintió el más profundo de los abandonos: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

Todo esto era necesario para que fuésemos liberados de la esclavitud del pecado y «recibiésemos por la fe el Espíritu prometido» (Gal 3,14). Los Padres de la Iglesia han aplicado a Cristo crucificado la figura bíblica de las aguas amargas de Mará, que se convirtieron en aguas dulces al contacto con el madero que Moisés echó en ellas (cf Ex 15,23s). En el madero de la cruz, Jesús bebió las aguas amargas del pecado representadas en la esponja empapada en vinagre que acercaron a sus labios y las convirtió en el agua “dulce” de su Espíritu, simbolizada en el agua que salió de su costado abierto por la lanza. Transformó el inmenso “no” de los hombres a Dios en un “sí”, en un amén, todavía más inmenso, para gloria de Dios Padre.

Esta homilía es una síntesis de una homilía de Viernes Santo del Cardenal Raniero Cantalamessa, OFM Cap.

P. José María Prats

Evangelio: 


En aquel tiempo, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos. Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Díceles: «Yo soy». Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. Cuando les dijo: «Yo soy», retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó de nuevo: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Respondió Jesús: «Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos». Así se cumpliría lo que había dicho: «De los que me has dado, no he perdido a ninguno». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?».


Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo. Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el atrio del Sumo Sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro. La muchacha portera dice a Pedro: «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?». Dice él: «No lo soy». Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le respondió: «He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho». Apenas dijo esto, uno de los guardias que allí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: «¿Así contestas al Sumo Sacerdote?». Jesús le respondió: «Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?». Anás entonces le envió atado al Sumo Sacerdote Caifás. Estaba allí Simón Pedro calentándose y le dijeron: «¿No eres tú también de sus discípulos?». El lo negó diciendo: «No lo soy». Uno de los siervos del Sumo Sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dice: «¿No te vi yo en el huerto con Él?». Pedro volvió a negar, y al instante cantó un gallo.


De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua. Salió entonces Pilato fuera donde ellos y dijo: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?». Ellos le respondieron: «Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado». Pilato replicó: «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley». Los judíos replicaron: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie». Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir. Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?». Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí». Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?». Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Le dice Pilato: «¿Qué es la verdad?». Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: «Yo no encuentro ningún delito en Él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos?». Ellos volvieron a gritar diciendo: «¡A ése, no; a Barrabás!». Barrabás era un salteador.


Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a Él, le decían: «Salve, Rey de los judíos». Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo: «Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en Él». Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: «Aquí tenéis al hombre». Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Les dice Pilato: «Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en Él». Los judíos le replicaron: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios». Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no le dio respuesta. Dícele Pilato: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». Respondió Jesús: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado». Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César». Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: «Aquí tenéis a vuestro Rey». Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!». Les dice Pilato: «¿A vuestro Rey voy a crucificar?». Replicaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el César». Entonces se lo entregó para que fuera crucificado.


Tomaron, pues, a Jesús, y Él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: ‘El Rey de los judíos’, sino: ‘Éste ha dicho: Yo soy Rey de los judíos’». Pilato respondió: «Lo que he escrito, lo he escrito». Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca». Para que se cumpliera la Escritura: «Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica». Y esto es lo que hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.


Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed». Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido». E inclinando la cabeza entregó el espíritu.


Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado —porque aquel sábado era muy solemne— rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: «No se le quebrará hueso alguno». Y también otra Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».


Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo —aquel que anteriormente había ido a verle de noche— con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.

San Juan 18, 1--19, 42