
Si se destruye en el alma del hombre algo tan básico como la atención a Dios, el valor profundo del prójimo como hijo de Dios, el respeto a las normas de comportamiento grabadas en nuestra conciencia por el mismo Dios, el resultado es la destrucción del auténtico humanismo, de la concepción del auténtico ser del hombre. Demasiadas destrucciones esenciales al hombre para que no se traduzcan en errores que engendran dolor y temor. Palpamos lo cierto que es lo afirmado hace generaciones de que «allí donde no hay Dios, no hay tampoco hombre». No hay «hombre auténtico» si no acepta nada que le trascienda. El humanismo ateo no puede llegar más que a la quiebra. Ante recelos equivocados, pero tan repetidos, hay que insistir en que «Dios no es solamente para el hombre una norma que se impone; es el Absoluto que lo fundamenta, el Amado que le atrae, es Lo Eterno que le prepara el único clima respirable, y es, en fin, esa tercera dimensión en la que el hombre encuentra su profundidad.
Quien Le niega, no ve que Aquel al que rechaza es el que le da toda su fuerza y grandeza. En el límite de sus sueños de emancipación total, no se apercibe del servilismo que le amenaza.
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Fuente: La Razón
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