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lunes, 6 de enero de 2025

Agustín Giménez, profesor de la Universidad Eclesiástica de San Dámaso: «Los Reyes Magos vieron algo sobrenatural, una estrella que Dios hace aparecer cuando nace Jesús»


Agustín Giménez, profesor de la Universidad Eclesiástica de San Dámaso

* «La estrella de Belén era sobrenatural, especial, porque permanecía fija en el horizonte, algo que no ocurre con los cuerpos celestes habituales. Esto les permitió seguir un camino concreto hacia el lugar donde estaba el Niño Jesús» 

Vídeo de 13 TV en el que Agustín Giménez, profesor de la Universidad Eclesiástica de San Dámaso, cuenta la historia de los Reyes Magos, su conexión con el cielo y su encuentro con el Niño Jesús

Camino Católico.-  En la víspera de la llegada de los Reyes Magos, la ilusión llena los hogares de millones de personas. Los preparativos están en marcha, los niños ya han enviado sus cartas y las familias recuerdan una tradición que va más allá de los regalos. El sacerdote y profesor de la Universidad Eclesiástica de San Dámaso, Agustín Giménez, ha explicado en ‘Ecclesia es Domingo’ de 13 TV  la historia de los Reyes Magos, su conexión con el cielo y su encuentro con el Niño Jesús. 

Según Giménez, los llamados Reyes Magos no eran ni monarcas ni hechiceros, sino astrónomos expertos. "Eran, sobre todo, sabios del Oriente que estudiaban las estrellas. En la antigüedad era fundamental la contemplación del cielo. Además, no había series que ver por la noche… Lo que había era un cielo maravilloso y supermisterioso”. Provenían de culturas como la Caldea, donde la observación del cielo era fundamental: “Ellos conocían cada constelación y estrella por su nombre. Detectaron algo extraordinario: una nueva estrella que anunciaba el nacimiento del Mesías”.

¿Qué vieron exactamente estos sabios en el cielo? 

Giménez ha explicado que el fenómeno no puede atribuirse a ningún evento natural conocido: ”Los anales de los caldeos y los chinos documentan eventos astronómicos que los magos conocían. Por su capacidad de observación y cálculos precisos, sabían que estaban ante algo único”. En este sentido, ha añadido que ”no fue un cometa, una nova, ni una conjunción planetaria. La estrella de Belén era sobrenatural”. Sin embargo, fenómenos previos entre los años 12 y 2 a.C., como la aparición del cometa Halley, una nova visible durante 70 días y una sextuple conjunción de Júpiter con Venus y la estrella Regulus, prepararon a los magos para reconocer la señal definitiva.

"La estrella de Belén era especial porque permanecía fija en el horizonte, algo que no ocurre con los cuerpos celestes habituales. Esto les permitió seguir un camino concreto hacia el lugar donde estaba el Niño Jesús", ha señalado el profesor.


"No es un fenómeno natural"

Según estudios recientes que han publicado junto a otros investigadores, el nacimiento de Jesús y la aparición de la estrella de Belén coincidirían con el 25 de Quisleu del 1 a.C., que corresponde a la festividad de la Janucá en el calendario judío: “No es un fenómeno natural, es una estrella que Dios hace aparecer en el cielo en el momento en el que nace Jesús”.

Agustín también ha destacado la relación entre las señales astronómicas y las profecías bíblicas como la de "Júpiter, que protagonizó seis conjunciones previas al nacimiento, era identificado en la tradición judía como la estrella mesiánica”. Además, señaló que estas conjunciones ocurrieron con Regulus, la estrella más brillante de la constelación de Leo. "Regulus significa ‘rey pequeño’, lo que reforzó la asociación con un futuro rey".

Otro detalle es que Júpiter, debido a su movimiento retrógrado, permaneció nueve meses en la constelación de Virgo: "Esto encajaba perfectamente con la profecía de Isaías 7:14, que anunciaba que el Mesías nacería de una virgen. Los magos no solo observaron el cielo; también comprendían el significado detrás de estos eventos".

"Las cosas importantes, el cielo siempre las bendice"

La tradición de los regalos, según Giménez, es una extensión del gesto de los magos hacia el Niño Jesús. El oro, el incienso y la mirra eran presentes cargados de simbolismo: oro por su realeza, incienso por su divinidad y mirra como prefiguración de su sacrificio. Hoy, esos regalos se traducen en obsequios como un reflejo del amor de Dios: “Las cosas importantes, el cielo siempre las bendice. A los niños Dios les bendice con su amor, con la entrega del Niño Jesús y con regalos como le hicieron a Él, para que puedan ser todavía mejores. A los niños les multiplica esa bondad”.

Los Magos, hombres sabios, al ver al Niño lo adoraron descubriendo en el pequeño el Camino, la Verdad y la Vida / Por P. Carlos García Malo

 


sábado, 6 de enero de 2024

Los Reyes Magos / Película de Dibujos animados

 


Camino Católico.- “Los Reyes Magos” es una película de dibujos animados del año 2003, de una hora y quince minutos de duración, dirigida por Antonio Navarro, con participación en el reparto de Stephen Hughes, Olivier Perrier, Eric Ebouanay.

Sinopsis:

Este año, el joven Jim odia la Navidad, porque no ha recibido ni un solo regalo. Su abuelo le cuenta entonces que no todo está perdido: los tres Reyes Magos no han pasado todavía. Solo hay que tener fe. Como hace miles de años en Judea, días antes del nacimiento de Jesús, cuando Melchor, Gaspar y Baltasar, tres Magos convocados y guiados por una misteriosa estrella, unieron sus poderes y su sabiduría para lanzarse a la primera búsqueda del tesoro de la Historia. Su misión: encontrar tres atributos reales y ofrecérselos al Rey de Reyes que estaba a punto de nacer.

martes, 8 de enero de 2008

El mundo, desgarrado por conflictos, necesita una gran esperanza / Autor: Benedicto XVI

Homilía en la solemnidad de la Epifanía del Señor (6 de enero)

Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI el 6 de enero en la celebración eucarística que presidió en la Basílica de San Pedro del Vaticano con motivo de la solemnidad de la Epifanía del Señor, el 6 de enero.

* * *

Queridos hermanos y hermanas:


Celebramos hoy a Cristo, luz del mundo, y su manifestación a las naciones. En el día de Navidad el mensaje de la liturgia era: "Hodie descendit lux magna super terram", "Hoy desciende una gran luz a la tierra" (Misal romano). En Belén, esta "gran luz" se presentó a un pequeño grupo de personas, a un minúsculo "resto de Israel": a la Virgen María, a su esposo José, y a algunos pastores. Una luz humilde, según el estilo del verdadero Dios. Una llamita encendida en la noche: un frágil niño recién nacido, que da vagidos en el silencio del mundo... Pero en torno a ese nacimiento oculto y desconocido resonaba el himno de alabanza de los coros celestiales, que cantaban gloria y paz (cf. Lc 2, 13-14).

Así, aquella luz, aun siendo pequeña cuando apareció en la tierra, se proyectaba con fuerza en los cielos. El nacimiento del Rey de los judíos había sido anunciado por una estrella que se podía ver desde muy lejos. Este fue el testimonio de "algunos Magos" que llegaron desde Oriente a Jerusalén poco después del nacimiento de Jesús, en tiempos del rey Herodes (cf. Mt 2, 1-2).

Una vez más, se comunican y se responden el cielo y la tierra, el cosmos y la historia. Las antiguas profecías se cumplen con el lenguaje de los astros. "De Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel" (Nm 24, 17), había anunciado el vidente pagano Balaam, llamado a maldecir al pueblo de Israel y que, al contrario, lo bendijo porque, como Dios le reveló, "ese pueblo es bendito" (Nm 22, 12).

Cromacio de Aquileya, en su Comentario al evangelio de san Mateo, relacionando a Balaam con los Magos, escribe: "Aquel profetizó que Cristo vendría; estos lo vieron con los ojos de la fe". Y añade una observación importante: "Todos vieron la estrella, pero no todos comprendieron su sentido. Del mismo modo, nuestro Señor y Salvador nació para todos, pero no todos lo acogieron" (ib., 4, 1-2). Este es, en la perspectiva histórica, el significado del símbolo de la luz aplicado al nacimiento de Cristo: expresa la bendición especial de Dios en favor de la descendencia de Abraham, destinada a extenderse a todos los pueblos de la tierra.
De este modo, el acontecimiento evangélico que recordamos en la Epifanía, la visita de los Magos al Niño Jesús en Belén, nos remite a los orígenes de la historia del pueblo de Dios, es decir, a la llamada de Abraham, que encontramos en el capítulo 12 del libro del Génesis. Los primeros once capítulos son como grandes cuadros que responden a algunas preguntas fundamentales de la humanidad: ¿Cuál es el origen del universo y del género humano? ¿De dónde viene el mal? ¿Por qué hay diversas lenguas y civilizaciones?

Entre los relatos iniciales de la Biblia aparece una primera "alianza", establecida por Dios con Noé, después del diluvio. Se trata de una alianza universal, que atañe a toda la humanidad: el nuevo pacto con la familia de Noé es, a la vez, un pacto con "toda carne" (cf. Gn 9, 15). Luego, antes de la llamada de Abraham, se encuentra otro gran cuadro, muy importante para comprender el sentido de la Epifanía: el de la torre de Babel. El texto sagrado afirma que en los orígenes "todo el mundo tenía un mismo lenguaje e idénticas palabras" (Gn 11, 1). Después los hombres dijeron: "Ea, vamos a edificarnos una ciudad y una torre con la cúspide en los cielos, y hagámonos famosos, por si nos desperdigamos por toda la haz de la tierra" (Gn 11, 4). La consecuencia de este pecado de orgullo, análogo al de Adán y Eva, fue la confusión de las lenguas y la dispersión de la humanidad por toda la tierra (cf. Gn 11, 7-8). Esto es lo que significa "Babel"; fue una especie de maldición, semejante a la expulsión del paraíso terrenal.

En este punto se inicia la historia de la bendición, con la llamada de Abraham: comienza el gran plan de Dios para hacer de la humanidad una familia, mediante la alianza con un pueblo nuevo, elegido por él para que sea una bendición en medio de todas las naciones (cf. Gn 12, 1-3). Este plan divino se sigue realizando todavía y tuvo su momento culminante en el misterio de Cristo. Desde entonces se iniciaron "los últimos tiempos", en el sentido de que el plan fue plenamente revelado y realizado en Cristo, pero debe ser acogido por la historia humana, que sigue siendo siempre historia de fidelidad por parte de Dios y, lamentablemente, también de infidelidad por parte de nosotros los hombres.

La Iglesia misma, depositaria de la bendición, es santa y a la vez está compuesta de pecadores; está marcada por la tensión entre el "ya" y el "todavía no". En la plenitud de los tiempos Jesucristo vino a establecer la alianza: él mismo, verdadero Dios y verdadero hombre, es el Sacramento de la fidelidad de Dios a su plan de salvación para la humanidad entera, para todos nosotros.

La llegada de los Magos de Oriente a Belén, para adorar al Mesías recién nacido, es la señal de la manifestación del Rey universal a los pueblos y a todos los hombres que buscan la verdad. Es el inicio de un movimiento opuesto al de Babel: de la confusión a la comprensión, de la dispersión a la reconciliación. Por consiguiente, descubrimos un vínculo entre la Epifanía y Pentecostés: si el nacimiento de Cristo, la Cabeza, es también el nacimiento de la Iglesia, su cuerpo, en los Magos vemos a los pueblos que se agregan al resto de Israel, anunciando la gran señal de la "Iglesia políglota" realizada por el Espíritu Santo cincuenta días después de la Pascua.

El amor fiel y tenaz de Dios, que mantiene siempre su alianza de generación en generación. Este es el "misterio" del que habla san Pablo en sus cartas, también en el pasaje de la carta a los Efesios que se acaba de proclamar. El Apóstol afirma que este misterio le "fue comunicado por una revelación" (Ef 3, 3) y él se encargó de darlo a conocer.

Este "misterio" de la fidelidad de Dios constituye la esperanza de la historia. Ciertamente, se le oponen fuerzas de división y atropello, que desgarran a la humanidad a causa del pecado y del conflicto de egoísmos. En la historia, la Iglesia está al servicio de este "misterio" de bendición para la humanidad entera. En este misterio de la fidelidad de Dios, la Iglesia sólo cumple plenamente su misión cuando refleja en sí misma la luz de Cristo Señor, y así sirve de ayuda a los pueblos del mundo por el camino de la paz y del auténtico progreso.

En efecto, sigue siendo siempre válida la palabra de Dios revelada por medio del profeta Isaías: "La oscuridad cubre la tierra, y espesa nube a los pueblos, mas sobre ti amanece el Señor y su gloria sobre ti aparece" (Is 60, 2). Lo que el profeta anuncia a Jerusalén se cumple en la Iglesia de Cristo: "A tu luz caminarán las naciones, y los reyes al resplandor de tu aurora" (Is 60, 3).

Con Jesucristo la bendición de Abraham se extendió a todos los pueblos, a la Iglesia universal como nuevo Israel que acoge en su seno a la humanidad entera. Con todo, también hoy sigue siendo verdad lo que decía el profeta: "Espesa nube cubre a los pueblos" y nuestra historia. En efecto, no se puede decir que la globalización sea sinónimo de orden mundial; todo lo contrario. Los conflictos por la supremacía económica y el acaparamiento de los recursos energéticos e hídricos, y de las materias primas, dificultan el trabajo de quienes, en todos los niveles, se esfuerzan por construir un mundo justo y solidario.

Es necesaria una esperanza mayor, que permita preferir el bien común de todos al lujo de pocos y a la miseria de muchos. "Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, (...) pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano" (Spe salvi, 31), el Dios que se manifestó en el Niño de Belén y en el Crucificado Resucitado.

Si hay una gran esperanza, se puede perseverar en la sobriedad. Si falta la verdadera esperanza, se busca la felicidad en la embriaguez, en lo superfluo, en los excesos, y los hombres se arruinan a sí mismos y al mundo. La moderación no sólo es una regla ascética, sino también un camino de salvación para la humanidad.

Ya resulta evidente que sólo adoptando un estilo de vida sobrio, acompañado del serio compromiso por una distribución equitativa de las riquezas, será posible instaurar un orden de desarrollo justo y sostenible. Por esto, hacen falta hombres que alimenten una gran esperanza y posean por ello una gran valentía. La valentía de los Magos, que emprendieron un largo viaje siguiendo una estrella, y que supieron arrodillarse ante un Niño y ofrecerle sus dones preciosos. Todos necesitamos esta valentía, anclada en una firme esperanza.

Que nos la obtenga María, acompañándonos en nuestra peregrinación terrena con su protección materna. Amén.

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Traducción distribuida por «L'Osservatore Romano»