Rosa Vera en la gruta de Belén en 2017, el día que sintió la presencia de Dios; la estrella marca el lugar tradicional del nacimiento de Jesús
* «En una adoración nos arrodillamos uno por uno ante el Santísimo. Nos animaron a que le hablásemos. Yo estaba de rodillas, pensando lo que quería decirle al Señor. Pero mi boca se cerró, me puse a llorar y llorar y me sentí miserable y superficial. Pensé: 'ni le he preguntado a Dios lo que Él quiere, parece que yo solo busque postureo'. Pero en ese momento sabía que de verdad estaba allí el Espíritu Santo. Sentí lo que buscaba yo: ese reconocimiento, ese amor...»
Camino Católico.- Rosa Vera, de 40 años, explicó en verano de 2025 su testimonio a Nuevo Pentecostés, la revista de la Renovación Carismática de España. Ella hace muy pocos años carecía de cualquier interés en las cosas espirituales. Pero todo empezó a cambiar a raíz de un viaje a Tierra Santa en 2017. Ahora conduce casi cada semana unos 60 km desde Alcalá la Real (Jaén) a La Zubia, Granada, para participar en el grupo de oración carismática Agua Viva, en la parroquia de la Asunción. Pablo J. Ginés sintetiza el testimonio en Religión en Libertad.
Alejada de la fe
"Mi madre sí tenía fe, una fe intensa. Me apuntó a un colegio de monjas. Pero yo no creía en nada. Para mí Jesús era sólo un personaje histórico", explica Rosa en Nuevo Pentecostés.
Diplomada en Turismo, Rosa disfrutaba viajando y visitando lugares históricos. Así, regaló a su madre hacer juntas un viaje a Roma en enero para que ella conociera en persona al Papa Francisco. "En Roma no parábamos de ver iglesias y yo ya estaba harta. Le dije a mamá: ¿no podemos hacer otra cosa?". Su madre aceptó desviarse con ella a ver Florencia.
En la estación Termini de Roma encontraron una moneda en el suelo. "De donde sea esa moneda, será nuestro próximo viaje internacional", apostó Rosa. Y resultó ser un siclo o shekel, la moneda de Israel. Dios quería llevarla a Tierra Santa.
Experiencia transformadora en la cueva de Belén
En diciembre de 2017, en el Puente de Inmaculada, Rosa estaba en Israel y Palestina, en un viaje con un guía franciscano, "el padre Pedro, de los franciscanos de Madrid". "Yo iba un poco disgustada, yo no quería misas, yo quería ver cosas arqueológicas", recuerda.
Pero la cueva de Belén cambió a Rosa por completo. Tiene fotos y las enseña, su cara antes de entrar en la cueva de la Natividad y su cara al salir, emocionada, desconcertada.
Allí sintió que no estaba sola, que Dios estaba presente. "En la estrella que marca el lugar del nacimiento de Jesús quedé paralizada. Me puse a llorar, me arrodillé en la estrella y salí transformada. Nuestro guía franciscano me abrazó y me dijo: 'bienvenida a casa'. Él me habló de un Jesús cercano. Era un Jesús que yo no había conocido antes, un Jesús amoroso, que cuadraba con mi forma de pensar. Yo había oído mucho: 'no hagas tal cosa, que Dios te va a castigar'. Esto era muy distinto".
Rosa Vera en 2017 en Belén, antes y después de pasar por la gruta del Nacimiento de Jesús; sólo unos minutos separan las dos fotos
No sabía casi de la fe... y la pusieron de catequista
De vuelta a Andalucía, Rosa no podía negar lo que había vivido, pero no quería aceptarlo. "Me dije que lo había vivido metida en una especie de burbuja de fe, en el viaje, y ya está. Pero lo cierto es que yo ya quería saber más de Dios y de Jesús y de la fe. Me apunté a lo que encontré. Primero fue a un curso de Fundamentos Cristianos y Biblia. Yo no sabía nada de nada, necesitaba esa formación inicial. Y ya con eso, ¡me puse de catequista de confirmación! Yo ya estaba enamorada de Jesús, pero no sabía casi nada del Espíritu Santo".
Una experiencia fuerte ante el Santísimo, con Alpha
Rosa después se apuntó a un Curso Alpha en su parroquia de Alcalá la Real. "Lo impartía gente de Alpha que no sabía nada de los carismáticos", explica. Pero imponían manos, oraban pidiendo el Espíritu Santo, hacían oración de intercesión... y Dios actuaba.
En Tierra Santa, Rosa había experimentado que no estaba sola, que Dios estaba cerca allí. Pero aún no había tenido una experiencia fuerte de su amor. "En ese Alpha, el día de la intercesión fue muy fuerte, y todo el fin de semana, que trata del Espíritu Santo. Quedé muy impactada".
En Alpha, cuenta, "nos arrodillamos uno por uno ante el Santísimo. Nos animaron a que le hablásemos. Yo estaba de rodillas, pensando lo que quería decirle al Señor. Pero mi boca se cerró, me puse a llorar y llorar y me sentí miserable y superficial. Pensé: 'ni le he preguntado a Dios lo que Él quiere, parece que yo solo busque postureo'. Pero en ese momento sabía que de verdad estaba allí el Espíritu Santo. Sentí lo que buscaba yo: ese reconocimiento, ese amor..."
Rosa quería más de eso y buscó una palabra peculiar por Internet: "intercesión". Le salió la web de la Renovación Carismática Católica en España. "Vi un anuncio de que la Renovación Carismática de Granada hacía una Vigilia de Pentecostés y allí me presenté yo sola, por mi cuenta".
"Están locos, esto es una secta"
Era su primer contacto con un encuentro de oración carismática, Se trataba de la misa de Pentecostés. Era una misa entusiasta y fervorosa, con oración en lenguas, alabanza, brazos alzados, todo el 'pack' carismático, en la parroquia del Buen Pastor de Granada.
"Están locos, esto es una secta, esto no es lo mío, ¿dónde me he metido?", pensó Rosa en esa misa, como tantos otros en tantas otras ocasiones similares, de primer contacto.
"Yo era muy arisca y eso de los abrazos con desconocidos lo llevaba fatal. Pero me había sentado en las primeras filas y me daba vergüenza que me vieran si me iba. No me atreví a marchar. Dos horas después, no sé cómo, ¡era yo la que gritaba, cantaba y alababa eufórica! Llegué sin conocer a nadie y me fui sin conocer a nadie, pero sabía que necesitaba más de eso".
Perdonar a Jesús en el sufrimiento
A la semana siguiente, acudió a una cena solidaria de Manos Unidas y le preguntó a una catequista muy seria que ella conocía: "oye, ¿tú qué sabes de los carismáticos?" La mujer quedó parada y respondió: "yo soy carismática". "Era muy seria, nunca pensé que pudiera serlo", comenta Rosa, divertida. "Ella me dio el contacto para venir a la Asamblea Nacional de la Renovación y vine a la de 2024".
La gran asamblea carismática anual de 2024 en Madrid contó con muchos testimonios de sufrimiento. Eran testimonios duros. "Me vi reflejada en el testimonio de una hermana que decía '¿donde estás, Jesús'. Yo eso lo había sentido. Me había dicho: ¿dónde estabas, Jesús, cuando yo sufría? Yo le había echado la culpa de muchas cosas a Jesús. Pasé llorando toda la asamblea, y solo recordarlo me hace llorar. En cambio, en esta asamblea de 2025 he estado todo el rato feliz y cantando. Sé que he sanado de muchas penas que tenía".
Rosa Vera en verano de 2025 en la Asamblea Nacional de la Renovación Carismática, cuando cuenta su testimonio a Nuevo Pentecostés / Foto: Pablo J. Ginés
Buscando hermanos para compartir el Espíritu
No encontró grupo carismático en Jaén. "La gente a la que pregunté no supo guiarme", comenta. Pero un conocido carismático le habló de un grupo en Granada que no cerraba en verano. Fue allí enseguida. Ella era la más joven, pero enseguida se sintió amada y acogida. "Noté que esos hermanos me querían sin conocerme de nada. Como si fueran de la familia, compartían su testimonio y me animaban a hacer el seminario de vida en el Espíritu. Estos hermanos vieron mi necesidad y la atendieron".
En septiembre de 2024 hizo su Seminario de Vida en el Espíritu a lo largo de las clásicas siete semanas. "Lo que me tocó más el alma fue el día del perdón. Perdonamos de todo. Una hermana dijo: 'te perdono, Dios, por no estar ahí cuando yo te necesitaba'. Eso resonó con lo que yo necesitaba, perdonar a Dios. Sé que Él no me había dejado, pero eso era necesario para perdonarme a mí misma también".
De la asamblea nacional carismática de 2025 destaca el llamado a servir como Jesús. "Nos piden dar amor, no solo cantar y alabar, sino ser discípulos. Yo he sido una catequista que contaba la vida de Jesús. Eso es bueno, pero hemos de aprender a ponernos en el lugar del hermano. Yo no estaría aquí si no me hubiera invitado ese hermano que vio mi necesidad", apunta Rosa, agradecida.
(Publicado, con modificaciones menores, en el número de otoño de 2025 de la revista Nuevo Pentecostés).



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