* «Dios da a todo el mundo lo que necesita para mantenerse en la existencia (bienes, salud, capacidades...): a los que ya trabajan en su viña, para que puedan seguir trabajando, y a los que todavía no trabajan en ella, para que un día puedan responder a su llamada y salvarse»
Domingo XXV del tiempo ordinario – A
Isaías 55, 6-9 / Salmo 144 / Filipenses 1, 20c-24. 27a / San Mateo 20, 1-16
P. José María Prats / Camino Católico.- En su predicación, Jesús utilizaba con mucha frecuencia el recurso de la provocación para captar la atención de sus oyentes y hacerles reflexionar buscando el sentido oculto de sus palabras. El evangelio de hoy es un buen ejemplo de ello. Mi experiencia es que mucha gente, al escucharlo, reacciona apasionadamente dando la razón a los jornaleros que, habiendo trabajado todo el día, recibieron lo mismo que los que habían trabajado solamente una hora.
¿Cuál es el mensaje escondido de esta parábola tan provocadora? La viña representa el Reino de los Cielos, en el que Dios nos invita a trabajar con el fin de que compartamos su vida y su proyecto para la creación y así seamos felices.
Los jornaleros que están sin trabajo representan aquellos que todavía no se han convertido al Señor y viven una vida puramente natural. Trabajan, pero no para el Reino de Dios, y pueden producir frutos, pero no frutos de vida eterna. Recordemos las palabras de Jesús: «sin mi no podéis hacer nada» (Jn 15,5), «el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12,30).
Como en la parábola, las personas se convierten y comienzan a trabajar para el Reino de Dios en distintos momentos de su vida. Hay personas que desde niños acogen y viven la fe con toda naturalidad, tal vez porque han tenido buenos ejemplos y una buena educación en su casa. Otros experimentan la llamada de Dios y la conversión cuando son adultos. Recuerdo el testimonio de una mujer a quien la experiencia de la maternidad transformó totalmente llevándola a la fe. Otros reciben esta llamada en la ancianidad, al sentir la muerte como una realidad cercana que les mueve a replantearse muchas cosas. Finalmente, otros, como el buen ladrón que fue crucificado junto al Señor, se convierten de todo corazón en el último instante de su vida.
Dice la parábola que todos, tanto los primeros como los últimos, recibieron un denario. ¿Cómo se puede entender esto? El denario era el pago que recibía un jornalero por el trabajo de un día, con el cual podía proveer a las necesidades más básicas de su familia. La parábola nos dice, pues, que Dios da a todo el mundo lo que necesita para mantenerse en la existencia (bienes, salud, capacidades...): a los que ya trabajan en su viña, para que puedan seguir trabajando, y a los que todavía no trabajan en ella, para que un día puedan responder a su llamada y salvarse.
De hecho, vemos cómo Jesús dice que están muy equivocados y por ello serán los últimos en el Reino de los Cielos, los jornaleros que exigen una paga extra por el hecho de haber trabajado todo el día en su viña. ¿Por qué? Porque la recompensa de una vida al servicio del Reino de Dios es ya ella misma. Los jornaleros de la primera hora presentan esta vida santa como algo pesado e indeseable («nosotros hemos tenido que aguantar el peso del día y el bochorno») y envidian a los que han recibido el mismo salario habiendo vivido así muy poco tiempo. Y esta actitud supone un error y un agravio a Dios, porque una vida santa, entregada a los demás, está llena de luz, paz y alegría, y es lo más grande a que podemos aspirar. Es verdad que tiene como fruto la vida eterna, pero su recompensa está ya en ella misma.
En definitiva: Jesús nos dice que los que viven la obediencia a los mandamientos de Dios y la santidad a la que nos llama como un yugo pesado e indeseable con el fin de recibir una recompensa en la vida eterna, tal vez se salvarán, pero en todo caso serán los últimos en el Reino de los Cielos. Por tanto, hermanos, seamos santos, pero gozando de la maravilla que entraña una vida vivida en santidad, porque como dice el proverbio “un santo triste es un triste santo”.
P. José María Prats
Evangelio:
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.
Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo:
“Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido».
Ellos fueron.
Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.
Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:
“Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”.
Le respondieron:
“Nadie nos ha contratado”.
Él les dijo:
“Id también vosotros a mi viña».
Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz:
“Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”.
Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo:
“Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.
Él replicó a uno de ellos:
“Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”.
Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».
San Mateo 20, 1-16


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