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jueves, 1 de enero de 2026

Papa León XIV en homilía 1-1-2026: «La Virgen María bajó la guardia, renunciando a expectativas y seguridades, consagrando sin reservas su vida al Hijo que por gracia había recibido para volver a donarlo al mundo»

* «Este es el rostro de Dios que María dejó que se formara y creciera en su seno, cambiándole completamente la vida. Es el rostro que anunció a través de la luz gozosa y frágil de sus ojos de madre que espera; el rostro cuya belleza contempló día tras día, mientras Jesús crecía, niño, muchacho y joven, en su casa; y que luego siguió, con su corazón de discípula humilde, mientras recorría los senderos de su misión, hasta la cruz y la resurrección»

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «También nosotros démosle gloria, con la oración, con la santidad de vida y haciéndonos, los unos para los otros, espejo de su bondad… Acerquémonos al pesebre, en la fe, como al lugar de la paz “desarmada y desarmante” por excelencia, lugar de la bendición, donde hacer memoria de los prodigios que el Señor ha realizado en la historia de la salvación y en nuestra existencia, para luego volver a partir, como los humildes testigos de la gruta, ‘alabando y glorificando a Dios’ (Lc 2,20) por todo lo que hemos visto y oído. Que este sea nuestro compromiso, nuestro propósito para los meses venideros y para toda nuestra vida cristiana» 


1 de enero de 2026.- (Camino Católico)  “María bajó la guardia, renunciando a expectativas, pretensiones y seguridades, como saben hacer las madres, consagrando sin reservas su vida al Hijo que por gracia había recibido para, a su vez, volver a donarlo al mundo”, ha subrayado el Papa León XIV en su homilía de la Santa Misa, que ha celebrado en la basílica de San Pedro, a las diez de la mañana, en la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, y en el marco de la 59ª Jornada Mundial de la Paz.


En el centro de la homilía, el Santo Padre ha contemplado el misterio de la Divina Maternidad de María, aquella que con su “sí” permitió que la misericordia de Dios tuviera un rostro humano. “A través de los ojos de Jesús —niño, joven y hombre— el amor del Padre nos alcanza y nos transforma”, afirma.


En ella —dice— se encuentran dos realidades profundamente desarmadas: la de Dios que renuncia a todo privilegio y la de la libertad humana que se entrega plenamente por amor. Después de la Eucaristía, el Papa León XIV ha rezado la oración del Ángelus, ante 40.000 fieles en la plaza de San Pedro. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:


SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD DE MARÍA SANTÍSIMA MADRE DE DIOS

LIX JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ


CAPILLA PAPAL


HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV


Basílica de San Pedro

Jueves, 1 de enero de 2026



Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, solemnidad de María Santísima Madre de Dios, inicio del nuevo año civil, la Liturgia nos ofrece el texto de una bellísima bendición: «Que el Señor te bendiga y te proteja. Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y muestre su gracia. Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz» (Nm 6,24-26).

Esta sigue, en el libro de los Números, a las indicaciones acerca de la consagración de los Nazireos, para subrayar, en la relación entre Dios y el pueblo de Israel, la dimensión sagrada y fecunda del don. El hombre ofrece al Creador todo lo que ha recibido y Él responde volviendo hacia él su mirada benévola, como en los orígenes del mundo (cf. Gn 1,31).

Por lo demás, el pueblo de Israel, al que se dirigía esta bendición, era un pueblo de liberados, de hombres y mujeres renacidos después de una larga esclavitud gracias a la intervención de Dios y a la respuesta generosa de su siervo Moisés. Era un pueblo que en Egipto había gozado de algunas seguridades —no faltaba el alimento, así como un techo y cierta estabilidad—, pero al precio de ser esclavo, oprimido por una tiranía que exigía cada vez más dando siempre menos (cf. Ex 5,6-7). Ahora, en el desierto, muchas de las certezas pasadas se habían perdido, pero a cambio estaba la libertad, que se concretaba en un camino abierto hacia el futuro, en el don de una ley de sabiduría y en la promesa de una tierra en la que vivir y crecer sin más grilletes ni cadenas; en definitiva, en un renacer.

Así, al inicio del nuevo año, la Liturgia nos recuerda que cada día puede ser, para cada uno de nosotros, el comienzo de una vida nueva, gracias al amor generoso de Dios, a su misericordia y a la respuesta de nuestra libertad. Y es hermoso pensar así el año que comienza: como un camino abierto, por descubrir, en el que aventurarnos, por gracia, libres y portadores de libertad, perdonados y dispensadores de perdón, confiados en la cercanía y en la bondad del Señor que siempre nos acompaña.

Recordamos todo esto mientras celebramos el misterio de la Divina Maternidad de María, que con su “sí” contribuyó a dar a la Fuente de toda misericordia y benevolencia un rostro humano: el rostro de Jesús, a través de cuyos ojos de niño, luego de joven y de hombre, el amor del Padre nos alcanza y nos transforma.

Así pues, al inicio del año, mientras nos ponemos en camino hacia los días nuevos y únicos que nos esperan, pidamos al Señor experimentar en todo momento, a nuestro alrededor y sobre nosotros, el calor de su abrazo paterno y la luz de su mirada que bendice, para comprender cada vez mejor y tener siempre presente quiénes somos y hacia qué destino maravilloso avanzamos (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Cost. past. Gaudium et spes, 41). Al mismo tiempo, sin embargo, también nosotros démosle gloria, con la oración, con la santidad de vida y haciéndonos, los unos para los otros, espejo de su bondad.

San Agustín enseñaba que en María «se hizo hombre quien hizo al hombre. De esa manera toma el pecho quien gobierna los astros; siente hambre el pan (cf. Jn 6,35; Mt 4,2); […] para librarnos a nosotros, a pesar de ser indignos» (Sermo 191, 1.1). Recordaba así uno de los rasgos fundamentales del rostro de Dios: el de la total gratuidad de su amor, por la cual se nos presenta —como he querido subrayar en el Mensaje de esta Jornada Mundial de la Paz— “desarmado y desarmante”, desnudo, indefenso como un recién nacido en la cuna. Y esto para enseñarnos que el mundo no se salva afilando las espadas, juzgando, oprimiendo o eliminando a los hermanos, sino más bien esforzándose incansablemente por comprender, perdonar, liberar y acoger a todos, sin cálculos y sin miedo.

Este es el rostro de Dios que María dejó que se formara y creciera en su seno, cambiándole completamente la vida. Es el rostro que anunció a través de la luz gozosa y frágil de sus ojos de madre que espera; el rostro cuya belleza contempló día tras día, mientras Jesús crecía, niño, muchacho y joven, en su casa; y que luego siguió, con su corazón de discípula humilde, mientras recorría los senderos de su misión, hasta la cruz y la resurrección. Para hacerlo, también ella bajó la guardia, renunciando a expectativas, pretensiones y seguridades, como saben hacer las madres, consagrando sin reservas su vida al Hijo que por gracia había recibido para, a su vez, volver a donarlo al mundo.

En la Maternidad Divina de María vemos así el encuentro de dos inmensas realidades “desarmadas”: la de Dios que renuncia a todo privilegio de su divinidad para nacer según la carne (cf. Flp 2,6-11) y la de la persona que con confianza abraza totalmente su voluntad, rindiéndole homenaje, en un acto perfecto de amor, de su potencia más grande: la libertad.

San Juan Pablo II, meditando sobre este misterio, invitaba a mirar lo que los pastores encontraron en Belén: «La desarmante ternura del Niño, la pobreza sorprendente en la que se halla, y la humilde sencillez de María y José transforman la vida de los pastores:  se convierten así en mensajeros de salvación» (Homilía en la solemnidad de santa María, Madre de Dios, XXXIV Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2001).

Lo decía al final del gran Jubileo del 2000, con palabras que también pueden ayudarnos a reflexionar: «¡Cuántos dones —afirmaba—, cuántas ocasiones extraordinarias ha ofrecido el gran jubileo a los creyentes! En la experiencia del perdón recibido y dado, en el recuerdo de los mártires, en la escucha del grito de los pobres del mundo […] también nosotros hemos percibido la presencia salvífica de Dios en la historia. Hemos palpado su amor que renueva la faz de la tierra», y concluía: «Como a los pastores que fueron a adorarlo, Cristo pide a los creyentes, a quienes ha dado la alegría de encontrarlo, una valiente disponibilidad a ponerse nuevamente en camino para anunciar su Evangelio, antiguo y siempre nuevo. Los envía a vivificar la historia y las culturas de los hombres con su mensaje salvífico» (ibíd.).

Queridos hermanos y hermanas, en esta fiesta solemne, al inicio del nuevo año, cerca de la conclusión del Jubileo de la esperanza, acerquémonos al pesebre, en la fe, como al lugar de la paz “desarmada y desarmante” por excelencia, lugar de la bendición, donde hacer memoria de los prodigios que el Señor ha realizado en la historia de la salvación y en nuestra existencia, para luego volver a partir, como los humildes testigos de la gruta, «alabando y glorificando a Dios» (Lc 2,20) por todo lo que hemos visto y oído. Que este sea nuestro compromiso, nuestro propósito para los meses venideros y para toda nuestra vida cristiana.

PAPA LEÓN XIV










Fotos: Vatican Media, 1-1-2026

Papa León XIV en el Ángelus, 1-1-2026: «Oremos por la paz entre las naciones ensangrentadas por conflictos y miseria y por las familias heridas por la violencia y el dolor, confiados a la intercesión de María, Madre de Dios»

* «Dios, creador bueno, conoce desde siempre el corazón de María y el nuestro. Haciéndose hombre, Él nos da a conocer el suyo; por eso el corazón de Jesús late por todo hombre y toda mujer. Por el que está dispuesto a acogerlo, como los pastores, y por el que no lo quiere, como Herodes. Su corazón no es indiferente ante quien no tiene corazón para el prójimo: palpita por los justos, para que perseveren en su entrega; y por los injustos, para que cambien de vida y encuentren paz» 

   

Vídeo completo de la transmisión en directo de Vatican News traducido al español con las palabras del Papa en el Ángelus

* «Desde el 1 de enero de 1968, por voluntad del Papa san Pablo VI, se celebra hoy la Jornada Mundial de la Paz. En mi Mensaje, he querido retomar el saludo que el Señor me sugirió al llamarme a este servicio: ‘¡La paz esté con todos ustedes!’. Una paz desarmada y desarmante, que proviene de Dios, don de su amor incondicional, que ha sido confiado a nuestra responsabilidad» 

1 de enero de 2026.- (Camino Católico)  "Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz Año Nuevo!". Con este saludo cercano y luminoso, el Santo Padre León XIV ha iniciado su alocución previa a la oración mariana del Ángelus este jueves 1 de enero de 2026, solemnidad de Santa María, Madre de Dios, y 59ª Jornada Mundial de la Paz. Antes, a las diez, el Pontífice ha celebrado la Santa Misa.

Ante el entusiasmo vibrante de unos 40.000 miles de fieles y peregrinos provenientes de los cinco continentes, reunidos en una soleada Plaza de San Pedro tras la santa misa en la Basílica vaticana, el Pontífice ha subrayado que el inicio del año no puede reducirse a una simple sucesión de fechas y compromisos. "Mientras el ritmo de los meses se repite —afirma—, el Señor nos invita a renovar nuestro tiempo, inaugurando finalmente una época de paz y amistad entre todos los pueblos". Sin ese anhelo de bien, advirtió, "no tendría sentido girar las páginas del calendario ni llenar nuestras agendas".

Al concluir, en el marco de la Jornada Mundial de la Paz, León XIV ha exhortado a elevar una oración unánime. "Oremos todos juntos por la paz —pide—, sobre todo entre las naciones ensangrentadas por conflictos y miseria, pero también en nuestras casas, en las familias heridas por la violencia y el dolor". En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la meditación del Santo Padre traducida al español, cuyo texto completo es el siguiente: 

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

LVIII JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

PAPA LEÓN XIV

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro

Jueves, 1 de enero de 2026

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz año nuevo!

Mientras el ritmo de los meses se repite, el Señor nos invita a renovar nuestro tiempo, inaugurando finalmente una época de paz y amistad entre todos los pueblos. Sin este deseo de bien, no tendría sentido girar las páginas del calendario y llenar nuestras agendas.

El Jubileo, que está por concluir, nos ha enseñado cómo cultivar la esperanza de un mundo nuevo: convirtiendo el corazón a Dios, para poder transformar los agravios en perdón, el dolor en consolación y los propósitos de virtud en obras buenas. De hecho, es con este estilo que Dios mismo habita la historia y la rescata del olvido, dando al mundo al Redentor: Jesús. Él es el Hijo Unigénito que se hace nuestro hermano e ilumina las conciencias de buena voluntad, para que podamos construir el futuro como casa acogedora para todo hombre y toda mujer que nace.

En este sentido, la fiesta de Navidad lleva hoy nuestra mirada a María, que fue la primera en sentir palpitar el corazón de Cristo. En el silencio de su seno virginal, el Verbo de la vida se anuncia como latido de gracia.

Dios, creador bueno, conoce desde siempre el corazón de María y el nuestro. Haciéndose hombre, Él nos da a conocer el suyo; por eso el corazón de Jesús late por todo hombre y toda mujer. Por el que está dispuesto a acogerlo, como los pastores, y por el que no lo quiere, como Herodes. Su corazón no es indiferente ante quien no tiene corazón para el prójimo: palpita por los justos, para que perseveren en su entrega; y por los injustos, para que cambien de vida y encuentren paz.

El Salvador viene al mundo naciendo de una mujer; detengámonos a adorar este acontecimiento, que resplandece en María Santísima y se refleja en cada recién nacido, revelando la imagen divina impresa en nuestro cuerpo.

En esta Jornada oremos todos juntos por la paz; sobre todo entre las naciones ensangrentadas por conflictos y miseria, pero también en nuestras casas, en las familias heridas por la violencia y el dolor. Con la certeza de que Cristo, nuestra esperanza, es el sol de justicia que nunca declina, supliquemos confiados la intercesión de María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia.

Oración del Ángelus:  

Angelus Dómini nuntiávit Mariæ.

Et concépit de Spíritu Sancto.

Ave Maria…


Ecce ancílla Dómini.

Fiat mihi secúndum verbum tuum.

Ave Maria…


Et Verbum caro factum est.

Et habitávit in nobis.

Ave Maria…


Ora pro nobis, sancta Dei génetrix.

Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.


Orémus.

Grátiam tuam, quǽsumus, Dómine,

méntibus nostris infunde;

ut qui, Ángelo nuntiánte, Christi Fílii tui incarnatiónem cognóvimus, per passiónem eius et crucem, ad resurrectiónis glóriam perducámur. Per eúndem Christum Dóminum nostrum.


Amen.


Gloria Patri… (ter)

Requiem aeternam…


Benedictio Apostolica seu Papalis


Dominus vobiscum.Et cum spiritu tuo.

Sit nomen Benedicat vos omnipotens Deus,

Pa ter, et Fi lius, et Spiritus Sanctus.


Amen.


Después de la oración mariana del Ángelus el Papa ha dicho:


Queridos hermanos y hermanas:

Saludo con afecto a todos ustedes, reunidos en la Plaza de San Pedro en este primer día del año. ¡Mis mejores deseos de paz y de todo bien! Correspondo con viva gratitud los buenos deseos del Presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella.

Desde el 1 de enero de 1968, por voluntad del Papa san Pablo VI, se celebra hoy la Jornada Mundial de la Paz. En mi Mensaje, he querido retomar el saludo que el Señor me sugirió al llamarme a este servicio: «¡La paz esté con todos ustedes!». Una paz desarmada y desarmante, que proviene de Dios, don de su amor incondicional, que ha sido confiado a nuestra responsabilidad.

Queridos amigos, con la gracia de Cristo, comencemos desde hoy a construir un año de paz, desarmando nuestros corazones y absteniéndonos de toda violencia.

Expreso mi aprecio por las innumerables iniciativas promovidas con ocasión de esta Jornada en todo el mundo. En particular, recuerdo la Marcha nacional que se tuvo lugar anoche en Catania y saludo a los participantes en la que organiza hoy la Comunidad de Sant’Egidio.

Saludo también al grupo de estudiantes y docentes de Richland, Nueva Jersey, y a todos los romanos y peregrinos presentes.

Al comienzo de este año, en el que se conmemora el octavo centenario de la muerte de san Francisco, quisiera hacer llegar a cada persona su bendición, tomada de la Sagrada Escritura: «El Señor te bendiga y te guarde; haga resplandecer su rostro sobre ti y tenga misericordia de ti; vuelva hacia ti su mirada y te conceda la paz».

Que la santa Madre de Dios nos guíe en el camino del nuevo año. Muchas felicidades a todos.


Papa León XIV



Fotos: Vatican Media, 1-1-2026

Santa Misa de hoy, jueves, solemnidad de Santa María, Madre de Dios, presidida por el Papa León XIV, 1-1-2026


Foto: Vatican Media, 1-1-2026


1 de enero de 2026.- (Camino Católico)  En el primer día del nuevo año 2026, este jueves 1 de enero, la Basílica de San Pedro ha vuelto a ser el corazón palpitante de una súplica universal por la paz. En la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, y en el marco de la 59ª Jornada Mundial de la Paz, el Santo Padre León XIV ha presidido la Santa Misa e invitado a la Iglesia y al mundo a redescubrir el inicio del año como un tiempo de renacimiento, libertad y esperanza, bajo la luz de una paz “desarmada y desarmante”. En el vídeo de 13 TV se visualiza y escucha toda la celebración.



En el centro de la homilía, el Santo Padre ha contemplado el misterio de la Divina Maternidad de María, aquella que con su “sí” permitió que la misericordia de Dios tuviera un rostro humano. “A través de los ojos de Jesús —niño, joven y hombre— el amor del Padre nos alcanza y nos transforma”, afirma.


El Papa describe a María como mujer que “bajó la guardia”, renunciando a seguridades y expectativas, para consagrar sin reservas su vida al Hijo recibido como don y devuelto al mundo.

En ella —dice— se encuentran dos realidades profundamente desarmadas: la de Dios que renuncia a todo privilegio y la de la libertad humana que se entrega plenamente por amor. “Este es el rostro de Dios que María dejó que se formara y creciera en su seno, cambiándole completamente la vida. Es el rostro que anunció a través de la luz gozosa y frágil de sus ojos de madre que espera; el rostro cuya belleza contempló día tras día, mientras Jesús crecía, niño, muchacho y joven, en su casa; y que luego siguió, con su corazón de discípula humilde, mientras recorría los senderos de su misión, hasta la cruz y la resurrección.”


Luego, a las doce del mediodía, el Santo Padre ha rezado el Ángelus, ante 40.000 fieles en la plaza de San Pedro.