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martes, 8 de septiembre de 2026

Mariela Villanueva y Harold Figueras estuvieron 5 años separados y Cristo restauró su matrimonio: «Iba buscando que Dios cambiara a mi esposo y el Señor me cambió a mí y rescató a mi marido del ocultismo»

Harold Figueras y Mariela Villanueva frente a la Catedral de Lima / Foto: Cortesía de Harold Figueras y Mariela Villanueva - ACI Prensa

* «Esta familia era muy devota, y la madre me invitó a ir a la iglesia con ella. Le dije: «No, no puedo». Porque, en mi opinión, había cometido faltas graves y me era imposible volver a la iglesia. Ella me dijo: ‘No, el Señor perdona, y puedes volver a la iglesia; solo tienes que pedir perdón’»

Camino Católico.-    El 7 de abril de 2009, Mariela Villanueva aterrizó en Venezuela convencida de que iba a poner fin a su matrimonio. Habían pasado cinco años desde que su esposo, Harold Figueras, se marchó de Perú y reconstruyó su vida en otro país. Ella llevaba consigo el dolor de una separación prolongada y la decisión de firmar el divorcio. Él, una lista escrita con todos los reclamos que pensaba lanzar en cuanto la viera. Nada ocurrió como ambos habían imaginado.

Se citaron un miércoles a las 3:00 de la tarde, la Hora de la Misericordia, en el mismo lugar donde habían sido novios años atrás. Cuando Mariela apareció, Harold buscó desesperadamente la hoja con sus quejas. Ésta había desaparecido.

“Yo estaba esperando una guerra. Ella abrió los brazos para abrazarme y entendí que el único que quería pelear era yo”, recuerda Harold en una entrevista con ACI Prensa. Mariela había tenido ese gesto de acercamiento porque ya había empezado un proceso de conversión y tenía una última esperanza.

Aquel abrazo no restauró inmediatamente el matrimonio. Todavía faltaría casi un mes para que él dejara la relación que mantenía y decidiera regresar definitivamente con su familia. Pero ese día —afirman ambos— Jesús ganó la primera gran batalla.

Harold Figueras y Mariela Villanueva / Foto: Cortesía de Harold Figueras y Mariela Villanueva - ACI Prensa 

Un matrimonio que nació con heridas

Harold y Mariela se conocieron en 1998 en el Colegio de Ingenieros de Venezuela. Él trabajaba en el área de sistemas; ella era una joven abogada que dirigía una consultoría jurídica con decenas de profesionales a su cargo.

Mientras Mariela había crecido en una familia católica y rezaba el Rosario con frecuencia, Harold era completamente indiferente a la fe.

“Me burlaba de los sacerdotes. Para mí casarme por la Iglesia fue simplemente cumplir con una formalidad social”, admite.

Contrajeron matrimonio civil y, el 2 de septiembre del 2000, recibieron el sacramento en la parroquia San Francisco de Asís, en Barranco (Perú). Sin embargo, reconocen que llegaron al altar sin comprender verdaderamente lo que significaba la vocación matrimonial.

“Empezamos nuestra vida juntos sin Dios como centro. Ese fue el primer gran error”, explica Harold.

Con el paso de los años comenzaron a aflorar heridas profundas: abandono, soledad, orgullo, incapacidad para comunicarse y expectativas irreales sobre el amor. La crisis económica de Venezuela agravó aún más la situación. Harold viajaba constantemente entre ambos países hasta que un día simplemente dejó de volver.

Mariela quedó sola en Lima con su pequeña hija.


Imagen actual de Harold Figueras y Mariela Villanueva con sus tres hijas en Lima, Perú / Foto: Cortesía de Harold Figueras y Mariela Villanueva - ACI Prensa 

“Mamá, enséñame a rezar”

Paradójicamente, la restauración no comenzó cuando Harold cambió. Comenzó cuando Mariela cayó de rodillas.

Alejada de la Iglesia y llena de resentimiento, la joven madre había abandonado incluso la práctica de su fe después de sentirse herida por una mala experiencia en una parroquia. Todo cambió gracias a una petición inesperada de su hija de siete años. “Mamá, mi abuelita dice que tú sabes rezar. Enséñame el Rosario”.

Mariela aceptó casi por compromiso. Poco después, la niña insistió en hacer su Primera Comunión y le dijo una frase que atravesó el corazón de su madre: “Tú sabes lo que es tener a Jesús en el corazón… ¿y por qué no lo haces?”

Aquellas palabras la llevaron nuevamente al confesionario. Desde entonces comenzó una rutina que cambiaría su vida: Misa diaria antes del trabajo, adoración eucarística al mediodía y el Rosario cada noche junto a su hija.

“Yo iba buscando que Dios cambiara a mi esposo. El Señor terminó cambiándome a mí”, cuenta.

Harold Figueras y Mariela Villanueva junto a miembros del movimiento católico peruano Jesús y María Restauran Mi Familia / Foto: Cortesía de Harold Figueras y Mariela Villanueva - ACI Prensa 

“Mírame a Mí”

Durante una adoración eucarística ocurrió la experiencia que daría nombre, años después, al retiro que hoy organizan como líderes del movimiento católico peruano Jesús y María Restauran Mi Familia.

Mariela rezaba presentándose como la víctima de la historia. “Señor, mírame a mí. Mira qué buena soy. Mira lo que él me hizo”. Entonces levantó la vista hacia la custodia. “Ya no vi la custodia. Vi a Jesús llagado y ensangrentado. Y me dijo solamente: ‘Mírame a Mí’”.

En ese instante —relata emocionada— experimentó un encuentro personal con Jesús. Comenzó a recordar sus propios pecados desde la infancia y comprendió que durante años había sido incapaz de reconocer sus propias heridas.

“Entendí que Dios no me iba a preguntar por los pecados de Harold. Me iba a preguntar cuánto amé a mi esposo dentro del sacramento”. Su oración cambió por completo y ya no pedía que Harold regresara. Pedía únicamente: “Señor, haz que vuelva a Ti”.

Mariela Villanueva / Foto: Cortesía de Harold Figueras y Mariela Villanueva - ACI Prensa 

El infierno del ocultismo

Mientras Mariela profundizaba en la oración, Harold descendía por un camino completamente opuesto.

Buscando una mejor economía, comenzó consultando el tarot. Después llegó la santería cubana y finalmente la palería, una práctica de brujería que utiliza restos humanos y sacrificios de animales.

“Entré a un cuarto oscuro donde había osamentas humanas. Sentí un miedo indescriptible, pero seguía buscando respuestas donde no estaban”, recuerda Harold.

En medio de ese vacío comenzó a notar algo extraño. Mariela seguía llamándolo, pero ya no lo hacía para reclamarle.

Una tarde, con tono burlón, le preguntó: “¿Qué pasa? ¿Ya no te hago falta?”.

La respuesta lo desconcertó.

“No. Lo que pasa es que allá tengo quien me ama”.

Harold creyó que ella tenía otra pareja, pero hoy sabe que su esposa hablaba del mismo Cristo.

Harold Figueras / Foto: Cortesía de Harold Figueras y Mariela Villanueva - ACI Prensa 

El regreso del hijo pródigo

Tras aquel encuentro en Venezuela, Harold regresó finalmente al Perú.

Confiesa que tenía terror de enfrentar a la familia de Mariela y, sobre todo, a su hija. Imaginaba reproches, humillaciones y rechazo. Sin embargo, encontró exactamente lo contrario. “Todos me abrazaron como si hubiera salido a comprar pan”, cuenta.

Pocos días después acompañó a Mariela a la iglesia de los Padres Oblatos, en Barranco, Lima. Ni siquiera pensaba entrar al templo. Permanecía de pie junto a la puerta cuando, según relata, sintió un impulso interior que lo condujo directamente al confesionario.

“Le dije al sacerdote: ‘Padre, llevo cinco años separado y no sé por qué he vuelto’”. Aquel sacerdote lo invitó a participar en un retiro espiritual. Fue allí donde Harold vivió su propia conversión.

Frente al Santísimo Sacramento, después de resistirse durante horas, Harold levantó la mirada y cuenta: “Ya no vi la custodia. Vi dos ojos color miel que atravesaron mi corazón. Empecé a llorar como nunca en mi vida”.

Desde ese momento abandonó definitivamente el ocultismo y comenzó un camino de fe que continúa hasta hoy.

Un milagro que continúa

Han pasado más de quince años desde aquella reconciliación.

Harold y Mariela aseguran que el verdadero milagro no fue simplemente volver a vivir juntos, sino descubrir que el matrimonio es un camino cotidiano de santidad.

“La restauración dura toda la vida. No termina cuando el esposo regresa. Empieza allí”, afirma Mariela.

Harold Figueras y Mariela Villanueva en la actualidad / Foto: Cortesía de Harold Figueras y Mariela Villanueva - ACI Prensa 

Esa experiencia dio origen al movimiento Jesús y María Restauran Mi Familia, una obra que acompaña especialmente a esposos separados o al borde del divorcio. El camino que proponen comienza por la propia conversión y no por intentar cambiar al cónyuge.

Quienes llegan a la misión comienzan con el llamado “Taller de María”, una preparación a la consagración al Inmaculado Corazón de María enfocada en el sacramento del matrimonio. Allí, explican, buscan que cada persona reconozca sus propias heridas y reciba herramientas para discernir qué hacer con su historia familiar.

Pero Harold y Mariela también advierten que no todos los procesos terminan de la misma manera. Hay matrimonios que logran reunirse nuevamente y otros que toman caminos diferentes, incluso a través de procesos de nulidad matrimonial. Lo que permanece, sostienen, es la invitación a la conversión y a buscar la voluntad de Dios.

“El Señor nos quiere santos”, explica Mariela. Para ella, incluso cuando una persona atraviesa un proceso distinto al que esperaba, el sufrimiento puede convertirse en una oportunidad para acercarse a Cristo y ofrecer ese dolor por la santidad de la Iglesia.

Hoy, cuando miran hacia atrás, ya no se ven como las mismas personas que se separaron. Mariela describe a Harold como un hombre más comprometido con conocer el amor de Dios y capaz de donarse a su familia. Él, por su parte, reconoce que la mujer con la que se reencontró después de cinco años ya no era la misma que había dejado atrás.

La familia Figueras Villanueva / Foto: Cortesía de Harold Figueras y Mariela Villanueva - ACI Prensa 

Por eso, su testimonio no pretende presentar una fórmula para recuperar un matrimonio perdido. Es, sobre todo, la historia de dos personas que descubrieron que antes de pedirle a Dios que cambiara al otro tenían que dejarse transformar por Él.

“Muchas personas llegan diciendo: ‘Quiero que mi esposo vuelva’. Nosotros les respondemos: primero deja que Jesús vuelva a ocupar el centro de tu corazón”, explica Harold.

Su mensaje para los matrimonios en crisis nace de esa experiencia: no esconder las heridas, no dejarse vencer por la vergüenza y no confundir la restauración con el simple regreso a la vida que tenían antes.

Porque, como descubrieron aquel miércoles de abril, algunas guerras matrimoniales no se ganan venciendo al otro, sino dejándose vencer por el amor misericordioso de Dios.

Entre quienes hoy forman parte de la comunidad se encuentran Diana Donayre y Johanna Muñoz, dos mujeres que vivieron el retiro y cuyo testimonio refleja el impacto de este proceso de conversión.

“Te entiendo, y no estás solo ni sola”, expresa Diana, al recordar que llegó a la misión con “el alma cansada” y encontró personas que la sostuvieron en medio de su crisis matrimonial. Tras un año de perseverancia, aseguró que Cristo restauró su vida, su familia y su matrimonio.

Johanna, por su parte, cuenta que estuvo ocho años separada y que lleva tres años caminando en la comunidad hacia la restauración de su matrimonio. Explica que el cambio comenzó cuando decidió vivir un proceso de conversión y reconciliación consigo misma, mientras confiaba el resto a Dios. “El Señor está haciendo su obra… va dando pasitos muy lentos”, dijo al recordar la emoción de ver a su esposo arrodillarse por primera vez durante la Eucaristía, un gesto que para ella fue signo de esperanza y del actuar de Dios en su familia.

lunes, 24 de agosto de 2026

Karina y Joaquín: «Nos separamos a los 8 años de casados, recibimos la nulidad, pero al conocer al Señor todo cambió y nos volvimos a casar: nuestra roca es Jesús y nuestra relación es nueva, porque Dios nos hizo nuevos»


Karina y Joaquín se volvieron a casar, después de haber obtenido la nulidad matrimonial, porque la gracia de Dios actuó en sus vidas / Foto: Cortesía de Karina y Joaquín

* «Oramos y le entregamos la decisión a Dios, y Él hizo un milagro. Joaquín dice que se le quitó una venda de los ojos. Entendimos que Dios no quería que dejáramos la familia que Él había formado. Fue un nuevo sí, pero no fue fácil. Tuvimos que sanar, hacer mucha terapia, tener muchos encuentros personales con Dios. Tuvimos que morir a lo que fuimos, para que Él pudiera hacernos nuevos… Se necesita fe. Se necesita estar dispuestos a trabajar, a mirar hacia adentro, a dejarse moldear por Dios. La restauración es real, pero no sucede sin decisión, sin humildad y sin proceso. Sabemos que si lo amamos a Él, Él nos da el amor para amarnos entre nosotros» 

Camino Católico.- Joaquín y Karina comenzaron su camino como esposos desde muy jóvenes; ella tenía 20 y él 24. Tras ocho años juntos decidieron separarse y comenzar el trámite de su nulidad matrimonial.

Karina cuenta a Majo Frias en Aleteia que, aunque al tomar la decisión de casarse había mucho amor y amistad, también había heridas muy profundas que no sabían que tenían, pero que necesitaban ser sanadas.

“Nos escondíamos detrás de la diversión y del alcohol. No teníamos idea de lo que significaba realmente el compromiso del matrimonio. Al llegar los problemas, no teníamos herramientas para enfrentarlos. No nos conocíamos a nosotros mismos, ni sabíamos por qué reaccionábamos de ciertas formas”.

Pronto se toparon con una realidad: no estaban listos para un amor maduro, ni para el compromiso que conlleva el matrimonio.

“Nuestras heridas no trabajadas comenzaron a chocar, y sin una relación viva con Dios, sin ese trabajo personal, simplemente no pudimos sostenernos. Fue necesario detenernos y que todo se rompiera para volver a construir”. 

Karina y Joaquín con su hija / Foto: Cortesía de Karina y Joaquín

Tras un tiempo, y con una hija de ocho años, tomaron la decisión de separarse, manteniendo una relación de cuidado y respeto, aún cuando cada uno rehízo su vida con nuevas parejas.

Un encuentro con el Amor para aprender a amarse entre sí

Llegó entonces el momento que lo cambió todo. Conocieron al Señor.

“Al conocer al Señor, todo cambió. Dejamos nuestras relaciones porque queríamos vivir en gracia. Joaquín no quería regresar en ese momento, así que se inició el proceso de nulidad matrimonial”.

Sin embargo, al llegar a firmar su nulidad, tuvieron un encuentro poderoso con el Espíritu Santo.

“Oramos y le entregamos la decisión a Dios, y Él hizo un milagro. Joaquín dice que se le quitó una venda de los ojos. Entendimos que Dios no quería que dejáramos la familia que Él había formado. Fue un nuevo sí, pero no fue fácil. Tuvimos que sanar, hacer mucha terapia, tener muchos encuentros personales con Dios. Tuvimos que morir a lo que fuimos, para que Él pudiera hacernos nuevos”.

Karina reconoce que el proceso fue difícil, pues el enemigo usaba esos miedos y heridas para llenarlos de dudas, para hacerles creer que las cosas no cambiarían y que, de volver a elegirse, la historia se repetiría. “En mi caso, yo ya venía rota, con una depresión profunda aunque aparentaba estar bien. Cuando tuve un encuentro con el amor verdadero —el amor que es Dios— entendí que nunca había sabido amar porque nunca lo había conocido a Él. Al conocerlo, pude ver a Joaquín con Sus ojos, y empezar a amarlo como Él lo amaba”.

Guiados por Dios, decidieron volver a casarse, con Jesús en el centro.

Hoy su vida matrimonial es completamente diferente. “Sabemos que si lo amamos a Él, Él nos da el amor para amarnos entre nosotros”.

“Ahora no buscamos que el otro llene nuestros vacíos. Ante cualquier problema, vamos primero a Dios. Nuestra roca es Jesús, por eso nuestra relación es nueva. Dios nos hizo nuevos. No hay vuelta atrás a la antigua versión de nosotros”.

En su día a día buscan activamente el bien del otro, su crecimiento y desarrollo para que lleguen a convertirse en lo que Dios soñó y cumplan su propósito de vida. “Queremos ser ese faro, ese apoyo en los momentos difíciles, esa persona sana, que sostiene desde el amor, y no desde la necesidad”.

Ya no se trata solo de “nosotros”, aseguran, “sino de amar tanto al otro que anhelas que florezca, que cumpla su llamado. Y todo eso solo es posible porque el amor viene de Dios”.

Crisis como oportunidad para ser transformados por Dios

Desde esta experiencia, Karina enfatiza en que, si bien el matrimonio es de dos, el trabajo interior y la relación con Dios son personales, y sin estos aspectos individuales, la relación puede fracturarse.

“Si no hay un encuentro profundo con Él, si no se sanan las heridas internas con Su luz, es muy difícil sostener una relación sana y verdadera”.

“Las heridas más peligrosas son las heridas de la infancia no sanadas, porque las proyectamos en la relación. Esperamos que el otro las cure, pero eso solo puede hacerlo Dios. Si no las trabajamos, terminamos cargando al otro con algo que no le corresponde”, advierte Karina.

Y reconoce también que hacer un espacio para el divorcio, para otras personas, vicios o ídolos como el trabajo, divide al corazón y abre una puerta de entrada al enemigo.

Karina y Joaquín en el momento de volverse a casar después de haber firmado la nulidad / Foto: Cortesía de Karina y Joaquín

Karina y Joaquín volvieron a celebrar su matrimonio y animan a otras parejas en crisis a buscar un encuentro profundo con Dios, a buscar ayuda profesional y no perder la esperanza.

“Queremos decirles, desde nuestra experiencia, que sí hay luz al final del túnel. Aunque en este momento todo se sienta oscuro, aunque parezca que ya no hay salida, la hay. Pero se necesita valentía. Se necesita fe. Se necesita estar dispuestos a trabajar, a mirar hacia adentro, a dejarse moldear por Dios. La restauración es real, pero no sucede sin decisión, sin humildad y sin proceso.

Y si solo uno de los dos cree en la restauración, con uno basta. Uno que ore. Uno que se rinda. Uno que sane desde la raíz. Uno que busque a Dios con todo el corazón. Porque ese ejemplo transforma. Ese ejemplo arrastra. Ese ejemplo puede ser la chispa que despierte algo nuevo en el otro. El cambio no se impone, se inspira”.

Ambos enfatizan en que la crisis, más que un final, es una oportunidad, pues el punto de quiebre es el lugar perfecto para que Dios reconstruya desde cero.

“La crisis puede ser una puerta de salida o una puerta de entrada a una nueva historia, a una sanación más profunda de la que jamás imaginamos. Si la tomamos como camino, puede ser el inicio de algo muchísimo más bello de lo que fue antes. Pero tenemos que caminar juntos”.

Además, aconsejan: “En medio de la tormenta, no olviden lo bueno que han vivido. Es fácil ver lo negativo cuando todo duele, pero hagan memoria del amor que los unió. Escríbanlo, recen con eso y pídanle a Jesús que les muestre el camino. No se trata de volver solo por costumbre o necesidad; se trata de permitir que Dios haga nuevo ese matrimonio, que lo limpie, que lo purifique y lo eleve”.

Tras todo este camino, concluyen que "Dios es un Dios que cumple sus promesas y que hace todo nuevo, pero tenemos que dejarnos ser moldeados por El".

miércoles, 1 de julio de 2026

Mélanie Niemiec: «Mis padres se divorciaron, me sentí abandonada por el Señor, me aleje de Él, durante años estuve deprimida; una confesión en Lourdes cambió mi vida y me llevó a abandonarme en el Sagrado Corazón de Jesús»

A la luz de su propia historia como hija de padres divorciados, Mélanie encuentra refugio en el Sagrado Corazón de Jesús, que la sostiene cada día desde entonces./ Foto: Maria Vargas - Aleteia

* «Fui al Sagrado Corazón de Montmartre a pasar una noche de adoración, me detuve ante la capilla de santa Margarita María Alacoque. Allí encontré un pequeño folleto que presentaba las promesas del Sagrado Corazón. Una frase me llamó la atención: ‘Pondré la paz en vuestras familias’. Comprendí que me invitaba a pedir un corazón semejante al de Jesús: un corazón abandonado al amor del Padre, a su voluntad y a su misericordia»

Camino Católico.- Mélanie Niemiec, de 24 años, que quedó marcada por el divorcio de sus padres, se sintió abandonada durante mucho tiempo. En Lourdes, una confesión le cambió la vida y la puso en el camino del Sagrado Corazón. Hoy, comprometida de por vida con la Guardia de Honor, da testimonio de la fuerza de un corazón entregado a Dios

"Pídele a Dios que te dé un corazón abandonado". Mélanie recibió esta frase a los 16 años, en medio de una prueba, durante una confesión en Lourdes. En ese momento, no la entendió. El encuentro con el Sagrado Corazón, años más tarde, le aclaró las cosas. A la luz de su historia como hija de padres divorciados, Mélanie descubre en el Corazón de Jesús un refugio que, desde entonces, la sostiene cada día.

La herida del divorcio

Tras su conversión, y durante varios años después, Mélanie emprendió una búsqueda. Buscaba comprender qué significaba realmente ese "corazón abandonado" / Foto: Marie-Christine Bertin (diócesis de París) - Aleteia

Nacida en 2002, Mélanie creció en los suburbios de París, en el seno de una familia católica practicante de origen polaco. Sus padres se divorciaron cuando ella tenía nueve años. Una experiencia que la marcó profundamente. Sin embargo, ante esta situación, no puso en duda la existencia de Dios.

"Sí, me sentía abandonada por el Señor. Ante el sufrimiento familiar, me decía a mí misma que Dios no debía preocuparse mucho por mí. Así que decidí dejar de interesarme por Él a cambio. Pero creía en Él", confiesa a Hortense Leger en Aleteia.

Tras su primera comunión, dejó de asistir a Misa y se fue alejando poco a poco de la Iglesia durante varios años. "Toda mi adolescencia estuvo marcada por un profundo malestar. Estaba triste, perdida, deprimida, incapaz de encontrar mi lugar". Un periodo que la joven considera el más oscuro de su vida.

Lourdes: de la muerte a la vida

En la oscuridad, son sus amigos quienes ayudan a Mélanie a mantener la cabeza a flote. "No eran creyentes, algunos incluso eran muy críticos con la Iglesia, pero eran alegres y fieles". En segundo de bachillerato, le proponen prepararse para la confirmación. Sin mucha convicción, Mélanie acepta. Se va al Frat de Lourdes en abril de 2018, rodeada de sus compañeros.

Fue entonces cuando, de repente, en medio de la peregrinación, decidió ir a confesarse. "Sentí como una llamada para ir a ver a un sacerdote". Allí, ante aquel cuyo rostro había olvidado y del que solo recordaba "los grandes ojos azules", lo contó todo: la herida del divorcio, los conflictos incesantes en casa, el sentimiento de abandono. Antes de darle la absolución, el sacerdote pronuncia dos frases: "Reza mucho por tus padres, nadie lo hará por ti" y luego "Pídele a Dios que te dé un corazón abandonado".

Palabras que la joven no entendió en ese momento. "La primera me parecía casi injusta. En cuanto a la segunda, me dejaba perpleja: ¿acaso mi corazón no estaba lo suficientemente abandonado?". Sin embargo, estas palabras marcan el inicio de la conversión de Mélanie. "Esa confesión cambió mi vida —afirma—. Llegué a Lourdes muerta por dentro, y me fui de allí viva".

Pedir un corazón semejante al de Jesús

Tras su conversión y durante varios años, Melania se embarcó en una búsqueda. Intentó comprender qué significa realmente ese "corazón abandonado". La respuesta llegaba poco a poco. Entonces surge en ella una atracción cada vez más fuerte por el Sagrado Corazón de Montmartre.

"Una noche —cuenta—, cuando había ido allí a pasar una noche de adoración, me detuve ante la capilla de santa Margarita María Alacoque. Allí encontré un pequeño folleto que presentaba las promesas del Sagrado Corazón". Una frase le llamó la atención: "Pondré la paz en vuestras familias". Esas palabras la conmovieron profundamente.

Entonces todo se aclaró: comprendió, por primera vez, el vínculo entre el "corazón abandonado" del que le hablaba el sacerdote y el Corazón de Cristo. "Comprendí que me invitaba a pedir un corazón semejante al de Jesús: un corazón abandonado al amor del Padre, a su voluntad y a su misericordia".

Un compromiso de por vida

Consagrada solemnemente al Sagrado Corazón de Montmartre, Mélanie Niemiec, a la izquierda, también reza cada mañana una oración de consagración personal / Foto: Mélanie Niemiec - Aleteia

Una devoción a la que Mélanie se adhiere profundamente y que la lleva a comprometerse de por vida con la Guardia de Honor del Sagrado Corazón, una obra espiritual nacida en Paray-le-Monial. "El principio es sencillo —explica—: cada miembro elige una hora de su día que ofrece al Señor en unión con el Sagrado Corazón. Durante esa hora, se siguen las actividades habituales, pero se viven con espíritu de oración y de ofrenda".

Para Mélanie, la elección recayó en las 15:00. "Cada día recito la oración de la Guardia de Honor y luego ofrezco esa hora a Cristo, en comunión con los miles de miembros presentes en todo el mundo". Pero este compromiso no se queda ahí.

Consagrada solemnemente al Sagrado Corazón de Montmartre, también reza cada mañana una oración de consagración personal. "Mi día está realmente marcado por momentos de oración centrados en el Corazón de Cristo. Es un ritmo que estructura mi vida".

El Sagrado Corazón y la herida de los hijos de padres divorciados

Mélanie está convencida de que los hijos de padres divorciados pueden reconocerse a sí mismos en el Corazón de Cristo. "El corazón de un niño que se enfrenta a la separación de sus padres es un corazón desgarrado. Sea cual sea su capacidad de resiliencia, esa herida permanece profundamente grabada en él".

Además, matiza la idea preconcebida de que los niños se adaptan y acaban estando muy bien. "Es cierto que pueden aprender a vivir con ese sufrimiento, pero eso no significa que la herida desaparezca. He descubierto que solo la gracia de Dios puede llegar verdaderamente a esa profundidad". Para Mélanie, el Sagrado Corazón no es solo una devoción entre otras, sino "un hogar, un refugio y una escuela de amor".

lunes, 8 de diciembre de 2025

Mojca Giacomelli: «Me introduje en la Nueva Era, fui a ejercicios espirituales y sentí que Jesús estaba ante mí y me decía: ‘Si todo el mundo no te entiende, yo te amo’; tuve 5 hijos y me divorcié, pero Dios me ha guiado con claridad»

Mojca Giacomelli, pese haberse sumergido en la Nueva Era, Cristo la rescató en unos ejercicios espirituales y la ha guiado con claridad ante las dificultades de la vida / Fotografía Mojca Giacomelli

* «Al principio sentí vergüenza y culpa, pero no duró mucho. Nunca perdí la fe. Experimenté una gran misericordia, aunque todavía no me atrevía a afrontar la decepción. Para mí fue muy importante tener una amiga con la que me sentía aceptada y con la que podía compartirlo todo. Organicé mi vida de tal manera que cada día, cuando los niños estaban en el colegio, iba a la capilla y a misa. En esa época participaba muy activamente en grupos de oración, que yo misma dirigía, y eso me ayudaba a mantenerme fuerte. De esa experiencia surgió la dirección del seminario Glej Luč (Mira la luz), luego el centro Živi na polno (Vive plenamente) y los programas para mujeres Ženska na polno (Mujer plena)» 

Camino Católico.- Mojca Giacomelli tuvo un fuerte encuentro personal con Jesús y en él reconoció su misión: la evangelización. Tras las pruebas que vivió como madre estudiante y, más tarde, tras su divorcio -cuando se quedó sin trabajo y con cinco hijos- conservó la fe con entusiasmo y alegría. Anuncia con todo su corazón que Dios siempre tiene una solución y que incluso las pruebas más difíciles las convierte en algo bueno. La entrevista Petra Zoran en Aleteia.

- ¿Cómo comenzó tu relación con Jesús? ¿Recibiste la fe en tu infancia?

- No, en nuestra familia no vivíamos la fe, aunque fui bautizada cuando era bebé. La espiritualidad comenzó a atraerme solo en mi adolescencia. Mi madre y yo empezamos a explorar diferentes áreas de la nueva era: el horóscopo, la astrología, la radiestesia y las visitas a la adivina.

- ¿Cómo se produjo la transición de la búsqueda en la Nueva Era al encuentro personal con Jesús?


Mojca Giacomelli ansiaba ser amada como persona y en su encuentro con Jesucristo se sintió amada por Dios / Fotografía Mojca Giacomelli

- En la Nueva Era empecé a experimentar una crisis, porque cada vez me molestaba más la idea de que no importaba la forma en que existíamos, ya que todo era sólo energía. Yo, sin embargo, anhelaba ser amada como persona, tener mi lugar como Mojca, y fue precisamente en Jesús donde más tarde encontré mi pertenencia.

Mi madre fue la primera en experimentar el encuentro con Jesús, mientras que yo sentía rechazo hacia la Iglesia en aquella época. A pesar de ello, acepté su invitación y participé en unos ejercicios espirituales, donde entré en contacto por primera vez con la Iglesia, con los carismas y con la cercanía de Dios, lo cual no dio frutos inmediatos.

Experimenté el toque verdaderamente poderoso de Jesús en los ejercicios espirituales en silencio en Vipavski Križ. Entré en la iglesia y sentí que Jesús estaba delante de mí, me tomaba suavemente en sus brazos como a una bebé, me abrazaba y me decía: "Si todo el mundo no te entiende, yo te amo".

- Estudiaste farmacéutica y durante tus estudios te convertiste en madre. ¿Cómo viviste ese periodo?

- No elegí farmacéutica porque fuera lo que realmente quería; mi corazón se inclinaba más por la psicología. Durante mis estudios me convertí en madre, di a luz a dos hijos y me casé.

Me quedé embarazada de mi primer hijo antes de casarme, así que me preguntaba: «¿Qué va a ser de mí ahora?». Y, de hecho, sufrí una depresión. Mis amigos de la Iglesia me rechazaron porque había tenido relaciones sexuales antes del matrimonio, mientras que mis amigos que no iban a la iglesia me decían que era tonta por no decidirme a abortar.

Me sentí sola, con muy poca gente a mi lado. La ginecóloga me ofreció de inmediato una remisión para abortar, aunque yo no se lo había pedido. Pero en mi corazón sabía la Verdad y que la vida siempre triunfa. Por suerte, también tuve apoyo en casa, pero una estudiante que era madre me dio una esperanza especial al dar testimonio de que se podía. Por eso creo que los testimonios son inestimables.

Terminé la carrera de Farmacéutica, pero no ejercí la profesión. Más tarde tuve otros tres hijos, así que me quedé en casa con los cinco, porque quería tenerlos cerca. A pesar de ello, leía constantemente libros sobre psicología, terapia familiar, sanación interior y liberación.

- Después de 13 años de matrimonio, te divorciaste, te quedaste sin trabajo y tuviste que cuidar de cinco hijos. ¿Te sentiste decepcionada con Dios por eso?

Mojca Giacomelli, pese a divorciarse y tener que asumir la crianza de cinco hijos, siempre se aferró a Dios / Fotografía Mojca Giacomelli

- Estaba destrozada, pero decidida a aferrarme a Dios. En la fe encontré mi fuerza, convencida de que Él es el Dios de los milagros y que me ayudaría. Por eso lo aposté todo a Jesús, porque hice todo lo que pude y supe hacer.

Al mismo tiempo, comencé a construir el amor y el respeto por mí misma. La decepción con Dios, con el poder de la oración y con mis expectativas sobre la vida llegó más tarde. Pero Dios me llevó en sus brazos, lo que no significó que me ahorrara el dolor.

- ¿Cómo te recuperaste y seguiste adelante?

- Al principio sentí vergüenza y culpa, pero no duró mucho. Nunca perdí la fe. Experimenté una gran misericordia, aunque todavía no me atrevía a afrontar la decepción. Para mí fue muy importante tener una amiga con la que me sentía aceptada y con la que podía compartirlo todo.

Organicé mi vida de tal manera que cada día, cuando los niños estaban en el colegio, iba a la capilla y a misa. En esa época participaba muy activamente en grupos de oración, que yo misma dirigía, y eso me ayudaba a mantenerme fuerte. De esa experiencia surgió la dirección del seminario Glej Luč (Mira la luz), luego el centro Živi na polno (Vive plenamente) y los programas para mujeres Ženska na polno (Mujer plena).

- ¿Entonces Dios te guió por el camino que deseabas?

- Tenía una idea diferente de cómo intervendría Dios, pero en los momentos clave de mi vida me guió con tanta claridad que no pude equivocarme. Todo comenzó con el deseo de alquilar un local en el centro de Liubliana, donde la gente pudiera venir a tomar té, café, charlar y rezar.

Al principio me pareció imposible, ya que no tenía trabajo y ni siquiera sabía cómo iba a pagar las facturas o sobrevivir al día. Mis amigas y yo rezamos para que, si era la voluntad de Dios, Él hiciera realidad esta idea.