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sábado, 25 de julio de 2026

Lawrence Feingold: «Fui educado sin religión, mi esposa embarazada padeció una gran ansiedad y no quería vivir; recé: ‘Dios: Enséñame a amar a mi esposa y a otros’; nos convertimos al catolicismo»

Lawrence Feingold se convirtió al catolicismo cuando su esposa con ansiedad no quería vivir/  

* «Me vino a la mente las palabras del Padre a Jesús en el Bautismo. “Este es mi Hijo muy amado en quien encuentro mis complacencias”. Comprendí que esas palabras eran para mi esposa y para mí (y para todos) y que debíamos hacernos cristianos. Hasta entonces sentía una gran atracción por la figura de Jesús, pero no comprendía su relación conmigo ni creía en su divinidad, pero todo cambió. Comprendí que Él se hizo hombre para que todos, judíos y gentiles, pudiéramos ser amados y adoptados como hijos. Fuimos a Misa el domingo próximo y el sacerdote habló del Buen Pastor y eso nos removió»

Camino Católico.- Lawrence Feingold cuenta su testimonio de conversión al catolicismo y el de su propia esposa en primera persona y pese a que el camino fue largo, se puede resumir en estas afirmaciones que hace en The Hebrew Catholic: «Fui educado sin religión, mi esposa embarazada padeció una gran ansiedad y no quería vivir; recé: ‘Dios: Enséñame a amar a mi esposa y a otros’; nos convertimos al catolicismo»

Después de su conversión y la de su esposa, estudió Filosofía y Teología en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma (1990-1999); estudió griego y hebreo en Jerusalén en el Studium Biblicum Franciscanum, vivió en Argentina, y fue profesor de Teología en el Instituto de Teología Pastoral Ave María. Actualmente también es director de la Asociación de Católicos Hebreos. Esta es su historia vital contada por él mismo:

Lawrence Feingold en una conferencia en el año 2018

«Me asaltó la idea de que Dios debe existir para que la vida no sea vana; comprendí que la capacidad de amar es un don de Dios que debemos implorar»

Fui educado sin religión, aunque siempre tuve interés en las diversas religiones. Mi padre era judío y mi madre, protestante, pero ninguno practicaba su fe. Mi padre renunció al judaísmo a los trece años, y yo crecí con cierta identidad judía. Estudié Historia del Arte en la Universidad de Washington y la maestría en la Universidad de Columbia. El profesor Norris K. Smith nos enseñó a estudiar el arte primariamente como expresión de las creencias y convicciones concernientes a Dios, al hombre y al mundo. Nos explicó que cada obra maestra era expresión de la cosmovisión del artista y de su visión de la naturaleza de la realidad. Nuestra preferencia y admiraciones por las obras de arte no puede ser divorciada de la visión del mundo que lo anima. Los mejores trabajos artísticos están sostenidos por una visión verdadera y profunda de la realidad y de la persona humana, en cambio los periodos de decadencia, muestran una visión falsa y superficial del mundo. Comparaba las obras y preguntaba si preferíamos una pintura de Rembrandt en nuestra habitación o un retrato de Willem de Kooning (arte abstracto), donde la mujer aparece deshumanizada, fea y donde no aparece la imagen de Dios. Mi creciente admiración por el arte cristiano no me llevó a rezar ni a convertirme, pero sí me ayudó a dar algunos pasos, quizás necesitaba una prueba personal.

Mi esposa, Marsha, era judía, pero perdió su fe durante sus estudios universitarios. En este tiempo mi esposa y yo vivíamos en Toscana (Italia), en un pequeño pueblo llamado Pietrasanta, donde yo hacía trabajos de escultura.

En 1988, mi esposa empezó a padecer una gran ansiedad con seis meses de embarazo, al punto de que no quería vivir. Este fue el catalizador que Dios preparó para nuestra conversión. Vi que necesitaba más amor; comprendí la insuficiencia de mi amor y de todo amor humano. ¡Cuánto anhela el ser humano ser amado por sí mismo! Pensé: “¿Cómo podemos anhelar tanto amor si no hay un Dios?, si no hay un Dios que nos ame como Padre la sed del alma humana, de amar y ser amada, está condenada a la frustración”.

La belleza del amor conyugal reside en que nos permite ver a la persona humana tal como es: tremendamente vulnerable, tremendamente digna de amor. Vi que la persona humana es más digna de amor de lo que nosotros somos capaces de amar. Si no existe un Dios que ame al Hombre con un amor perfecto, la persona humana sería absurda. Por tanto, me asaltó la idea de que Dios debe existir para que la vida no sea vana. Comprendí que la capacidad de amar es un don de Dios que debemos implorar. El amor es capaz de fortalecer nuestra mente y abrir los ojos de nuestra alma para ver lo que debimos haber visto desde siempre. El ser humano se desvanece sin el creador.

Así que me dispuse a rezar por primera vez. Tomé el tren a Florencia para orar en el Duomo, obra de Brunelleschi. En el camino sentí la necesidad de hacer esta oración: “Enséñame a amar, enséñame a ser luz para los demás”. No sé porqué recé así, pero me agradó. Tenía 29 años. Tras esta oración recordé las palabras del Salmo 2: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”. Aunque ateo, conocía la Biblia por mis estudios de historia del arte y religiones comparadas. Y por gracia de Dios comprendí que esas palabras iban dirigidas a Jesucristo, su Hijo, a mí y a todos, en Cristo. Comprendí el misterio de la filiación divina. Recé: “Dios: Enséñame a amar a mi esposa y a otros”. Fue un momento del Espíritu. Me vino a la mente las palabras del Padre a Jesús en el Bautismo. “Este es mi Hijo muy amado en quien encuentro mis complacencias”. Comprendí que esas palabras eran para mi esposa y para mí (y para todos) que debíamos hacernos cristianos.

Hasta entonces sentía una gran atracción por la figura de Jesús, pero no comprendía su relación conmigo ni creía en su divinidad, pero todo cambió. Comprendí que Él se hizo hombre para que todos, judíos y gentiles, pudiéramos ser amados y adoptados como hijos.

Fuimos a Misa el domingo próximo y el sacerdote habló del Buen Pastor y eso nos removió. Sin embargo, oscilaba entre el catolicismo y el protestantismo. Cuando creía en la fe católica me invadía una alegría profunda, cuando optaba por el protestantismo sentía tristeza, este ciclo se repitió varias veces, con las mismas consolaciones y desolaciones. En un momento dado optamos por el Anglicanismo, en Florencia, pero al leer a Henry Newman y a otros, optamos por el catolicismo. Fuimos recibidos en la Iglesia Católica el 25 de marzo de 1988 durante la Vigilia pascual.

¿Qué fue lo que, al leer las obras de Newman, me ayudó a encontrar la luz de la fe? Si mal no recuerdo, el punto decisivo para mí fue lo que él denominó el «principio dogmático»: la idea de que existe una plenitud objetiva de la verdad religiosa que proviene de Dios y no de nosotros, y que debemos implorar con perseverancia y recibir con docilidad una vez que se nos ha concedido la luz. En segundo lugar, Newman recalcó la necesidad imperiosa de que la Iglesia esté dotada de un principio visible de autoridad dogmática infalible para resistir las puertas del infierno y los ataques del escepticismo y la pasión humana. La obra de Dios habría sido incompleta e indigna de su sabiduría y omnipotencia sin una autoridad visible que la sostuviera a través de los siglos. Si Dios se esforzó tanto por encarnarse, revelar su verdad salvífica y morir en la cruz por mí y por todos los hombres, ¿acaso no se esforzaría también por mantener su presencia salvífica en nuestro mundo y una autoridad infalible sobre lo que reveló en su encarnación? ¿Acaso abandonaría Él su obra y su rebaño?

Pero, ¿qué autoridad infalible estableció Cristo en realidad? La respuesta no es difícil de encontrar si la planteamos de esta manera. Si Cristo estableció una autoridad infalible sobre la cual se fundaría su Iglesia, sobre la cual se edificaría a lo largo de los siglos, solo pudo ser la autoridad otorgada a Pedro y sus sucesores, pues esto fue lo que Cristo mismo prometió: «Tú eres Pedro, sobre quien edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella». ¿Qué cuerpo cristiano puede tener una pretensión razonable de ser la Iglesia edificada sobre la roca de Pedro? Solo la Iglesia Católica hace esta pretensión, y la historia de dos mil años lo confirma, pues la sucesión ininterrumpida de Papas que gobernaron la Iglesia con la misma fe que los Apóstoles durante dos milenios solo pudo darse por la extraordinaria ayuda de Dios.

Y si Cristo estableció una autoridad infalible para su Iglesia, ¿qué nos queda sino someternos a ella? No hacerlo sería, en última instancia, rebelarnos contra Dios y rechazar la luz con la que Él desea que lleguemos a la verdad que nos hará libres.

Tras mi ingreso en la Iglesia Católica el 25 de marzo de 1989, por la gracia de Dios puedo hacer mías las palabras del Cardenal Newman. Newman escribe: “Desde que me convertí al catolicismo, por supuesto, no tengo más que contar sobre mis creencias religiosas. Al decir esto, no quiero decir que mi mente haya estado ociosa ni que haya dejado de reflexionar sobre temas teológicos; sino que no he experimentado ningún cambio ni he sentido ninguna inquietud. He vivido en perfecta paz y satisfacción. Jamás he tenido la menor duda… Fue como llegar a puerto tras una travesía por mares agitados; y mi felicidad en ese sentido perdura hasta el día de hoy sin interrupción”.

La razón de esta profunda paz interior que ilumina la vida de los conversos al catolicismo tras su conversión, siempre que perseveren, reside en el principio dogmático. Entramos en la Iglesia Católica porque vemos que es la religión ordenada, querida y fundada por Dios mismo. Está edificada sobre la roca. Creemos en toda la doctrina católica simplemente porque la Iglesia la enseña con plena autoridad, y reconocemos a la Iglesia como el oráculo de Dios, aquella que habla en nombre de Dios, la continuación de la misión del Mesías en la tierra.

Muchos judíos que llegan a creer en Cristo y en la Iglesia que Él fundó, sienten angustia ante lo que perciben como una traición al pueblo judío. Mi esposa y yo nunca experimentamos esta prueba. Al contrario, descubrí una gran atracción por lo judío que nunca antes había sentido. De niño nunca aprendí hebreo, pero encontré gran alegría al aprenderlo como cristiano, para poder rezar los Salmos, por ejemplo, en la lengua del Pueblo Elegido. Este sentimiento se afianzó y estimuló al leer el libro «Identidad judía», del padre Elias Friedman, fundador de la Asociación de Católicos Hebreos, que encontré poco después de nuestra entrada en la Iglesia Católica.

En los primeros años después de nuestra conversión, a menudo me preguntaban por qué había «elegido» el cristianismo o la Iglesia Católica, y no el judaísmo, el budismo o el protestantismo. La pregunta se formula en términos de liberalismo religioso, como si la religión fuera una cuestión de sentimientos, preferencias, lealtades o decisiones personales. La experiencia de los conversos no es que hayamos elegido algo, sino que es Dios quien nos ha elegido para redimirnos mediante la Encarnación y la Pasión del Mesías, que se continúa y se hace presente en la Iglesia Católica, y es Dios quien nos llamó a entrar en esa arca de salvación. Quienes hemos recibido la gracia de oír, sin mérito alguno, tenemos el deber de orar por aquellos que aún no han recibido ese don.

Lawrence Feingold

jueves, 10 de octubre de 2024

Colin Smith era protestante y se convirtió al catolicismo: «Escribí centenares de cartas a mi familia para explicarles la fe y todos se han hecho católicos. He quedado asombrado por la Providencia»

La búsqueda de la verdad de Colin Smith, el primero por la derecha, ha llevado a la conversión de toda su familia que entraron en la Iglesia Católica la pasada Solemnidad de la Asunción, el 15 de agosto, en la casa madre de las hermanas dominicas de Nashville donde está tomada la imagen. De izquierda a derecha están los hermanos de Colin, Andrew y Abby, y sus padres, Beth y Byron, junto a él - Foto: Colin Smith

* «La razón más obvia de escribir las cartas fue mi amor por mi familia y un deseo genuino de que encontraran la plenitud de la vida cristiana que yo creía haber encontrado. Aunque, escribí concretamente cartas porque no quería darles lecciones. Explicar la posición católica frente al protestantismo lleva mucho tiempo, y dar lecciones sería incómodo. Las cartas añaden un toque personal, que sabía que sería bien recibido. Me había ganado la reputación de ser sólido en mi fe. Fue una experiencia maravillosa, pero también me sentí tentado a considerarlo un logro mío, lo cual no fue así. Las cartas no provocaron la conversión. Los factores más importantes estaban totalmente fuera de mi control. Fue un honor ser el padrino de mi padre y de mi hermano. Tuvimos a muchos de nuestros amigos católicos presentes, lo que fue una gran alegría»

Camino Católico.- Colin Smith es un estudiante de la universidad católica de Notre Dame (Indiana, EE.UU) que se convirtió hace apenas cuatro años. Tiempo en el que no se quedó quieto y escribió cientos de cartas para convencer a su familia de que hicieran lo mismo, y funcionó. El portal National Catholic Register acaba de recoger su historia. "¡Me faltan las palabras! Ha sido surrealista ver cómo nuestra historia se hacía pública y la compartían tantos católicos", publicó Smith recientemente en X. El joven se crió como un protestante evangélico devoto, hasta que se convirtió al catolicismo antes de comenzar su primer año de universidad en Notre Dame.

Después de su conversión, Smith decidió escribir cientos de cartas a sus padres y a sus dos hermanos menores explicándoles el razonamiento teológico de su fe. Cuatro años después, sus padres, Beth y Byron, y sus hermanos, Abby y Andrew, ingresaron a la Iglesia Católica el 15 de agosto, Solemnidad de la Asunción de María, en la casa madre de las Hermanas Dominicas de Santa Cecilia en Nashville, Tennessee.

Smith ha explicado cómo la búsqueda de la verdad en medio de una cultura secular y progresista atrajo a sus padres y hermanos a la Iglesia. El estudiante ha compartido la inspiración que había detrás de los cientos de cartas que escribió a los miembros de su familia.

"A principios de la escuela secundaria, me enfrenté a las preguntas típicas de esa edad: ¿Dios realmente existe? ¿tiene sentido la resurrección? ¿La Biblia es verdad? Decidí examinar los principios básicos de la religión y experimenté un intenso entumecimiento espiritual. Hasta que sentí a Dios nuevamente cuando los sacerdotes y las hermanas dominicas entraron en mi vida, especialmente el padre Dominic Legge. Él visitaba nuestra casa para cenar y siempre me sorprendía lo razonable que hacía parecer el cristianismo", comenta Smith.

"Las cartas no provocaron la conversión. Los factores más importantes estaban totalmente fuera de mi control. Fue un honor ser el padrino de mi padre (momento de la imagen) y de mi hermano", dice Colin - Foto: Colin Smith

"Me presentó a Santo Tomás de Aquino y al tomismo, especialmente al Instituto Thomista, que él dirigía, y a Pints ​​with Aquinas, un podcast presentado por Matt Fradd. Profundizar en la Summa Theologica hubiera sido demasiado, pero estos resúmenes me ayudaron a conocer su pensamiento. Con el tiempo, comencé a leer los escritos de Santo Tomás, y ​​estas fuentes me convencieron de la fe cristiana. Me impresionó la cantidad de excelentes preguntas que planteaba Santo Tomás, que yo nunca había considerado".

"El estudio del tomismo fue profundamente terapéutico para mí. Cambió totalmente mi forma de ver el mundo y borró gran parte de la basura de la filosofía moderna que había absorbido a través de la cultura. Decidí que, como honestidad intelectual, debía darle al catolicismo una oportunidad de persuadirme. Cuando me sumergí en la tradición católica, me di cuenta de que había demasiados puntos en discordia, así que decidí centrarme en las cuestiones de autoridad".

"San John Henry Newman finalmente me convenció de las pretensiones de autoridad del catolicismo al resolver mis preguntas sobre por qué los Padres de la Iglesia estaban en desacuerdo sobre muchas cuestiones teológicas. Todo encajaba y me convencí del catolicismo en mi último año de secundaria. Me convertí al catolicismo el verano siguiente, antes de entrar en Notre Dame, en la Casa de Estudios Dominicos".

Sin embargo, paradójicamente, los "enemigos de la Iglesia" tuvieron un papel importante en su conversión y en la de toda su familia: "Años antes de mi propia conversión, mi familia puso a mi hermana en una escuela feminista muy secular. La situación se volvió insostenible. Mi hermana fue castigada por dibujar un árbol de Navidad en la pizarra porque podría ofender a algunos estudiantes. Nuestros padres decidieron entonces enviarla a la Academia Santa Cecilia, la escuela católica para niñas que está al final de la calle, dirigida por las hermanas dominicas. ¡A través de esta escuela, las hermanas dominicas y los sacerdotes de la Provincia Oriental entraron en nuestras vidas!".

"Los enemigos de la Iglesia ayudaron a traer a los dominicos a mi vida y a la de mi familia. Gracias a las payasadas de una escuela progresista mi familia conoció a los dominicos y el padre Dominic Legge se convirtió en mi mentor".

Sobre cómo percibió su familia su conversión, Colin explica que fue difícil. "Aunque nunca me desincentivaron a no hacerlo. Mi hermana había asistido a la Academia Santa Cecilia, y estaba más familiarizada con la fe que el resto. Aun así, todos asistieron a mi confirmación, que me pareció una muestra impactante de amor y de apoyo", cuenta.

"Los enemigos de la Iglesia ayudaron a traer a los dominicos a mi vida y a la de mi familia", dice Colin Smith

Y, entonces, Colin decidió escribirles cartas. "La razón más obvia de hacerlo fue mi amor por mi familia y un deseo genuino de que encontraran la plenitud de la vida cristiana que yo creía haber encontrado. Aunque, escribí concretamente cartas porque no quería darles lecciones. Explicar la posición católica frente al protestantismo lleva mucho tiempo, y dar lecciones sería incómodo. Las cartas añaden un toque personal, que sabía que sería bien recibido. Me había ganado la reputación de ser sólido en mi fe. Algunos miembros de la familia consideraban que podía ser un defecto, pues creían que había sido a expensas del corazón. Las cartas eran una excelente manera de demostrar amor, el atractivo emocional de la fe y proporcionar argumentos intelectuales".

"Cuando escribí estas cartas, ya conocía bastante bien la mayoría de los argumentos católicos. Sin embargo, The Fathers Know Best fue un excelente libro que consulté durante todo el proceso para encontrar las referencias rápidas a los Padres de la Iglesia que quería citar en mis cartas".

Además de las cartas, hubo lugares que tocaron especialmente a sus familiares. Roma, por ejemplo, fue un sitio importante en la conversión de su madre. "El lugar que más la impactó fue, sin duda, el Circo de Nerón. Ella y yo habíamos estado hablando mucho sobre la Eucaristía, pero una visita a la Basílica de San Pedro cambió todo. Ella me dijo que su guía le estaba explicando el gobierno de Nerón, cuando se volvió a mi hermano para comentarle que Nerón era un hombre malvado. Pero, el guía defendió a Nerón, argumentando que él nunca odió a los cristianos. Más bien, pensaba que eran "raros" porque se comían a su Dios. Mi madre se quedó perpleja y pidió una aclaración. El guía confirmó que la razón de muchos martirios era la negativa a retractarse de que la Eucaristía es la verdadera carne y sangre de Cristo. Más tarde, tras esta anécdota, empezó a aceptar la Presencia Real".

Ver a los miembros de su familia crecer en la fe, ha sido para Colin todo un regalo. "Fue algo extraordinario. Es fácil imaginar un movimiento gradual hacia la conversión, sin embargo, a veces, parecía que se estaban deshaciendo los avances. No pude ver lo que estaba sucediendo hasta casi el final del proceso. Una vez que me di cuenta de lo que había sucedido, quedé asombrado por la Providencia".

"Fue una experiencia maravillosa, pero también me sentí tentado a considerarlo un logro mío, lo cual no fue así. Las cartas no provocaron la conversión. Los factores más importantes estaban totalmente fuera de mi control. Fue un honor ser el padrino de mi padre y de mi hermano. Tuvimos a muchos de nuestros amigos católicos presentes, lo que fue una gran alegría", concluye Colin Smith.

martes, 20 de marzo de 2012

El camino de Devin Rose: ateo orgulloso, agnóstico deprimido, protestante dudoso, católico ferviente


* Viviendo con ansiedad y continuos ataques de pánico llegó a desear la muerte hasta que, después de muchos años, rezó su primera oración: «Dios, tú sabes que yo no creo en ti, pero estoy en problemas y necesita ayuda. Si eres real, ayúdame»

* «Dios se precipitó y era como nada de lo que antes hubiera podido experimentar. Me dio el coraje y la fuerza para afrontar mis ansiedades y empezar a superarlas […] Dios me dio esperanza para hacerle frente a mi desesperación, y la fe y el amor empezaron a sanar mis profundas heridas»

26 de marzo de 2012.- Devin Rose nació en una familia de tradición cristiana, entendiendo con eso que lo eran sólo de nombre. De hecho, en casa le habían inculcado que los hombres provenían de una evolución del “fango original”. Por eso, no es de maravillarse que en su adolescencia, una vez obtenido el uso de razón, Devin se haya declarado con orgullo no creyente. Había nacido un ateo.

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domingo, 22 de enero de 2012

Molisa Derk, la informática protestante que se sana en la consagración sin saber nada de la misa y se convierte al catolicismo

* Era metodista, de padres y abuelos metodistas, y estaba hundida en una grave depresión, pero sin ninguna duda acerca de su religión. Vio una película sobre Juan Pablo II y decidió ir un día a misa con una conocida. No entendía nada de la Eucaristía, pero de rodillas, al sonar las campanillas, se curó:

"En ese momento, durante la oración eucarística, fue como si una mano gigante e invisible llegase a mi mente y quitase todos los sentamientos y pensamientos malos que me habían sido mis constantes compañeros durante años. El cambio fue instantáneo y total. Quedé aturdida"

22 de enero de 2012.- Molisa Derk era protestante metodista, hija de metodistas y con los cuatro abuelos metodistas. El metodismo, fundado por John Wesley en el siglo XVIII, es una rama del protestantismo que acepta el libre albedrío (al contrario que los protestantes calvinistas), con una liturgia extremadamente simplificada, a la que pertenecen, con distintas variaciones, unos 75 millones de cristianos.

Desde niña le gustaba su pequeña iglesita, donde cantaba en el coro y acudía a la "Escuela dominical". "Para mí la iglesia era un lugar hermoso con preciosas ventanas con vidrieras, un lugar donde todos sonreían, felices y siempre estaban alegres de verme", escribe en un testimonio publicado en The Coming Home Network. Leer más...