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viernes, 25 de septiembre de 2026

Papa León XIV en meditación a los jóvenes en Francia, 25-9-2026: «Para crecer en santidad y mejorar nuestra sociedad, sean testigos luminosos de la buena noticia que es Cristo mismo, nuestro Salvador»

* «¿Cuál es, entonces, la fuente de la verdadera libertad? Jesús nos la indica claramente cuando nos dice que la verdad nos hará libres (cf. Jn 8,32); y que la Verdad es Él mismo (cf. Jn 14,6). He aquí, pues, la fuente de la verdadera libertad: la relación viva con Jesús. La compañía del Señor, de hecho, da sabiduría a nuestros proyectos y belleza a los deseos que llevamos en el corazón. Dios atraviesa nuestra alma como la luz, llamándonos a una renovación permanente, a una conversión que da pleno sentido a la existencia, porque nos convierte en protagonistas de una historia que pasa de la confusión a la búsqueda de la verdad; de la indiferencia al compromiso por la justicia. San Pablo lo expresa con tres verbos que interpelan nuestra libertad: huye, tiende, lucha»

Video completo de la transmisión en directo realizada por Vatican News con la meditación del Papa León XIV

* «A medida que avanzamos en este camino hacia la santidad, queda claro que no basta con evitar el mal: hay que elegir el bien. No se trata de un principio abstracto, ni de una afirmación obvia: elegir el bien es la acción propia de la libertad, y al llevarla a cabo, la libertad misma se realiza, se corrige y madura. Para tomar la decisión correcta, recuerden este criterio: el bien da vida, nunca la quita; el bien cuida, no toma para sí. El bien no es un concepto bonito, sino el rostro radiante del amor: ¡es Dios mismo! Las virtudes que san Pablo nos presenta como reflejos de su bondad son estas: la justicia hacia la humanidad; la piedad y la fe hacia Dios; la caridad con todos; la paciencia hacia quienes nos hacen sufrir; la mansedumbre que distingue a quienes buscan la paz con un corazón puro» 


 25 de septiembre de 2026.- (Camino Católico).-  “Para crecer en santidad y mejorar nuestra sociedad, sean testigos luminosos de este Evangelio, es decir, de la buena noticia que es Cristo mismo, nuestro Salvador: ‘A él honor y poder eterno. Amén’”, ha reflexionado el Papa León XIV en una meditación durante la Vigilia de Oración con 80.000 jóvenes franceses que ha celebrado en el Stade de France de Saint-Denis y en la que ha profundizado sobre el camino de santidad que tienen que recorrer. También, previamente a esta meditación, ha sostenido un diálogo con los jóvenes. En el vídeo de Vatican News se visualizan y escuchan las palabras del Papa León XIV, cuyo texto completo es el siguiente:

VIAJE APOSTÓLICO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A FRANCIA

25-28 DE SEPTIEMBRE DE 2026

VIGILIA DE ORACIÓN CON LOS JÓVENES

MEDITACIÓN DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

“Stade de France”, Saint-Denis

Viernes, 25 de septiembre de 2026

En la noche, la luz nos parece aún más deslumbrante. Así, queridos jóvenes, hemos escuchado juntos las palabras de san Pablo. Queremos mantenerlas en alto, como una antorcha que ilumine no sólo la oración de cada uno, sino toda la historia de la Iglesia. El apóstol observa su tiempo y acoge la inspiración divina, es decir, al Espíritu Santo, que siempre abre perspectivas luminosas de futuro. Sí, Dios es el Señor de la historia y, pase lo que pase, la conduce hacia la salvación: en Cristo todo mal tiene un término, precisamente porque el final se convierte en el comienzo de una vida nueva y eterna.

Queridos amigos, para iluminar nuestra época y transformar el presente a la luz del Espíritu, recordemos ante todo que nosotros también, al igual que Timoteo, somos hombres y mujeres de Dios. Esta expresión ―de Dios― elegida por san Pablo, se refiere a una relación, no a una posesión. Quien vive de Dios es libre: libre de todo lo que obscurece la vida, haciéndola vacía y sin sentido. Jóvenes de Francia, ustedes llevan en su corazón un inmenso deseo de libertad, palabra que resuena con fuerza en su cultura. ¿Cuál es, entonces, la fuente de la verdadera libertad? Jesús nos la indica claramente cuando nos dice que la verdad nos hará libres (cf. Jn 8,32); y que la Verdad es Él mismo (cf. Jn 14,6). He aquí, pues, la fuente de la verdadera libertad: la relación viva con Jesús.

La compañía del Señor, de hecho, da sabiduría a nuestros proyectos y belleza a los deseos que llevamos en el corazón. Dios atraviesa nuestra alma como la luz, llamándonos a una renovación permanente, a una conversión que da pleno sentido a la existencia, porque nos convierte en protagonistas de una historia que pasa de la confusión a la búsqueda de la verdad; de la indiferencia al compromiso por la justicia. San Pablo lo expresa con tres verbos que interpelan nuestra libertad: huye, tiende, lucha. El apóstol escribe a Timoteo: ante todo, «huye de estas cosas», es decir, el orgullo, la vanidad, la violencia y la avidez (cf. 1 Tm 6,4.10). Son todos sentimientos que se apoderan de nosotros y nos dominan. El egoísmo que los caracteriza esconde una soledad aterradora. Para disfrutar de la cercanía de Dios y de la fraternidad humana, es necesario, por lo tanto, rechazar esa codicia que consume las relaciones sin dar nada a cambio y que nos llena de cosas sin alimentarnos. Ese estilo de vida nos empuja a tenerlo todo, pero a no ser nadie; a recibir una gran cantidad de “me gusta”, pero quedándonos solos con nosotros mismos.

Cuando decidimos no seguir ese estilo, entonces empezamos a tender hacia «la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre» (v. 11). Sí, quien vive de Dios tiende hacia lo mejor: está en entrenamiento constante. Busca la virtud, es decir, la fuerza que lo hace bueno y verdadero. Queridos amigos, la dinámica que caracteriza la existencia cristiana tiene un nombre preciso: se llama camino de santidad. Es el camino que el Señor abre ante cada uno de nosotros, acompañándonos a lo largo del trayecto. ¡Y cuántos hijos e hijas de esta amada tierra de Francia se han dejado guiar por este camino! Pensemos, por ejemplo, en el beato Marcel Callo, un joven francés, scout y obrero que, en la oscuridad del campo de concentración, nunca dejó de tender hacia el bien, conservando su libertad interior.

A medida que avanzamos en este camino hacia la santidad, queda claro que no basta con evitar el mal: hay que elegir el bien. No se trata de un principio abstracto, ni de una afirmación obvia: elegir el bien es la acción propia de la libertad, y al llevarla a cabo, la libertad misma se realiza, se corrige y madura. Para tomar la decisión correcta, recuerden este criterio: el bien da vida, nunca la quita; el bien cuida, no toma para sí. El bien no es un concepto bonito, sino el rostro radiante del amor: ¡es Dios mismo! Las virtudes que san Pablo nos presenta como reflejos de su bondad son estas: la justicia hacia la humanidad; la piedad y la fe hacia Dios; la caridad con todos; la paciencia hacia quienes nos hacen sufrir; la mansedumbre que distingue a quienes buscan la paz con un corazón puro. Los principios de igualdad y fraternidad que inspiran a su sociedad encuentran aquí su fundamento: más que simples prescripciones legales, son decisiones radicales y valientes de un corazón libre. Hacer nuestras estas cualidades, no es sólo un compromiso moral: es la decisión de convertirnos en hombres y mujeres auténticos, libres de concesiones. A este respecto, el apóstol nos entrega un tercer verbo: luchar. De hecho, huir del mal y tender al bien implica luchar. Sí, luchar como lo hizo san Pablo, representado a menudo con una espada en las manos, signo de la Palabra de Dios, «la espada del Espíritu» (Ef 6,17). Este verbo resuena con fuerza aquí en Francia, tierra de santa Juana de Arco, una joven que supo luchar con audacia. Pero cuidado: la lucha a la que estamos llamados es la de la fe, es decir, el compromiso de vivir según el Evangelio, como discípulos de Jesús, el Hijo de Dios que nos hace a todos hermanos y hermanas. Es en su nombre donde tenemos la fuerza de los justos para resistir la tentación. En su nombre tenemos la perseverancia de los mansos, para dedicarnos al bien. Nuestra lucha no es una batalla contra los demás; no recurre a las armas de la violencia, el desprecio o la opresión. Nuestra única arma es el amor que se entrega. Sabemos, lamentablemente, que existen fuerzas contrarias a nuestro vínculo con Dios, potencias que buscan dividir a las personas y a los pueblos, enfrentándolos entre sí. Estos males no sólo tienen un rostro violento, sino que a veces asumen también una apariencia insidiosa, porque prometen precisamente lo que nos quitan: la felicidad. Pero cuando nos sentimos envueltos en su oscuridad, la luz del Espíritu Santo nos ilumina y fortalece: esta noche, por lo tanto, elijamos juntos las virtudes que debemos cultivar para seguir al Señor.

No estamos solos en este camino hacia la santidad, porque lo recorremos unidos a todos nuestros hermanos y hermanas que nos rodean. De hecho, lo experimentan esta noche y durante los grandes encuentros como las Jornadas Mundiales de la Juventud. Además, contamos con los santos como aliados: son amigos que nos sostienen en las pruebas. Queridos amigos, cuando las decisiones de la vida exijan valentía, recurran a su intercesión e imiten su ejemplo: como hemos cantado en las letanías, el aliento de los santos nos asegura que nunca estamos solos en la oración, nunca estamos solos en la Iglesia. Especialmente en este tiempo, pidamos su ayuda para ser artífices de paz: ¡el eterno deseo de Dios y el constante compromiso de la humanidad! Esta noche he mencionado a algunos de ellos. Pidámosle también a santa Teresa del Niño Jesús que nos enseñe su “caminito” del amor cotidiano, fundamento sólido de toda paz duradera.

El Señor hace realidad esta paz mediante la Alianza que establece con todos nosotros por medio de Jesucristo. Por eso, al señalar el fundamento de nuestra experiencia de fe, san Pablo habla no sólo de lo que podemos hacer al responder a Dios, sino también de lo que Dios hace por nosotros. El apóstol lo resume en un episodio: Jesús ante Pilato, la verdad del amor frente a la hipocresía del poder. La «buena batalla» coincide, pues, con el “hermoso testimonio” (cf. 1 Tm 6,12-13). Así lo demuestra el uso de un mismo adjetivo: kalos, que aquí quiere decir bien hecho. La obra bien hecha, la que es buena, es la redención que Jesús realiza por nosotros. En su lucha contra el pecado y la muerte, la victoria de Cristo nos libera a todos: nos salva de todo mal, nos invita a todo bien.

Bajo esta luz, contemplemos las dos reliquias que tenemos ante nuestros ojos: la túnica y la cruz. Una fue quitada a Cristo; la otra, le fue dada a Cristo. En este sentido, ambas son signos de su pasión: Jesús es despojado de su túnica para cubrirnos con la vestimenta blanca, lavada «en la sangre del Cordero» (Ap 7,14). Así es como la cruz, de instrumento de muerte, se convierte en signo de esperanza: juntos, por eso, la túnica y la cruz nos representan a nosotros, a nosotros la Iglesia que nace de la vida de Dios entregada al mundo. Queridos jóvenes, para crecer en santidad y mejorar nuestra sociedad, sean testigos luminosos de este Evangelio, es decir, de la buena noticia que es Cristo mismo, nuestro Salvador: «A él honor y poder eterno. Amén» (1 Tm 6,16).

Papa León XIV

Fotos: Vatican Media, 25-9-2026

Vigilia de Oración con los Jóvenes, presidida por el Papa León XIV en el estadio de Saint-Denis, Francia, 25-9-2026

Foto: Vatican Media, 25-9-2026

25 de septiembre de 2026.- (Camino Católico) En la vigilia de oración con 80.000 jóvenes, en el Stade de France de Saint-Denis, León XIV dialoga con la juventud francesa. Su ideal histórico de libertad surge auténticamente de la elección revolucionaria del bien, que «da vida, nunca la quita». Los exhorta a «luchar» contra los poderes opositores que dividen al pueblo y les arrebatan la felicidad que prometen. Luego los invita a reconocer los conflictos externos e internos, a perdonarse a sí mismos y a perdonarse por sus ansiedades e incertidumbres. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la Vigilia de oración.

Además de responder a preguntas de los jóvenes, el Santo Padre a realizado una meditación en la que ha asegurado que “para crecer en santidad y mejorar nuestra sociedad, sean testigos luminosos de este Evangelio, es decir, de la buena noticia que es Cristo mismo, nuestro Salvador: ‘A él honor y poder eterno. Amén’”.


Papa León XIV en homilía a consagrados en París, 25-9-2026: «Cuiden su vida interior con el Señor bebiendo de la fuente del amor infinito de Dios en la oración silenciosa; su misión brota de su relación íntima con Él»

* «Como decía Madeleine Delbrêl: ‘Sin oración, no amaremos a Dios con amor. Quizá seamos sus servidores o sus combatientes, o incluso sus discípulos; pero no seremos ni hijos amantes de nuestro Padre ni amigos […] de Jesucristo’ (La alegría de creer, Santander 1997, p. 213). Cuiden, pues, su vida interior con el Señor a la luz de la escuela de los numerosos santos que les han precedido» 

  

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «La alegría eucarística se afirma y se difunde allí donde se recupera la armonía, donde renace la dignidad, donde la autoridad se convierte en servicio, donde la libertad vuelve a abrirse camino. Este es el don más grande que podemos compartir. Antepongan, por tanto, la comunión con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia a sus sensibilidades personales, para cultivar la unidad del pueblo de Dios. Juntos seremos la profecía de que un mundo reconciliado es posible» 


25 de septiembre de 2026.- (Camino Católico) “Cuiden, pues, su vida interior con el Señor a la luz de la escuela de los numerosos santos que les han precedido, bebiendo siempre de la fuente del amor infinito de Dios en la oración silenciosa. Su misión brota ante todo de esa relación íntima con el Señor, que allí les espera”, ha invitado el Papa León XIV en su homilía pronunciada en la celebración de las Vísperas con los ocho mil obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados, consagradas y seminaristas, en la catedral de París, en la que ha elogiado la reconstrucción de la iglesia, cuyo techo fue destruido por un incendio en abril de 2019, como una oportunidad de encuentro «más allá de las fronteras de la pertenencia eclesial». El Pontífice invita a «desenmascarar» las «relaciones de poder injustas» y a custodiar «la justicia y la paz».



El Papa invita a no temer la «complejidad». Tampoco Dios lo hizo, recuerda, al enviar a su Hijo —como puso de manifiesto la Carta a los Gálatas, proclamada durante las Vísperas— «a un mundo ya habitado, ya en movimiento, ya marcado por las miserias y la bondad de los seres humanos».



Aquí reside, añade León XIV, la fuerza de una «Iglesia viva» capaz de «acoger la periferia», al «lejano que en realidad está cerca», al «extranjero en el que Cristo ya está llamando a la puerta». Precisamente esto es lo que desea el Pontífice: una Iglesia «viva, multiforme y cercana», capaz de «valorar con confianza la presencia misionera de los fieles laicos», auténtica «avanzadilla viviente de la Iglesia en las encrucijadas del mundo cotidiano».



“La comunidad cristiana no se constituye como un enclave en el que replegarse para defenderse de su tiempo. Se ofrece, por el contrario, como las antiguas catedrales, como espacio de acogida, de respeto, de revelación y de sentido para todos”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto completo es el siguiente:


VIAJE APOSTÓLICO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A FRANCIA

25-28 DE SEPTIEMBRE DE 2026


CELEBRACIÓN DE LAS VÍSPERAS CON LOS OBISPOS, LOS SACERDOTES, LOS DIÁCONOS,

LOS CONSAGRADOS, LAS CONSAGRADAS Y LOS SEMINARISTAS


HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV


Catedral de Notre-Dame de París

Viernes, 25 de septiembre de 2026



Queridos hermanos y hermanas:


La oración de la tarde nos reúne en este lugar que, desde hace siglos, más que ningún otro, invita a París, a elevar la mirada al cielo. Han pasado siete años desde que el mundo entero, conteniendo el aliento, vio cómo la catedral era devorada por un terrible incendio. Ya en aquel entonces levantamos la mirada, desconcertados, conscientes de la impotencia humana ante lo imprevisible. Aquel dolor no fue únicamente el de los católicos, ni siquiera el de los creyentes. En aquella hora dramática comprendimos que Notre-Dame es mucho más que un monumento. La participación de todos en su reconstrucción y, hoy, el esplendor del resultado, muestran que en este lugar late el corazón de un pueblo; que nos encontramos en el centro vital de una civilización; que aquí el pasado y el futuro se abrazan y el cielo y la tierra se encuentran.


He querido encontrarme con ustedes en este lugar emblemático de la Iglesia en Francia. Es para mí una alegría haber cruzado su umbral hace apenas unos instantes, como lo hacen cada día miles de hermanos y hermanas que llegan aquí desde todos los rincones del mundo. El simple hecho de entrar nos coloca ante una belleza que habla a nuestro corazón inquieto y lo llama a la paz. Al devolverle este espacio a toda la humanidad, se ha comprendido bien hasta qué punto cada visitante puede dejarse renovar por lo que ve, escucha y experimenta. Las instituciones —públicas, eclesiales y privadas— implicadas en la restauración de Notre-Dame han contribuido así, cada una con su aportación específica, a reactivar los caminos culturales, existenciales y espirituales que la catedral ofrece. En este contexto, la Iglesia ha entendido su misión no únicamente en términos de conservación, sino también de creatividad, haciendo vivir la tradición con la audacia de quienes tienen fe y miran hacia la Esperanza. Quiero agradecer por ello al señor arzobispo, Mons. Laurent Ulrich, a sus colaboradores y a la comunidad diocesana de París, que han concebido igualmente un itinerario pastoral de primer anuncio y de iniciación cristiana accesible a todos. El baptisterio, situado a la entrada como una bendición y una invitación, es signo de ello.


La reconstrucción de la catedral ha sido ocasión de un encuentro que ha ensanchado los espacios de acogida y participación más allá de las fronteras de la pertenencia eclesial. Queridos obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados y seminaristas de Francia: ¡déjense inspirar por lo que ha sucedido aquí! Den prioridad a la Evangelii gaudium, es decir, a esa conversión misionera de la que el Papa Francisco nos dio testimonio desde su primera Exhortación apostólica.


En la Carta a los Gálatas hemos escuchado la razón por la que no debemos tener miedo: «Dios envió a su Hijo» (Ga 4,4). ¡Lo envió entre nosotros, a nuestro mundo! En el texto paulino, el verbo describe un acontecimiento real, histórico, y no unas circunstancias ideales. Los cristianos no huyen de la complejidad, porque Dios mismo los ha llamado a seguir a su Hijo en un mundo ya habitado, ya en movimiento, ya marcado por las miserias y la bondad de los seres humanos. El camino de la cruz revela, ciertamente, las tinieblas que atraviesan el mundo, pero, de manera aún más radical, el amor de Dios que triunfa sobre la muerte.

La planta en forma de cruz de la catedral, donde se funden piedra y luz, evoca el encuentro entre la tierra y el cielo. Reúne y ordena los acontecimientos de la historia, tejida de alegrías y sufrimientos humanos. Los mantiene unidos en una dinámica simbólica que construye un lenguaje vivo a partir de expresiones diversas, integrándolas en una unidad.


Queridos amigos, de la Encarnación —«Dios envió a su Hijo»— brota la identidad de la Iglesia, llamada a estar siempre “en salida”. Como discípulos de Cristo, saben bien que la comunidad cristiana no constituye un refugio en el que replegarse para protegerse de su época. Al contrario, se ofrece, como las antiguas catedrales, como un espacio de acogida, respeto, revelación y sentido para todos. Ahí reside la fuerza de una Iglesia viva: acoger la periferia que ya se encuentra en su corazón, acoger a quien está lejos, pero en realidad ya está cerca, acoger al extranjero en quien Cristo llama ya a la puerta.


Si Notre-Dame es signo de este encuentro en el corazón de París, con mayor razón las demás ciudades y regiones de Francia, incluso las más periféricas y rurales, podrán ser transfiguradas por una presencia misionera, sencilla y benévola, que contribuya asimismo a armonizar las diferencias culturales y a sanar las heridas presentes en nuestras sociedades. Desde las costas del Norte hasta el Mediterráneo, desde las regiones del interior hasta los Departamentos de Ultramar, sean una Iglesia viva, multiforme y cercana. La pobreza de medios no impide la misión, porque es la gracia de Dios la que hace posibles la libertad interior y la sobriedad de vida, de modo que pueda reflejarse un estilo evangélico. En todo ello, valoren con confianza la presencia misionera de los fieles laicos, que son la avanzada viva de la Iglesia en las encrucijadas de la vida cotidiana.


Hermanos y hermanas: tampoco debemos olvidar que la finalidad para la que fue erigido este templo, como todas las demás iglesias, es la oración y la alabanza a Dios. Es el lugar donde la comunidad cristiana celebra la forma más alta de oración y de alabanza, renovando en la Eucaristía el sacrificio redentor de Cristo. La catedral no es una envoltura de piedra destinada a ser admirada: vive del misterio sagrado que en ella se celebra. Privada de la acción litúrgica, perdería su alma. Aquí, en Notre-Dame, esta verdad queda de manifiesto en la disposición del altar en el centro del espacio. De este modo, la comunidad que alaba al Señor se encuentra en el corazón del edificio y los visitantes,


incluso durante las celebraciones, caminan a su alrededor y la contemplan. La Iglesia aparece de este modo tal como es: un organismo vivo, una comunidad creyente, que reúne en la alabanza cuanto la cultura y la Tradición le transmiten. Es un cuerpo que, al celebrar, manifiesta a todos la razón de su existencia.


Hoy más que nunca vivimos en una época que parece privada de plenitud, profundidad y promesas. La noble sencillez del canto, de la palabra y del gesto litúrgico puede representar para muchos un destello de esperanza, un oasis de paz en una sociedad híper-conectada y ruidosa, donde es posible experimentar la presencia del Autor del amor más grande: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo» (Ga 4,4). La celebración del año litúrgico, del domingo y de las fiestas nos hace también contemporáneos de Cristo, atentos a los distintos momentos de su vida, entregada enteramente al Padre por el mundo. De este modo nos hacemos más sensibles y abiertos a los signos de los tiempos. En efecto, la escucha comunitaria de las Escrituras y la oración nos permiten contemplar los acontecimientos históricos a la luz de Dios, volviéndonos más conscientes de nuestras responsabilidades, capaces de desenmascarar relaciones injustas de poder y de preservar las semillas de justicia y de paz. Es, pues, la esperanza la que nos anima, no la resignación. De ahí nacen vínculos de mayor fraternidad y redes de solidaridad, fruto de la comunión en el único Sacrificio de Cristo.


A ustedes, que celebran diariamente la Eucaristía, les pido que velen para que las celebraciones litúrgicas se vivan siempre con dignidad y decoro, también allí donde se reúnen comunidades más pequeñas. Sean herederos conscientes de los Padres y de los Santos de la Iglesia que, a lo largo de los siglos, nos han transmitido el significado profundo y la belleza de la liturgia, dando siempre testimonio de una gran humildad ante el Misterio celebrado. El Concilio Vaticano II, cuya riqueza debe mucho a Francia, recogió y profundizó de manera eminente esta herencia, reconociendo su lugar central en la vida eclesial (cf. Sacrosanctum Concilium, 10). Les exhorto, por tanto, a todos ustedes, obispos, sacerdotes, diáconos y consagrados, a cultivar un amor auténtico por la liturgia y a ser testigos y servidores de la vocación profética, sacerdotal y real de todo el pueblo de Dios.


En esto, la liturgia sigue siendo reflejo de la vida. La alegría eucarística se afirma y se difunde allí donde se recupera la armonía, donde renace la dignidad, donde la autoridad se convierte en servicio, donde la libertad vuelve a abrirse camino. Este es el don más grande que podemos compartir. Antepongan, por tanto, la comunión con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia a sus sensibilidades personales, para cultivar la unidad del pueblo de Dios. Juntos seremos la profecía de que un mundo reconciliado es posible.


Queridos obispos, sacerdotes, seminaristas y consagrados: a ustedes que han sido llamados a seguir a Cristo, les agradezco su respuesta y su fidelidad al Señor. No descuiden jamás esa amistad, querida por el Señor, que ha de cultivarse en la oración personal, fundamento esencial de toda vocación. Como decía Madeleine Delbrêl: «Sin oración, no amaremos a Dios con amor. Quizá seamos sus servidores o sus combatientes, o incluso sus discípulos; pero no seremos ni hijos amantes de nuestro Padre ni amigos […] de Jesucristo» (La alegría de creer, Santander 1997, p. 213). Cuiden, pues, su vida interior con el Señor a la luz de la escuela de los numerosos santos que les han precedido, bebiendo siempre de la fuente del amor infinito de Dios en la oración silenciosa. Su misión brota ante todo de esa relación íntima con el Señor, que allí les espera.


En el corazón de la ciudad, la catedral abierta es signo de una comunidad que alaba al Señor y vive la hospitalidad como forma misma de su existencia, para que todos puedan sentirse en casa, sin quedar dominados ni marginados en un mundo que muta. «Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, […] para que recibiéramos la adopción filial» (Ga 4,4-5). Y «si eres hijo, eres también heredero» (Ga 4,7). Herederos por gracia, hermanos y hermanas aquí reunidos, le corresponde ahora a cada uno de ustedes, a esta asamblea orante y viva, hacerse carne y voz de esta promesa. Pastores y consagrados de Francia, están llamados a ser los primeros custodios de esta casa abierta, piedras vivas de una Iglesia que espera y no teme el futuro. Esta catedral ha renacido para que ustedes puedan renacer con ella en un nuevo impulso de santidad y de misión cotidiana. En medio de su pueblo, sean expresión transparente de la maternidad divina de la Iglesia que, dando testimonio del amor de Dios, reconstruye y sana la familia humana.


Levantemos la mirada hacia la imagen del siglo XIV de la Virgen con el Niño, que el incendio no alcanzó y que resplandece de nuevo ante nosotros. Que María, que llevó al Verbo en su seno, custodie su fidelidad y sea la estrella que guíe la misión de la Iglesia en Francia. Santa María, Notre[1]Dame de Paris y Madre de la Iglesia, ruega por el pueblo francés, sostén a sus pastores y camina siempre a nuestro lado.


PAPA LEÓN XIV

Fotos: Vatican Media, 25-9-2026

Celebración de las Vísperas con los Obispos y Consagrados, presididas por el Papa León XIV en la Catedral de Notre-Dame de París, 25-9-2026


Fotos: Vatican Media, 25-9-2026


25 de septiembre de 2026.- (Camino Católico) El Papa León XIV ha celebrado el 25 de septiembre de 2026 las vísperas con los obispos, sacerdotes, diáconos, personas consagradas y seminaristas en la Catedral de Notre-Dame de París, en cuyo interior había ocho mil personas, además de todas la que estaban en el exterior.  En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la celebración.



En su homilía el Papa elogia la reconstrucción de la iglesia, cuyo techo fue destruido por un incendio en abril de 2019, como una oportunidad de encuentro «más allá de las fronteras de la pertenencia eclesial». El Pontífice invita a «desenmascarar» las «relaciones de poder injustas» y a custodiar «la justicia y la paz». Y subraya: “Cuiden, pues, su vida interior con el Señor a la luz de la escuela de los numerosos santos que les han precedido, bebiendo siempre de la fuente del amor infinito de Dios en la oración silenciosa. Su misión brota ante todo de esa relación íntima con el Señor, que allí les espera”.


Al llegar, el Papa cruza el umbral de la catedral, besa el crucifijo y bendice a los fieles con ramas de olivo. Pasa por la capilla de San Jorge y después venera de rodillas la Santa Corona de espinas, que ciñó la cabeza de Cristo durante su pasión. La historia cuenta que fue adquirida en 1238 por el rey de Francia Luis IX, futuro san Luis. Después se recoge en oración ante un relicario de la Santa Corona, que el Pontífice tiene el privilegio de besar, en la imagen bajo estas líneas. Posteriormente se detiene en la capilla ecuménica, mientras el órgano de Notre-Dame, obra del siglo XIX de Aristide Cavaillé-Coll, muestra toda su potencia sonora.


Papa León XIV en la UNESCO en París, 25-9-2026: «El alma humana, en su relación con Dios, percibe la llamada a cultivar la paz en una alianza entre pueblos que se reconocen como hijos del mismo Padre y como hermanos»

* «La corrupción de la cultura que estamos considerando encuentra su redención en la plaza pública de Pentecostés. Allí, todos los pueblos reciben como buena noticia un mensaje de paz. Ese anuncio proclama la resurrección de Jesús, es decir, la victoria de la vida sobre la muerte y la salvación que da esperanza al mundo. El día de Pentecostés, la plaza pública se convierte en un lugar donde se celebra la paz que sana toda ofensa contra la persona humana. Cada uno de los presentes escuchaba el mensaje en su propia «lengua nativa» (cf. Hch 2,8). La comunión no suprime en absoluto la diversidad. Más bien, permite que la diversidad florezca en la armonía de las voces y los rostros. En el anuncio de la paz, la riqueza de las culturas se convierte en portadora de una verdad universal. La enseñanza bíblica nos muestra así el camino para alcanzar lo que todos buscamos: «esa unidad que no anula las diferencias, sino que valora la historia personal de cada uno y la cultura social y religiosa de cada pueblo» (Homilía en la Misa del Inicio del Ministerio Petrino, 18 mayo 2025). No es la dominación de Babel, sino la paz de Pentecostés, la que hace posible esta comunión entre todos los pueblos. Cada cultura, por tanto, alcanza su más alta sabiduría cuando busca la paz y el bien de todos, dando testimonio del auténtico significado de nuestra humanidad»

    

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News con todo el discurso del Papa 

* «Las tradiciones religiosas desempeñan un papel culturalmente necesario e insustituible, y las religiones expresan nuestras inquietudes ante el origen de la vida y su fin, al darle sentido al propósito primero y último de la existencia, lo cual se refleja en las decisiones cotidianas. En verdad, cuando los hombres y las mujeres de buena voluntad orientan sus acciones hacia Dios, el pluralismo de las culturas no se dispersa en el caos de Babel. La humanidad, por el contrario, se reencuentra en una búsqueda común de sentido y hacia un destino que no es la muerte. No caminamos hacia la nada» 


25 de septiembre de 2026.- (Camino Católico)  “El alma humana, en su relación con Dios, percibe aún mejor la llamada a cultivar la paz mediante una alianza entre pueblos que se reconocen como hijos del mismo Padre y como hermanos y hermanas”, ha dicho el Papa León XIV al presentarse como «testigo de la paz» en la sede de la Unesco en París, templo laico en el que «los idiomas y las culturas se encuentran» para contribuir a la paz a través de la educación, las ciencias y la cultura.

La primera visita de un Pontífice en el nuevo milenio tras la última y única de Juan Pablo II, el 2 de junio de 1980. Cuarenta y seis años y un mundo sacudido por desequilibrios, la pobreza, formas de despotismo o de barbarie que «fomentan rivalidades y conflictos», una «deshumanización» de la persona y la humanización dejada, en cambio, a la «inteligencia» de las máquinas y los ordenadores. Por ello, el Papa, en un discurso monumental —el único en inglés del viaje—, relanza el proyecto de «construir juntos un mundo justo», como «un espacio acogedor para todos y fecundo para cada uno, para que cada pueblo pueda crecer en paz».



Entre los que escuchan el mensaje del Papa se encuentran representantes de los Estados miembros y de las organizaciones internacionales, del mundo académico y de la sociedad civil, que esperan la llegada del Papa con una serie de vídeos que recuerdan, entre otras cosas, la visita de Wojtyla. Afuera, grupos de jóvenes con pancartas y banderas que gritan educadamente al paso del Pontífice. En el escenario se encuentra el director general Khaled El-Enany, con quien se celebra una reunión bilateral en la Biblioteca. A la salida, en la Plaza de la Tolerancia —con la Torre Eiffel recortándose contra el horizonte—, el Papa riega un olivo. Saludos, foto oficial, la firma del Libro de Honor («Espero que, con la ayuda de Dios, la Unesco siga promoviendo de manera tan valiosa la cooperación internacional en los ámbitos de la educación, la ciencia y la cultura», reza la dedicatoria); luego, León hace su entrada en la Sala I, tras atravesar la Salle des pas perdus, donde se han expuesto con motivo de la ocasión obras de arte de los grupos regionales de la UNESCO. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha todo el discurso del Santo Padre, cuyo texto completo es el siguiente:


VIAJE APOSTÓLICO DEL SANTO PADRE XIV A FRANCIA 

25-28 DE SEPTIEMBRE DE 2026

VISITA A LA ORGANIZACIÓN DE LAS NACIONES UNIDAS PARA LA EDUCACIÓN, LA CIENCIA Y LA CULTURA (UNESCO)

DISCURSO DEL PAPA LEÓN XIV

Sede de la UNESCO (París)

Viernes, 25 de septiembre de 2026

Señor Director General,

Señor Presidente de la Conferencia General,

Señor Presidente del Consejo Ejecutivo,

Excelencias,

Señoras y Señores:

Me da mucha alegría encontrarme hoy aquí, en esta Asamblea de las Naciones Unidas, donde las lenguas y las culturas se unen para colaborar en un proyecto que concierne a toda la familia humana: «Contribuir a la paz y a la seguridad estrechando, mediante la educación, la ciencia y la cultura, la colaboración entre las naciones, a fin de asegurar el respeto universal a la justicia, a la ley, a los derechos humanos y a las libertades fundamentales» (Constitución de la UNESCO, art. 1, párr. 1). Construir juntos un mundo justo es, en efecto, el fundamento mismo de la cooperación internacional. Nuestras experiencias, aptitudes y competencias tienen como objetivo crear un espacio acogedor para todos y fecundo para cada uno, para que todos los pueblos puedan crecer en paz.

Como testigo de la paz, dirijo mi cordial saludo a ustedes, representantes de los Estados miembros y Observadores de las organizaciones internacionales, del mundo académico y de la sociedad civil. Agradezco al señor Khaled El-Enany, Director General de esta Organización, por su cálida invitación [y por las palabras que nos ha dirigido]. En mi calidad de pastor, les transmito la palabra de la Iglesia, que se hace incesante “mensaje y coloquio” dirigido a todos los pueblos, mujeres y hombres de buena voluntad (cf. S. Pablo VI, Carta enc. Ecclesiam suam, 34).

El proyecto de construir juntos un mundo justo coincide con una misión que hemos aprendido a compartir a lo largo de la historia. En este sentido, la UNESCO representa tanto un objetivo como una herramienta para continuar hoy esta tarea, con un compromiso aún mayor, de acuerdo con nuestros múltiples ámbitos de actividad. En 2027 celebraremos el 75 aniversario de la presencia de la Santa Sede en la UNESCO: una presencia que surge de la convicción de que el futuro depende, ante todo, del respeto y la promoción de la dignidad inalienable de cada ser humano creado a imagen de Dios. Por ello consideramos a esta Organización como un interlocutor privilegiado al servicio del bien común, que es la «forma social de la dignidad» que todos compartimos de manera original e igualitaria (cf. Carta enc. Magnifica humanitas, 59). Desde 1952, la Misión Permanente de Observación de la Santa Sede discierne y acompaña, desde esta perspectiva, las iniciativas de la UNESCO, aportando su contribución al diálogo entre las naciones, con el fin de promover un auténtico desarrollo humano, que sólo es tal cuando está orientado a «promover a todos los hombres y a todo el hombre» (S. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 14).

Dirigiéndose a esta asamblea, mi venerado predecesor, san Juan Pablo II, recordaba que «genus humanum arte et ratione vivit». Puesto que, de hecho, «el hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura» (Discurso a la UNESCO, 2 junio 1980, 6; cf. Sto. Tomas de Aquino, en Aristotelis Posteriora Analytica, 1), esta palabra se refiere a la forma de ser mediante la cual el ser humano le da sentido a todo lo que hace. Cuarenta y seis años después, al renovar ante ustedes el compromiso de colaboración de la Santa Sede, los invito a considerar la UNESCO no sólo como una ilustre organización internacional, sino también como un lugar donde la humanidad reflexiona sobre sí misma, sobre su historia y sobre su futuro. En efecto, es imposible promover la educación, las ciencias y la cultura sin promover la vida del hombre y de la mujer, quienes son sus protagonistas.

En el ámbito de la educación, la Iglesia católica aporta una experiencia muy antigua: desde hace siglos, sus comunidades abren escuelas y universidades, enseñan a leer y a escribir, y están presentes incluso en los lugares más pobres y remotos. Con el Pacto educativo global, mi predecesor Francisco quiso integrar esta experiencia en una alianza educativa más amplia, abierta a la contribución de todos. Pero lo que deseo transmitirles no son, ante todo, las obras: es la convicción de la que surgen estas. Ninguna educación está completa si no aborda la cuestión del sentido. En ese mismo discurso, san Juan Pablo II lo recordaba: educar es ayudar al hombre a “ser” más y no sólo a “tener” más, reconociendo en él también esa trascendencia de la persona que pertenece a la plenitud de su humanidad (cf. íbid., 10-11).

En esta asamblea, entonces, conviene explorar una pregunta fundamental que nos interpela con urgencia: ¿Qué significa ser humano? Todas las culturas se ven interpeladas por este interrogante, que se encuentra en el núcleo de toda forma de conocimiento, de todo arte y de toda religión. Incluso en el siglo XXI, no podemos dar por sentado que sabemos quién es la persona humana o qué significa vivir como ser humano. Efectivamente, cada generación está llamada a enfrentarse a esta pregunta, especialmente ante las tragedias que, lamentablemente, se repiten incluso hoy en día.

Ante todo, la persona humana es alguien que es concebido y nacido; por lo tanto, ser humano significa, en primer lugar, ser un hijo. Ninguno de nosotros eligió serlo. Nadie decidió de quién, cuándo o dónde nacer. Esta verdad evidente arroja luz sobre algo que no es meramente biológico, sino ético: como hijos, todos somos hermanos y hermanas. Desde el principio, nuestra humanidad es un don y una prueba, una promesa y una responsabilidad. Para cada ser humano, el nacimiento establece un vínculo primordial, una comunión de vida que tiene su origen, y su primer entorno educativo, en la familia.

En segundo lugar, todos nacemos desnudos y necesitados. Somos pobres por nacimiento: necesitados de pan y de palabras, de cuidados y de afecto; es decir, de todo aquello que nutre el cuerpo y el espíritu. Lo sabemos bien; y, sin embargo, al volvernos adultos, corremos el riesgo de olvidarlo. Precisamente quienes están necesitados son los que sufren las consecuencias más graves de este olvido, cada vez que su humanidad es traicionada o descartada, explotada o engañada. Olvidar las circunstancias de nuestro nacimiento oscurece la idea misma de la vida humana, porque separa la vida de la historia que todos compartimos. Entonces, esta vida ya no se entiende como un don, sino como un producto. Deja de verse como una llamada al cuidado y a la responsabilidad y se convierte en un producto susceptible de explotación. De hecho, esta trágica alternativa nos recuerda que ser humano es ser libre por naturaleza. Dado que todos somos hijos, nuestra libertad comienza con nuestra respuesta a la libertad de quien se dirige a nosotros primero, ya sea con gestos de afecto o de rechazo, de acogida amorosa o de abandono y crueldad.

En tercer lugar, mantener viva la memoria de nuestra humanidad común es reconocer su grandeza —es decir, su inmenso potencial—, aunque se vea menoscabada por tantas formas de maldad e injusticia. Quienes se dedican a la educación, la ciencia y la cultura están llamados, con mayor razón, a cuidar de cada persona, para que resplandezca la belleza de nuestra libertad. Esta belleza tiene un nombre: justicia. Sí, la libertad es hermosa cuando se orienta hacia el bien y la verdad; se desfigura cuando degenera en arbitrariedad, violencia o sed de poder. Ser humano implica, entonces, una responsabilidad ante la historia. El ser humano es aquel que crece, aprende y trabaja con las manos y con la mente. Mediante ese trabajo, se puede cultivar la tierra o desfigurarla, crear obras de arte o destruirlas. En este momento concreto, debemos reconocer que la más terrible de las “obras humanas” es la guerra; porque en ella la propia ciencia queda puesta al servicio de una voluntad inhumana de destruir y matar.

A este respecto, el Preámbulo de la Constitución de la UNESCO comienza con unas palabras que siguen teniendo una sorprendente relevancia en la actualidad: «Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz» (Constitución de la UNESCO, Preámbulo, 1945). Estas palabras se escribieron tras la Segunda Guerra Mundial, la tragedia más devastadora del siglo pasado. La humanidad había llegado a comprender que el progreso científico, cuando se separa de la sabiduría, puede convertirse en un arma de destrucción; que la cultura, cuando se somete a la ideología, puede degenerar en falsedad y propaganda; y que la educación, cuando abandona la verdad, puede convertirse en un instrumento para manipular las conciencias. Los Estados fundadores de la UNESCO entendieron que los tratados son necesarios, pero no suficientes por sí mismos. Requieren una cultura de paz y un compromiso compartido con la paz, que los sustenten. La paz no puede construirse sólo con tratados, ni con compromisos entre fuerzas opuestas. La paz es auténtica cuando brota de la virtud de la justicia y no de un simple contrato, de una voluntad recta más que de un equilibrio inestable de intereses. A decir verdad, sólo una voluntad recta puede reconocer en el otro a un hermano o una hermana, a una persona semejante a uno mismo.

Ochenta años después, las palabras de su Carta constitutiva no han perdido nada de su fuerza. Sin embargo, también vemos cuán profundamente se ve amenazado este principio común por formas de barbarie que alimentan la rivalidad y el conflicto. Entre los desafíos que enfrenta hoy el mundo de la ciencia y de la educación, quisiera poner de relieve aquellos que surgen del vasto campo de la tecnología. Nuestros esfuerzos en este ámbito deben garantizar que las nuevas tecnologías sigan estando al servicio de la persona humana, en lugar de convertirse en un instrumento más de dominación e injusticia.

A lo largo de los siglos, muchas tareas que antes realizaban los seres humanos han sido confiadas a las máquinas, cuyas capacidades y aplicaciones no han dejado de ampliarse. Más recientemente, a ciertos sistemas artificiales se les ha otorgado incluso el nombre de nuestra facultad humana del pensamiento: la inteligencia. Al mismo tiempo, sin embargo, nuestras ideas y relaciones corren el riesgo de empobrecerse debido a un proceso de deshumanización. La paradoja resulta cada vez más evidente: mientras se atribuye “inteligencia” a los sistemas computacionales, nos cuesta reconocer la dignidad inalienable de las personas, cuyas vidas se juzgan según el criterio de la eficiencia y, cuando se considera que ya no son productivas, son rechazadas y descartadas.

Esta dolorosa realidad nos invita a reflexionar tanto sobre la fragilidad de nuestra naturaleza humana como sobre la inmensa dignidad de cada persona —una dignidad que permanece intacta en las circunstancias de mayor vulnerabilidad, incluso hasta la muerte—. Sí, el ser humano es, sin duda, aquel que nace, pero también aquel que muere. Nuestra dignidad no se ve destruida por la enfermedad ni por el sufrimiento, ni depende de nuestras capacidades. Al contrario, exige un cuidado amoroso en cada etapa de la vida.

Para la fe cristiana, el misterio de la persona humana encuentra su máxima plenitud en Cristo, quien, «en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22). A la luz de Él, cada persona se nos presenta como una criatura querida y amada por Dios. Esta luz también nos ayuda a comprender más profundamente el significado de nuestra experiencia humana compartida.

Señoras y señores, como hombres y mujeres de ciencia, están llamados a cooperar incansablemente en nombre de nuestra historia común, para que, desde una diversidad de perspectivas, surja una convergencia de visiones y, de esa convergencia, una armonía en la acción. Esta armonía se expresa en la labor de la UNESCO cuando da una voz sinfónica a las más altas aspiraciones orientadas al bien y al cuidado de la humanidad. Donde hay armonía, las diferentes voces llegan a un acuerdo, y las naciones que ustedes representan se unen así en la concordia.

A este respecto, me gustaría recurrir a dos imágenes de la Biblia, ese gran tesoro cultural de la humanidad: la Torre de Babel y la plaza pública de Pentecostés. Las propongo como formas de representar la unidad de la familia humana, la cual, incluso hoy, está continuamente llamada a discernir su rumbo adecuado, es decir, el sentido de la historia que está viviendo. En efecto, estos relatos bíblicos describen formas de vida social que nos invitan a reflexionar sobre las circunstancias de nuestro propio tiempo.

La Torre de Babel representa una unidad impuesta mediante la dominación (cf. Gn 11,4). Al mismo tiempo, este edificio revela que, cuanto más busca el poder la opresión, más se debilita a sí mismo, dejando al descubierto su rostro inhumano. Lo vemos en el sufrimiento y la injusticia causados por el despotismo, así como en formas de explotación que hieren tanto a la sociedad como al medio ambiente. Como enseña la historia, muchos imperios se han dejado llevar por su poder antes de ser consumidos por él y derrumbarse como una torre. El resultado de esta soberbia, primero exaltada y después abatida, es la dispersión. La pretensión de hacerse como Dios y someter a los pueblos a un único yugo conduce a la confusión de lenguas y a la falta de comprensión mutua. En vez de alcanzar el cielo, como pretendía, la Torre de Babel se derrumbó, con una doble consecuencia negativa. Puesto que la unidad que imponía era forzada, también la diversidad que sigue a su derrumbe se convirtió en fuente de conflicto. Hoy, la tentación de Babel reaparece en una globalización perseguida sin fraternidad, en formas rapaces de neocolonialismo, en imposiciones ideológicas y en todos esos “contactos sin vínculos” que reducen la vida humana al comercio (cf. Comisión Teológica Internacional, Quo vadis, humanitas?, 42). La ciencia misma, cuando se reduce a una técnica de poder, ya no sirve para elevar a la persona humana, sino que, por el contrario, corre el riesgo de degradar los frutos de su esfuerzo.

De manera especial hoy, contamos con medios capaces de conectar a las personas y a los continentes de manera instantánea; sin embargo, al mismo tiempo, somos testigos de nuevas formas de aislamiento, de pobreza material y espiritual y de abandono. La comunicación se ha vuelto mucho más rápida, pero no necesariamente más veraz; la información es abundante, pero no es sinónimo de sabiduría. Sin un fundamento ético compartido, los numerosos canales de comunicación corren el riesgo de multiplicar la información falsa y dar vigencia a palabras desprovistas de significado, lo que obstaculiza el diálogo en lugar de fomentarlo.

La inteligencia artificial amplifica este problema: aunque estos sistemas pueden correlacionar datos, no pueden responder a las preguntas sobre el sentido de la vida humana, que tiene sus raíces en la experiencia vivida. No obstante, los seres humanos no pueden vivir sin sentido. El sentido es el oxígeno de la mente. Por esta razón, los desafíos de la comunicación, que son también siempre desafíos de la educación, convierten la búsqueda de la verdad en una cuestión de justicia social y equidad histórica. De ahí que la educación en este ámbito sea esencial, y aplaudo la iniciativa de la UNESCO a través de su programa de “Alfabetización Mediática e Informacional” (AMI), que promueve el uso responsable de los medios y las herramientas digitales.

Ciertamente, sin la verdad, el lenguaje queda sometido a la lógica de la violencia y a la voluntad arbitraria de los poderosos. Así, se excluye a otros en nombre de la ganancia, y se mata a inocentes en nombre de la libertad. En lugar de respetar la ley, quienes están en el poder la invocan cuando les conviene y la ignoran cuando les limita, tratando incluso a la justicia misma como si fuera una mercancía que se puede comprar y vender. Si comprendemos que la corrupción de la ley comienza con la corrupción del corazón, podemos reconocer cómo toda ciencia corre el riesgo de perder su sentido propio cuando se practica al margen de la ética, dejando así de servir y de reflejar la dignidad humana. Con respecto a esto, animo a toda la comunidad internacional a prestar especial atención a la protección de los niños y los jóvenes. En la era digital, su vulnerabilidad nunca debe convertirse en una oportunidad para la explotación. Que estas tecnologías apoyen su crecimiento, su educación y sus relaciones, salvaguardando su libertad de pensar y discernir, y permaneciendo siempre al servicio de la dignidad de la persona humana.

La corrupción de la cultura que estamos considerando encuentra su redención en la plaza pública de Pentecostés. Allí, todos los pueblos reciben como buena noticia un mensaje de paz. Ese anuncio proclama la resurrección de Jesús, es decir, la victoria de la vida sobre la muerte y la salvación que da esperanza al mundo. El día de Pentecostés, la plaza pública se convierte en un lugar donde se celebra la paz que sana toda ofensa contra la persona humana. Cada uno de los presentes escuchaba el mensaje en su propia «lengua nativa» (cf. Hch 2,8). La comunión no suprime en absoluto la diversidad. Más bien, permite que la diversidad florezca en la armonía de las voces y los rostros. En el anuncio de la paz, la riqueza de las culturas se convierte en portadora de una verdad universal. La enseñanza bíblica nos muestra así el camino para alcanzar lo que todos buscamos: «esa unidad que no anula las diferencias, sino que valora la historia personal de cada uno y la cultura social y religiosa de cada pueblo» (Homilía en la Misa del Inicio del Ministerio Petrino, 18 mayo 2025). No es la dominación de Babel, sino la paz de Pentecostés, la que hace posible esta comunión entre todos los pueblos. Cada cultura, por tanto, alcanza su más alta sabiduría cuando busca la paz y el bien de todos, dando testimonio del auténtico significado de nuestra humanidad.

Quienes se dedican a la educación saben que sólo la verdad nos hace libres. Quienes enseñan y quienes investigan saben que el error nos esclaviza a la ignorancia y a la superstición. Cada vez que nos encontremos con obstáculos en nuestra misión, recordemos que hay una sola Tierra para todos y una naturaleza humana común. No se puede comprender al ser humano separando lo que forma parte de un todo: el cuerpo y el alma, la vida personal y las relaciones, nuestra relación con los demás y con el medio ambiente. Todo forma parte de la unidad de nuestra existencia. Por esta razón, cultivar la tierra también significa cultivar la humanidad que la habita. La educación y la ciencia están llamadas a esta tarea. En realidad, no es casualidad que toda cultura, según la propia etimología de la palabra, se refiera al acto de cultivar. Renuevo, por tanto, la llamada de mis predecesores a cuidar juntos de la persona humana y de la creación: el Papa Benedicto XVI habló de la necesidad de una ecología de la persona humana, mientras que el Papa Francisco desarrolló la perspectiva de la ecología integral (cf. Benedicto XVI, Discurso al Parlamento Federal Alemán, 22 septiembre 2011; Francisco, Carta enc. Laudato si’, 137–162)

El punto de referencia con el que podemos evaluar nuestro compromiso es el cuidado que prestamos a los más pequeños y a los pobres: los niños en el vientre de sus madres y en los distintos escenarios de guerra; las personas con discapacidades físicas e intelectuales; los adultos mayores; los migrantes y los refugiados; y todos aquellos a quienes la arrogancia excluye por considerarlos improductivos. Ellos son la verdadera prueba de nuestras afirmaciones sobre el respeto a la dignidad humana, y su protección y promoción se extienden también a la creación. En oposición a esto se encuentra una voluntad de explotar y saquear, de extraer lo máximo posible de cada ser vivo, de consumir sin preservar y destruir sin cultivar. Por eso, la actual crisis ecológica es también una crisis antropológica. La Iglesia está convencida, además, de que cada cultura lleva en sí misma una sabiduría que madura en un ecosistema de pueblos. El hábitat de la persona humana es la sociedad: no un entorno meramente físico como el desierto o el océano para los animales, sino uno moral y relacional. Donde prevalece la paz social, los pueblos prosperan en justicia.

Es ahí, pues, donde la UNESCO encuentra la síntesis de sus altas misiones educativas y científicas: en la paciente tarea de construir la paz. Ante las numerosas y complejas urgencias de nuestra época, el mundo mira a las instituciones internacionales con sentimientos encontrados. Por un lado, están llamadas a afrontar desafíos que ningún Estado puede resolver por sí solo. Por otro lado, estas mismas instituciones atraviesan una crisis de eficacia, sobre todo cuando el diálogo se considera un obstáculo para la acción en lugar de un recurso para la paz; como una forma de hipocresía, en vez de una oportunidad para buscar juntos el bien común. Ante estas desviaciones, es necesario promover una virtud tan escasa como deseada: la confianza; confianza en que las diferencias no constituyen necesariamente una amenaza; confianza en que el diálogo sincero puede generar un bien mayor que aquel que cada uno podría obtener por sí solo. La Santa Sede desea infundir esta confianza en la UNESCO, al igual que en las demás organizaciones internacionales, consciente de que cada pueblo posee una riqueza que compartir en la búsqueda del progreso auténtico que solo la paz puede garantizar. No se trata de proponer un optimismo ingenuo, que ignore las dificultades, sino de perseverar en la esperanza de que el bien siempre es posible. Cada niño que nace trae consigo esperanza. Cada hombre y cada mujer que dedica su vida a la búsqueda de la verdad realiza un acto de esperanza. Que la UNESCO dé, pues, testimonio de esta esperanza al promover el entendimiento entre las naciones, a través del diálogo entre sus respectivas culturas. Creemos, en efecto, que la educación es el instrumento que permite superar los temores recíprocos y que la ciencia puede ponerse al servicio de la vida de cada ser humano, sembrando hoy las semillas de una buena cosecha para el futuro. Esta confianza alimenta nuestra esperanza en la caridad, es decir, en el servicio al bien del prójimo: si todos nos dedicamos con coherencia a nuestra magnífica humanidad, la paz podrá finalmente florecer.

Mientras colaboramos en esta labor, las tradiciones religiosas desempeñan un papel culturalmente necesario e insustituible, y las religiones expresan nuestras inquietudes ante el origen de la vida y su fin, al darle sentido al propósito primero y último de la existencia, lo cual se refleja en las decisiones cotidianas. En verdad, cuando los hombres y las mujeres de buena voluntad orientan sus acciones hacia Dios, el pluralismo de las culturas no se dispersa en el caos de Babel. La humanidad, por el contrario, se reencuentra en una búsqueda común de sentido y hacia un destino que no es la muerte. No caminamos hacia la nada. Por eso, el alma humana, en su relación con Dios, percibe aún mejor la llamada a cultivar la paz mediante una alianza entre pueblos que se reconocen como hijos del mismo Padre y como hermanos y hermanas.

Deseo, por tanto, que nuestro encuentro fortalezca el compromiso de cada uno para trabajar sin descanso para que la conciencia de pertenecer a una sola familia humana se haga más viva, más activa y más justa. Al respecto, quiero expresar mi más sincero agradecimiento a todo el personal de la UNESCO, que cumple con competencia y dedicación esta misión tan noble: edificar la paz mediante el cultivo de todas las ciencias y todas las artes del ser humano.

Dirijo estas palabras a todos ustedes, a los pueblos que representan y, muy especialmente, a los jóvenes. Son, en efecto, las nuevas generaciones las que observan con mayor atención nuestra labor. Mientras que apoyo sus aspiraciones de justicia, con gratitud y estima, invoco sobre todos ustedes y sobre sus naciones la abundancia de las bendiciones de Dios, Creador todopoderoso y misericordioso. Gracias.

PAPA LEÓN XIV


Fotos: Vatican Media, 25-9-2026