La hermana María Benedicta O’Brien en el rito de su profesión solemne como monja benedictina / Foto: Grant Whitty - El Pueblo Católico
* «Me ha sorprendido, felizmente, descubrir que hacer lo que Dios me pidió me hace más feliz a un nivel mucho más profundo. San Benito dice varias veces en su Santa Regla que el monje, y también la monja, no debe ‘anteponer nada al amor de Cristo’. Para mí, eso significó sacrificar la enfermería pediátrica para entregarme completamente a Dios. Pero he descubierto que existe una profunda base de paz que nace de dejar de tratar de entenderlo todo y simplemente obedecer a Dios y descansar en su voluntad misteriosa y hermosa»
Camino Católico.- En la Abadía benedictina de Santa Walburga en Virginia Dale, en el estado de Colorado, Estados Unidos, el pasado 1 de mayo de 2026, la hermana María Benedicta O’Brien realizó su profesión solemne como religiosa asumiendo los votos de pobreza, castidad, obediencia y estabilidad en la Orden de San Benito, comprometiéndose a vivir una vocación contracultural de oración y trabajo al servicio de la Iglesia y del mundo. Ella era enfermera pediátrica, creía que su vocación era casarse y crear una familia y nunca había pensado en la vida religiosa. Esta es su historia.
Hija de la Arquidiócesis de Denver, la hermana María-Benedicta pasó su juventud en un vecindario bilingüe del noroeste de Denver, donde se hablaba tanto inglés como español. Ella y su familia asistían a la cercana Iglesia Católica Transfiguration of Our Lord Ukrainian, donde su padre trabajaba como conserje, y a la parroquia Our Lady of Mount Carmel en Littleton, donde su padre tocaba el órgano y ella cantaba en el coro.
Después de graduarse de la preparatoria, “asistí a Thomas Aquinas College en Santa Paula, California, y luego regresé a Denver después de graduarme para obtener un título en enfermería”, cuenta la hermana María-Benedicta a El Pueblo Católico. “Trabajé 11 años como enfermera, principalmente en el departamento de cardiología del Hospital Infantil de Colorado”.
La hermana María Benedicta O’Brien en el rito de su profesión solemne como monja benedictina con el obispo Steven Lopes / Foto: Grant Whitty - El Pueblo Católico
Un “sí” generoso: “obedecer lo que Dios me dijo con tanta claridad”
En el rito de la profesión solemne, la hermana María-Benedicta entró al santuario con una vela en la mano, también cantando en latín: “Y ahora te sigo con todo mi corazón: te temo y busco contemplar tu rostro: Señor, no me defraudes, sino trátame según tu bondad y la multitud de tus misericordias”.
Luego, el obispo Steven Lopes subió al ambón y predicó tanto a la hermana María-Benedicta como a los presentes sobre la virtud y el voto de la obediencia. “La obediencia es una escucha profunda. Aquí tenemos a una esposa [la hermana María-Benedicta] escuchando la voz del Esposo, Jesús. Así también, la Esposa de Cristo [la Iglesia] debe escuchar la voz del Esposo”, dijo el obispo. “La obediencia es esencial para el discipulado y edifica a la Iglesia. Cuando somos obedientes al Señor, siempre habrá alegría”.
Fue esa misma obediencia a Jesús, de la que habló el obispo Lopes, la que, con el tiempo, llevó a la hermana María-Benedicta a esta abadía y, en general, a su vocación.
“Durante mi juventud adulta tenía tan claro en mi mente que mi vocación era casarme y tener una familia que nunca me detuve a considerar la vida religiosa”, explicó la recién profesa. “Ya en mis treinta y tantos años, deseaba una intimidad más profunda con Dios, así que decidí hacer un retiro ignaciano en la vida diaria. … Durante ese tiempo de retiro, me comprometí a hacer una hora de oración todos los días y, al regresar de un viaje por carretera un fin de semana, me detuve en la Abadía de Santa Walburga para realizarla”.
Al unirse esa noche a las monjas para Completas, oración Nocturna de la Liturgia de las Horas, la oración de la Iglesia compuesta por salmos, antífonas, cánticos y lecturas bíblicas, quedó “cautivada por la belleza de su vida escondida alabando a Dios” y “sintió un profundo deseo en su corazón de regresar allí y vivir el resto de su vida como esposa de Cristo”.
Mientras continuaba discerniendo la voluntad de Dios, se esforzaba por escuchar con claridad su llamado y responder con generosidad.
“Siento que mi proceso para convertirme en monja en la abadía no ha sido tanto discernir la voluntad de Dios, sino simplemente obedecer lo que él me dijo con tanta claridad. Nuestro Señor no me dijo: ‘Quiero que seas monja en algún lugar; puedes buscar y ver qué orden se adapta mejor a tu personalidad y deseos’. ¡No! Fue más bien como si me dijera:‘¿Me seguirás aquí? Sí o no’. Sentía que, cada vez que me iba después de una breve visita a la abadía, parecía que Jesús tenía más conversación que continuar conmigo allí”, comparte la hermana María-Benedicta.
La hermana María Benedicta O’Brien en el rito de su profesión solemne como monja benedictina con la abadesa, madre María-Michael que le toma las manos / Foto: Grant Whitty - El Pueblo Católico
Un nuevo nombre
En cuanto a su nuevo nombre religioso, María-Benedicta, la hermana dijo sentirse feliz de haberlo recibido de la abadesa, madre María-Michael.
“¡Hay muchísimas razones por las que amo mi nombre! Si rezas o cantas la avemaría en latín, proclamarás: ‘Ave María … Benedicta tu in mulieribus’, es decir: ‘Dios te salve, María… bendita tú eres entre todas las mujeres’. Como Benedicta significa ‘bendita’ o ‘bendición’, pienso en cuánto me ha bendecido el Señor”, cuenta. “Pero me impresiona particularmente la definición del Catecismo de la Iglesia Católica sobre bendecir a Dios como ‘adoración y entrega al Creador en acción de gracias’. Creo que eso realmente describe un aspecto fundamental de nuestra vocación benedictina”.
Una comunidad y vocación florecientes
La hermana María-Benedicta ahora se une plena y permanentemente a su comunidad de casi 30 monjas, con más en formación, donde pasan sus días orando y trabajando (ora et labora, como expresa su carisma), en la comunidad fundada originalmente en Boulder en 1936 por monjas benedictinas que huían de la Alemania nazi. La comunidad fue elevada al rango de abadía en 1989 y las monjas se trasladaron posteriormente a Virginia Dale en 1997, donde viven actualmente. La madre María-Michael Newe ha sido abadesa desde 2003.
La hermana María Benedicta O’Brien en el rito de su profesión solemne como monja benedictina firma sus votos sobre el altar / Foto: Grant Whitty - El Pueblo Católico
Junto con sus hermanas, la hermana María-Benedicta vive una vocación escondida pero vital de servicio en la Iglesia: amar a Jesucristo primero, por encima de todo y siempre. Al mirar atrás, después de su profesión solemne, no puede evitar sentirse agradecida por su discernimiento y vocación, y anima a otros a seguir a Dios adondequiera que él los llame.
“Me ha sorprendido, felizmente, descubrir que hacer lo que Dios me pidió me hace más feliz a un nivel mucho más profundo. San Benito dice varias veces en su Santa Regla que el monje, y también la monja, no debe ‘anteponer nada al amor de Cristo’. Para mí, eso significó sacrificar la enfermería pediátrica para entregarme completamente a Dios. Pero he descubierto que existe una profunda base de paz que nace de dejar de tratar de entenderlo todo y simplemente obedecer a Dios y descansar en su voluntad misteriosa y hermosa”, concluye.















