“No lograba hablar bien y con mi madre me entendía a gestos. A causa de esta situación no tenía amigos, estaba totalmente sin esperanzas. Me avergonzaba y probaba un gran dolor. Un día fui a la iglesia y escuché una hermosa homilía de un sacerdote. Era antes de Pentecostés y los discípulos estaban solos, pero luego el Espíritu Santo descendió sobre ellos, que estaban reunidos con la Virgen María. Advertí que estaba en la misma situación: no tenía amigos, estaba solo y con tanto miedo en el corazón. Me dirigí a Cristo eucarístico y le dije: ‘Soy un instrumento en tus manos, por favor úsame’. Desde aquel día inicié a mejorar poco a poco. Esto fue un gran milagro para mi vida”

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