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martes, 28 de julio de 2026

La curación de un musulmán de una espondilólisis bilateral, el milagro atribuido al nuevo beato del Líbano Elías Hoyek que se produjo sin haberlo pedido y después que el enfermo soñara con él sin conocerlo

El patriarca maronita Elías Hoyek (1843-1931), fundador de la Congregación de las Hermanas Maronitas de la Sagrada Familia y una de las figuras más influyentes de la historia contemporánea del Líbano, fue beatificado el sábado 25 de julio de  2026

Camino Católico.-  El patriarca maronita Elías Hoyek (1843-1931), fundador de la Congregación de las Hermanas Maronitas de la Sagrada Familia y una de las figuras más influyentes de la historia contemporánea del Líbano, fue beatificado el pasado sábado 25 de julio de  2026 en una solemne ceremonia celebrada en la sede patriarcal de Dimane, al norte del país. La celebración estuvo presidida por el actual patriarca maronita, el Cardenal Bechara Boutros Rai, y contó con la participación del Cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos, en representación del Papa León XIV, el presidente de la República, además de las principales autoridades civiles y religiosas del país

El milagro atribuido a la intercesión de Elías Hoyek y que permitió su beatificación se produjo en el seno de la comunidad drusa, una minoría religiosa de Oriente Próximo, un hecho que muchos consideran significativo dada la defensa constante que Hoyek hizo del diálogo y de la convivencia entre las distintas comunidades del país.

Se trata, en concreto, de la curación inexplicable de un hombre musulmán de etnia drusa, originario de Hasbaya (Líbano), casado, padre de tres hijos y oficial del ejército libanés.

Según explica la página web del Dicasterio para las Causas de los Santos del Vaticano, esta persona comenzó en 2005 a sufrir intensos dolores de espalda y de la columna vertebral, que se agravaron considerablemente después de una caída desde una altura de unos cinco metros.

A raíz del accidente tuvo que guardar reposo absoluto. Los exámenes médicos, incluida una tomografía computarizada (TAC), diagnosticaron una espondilólisis bilateral, una enfermedad crónica cuya gravedad permaneció estable durante varios meses.

Sin embargo, una mañana de abril de 2005 despertó completamente libre de dolor y pudo volver a moverse con normalidad. El hombre atribuyó su curación a un sueño en el que vio a un anciano vestido de blanco que llevaba un bastón, figura que posteriormente identificó como el patriarca Hoyek.

Según su testimonio, nunca antes había oído hablar del ahora beato. La recuperación fue total y le permitió retomar su vida y sus actividades habituales, incluida su labor militar.

Según explica el Dicasterio para las Causas de los Santos, la certeza moral de la intercesión del patriarca Elías Boutros Hoyek se sustenta en los elementos objetivos del caso, especialmente la curación repentina e inexplicable del militar libanés y la sorprendente coincidencia entre los detalles del sueño que tuvo y la figura real del beato, a quien afirmaba no conocer previamente.

El dicasterio recuerda además que la acción de Dios a través de los sueños está ampliamente documentada tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Además, subraya que en algunos milagros realizados por Jesucristo tampoco existió “una petición explícita previa” por parte de la persona beneficiada, lo que no impide reconocer el carácter sobrenatural de la intervención divina.

El patriarca maronita Elías Hoyek, nuevo Beato del Líbano, en 1919 

El beato Elías Hoyek y su profunda huella en el Líbano

Considerado por muchos como el Padre del Gran Líbano, Hoyek desempeñó un papel decisivo en la configuración del Estado libanés moderno. Tras la Primera Guerra Mundial y el desmantelamiento del Imperio otomano, viajó a la Conferencia de Paz de París en 1919 para defender ante las potencias vencedoras el derecho de los libaneses a constituirse en una entidad política propia.

Su intervención resultó fundamental para la proclamación del Gran Líbano en 1920. Además, defendió una visión plural del país, basada en la convivencia entre las distintas comunidades religiosas. El modelo que promovió apostaba por una nación multiconfesional en la que la diversidad fuera una riqueza y no un motivo de división. Esta visión le valió el reconocimiento histórico como uno de los principales arquitectos del Líbano moderno.

La beatificación también puso de relieve otra faceta de su legado: su compromiso con los más necesitados. Durante la Gran Hambruna que asoló el Monte Líbano entre 1915 y 1918, abrió conventos, monasterios y residencias patriarcales para acoger a huérfanos y familias afectadas por el hambre. Llegó incluso a hipotecar propiedades del Patriarcado para obtener recursos con los que alimentar a la población, sin distinguir entre confesiones religiosas.

Aquellos gestos dejaron una profunda huella en la memoria colectiva del país. Cuando le preguntaban quién compensaría semejantes sacrificios económicos, respondía con sencillez: “Dios proveerá”. Por ello, el pueblo comenzó a llamarlo “el patriarca de los pobres y de los oprimidos”.

Además de su labor patriótica y caritativa, el nuevo beato dejó una profunda huella en la vida eclesial del Líbano. En 1895 fundó la Congregación de las Hermanas Maronitas de la Sagrada Familia, destinada a la educación, la evangelización y la asistencia social.

También promovió la formación del clero, el desarrollo de las misiones y numerosas obras de misericordia.

Nacido en Helta, una localidad de la Diócesis de Batroun, en el norte del Líbano, era hijo de un sacerdote. Tras cursar estudios en el seminario de Kfarhay y posteriormente en Ghazir, dirigido por los jesuitas, fue enviado a Roma para estudiar teología en el Pontificio Colegio Urbano de Propaganda Fide. Fue ordenado sacerdote el 5 de junio de 1870.

A su regreso al Líbano ejerció como profesor de Teología y secretario del patriarca Paul Massaad. En 1889 fue nombrado obispo y vicario patriarcal, desempeñando importantes misiones ante la Santa Sede y Francia. Diez años más tarde, en 1899, fue elegido patriarca maronita, cargo que ocupó hasta su muerte en 1931.

Actualmente, sus restos reposan en Ibrine, en la región de Batroun, junto a la casa madre de la congregación religiosa que fundó.