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jueves, 17 de abril de 2025

Papa Francisco en homilía leída por el cardenal Calcagno, 17-4-2025: «Queridos fieles, recen hoy por la alegría de los sacerdotes; que llegue a ustedes la liberación prometida por las Escrituras y alimentada por los sacramentos»


El Papa Francisco ha confiado la celebración al Cardenal Calcagno


* «Este es el Espíritu que invocamos sobre nuestro sacerdocio: hemos sido ungidos con Él, y precisamente el Espíritu de Jesús permanece como protagonista silencioso de nuestro servicio. El pueblo percibe su soplo cuando en nosotros las palabras se hacen realidad. Los pobres, antes que otros, así como los niños, los adolescentes, las mujeres y también quienes han sido heridos en su relación con la Iglesia, tienen “olfato” para el Espíritu Santo: lo distinguen de otros espíritus mundanos, lo reconocen cuando coinciden en nosotros el anuncio y la vida» 

 

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa Francisco, leída por el cardenal Domenico Calcagno

* «Recordemos aquella frase durante la Ordenación: “Que Dios mismo lleve a término esta obra buena que en ti ha comenzado”. Y lo hace. Es obra de Dios, no nuestra, la de llevar a los pobres un mensaje de alegría, a los cautivos la liberación, a los ciegos la vista y la libertad a los oprimidos. Si Jesús encontró este pasaje en el libro, hoy lo sigue leyendo en la biografía de cada uno de nosotros. Primero porque, hasta el último día, es siempre Él quien nos evangeliza, quien nos libera de nuestras prisiones, quien nos abre los ojos, quien aliviana la carga puesta sobre nuestros hombros» 

17 de abril 2025.- (Camino Católico) En la Misa Crismal, con la que se abre el Triduo Pascual de la Semana Santa, el Papa Francisco ha pedido al final de su homilía: “Queridos fieles, pueblo de la esperanza, recen hoy por la alegría de los sacerdotes. Que llegue a ustedes la liberación prometida por las Escrituras y alimentada por los sacramentos”. 

El Santo Padre ha delegado para presidir la Misa Crismal del Jueves Santo al cardenal italiano Domenico Calcagno, Presidente Emérito de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (APSA), quien ha leído la homilía preparada por Franciscol.

El Pontífice, de 88 años, sigue mejorando de sus problemas de salud, tanto desde el punto de vista de la movilidad como de la respiración y de la voz, pero ha optado por delegar en cardenales de la Curia las principales celebraciones litúrgicas de Semana Santa.

“El pastor que ama a su pueblo no vive en búsqueda de aprobación y consenso a toda costa”, afirma en la homilía que pronunció el prelado italiano ante cerca de 4.300 personas.

En esta celebración, los sacerdotes renuevan ante el obispo las promesas que hicieron el día de su ordenación.

Se llama Misa Crismal porque incluye la bendición de los santos óleos, que servirán a lo largo del año para impartir los sacramentos de la confirmación, la unción de los enfermos y la ordenación sacerdotal. El cardenal Calcagno la ha celebrado en la Basílica de San Pedro, ante cerca más de 1.800 sacerdotes que renovaron sus promesas simbólicamente ante su obispo, el Papa Francisco.

Por otro lado, el Papa Francisco ha pedido a los presbíteros que no caigan en el desánimo porque “Dios nunca falla”. “Al llamarnos a su misión y al insertarnos sacramentalmente en su vida, Él también libera a otros a través de nosotros”. A continuación, constata que el ministerio sacerdotal es “una entrega silenciosa, pero radical y gratuita”. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Santo Padre leída por el cardenal Domenico Calcagno, traducida al español, cuyo texto completo es el siguiente: 

Más de 1.000 sacerdotes renovaron sus promesas simbólicamente ante su obispo, el Papa Francisco

SANTA MISA CRISMAL 

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO 

LEÍDA POR EL CARDENAL DOMENICO CALCAGNO

Basílica de San Pedro

Jueves Santo, 17 de abril de 2025

Queridos obispos y sacerdotes,

queridos hermanos y hermanas:

«El Alfa y la Omega […], el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso» (Ap 1,8) es Jesús. Precisamente el Jesús que Lucas nos describe en la sinagoga de Nazaret, entre quienes lo conocen desde niño y ahora se maravillan de Él. La revelación —“apocalipsis” — se ofrece dentro de los límites del tiempo y del espacio: tiene como eje la carne, que sostiene la esperanza. La carne de Jesús y la nuestra. El último libro de la Biblia narra esta esperanza. Lo hace de forma original, disipando todos los miedos apocalípticos a la luz del amor crucificado. En Jesús se abre el libro de la historia y puede leerse.

También nosotros, sacerdotes, tenemos una historia: al renovar el Jueves Santo las promesas de la Ordenación, confesamos que sólo podemos leer esa historia desde Jesús de Nazaret. «Él nos amó y nos purificó de nuestros pecados, por medio de su sangre» (Ap 1,5), Él abre también el libro de nuestra vida y nos enseña a encontrar los pasajes que nos revelan su sentido y misión. Cuando dejamos que sea Él quien nos instruya, nuestro ministerio se convierte en un ministerio de esperanza, porque en cada una de nuestras historias Dios inaugura un jubileo, es decir, un tiempo y un oasis de gracia. Preguntémonos: ¿estoy aprendiendo a leer mi vida? ¿Acaso tengo miedo de hacerlo?

Es todo un pueblo el que encuentra consuelo cuando el jubileo comienza en nuestra vida. Ojalá no sea una vez cada veinticinco años, sino en esa cercanía cotidiana del sacerdote con su gente, en la cual se cumplen las profecías de justicia y paz. «Hizo de nosotros un Reino sacerdotal para Dios, su Padre» (Ap 1,6): he aquí el Pueblo de Dios. Este reino de sacerdotes no se refiere sólo al clero. El «nosotros» que Jesús plasma es un pueblo cuyos límites no podemos ver, en el que caen los muros y las aduanas. Aquel que dice: «Yo hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5) ha rasgado el velo del templo y tiene preparada para la humanidad una ciudad-jardín, la nueva Jerusalén, cuyas puertas están siempre abiertas (cf. Ap 21,25). Así, Jesús lee y nos enseña a leer el sacerdocio ministerial como puro servicio al pueblo sacerdotal, que pronto habitará una ciudad sin necesidad de templo.

El año jubilar representa así, para nosotros los sacerdotes, un llamado específico a recomenzar bajo el signo de la conversión. Peregrinos de esperanza, para salir del clericalismo y convertirnos en anunciadores de esperanza. Claro, si el Alfa y la Omega de nuestra vida es Jesús, también nosotros encontraremos el rechazo que Él experimentó en Nazaret. El pastor que ama a su pueblo no vive en búsqueda de aprobación y consenso a toda costa. Sin embargo, la fidelidad del amor transforma: los primeros en reconocerlo son los pobres; luego, lentamente también inquieta y atrae a los demás. «Todos lo verán, aun aquellos que lo habían traspasado. Por él se golpearán el pecho todas las razas de la tierra. Sí, así será. Amén» (Ap 1,7).

Estamos aquí reunidos, queridos amigos, para hacer nuestra y repetir esta afirmación: «Sí, así será. Amén». Es la confesión de fe del Pueblo de Dios: “¡Sí, así es, firme como una roca!”. Pasión, muerte y resurrección de Jesús, que nos disponemos a revivir, son el terreno que sostiene firmemente a la Iglesia y, en ella, a nuestro ministerio sacerdotal. ¿Y qué terreno es este? ¿En qué humus podemos no sólo resistir, sino florecer? Para comprenderlo, hay que volver a Nazaret, como lo intuyó tan profundamente san Carlos de Foucauld.

«Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura» (Lc 4,16). Aquí se evocan al menos dos hábitos: el de frecuentar la sinagoga y el de leer. Nuestra vida se sostiene gracias a buenos hábitos. Estos pueden hacerse áridos, pero revelan dónde está nuestro corazón. El de Jesús es un corazón enamorado de la Palabra de Dios: desde los doce años ya se vislumbraba, y ahora, siendo un adulto, las Escrituras son su hogar. Ese es el terreno, el humus vital que encontramos al convertirnos en sus discípulos. «Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje» (Lc 4,17). Jesús sabe lo que busca. El ritual de la sinagoga lo consentía: tras la lectura de la Torá, cada rabino podía elegir páginas proféticas para actualizar el mensaje. Pero aquí hay mucho más: está la página de su vida. Es lo que Lucas quiere decir: entre muchas profecías, Jesús escoge cuál cumplir.

Queridos sacerdotes, cada uno de nosotros tiene una Palabra que cumplir. Cada uno de nosotros tiene con la Palabra de Dios una relación que viene desde lejos. Y la ponemos al servicio de todos sólo cuando la Biblia sigue siendo nuestro primer hogar. Dentro de ella, cada uno tiene páginas más queridas. ¡Esto es hermoso e importante! Ayudemos también a que otros encuentren las páginas de su vida: tal vez a los esposos, cuando eligen las lecturas de su matrimonio; o a quienes están de luto y buscan pasajes para encomendar el difunto a la misericordia de Dios y a la oración de la comunidad. Hay una página vocacional, por lo general, al comienzo del camino de cada uno de nosotros. A través de ella, Dios nos sigue llamando, si la custodiamos, para que no se entibie el amor.

Sin embargo, también es importante para cada uno de nosotros, y de manera especial, la página escogida por Jesús. Nosotros lo seguimos a Él y, por eso mismo, su misión nos concierne e involucra. «Abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

El Espíritu del Señor está sobre mí,

porque me ha consagrado por la unción.

Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres,

a anunciar la liberación a los cautivos

y la vista a los ciegos,

a dar la libertad a los oprimidos

y proclamar un año de gracia del Señor.

Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó» (Lc 4,17-20).

Ahora nuestros ojos están fijos en Él. Acaba de anunciar un jubileo. Lo ha hecho no como quien habla de otros. Ha dicho: «El Espíritu del Señor está sobre mí» como uno que sabe de qué Espíritu está hablando. Y de hecho añade: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír». Esto es divino: que la Palabra se haga realidad. Ahora los hechos hablan, las palabras se cumplen. Esto es nuevo, es fuerte. «Yo hago nuevas todas las cosas». No hay gracia, ni Mesías, si las promesas permanecen sólo como promesas, si desde aquí abajo no se hacen realidad. Todo se transforma.

Este es el Espíritu que invocamos sobre nuestro sacerdocio: hemos sido ungidos con Él, y precisamente el Espíritu de Jesús permanece como protagonista silencioso de nuestro servicio. El pueblo percibe su soplo cuando en nosotros las palabras se hacen realidad. Los pobres, antes que otros, así como los niños, los adolescentes, las mujeres y también quienes han sido heridos en su relación con la Iglesia, tienen “olfato” para el Espíritu Santo: lo distinguen de otros espíritus mundanos, lo reconocen cuando coinciden en nosotros el anuncio y la vida. Podemos convertirnos en una profecía cumplida, ¡y eso es hermoso! El santo crisma, que hoy consagramos, sella este misterio transformador en las distintas etapas de la vida cristiana. Y pongan atención, ¡nunca hay que desanimarse, porque es obra de Dios! ¡Creer, sí! ¡Creer que Dios no fracasa conmigo! Dios nunca falla. Recordemos aquella frase durante la Ordenación: “Que Dios mismo lleve a término esta obra buena que en ti ha comenzado”. Y lo hace.

Es obra de Dios, no nuestra, la de llevar a los pobres un mensaje de alegría, a los cautivos la liberación, a los ciegos la vista y la libertad a los oprimidos. Si Jesús encontró este pasaje en el libro, hoy lo sigue leyendo en la biografía de cada uno de nosotros. Primero porque, hasta el último día, es siempre Él quien nos evangeliza, quien nos libera de nuestras prisiones, quien nos abre los ojos, quien aliviana la carga puesta sobre nuestros hombros. Y luego porque, al llamarnos a su misión y al insertarnos sacramentalmente en su vida, Él también libera a otros a través de nosotros. Generalmente, sin que nos demos cuenta. Nuestro sacerdocio se convierte en un ministerio jubilar, como el suyo, sin sonar el cuerno ni la trompeta; en una entrega silenciosa, pero radical y gratuita. Es el Reino de Dios, ese que narran las parábolas, eficaz y discreto como la levadura, silencioso como la semilla. ¿Cuántas veces los pequeños lo han reconocido en nosotros? ¿Somos capaces de dar gracias?

Sólo Dios sabe cuán abundante es la mies. Nosotros, obreros, vivimos el esfuerzo y la alegría de la cosecha. Vivimos después de Cristo, en el tiempo mesiánico. ¡Fuera la desesperación! El Pueblo de Dios espera más bien la restitución y la remisión de deudas, la redistribución de responsabilidades y de recursos. Quiere participar y, en virtud del Bautismo, es un gran pueblo sacerdotal. Los óleos que consagramos en esta solemne celebración son para su consolación y para la alegría mesiánica.

El campo es el mundo. Nuestra casa común, tan herida, y la fraternidad humana, tan negada pero imborrable, nos llaman a tomar posición. La cosecha de Dios es para todos: un campo vivo, donde crece cien veces más de aquello que fue sembrado. Que nos anime, en la misión, la alegría del Reino, que recompensa todo esfuerzo. Todo agricultor, en efecto, conoce estaciones en las que no se ve nacer nada. Tampoco faltan en nuestra vida momentos así. Es Dios quien hace crecer y quien unge a sus siervos con óleo de alegría.

Queridos fieles, pueblo de la esperanza, recen hoy por la alegría de los sacerdotes. Que llegue a ustedes la liberación prometida por las Escrituras y alimentada por los sacramentos. Muchos miedos nos habitan y grandes injusticias nos rodean, pero un mundo nuevo ya ha surgido. Tanto amó Dios al mundo que nos dio a su Hijo, Jesús. Él unge nuestras heridas y enjuga nuestras lágrimas. «Él viene entre las nubes» (Ap 1,7). Suyo es el Reino y la gloria por los siglos. Amén.

Francisco


Fotos: Vatican Media, 17-4-2025

Meditación del Jueves Santo: «Dios nos salvó sirviéndonos» / Por Mons. Fernando García Cadiñanos, obispo de Mondoñedo-Ferrol

17 de abril de 2025.- (Camino CatólicoEl obispo de Mondoñedo-Ferrol, Fernando García Cadiñanos medita sobre el evangelio del Jueves Santo, que habla del lavatorio de los pies que Jesús hace a sus discípulos en la última cena. "El lavatorio de los pies reconoce la necesidad de purificación… Es difícil amar sin ser amados y es aún más difícil servir si no dejamos que Dios nos sirva. Dios nos salvó sirviéndonos" Lo hace en el espacio ‘Meditación de Semana Santa” emitido por 13 TV. Este es el texto completo de la meditación:

Queridos amigos y amigas, hoy es Jueves Santo. Poco a poco nos hemos ido acompañando en este caminar hacia la Pascua. Nos encontramos en el Pórtico, en el umbral del Triduo Pascual. Se trata de un día muy hermoso, muy especial, porque nos revela el mismo rostro de Dios.

Porque la vida y la muerte de Jesús no están separadas. Vida y muerte son la misma cosa. Sus últimos días son el resumen de lo que fue toda su existencia, de lo que vivió a lo largo de su vida pública y oculta, de su mensaje más profundo y de su noticia más salvadora.

Esta noche la liturgia de la Iglesia nos invita a contemplar un gesto que trasciende el tiempo, un gesto que nos revela la esencia misma de Dios, el lavatorio de los pies. Me gustaría fijarme en algunos detalles para comprender mejor su sentido.

En primer lugar quiero fijarme en el contexto en el que sucede. Sabemos que Jesús lava los pies a sus discípulos durante la Última Cena que tiene lugar en el marco de la Cena Pascual judía. 

Benedicto XVI tiene una reflexión muy interesante al respecto para explicarnos qué significaba, entre otras cosas, la Cena Pascual. Según sus palabras, por la Pascua Israel tenía que acudir todos los años a Jerusalén para volver a sus orígenes y, en cierta manera, ser recreado de nuevo, volver a su vocación y misión primigenia.

Durante todo el año el pueblo corría el peligro de dispersarse, de despistarse, pero con la Pascua se retornaba al sentido de su existencia, de sentirse pueblo elegido, con una misión de recreación de la humanidad entera, siguiendo los designios de Dios.

Es en ese marco donde Jesús también celebra la Pascua. ¿Y con quién tiene que celebrar esta recreación, este regreso al inicio bueno? Las normas marcaban que había de realizarse con su familia, auténtica institución y célula básica de trascendencia social.

Fijaos, Jesús lo hace con aquellos que forman parte ya de su nueva familia, con la que se establecen lazos más fuertes que los de la propia sangre, con los que escuchan su palabra, con los apóstoles y sus seguidores. Además, la cena que recordaba el paso del Señor y la liberación de Egipto se debería de hacer con vestimentas de peregrino en el momento de la partida, con la comida que preparaban los nómadas, los que no tienen un hogar fijo, sino que se sienten pueblo en camino.

En este marco Jesús realiza una nueva alianza y resignifica todo esto con su gesto de partir el pan y compartir el vino y nos dice, haced esto en memoria mía. Sí, cada Eucaristía que celebramos es volver también a nuestra Pascua, el acontecimiento donde comenzó todo, como los judíos también en cierta manera en cada Eucaristía somos convocados para recrearnos, volver a nuestros orígenes y a nuestro proyecto primigenio.

Es así que cada Eucaristía dominical se convierte en punto de llegada y punto de partida para ofrecer y comenzar nuevos proyectos, nuevas ilusiones, nuevas esperanzas. Cada Eucaristía dominical, centro y cumbre de toda vida cristiana y de la entera comunidad se convierte en un momento fuerte de recrear la familia, la comunidad de los que escuchan la palabra, de edificar el hogar donde quepan todos, en torno al esposo y al siervo que se nos ha entregado por completo.

Cada Eucaristía dominical ha de ser un momento privilegiado para descubrirnos como peregrinos con otros, para sentirnos ciudadanos del cielo que edifican este mundo con un proyecto que siempre va más allá, que nos abre a otros horizontes y a otras personas, que nos permite sentirnos como hermanos de todos en la diferencia y en la complementariedad.

Algo de esto nos evoca el contexto de la última cena, porque hoy, como en cada Eucaristía, al recordar aquel hecho histórico no nos quedamos en ello. Así nos lo recuerda Pablo, cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor hasta que venga.

El mensaje del apóstol es claro, la comunidad que celebra la Cena del Señor actualiza la Pascua. Juan Pablo II dice, la Eucaristía no es la simple memoria de un rito pasado, sino la viva representación del gesto supremo del Salvador. Esta experiencia tiene que llevar a la comunidad cristiana a convertirse en profecía del mundo nuevo inaugurado por la Pascua.

Y no hay mejor profecía que contemplar el gesto del lavatorio de los pies. Porque este gesto de Jesús no es una simple lección moral, sino una revelación del corazón de Dios, es el sentido de la vida entera de Jesús, levantarse de la mesa, despojarse de las vestiduras de gloria e inclinarse hacia nosotros.

Os propongo que cerréis los ojos y os metáis en la escena que en tantas ocasiones hemos recreado e imaginado. Observad con detenimiento cada detalle, sentid la incomodidad de los discípulos, la mirada de Jesús que penetra hasta lo más profundo del alma, la confusión ante este gesto que invierte el orden establecido, la humildad con la que se arrodilla ante cada uno de ellos.

Saboread la belleza de sus palabras, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo. Dios que se hace siervo, se inclina ante nuestra fragilidad, se hace vulnerable para mostrarnos el camino del amor verdadero. Llama la atención la actitud de Pedro, no me lavarás los pies. Dejarnos lavar los pies por Cristo implica reconocer que no somos nosotros los que nos hacemos puros, limpios o santos.

Como nos dice el Papa Francisco, esto es difícil de entender. Si no dejo que el Señor sea mi siervo, que el Señor me lave, me haga crecer, me perdone, me aumentaré en el Reino de los Cielos. Dios nos salvó sirviéndonos. Normalmente pensamos que somos nosotros los que servimos a Dios. No, es Él quien nos sirvió gratuitamente porque nos amó primero. Es difícil amar sin ser amados y es aún más difícil servir si no dejamos que Dios nos sirva.

Esta es la paradoja cristiana. Es Dios quien se adelanta, es Él quien toma la iniciativa. Este es uno de los peligros del devoto, del que considera que el discipulado es sólo una carrera por el perfeccionismo, por hacer bien las cosas y no tanto por acoger, por dejarse hacer, por aceptar que también sus pies están sucios. Es el peligro del que piensa que no tiene necesidad alguna de la bondad de Dios. Es lo que le sucedió al hijo mayor de la parábola, del Hijo Pródigo o a los obreros de la viña desde la primera hora.

El lavatorio de los pies nos invita a reconocer nuestra necesidad de purificación, nuestra incapacidad de limpiarnos. Dejarse lavar los pies es descubrir el misterio de la dependencia, de la necesidad que tenemos de otros para crecer y para amar. Como veis el lavatorio se convierte en una hermosa lección de Cristología porque nos indica el misterio de Cristo, pero también es una lección de antropología porque nos muestra el secreto del ser humano llamado al amor y a la dependencia. Y por supuesto es una propuesta de Eclesiología porque como iglesia estamos llamados a vivir arrodillados ante nuestros hermanos, especialmente los más pobres. Por eso hoy conmemoramos el Día del Amor Fraterno. No quisiera terminar mis palabras sin dar las gracias a tantos voluntarios que en Cáritas u otras organizaciones y acciones pastorales de la iglesia sois capaces de lavar los pies a los heridos del camino. Gracias de corazón. A todos que disfrutemos y celebremos este día de fiesta, que su amor nos transforme en testigos de su presencia en el mundo.

¡Feliz día! ¡Feliz Día del Amor!

Mons. Fernando García Cadiñanos

Obispo de Mondoñedo-Ferrol

Homilía del evangelio del Jueves Santo: Tomad y comed mi carne, que es el alimento por el cual yo vivo en vosotros y os doy la fuerza para caminar hacia la vida eterna / Por P. José María Prats

 

* «Hemos de vivir nuestra vida como servicio a los demás: a los miembros de nuestra familia, a los compañeros de trabajo, a los más necesitados de la sociedad, a todos los hombres y mujeres del mundo»

Jueves Santo - C

Éxodo 12, 1-8,11-14 / Sal 116 / 1 Corintios 11, 23-26 /  San Juan 13, 1-15

P. José María Prats / Camino Católico.- Las lecturas de hoy nos hablan de lo que Jesús hizo «la noche en que iban a entregarlo». Esta noche es hoy. En esta celebración no recordamos meramente lo que Jesús hizo aquella noche, sino que aquellos misterios de salvación se hacen presentes ahora entre nosotros.

La primera lectura nos ha recordado el contexto en que Jesús se encontraba: estaba celebrando la Pascua con sus discípulos, el memorial de la liberación de la esclavitud de Egipto. ¿Qué hacían? Mataban un cordero o un cabrito sin defecto, ponían su sangre en las jambas y el dintel de las puertas recordando que por esta sangre sus primogénitos fueron salvados de la muerte, y comían este cordero o cabrito ceñidos, calzados con sandalias y con el bastón en la mano, como preparados para el largo camino que los conduciría a la libertad en la tierra prometida.

Pero, como nos ha dicho San Pablo en la segunda lectura, a mitad de la cena, Jesús inesperadamente se salta el guión del ritual, toma pan, pronuncia la acción de gracias, lo parte y dice a los apóstoles: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Y al final de la cena vuelve a saltarse el guión, toma el cáliz lleno de vino y les dice: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía».

Lo que Jesús les está diciendo es muy claro:

  • Este cordero pascual es figura de mí. Yo soy el verdadero Cordero que con mi sangre derramada por vosotros os libro de la muerte, pero no ya de una muerte física, sino de la muerte eterna.

  • Tomad y comed mi carne, que es el alimento por el cual yo vivo en vosotros y os doy la fuerza para caminar hacia la verdadera tierra prometida, que es la vida eterna.

  • Haced esto en memoria mía, porque yo quiero estar con vosotros de generación en generación hasta el fin del mundo. Quiero hacer presente día tras día el sacrificio que os libra del pecado y del poder del mal, y quiero habitar en vosotros caminando hacia la gloria que os he preparado.

¿Pero cómo hemos de recorrer este camino hacia la vida eterna? Jesús nos lo enseña con el signo que hizo durante la cena:

  • Se levantó de la mesa, se ciñó su túnica (tal como se hacía en aquella época cuando uno se disponía a realizar un servicio) y empezó a lavar los pies a los discípulos. Con esto les estaba diciendo: “Yo he venido para serviros. No he venido buscando glorias humanas, sino para que tengáis vida.” Esta plenitud de vida está representada en el bienestar que supone tener los pies limpios cuando se llega a una casa después de haber andado con sandalias por caminos polvorientos.

  • Y a continuación dice que lo que Él ha hecho, también lo tenemos que hacer nosotros, es decir, hemos de vivir nuestra vida como servicio a los demás: a los miembros de nuestra familia, a los compañeros de trabajo, a los más necesitados de la sociedad, a todos los hombres y mujeres del mundo.

A continuación reviviremos este signo tan elocuente de Jesús con el compromiso de hacerlo realidad en todos los momentos y circunstancias de nuestra vida.


P. José María Prats


Evangelio

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido.

Llega a Simón Pedro; éste le dice: «Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?». Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde». Le dice Pedro: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Le dice Simón Pedro: «Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza». Jesús le dice: «El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos». Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: «No estáis limpios todos».

Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros».

San Juan 13, 1-15

Misterios Luminosos del Santo Rosario desde el Santuario de Lourdes, 17-4-2025

17 de abril de 2025.- (Camino Católico).- Rezo de los Misterios Luminosos del Santo Rosario, correspondientes a hoy, jueves, desde la Gruta de Massabielle, en el Santuario de Lourdes, en el que se intercede por el mundo entero.

Jueves Santo, fracción del pan: Cristo dando su cuerpo como alimento de eternidad / Por P. Carlos García Malo

 


Hoy, Jueves Santo, día de la institución del orden sacerdotal, reza por los sacerdotes, suplica misericordia para ellos / Por P. Carlos García Malo

 


Antonio, 18 años, será bautizado: «He descubierto a Dios, que nos tiene un amor inimaginable, que nunca nos deja de lado pase lo que pase y que quiere lo mejor para nosotros, que es rico en perdón y lento a la ira»


Antonio será bautizado en la Vigilia Pascual / Foto. Cortesía de Antonio

* «Dios no juzga a los demás sino que nos abraza, y quiere que nos hagamos a su imagen y semejanza para gozar de la vida aun en nuestras espinas, y que transmitamos esa alegría y amor a los demás siguiendo sus enseñanzas, no quitándonos libertad, sino dándola y en plenitud, dándonos la salvación para estar a su lado en el cielo» 

Camino Católico.- En España, el temario de la asignatura de Religión para 4º de Educación Secundaria Obligatoria incluye los sacramentos. Por eso, aquel día en clase hablaban sobre el bautismo. El profesor, Jesús, preguntó: “¿Alguno de aquí falta por bautizarse?”. Antonio levantó la mano. “Oye, pues te invito a bautizarte y a que recibas los sacramentos, y a recibir catequesis en tu parroquia para ello”. 

El chico asintió sin pensárselo dos veces. Ahora, después de dos años de catecumenado, explica por qué esa respuesta tan rápida: “Estaba abierto a conocer más sobre Cristo, me llamaba mucho la atención por su mensaje y enseñanzas”, recuerda a Patricia Navas en Aleteia

A este estudiante de Alcorcón también le atraían los milagros eucarísticos, la tilma de Guadalupe, la Sábana Santa y otros “milagros documentados”. 

2 años de preparación

En el tiempo de preparación para el bautismo, la Primera Comunión y la Confirmación, Antonio Borrego ha conocido la Iglesia católica.

Ha participado en las catequesis y en peregrinaciones de jóvenes, acolitó en la catedral de la Almudena, hizo el retiro Effetá,…

Y se ha integrado en la parroquia de La Saleta, donde ayuda como monaguillo en las Misas y acompaña a los niños como monitor en los campamentos de verano. 

“Mi proceso para recibir los sacramentos ha tenido un poco de todo -reconoce-, pero me atrevo a decir que ha habido más gozos que espinas porque las dificultades siempre las he acabado pasando con Dios a mi lado”.

Como dificultades, destaca el contraste con la parte de su entorno que no tiene fe, y “tentaciones y vicios”, como dedicar demasiado tiempo a distraerse con videos cortos y videojuegos. “Ha sido un camino muy bonito y enriquecedor, lleno de la compañía, generosidad y misericordia de Dios”, subraya.

Y resume con ilusión lo que ha descubierto en este tiempo de preparación:

“He descubierto que hay un ser superior, Dios, que nos tiene un amor inimaginable, que nunca nos deja de lado pase lo que pase y que quiere lo mejor para nosotros, que es rico en perdón y lento a la ira, que no juzga a los demás sino que nos abraza, y que quiere que nos hagamos a su imagen y semejanza para gozar de la vida aun en nuestras espinas, y que transmitamos esa alegría y amor a los demás siguiendo sus enseñanzas, no quitándonos libertad, sino dándola y en plenitud, dándonos la salvación para estar a su lado en el cielo”.

Cambios

Así, con 18 años recién cumplidos, recibirá los sacramentos de la iniciación cristiana el próximo 19 de abril de 2025, junto con algunos de los cerca de 30 catecúmenos de la diócesis de Getafe.

En ella, dado el elevado número de adultos que entrarán en la Iglesia este año, habrá dos celebraciones con bautismos en la vigilia pascual, una en la catedral y otra en el Cerro de los Ángeles.

Allí estará Antonio con las personas que le han acompañado en el proceso de convertirse en cristiano. 

También con su familia, que respeta su decisión y a veces le acompaña a la iglesia, aunque la única practicante es su abuela.

Sobre su futuro, Antonio reflexiona: “Si mi vida ya ha cambiado a mejor abriéndome a Cristo y siendo catecúmeno, ¿quién me dice a mí que no habrá más cambios?”. 

“Me resulta difícil prever por dónde podría llevarme Dios después de recibir los sacramentos, pero poniendo mi vida y confianza en Él, yo sé que estará todo en buenas manos”, afirma. 

“Sé que todo mejorará aún más, que me hará estar más cerca de la salvación, de Él, que seguirá habiendo gozos y espinas en el camino, que me llevará a ser mejor ejemplo -concluye-, pero no sabría decir hacia dónde con exactitud...”