3 de abril de 2026.- (Camino Católico) Homilía de Mons. Jesús Fernández, obispo de Córdoba, y lecturas en la celebración de la Pasión del Señor, emitida por 13 TV desde la Catedral de Córdoba.
viernes, 3 de abril de 2026
Palabra de Vida 3/4/2026: «Tengo sed» / Por P. Jesús Higueras
Camino Católico.- Espacio «Palabra de Vida» de 13 TV del 2 de abril de 2026, Viernes Santo, presentado por el padre Jesús Higueras en el que comenta el evangelio del día.
Evangelio: San Juan 18, 1--19, 42:
En aquel tiempo, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos. Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Díceles: «Yo soy». Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. Cuando les dijo: «Yo soy», retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó de nuevo: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Respondió Jesús: «Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos». Así se cumpliría lo que había dicho: «De los que me has dado, no he perdido a ninguno». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?».
Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo. Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el atrio del Sumo Sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro. La muchacha portera dice a Pedro: «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?». Dice él: «No lo soy». Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le respondió: «He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho». Apenas dijo esto, uno de los guardias que allí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: «¿Así contestas al Sumo Sacerdote?». Jesús le respondió: «Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?». Anás entonces le envió atado al Sumo Sacerdote Caifás. Estaba allí Simón Pedro calentándose y le dijeron: «¿No eres tú también de sus discípulos?». El lo negó diciendo: «No lo soy». Uno de los siervos del Sumo Sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dice: «¿No te vi yo en el huerto con Él?». Pedro volvió a negar, y al instante cantó un gallo.
De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua. Salió entonces Pilato fuera donde ellos y dijo: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?». Ellos le respondieron: «Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado». Pilato replicó: «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley». Los judíos replicaron: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie». Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir. Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?». Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí». Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?». Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Le dice Pilato: «¿Qué es la verdad?». Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: «Yo no encuentro ningún delito en Él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos?». Ellos volvieron a gritar diciendo: «¡A ése, no; a Barrabás!». Barrabás era un salteador.
Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a Él, le decían: «Salve, Rey de los judíos». Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo: «Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en Él». Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: «Aquí tenéis al hombre». Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Les dice Pilato: «Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en Él». Los judíos le replicaron: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios». Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no le dio respuesta. Dícele Pilato: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». Respondió Jesús: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado». Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César». Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: «Aquí tenéis a vuestro Rey». Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!». Les dice Pilato: «¿A vuestro Rey voy a crucificar?». Replicaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el César». Entonces se lo entregó para que fuera crucificado.
Tomaron, pues, a Jesús, y Él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: ‘El Rey de los judíos’, sino: ‘Éste ha dicho: Yo soy Rey de los judíos’». Pilato respondió: «Lo que he escrito, lo he escrito». Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca». Para que se cumpliera la Escritura: «Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica». Y esto es lo que hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.
Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed». Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido». E inclinando la cabeza entregó el espíritu.
Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado —porque aquel sábado era muy solemne— rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: «No se le quebrará hueso alguno». Y también otra Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo —aquel que anteriormente había ido a verle de noche— con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.
7 Palabras de Cristo en la Cruz, donde el amor se une al dolor: El grito que salvó al mundo / Por P. Santiago Martín
3 de abril de 2026.- (Camino Católico).- El P. Santiago Martín el Viernes Santo de la Pasión del Señor, predica sobre las 7 palabras de Cristo en la Cruz, donde el amor se une al dolor: El grito que salvó al mundo, emitido por Magníficat TV.
Vía Crucis con el P. Jesús Higueras en la parroquia Santa María de Caná de Pozuelo de Alarcón, 3-4-2026
Camino Católico.- Vía Crucis con el P. Jesús Higueras en la parroquia Santa María de Caná de Pozuelo de Alarcón, celebrado el viernes santo al mediodía, emitido por @SantaMaríadeCanáPozuelo.
Homilía del evangelio del Viernes Santo: La verdadera cruz que Jesús cargó sobre sus hombros y en la que finalmente lo clavaron fue el pecado / Por P. José María Prats
* «Los Padres de la Iglesia han aplicado a Cristo crucificado la figura bíblica de las aguas amargas de Mará, que se convirtieron en aguas dulces al contacto con el madero que Moisés echó en ellas (cf Ex 15,23s). En el madero de la cruz, Jesús bebió las aguas amargas del pecado representadas en la esponja empapada en vinagre que acercaron a sus labios y las convirtió en el agua “dulce” de su Espíritu, simbolizada en el agua que salió de su costado abierto por la lanza. Transformó el inmenso ‘no’ de los hombres a Dios en un ‘sí’, en un amén, todavía más inmenso, para gloria de Dios Padre»
Viernes Santo
Isaías 52, 13-53,12/ Salmo 30 / Hebreos 4, 14-16;5,7-9/ San Juan 18, 1--19, 42
P. José María Prats / Camino Católico.- Al escuchar el relato de la Pasión del Señor tendemos a centrar nuestra atención en la injusticia y crueldad de los hechos y en el sufrimiento de Jesús: la traición de Judas, las intrigas de los jefes de los judíos, la flagelación, la coronación de espinas i las burlas de los soldados, el clamor del pueblo gritando: “¡crucifícalo!”, el tormento de la crucifixión...
Pero nuestra mirada no debe detenerse en la mera indignación y compasión ante estos hechos brutales: hemos de saber ver tras ellos el sentido profundo de lo que estaba ocurriendo. Y a ello nos ayuda muchísimo la primera lectura, del profeta Isaías: «Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores ... fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron».
Jesucristo es Dios y Hombre y, como tal, sus acciones tienen un alcance universal en el tiempo y en el espacio: Él cargó con el pecado de los hombres de todos los tiempos. Imaginad que todo el universo físico, con sus miles de millones de galaxias, se apoyase en un solo punto de la tierra, como una inmensa pirámide invertida; imaginad la presión que tendría que soportar ese punto. Pues bien, todo el universo de la culpa, que no es menos inmenso que el universo físico, pesaba, en la pasión, sobre el alma de Jesucristo. La verdadera cruz que Jesús cargó sobre sus hombros, que llevó luego hasta el Calvario y en la que finalmente lo clavaron, fue el pecado.
Pero es que, además, Jesucristo asumió nuestro pecado de una forma tan real que, como dice San Pablo, se hizo maldición para salvarnos, tal y como está escrito: «Maldito el que cuelga de un madero» (Gal 3,13; cf Dt 21,23). Y ser hecho maldición supone verse separado de Dios Padre. Nunca estuvo el Padre del cielo tan cerca de su Hijo como en aquel momento en que realizaba su obediencia suprema; pero, en cuanto hombre que cargaba con el pecado del mundo, Jesús no podía percibir esta cercanía y sintió el más profundo de los abandonos: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
Todo esto era necesario para que fuésemos liberados de la esclavitud del pecado y «recibiésemos por la fe el Espíritu prometido» (Gal 3,14). Los Padres de la Iglesia han aplicado a Cristo crucificado la figura bíblica de las aguas amargas de Mará, que se convirtieron en aguas dulces al contacto con el madero que Moisés echó en ellas (cf Ex 15,23s). En el madero de la cruz, Jesús bebió las aguas amargas del pecado representadas en la esponja empapada en vinagre que acercaron a sus labios y las convirtió en el agua “dulce” de su Espíritu, simbolizada en el agua que salió de su costado abierto por la lanza. Transformó el inmenso “no” de los hombres a Dios en un “sí”, en un amén, todavía más inmenso, para gloria de Dios Padre.
Esta homilía es una síntesis de una homilía de Viernes Santo del Cardenal Raniero Cantalamessa, OFM Cap.
P. José María Prats
Evangelio:
En aquel tiempo, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos. Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Díceles: «Yo soy». Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. Cuando les dijo: «Yo soy», retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó de nuevo: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Respondió Jesús: «Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos». Así se cumpliría lo que había dicho: «De los que me has dado, no he perdido a ninguno». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?».
Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo. Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el atrio del Sumo Sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro. La muchacha portera dice a Pedro: «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?». Dice él: «No lo soy». Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le respondió: «He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho». Apenas dijo esto, uno de los guardias que allí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: «¿Así contestas al Sumo Sacerdote?». Jesús le respondió: «Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?». Anás entonces le envió atado al Sumo Sacerdote Caifás. Estaba allí Simón Pedro calentándose y le dijeron: «¿No eres tú también de sus discípulos?». El lo negó diciendo: «No lo soy». Uno de los siervos del Sumo Sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dice: «¿No te vi yo en el huerto con Él?». Pedro volvió a negar, y al instante cantó un gallo.
De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua. Salió entonces Pilato fuera donde ellos y dijo: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?». Ellos le respondieron: «Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado». Pilato replicó: «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley». Los judíos replicaron: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie». Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir. Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?». Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí». Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?». Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Le dice Pilato: «¿Qué es la verdad?». Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: «Yo no encuentro ningún delito en Él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos?». Ellos volvieron a gritar diciendo: «¡A ése, no; a Barrabás!». Barrabás era un salteador.
Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a Él, le decían: «Salve, Rey de los judíos». Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo: «Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en Él». Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: «Aquí tenéis al hombre». Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Les dice Pilato: «Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en Él». Los judíos le replicaron: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios». Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no le dio respuesta. Dícele Pilato: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». Respondió Jesús: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado». Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César». Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: «Aquí tenéis a vuestro Rey». Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!». Les dice Pilato: «¿A vuestro Rey voy a crucificar?». Replicaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el César». Entonces se lo entregó para que fuera crucificado.
Tomaron, pues, a Jesús, y Él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: ‘El Rey de los judíos’, sino: ‘Éste ha dicho: Yo soy Rey de los judíos’». Pilato respondió: «Lo que he escrito, lo he escrito». Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca». Para que se cumpliera la Escritura: «Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica». Y esto es lo que hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.
Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed». Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido». E inclinando la cabeza entregó el espíritu.
Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado —porque aquel sábado era muy solemne— rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: «No se le quebrará hueso alguno». Y también otra Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo —aquel que anteriormente había ido a verle de noche— con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.
San Juan 18, 1--19, 42
Enkhjin Baatar, de 21 años: «Perdí el móvil en el autobús, fui a rezar al Niño Jesús ante el Belén, el teléfono no apareció; comprendí el poder de la oración Jesús escucha y responde a su manera; y me bautizaré católica»
Enkhjin Baatar posa para una fotografía frente a la Catedral de San Pedro y San Pablo en Ulán Bator, Mongolia / Foto: Cedida - UCANews
* «Lo que me atrae de la Iglesia Católica es el altar, donde el Cuerpo y la Sangre de Jesús son sacrificados y entregados a los fieles. Esto alimenta el alma. Quiero experimentarlo personalmente, Anhelo el día en que reciba por primera vez el Cuerpo y la Sangre de Jesús»
Camino Católico.- En una fría tarde de invierno en la capital de Mongolia, una estudiante universitaria se arrodilló en silencio ante un belén navideño en la Catedral de San Pedro y San Pablo. Había perdido su teléfono en un autobús abarrotado y se sentía impotente. Siguiendo la sugerencia de un amigo, había ido a rezar. Para Enkhjin Baatar, de 21 años, ese pequeño acto de confianza se convirtió en el punto de inflexión de un camino espiritual que aún continúa desarrollándose.
Enkhjin creció en la provincia de Hinti en el seno de una familia humilde y trabajadora. Sus padres, Uugan Baatar y Enkh Tuvshin, trabajan en una fábrica de procesamiento de carne para mantener a Enkhjin y a sus dos hermanas menores, Enkhguun, de 15 años, y Enkhmaa, de 13.
Al igual que muchos jóvenes de Mongolía de zonas rurales, se mudó a Ulán Bator para cursar estudios universitarios, llevando consigo la tranquila determinación de una estudiante de primera generación. Fue allí donde conoció a Khashdorj Michael Arvanai, un compañero de clase católico y monaguillo de la catedral.
Su familia —abuela, tía y primos— asisten regularmente a misa en la pequeña comunidad católica de Mongolia, que cuenta con poco más de 1.500 miembros en un país de más de tres millones de habitantes.
A través de la amistad, Enkhjin comenzó a encontrar una forma diferente de vivir la fe: “A través de él Khashdorj Michael Arvanai, comencé a conocer a Jesús de una manera más personal”, explica a UCANews
Una oración ante el pesebre
Tras perder su teléfono durante la Navidad, Enkhjin le confió su angustia a Arvanai. Él le sugirió rezar ante el pesebre, pidiendo la ayuda del Niño Jesús. “La experiencia fue profunda, No recuperé el teléfono gracias a las oraciones, pero sí obtuve mucha tranquilidad. “Fue entonces cuando empecé a comprender el poder de la oración. Jesús escucha. Cuando pedimos con fe y Él responde a su manera”, asevera.
Según ella, sus padres no tienen creencias religiosas y la dejaron en libertad de creer en la religión que quisiera.No se pudo contactar con sus padres, ya que viven en un pueblo remoto. “No hay razón para que rechacen mi decisión», añade. Mis padres confían en mí. Saben que las decisiones que tomo son buenas para mi vida”, añade.
Enkhjin, tercera por la derecha, posa para una fotografía con sus familiares / Foto: Cedida - UCANews
Atraída por el sacrificio de Cristo en el altar
Enkhjin había visitado previamente una iglesia protestante y notó su énfasis en las Escrituras. Sin embargo, según ella, lo que la atrajo al catolicismo fue el altar.
“Lo que me atrae de la Iglesia Católica es el altar, donde el Cuerpo y la Sangre de Jesús son sacrificados y entregados a los fieles. Esto alimenta el alma. Quiero experimentarlo personalmente, Anhelo el día en que reciba por primera vez el Cuerpo y la Sangre de Jesús”, dice.
Fue aceptada oficialmente como catecúmena el año pasado, y en esta vigilia pascual será bautizada en la Catedral de San Pedro y San Pablo.
La Iglesia de Mongolia, establecida apenas en 1992 tras la caída del comunismo, es todavía joven, compuesta en gran parte por conversos y sostenida por comunidades muy unidas y el acompañamiento personal.
La trayectoria de Enkhjin es emblemática de esa realidad: la evangelización a través de la amistad. Tuya, la abuela de Arvanai, ha observado con cariño el crecimiento espiritual de la joven: “Es una chica inteligente y devota. Todavía no comprende muchas enseñanzas de la Iglesia, pero dice: ‘Tengo fe en Jesús’”.
Enkhjin y su amigo Khashdorj Michael Arvanai que la invitó a ir a rezar ante el Belén (a la derecha) posan para una fotografía / Foto: Cedida - UCANews
El llamado misionero
Enkhjin aún no ha elegido a sus padrinos, algo que, según ella, sucederá cuando Dios lo disponga.
En Mongolia, donde la práctica budista tradicional y las influencias seculares dan forma a gran parte de la sociedad, la conversión a menudo no comienza con la instrucción doctrinal, sino con la experiencia vivida.
Cuando se le preguntó cómo esperaba servir a la Iglesia, Enkhjin respondió que quería convertirse en lectora, es decir, proclamar la Palabra de Dios a los demás.
Su imaginación está marcada por el Evangelio de Juan. Se ve reflejada en Andrés, quien lleva a su hermano, Simón Pedro, ante Jesús, diciendo: «Hemos encontrado al Mesías».
“Al igual que el apóstol Andrés, mi amigo Arvanai me acercó a Jesús. Este es un momento muy importante en mi vida como joven mongola. En el futuro, también quiero convertirme en un ‘Andrés’ para muchos ‘Pedros’, llevándolos a Jesús. Entiendo que este es el papel de todo misionero en esta joven Iglesia en Mongolia”.
Sachini Dilshani era budista: «Sufrí una afección cutánea persistente con 30 heridas sangrantes, busqué la intercesión de la Virgen María para pedirle a su hijo Jesucristo que me cure, Él me sanó y me bautizaré católica»
Sachini Dilshani Weerakoon recibirá el bautismo y se convertirá en miembro de pleno derecho de la Iglesia Católica el 4 de abril / Foto: Cedida - UCANews
Camino Católico.- Durante su adolescencia, Sachini Dilshani Weerakoon sufrió una afección cutánea persistente que le provocaba heridas sangrantes en ambas piernas. Pero ahora, a los 20 años, habla de ello no con dolor ni vergüenza, sino con gratitud.
Durante casi ocho años, esta mujer de Sri Lanka sufrió de ampollas abiertas en ambas piernas casi todos los meses —a veces más de 30 a la vez— que, según los médicos, eran causadas por una enfermedad autoinmune.
Con frecuencia, las heridas se abrían y sangraban, impidiéndole “dormir, trabajar o viajar con libertad”, según cuenta a UCANews. A menudo, esto le provocaba fuertes dolores de cabeza, lo que agravaba su malestar.
En mayo de 2025, Sachini Dilshani Weerakoon afirma que las ampollas dejaron de aparecer, lo que ella considera una cura milagrosa que cambió su vida y su fe. “Creo que Jesús sanó mis piernas por completo”, dice con una sonrisa.
Esta joven cuenta los días que faltan para la Vigilia Pascual del 4 de abril en la iglesia de San Judas Apóstol en Ashokapura, su pueblo, donde espera ser bautizada como católica.
Ashokapura, situada a unos 225 kilómetros al norte de la capital, Colombo, pertenece a la diócesis de Anuradhapura. La aldea es predominantemente budista, como el resto del país, pero cuenta con 30 familias católicas que conviven con sus 400 familias budistas.
Sachini Dilshani Weerakoon nació en una familia budista y creció practicando el budismo. "Aunque hemos sido budistas durante generaciones, mis padres nos llevaban a la iglesia de San Judas para encender velas", explica.
Estas prácticas son comunes en su aldea, donde el templo budista se encuentra cerca de la iglesia parroquial católica, y católicos y budistas se apoyan mutuamente en sus actividades religiosas. Los aldeanos también celebran juntos las festividades de otras religiones.
“Por eso existe una fuerte amistad entre budistas y católicos”, sonríe Sachini Dilshani Weerakoon. “Encender velas en la iglesia forma parte de la rutina de nuestra familia, especialmente en los cumpleaños —el mío y el de mis padres—, para pedir bendiciones divinas”, dice.
Tras casarse hace dos años con Puthum Lakshan Silva, un católico, comenzó a encender una lámpara de aceite frente a las estatuas de Jesús y la Virgen María durante sus oraciones diarias.
También solía visitar el santuario de Madhu, un santuario mariano en la diócesis de Mannar, en el norte del país, que es frecuentado tanto por católicos como por muchos budistas. “En el santuario de Madhu, busqué la intercesión de la Virgen María para pedirle a su hijo Jesucristo, Dios, que me cure”. Tras una peregrinación, se sintió curada y no le volvieron a salir ampollas. «Me ha curado por completo», afirma.
Tras su sanación, sintió el llamado a convertirse al catolicismo y lo comentó con su párroco, Granville Chrisantha Srilal. Él le aconsejó que asistiera a misa y a clases de religión todas las semanas. Su catequista, Mahesha Manori, dice que Sachini Dilshani Weerakoon está "estudiando con mucha dedicación. Se esfuerza por fomentar el crecimiento espiritual, combatir la soledad y la desesperación, y compartir la fe con los demás”. Por su parte, el párroco asegura que la joven tenía el deseo personal de recibir el bautismo "sin ninguna presión de nadie".
El padrino de Sachini Dilshani Weerakoon, Nicholas Silva, y su madrina, Piyasenage Premalatha, también esperan con ilusión su bautismo. “Está contando los días para recibir la Eucaristía”, dice Premalatha.
Su familia también la ha apoyado en su decisión. Su esposo, Pathum Lakshan Silva, afirma que su decisión fue "puramente personal" y que "nunca la presionó de ninguna manera en asuntos religiosos".
La madre de Silva, Piyasenage Ramyalatha, de 44 años, que enseña religión a estudiantes budistas en el templo del pueblo, dijo que la decisión de Sachini Dilshani Weerakoon refleja la libertad religiosa en el pueblo.
Los católicos y budistas del pueblo dan "un ejemplo al mundo al convivir", declara Ramyalatha, quien también enseñó budismo a Sachini Dilshani Weerakoon.
Ramyalatha "nunca se negó a mi conversión al catolicismo", dice Sachini Dilshani Weerakoon mientras pasaba junto al templo budista y entraba en la iglesia para encender una vela.
“Creo en Jesús”, asegura Sachini Dilshani Weerakooncon firmeza mientras entraba en la iglesia con un paso ligero, como para demostrar que ya no tenía ampollas dolorosas.
David Patterson: «Me enojé por el divorció de mis padres, abandoné la fe, bebía alcohol hasta perder el conocimiento, mi madre rezaba por mí, fui a un retiro, me confesé y 6 meses después Dios sanó mis adicciones»
David Patterson contando su testimonio de conversión
* «Cuando comenzó la primera charla, el orador captó mi atención. Me habló del amor de Dios. Dijo que ‘un simple “sí” a Cristo cambiará tu vida para siempre’. Continuó: ‘Hoy es 15 de agosto. Corran al Sacramento de la Reconciliación y sean libres. Hagan de hoy el día en que le dijeron “sí” a Jesús’. Me tocó la fibra sensible, porque, más que nada, anhelaba ser libre y sabía que no lo era. Así que esa noche corrí a confesarme. Mientras me confesaba, me sentía cada vez más ligero, y cuando el sacerdote me dio la absolución, me sentí libre. Me sentí transformado»
Camino Católico.- David Patterson, tiene 38 años, vive en Toronto (Canadá) y es el creador del portal Yes Catholic de Canadá, en el que cuenta su poderosa historia de conversión. Este medio cuenta con el apoyo de figuras de la Iglesia en Canadá, como el Arzobispo Emérito Cardenal Thomas Collins de Toronto.
Aunque la madre de David era católica, tras el divorcio de sus padres, él sintió resentimiento hacia su padre y deseaba que este "sintiera su dolor". También empezó a preguntarse "si la gente realmente creía en Jesús".
En noveno grado, pasó un verano en la casa de campo de su padre y terminó involucrándose profundamente con la marihuana, el alcohol y las fiestas. Con su adicción al alcohol llegaba a perder el conocimiento. Cuando regresó a la escuela en otoño, se juntó con malas compañías y continuó llevando una vida imprudente durante la secundaria y la universidad. De hecho, en un momento dado, David le preguntó a un amigo por qué le dolía la cabeza cuando no bebía, y el amigo le respondió: "Tienes los colmillos del lobo. Eres un alcohólico; bienvenido al club".
Afortunadamente, la madre de David nunca dejó de orar por su conversión. Cuando ella le pidió que asistiera a un retiro católico, él accedió a regañadientes y fue allí, que después de confesarse tuvo un encuentro con Dios. Su conversión se produjo el 15 de agosto de 2009, cuando tenía 21 años. Después de crecer seis meses en su relación con Cristo y perseverar en los sacramentos, el Señor le sanó de sus adicciones. Esta es su historia contada en primera persona.
David Patterson junto a su esposa Alexandra y su madre en el evento ‘Lift Jesus Higher Rally’ de 2017 en Toronto, Ontario
«Dios elige a los quebrantados, sana nuestros corazones y nos ama incluso cuando volvemos a caer»
De niño, tenía muchas preguntas sin respuesta sobre la fe. Cuando estaba en noveno grado, quería ver si alguien realmente creía en Jesús y en la Iglesia Católica, pero, para ser honesto, no vi a nadie que lo hiciera. Así que pensé: "¿Para qué?". Ya había experimentado mucha confusión y enojo por el divorcio de mis padres, y aunque mi madre seguía intentando animarme —convenciéndome de que hablara con tal o cual sacerdote—, yo ya estaba harto de todo eso, y solo tenía 15 años.
Ese verano, mi vida se fue al traste rápidamente. Me pasé todas las vacaciones bebiendo, fumando y juntándome con malas compañías. Lamentablemente, esa fue una muestra de toda mi experiencia en el instituto. Ojalá pudiera decir que mi época universitaria fue diferente, pero la verdad es que bebía con frecuencia, incluso hasta el punto de perder el conocimiento por culpa del alcohol.
Pero hay algo que debes entender. Aunque yo no pensaba en el cristianismo ni en Jesús, mi madre no había perdido la esperanza en mí. Rezaba por mí. Me insistía constantemente para que fuera a un retiro espiritual, y finalmente, para que dejara de insistir , cedí.
El retiro no empezó bien. Estaba enfadado y no quería estar allí, así que me senté afuera en el aparcamiento gritándole a mi madre, intentando convencerla de que no quería entrar, deseaba marcharme. En medio del alboroto sentí que me tocaban el hombro y vi a un sacerdote con sombrero de vaquero. Era cariñoso y paciente, y me dijo: ‘Hijo, creo que deberías quedarte’. No solo me calmó, sino que incluso me convenció de quedarme, aunque seguía escéptica.
Cuando comenzó la primera charla, el orador captó mi atención. Me habló del amor de Dios. Dijo que “un simple «sí» a Cristo cambiará tu vida para siempre”. Continuó: «Hoy es 15 de agosto. Corran al Sacramento de la Reconciliación y sean libres. Hagan de hoy el día en que le dijeron “sí” a Jesús».
Me tocó la fibra sensible, porque, más que nada, anhelaba ser libre y sabía que no lo era. Así que esa noche corrí a confesarme. Mientras me confesaba, me sentía cada vez más ligero, y cuando el sacerdote me dio la absolución, me sentí libre. Me sentí transformado.
Al regresar del retiro, comencé a ir a misa solo. Empecé a frecuentar el sacramento de la Reconciliación. Y después de seis meses de estar cerca de Jesús, Dios sanó mis adicciones. Así que sí, Dios rompió las cadenas de mi vida.
Meses después, participé en otro retiro espiritual. Mientras oraba ante la Eucaristía, Dios puso una imagen en mi mente. Vi a un grupo de adolescentes alabando a Dios en el sótano de la iglesia donde crecí. Al día siguiente, como estaba en mi ciudad natal, fui a esa iglesia y hablé con el sacerdote, contándole lo que había visto. Su expresión cambió de inmediato. Me dijo: «Qué curioso, porque ayer tuvimos una reunión para hablar de buscar un coordinador de pastoral juvenil. Creo que tú podrías serlo».
Me sentía tan indigno. Si aquel sacerdote hubiera sabido dónde había estado y qué había hecho en mi vida, estaba seguro de que no me habría pedido que fuera coordinador de la pastoral juvenil. Pero no sabía que así es cómo obra Dios. Él elige a los quebrantados, sana nuestros corazones y nos ama incluso cuando volvemos a caer.
Acepté el puesto de coordinador de jóvenes y me asombró lo que Dios era capaz de hacer, aunque no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Y lo curioso es que estaba tan concentrado en intentar ayudar a estos jóvenes desde mi propia fragilidad que olvidé por completo que Jesús me estaba ayudando constantemente a mí.
Lo sé porque el primer día de nuestro primer campamento de verano conocí a una monitora que cambió mi vida para siempre. Se llamaba Alexandra y era preciosa.
David Patterson junto a su esposa Alexandra
Cuando decidimos empezar a salir, nos tomamos de las manos, inclinamos la cabeza y le pedimos a Dios que nos bendijera y fuera el centro de todo lo que hiciéramos. Sé que nos escuchó. Después de salir durante meses, comenzamos una novena —una oración de nueve días— para discernir si estábamos llamados al sacramento del matrimonio. Durante toda la semana, lo único que oía en mi corazón era: «Propónme matrimonio».
Verás, Dios seguía actuando en mí, e incluso estaba dispuesto a involucrar a mi amigo para ayudarme a llegar a donde necesitaba ir. Un día, en medio de una conversación, mi amigo me preguntó de repente: "¿Amas a Alexandra?".
Sin dudarlo, le dije que sí y que incluso estaba pensando en proponerle matrimonio el jueves (¡ni siquiera sé de dónde saqué la idea del jueves!). Pasamos el resto de la noche planeando cómo conseguiría el permiso de sus padres y el anillo.
La noche anterior al jueves, Alexandra me llamó y me dijo: «Oye, estaba pensando que mañana es el noveno día de nuestra novena para ver si estamos llamados al matrimonio». A la mañana siguiente fuimos a misa y luego a un lugar con vistas a un lago, el mismo sitio donde tuvimos nuestra primera cita. Fue allí donde le pedí a Alexandra que pasara el resto de su vida conmigo. ¡Por suerte, dijo que sí!
Fue un día muy especial, y sin embargo, Dios quería que supiera que también tenía otro significado que yo desconocía. Tras investigar un poco, me di cuenta: le había propuesto matrimonio a mi esposa el 15 de agosto, y fue el 15 de agosto de 2009 cuando regresé a la Iglesia. ¿Coincidencia? No lo creo.
La verdad es que yo era un desastre, pero era Su desastre. A pesar de todo, Dios nunca ha dejado de amarme y, al igual que mi madre, nunca se ha dado por vencido conmigo.
Alexandra y yo nos casamos un año después y hemos sido bendecidos con dos hijos. San Juan Pablo II dijo: «La vida con Cristo es una aventura maravillosa». ¿Sigo siendo un desastre? Sí. Pero sé que Dios obra todo para su gloria.
David Patterson














