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lunes, 2 de diciembre de 2024

Mirko Klobuchar, 54 años, es inspector de policía, diácono permanente y capellán en una comisaría: «En momentos de angustia, aferrarse a Jesús y confiar en Él, porque es a Él y su amor lo que más necesitamos»


Mirko Klobuchar es inspector de policía pero su relación con Dios impregna todo su trabajo / Foto: Cortesía de Mirko Klobuchar

* «Anuncio a Jesús, no a mí mismo. Hemos recibido al Espíritu Santo, que vive en nosotros, nos inspira, nos enseña y nos da la fuerza para dar testimonio. Dios nos ha elegido para que demos fruto y que este fruto permanezca… Todos somos buscadores de verdad y de sentido. No estamos solos en la vida, Dios es el iniciador de todo, nos ama con locura, inconmensurablemente. Mi testimonio es una acción de gracias a Aquel que siempre me ha buscado, que me busca, que nunca me ha abandonado y que nunca me abandonará a mí ni a nadie»

Camino Católico.- Una vida de altibajos. Mirko Klobuchar, esloveno de 54 años, es inspector de policía, diácono permanente y capellán en una comisaría. Explica a Bérengère Dommaigné en la edición eslovena de Aleteia: "No soy una persona humilde. Tengo mucho orgullo dentro de mí, y lucho contra él todo el tiempo. Por eso Dios me permite caer en muchas situaciones, pero siempre está a mi lado".

Mirko Klobuchar lleva buscando a Dios desde que era adolescente. Pero no fue en su párroco ni en su capellán donde encontró respuestas. Al mismo tiempo, su vida en el colegio no era fácil, y sus amistades eran complicadas. Llegó a dejar la escuela durante varios días y fue expulsado a su regreso.

Y sin embargo… Fascinado por las grandes figuras de santos como san Francisco de Asís, el joven decidió partir a pie desde su ciudad natal, Jesenice, en el noroeste de Eslovenia, en la frontera con Austria, hasta Medjugorje. Pero al llegar a Liubliana, se desmayó y puso fin a su caminata.

"Dios nos da señales, pero a menudo buscamos las que creemos que deberían estar ahí. Antes pensaba que Dios no me amaba porque no me daba lo que yo quería. Hoy sé que nos ama tanto que no nos da lo que queremos o creemos que es bueno para nosotros, sino lo que sabe que necesitamos. Muchas veces es justo lo contrario, y eso puede doler mucho", reflexiona.

Del convento al ejército

El joven se acercó entonces a una comunidad capuchina, donde permaneció unos meses. Finalmente tuvo que marcharse para hacer el servicio militar en lo que entonces era el Ejército Popular Yugoslavo. En medio de muchas dificultades personales, siguió buscando a Dios, pero nunca lo encontró.

"A menudo estaba enfadado con Dios, decepcionado y desesperado porque esto les había ocurrido a otros y no a mí". Intentó "forzar" a Dios para que se le revelara: "Voy a ir donde la línea entre la vida y la muerte puede ser muy delgada: ¡al ejército!"

Mirko Klobuchar se alistó en dos unidades del ejército porque buscaba tener un encuentro con Dios y pensó que ante los peligros Él se le haría presente / Foto: Cortesía de Mirko Klobuchar

Se alistó en una brigada especial, donde permaneció un año antes de incorporarse a otra unidad del ejército esloveno como policía militar. Poco a poco, el hombre se calmó e incluso se casó, a los 33 años.

Tiene dos hijas, Klara y Miriam, con las que mantiene una relación afectuosa y de confianza, y de las que se siente sinceramente orgulloso. Se acercó más a Cristo y fue ordenado diácono permanente en 2010, tras un curso de dos años en la Facultad de Teología.

Paciente número uno

Pero las dificultades no habían terminado. La relación con su esposa se deterioró, y en 2014 la pareja se divorció, antes de obtener posteriormente la nulidad matrimonial.

"Estaba, y sigo estando, convencido de que el matrimonio es sagrado. Creía que el nuestro duraría hasta la muerte. Cuando se rompió, tuve enormes dificultades para vivir con ello. Había mucho dolor, soledad y sentimientos de rechazo, pero sobre todo me preguntaba cómo podría seguir viviendo como cristiano, padre y diácono, y cómo podría seguir dando testimonio. No podía hablar de ello con nadie, la gente de la parroquia solía cerrarse en banda y distanciarse de mí".

Pero fue en Cristo donde encontró la salvación. "En aquel momento cometí el grave error, que cometemos a menudo, de alejarme de Dios en los momentos de angustia. Dejé de rezar, dejé de leer la Biblia y me cerré a las relaciones porque estaba convencido de que no tenía sentido. Ése es el mayor error que podemos cometer. En momentos así, debemos aferrarnos a Jesús y confiar plenamente en Él, porque es a Él y su amor lo que más necesitamos, aunque no lo sintamos".

Entonces, un día, Mirko se encontró con las palabras de Jesús en el Evangelio: "No son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores" (Mc 2,17).

Fue una revelación. "¡Aquí estoy! ¡Soy el paciente número uno! Tengo el remedio, la respuesta a cómo puedo dar testimonio a través de mis experiencias vitales y mis investigaciones: anuncio a Jesús, no a mí mismo. Hemos recibido al Espíritu Santo, que vive en nosotros, nos inspira, nos enseña y nos da la fuerza para dar testimonio. Dios nos ha elegido para que demos fruto y que este fruto permanezca".

Mirko Klobuchar es capellán en una comisaría y atiende espiritualmente a los policías / Foto: Cortesía de Mirko Klobuchar

Capellán de policía

Desde entonces, Mirko lo da todo como capellán de policía. Orienta espiritualmente a los policías, bendice a las personas y acompaña a los catecúmenos. "Los policías empiezan a abrirse cuando experimentan la aceptación, confidencialidad y el tiempo que se les dedica. Les escucho y apoyo a diario, porque paso tiempo en su lugar de trabajo, y cuanto más tiempo estoy aquí, más respeto a la policía".

El capellán enumera las numerosas dificultades a las que se enfrentan los policías: las noches de guardia, el trabajo de campo (accidentes de tráfico, suicidios, violencia doméstica, etc.), las relaciones en el trabajo, el hecho de que las personas que generalmente acuden a la comisaría lo hacen por algo negativo.

"El trabajo es duro, complejo y estresante. Los policías necesitan poder expresar lo que les pesa, sus dificultades, problemas, pensamientos y experiencias. A menudo, no están en condiciones de hacerlo, o quizá ni siquiera se les permite".

Por sus muchas experiencias vitales, Mirko sabe cómo tomar distancia y dar testimonio de esperanza y expectación.

"Todos somos buscadores de verdad y de sentido. No estamos solos en la vida, Dios es el iniciador de todo, nos ama con locura, inconmensurablemente. Mi testimonio es una acción de gracias a Aquel que siempre me ha buscado, que me busca, que nunca me ha abandonado y que nunca me abandonará a mí ni a nadie".

jueves, 20 de junio de 2024

Jim Arndt: «Crecí con cero fe, le dije a mi novia católica que iría a Misa con ella, oí una voz clara hablando, que me dijo: 'Pon atención en este tipo'. Y soy diácono»


 Camino Católico.- James Arndt, Jim, se educó en una familia sin religión, incluso antirreligiosa. Hoy casado, padre de tres hijas, es diácono permanente y el responsable parroquial en la parroquia de Saint Francis Xavier de Merrill, diócesis de Superior, Wisconsin. Por su cargo, lleva las cuentas de la parroquia, toma muchas de las decisiones y se responsabiliza de la mayor parte de la formación para adultos. ¿Cómo llegó ahí? Es a la vez una historia de conversión y de vocación que ha contado entrevistado en Catholic ReCon, en Youtube.

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martes, 28 de noviembre de 2023

Adriano Müller, hijo de sacerdote, ordenado diácono: «Los días son iluminados por Dios, pero en este el Espíritu Santo irradiaba. Es Jesús actuando en medio de nosotros»


 «Amo lo que hago y dedico mi tiempo a Jesús. Tengo a mi familia en la roca del Señor, gracias a Dios. Por eso mi dedicación a este mi diaconado, a mi familia, a la Iglesia, a mis comunidades aquí en la parroquia Nossa Senhora das Graças. Es una bendición de Dios. Es nuestra búsqueda de nuestra santificación, todos caminando juntos, en el amor y en el dolor» 

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sábado, 9 de febrero de 2008

Benedicto XVI: Dimensión y visibilidad del diaconado

Encuentro del Papa con los párrocos y el clero de Roma (I)

ROMA, lunes, 11 febrero 2008 (ZENIT.org).- Como es tradicional a inicios de Cuaresma, Benedicto XVI se reunió con los párrocos y el clero de la diócesis de Roma el pasado 7 de febrero. El encuentro se desarrolló en forma de diálogo, entre el Santo Padre y los participantes. Publicamos la primera de las preguntas y respuestas que dio el Papa espontáneamente.

* * *

[Giuseppe Corona, diácono:]


Santo Padre: desearía expresar ante todo mi gratitud y la de mis hermanos diáconos por el ministerio que tan providencialmente la Iglesia ha retomado con el Concilio (*), ministerio que nos permite dar plena expresión a nuestra vocación. Estamos comprometidos en una gran variedad de tareas que desarrollamos en ámbitos muy diferentes: la familia, el trabajo, la parroquia, la sociedad, también en las misiones en África y América Latina, entornos que usted ya indicó en la audiencia que nos concedió con ocasión del veinticinco aniversario del diaconado romano. Ahora nuestro número ha aumentado: somos 108. Y nos gustaría que nos indicara una iniciativa pastoral que pueda convertirse en signo de una presencia más incisiva del diaconado permanente en la ciudad de Roma, como sucedió en los primeros siglos de la Iglesia romana. De hecho, compartir un objetivo significativo, común, por un lado incrementaría la cohesión de la fraternidad diaconal, por otro daría mayor visibilidad a nuestro servicio en esta ciudad. Le presentamos, Santo Padre, el deseo de que nos indique una iniciativa que podamos compartir en los modos y en las formas que desee señalar. En nombre de todos los diáconos le saludo, Santo Padre, con filial afecto.

[Benedicto XVI:]

Gracias por este testimonio de uno de los más de cien diáconos de Roma. Desearía también yo expresar mi alegría y mi gratitud al Concilio, porque repuso este importante ministerio en la Iglesia universal. Debo decir que cuando era arzobispo de Munich no encontré tal vez más que a tres o cuatro diáconos y favorecí mucho este ministerio porque me parece que pertenece a la riqueza del ministerio sacramental en la Iglesia. Al mismo tiempo, puede ser igualmente un vínculo entre el mundo laico, el mundo profesional y el mundo del ministerio sacerdotal --dado que muchos diáconos continúan desenvolviendo sus profesiones y mantiene sus posiciones, importantes o también de vida sencilla, mientras que sábado y domingo trabajan en la Iglesia--. De esta forma testimonian en el mundo de hoy, asimismo en el mundo laboral, la presencia de la fe, el ministerio sacramental y la dimensión diaconal del sacramento del Orden. Esto me parece muy importante: la visibilidad de la dimensión diaconal.

Naturalmente asimismo todo sacerdote sigue siendo diácono y debe siempre pensar en esta dimensión, porque el Señor mismo se hizo nuestro ministro, nuestro diácono. Pensamos en el gesto del lavatorio de los pies, con el que explícitamente se muestra que el Maestro, el Señor, actúa como diácono y quiere que cuantos le siguen sean diáconos, que desempeñen este ministerio para la humanidad, hasta el punto de ayudar también a lavar los pies ensuciados de los hombres confiados a nosotros. Esta dimensión me parece de gran importancia.

En esta ocasión traigo a la memoria --aunque a lo mejor no es inmediatamente inherente al tema-- una pequeña experiencia que apuntó Pablo VI. Cada día del Concilio se entronizó el Evangelio. Y el Pontífice dijo a los ceremonieros que una vez habría deseado realizar él mismo esta entronización del Evangelio. Le dijeron: no, ésta es tarea de los diáconos, no del Papa. Él escribió en su diario: pero también yo soy diácono, sigo siendo diácono y desearía también ejercer este ministerio del diaconado poniendo en el trono la Palabra de Dios. Por lo tanto esto nos concierne a todos. Los sacerdotes siguen siendo diáconos y los diáconos explicitan en la Iglesia y en el mundo esta dimensión diaconal de nuestro ministerio. Esta entronización litúrgica de la Palabra de Dios cada día durante el Concilio era siempre para nosotros un gesto de gran importancia: nos decía quién era el verdadero Señor de aquella asamblea, nos decía que sobre el trono está la Palabra de Dios y que nosotros ejercemos el ministerio para escuchar y para interpretar, para ofrecer a los demás esta Palabra. Es ampliamente significativo para todo cuanto hacemos: entronizar en el mundo la Palabra de Dios, la Palabra viva, Cristo. Que realmente sea Él quien gobierne nuestra vida personal y nuestra vida en las parroquias.

Además usted me hace una pregunta que, debo decir, excede un poco mis fuerzas: cuáles serían las tareas propias de los diáconos en Roma. Sé que el cardenal vicario conoce mucho mejor que yo las situaciones reales de la ciudad, de la comunidad diocesana de Roma. Pienso que una característica del ministerio de los diáconos es precisamente la multiplicidad de las aplicaciones del diaconado. En la Comisión Teológica Internacional, hace algunos años, estudiamos largamente el diaconado en la historia y también en el presente de la Iglesia. Y descubrimos justamente esto: no existe un perfil único. Cuánto se debe hacer, varía según la preparación de las personas, de las situaciones en las que se encuentran. Puede haber aplicaciones y concreciones muy diferentes, siempre en comunión con el obispo y con la parroquia, naturalmente. En las distintas situaciones se muestran varias posibilidades, también dependiendo de la preparación profesional que eventualmente tengan estos diáconos: podrían estar comprometidos en el sector cultural, tan importante hoy, o podrían tener una voz y un puesto significativo en el sector educativo. Pensamos este año precisamente en el problema de la educación como central para nuestro futuro, para el futuro de la humanidad.

Ciertamente el sector de la caridad era en Roma el sector originario, porque los títulos presbiterales y las diaconías eran centros de la caridad cristiana. Éste era desde el inicio en la ciudad de Roma un sector fundamental. En mi Encíclica Deus caritas est mostré que no sólo la predicación y la liturgia son esenciales para la Iglesia y para el ministerio de la Iglesia, sino que lo es igualmente el servicio de la caritas --en sus múltiples dimensiones-- por los pobres, por los necesitados. Así que espero que en todo tiempo, en toda diócesis, si bien con situaciones distintas, ésta siga siendo una dimensión fundamental y también prioritaria para el compromiso de los diáconos, si bien no la única, como nos muestra también la Iglesia primitiva, donde los siete diáconos fueron elegidos precisamente para permitir a los apóstoles dedicarse a la oración, a la liturgia, a la predicación. También después Esteban se encuentra en la situación de tener que predicar a los helénicos, a los judíos de lengua griega, y así se amplía el campo de la predicación. Él está condicionado, digamos, por las situaciones culturales, donde tiene voz para hacer presente en dicho sector la Palabra de Dios y así hace más posible la universalidad del testimonio cristiano, abriendo las puertas a san Pablo, que fue testigo de su lapidación y posteriormente, en cierto sentido, su sucesor en la universalización de la Palabra de Dios. No sé si el cardenal vicario desea añadir una palabra; yo no estoy tan próximo a las situaciones concretas.


[Cardenal Camillo Ruini, vicario del Papa para la diócesis de Roma:]

Santo Padre: sólo puedo confirmar, como usted decía, que también en Roma en concreto los diáconos trabajan en muchos ámbitos, en su mayor parte en las parroquias, donde se ocupan de la pastoral de la caridad, pero por ejemplo muchos también están en la pastoral de la familia. Al estar casados casi todos los diáconos, preparan al matrimonio, siguen a los jóvenes parejas, y labores por el estilo. Además brindan una contribución significativa a la pastoral sanitaria, ayudan también en el Vicariato --donde algunos trabajan-- y, como escuchó antes, en las misiones. Existe alguna presencia misionera de diáconos. Creo que, naturalmente, en el plano numérico el compromiso de amplitud más relevante es en las parroquias, pero existen igualmente otros ámbitos que se están abriendo y precisamente por esto tenemos ya más de un centenar de diáconos permanentes.

[*Ndt: de los documentos del Concilio Vaticano II, la Constitución Dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, firmada por Pablo VI el 21 de noviembre de 1964, establece, sobre los diáconos: «En el grado inferior de la jerarquía están los diáconos, que reciben la imposición de manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio. Así confortados con la gracia sacramental en comunión con el Obispo y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad. Es oficio propio del diácono, según la autoridad competente se lo indicare, la administración solemne del bautismo, el conservar y distribuir la Eucaristía, el asistir en nombre de la Iglesia y bendecir los matrimonios, llevar el viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir los ritos de funerales y sepelios. Dedicados a los oficios de caridad y administración, recuerden los diáconos el aviso de San Policarpo: "Misericordiosos, diligentes, procedan en su conducta conforme a la verdad del Señor, que se hizo servidor de todos". Teniendo en cuenta que, según la disciplina actualmente vigente en la Iglesia latina, en muchas regiones no hay quien fácilmente desempeñe estas funciones tan necesarias para la vida de la Iglesia, se podrá restablecer en adelante el diaconado como grado propio y permanente en la jerarquía. Tocará a las distintas conferencias episcopales el decidir, oportuno para la atención de los fieles, y en dónde, el establecer estos diáconos. Con el consentimiento del Romano Pontífice, este diaconado se podrá conferir a hombres de edad madura, aunque estén casados, o también a jóvenes idóneos; pero para éstos debe mantenerse firme la ley del celibato (n.29).]

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Traducción del original italiano por Marta Lago