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jueves, 1 de enero de 2026

Misterios Gozosos del Santo Rosario, desde el Santuario de Lourdes, 1-1-2026

1 de enero de 2026.- (Camino Católico).- Rezo de los Misterios Gozosos del Santo Rosario, de hoy, jueves, Octava de Navidad, Santa María, Madre de Dios, desde la Gruta de Massabielle, en el Santuario de Lourdes, en el que se intercede por el mundo entero. 

Palabra de Vida 1/1/2026: «Conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» / Por P. Jesús Higueras

Camino Católico.- Espacio «Palabra de Vida» de 13 TV del 1 de enero de 2026, jueves, solemnidad de Santa María, Madre de Dios, presentado por el padre Jesús Higueras en el que comenta el evangelio del día.

Evangelio: San Lucas 2, 16-21:

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacía Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño.

Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto; conforme a lo que se les había dicho.

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Homilía del evangelio de Santa María, Madre de Dios: Jesús con su Madre ha configurado de forma decisiva su humanidad / Por P. José María Prats

* «El evangelio que hemos proclamado nos narra este rito diciendo que le pusieron el nombre de Jesús, según el ángel había indicado a María antes de su concepción. Jesús significa en hebreo Dios salva, y ésta es, pues, la síntesis de la vocación de este Niño: restablecer la comunión entre Dios y los hombres para devolvernos así la vida de la gracia y liberarnos del yugo del pecado»

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios 

Números 6,22-27  /  Salmo 66  /  Gálatas 4, 4-7  / San Lucas 2, 16-21

P. José María Prats / Camino Católico.- En esta solemnidad del primer día del año concurren varias cosas:

Por una parte terminamos la octava de Navidad durante la cual hemos ido profundizando en los diferentes aspectos del misterio de la Encarnación y del Nacimiento del Hijo de Dios. Según la ley judía, al octavo día del nacimiento debía circuncidarse a los varones. Con este rito se incorporaban al pueblo judío y recibían un nombre. El nombre para Israel tenía un significado muy profundo: no era una mera palabra convencional para llamar a alguien, sino que representaba la identidad más profunda de una persona y su misión en favor de su pueblo. El evangelio que hemos proclamado nos narra este rito diciendo que le pusieron el nombre de Jesús, según el ángel había indicado a María antes de su concepción. Jesús significa en hebreo Dios salva, y ésta es, pues, la síntesis de la vocación de este Niño: restablecer la comunión entre Dios y los hombres para devolvernos así la vida de la gracia y liberarnos del yugo del pecado.

Pero la gran protagonista de hoy es la Virgen María, a quien recordamos en su advocación más importante y más antigua: la de Madre de Dios, proclamada solemnemente en el Concilio de Éfeso en el año 431. Esta advocación es muy importante porque subraya la realidad de la Encarnación. El Hijo de Dios se ha hecho plenamente hombre naciendo de una mujer con la que ha mantenido un vínculo físico, psicológico y espiritual estrechísimo. De la misma manera en que la relación con nuestra madre ha marcado nuestra personalidad, la relación de Jesús con su Madre ha configurado de forma decisiva su humanidad.

Y a partir de aquí y teniendo en cuenta que Jesús es la Cabeza de la Iglesia y los cristianos el Cuerpo, podemos entender un poco mejor la maternidad espiritual de María en relación con nosotros: Quien ha configurado la humanidad de la Cabeza es lógico que configure también a los miembros del Cuerpo como hombres y mujeres nuevos a imagen de Cristo.

Finalmente, en la primera lectura, tomada del libro de los números, hemos escuchado cómo Dios enseñó a los sacerdotes de Israel a bendecir a su pueblo. Esta bendición de Dios ha llegado a su plenitud en Jesucristo en quien hemos sido bendecidos «con toda clase de bienes espirituales y celestiales» (Ef 1,3). Y entre estos bienes, el más preciado y más amenazado es el de la paz. Por ello, desde 1968 y por voluntad del papa Pablo VI, en este primer día del nuevo año, oramos pidiendo por intercesión de la Madre de Dios, el don de la paz: paz en nuestros corazones, en nuestras familias, en nuestra sociedad, en el mundo entero. Que se hagan realidad en nosotros las palabras del salmo 28: «El Señor bendice a su pueblo con la paz.»


P. José María Prats


Evangelio

En aquel tiempo, los pastores fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel Niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno.

San Lucas 2, 16-21

María, Madre de Dios, nos recibe al inicio del camino y del año nuevo recordándonos que la paz nace de la confianza en Dios / Por P. Carlos García Malo

 


Feliz Año Nuevo 2026: Que el Señor bendiga cada día de este nuevo año, llene tu corazón de paz, fortalezca tu fe y te guíe por caminos de amor, esperanza y sabiduría / Por P. Carlos García Malo

 


Branca María Pereira, médico de sor Lucía: «Dejé la vida de gracia y cuando la conocí, ella me enseñó todo: me hizo volver a la fe, me mostró quién era Dios, dónde encontrarlo, cómo estar con Él, cómo hablarle, cómo rezarle»


La doctora Branca María Pereira, fue médico de sor Lucía durante los 15 últimos años de vida de la vidente de la Virgen de Fátima

* «Y por un poco de curiosidad quise preguntarle a la hermana Lucía: ‘¿cómo era la voz de la Virgen María?’ Y ella me dijo con esta sencillez: ‘no era una voz que se oía así, con estos oídos, sino que penetraba en nuestra mente. Y era dulce, muy dulce y también triste, porque se ofendía mucho a Nuestro Señor’. También le pregunté que cuando vieron el infierno, que cómo era. Y ella me dijo: ‘las personas piensan que no hay infierno, están engañadas; lo hay. Y es un horror de desesperación y odio. Las personas allí arden en odio y en rencor, en desesperanza. Son como llamas de desesperación e infelicidad’»                            

Vídeo del testimonio de Branca María Pereira, médico de sor Lucía, en H.M. Televisión  

 Camino Católico.- “Yo quería ver a Nuestra Señora como aquellos niños, pero como ella no se me aparecía, como eso no pasó, seguí con mi vida. Me casé, tuve mis hijos y el trabajo me absorbió hasta separarme de la iglesia. Dejé de ir a misa, dejé los sacramentos, no vivía vida de gracia ni de oración y así pasó mi vida” asegura  Branca María Pereira, médico personal de sor Lucía durante 15 años, hasta certificar su muerte, en el Carmelo de Coimbra (Portugal).

“Sor Lucía sabía sobre mi vida en totalidad, de mis sufrimientos personales y se convirtió en mi sostén, en mi fuerza y fue la que me hizo volver a la fe, la que me mostró qué era, quién era verdaderamente Dios, dónde encontrarlo, cómo estar con Él, cómo hablarle, cómo rezarle; ella me enseñó todo”, comparte en su testimonio que cuenta en un vídeo de H.M. Televisión, en el que explica su relación con la vidente de la Virgen de Fátima. Esta es su historia contada en primera persona:

La doctora Branca María Pereira atendiendo a sor Lucía

«Con sor Lucía hablábamos de las apariciones, de su infancia, de su época en España, en Pontevedra; me contó siempre todo» 

Yo fui la médico de la hermana Lucía durante los últimos 15 años de su vida y continúo siendo la médico de las hermanas Carmelitas del Carmelo de Coimbra. Suelo decir que yo era la médico, la que cuidaba de su parte física y que ella era mi médico espiritual. Sí, porque sor Lucía sabía sobre mi vida en totalidad, de mis sufrimientos personales y se convirtió en mi sostén, en mi fuerza y fue la que me hizo volver a la fe, la que me mostró qué era, quién era verdaderamente Dios, dónde encontrarlo, cómo estar con Él, cómo hablarle, cómo rezarle; ella me enseñó todo.

Comencé a ser la médico personal de la hermana Lucía más o menos en el 1991 y fui invitada para ir para allá, para el Carmelo, para hacer este trabajo por un antiguo médico de ella de hacía muchos años y a cierta altura fue a mi consultorio, a mi gabinete, al centro de salud donde yo trabajaba para invitarme para ser la médico personal y encomendarme ese encargo. 

No me pregunten cómo quiso conocerme y por qué, porque es un misterio para mí. Yo estaba muy cansada, muy extenuada y él me dijo: ‘buenas tardes, ¿es la doctora Branca? Señora yo la conozco pero usted no me conoce. Me llamo Miguel Barata, soy colega suyo, he sido hasta este momento médico de la hermana Lucía y vengo a preguntarle ahora que me siento tan enfermo, si le gustaría quedarse con este encargo, con este trabajo para ser la médico personal de ella, de la hermana Lucía.

En aquel momento las lágrimas rodaron y cayeron por mi rostro porque vino en flashback a mi mente un episodio que yo viví de pequeña. Tenía unos seis o siete años y en aquel momento me gustaba ver y entretenerme cuando estaba enferma con los catecismos, los santos, las estampas donde aparecía Jesús dando la comunión a los niños y la Virgen de Fátima con los pastorcitos. Entonces mi oración en aquel entonces era constantemente poder ver a Jesús y que me dejase ver a Nuestra Señora.

Yo quería ver a Nuestra Señora como aquellos niños, pero como ella no se me aparecía, como eso no pasó, seguí con mi vida. Me casé, tuve mis hijos y el trabajo me absorbió hasta separarme de la iglesia. Dejé de ir a misa, dejé los sacramentos, no vivía vida de gracia ni de oración y así pasó mi vida.

Cuando el doctor Miguel Barata vino y me hizo aquella pregunta en mi consultorio, lo que me vino era que Jesús venía a decirme: ‘no la viste, pero tienes ahora entre tus manos a esta hija para cuidar de ella’. 

Entonces entre lágrimas respondí al doctor Miguel Barata: ‘doctor está preguntando a un ciego si quiere ver y por supuesto que yo quiero ser la médico personal de la hermana Lucía’.

Después de todo concretamos la primera ida al Carmelo y yo estaba entusiasmada por ver lo que era el Carmelo y ver el Carmelo por dentro de la clausura y en mi cabeza sólo cabía un pensamiento: fijar mis ojos en la hermana Lucía, fijar los ojos en los de aquella que vio a Nuestra Señora, mi mirada en su mirada y no dormía.

Entonces llegó el día en que fui realmente al Carmelo y cuando se abrió la portería vi aquella alegría con la que fui recibida por la Madre y llegamos a la puerta de la celda. La Madre llamó a la puerta y oí una voz desde dentro que dijo: ‘puede entrar’. La Madre Priora abrió la puerta de la celda y entonces vi a la hermana Lucía sentada junto a la ventana y a su escritorio. Miró hacia  mí, sonrió y cuando la Madre le dice hermana Lucía esta es la nueva médico que te va a tratar, ella respondió abrazándome mucho y me dijo: ‘espero no darle mucho trabajo’.

Y esa fue la primera reacción de la hermana Lucía: abrazarme, sonreírme, muy buena voluntad. Nada de lo que yo tenía pensado inicialmente: que fuera una persona lúgubre, cargante. Era todo lo contrario: una persona igual a mí, normal, igual que las demás carmelitas, sin un trazo de orgullo, simple, alegre, de buen humor y acogiéndome con una ternura maternal.

Y así empezó mi odisea en el Carmelo. No había secretos, no había tabúes, no había problema en hablar cualquier cosa que saliese, hablábamos de las apariciones, de su infancia, de su época en España, en Pontevedra. Me contó siempre todo con el mayor rigor y la mayor claridad, sin intentar omitir o esquivar preguntas.

Y por un poco de curiosidad quise preguntarle a la hermana Lucía: ‘¿cómo era la voz de la Virgen María?’ Y ella me dijo con esta sencillez: ‘no era una voz que se oía así, con estos oídos, sino que penetraba en nuestra mente. Y era dulce, muy dulce y también triste, porque se ofendía mucho a Nuestro Señor’. 

También le pregunté que cuando vieron el infierno, que cómo era. Y ella me dijo: ‘las personas piensan que no hay infierno, están engañadas; lo hay. Y es un horror de desesperación y odio. Las personas allí arden en odio y en rencor, en desesperanza. Son como llamas de desesperación e infelicidad’. 

Había tres carismas propios para cada uno de los tres pastorcitos. La hermana Lucía tenía un gran designio para hacer aquello que Nuestro Señor y Nuestra Señora le habían pedido, que era la devoción al Inmaculado Corazón de María. También rezar por el Papa porque sería uno de los grandes sufridores por los pecados de la humanidad. Y ella tenía esa gran preocupación. La devoción al Inmaculado Corazón de María pasaba también por la devoción de los cinco primeros sábados.

Fue pedido también por Nuestra Señora para que esa devoción fuese difundida por el mundo, con la promesa de que habría asistencia en la hora de la muerte a las personas que se entregaran a esa devoción en los primeros sábados. La hermana Lucía tuvo muchas dificultades porque hubo oposición por parte de distintas entidades y ella no sabía cómo realizar este pedido, este deseo. Ella confesó esto a Jesús cuando Él se le apareció en Pontevedra, diciéndole que ya lo había dicho y pedido y que le habían dicho que solos no podían hacer nada.

Y Jesús le dijo: ‘sí, solos no pueden hacer nada, pero con mi ayuda tú puedes’. Entonces era un gran objetivo de la hermana Lucía la difusión de los primeros sábados para que se estableciese en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María y el triunfo del Inmaculado Corazón de María en el final. Este triunfo se dará cuando llegue la conversión de los pecadores, este es el objetivo. Cuando se triunfe en el corazón de cada uno será cuando se habrá cumplido el objetivo del triunfo y así mundialmente triunfará el Inmaculado Corazón de María. Por tanto, la hermana Lucía tenía este carisma y era su gran preocupación. Ella murió rezando por este objetivo y por el Santo Padre.

La hermana Lucía, como se sabe, murió el 13 de febrero de 2005. Ya estaba muy débil, pero siempre consciente y muy lúcida hasta el final. Cuando llegué, después del almuerzo, la madre me dijo: ‘cuando la doctora se fue, la hermana Lucía comenzó a dormir y se ha dormido tan profundamente que ahora no se despierta, no conseguimos despertarla de ninguna manera’.

Yo fui a su lado, hice un examen neurológico básico, examiné los reflejos y verifiqué que estaba en coma. Después de esto llega el señor obispo, sin que nadie le esperara, se enteró de lo que estaba pasando y me preguntó: ‘doctora, ¿usted cree que estamos ya en el desenlace?’ Y yo le dije: ‘señor obispo, no puedo responderle con certeza a esa pregunta, porque usted sabe mejor que yo que para Dios nada es imposible’.

Entonces el señor obispo comenzó a recitar las oraciones de los moribundos. Terminó, dio la bendición y cuando dio la bendición la hermana Lucía despierta. Despierta de repente, abre los ojos, nos mira a todos, recorre el circuito de todos los que estábamos allí. Después fija su mirada en la priora, la priora coge su crucifijo y lo pone delante de ella y dice, hermana Lucía, mira a Jesús.

La hermana Lucía esboza un beso y después abre los ojos hacia un infinito. Era un mirar, una mirada que no consigo describir. Abre los ojos hasta no poder más, se aquieta un momento, después cierra los ojos y para de respirar.

Así fue la muerte de la hermana Lucía. El legado de la hermana Lucía fue hacer la voluntad de Nuestra Señora, hacer la voluntad de Dios, la obediencia, la humildad, el servicio, el amor a las personas, al prójimo, el amor a Dios sobre todo y el amor a la comunidad. Y la gran preocupación de la difusión del mensaje para que se cumpliese la voluntad de Dios a través de la petición de Nuestra Señora.

Branca María Pereira

Médico de sor Lucía 

los últimos 15 años de su vida

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Papa León XIV en homilía 31-12-2025: «La Santa Madre de Dios ve las cosas con los ojos de Dios: ve que con el poder de su brazo el Todopoderoso dispersa las tramas de los soberbios y eleva a los humildes»

* «La Madre de Jesús es la mujer con quien Dios, en la plenitud de los tiempos, escribió la Palabra que revela el misterio. No la impuso: primero la propuso a su corazón y, tras recibir su "sí", la escribió con amor inefable en su carne. Así, la esperanza de Dios se entrelazó con la esperanza de María, descendiente de Abraham según la carne y, sobre todo, según la fe»

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «A Dios le encanta esperar con el corazón de los pequeños, y lo hace involucrándolos en su plan de salvación. Cuanto más hermoso es el plan, mayor es la esperanza. Y, de hecho, el mundo continúa así, impulsado por la esperanza de tanta gente sencilla, desconocida pero no para Dios, que, a pesar de todo, cree en un mañana mejor, porque sabe que el futuro está en manos de Aquel que les ofrece la mayor esperanza» 

 



31 de diciembre de 2025.- (Camino Católico)  “La liturgia de las primeras vísperas de la Madre de Dios tiene una riqueza singular”, afirma el Santo Padre al inicio de su homilía, pronunciada en la basílica de San Pedro durante la celebración de las visperas, este miércoles 31 de diciembre de 2025, ante cinco mil fieles, que ha culminado con el canto del Te Deum en acción de gracias por el año civil que concluye.



La Santa Madre de Dios —“la más pequeña y la más elevada entre las criaturas”— mira la realidad con la mirada de Dios, que “dispersa las tramas de los soberbios, derriba a los poderosos de sus tronos y eleva a los humildes”, ha afirmado León XIV.



Al concluir, el Papa ha dado gracias “por el don del Jubileo” y por todos los que a lo largo de 2025 han servido a los peregrinos y han trabajado para hacer Roma más acogedora. Retomando un deseo del Papa Francisco, ha pedido que la ciudad, “animada por la esperanza cristiana”, permanezca al servicio del designio de amor de Dios sobre la familia humana, confiándolo todo a la intercesión de la Santa Madre de Dios, Salus Populi Romani.



Posteriormente, el Pontífice ha salido a la plaza de San Pedro para rezar ante el Pesebre monumental. En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto íntegro es el siguiente:



SOLEMNIDAD DE MARÍA, MADRE DE DIOS

PRIMERAS VÍSPERAS  Y TE DEUM EN ACCIÓN DE GRACIAS POR EL AÑO PASADO


HOMILÍA DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV


Basílica de San Pedro

Miércoles, 31 de diciembre de 2025



¡Queridos hermanos y hermanas!


La liturgia de las Primeras Vísperas de la Madre de Dios es singularmente rica, tanto por el vertiginoso misterio que celebra como por su precisa ubicación al final del año solar. Las antífonas de los salmos y el Magníficat enfatizan el acontecimiento paradójico de un Dios nacido de una virgen o, por el contrario, de la maternidad divina de María. Y al mismo tiempo, esta solemnidad, que concluye la Octava de Navidad, abarca el paso de un año al siguiente y extiende sobre él la bendición de Aquel «que era, que es y que ha de venir» (Ap 1,8). Además, hoy la celebramos al final del Jubileo, en el corazón de Roma, ante la Tumba de Pedro, y así el Te Deum que pronto resonará en esta Basílica se expandirá para dar voz a todos los corazones y rostros que han pasado bajo estas bóvedas y por las calles de esta ciudad.


En la lectura bíblica, escuchamos uno de los sorprendentes resúmenes del apóstol Pablo: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos» (Gal 4,4-5). Esta manera de presentar el misterio de Cristo sugiere un designio, un gran designio para la historia humana. Un designio misterioso, pero con un centro claro, como una alta montaña iluminada por el sol en medio de un denso bosque: este centro es la «plenitud de los tiempos».


Y esta misma palabra —«designio»— resuena en el cántico de la Carta a los Efesios: «Para recapitular en Cristo todas las cosas, las del cielo y las de la tierra. En su beneplácito lo dispuso en Cristo, para llevarlo a cabo en la plenitud de los tiempos» (Ef 1,9-10).


Hermanas y hermanos, en nuestro tiempo sentimos la necesidad de un designio sabio, benévolo y misericordioso. Que sea un designio libre y liberador, pacífico y fiel, como el que proclamó la Virgen María en su cántico de alabanza: «Su misericordia llega a los que le temen de generación en generación» (Lc 1,50).


Sin embargo, otros planes, hoy como ayer, envuelven el mundo. Son más bien estrategias destinadas a conquistar mercados, territorios y esferas de influencia. Estrategias armadas, encubiertas en discursos hipócritas, proclamas ideológicas y falsos motivos religiosos.


Pero la Santa Madre de Dios, la más pequeña y la más alta de todas las criaturas, ve las cosas con los ojos de Dios: ve que con el poder de su brazo el Todopoderoso dispersa las tramas de los soberbios, derriba a los poderosos de sus tronos y eleva a los humildes, colma de bienes las manos de los hambrientos y vacía las de los ricos (cf. Lc 1,51-53).


La Madre de Jesús es la mujer con quien Dios, en la plenitud de los tiempos, escribió la Palabra que revela el misterio. No la impuso: primero la propuso a su corazón y, tras recibir su "sí", la escribió con amor inefable en su carne. Así, la esperanza de Dios se entrelazó con la esperanza de María, descendiente de Abraham según la carne y, sobre todo, según la fe.


A Dios le encanta esperar con el corazón de los pequeños, y lo hace involucrándolos en su plan de salvación. Cuanto más hermoso es el plan, mayor es la esperanza. Y, de hecho, el mundo continúa así, impulsado por la esperanza de tanta gente sencilla, desconocida pero no para Dios, que, a pesar de todo, cree en un mañana mejor, porque sabe que el futuro está en manos de Aquel que les ofrece la mayor esperanza.


Una de estas personas era Simón, un pescador de Galilea, a quien Jesús llamó Pedro. Dios Padre le dio una fe tan sincera y generosa que el Señor pudo edificar su comunidad sobre ella (cf. Mt 16,18). Y aún hoy estamos aquí orando ante su tumba, donde peregrinos de todo el mundo vienen a renovar su fe en Jesucristo, el Hijo de Dios. Esto ha sucedido de manera especial durante el Año Santo que termina.


El Jubileo es un gran signo de un mundo nuevo, renovado y reconciliado según el plan de Dios. Y en este plan, la Providencia ha reservado un lugar especial para esta ciudad de Roma. No por sus glorias, ni por su poder, sino porque Pedro y Pablo y tantos otros mártires derramaron aquí su sangre por Cristo. Por eso Roma es la ciudad del Jubileo.


¿Qué podemos desear para Roma? Que sea digna de sus pequeños. De los niños, de los ancianos solos y frágiles, de las familias que luchan por salir adelante, de los hombres y mujeres que han venido de lejos con la esperanza de una vida digna.


Hoy, queridos, damos gracias a Dios por el don del Jubileo, que fue una gran señal de su plan de esperanza para la humanidad y el mundo. Y agradecemos a todos los que, durante los meses y días de 2025, trabajaron para servir a los peregrinos y hacer Roma más acogedora. Esta era, hace un año, la esperanza del amado Papa Francisco. Quisiera que así fuera de nuevo, y diría que aún más después de este tiempo de gracia. Que esta ciudad, animada por la esperanza cristiana, esté al servicio del plan amoroso de Dios para la familia humana. Que la intercesión de la Santa Madre de Dios, Salus Populi Romani, nos lo conceda.


PAPA LEÓN XIV


Fotos: Vatican Media, 31-12-2025

Celebración de las primeras vísperas de Santa María, Madre de Dios, y Te Deum, presididas por el Papa León XIV, 31-12-2025



Fotos: Vatican Media, 31-12-2025


31 de diciembre de 2025.- (Camino Católico) En las primeras vísperas de la solemnidad de Santa María Madre de Dios, este miércoles 31 de diciembre de 2025, el Santo Padre ha presidido el canto del Te Deum en acción de gracias por el año transcurrido y por el Jubileo, invitando a leer la historia desde el designio misericordioso de Dios y a oponer la esperanza evangélica a las lógicas de poder del mundo. La liturgia se ha celebrado en la Basílica de San Pedro ante más de cinco mil fieles. Luego el Papa ha salido a la plaza de San Pedro para rezar ante el Belén monumental. En el vídeo Vatican News se visualiza y escucha toda la celebración.

Deteniéndose en la carta a los Gálatas, León XIV ha recordado en su homilía las palabras de san Pablo: “Cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer”, para señalar que el misterio de Cristo se inscribe en un “gran designio sobre la historia humana”. Un designio “misterioso, pero con un centro claro”, que el Papa ha descrito como “una alta montaña iluminada por el sol en medio de un espeso bosque”: la “plenitud de los tiempos”.

Ese mismo término —“designio”—, acota, resuena en el himno de la carta a los Efesios, donde se habla del proyecto de Dios de “recapitular en Cristo todas las cosas”. Frente a las incertidumbres del presente, el Obispo de Roma expresa la necesidad de “un designio sabio, benévolo y misericordioso”, “libre y liberador, pacífico y fiel”, como el que María proclama en el Magníficat: “De generación en generación, su misericordia se extiende sobre los que le temen”.

No obstante, advierte, “otros planes, hoy como ayer, envuelven al mundo”: estrategias orientadas a “conquistar mercados, territorios y zonas de influencia”, frecuentemente “armadas” y “envueltas en discursos hipócritas, proclamas ideológicas y falsos motivos religiosos”. Ante estas lógicas, la Santa Madre de Dios —“la más pequeña y la más elevada entre las criaturas”— mira la realidad con la mirada de Dios, que “dispersa las tramas de los soberbios, derriba a los poderosos de sus tronos y eleva a los humildes”.

María, continua el Pontífice, es la mujer con la que Dios escribió su Palabra “no imponiéndola, sino proponiéndola a su corazón”, y tras su “sí”, “la escribió con amor inefable en su carne”. En ella, dice, “la esperanza de Dios se entrelazó con la esperanza de María”, descendiente de Abraham “según la carne y, sobre todo, según la fe”.