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viernes, 3 de abril de 2026

Ben Gannon-Doak, futbolista escocés: «El fútbol no lo es todo y siento que si se acaba no pasará nada; cuando tienes a Dios de tu lado, sabes que nunca se olvidará de ti, que no te abandonará»

Ben Gannon-Doak descubrió que el fútbol podía ser un lugar muy solitario, y fue entonces cuando volvió a Dios

* «Creo que Dios nos mantiene humildes y con los pies en la tierra, siempre nos recuerda que no tendríamos nada de esto sin Él. Confío plenamente en Dios para mantenerme fuerte. Rezo antes de los partidos, leo la Biblia a solas, porque un vestuario puede ser bastante caótico a veces. Mi fe es mi mayor apoyo. Es casi una lucha contra mí mismo mantener la mente puesta en Dios y recordar todo lo que nos dice»

Camino Católico.- Ben Gannon-Doak (2005) es un futbolista escocés que juega de delantero en el AFC Bournemouth de la Premier League. El joven internacional no oculta la importancia que tiene la fe en su vida y, especialmente, en su carrera profesional.

Sentado en una capilla dedicada a San Miguel Arcángel, comenta en el programa A View from the Terrace de la BBC Escocia: "Dios te protege y te mantiene a salvo de cualquier cosa que pueda alejarte de Él", asegura.

La adolescencia de Ben no fue nada fácil, quien tuvo que abandonar su hogar para ser jugador de la Premier League a los 16 años. "Creo que es muy fácil caer en la trampa del glamour y de las redes sociales a medida que se asciende de nivel", revela.

"Creo que Dios nos mantiene humildes y con los pies en la tierra, siempre nos recuerda que no tendríamos nada de esto sin Él. Confío plenamente en Dios para mantenerme fuerte", explica.

Siendo adolescente, estando lesionado y viviendo lejos de casa, Ben descubrió que el fútbol podía ser un lugar muy solitario. Fue entonces cuando volvió a Dios. Criado en la fe católica, Gannon-Doak admite que se "alejó de ella" durante un tiempo, antes de "escuchar a Dios llamarme".

Tras haber jugado solo 53 minutos en cuatro partidos como suplente en la Premier League, el joven sufrió su tercera lesión grave, quedándole el isquiotibial "pendiendo de un hilo", era justo la noche en la que Escocia se clasificaba para la Copa del Mundo.

"He tenido muchos problemas con las lesiones y, a veces, me siento bastante solo", dice Gannon-Doak, quien se rompió el menisco por primera vez cuando jugaba en el sub-21 del Liverpool.

Ben Gannon-Doak en el campo de fútbol 

"Sentí que Dios me llamaba. Me di cuenta de que empecé a sentirme mejor y más fuerte, y a afrontar mejor las cosas, y pensé: 'Ah, esto no es una coincidencia'", recuerda. Desde entonces su mirada ha cambiado. En lugar de ver sus tres operaciones como desgracias, las considera oportunidades para "prepararse".

"Ha fortalecido mi cuerpo y mi mente; siento que es parte del plan de Dios para prepararme para algo", añade Gannon-Doak, quien tuvo que retirarse de la convocatoria del seleccionador Steve Clarke para la Eurocopa 2024.

"Con cada lesión que he tenido, la he sobrellevado mejor y mejor, y, a medida que he crecido en mi fe, se ha vuelto mucho más fácil, ahora sé lo que es importante", relata Ben.

"El fútbol no lo es todo. Me encantaría jugar todo el tiempo que pueda, pero si siento que se acaba no pasará nada. Cuando tienes a Dios de tu lado, sabes que nunca se olvidará de ti, que no te abandonará", dice el futbolista escocés.

Gannon-Doak intensificó su fe cuando le empezaron a aparecer numerosos versículos bíblicos en su teléfono. "Empecé a rezar —no sabía qué más hacer— y de repente mi teléfono se llenó de mensajes sobre Dios y pasajes bíblicos", explica.

"Mi abuela me regaló una Biblia y empecé a leerla. Si veía algo que no entendía, lo buscaba y lo escribía de forma que lo comprendiera mejor. Rezo antes de los partidos, leo la Biblia a solas, porque un vestuario puede ser bastante caótico a veces", comenta.

Muchos esperan ver al extremo cuando la selección de Escocia regrese a la Copa del Mundo este verano, en el Grupo C junto a Brasil, Haití y Marruecos.

"Mi fe es mi mayor apoyo. Es casi una lucha contra mí mismo mantener la mente puesta en Dios y recordar todo lo que nos dice", concluye.

Vídeo del testimonio de fe de Ben Gannon-Doak en inglés

Eduardo Fuentes quedó tetrapléjico al caer de un caballo: «Dios pasó de mi cabeza a mi corazón en Emaús y su ‘gracia’ me condujo a convertirme en un “alma de oración al confiar en Él»

La vida de Eduardo Fuentes Alonso (Jaén, 1969), dio un giro radical tras un accidente a caballo que le dejó tetrapléjico en 2014. De un sufrimiento prolongado (espasticidad, dolores neuropáticos), pasó a poder respirar, y encontrar al Señor a través de Jesús Eucaristía / Foto: Omnes

* «Hoy sé que no tengo que preocuparme de nada, tan sólo de aceptar su invitación y darle todos los días un sí incondicional y sin reservas, y Cristo ya se ocupa de todo. Simplemente, me abandono en Él y le digo: ‘Jesús, ¡pilota Tú!’. Tengo la garantía -certeza experimentada-, de que donde acaban mis fuerzas, Él pone las suyas. Sé que el don que me regala –la instantánea alegría de vivir bajo el Espíritu Santo-, es inmerecido y, por eso, se lo agradezco infinitamente. He entendido que no hay que temerle a la cruz…. ¡La cruz sana! –siempre da más de lo que quita…, y es el mundo quien nos sube a la Cruz y Jesús el que nos baja! Si abandono la oración, no se pierde Él, me pierdo yo. Agarrarse a Él con abandono e infinita confianza convierte cualquier desierto en un continuo y precioso Oasis. Él es mi guía diaria»

Camino Católico.- A raíz de una caída a caballo en 2014, “un providente viernes de Dolores”, Eduardo Fuentes Alonso, abogado jienense casado con Guadalupe, “un ángel”, y con “dos maravillosos hijos, Eduardo y Ángela”, quedó tetrapléjico, tras veinte años como letrado en el ámbito privado y la Administración Pública.

Transcurrido un año, le quedaron como principales y crónicos problemas “la Movilidad Reducida por la Espasticidad –esa camisa de fuerza que se cose a la piel, te atormenta y desafía tus límites- y los dolores neuropáticos”. Y como “gracia divina”, tener como nuevo amigo la “pequeña compañía de mi bastón celeste y plata”.

Después, tras miles de horas de sufrimiento y dolor, “Él me buscó a mí”, hasta poder decir que “la respiración sin Él era sólo soledad, pero la respiración con Él se convertía en oración”. “Cuando Dios pasó de mi cabeza a mi corazón, fue en Emaús”, asegura respondiendo a Francisco Otamendi en una entrevista en Omnes.

–Eduardo, usted afirma que su trayectoria vital se divide en un “antes” y un “después”, tras el accidente de 2014

—Efectivamente, tras ocho años y medio de lucha, un libro providencial (Tómate un Respiro, de Mario Alonso Puig), me introdujo en la práctica de la respiración, erradicando el sufrimiento, aunque no el dolor. El libro me lo envió, ¡sin decirme nada!, mi amigo Agustín.

El libro sobre la respiración me quitó el sufrimiento, pero lo que me devolvió las ganas de todo fue el Señor. Me fui acordando de lo que decía santa Teresa sobre la oración, “es un plan que me ha ido trazando el Señor, no es mío. Me decía: espérate, primero te voy a limpiar”.

Yo siempre he creído, siempre he practicado la fe de modo “heredado”. Pero para mí el salto importante, cuando Dios pasó de mi cabeza a mi corazón, fue en Emaús. Fue a través, primero, de cuando hice el camino, me emocionaba cuando veía ese cuadro tan bonito que hay del Sagrado Corazón de Jesús, con las llagas en las manos, y luego sirviendo.

En Emaús se camina sólo una vez, pero se sirve –se ayuda- las veces que quieras. Yo he servido muchas veces ya, y también siendo servidor comencé a tener mucha más presencia de lo que es Jesús Eucaristía, con un Dios vivo. El Señor se sirvió de Emaús para encontrarse conmigo y ahí comenzó mi amistad con Él. Sé explicarme mejor con una frase bíblica: “antes te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos” (Job 42, 5).

Con Él el dolor y el sufrimiento cobraron sentido y propósito en mi vida. Su “gracia” me condujo a convertirme en un “alma de oración”, pues al confiar ya en Él, puso en mi camino unas hermosas palabras: “La oración hecha con Fe salva al enfermo”. Y desde entonces, mi perseverancia y fidelidad a la oración es otro firme propósito al que doy cumplimiento cotidianamente. La oración –“El lenguaje del Amor de Dios”- fue mi raíz de salvación y me sostiene.

Hoy sé que no tengo que preocuparme de nada, tan sólo de aceptar su “invitación” y darle todos los días un sí incondicional y sin reservas, y Él ya se ocupa de todo. Simplemente, me abandono en Él y le digo: “Jesús, ¡pilota Tú!”

–¿Hasta dónde llega la certeza de su fe?

—Tengo la garantía -certeza experimentada-, de que donde acaban mis fuerzas, Él pone las suyas. Sé que el don que me regala –la instantánea alegría de vivir bajo el Espíritu Santo-, es inmerecido y, por eso, se lo agradezco infinitamente.

He entendido que no hay que temerle a la cruz…. ¡La cruz sana! –siempre da más de lo que quita…, y es el mundo quien nos sube a la Cruz y Jesús el que nos baja! Si abandono la oración, no se pierde Él, me pierdo yo. Agarrarse a Él con abandono e infinita confianza convierte cualquier desierto en un continuo y precioso Oasis. Él es mi guía diaria.

–Dos palabras sobre la oración del abandono, de san Charles de Foucauld.

—Una persona muy querida para mí me la mostró y, al levantarme, ¡desde hace casi tres años ya!, llevo rezándola a diario. Es la siguiente: “Padre mío, me abandono a ti, haz de mí lo que quieras, lo que hagas de mí te lo agradezco, estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal de que se haga tu voluntad en mí y en todas tus criaturas, no deseo nada más Dios mío, pongo mi vida en tus manos, te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón porque te amo, y porque para mí amarte es darme, entregarme en tus manos sin medida, con infinita confianza, porque tú eres mi padre!”.

–Precisamente se acaba de publicar el libro Retiros de Emaús. Ha hecho usted en Córdoba el V retiro de Emaús de hombres, en la parroquia de Belén. Dígame una frase sobre ese retiro.

—Sólo una cosa: confía,  abre y descansa tu corazón en la quietud y en el silencio y siéntate, en un abandono paciente, a su “escucha”, delante de Él.

–En el libro Elica, tu amigo Elías Cabrera destaca que “hay personas que llegan a tu vida de golpe y lo ordenan todo”. Y añade que usted es ejemplo de esfuerzo porque no ha permitido que el dolor le vuelva amargo.

—Mira, si miro hacia atrás, el esfuerzo siempre ha estado ahí, pero de formas diferentes. Al principio era ese esfuerzo voluntario, lleno de ilusión, como cuando me lanzaba a retos en la naturaleza, senderismo por Cazorla o Segura, o en deportes como el baloncesto o la equitación. Luego vino el esfuerzo necesario, como en mi profesión de abogado. Y ahora, el vital-trascendente, después del accidente que me dejó tetrapléjico.

Para mí, esfuerzo es no rendirse, no ser tóxico para uno mismo ni para otros. Me ha llevado a ser quien soy, simplemente, una persona feliz que busca hacer felices a los demás. Bendito sea el esfuerzo que me trajo mi “ser” actual.

–¿Qué siente al reflexionar sobre su vida?

—Siento estupor y gratitud por esta vida, “regalo inmerecido”. Gratitud a mi amigo Elías por incluirme en su libro (Elica), pero sobre todo a Él, por mover hilos –mueve nuestros hilos mejor que nadie, nos hace valientes y quita nuestros miedos, que nunca nacen del Señor–, por elegirme –don inmerecido- para su Equipo. 

Me gustaría que algún día hubiera en cualquier hospital de España un Área de “Respiroterapia” –a mí me gusta llamarla así-, donde se preocupen, incluso antes de pautar cualquier tratamiento médico, incluido aliviar el dolor, de suprimir el “sufrimiento” del paciente, de, simplemente, “cuidar su alma”. Mi próxima ilusión: subir a Medjugorje con mi familia, entrenando, pese a las limitaciones que me harán necesitar del prójimo, por amor a María.


–¿Quién le enseñó a esforzarse y qué referentes ha tenido?

—Al principio, la ilusión fue mi maestra, sin grandes figuras como referente. Mi familia es y fue clave en la rehabilitación. Guadalupe como ángel, mis hijos como razón para no rendirme.

Hoy me apoyo en el beato Lolo –Manuel Garrido Lozano- de Linares (Jaén), que vivió muy dolorido y limitado físicamente, pero con una alegría desbordante; mi -ya en el cielo- amigo Rafa Benavides, cuyo sufrimiento expandió amor y legado; y el doctor Mario Alonso Puig, cuya “chispa” en su libro me ayudó a erradicar, no el dolor, pero sí el sufrimiento, en poco más de tres meses.

Miguel Vinagrero: «Estudié musicología, iba a casarme y el Señor me dijo: ‘quiero que seas sacerdote’»

Miguel Vinagrero va a ser sacerdote aunque tenía novia y estudió musicología

* «Yo había montado ya mi plan por mi cuenta». La llamada le obligó a confrontar conversaciones difíciles. La primera, con su novia, esa misma tarde. «Fue doloroso», recuerda. Sin que él dijera nada, ella lo intuyó: «Miguel, tú quieres ser cura, ¿verdad?» Ambos decidieron tomar distancia para que él pudiera discernir sin condicionantes. Sus padres, recibieron la noticia «con muchísima ilusión»


Vídeo del testimonio de Miguel Vinagrero  en el programa 'Ecclesia es Domingo' de 13 TV

Camino Católico.- Con motivo de la celebración del Día del Seminario, la Iglesia pone el foco en las vocaciones y en la vida de aquellos que deciden iniciar el camino hacia el sacerdocio. Actualmente, España cuenta con 1.066 seminaristas, una cifra que ha experimentado un ligero aumento respecto al año anterior, consolidando una tendencia de recuperación. Uno de ellos es Miguel Vinagrero, joven de la diócesis de Getafe que se encuentra en su cuarto año de formación y cuya historia personal rompe con la idea de una vocación surgida en la infancia.

Un "tsunami" que lo cambió todo

Antes de que la llamada irrumpiera en su vida, Miguel Vinagrero tenía un futuro perfectamente trazado. A sus 19 años, estaba inmerso en sus estudios de Musicología, mantenía una relación de tres años con su novia y sus planes eran claros: ser profesor de música y casarse. "Yo tenía mi plan ya hecho y todo", reconoce en 'Ecclesia, es domingo' de 13 TV . "Me voy a casar con esta chica, vamos a tener estos hijos, vamos a vivir aquí... y en medio de todo ese plan que yo ya me había montado, pues llega el Señor".

El momento decisivo ocurrió el 4 de noviembre de 2018. El día anterior, Miguel había asistido a la ordenación sacerdotal de un amigo, un evento que ya había generado "un primer movimiento interno". Sin embargo, fue durante la primera misa de su amigo, al día siguiente, cuando sintió la llamada con una claridad rotunda. "Justo al inicio de la misa, cuando todos se dirigían al altar, ahí fue cuando, con una claridad meridiana, sentí en el corazón que el Señor me decía: 'Miguel, esto es lo que quiero para ti, quiero que seas sacerdote'". Lo describe como un 'tsunami', una 'tormenta muy grande' que le desestabilizó por completo.

Aunque su familia era católica y él participaba activamente en el movimiento de Schönstatt, nunca se había planteado seriamente la pregunta vocacional. "Yo había montado ya mi plan por mi cuenta", admite. La llamada le obligó a confrontar conversaciones difíciles. La primera, con su novia, esa misma tarde. "Fue doloroso", recuerda. Sin que él dijera nada, ella lo intuyó: "Miguel, tú quieres ser cura, ¿verdad?". Ambos decidieron tomar distancia para que él pudiera discernir sin condicionantes. Con sus padres, la reacción fue diferente. Aunque notaron que "le pasaba algo", recibieron la noticia "con muchísima ilusión", una gracia que, como él mismo señala, no todos los aspirantes tienen.

Miguel Vinagrero con el Papa Francisco en el Vaticano

La dura formación para ser sacerdote

Entrar en el seminario es el inicio de un largo período de formación que en España dura, como mínimo, ocho años. El primer paso es el curso propedéutico, un año preparatorio enfocado en "crecer en intimidad con el Señor" y en la convivencia grupal. Aunque no se cursan estudios universitarios, la formación es intensa, con asignaturas como latín, padres de la Iglesia, cultura clásica y liturgia.

Superado este año, comienzan los estudios superiores. En el caso de las diócesis de la Provincia Eclesiástica de Madrid (Getafe, Madrid y Alcalá), los seminaristas cursan el Bachillerato de Teología en la Universidad San Dámaso. Son cinco años divididos en dos de Filosofía y tres de Teología. Miguel se encuentra actualmente en su cuarto año, el segundo de Teología. "A mí me gusta mucho la liturgia, y me gusta mucho también dogmática", confiesa sobre una posible especialización.

Tras los seis años de formación teórica (propedéutico y bachillerato), el itinerario continúa con un año de pastoral, seguido de la ordenación de diácono. El sacramento del orden tiene tres grados, y el diaconado es el primero. El diácono, explica Miguel, es "el siervo", centrado en la caridad y la palabra. Tras un período que suele durar alrededor de un año, llega la ordenación de presbítero, que le configura con "Cristo Pastor".

Miguel Vinagrero, el segundo por la izquierda en la primera fila, con su familia 

El día a día en el seminario: Una vida entre la oración y la comunidad

Lejos de ser un lugar de clausura, el seminario se asemeja a una mezcla entre un colegio mayor y un monasterio. "Vivimos juntos como una comunidad que crece junta en la fe", explica Miguel. La vida transcurre en un edificio con habitaciones, una capilla "donde rezamos" y un comedor. Como anécdota, recuerda su primera cena: "A mí no me gusta nada el puré de verduras, y la primera noche en el seminario... ¡pum, puré de verduras!".

En este entorno, su pasión por la música ha encontrado un nuevo cauce. La musicología no queda fuera, ya que la música es una constante en la liturgia diaria, desde la misa matutina hasta la exposición del Santísimo. Además, en cualquier evento festivo, "ya sacamos la guitarra y nos ponemos a cantar". 

El discernimiento es un proceso continuo. Miguel entró teniéndolo "clarísimo", pero otros compañeros llegan para "seguir discerniendo la voluntad de Dios". Sobre los que abandonan, como dos compañeros que entraron con él y que hoy tienen pareja y trabajo, reflexiona: "El Señor quería enseñarles algo a través del seminario. Algo descubrieron seguro". Esta idea enlaza con los datos actuales, que indican una disminución en el número de abandonos, atribuida a un discernimiento previo "más acompañado y fortalecido".

Respecto al creciente interés por la espiritualidad, a menudo denominado el "giro católico", Miguel confirma que es un tema que "se habla y se comenta" tanto en el seminario como en la facultad. De hecho, un profesor les ha compartido una antología con más de 80 artículos de prensa sobre este fenómeno, y algunos seminaristas provienen de realidades como retiros de impacto, aunque no puede asegurar una relación directa con el aumento de vocaciones.

Para un joven que se esté planteando la vocación, Miguel Vinagrero ofrece un triple consejo. El primero es cuidar la vida interior y la oración. "Tienes que hacerte el mejor amigo de Jesús", le recomendó su director espiritual. Citando una obra sobre San Ignacio de Loyola, subraya: "La vida interior importa más que los actos externos". El segundo pilar es la vida eclesial: "El sacerdocio no es para ti, es para servir a tus hermanos", por lo que anima a comprometerse en la parroquia o movimiento. Finalmente, recuerda la importancia del acompañamiento para no hacer el camino solo y de "aferrarse a los santos, que ayudan mucho".

Diana Romero, fisioterapeuta: «Fui curada de una lesión grave de muñeca al ir a ver la película ‘Gema Galgani’ y ponerme la reliquia de la santa y orar: Santa Gema, sáname’; y se anuló la cirugía que estaba programada»

Diana Romero, junto con su esposo Jesús Gracia / Foto: ©Diana Romero - Religión en Libertad

* «De repente me di cuenta de algo sorprendente: no me dolía. Comencé a mover la muñeca en todas las direcciones. Flexión, extensión, rotaciones… No sentía dolor. Estuve aproximadamente una hora y media moviendo la mano sin poder creer lo que estaba pasando. No dejaba de dar gracias sin parar a Jesús y a Santa Gema por lo que estaba viendo. Me sentía en shock. El asombro, el agradecimiento, y la alegría me invadieron… Dios hace posible lo imposible, y Él, como Padre, espera de nosotros que confiemos en Él. Cree en un Dios grande… y verás cosas grandes»  

Camino Católico.- Hace siete meses, Diana Romero, joven madre de familia con dos niños pequeños, sufrió una grave lesión de muñeca que la ha tenido de baja, y muy limitada, durante siete meses, en los que ha necesitado mucha ayuda de su marido y de sus amigos para hacer muchas cosas por la limitación. 

Aunque había querido varias veces ver la película “Gema Galgani”, sólo lo consiguió el último día en que se proyectaba en Madrid. Ese día intervinieron el director y la actriz principal de la película. Al acabar la proyección ofrecieron la reliquia de primer grado de la santa para venerar. La joven madre se acercó a la actriz para venerar la reliquia y pedirle santa Gema que la curara. 

El director de la película se acercó a ella interesándose por su situación. Ella le dijo: “Yo quiero que Santa Gema me sane”. En ese momento tomó la reliquia y se la puso en su mano izquierda, donde tenía la lesión. Tres días después, cuando se quitó la férula, notó que su mano no le dolía, estaba curada. He aquí el testimonio de su sanación en primera persona que publica  Religión en Libertad:

«Para gloria de Dios, Jesús me ha sanado por intercesión de Santa Gema Galgani»

Mi nombre es Diana Romero. Soy colombiana, estoy casada con Jesús Gracia, de Zaragoza, soy fisioterapeuta y madre de dos hijos. Mi hija mayor tiene siete años y el pequeño dos.

El 28 de julio de 2025 sufrí una lesión en la muñeca. Tenía a mi bebé en brazos cuando de repente se lanzó bruscamente hacia atrás. Para evitar que se me cayera y se golpeara la cabeza, hice un mal movimiento con mi muñeca izquierda. Gracias a Dios conseguí sujetarlo, pero sentí un dolor muy intenso en la muñeca.

Fui a urgencias y me dijeron que se trataba de un esguince. En ese momento no me preocupé demasiado. Pensé que en unas tres semanas estaría recuperada. Sin embargo, el tiempo pasaba y el dolor no sólo no desaparecía, sino que cada vez era más fuerte y tenía mayor limitación en la movilidad de la muñeca.

Decidí acudir a un traumatólogo especialista en mano, que me mandó hacer una resonancia. El resultado mostró algo mucho más serio: tenía edema óseo y una rotura del fibrocartílago triangular, clasificada como Palmer tipo 2C, una lesión importante de la articulación. El traumatólogo fue claro: la solución era la cirugía.

En esta imagen con su marido Jesús Gracia puede apreciarse la mano protegida de Diana Romero antes de su curación / Foto ©Diana Romero - Religión en Libertad

Como fisioterapeuta, mis manos son mi herramienta de trabajo. Por eso decidí pedir una segunda opinión médica a un traumatólogo de confianza. Este doctor me propuso intentar primero todo el tratamiento conservador posible, porque una vez que se entra en cirugía ya no hay vuelta atrás.

Durante meses llevé férula y realicé 20 sesiones de fisioterapia privada con tecnología avanzada, diseñada para favorecer la regeneración del cartílago. Como fisioterapeuta, estaba muy ilusionada con ese tratamiento y confiaba en que podría evitar la operación.

Pero la realidad fue muy distinta. Cuando terminé el tratamiento me hicieron otra resonancia para evaluar la evolución. La lesión no había mejorado. Al contrario, ya no era un Palmer 2C, sino un Palmer 2E, lo que significaba que la rotura del cartílago se había agravado.

Tras hablar con un cirujano especialista en este tipo de lesión, me dijo que la única opción que me quedaba era una cirugía de mano. La programamos para el 9 de marzo de 2026.

A partir de ese momento intenté prepararme psicológicamente. Pero tenía muchísimo miedo. Miedo a no poder volver a ejercer mi profesión, miedo a tener secuelas en la muñeca, miedo a pensar qué haría si no pudiera seguir siendo fisioterapeuta.

También tenía miedo a la anestesia. En mi primer parto se excedieron en la cantidad, viviendo una situación muy angustiosa en la que sentí que me iba a morir.

A todo esto, se sumaban otras preocupaciones. Tengo otra lesión en el pie, una lesión de Lisfranc, que probablemente también necesitará cirugía. Y en ese mismo tiempo a mi padre le habían diagnosticado cáncer, y estaba esperando pruebas para saber el alcance de la enfermedad.

Además, mi familia vive en Colombia y mi familia política en Zaragoza, por lo que me preocupaba mucho cómo organizar el postoperatorio teniendo un niño de dos años que depende de mí.

En medio de todas estas preocupaciones, una amiga me comentó que estaban proyectando en el cine la película sobre Santa Gema Galgani. No pude ir con ella el día de su cumpleaños, pero me quedé con la inquietud de verla.

En mi oración personal le decía a Santa Gema que me gustaría ver esa película. Pensaba que ya no estaba en cartelera, pero sentí en mi corazón mirar en los cines Cinesa. Así descubrí que aún se estaba proyectando la película, y decidí ir con dos amigas el domingo 22 de febrero.

Al terminar la película hubo un coloquio con los actores y el productor, algo que me sorprendió mucho. En ese momento comentaron que la actriz tenía una reliquia de Santa Gema.

Me acerqué a ella, le di un abrazo y me dejó tocar la reliquia de primer grado. La pasé por la férula de mi muñeca mientras repetía una oración muy sencilla:

“Santa Gema, sáname. Santa Gema, sáname.”

En ese momento el productor me preguntó qué me ocurría. Le expliqué que en unos días me iban a operar de la mano. Él me respondió con naturalidad:

-Bueno, entonces con la cirugía te sanarás.

Y yo le contesté algo que salió de lo más profundo de mi corazón:

-Yo quiero que Santa Gema me sane.

Diana, con una imagen de Santa Gema Galgani (1878-1903), beatificada en 1933 y canonizada en 1940 / Foto: ©Diana Romero - Religión en Libertad

Mientras seguía rezando, comencé a sentir un latido muy fuerte en el corazón, como una fuerza interior muy grande.

Al día siguiente me encontraba afónica y con gripe, así que estuve dos días en reposo. Al tercer día me sentía mejor. Cuando fui a lavarme las manos me quité la férula y empecé a notar algo diferente: la mano estaba muy ligera, muy suave.

De repente me di cuenta de algo sorprendente: no me dolía.

Comencé a mover la muñeca en todas las direcciones. Flexión, extensión, rotaciones… No sentía dolor. Estuve aproximadamente una hora y media moviendo la mano sin poder creer lo que estaba pasando. No dejaba de dar gracias sin parar a Jesús y a Santa Gema por lo que estaba viendo. Me sentía en shock. El asombro, el agradecimiento, y la alegría me invadieron.

Conseguí una cita con el cirujano el 3 de marzo para que me revisara antes de la operación. Y efectivamente, el doctor, tras examinar mi mano, igual que lo había hecho un mes antes, me confirmó que la muñeca estaba estable, no había dolor y los rangos de movilidad eran completos, por lo que anuló la cirugía que estaba programada.

Como fisioterapeuta, aquello me impresionó muchísimo. Después de tantos meses con la mano inmovilizada, lo normal habría sido encontrar rigidez y limitación. Sin embargo, no había dolor y la movilidad era completa.

Para gloria de Dios, Jesús me ha sanado por intercesión de Santa Gema Galgani.

Dios hace posible lo imposible, y Él, como Padre, espera de nosotros que confiemos en Él.

Cree en un Dios grande… y verás cosas grandes.

Diana Romero

Alberto Varela, 27 años, cofrade del Ferrol: «El Viernes Santo de 2017 hubo un momento en el que sentí un verdadero encuentro con Dios que me marcó de por vida. Noté cómo se podía remover mi corazón y todas mis entrañas»


Alberto Varela Muñiz tuvo un encuentro con Cristo y ahora es es delegado de Juventud de la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol / Foto: Cedida por Alberto Varela Muñiz - El Español

* «Una vez tienes esa experiencia de Dios y puedes sentirlo de verdad, es algo que te cambia la vida»

Camino Católico.- Alberto Varela Muñiz en su adolescencia vivió un evento que cambió por completo su forma de ver la vida. Sintió un encuentro con Dios que, en sus palabras, "me marcó de por vida". A sus 27 años, es delegado de Juventud de la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol.  

"Mi círculo más cercano es creyente, pero no practicante. Vengo de una familia católica muy de cofradía y de fe puntual, pero no de fe de cada domingo", explica en una conversación telefónica con El Español. "Mi proceso de despertar fue progresivo", agrega.

En su caso, el punto de inflexión llegó durante la adolescencia, alrededor de los 13 años. A raíz de su participación en la Semana Santa de Ferrol, algo empezó a fraguarse en su interior. "Me disgusté mucho porque había estado rezando para que hiciera buen tiempo en los días grandes", explica.

A partir de entonces, Alberto empezó a frecuentar la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, en la plaza de Amboage. "Era algo totalmente intrascendente en aquel momento. Simplemente quería ir a ver a la Virgen, no es que me interesase la eucaristía, ni la fe, ni nada", relata.

Sin embargo, con el paso de los años, Alberto fue cumpliendo etapas dentro de su hermandad y cuando pasó a la sección de portadores, empezó a preguntarse, a raíz de una lesión, si valía la pena estar debajo de un paso.

"Me pregunté si existía dentro de mí un pozo más espiritual y fue a partir de ese momento cuando empecé a frecuentar la iglesia los domingos", comenta.

Alberto menciona que, “en el Viernes Santo de 2017, mientras realizaba la estación de penitencia con la Virgen de los Dolores, hubo un momento en el que sentí un verdadero encuentro con Dios que me marcó de por vida. Noté cómo se podía remover mi corazón y todas mis entrañas", añade.

Alberto Varela Muñiz junto al obispo Fernando García Cardiñanos / Foto: Diócesis de Mondoñedo-Ferrol 

Este episodio marcó profundamente la vida de Alberto y tuvo la certeza de que lo que sentía era real y que su acercamiento a Dios era sincero.

"Un par de años más tarde, cuando tomaba unas cañas con unos amigos, conocí a un chico que estaba preparándose para ser sacerdote, era siete u ocho años mayor que yo", cuenta. Este encuentro fortuito le llevó a descubrir la delegación de Juventud de la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol, de la que ahora es delegado.

Actualmente, Alberto compagina su vida como opositor con la pastoral juvenil. "A mi amigo Jorge le salió trabajo en Navarra y el obispo pensó en mí para tomar el relevo", recuerda.

Para Alberto, ser un joven católico hoy en Galicia es desdecirse de lo que pensaba hace diez años. "Temía que la fe fuese a seguir siendo algo residual, algo que se fuese haciendo cada vez más de nicho y que iba a ir apagándose", indica.

Alberto, no obstante, asegura haber conocido a Cristo de primera mano. "Una vez tienes esa experiencia de Dios y puedes sentirlo de verdad, es algo que te cambia la vida", asevera.

Este joven de 27 años forma parte de una comunidad en la que puede vivir su fe de manera compartida. "Es algo muy bonito y heredado de las primeras comunidades cristianas que se escondían en las catacumbas. Es un refuerzo maravilloso y una experiencia vital increíble".