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jueves, 1 de enero de 2026

Tony y Gerard Ford, padre e hijo, son diáconos permanentes, pero tuvieron que superar la adicción al alcohol y convertirse a Cristo: «Era una basura ¡Mira lo que Dios puede hacer con la basura!»


Nueve hombres fueron ordenados al Orden Sagrado del Diaconado para la Diócesis de Trenton el sábado 15 de noviembre de 2025, durante una solemne liturgia celebrada en la Concatedral de San Roberto Belarmino en Freehold, Nueva Jersey. Entre ellos se encontraba el diácono Gerald “Gez” Ford. Su padre, el diácono Tony Ford, también estuvo presente, sonriendo con orgullo en esta foto junto a su hijo / Foto: Jeffrey Bruno - National Catholic Register

* «Supe con certeza que Dios existía. Sabía con certeza que me amaba, que me creó por amor y que quería que amara a su pueblo. En un momento singular, me invadió una paz que nunca antes había experimentado» dice Gerard 

Camino Católico.-  La Concatedral de San Roberto Belarmino en Freehold, en Nueva Jersey (EE.UU), acogió el pasado 15 de noviembre la ordenación de nueve diáconos permanentes. En un rincón de la iglesia estaba Tony Ford, un padre peculiar que sonreía radiante. Este diácono de 80 años, estaba sentado con su esposa Mary y, a su lado, sus hijos y nietos, que habían llegado a Estados Unidos para la ordenación de su hijo de 59 años, Gerard "Gez" Ford.

Lo singular del caso es que Tony y Gez tuvieron similares caminos de adicción, recuperación y conversión. Durante un tiempo, se habían perdido en la vida pero Dios los curó por caminos separados, y volviendo sus corazones hacia Él.

"El Señor es tan bueno, tan inteligente y tan maravilloso", dice Tony en National Catholic Register.  "Gez tiene la misma edad que yo cuando me ordenaron". Atónito, añade: "Mi familia se había derrumbado. Estaba perdida. Era una basura. ¡Mira lo que Dios puede hacer con la basura!".

El anciano diácono creció en Manchester, Inglaterra, en los años 70. La imagen del Sagrado Corazón colgaba en todos los hogares católicos, todos animaban al Manchester United y no era raro ver niños en un pub. "Éramos católicos cultos", comentó su hijo Gez. "En el Reino Unido, diría que beber también formaba parte de la cultura en aquella época. Veía a los amigos de mi padre bebiendo, fumando, riendo y viendo fútbol. Pensé que me gustaría ser ese tipo de persona".

Cuando tenía menos de 10 años, Gez se emborrachó por primera vez. Poco a poco, se convirtió en una adicción. A los 16, había suspendido la mayoría de sus asignaturas del instituto y bebía casi a diario.

El diácono Gerald “Gez” Ford posa con su familia tras ser ordenado al Orden Sagrado del Diaconado para la Diócesis de Trenton el sábado 15 de noviembre de 2025, durante una liturgia solemne celebrada en la Concatedral de San Roberto Belarmino en Freehold, Nueva Jersey. En la imagen también está su padre, el diácono Tony Ford / Foto: Jeffrey Bruno - National Catholic Register

"Llegaba y esperaba a mi padre", dice Gez. "Estaba borracho. Empezábamos a dar vueltas por la sala: mi madre lloraba; mis dos hermanas estaban nerviosas. El perro aullaba. Y luego nos íbamos a la cama", recuerda. "Al día siguiente, iba al colegio y él a trabajar".

Cuando sus padres le amenazaron con echarlo, "me alegré de irme", dice Gez. Se quedó con unos amigos durante meses y con el tiempo empezó a dormir en las calles de Manchester. A los 17 años, vender drogas era su gran ocupación a tiempo completo.

Tony tenía muchos problemas. "La bebida casi destrozó a nuestra familia, mi matrimonio y todo lo demás. Perdí mi negocio. Perdí la casa y los coches. Me despidieron seis o siete veces. Nuestra hija mayor se fue de casa, y la menor pasaba el menor tiempo posible".


El momento en que el obispo David M. O'Connell impuso las manos al diácono Gerald “Gez” Ford durante el antiguo rito de ordenación y otra imagen de ambos en primer plano / Fotos: Jeffrey Bruno - National Catholic Register

Para la abuela de la familia, todo esto había sido suficiente. Recurrió a Al-Anon, un programa internacional de recuperación para familiares alcohólicos. "Ni siquiera recuerdo haber decidido ir. Fue como si yo misma hubiera perdido el conocimiento", dice Mary. "Recuerdo salir de la reunión y sentir como si me hubieran quitado un yunque de encima. Decidí seguir adelante".

Fue el principio de la curación de la familia. "Un día, se acercó a un hombre que yo conocía. Había logrado la sobriedad y me invitó a una reunión de Alcohólicos Anónimos (AA). Al principio fue lento, pero con el tiempo mi recuperación fue cada vez más profunda. Todavía voy a las reuniones", dice el abuelo.

Aunque nunca dejó de ir a misa totalmente, Tony empezó a volver a Dios. Tras asistir a una conferencia carismática de "Vida en el Espíritu", el Espíritu Santo reavivó su corazón. Finalmente, escuchó la llamada a convertirse en diácono y fue ordenado en julio de 2004. Hoy, su ministerio se centra en la recuperación de adicciones.

"Hubo al menos tres intentos de quitarme la vida. Buscaba un dulce alivio. Fue tan doloroso. Pensaba: 'Si no hay Dios, no tiene sentido. No hay esperanza'. Pero entonces, estaban mis padres...", recuerda.

Gez fue arrestado varias veces. Recuperó la conciencia tras un desmayo en la parte trasera de una furgoneta de la Policía. Sucio y cubierto de sangre, finalmente clamó a Dios. "No sé si existe... pero si existe, me rindo". En un instante, todo cambió.

"Supe con certeza que Dios existía. Sabía con certeza que me amaba, que me creó por amor y que quería que amara a su pueblo. En un momento singular, me invadió una paz que nunca antes había experimentado", confiesa.

Gez no fue a la cárcel esa noche. El policía lo llevó a casa y su madre lo envió a una reunión de Alcohólicos Anónimos. "Me encantaría decir: 'vivimos felices para siempre'. ¡La verdad es que me llevó décadas!", dice.

Se graduó en la Universidad de Manchester. Se unió a los Frailes Franciscanos de la Renovación y se mudó a Estados Unidos. Meses antes de sus votos perpetuos, Gez descubrió que Dios lo llamaba a otro camino. Conoció a su esposa, Nadine, y se casó con ella. Tuvieron tres hijos y, hasta la fecha, nueve nietos.

El diácono Gerald "Gez" Ford bendice a su esposa, Nadine / Foto : Jeffrey Bruno - National Catholic Register

Gez también fundó Tabor House, un hogar para hombres que se recuperan de la adicción a las drogas y al alcohol en Trenton. Durante los últimos 23 años, Tabor House ha ayudado a unos 250 hombres en su recuperación. También fundó Carmel House, un hogar de transición para graduados de Tabor House.

Su mujer, Nadine, fue la primera en discernir el llamado a la vocación. Le hizo la pregunta: "¿Crees que te llama a ser diácono?". Gez respondió: "Rotundamente no". Ante la insistencia de su mujer, él prometió rezar.

Habló con sus padres y ambos le advirtieron de lo difícil que puede ser el diaconado para la vida familiar. "Cuando mi padre entró en la sacristía y empezamos a vestirnos, fue un momento muy profundo para mí. Apenas nos intercambiamos palabras", comenta Gez.

"Miré fuera y vi tantos rostros que habían venido a celebrar la Santa Misa. Tantas relaciones de diferentes orígenes, todas sentadas alrededor de la mesa, todas siendo tocadas de diferentes maneras por la abundante gracia del Señor", añade.

"Mi madre, como esposa y madre de diáconos, y Nadine, como nuera y esposa de un diácono, resplandecían de orgullo". Gez añade: "Pude ver un nuevo amor compartido entre ambas... tanto sacrificio, tanta confianza y fe".

Benjamín vivía en la calle, era drogadicto, pero acabó encarcelado y pidió el bautismo: «Aunque estoy en prisión, Dios me ayuda y responde a mis oraciones; siempre está ahí; gracias a Él a quien amo más que a nada»

Dibujo que representa a Benjamín en los brazos de Cristo / Amicie de Lamothe

* «Siempre he sentido que hay un Dios… Recé a Dios por primera vez, y alguien vino, me dio de comer y me invitó a comer. Supe que Dios era real, que había escuchado y respondido a mi oración»                            

Camino Católico.- En París, una iniciativa de ayuda callejera dio origen a una amistad inesperada pero crucial: la de Alix, una estudiante católica de 20 años, y Benjamín, un joven destrozado por la vida en la calle y las drogas. Un fuerte vínculo se forjó entre ellos, hasta el día en que Benjamín, tras las rejas, pidió ser bautizado. Alix se convirtió en su madrina, guiando su conversión paso a paso y demostrando que la fe se encuentra donde menos se espera.

"Nos merecemos todos nuestros encuentros", dijo una vez François Mauriac. ¿Fue el encuentro de Alix y Benjamin un giro del destino, un camino de la Providencia? La amistad que floreció de allí sin duda tiene el sello de la gracia. Nada parecía capaz de unir el camino de una joven estudiante católica con el de un joven drogadicto de la calle; y, sin embargo...

Noviembre de 2023. El frío, la humedad y la lluvia vuelven a ser los tristes compañeros de los parisinos. Nada disuade a Alix, de 20 años, de recorrer las calles de la capital, en el barrio de Saint-Lazare. Como cada semana, participa en patrullas de ayuda social con una organización benéfica. Estudiante de filosofía y ciencias políticas, esta joven vibrante es de las que aborrecen la inacción. Apasionada por la fotografía, los viajes y las peregrinaciones, se nutre de encuentros, conexiones sinceras y su fe. "Soy un poco fanática religiosa", dice entre risas.

Con su grupo, se encontró con Benjamín. El joven tenía solo 18 años, y parecía que el peso del mundo recaía sobre sus hombros. Afirmaba haber huido de su hogar familiar tras sufrir un intento de incesto y violencia relacionada con su homosexualidad. "No había hablado con nadie en tres días", cuenta Alix a Aleteia. "Nos dijo que había rezado al 'Dios cristiano' pidiendo ayuda. Para él, nuestra llegada fue verdaderamente providencial".

Adicciones

Alix escuchó atentamente mientras Benjamin le abría su corazón, conmovido por la dura realidad que había enfrentado durante varios meses. "Para no dormir a la intemperie y tener un techo, aunque solo fuera por una noche, a veces recurría a la prostitución", explicó Alix.

Impulsada por un impulso interior, decidió invitar a Benjamín a su casa para una cena con sus amigos. "Siempre había querido tener 'el lugar del pobre', un plato extra para recibir a alguien necesitado. Inmediatamente sentí que era él a quien debía invitar", recordó Alix.

¿Era una locura invitar a un desconocido, alguien familiarizado con sustancias ilícitas, a su casa? Un poco. Mucho. "En eso estamos de acuerdo", reconoció, "pero confié en mi instinto". Y así, Benjamín, duchado y vestido con ropa holgada de Alix, se sentó a la mesa con unos diez amigos alegres. "Nos reímos mucho, jugamos a las cartas... Un momento de verdadera alegría compartida".

Pero estos breves momentos de inocencia no fueron suficientes para borrar la adicción de Benjamin a las drogas. Alix, cuyo ser querido también luchaba, se sintió doblemente afectada. "De camino a misa, recé con mucha intensidad. Le dije a Dios: 'Benjamín quiere mejorar. Dale una oportunidad'".

Al mismo tiempo, el joven le envió un mensaje: "Recé y dejé las drogas", escribió. Cautelosa ante tal afirmación, Alix quiso creerle. Consiguió una habitación en un albergue juvenil y lo llevó a misa. Las recaídas fueron frecuentes, pero Benjamin luchó con valentía. Hasta que dejó de comunicarse durante tres meses.

"Gracias por entrar en mi corazón, mi vida, mi alma"

Finalmente recibió una carta: Benjamin llevaba encarcelado por robo y agresión en Fleury-Mérogis desde marzo de 2023. Había recibido una condena de cinco años, dos de los cuales debía cumplir. Comenzó una correspondencia. A través de ella, Alix percibió un profundo cambio en el corazón de su joven protegido.

En lugar de distanciarlo de Dios, la dura prueba de la prisión parecía acercarlo cada día más a Él. "Siempre he sentido que hay un Dios", escribió en una conmovedora carta que Alix compartió. El joven describió su vida cotidiana en la calle y explicó que estaba "harto de esa vida".

"Recé a Dios por primera vez, y alguien vino, me dio de comer y me invitó a comer. Supe que Dios era real, que había escuchado y respondido a mi oración".

"Esta persona se llama Alix, es como una hermana para mí (...)", escribió Benjamin. "Aunque estoy en prisión, Dios me ayuda y responde a mis oraciones. Siempre está ahí (...) Gracias a nuestro Señor, a quien amo más que a nada".

Estas palabras, escritas de una sola vez y rodeadas de palabras tachadas y corazones, revelan la fe sencilla e infantil de Benjamín. En octubre de 2024, solicitó el bautismo, tras una reunión con el capellán, quien le contó a Alix sobre su ansia por aprender y conocer a Cristo. Recibió el bautismo un año después en prisión, junto con la Eucaristía. Detrás de él estaba su madrina, Alix. "Había traído una sudadera blanca, una vela... Fue muy conmovedor volver a verla en este gran día", confiesa.

Su improbable pero perdurable amistad sobrevivió a las calles, las drogas, la prisión, meses de silencio y los desafíos de la conversión. Es un encuentro que sigue animando a Alix cada día, como confiesa con serena dignidad:

"Hubo momentos en que mi fe flaqueó, y ver a Dios obrar en la vida de Benjamín fue un gran consuelo. A veces, lo único que me impulsaba era mi promesa de orar por él a diario".

Una disciplina del corazón, un hilo tenue que la anclaba en la fidelidad, incluso cuando el final parecía demasiado lejano para verlo.

Formación de capellanes de prisiones

Desde su encarcelamiento, Benjamín ha escrito mucho. Su escritura torpe y espontánea llena las páginas de confidencias, preguntas, pequeñas historias de la vida cotidiana y oraciones. "Recibo cartas cada dos semanas y le respondo", dice Alix.

Cartas de Benjamin a Alix / Foto: Alix G.

Esta historia, que pudo haber sido solo un encuentro fugaz durante una patrulla de asistencia social en la calle, sigue dando frutos hoy. Profundamente afectada por esta conexión, Alix decidió involucrarse aún más. "Empecé a formarme como capellana de prisión", explica.

Está descubriendo un mundo duro, desconocido, a veces perturbador, pero profundamente humano.

"La prisión es la encarnación de Cristo entre los pobres, los marginados, aquellos que han cometido el mal y son salvados por Dios. Los presos necesitan esto, una mirada humana sobre ellos. Es un mundo extremadamente violento, pero uno donde la esperanza arde con fuerza como brasas".

Benjamin escribe regularmente a Alix / Foto: Alix G.

Un niño de 5 años recibió una patada de un caballo en el cráneo en 2015 y se recuperó: el milagro que hace beato al empresario argentino Enrique Shaw al que rezaron 8.000 personas por la curación del pequeño


El empresario argentino Enrique Shaw será beato por el milagro que el Papa León XIV ha reconocido

Camino Católico.- Este 18 de diciembre el Papa León XIV ha autorizado la promulgación del decreto relativo a la proclamación como nuevo beato al padre de familia, Enrique Ernesto Shaw, empresario argentino fallecido en 1962, A su intercesión se debe la curación milagrosa de un niño de cinco años, golpeado en la nuca por la coz de un caballo en una granja cerca de Buenos Aires el 21 de junio de 2015. El niño sufrió graves daños craneales y cerebrales y fue sometido a varias intervenciones quirúrgicas. El 15 de julio, para sorpresa de los médicos, se comprobó que el sistema ventricular había vuelto a su tamaño normal. En 2019, el niño fue examinado por dos peritos que lo encontraron en buen estado de salud, sin secuelas neurológicas importantes. Hoy en día lleva una vida normal. En el vídeo de Infobae, Monseñor Santiago Olivera, vicepostulador de la causa de beatificación de Enrique Shaw, y Fernán de Elizalde, administrador de la causa, cuentan cómo sucedieron los hechos.

Vídeo de Infobae en el que se cuenta como sucedió el milagro que hace beato a Enrique Shaw

La tragedia inesperada

El 21 de junio de 2015, en un campo de la localidad bonaerense de Suipacha, la vida de una familia cambió para siempre. Un niño de cinco años jugaba cerca de un corral cuando ocurrió un hecho tan inesperado como brutal: un caballo, asustado por la presencia de una víbora, lanzó una violenta patada que impactó de lleno en su cabeza. El golpe fue devastador y le provocó una lesión craneana gravísima. En medio de la angustia y sin pronóstico alentador, la familia comenzó a pedir la intercesión del empresario argentino Enrique Shaw. Hoy, aquel niño, convertido en adolescente, lleva una vida normal y sin secuelas. Una curación que la ciencia no logra explicar y que fue reconocida por la Iglesia, a través de un decreto publicado el jueves 18 de diciembre de 2025, como un milagro atribuido a Enrique Shaw, abriendo así el camino a su beatificación. 

Enrique Shaw falleció el 27 de agosto de 1962, a los 41 años, tras una dura batalla contra el cáncer

“La madre fue testigo directa de la tragedia. El padre se encontraba lejos. Cuando logran levantar al niño, la situación era desesperante: no respondía, no reaccionaba, parecía no respirar. Todo indicaba que estaban ante una muerte inminente”, narra Fernán De Elizalde, administrador de la causa de beatificación a Infobae.

Sin tiempo que perder, lo suben a una camioneta y emprenden una carrera contra el reloj. Durante el trayecto buscan ayuda en distintos puntos: Suipacha, Chivilcoy y otros pueblos intermedios. En Chivilcoy ocurre el primer hecho decisivo: dos médicas, ex oficiales de la Fuerza Aérea y con experiencia en trauma, logran provocar una reacción vital mínima, suficiente para que el niño pueda resistir el traslado posterior en avión sanitario. Gracias a esa intervención, el niño logra llegar con vida al Hospital Universitario Austral, en Buenos Aires, incluso soportando un traslado aéreo en helicóptero.

Fernán de Elizalde, administrador de la causa de beatificación de Enrique Shaw, cuenta como sucedió el milagro 

Al ingresar al Austral, el pronóstico era sombrío. Un médico advierte a la familia que el estado del niño era tan grave que quizás no convenía siquiera intervenirlo, insinuando que podía estar ya clínicamente muerto. Sin embargo, los padres insisten: “Hagan todo lo que sea necesario”, detalló De Elizalde.

Es en ese momento límite cuando el padre realiza un gesto interior decisivo. Con una fe absoluta, se encomienda a la intercesión de Enrique Shaw, empresario argentino y padre de familia, cuya causa de beatificación estaba en curso. Pronuncia una frase que quedará grabada para siempre: “Yo te cambio tu santidad por la salud de mi hijo”, afirma De Elizalde.

Desde entonces, la familia inicia una acción tan simple como poderosa: pedir oración. No a un santo consagrado y conocido, sino a un hombre que muchos no sabían quién era. Al principio rezan los más cercanos. Luego, la cadena crece. Con el paso de los días, entre 7.000 y 8.000 personas en distintos países rezaban por el niño, pidiendo su curación por intercesión de Enrique Shaw.

“Una tía del niño, diseñadora gráfica, crea una estampita de Enrique Shaw, que en lugar de decir ‘venerable’, dice abajo ‘que sea tu milagro’”, comenta el administrador de la causa. La imagen comienza a circular por redes sociales, por el hospital, incluso es colocada discretamente detrás de la cama en terapia intensiva. Enfermeros y personal médico, sin conocer del todo la historia, también se suman a la oración.

Las estampas oficiales de Enrique Shaw cuando fue declarado Venerable Siervo de Dios por el Papa Francisco

Durante 45 días, el niño permanece internado en estado crítico. Es sometido a cinco cirugías cerebrales para drenar líquido acumulado por la hipertensión intracraneal, además de otros procedimientos menores. Pero la situación no se estabiliza. Finalmente, el equipo médico toma una decisión extrema: implantar una válvula de drenaje permanente en el cerebro. No había otra alternativa viable.

La válvula se importa del exterior y se convoca a un especialista para realizar la intervención. La operación estaba programada para las tres de la tarde de un día determinado. La madre, angustiada, reza con una intención muy precisa: que su hijo sobreviva sin secuelas, sin quedar marcado para siempre.

El instante del milagro

Entonces ocurre el hecho clave. Minutos antes de entrar al quirófano, el cirujano realiza una verificación final de rutina. Al hacerlo, descubre algo absolutamente inesperado: el líquido comienza a drenar de manera espontánea y normal. La presión intracraneana se había regularizado sola. La válvula ya no era necesaria. La cirugía se suspende.

“Ese instante marca con claridad un antes y un después, un criterio fundamental en los procesos canónicos de reconocimiento de un milagro. Lo que la medicina no podía explicar ni lograr, había ocurrido sin intervención técnica”, asegura De Elizalde.

A partir de ese momento, la recuperación del niño es rápida y sostenida. En pocos días comienza a comer, es extubado, mejora neurológicamente. En 10 a 15 días está en condiciones de ser trasladado al Instituto Fleni para rehabilitación. “Allí ocurre casi un segundo milagro: el niño, que había quedado desfigurado y extremadamente debilitado, se recupera por completo, sin secuelas neurológicas, sin daño cognitivo, sin deformaciones visibles. Hoy, ya adolescente, lleva una vida normal. Nadie podría imaginar lo que atravesó, salvo por el conocimiento de su historia”, detalla De Elizalde.

Por su parte, Monseñor Santiago Olivera, vicepostulador de la causa de Enrique Shaw, explica: “En nuestro lenguaje común decimos que algo es un milagro cuando no tiene explicación. Pero en la Iglesia, cuando se estudia un milagro en Roma, se comprueba que, con todas las razones médicas, el hecho excede la explicación científica. Y la curación que no tiene explicación es la que supera la ciencia médica”.

Monseñor Santiago Olivera, vicepostulador de la causa de beatificación de Enrique Shaw

La documentación médica, los estudios, la evolución clínica y los “saltos” positivos inexplicables fueron analizados con rigor. La conclusión fue clara: la ciencia no puede dar cuenta suficiente de lo ocurrido.

Monseñor Olivera sostiene: “El milagro siempre es un milagro de Dios, pero en este caso se pidió con insistencia la intercesión de Enrique Shaw, y así fue. Lo que parecía imposible, se dio”. Y recuerda que, si bien pueden existir otros tipos de milagros, “lo más común y lo más claro en las causas de beatificación y canonización son las curaciones físicas inexplicables”.

Este milagro fue el que abrió definitivamente el camino a la beatificación de Enrique Shaw, a quien incluso el Papa León ha señalado como “un hombre providencial para nuestros tiempos, un empresario con un sentido cristiano de la empresa verdaderamente admirable, cuyas huellas debemos seguir”, asegura el obispo castrense.

Por eso, este hecho fue reconocido como el milagro atribuido a la intercesión de Enrique Shaw, el que abrió definitivamente el camino a su beatificación.

El argentino que la Iglesia propone como modelo del siglo XXI


El empresario argentino, y pronto beato, Enrique Shaw, con su esposa

Enrique Shaw no fue sacerdote ni religioso. Fue empresario, esposo, padre de nueve hijos y oficial de la Armada, y su vida —vivida con una coherencia poco frecuente— lo convirtió en uno de los próximos beatos argentinos.

Nacido en 1921 en el Ritz de París, Shaw entendió la empresa de un modo radicalmente distinto al habitual: no como una máquina de lucro, sino como una comunidad de personas. Convencido de que el trabajo debía estar al servicio de la dignidad humana, promovió relaciones laborales basadas en el diálogo, la justicia y el respeto, incluso en contextos de fuerte conflictividad social.

Ese enfoque se tradujo en decisiones concretas e innovadoras. Fue impulsor del salario familiar en la Argentina, una medida pionera en su tiempo, pensada para que el ingreso del trabajador tuviera en cuenta no solo su tarea, sino también la responsabilidad de sostener una familia. Para Shaw, el salario no podía ser un número abstracto: debía permitir una vida digna. En 1955, en el contexto de la fuerte persecución religiosa que siguió a la quema de iglesias y al enfrentamiento entre el Estado y la Iglesia en la Argentina, Enrique Shaw fue detenido por su condición de católico comprometido y por su fidelidad pública a la fe.

Fue fundador y primer presidente de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE), desde donde impulsó con fuerza la Doctrina Social de la Iglesia en el corazón del mundo económico argentino. Su mensaje era claro y contracultural: fe y empresa no solo son compatibles, sino que deben integrarse.

A diferencia de otros caminos de santidad, Shaw eligió permanecer en el mundo empresarial por discernimiento espiritual. Cuando expresó su deseo de dejar la empresa para trabajar directamente con los obreros, un sacerdote —de la diócesis de Chicago— lo exhortó a quedarse: su misión era transformar la empresa desde dentro. Un dato que hoy adquiere valor simbólico, ya que esa misma diócesis es la de origen del actual Papa León, quien lo ha definido como “un hombre providencial para nuestros tiempos”.

Siendo muy joven se enfermó gravemente de cáncer y necesitó transfusiones urgentes, los obreros de su empresa se ofrecieron espontáneamente a donar sangre para salvarle la vida. El episodio se volvió emblemático y Shaw pronunció en una frase que trascendió “Ahora soy feliz, ya que por mis venas corre sangre obrera”. Murió en 1962, a lo 41 años.

Tras la publicación del decreto firmado por el Papa León XIV este jueves 18 de diciembre, Enrique Shaw va camino a convertirse en el primer empresario beato y futuro santo.

Branca María Pereira, médico de sor Lucía: «Dejé la vida de gracia y cuando la conocí, ella me enseñó todo: me hizo volver a la fe, me mostró quién era Dios, dónde encontrarlo, cómo estar con Él, cómo hablarle, cómo rezarle»


La doctora Branca María Pereira, fue médico de sor Lucía durante los 15 últimos años de vida de la vidente de la Virgen de Fátima

* «Y por un poco de curiosidad quise preguntarle a la hermana Lucía: ‘¿cómo era la voz de la Virgen María?’ Y ella me dijo con esta sencillez: ‘no era una voz que se oía así, con estos oídos, sino que penetraba en nuestra mente. Y era dulce, muy dulce y también triste, porque se ofendía mucho a Nuestro Señor’. También le pregunté que cuando vieron el infierno, que cómo era. Y ella me dijo: ‘las personas piensan que no hay infierno, están engañadas; lo hay. Y es un horror de desesperación y odio. Las personas allí arden en odio y en rencor, en desesperanza. Son como llamas de desesperación e infelicidad’»                            

Vídeo del testimonio de Branca María Pereira, médico de sor Lucía, en H.M. Televisión  

 Camino Católico.- “Yo quería ver a Nuestra Señora como aquellos niños, pero como ella no se me aparecía, como eso no pasó, seguí con mi vida. Me casé, tuve mis hijos y el trabajo me absorbió hasta separarme de la iglesia. Dejé de ir a misa, dejé los sacramentos, no vivía vida de gracia ni de oración y así pasó mi vida” asegura  Branca María Pereira, médico personal de sor Lucía durante 15 años, hasta certificar su muerte, en el Carmelo de Coimbra (Portugal).

“Sor Lucía sabía sobre mi vida en totalidad, de mis sufrimientos personales y se convirtió en mi sostén, en mi fuerza y fue la que me hizo volver a la fe, la que me mostró qué era, quién era verdaderamente Dios, dónde encontrarlo, cómo estar con Él, cómo hablarle, cómo rezarle; ella me enseñó todo”, comparte en su testimonio que cuenta en un vídeo de H.M. Televisión, en el que explica su relación con la vidente de la Virgen de Fátima. Esta es su historia contada en primera persona:

La doctora Branca María Pereira atendiendo a sor Lucía

«Con sor Lucía hablábamos de las apariciones, de su infancia, de su época en España, en Pontevedra; me contó siempre todo» 

Yo fui la médico de la hermana Lucía durante los últimos 15 años de su vida y continúo siendo la médico de las hermanas Carmelitas del Carmelo de Coimbra. Suelo decir que yo era la médico, la que cuidaba de su parte física y que ella era mi médico espiritual. Sí, porque sor Lucía sabía sobre mi vida en totalidad, de mis sufrimientos personales y se convirtió en mi sostén, en mi fuerza y fue la que me hizo volver a la fe, la que me mostró qué era, quién era verdaderamente Dios, dónde encontrarlo, cómo estar con Él, cómo hablarle, cómo rezarle; ella me enseñó todo.

Comencé a ser la médico personal de la hermana Lucía más o menos en el 1991 y fui invitada para ir para allá, para el Carmelo, para hacer este trabajo por un antiguo médico de ella de hacía muchos años y a cierta altura fue a mi consultorio, a mi gabinete, al centro de salud donde yo trabajaba para invitarme para ser la médico personal y encomendarme ese encargo. 

No me pregunten cómo quiso conocerme y por qué, porque es un misterio para mí. Yo estaba muy cansada, muy extenuada y él me dijo: ‘buenas tardes, ¿es la doctora Branca? Señora yo la conozco pero usted no me conoce. Me llamo Miguel Barata, soy colega suyo, he sido hasta este momento médico de la hermana Lucía y vengo a preguntarle ahora que me siento tan enfermo, si le gustaría quedarse con este encargo, con este trabajo para ser la médico personal de ella, de la hermana Lucía.

En aquel momento las lágrimas rodaron y cayeron por mi rostro porque vino en flashback a mi mente un episodio que yo viví de pequeña. Tenía unos seis o siete años y en aquel momento me gustaba ver y entretenerme cuando estaba enferma con los catecismos, los santos, las estampas donde aparecía Jesús dando la comunión a los niños y la Virgen de Fátima con los pastorcitos. Entonces mi oración en aquel entonces era constantemente poder ver a Jesús y que me dejase ver a Nuestra Señora.

Yo quería ver a Nuestra Señora como aquellos niños, pero como ella no se me aparecía, como eso no pasó, seguí con mi vida. Me casé, tuve mis hijos y el trabajo me absorbió hasta separarme de la iglesia. Dejé de ir a misa, dejé los sacramentos, no vivía vida de gracia ni de oración y así pasó mi vida.

Cuando el doctor Miguel Barata vino y me hizo aquella pregunta en mi consultorio, lo que me vino era que Jesús venía a decirme: ‘no la viste, pero tienes ahora entre tus manos a esta hija para cuidar de ella’. 

Entonces entre lágrimas respondí al doctor Miguel Barata: ‘doctor está preguntando a un ciego si quiere ver y por supuesto que yo quiero ser la médico personal de la hermana Lucía’.

Después de todo concretamos la primera ida al Carmelo y yo estaba entusiasmada por ver lo que era el Carmelo y ver el Carmelo por dentro de la clausura y en mi cabeza sólo cabía un pensamiento: fijar mis ojos en la hermana Lucía, fijar los ojos en los de aquella que vio a Nuestra Señora, mi mirada en su mirada y no dormía.

Entonces llegó el día en que fui realmente al Carmelo y cuando se abrió la portería vi aquella alegría con la que fui recibida por la Madre y llegamos a la puerta de la celda. La Madre llamó a la puerta y oí una voz desde dentro que dijo: ‘puede entrar’. La Madre Priora abrió la puerta de la celda y entonces vi a la hermana Lucía sentada junto a la ventana y a su escritorio. Miró hacia  mí, sonrió y cuando la Madre le dice hermana Lucía esta es la nueva médico que te va a tratar, ella respondió abrazándome mucho y me dijo: ‘espero no darle mucho trabajo’.

Y esa fue la primera reacción de la hermana Lucía: abrazarme, sonreírme, muy buena voluntad. Nada de lo que yo tenía pensado inicialmente: que fuera una persona lúgubre, cargante. Era todo lo contrario: una persona igual a mí, normal, igual que las demás carmelitas, sin un trazo de orgullo, simple, alegre, de buen humor y acogiéndome con una ternura maternal.

Y así empezó mi odisea en el Carmelo. No había secretos, no había tabúes, no había problema en hablar cualquier cosa que saliese, hablábamos de las apariciones, de su infancia, de su época en España, en Pontevedra. Me contó siempre todo con el mayor rigor y la mayor claridad, sin intentar omitir o esquivar preguntas.

Y por un poco de curiosidad quise preguntarle a la hermana Lucía: ‘¿cómo era la voz de la Virgen María?’ Y ella me dijo con esta sencillez: ‘no era una voz que se oía así, con estos oídos, sino que penetraba en nuestra mente. Y era dulce, muy dulce y también triste, porque se ofendía mucho a Nuestro Señor’. 

También le pregunté que cuando vieron el infierno, que cómo era. Y ella me dijo: ‘las personas piensan que no hay infierno, están engañadas; lo hay. Y es un horror de desesperación y odio. Las personas allí arden en odio y en rencor, en desesperanza. Son como llamas de desesperación e infelicidad’. 

Había tres carismas propios para cada uno de los tres pastorcitos. La hermana Lucía tenía un gran designio para hacer aquello que Nuestro Señor y Nuestra Señora le habían pedido, que era la devoción al Inmaculado Corazón de María. También rezar por el Papa porque sería uno de los grandes sufridores por los pecados de la humanidad. Y ella tenía esa gran preocupación. La devoción al Inmaculado Corazón de María pasaba también por la devoción de los cinco primeros sábados.

Fue pedido también por Nuestra Señora para que esa devoción fuese difundida por el mundo, con la promesa de que habría asistencia en la hora de la muerte a las personas que se entregaran a esa devoción en los primeros sábados. La hermana Lucía tuvo muchas dificultades porque hubo oposición por parte de distintas entidades y ella no sabía cómo realizar este pedido, este deseo. Ella confesó esto a Jesús cuando Él se le apareció en Pontevedra, diciéndole que ya lo había dicho y pedido y que le habían dicho que solos no podían hacer nada.

Y Jesús le dijo: ‘sí, solos no pueden hacer nada, pero con mi ayuda tú puedes’. Entonces era un gran objetivo de la hermana Lucía la difusión de los primeros sábados para que se estableciese en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María y el triunfo del Inmaculado Corazón de María en el final. Este triunfo se dará cuando llegue la conversión de los pecadores, este es el objetivo. Cuando se triunfe en el corazón de cada uno será cuando se habrá cumplido el objetivo del triunfo y así mundialmente triunfará el Inmaculado Corazón de María. Por tanto, la hermana Lucía tenía este carisma y era su gran preocupación. Ella murió rezando por este objetivo y por el Santo Padre.

La hermana Lucía, como se sabe, murió el 13 de febrero de 2005. Ya estaba muy débil, pero siempre consciente y muy lúcida hasta el final. Cuando llegué, después del almuerzo, la madre me dijo: ‘cuando la doctora se fue, la hermana Lucía comenzó a dormir y se ha dormido tan profundamente que ahora no se despierta, no conseguimos despertarla de ninguna manera’.

Yo fui a su lado, hice un examen neurológico básico, examiné los reflejos y verifiqué que estaba en coma. Después de esto llega el señor obispo, sin que nadie le esperara, se enteró de lo que estaba pasando y me preguntó: ‘doctora, ¿usted cree que estamos ya en el desenlace?’ Y yo le dije: ‘señor obispo, no puedo responderle con certeza a esa pregunta, porque usted sabe mejor que yo que para Dios nada es imposible’.

Entonces el señor obispo comenzó a recitar las oraciones de los moribundos. Terminó, dio la bendición y cuando dio la bendición la hermana Lucía despierta. Despierta de repente, abre los ojos, nos mira a todos, recorre el circuito de todos los que estábamos allí. Después fija su mirada en la priora, la priora coge su crucifijo y lo pone delante de ella y dice, hermana Lucía, mira a Jesús.

La hermana Lucía esboza un beso y después abre los ojos hacia un infinito. Era un mirar, una mirada que no consigo describir. Abre los ojos hasta no poder más, se aquieta un momento, después cierra los ojos y para de respirar.

Así fue la muerte de la hermana Lucía. El legado de la hermana Lucía fue hacer la voluntad de Nuestra Señora, hacer la voluntad de Dios, la obediencia, la humildad, el servicio, el amor a las personas, al prójimo, el amor a Dios sobre todo y el amor a la comunidad. Y la gran preocupación de la difusión del mensaje para que se cumpliese la voluntad de Dios a través de la petición de Nuestra Señora.

Branca María Pereira

Médico de sor Lucía 

los últimos 15 años de su vida