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lunes, 14 de septiembre de 2026

Andrés Carrión hundido en las drogas y la santería quería suicidarse y acabó en la cárcel: «La misericordia de Dios es infinita y su voz ha estado conmigo porque he tenido conciencia de pecado; el miedo al infierno me salvó»


Andrés Carrión dice que "en la cárcel descubrí que el regalo más grande que Dios nos ha dado es la libertad, no tiene precio. Por eso Dios nunca se mete en nuestra libertad"

* «Empecé a pegar puñetazos en el suelo de esa celda del aeropuerto en la que me retuvieron, y a decir, en adelante 'hazlo Tú, Señor, guíame, ayúdame'. Fui llevado a una prisión preventiva. Allí los lunes se juntaban para hacer una liturgia diaria de las lecturas de la misa, daban un pequeño eco, y también rezábamos el Rosario. Me agarré muy fuerte a esa liturgia, a esa pequeña celebración que hacíamos. Un día, me llaman, salgo y veo a un sacerdote que había preguntado por mí. Mi padre había entrado en contacto con catequistas del Camino Neocatecumenal en Brasil y empezaron a mover todo para que pudiese tener algún tipo de ayuda. Ese sacerdote me confesó, me dio una palabra. Allí descubrí que el regalo más grande que Dios nos ha dado es la libertad, no tiene precio. Por eso Dios nunca se mete en nuestra libertad. El sufrimiento era terrible, dormía con ratas»

Vídeo de El Rosario de las 11 PM en el que Andrés Carrión cuenta su testimonio

* «Mi fuerza residía en la Biblia y en el Rosario, rezaba, intentaba evangelizar a mis compañeros de celda, encima en un ambiente donde estaba lleno de protestantismo.Entonces, volví a salir de permiso y conocí a una chica de allí, del Camino. Esta chica se involucró mucho conmigo. A medida que pasaba el tiempo con esta chica, en mi corazón nacía un fuego cada vez más fuerte (...). Si algún día quiero algo con esta chica tengo que dejar la droga definitivamente. De un día para otro dejé la droga. Si no hace Dios esto es imposible, me quedaban tres meses para poder salir y, de repente,  me dieron la libertad (...). Yo le digo a la gente que si Dios no existe yo no tendría que estar aquí, es imposible humanamente, por todo lo que he pasado. (...). Soy muy feliz, tengo una familia maravillosa que no me merezco, que no me la he ganado y, por tanto, sé que viene de Dios»

Camino Católico.- Andrés Carrión es español, tiene 36 años, está casado y tiene cuatro hijos. Del Camino Neocatecumenal, su historia es realmente de película. De una dura infancia en una familia desestructurada, pasó a la cleptomanía, a consumir drogas, posteriormente al tráfico de drogas, a la santería... hasta que el encuentro con Dios en la cárcel le devolvió la paz, y a conocer a la que hoy es su mujer. Acaba de contar su testimonio en  El Rosario de las 11 PM. Esta es su historia contada en primera persona con los fragmentos esenciales que relata en el vídeo: 

Nací en una familia cristiana, al uso, pero un poco desestructurada. Mi madre me tuvo con 17 años. Fue por accidente, no digo que fuera un hijo 'no querido' pero sí 'no deseado'. Mi vida, desde los primeros días, no fue nada fácil. Mi madre tuvo anorexia de joven y estuvo a punto de morir. Fue un milagro que siguiera viva. Entonces, mis abuelos maternos fueron los que me sustentaron y me criaron.

Vivía en un barrio de la zona sur de Móstoles, en Madrid. Un barrio normal y corriente en el que se ven muchas cosas. Desde bien pequeñito empecé a jugar con ciertas cosas, empecé a robar en los bazares chinos (...). Eso, poco a poco, me llevó a dar más pasos. Con 8 años di mi primera calada a un cigarrillo (...). Yo tenía una carencia muy grande de madre y de padre, y la buscaba llenar en la calle. Lo que fueron hurtos pequeños sin importancia empezaron a ser un poquito más grandes.

Esto me creó una adicción que se llama cleptomanía. Todo lo que veía lo tenía que robar, sentía que lo necesitaba, tenía que robarlo, incluso hasta a mis amigos. Con nueve o diez años ya no era feliz, y no era feliz porque, en realidad, mi corazón ansiaba lo que veía en mis amigos, que tenían padre y madre en casa. Yo no sé lo que es llegar a mi casa y decir 'hola, mamá', y 'hola, papá'. Mi vida fue un ir y venir".

Me llevaron a un colegio que me generó mucha violencia. Tenía muchos problemas en la escuela. No sentía esa paz, esa felicidad, esa tranquilidad. Estaba harto de volver con mi madre, luego con mi padre, otra vez con mi abuela. Con doce o trece años empecé a tocar los porros y me generó una adicción desde bien joven, hasta el punto de que no podía vivir sin ello. Con trece o catorce años yo ya no podía vivir sin una piedra de hachís en el bolsillo.

Tenía la adicción al chocolate, al hachís... y, con esa edad, no tenía ingresos, con lo cual solo tenía una opción, que era gastar lo que me daban de paga. Pero, como mi consumo diario era muchísimo, eso me llevaba a robar constantemente, a robar a mi familia, a mi madre... a mi abuela le he robado muchísimo, no puedo decir la cantidad de cosas de casa que le quitaba para venderlas. El día que me levantaba y no tenía una piedra de hachís en el bolsillo del pantalón me generaba una ansiedad...

Andrés Carrión asegura que "a mí Dios nunca me ha dejado ni siquiera un segundo, siempre ha estado conmigo, a pesar de todo el sufrimiento que tenía desde pequeño"

Esto me llevó un punto de querer quitarme la vida, con 15 años ya no quería vivir más, era un completo infeliz. Pero mi padre había vuelto a retomar contacto conmigo, gracias a la Iglesia y en concreto al Camino Neocatecumenal, porque él también tuvo una juventud muy complicada por la droga. Sus catequistas le invitaron a recuperar esa paternidad que había perdido. Entonces me empezó a llevar a la Iglesia. Con nueve o diez años yo participaba de las eucaristías con la comunidad de mi padre, veía en la Iglesia algo que me llamaba mucho la atención, sentía, y vivía, una paz, y una felicidad.

A mí Dios nunca me ha dejado ni siquiera un segundo, siempre ha estado conmigo, a pesar de todo el sufrimiento que tenía desde pequeño. Yo tenía una doble vida, cuando iba con mi padre a la Iglesia me iba calando poco a poco, y, con 15 años, me invitaron a hacer las catequesis del Camino. Estaba feliz de estar ahí pero, al mismo tiempo, la calle, el mundo lo tenía tan dentro de mí que no podía soltarlo solo. Me acuerdo de que iba a las celebraciones con una piedra de hachís en el bolsillo, comulgaba con una piedra de chocolate en el bolsillo. Muchas veces he comulgado en pecado mortal. Estaba totalmente absorbido en el mundo de la delincuencia.

Empiezas por una cosa simple y luego pasas a otras drogas, a ver la cocaína, el cristal, drogas sintéticas... Me pasaba noches enteras en Madrid de fiesta drogándome. Hasta que un día, acabé tirado inconsciente en una calle. Había consumido tantos tipos de drogas que no sé por qué no me llegó a pasar algo más. Llegué a desarrollar un trastorno de doble personalidad, en la Iglesia era una persona y fuera otra totalmente diferente.

La droga te genera mucha violencia interna y mi abuela me amenazaba con no dejarme entrar en casa. Un día cumplió su promesa y, gracias a Dios, acabé en la calle. Con 20 años me ofrecieron ganar un dinero fácil, era para hacer un transporte de drogas. Estaba sumido en tantos problemas, y tenía tanta ansia de dinero, que lo acepté sin ningún problema. Era hacer un viaje a Venezuela con todos los gastos pagados, me montaron en un avión y me llevaron para allá. Aquí empieza a torcerse la cosa. Me acuerdo de que me recibió una chica, con la cual tuve una relación personal bastante fuerte.

Ella me dijo que no lo hiciera, porque me iban a meter en la cárcel 15 años. Vi un ángel de Dios que me avisaba, aunque tengo que decir que esta chica es un milagro, porque iba a ganar dinero conmigo, no es que fuese una persona de bien, formaba parte de este negocio. Le hice caso en todo momento, la voz de Dios siempre estuvo conmigo. Siempre he tenido esa conciencia de pecado. Decidí no hacerlo y eso generó un problema grande, estamos hablando de traficantes, de cosas muy serias, hay mucho dinero envuelto. Entonces tuvimos que inventar un accidente de tráfico, que me había roto el fémur y que no podía volar. Cogimos a un maquillador profesional que me maquilló, que me vendó la pierna. Pero el chico, desde España, estaba interesado en venir a ver mi estado.

El tiempo se iba alargando y el chico seguía insistiendo en que iba a venir. Entonces decidí quedarme durante un tiempo en Venezuela. Mis padres pusieron una denuncia por desaparición, y, a los dos meses, les llamé y les dije que estaba allí.


Andrés Carrión reflexiona que "volví a la iglesia, mi comunidad seguía rezando por mí, es muy importante tener una comunidad que rece por ti, porque la vida no sabe las vueltas que te puede dar"

Esta amiga, que en teoría era amiga, participaba de una cosa que se llama la santería. Yo he llegado a participar de un rito satánico, te hacen lavados con gallos, cortan la cabeza de los gallos y te limpian. He llegado a hablar incluso con demonios, he llegado a ver cómo mi propia amiga era poseída delante de mí. De la nada más absoluta era poseída por un espíritu que entre tres personas no éramos capaz de sostenerla. Luego me llevaron a hablar con un demonio, con una persona que había sido poseída por el demonio, que hablaba una lengua muy rara, era un lenguaje muy extraño, que yo no entendía, lógicamente.

Estuve nueve meses, hasta que llegó un punto en el que ya tenía que volver a España. La vuelta era muy complicada, me esperaba gente... Durante los primeros días me escondía entre los coches. No podía hacer vida normal, no podía salir a la calle, y una vez, por casualidad, uno de mis mejores amigos me vio y vino a mi casa, y, durante un tiempo, me mantuvo en secreto, me llevaba en coche a otro sitio donde seguía consumiendo droga. Seguía en esa vida de la drogadicción.

Un día me dijo que tenía que plantar cara y decir que estaba aquí, y quedamos con esa persona que llevaba el tema del narcotráfico. Fui pensando que iba a morir, literalmente, ellos no sabían que lo del accidente era un montaje. Yo pensaba que sí lo sabían y que querían cogerme para pagar las consecuencias. Para mi sorpresa, después de un rato largo hablando con esta persona, me dijo que a mí no me iba a pasar nada, pero que la otra chica iba a morir. Entonces la avisé, me dijeron que no lo hiciera, pero cómo iba a quedarme callado, si esta chica a mí me salvó de estar muerto. Ella cometió el error y habló con ellos, y entonces me tacharon de chivato. Me pusieron una cantidad económica que tenía que pagar, yo no tenía dinero y me obligaban a robar, me llevaban a centros comerciales y me obligaban a robar para ir pagando esa deuda. 

Entonces volví a la iglesia, mi comunidad seguía rezando por mí, es muy importante tener una comunidad que rece por ti, porque la vida no sabe las vueltas que te puede dar (...). Intenté hacer una nueva vida, pero la calle seguía tirándome. Hasta que con 22 años me volvieron a ofrecer otro transporte de droga, en ese momento estaba en la miseria más absoluta, vivía en la calle. Mi abuela ya no me abría las puertas de su casa. Ocupaba pisos de nueva construcción, para poder pasar la noche allí y, a la mañana siguiente, me iba a un hospital público, me aseaba, y volvía a la vida en el barrio a seguir fumando porros.

Había caído en la cocaína, había gastado mucho dinero. En dos meses, unos 6000 euros, que eran de mi abuelo, él me dejó un dinero para poder montar un pequeño negocio, pero lo acabé malgastando en droga. Me llegué a quedar en 50 kg, esquelético perdido, no comía, solo consumía, fue terrible. Intenté volver a la Iglesia. Dios siempre está abierto a la conversión de quien se arrepiente y soy testigo de ello.

Durante estos años tuve un intento de suicidio, cogí un cuchillo... como yo no sabía lo que era ser feliz, para mí quitarme la vida no era un problema. El problema era que tenía esa voz de Dios, y una vez  escuché que el que se suicida tiene unas papeletas muy grandes para ir al infierno. Está claro que la misericordia de Dios es infinita. Ese miedo a ir al infierno a mí me ha salvado.


Andrés Carrión al salir de permiso de la cárcel conoció a la que hoy es su esposa

Me llegaron a ofrecer este segundo viaje y no me lo pensé ni siquiera un minuto, mi vida estaba tan destruida, estaba en la calle, no tenía nada que perder. Partí para Perú y allí estuve un mes y medio, viviendo en un hotel, drogándome, esperando el momento para hacer el viaje y volver a mi casa. Con la buena intención de que con ese dinero iba a recomenzar una nueva vida, pero eso era mentira. Aquí empieza la verdadera historia de conversión.

En Brasil, en la fila del avión, sacaron la cocaína y un policía me dijo que la cárcel iba a ser mi casa durante los próximos 4 años. Fue un punto de inflexión muy grande, el mayor de mis problemas era que había vivido toda mi vida haciendo mi voluntad. Empecé a pegar puñetazos en el suelo de esa celda del aeropuerto en la que me retuvieron, y a decir, en adelante 'hazlo Tú, Señor, guíame, ayúdame'. Fui llevado a una prisión preventiva. Allí los lunes se juntaban para hacer una liturgia diaria de las lecturas de la misa, daban un pequeño eco, y también rezábamos el Rosario. Me agarré muy fuerte a esa liturgia, a esa pequeña celebración que hacíamos. 

Un día, me llaman, salgo y veo a un sacerdote que había preguntado por mí. Mi padre había entrado en contacto con catequistas del Camino Neocatecumenal en Brasil y empezaron a mover todo para que pudiese tener algún tipo de ayuda. Ese sacerdote me confesó, me dio una palabra y vino unas tres o cuatro veces a verme (...). Fui condenado a cinco años y medio, pero la condena se me redujo a un año y once meses (...). Allí descubrí que el regalo más grande que Dios nos ha dado es la libertad, no tiene precio. Por eso Dios nunca se mete en nuestra libertad. El sufrimiento era terrible, dormía con ratas.

Tuve un permiso en la cárcel de una semana, pero volver por tus propios pies a la cárcel no fue nada fácil, caí en una depresión (...). Mi fuerza residía en la Biblia y en el Rosario, rezaba, intentaba evangelizar a mis compañeros de celda, encima en un ambiente donde estaba lleno de protestantismo. Todas las semanas se hacía un culto obligatorio, tan obligatorio que si no asistía te pegaban una paliza. Cuando participaba de esos cultos lo que hacía era rezar el Rosario. Mi cuerpo estaba preso pero mi espíritu estaba libre. 

Entonces, volví a salir de permiso y conocí a una chica de allí, del Camino. Esta chica se involucró mucho conmigo y me llevaba a varios sitios, me invitó a su casa a comer. Intentó hacérmelo lo más agradable posible. A medida que pasaba el tiempo con esta chica, en mi corazón nacía un fuego cada vez más fuerte (...). Si algún día quiero algo con esta chica tengo que dejar la droga definitivamente. De un día para otro dejé la droga.

Si no hace Dios esto es imposible, me quedaban tres meses para poder salir y, de repente,  me dieron la libertad (...). Yo le digo a la gente que si Dios no existe yo no tendría que estar aquí, es imposible humanamente, por todo lo que he pasado. (...). Soy muy feliz, tengo una familia maravillosa que no me merezco, que no me la he ganado y, por tanto, sé que viene de Dios. Espero que pueda haber ayudado a alguien, la Iglesia está para ayuda.

Andrés Carrión

miércoles, 4 de marzo de 2026

Mauricio Estrada estuvo en la cárcel por narcotráfico y ahora produce cacao de clase mundial: «En prisión conocí a Dios que me llamó a la libertad y pude cambiar mi vida obedeciendo lo que la Palabra de Dios dice»

Mauricio Estrada Príncipe estuvo en la cárcel por narcotráfico y ahora, “gracias a Dios”, produce cacao de clase mundial / Foto: Cortesía de Mauricio Estrada

* «Empecé a reconocer a Dios, a caminar y viví con él, fui bendecido en el penal y empecé a sobresalir, empecé a cambiar, mi comportamiento y comprendí que el hombre en drogas toda su vida vive con una maldición porque solamente se dedica a comercializar veneno»

Vídeo de EWTN en el que Mauricio Estrada Príncipe cuenta su testimonio de conversión en la cárcel

* «Yo le dije a Dios: yo no quiero estar en drogas. Yo quiero tener un trabajo digno para llevarles un pan a mis hijos y decirles que es fruto de un trabajo digno con el que Dios nos bendice. De esa manera abandoné las plantaciones de coca, todo lo ilícito»

 Camino Católico.-  “Hay un refrán que dice con el mazo dando y a Dios rogando, entonces yo creo que cuando un hombre trabaja, se esfuerza, allí está la mano de Dios”, afirma Mauricio Estrada Príncipe a  EWTN, hombre de 59 años que estuvo preso por narcotráfico y que ahora siembra, en la Amazonía de Perú, cacao aromático orgánico de clase mundial, que se exporta a Francia para hacer el mejor chocolate.

Mauricio, casado desde hace 22 años y padre de cuatro hijos, comparte su historia con EWTN Noticias: una vida marcada por la pobreza, algunas decisiones desafortunadas y el regreso a Dios que le permitió transformarlo todo.

Mauricio Estrada Príncipe con su esposa y dos de sus hijos / Foto: Cortesía de Mauricio Estrada

La pobreza y las malas decisiones

“Vengo de una familia muy pobre económicamente. A los 16 años asumí la responsabilidad de mi hogar. Tengo cinco hermanos y una hermana. Mi papá me enseñó a trabajar pero no me enseñó a soñar”, relata Mauricio Estrada.

“Empecé a buscar sustento y dejé de estudiar”, prosigue y recuerda que “en esos tiempos había oportunidad de sobresalir económicamente, por allá por el año 1980, donde el narcotráfico en la zona donde vivía comenzó a crecer: todo el mundo trabajaba en eso y yo también, pero no con el deseo de ser traficante o meterme en las drogas, sino para llevar un pan a mi hogar”.

Mauricio Estrada en su fundo en Ucayali / Foto: Cortesía de Mauricio Estrada

“Me involucré totalmente con el narcotráfico, sin haber aprendido ninguna cosa más, hasta que caí preso en la frontera, en Iquitos, involucrado con una banda de impacto”, confiesa Mauricio Estrada”.

El regreso a Dios

“Gracias a Dios, la prisión me separó de todo y allí aprendí a valorar la vida, las personas, el tiempo: aprendí a conocer a Dios, aprendí a ejercer mi fe” cuenta Estrada, quien había sido condenado a 25 años de cárcel, aunque pudo salir antes.

En la prisión, cuenta, él y otros reclusos comprendieron que eran “peligrosos, pero Dios nos llamó a la libertad y podemos cambiar nuestras vidas obedeciendo lo que la Palabra de Dios dice”.

Mauricio Estrada Príncipe con su hija / Foto: Cortesía de Mauricio Estrada

Allí, gracias al acompañamiento de algunos animadores que visitaban la cárcel y a algunos sacerdotes que iban ocasionalmente, “empecé a reconocer a Dios, a caminar y viví con él, fui bendecido en el penal y empecé a sobresalir, empecé a cambiar, mi comportamiento y comprendí que el hombre en drogas toda su vida vive con una maldición porque solamente se dedica a comercializar veneno”.

Mauricio Estrada salió de la cárcel a los 36 años, aún soltero, con la idea clara de formar un hogar, “ya preparado para ser esposo”. “Gracias a Dios he podido escalar de donde estaba”, agrega.

“Yo le dije a Dios: yo no quiero estar en drogas. Yo quiero tener un trabajo digno para llevarles un pan a mis hijos y decirles que es fruto de un trabajo digno con el que Dios nos bendice. De esa manera abandoné las plantaciones de coca, todo lo ilícito”.

Mauricio Estrada Príncipe junto a su esposa y dos de sus hijos / Foto: Cortesía de Mauricio Estrada

La alternativa del cacao aromático orgánico

El cacao aromático orgánico apareció en su vida allá por el año 2012, una actividad a la que dedica, según narra, el 80% de su tiempo de trabajo. El otro 20% lo invierte en la crianza de peces.

Mauricio admite que por ese entonces el cacao orgánico no se veía como una alternativa rentable, pero poco a poco él y otros empezaron a dedicarse a la siembra del fruto del que se obtiene el chocolate.

El local de la cooperativa Colpa de Loros en Ucayali / Foto: Cáritas del Perú

“Muchos se resistieron y algunos se siguen resistiendo y viven una vida caótica (…) Ahora casi el 90% de la selva de Ucayali somos cacaoteros”, precisa.

Mauricio Estrada, excocalero, padre de familia y productor de uno de los mejores cacaos del mundo, comparte con EWTN Noticias: “Hoy soy bendecido, mi fe siempre está viva. Tengo buenas ideas para seguir construyendo mi hogar, mis hijos y la sociedad también”. Por eso reza con frecuencia el Rosario en familia y “buscamos a Dios todos los días, por las mañanas”.

La cooperativa Colpa de Loros y Cáritas del Perú

Mauricio Estrada comparte que pudo ingresar luego como socio de la Cooperativa Colpa de Coros, que agrupa a unos 500 productores de cacao orgánico en Ucayali, quienes reciben capacitación y acompañamiento por parte de diversos agentes de Cáritas del Perú, en colaboración con la institución Food for the Poor (Comida para los pobres), que financia el proyecto.


Algunos productores de cacao aromático orgánico de la cooperativa Colpa de Loros / Foto: Cáritas del Perú.

Según señala su sitio web, Food for the Poor es una institución que no hace distinción de religiones o creencias. Se fundó en 1982 con la intención de responder al “deber moral” de “vestir y alimentar a los pobres (Mateo 25:40)” para “preservar la dignidad humana y cuidar de los necesitados”. Realiza diversos proyectos de ayuda y desarrollo en varios países de Latinoamérica como Haití, República Dominicana, Honduras, México, Colombia, Guatemala, El Salvador, Ecuador, Panamá y Perú.

Mauricio Estrada, que ahora es colaborador del consejo administrativo de la cooperativa, agradece la intensa labor de Cáritas del Perú para producir cacao que es “un alimento muy bueno y hay que prepararlo muy bien. Agradezco a la cooperativa y gracias a las ONGs que nos apoyan”, añade.

La labor de Cáritas del Perú

Jorge Gordillo Lázaro, coordinador del proyecto, explica a EWTN Noticias que el trabajo en Ucayali comenzó en 2022 con Food for the Poor y la cooperativa Colpa de Loros, que se formó en 2015 tras la invitación de la empresa chocolatera francesa Kaoka, que compra en su totalidad la producción del cacao aromático orgánico, que debe además cumplir altos estándares de calidad como la no utilización de fertilizantes sintéticos o químicos.

“Desde el año 2015 a la fecha solamente la cooperativa ha podido llegar a vender grano de cacao en un promedio de 500 a 600 toneladas, de las 1800 toneladas que requiere Kaoka. Sin embargo Kaoka sabe bien que en sus orígenes estos productores no han sido cacaoteros sino que son excocaleros, a quienes se les ha erradicado su cultivo de hoja de coca”, explica el coordinador.

Kaoka, señala su sitio web, es una empresa francesa productora de un chocolate de gran calidad, con 30 años de experiencia, comprometida con la protección del medio ambiente. Además del Perú, el cacao que utilizan se siembra en Ecuador, Sao Tomé y República Dominicana. En colaboración con los productores de cacao en estos años han logrado sembrar más de 750000 árboles.

La zona en la que están establecidos los 500 productores cacaoteros de Colpa de Loros se encuentra en el distrito de Nechuya, en la provincia de Padre Abad, región Ucayali, y en otros distritos de Padre Abad como Curimaná, San Alejandro, Von Humboldt y otros que pertenecen a la región de Puerto Inca, Huánuco.

Cooperativa Colpa de Loros: Plantas para ser sembradas / Foto: Cáritas del Perú.

La idea de la cooperativa y Cáritas del Perú es obtener entre 800 y 1.000 kilos por hectárea, algo que además contribuye económicamente para la vida de los productores, que comenzaron vendiendo el kilo de cacao a entre 18 y 20 soles (unos 5 dólares), y que ahora reciben entre 80 y 100 soles (entre 20 y 25 dólares) por kilo.

Cáritas del Perú también anima a los productores a trabajar de modo que se proteja el medio ambiente, como alienta constantemente el Papa Francisco para cuidar la casa común.

“Todos los productores de la cooperativa tienen como meta instalar unos 100 árboles anuales, que no sólo son madereros sino también árboles frutales y otras especies para la conservación del medio ambiente”, precisa Jorge Gordillo.

Cáritas acompaña el trabajo de los productores con seis técnicos de campo y con capacitaciones para mejorar sus cultivos constantemente. Además de los técnicos cuentan con la ayuda de ingenieros de la Universidad de Ucayali, la Universidad de Tingo María, y la Universidad Agraria, esta última en Lima.

El trabajo con el fruto del cacao / Foto: Cáritas del Perú

Esto, resalta Jorge Gordillo, permite “darles charlas y ver la realidad de otros lugares. Por eso en dos años hemos hecho alrededor de seis pasantías para que puedan ver y constatar que en algunas parcelas se ha llegado a producir hasta 3 mil kilos de cacao orgánico”.

“La cooperativa tiene 4 sellos orgánicos y todo grano que sale a Europa tiene garantizado su calidad y no tiene traza de químicos”, subraya y explica que por cada tonelada de grano de cacao aceptado, el comprador paga 240 dólares adicionales, que también sirven para la capacitación de los productores.

El futuro

El coordinador de este proyecto cuenta a EWTN Noticias que ahora tienen entre 60 y 70 pre-socios para la cooperativa, que deben pasar por una serie de filtros para poder sembrar y producir cacao orgánico.

“Para que ingrese un socio, sólo se acepta cuando se hace el análisis de suelo y se ha comprobado que su tierra y su producto puede dar esta calidad”, destaca. “Kaoka ha renovado su contrato por 10 años, hasta el 2034. Somos una cooperativa exclusiva para ellos”, subraya.


Un productor de cacao de la cooperativa Colpa de Loros / Foto: Cáritas del Perú

Jorge Gordillo resalta finalmente que “Cáritas es el brazo social de la Iglesia Católica para llevar alivio a los más necesitados y por eso trabajamos” en Ucayali. Los productores, continúa, aún tienen carencias pero “han mejorado su posición. Vemos que el cacao ha mejorado su precio. De aquí a algunos años vamos a estar contando otra historia de éxito de otros productores, excocaleros”.

sábado, 3 de enero de 2026

Benjamín vivía en la calle, era drogadicto, pero acabó encarcelado y pidió el bautismo: «Aunque estoy en prisión, Dios me ayuda y responde a mis oraciones; siempre está ahí; gracias a Él a quien amo más que a nada»

Dibujo que representa a Benjamín en los brazos de Cristo / Amicie de Lamothe

* «Siempre he sentido que hay un Dios… Recé a Dios por primera vez, y alguien vino, me dio de comer y me invitó a comer. Supe que Dios era real, que había escuchado y respondido a mi oración»                            

Camino Católico.- En París, una iniciativa de ayuda callejera dio origen a una amistad inesperada pero crucial: la de Alix, una estudiante católica de 20 años, y Benjamín, un joven destrozado por la vida en la calle y las drogas. Un fuerte vínculo se forjó entre ellos, hasta el día en que Benjamín, tras las rejas, pidió ser bautizado. Alix se convirtió en su madrina, guiando su conversión paso a paso y demostrando que la fe se encuentra donde menos se espera.

"Nos merecemos todos nuestros encuentros", dijo una vez François Mauriac. ¿Fue el encuentro de Alix y Benjamin un giro del destino, un camino de la Providencia? La amistad que floreció de allí sin duda tiene el sello de la gracia. Nada parecía capaz de unir el camino de una joven estudiante católica con el de un joven drogadicto de la calle; y, sin embargo...

Noviembre de 2023. El frío, la humedad y la lluvia vuelven a ser los tristes compañeros de los parisinos. Nada disuade a Alix, de 20 años, de recorrer las calles de la capital, en el barrio de Saint-Lazare. Como cada semana, participa en patrullas de ayuda social con una organización benéfica. Estudiante de filosofía y ciencias políticas, esta joven vibrante es de las que aborrecen la inacción. Apasionada por la fotografía, los viajes y las peregrinaciones, se nutre de encuentros, conexiones sinceras y su fe. "Soy un poco fanática religiosa", dice entre risas.

Con su grupo, se encontró con Benjamín. El joven tenía solo 18 años, y parecía que el peso del mundo recaía sobre sus hombros. Afirmaba haber huido de su hogar familiar tras sufrir un intento de incesto y violencia relacionada con su homosexualidad. "No había hablado con nadie en tres días", cuenta Alix a Aleteia. "Nos dijo que había rezado al 'Dios cristiano' pidiendo ayuda. Para él, nuestra llegada fue verdaderamente providencial".

Adicciones

Alix escuchó atentamente mientras Benjamin le abría su corazón, conmovido por la dura realidad que había enfrentado durante varios meses. "Para no dormir a la intemperie y tener un techo, aunque solo fuera por una noche, a veces recurría a la prostitución", explicó Alix.

Impulsada por un impulso interior, decidió invitar a Benjamín a su casa para una cena con sus amigos. "Siempre había querido tener 'el lugar del pobre', un plato extra para recibir a alguien necesitado. Inmediatamente sentí que era él a quien debía invitar", recordó Alix.

¿Era una locura invitar a un desconocido, alguien familiarizado con sustancias ilícitas, a su casa? Un poco. Mucho. "En eso estamos de acuerdo", reconoció, "pero confié en mi instinto". Y así, Benjamín, duchado y vestido con ropa holgada de Alix, se sentó a la mesa con unos diez amigos alegres. "Nos reímos mucho, jugamos a las cartas... Un momento de verdadera alegría compartida".

Pero estos breves momentos de inocencia no fueron suficientes para borrar la adicción de Benjamin a las drogas. Alix, cuyo ser querido también luchaba, se sintió doblemente afectada. "De camino a misa, recé con mucha intensidad. Le dije a Dios: 'Benjamín quiere mejorar. Dale una oportunidad'".

Al mismo tiempo, el joven le envió un mensaje: "Recé y dejé las drogas", escribió. Cautelosa ante tal afirmación, Alix quiso creerle. Consiguió una habitación en un albergue juvenil y lo llevó a misa. Las recaídas fueron frecuentes, pero Benjamin luchó con valentía. Hasta que dejó de comunicarse durante tres meses.

"Gracias por entrar en mi corazón, mi vida, mi alma"

Finalmente recibió una carta: Benjamin llevaba encarcelado por robo y agresión en Fleury-Mérogis desde marzo de 2023. Había recibido una condena de cinco años, dos de los cuales debía cumplir. Comenzó una correspondencia. A través de ella, Alix percibió un profundo cambio en el corazón de su joven protegido.

En lugar de distanciarlo de Dios, la dura prueba de la prisión parecía acercarlo cada día más a Él. "Siempre he sentido que hay un Dios", escribió en una conmovedora carta que Alix compartió. El joven describió su vida cotidiana en la calle y explicó que estaba "harto de esa vida".

"Recé a Dios por primera vez, y alguien vino, me dio de comer y me invitó a comer. Supe que Dios era real, que había escuchado y respondido a mi oración".

"Esta persona se llama Alix, es como una hermana para mí (...)", escribió Benjamin. "Aunque estoy en prisión, Dios me ayuda y responde a mis oraciones. Siempre está ahí (...) Gracias a nuestro Señor, a quien amo más que a nada".

Estas palabras, escritas de una sola vez y rodeadas de palabras tachadas y corazones, revelan la fe sencilla e infantil de Benjamín. En octubre de 2024, solicitó el bautismo, tras una reunión con el capellán, quien le contó a Alix sobre su ansia por aprender y conocer a Cristo. Recibió el bautismo un año después en prisión, junto con la Eucaristía. Detrás de él estaba su madrina, Alix. "Había traído una sudadera blanca, una vela... Fue muy conmovedor volver a verla en este gran día", confiesa.

Su improbable pero perdurable amistad sobrevivió a las calles, las drogas, la prisión, meses de silencio y los desafíos de la conversión. Es un encuentro que sigue animando a Alix cada día, como confiesa con serena dignidad:

"Hubo momentos en que mi fe flaqueó, y ver a Dios obrar en la vida de Benjamín fue un gran consuelo. A veces, lo único que me impulsaba era mi promesa de orar por él a diario".

Una disciplina del corazón, un hilo tenue que la anclaba en la fidelidad, incluso cuando el final parecía demasiado lejano para verlo.

Formación de capellanes de prisiones

Desde su encarcelamiento, Benjamín ha escrito mucho. Su escritura torpe y espontánea llena las páginas de confidencias, preguntas, pequeñas historias de la vida cotidiana y oraciones. "Recibo cartas cada dos semanas y le respondo", dice Alix.

Cartas de Benjamin a Alix / Foto: Alix G.

Esta historia, que pudo haber sido solo un encuentro fugaz durante una patrulla de asistencia social en la calle, sigue dando frutos hoy. Profundamente afectada por esta conexión, Alix decidió involucrarse aún más. "Empecé a formarme como capellana de prisión", explica.

Está descubriendo un mundo duro, desconocido, a veces perturbador, pero profundamente humano.

"La prisión es la encarnación de Cristo entre los pobres, los marginados, aquellos que han cometido el mal y son salvados por Dios. Los presos necesitan esto, una mirada humana sobre ellos. Es un mundo extremadamente violento, pero uno donde la esperanza arde con fuerza como brasas".

Benjamin escribe regularmente a Alix / Foto: Alix G.