15 de marzo de 2026.- (Camino Católico) Homilía de Mons. Luis Ángel de las Heras, CMF, obispo de León, y lecturas de la Misa de hoy, IV domingo de Cuaresma, emitida por 13 TV desde la Catedral de León.
domingo, 15 de marzo de 2026
Santa Misa de hoy, IV domingo de Cuaresma en la catedral de León, 15-3-2026
15 de marzo de 2026.- (Camino Católico) Celebración de la Santa Misa de hoy, IV domingo de Cuaresma, presidida por Mons. Luis Ángel de las Heras, CMF, obispo de León, emitida por 13 TV desde la Catedral de León.
Palabra de Vida 15/3/2026: «Él fue, se lavó, y volvió con vista» / Por P. Jesús Higueras
Camino Católico.- Espacio «Palabra de Vida» de 13 TV del 15 de marzo de 2026, domingo de la 4ª semana de Cuaresma, presentado por el padre Jesús Higueras en el que comenta el evangelio del día.
Evangelio: San Juan 9, 1-41:
En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos:
«Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?».
Respondió Jesús:
«Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios. Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo».
Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo:
«Vete, lávate en la piscina de Siloé» (que quiere decir Enviado).
El fue, se lavó y volvió ya viendo.
Los vecinos y los que solían verle antes, pues era mendigo, decían:
«¿No es éste el que se sentaba para mendigar?».
Unos decían:
«Es él». «No, decían otros, sino que es uno que se le parece».
Pero él decía:
«Soy yo».
Le dijeron entonces:
«¿Cómo, pues, se te han abierto los ojos?».
Él respondió:
«Ese hombre que se llama Jesús, hizo barro, me untó los ojos y me dijo: ‘Vete a Siloé y lávate’. Yo fui, me lavé y vi».
Ellos le dijeron:
«¿Dónde está ése?».
El respondió:
«No lo sé».
Lo llevan donde los fariseos al que antes era ciego. Pero era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos a su vez le preguntaron cómo había recobrado la vista. Él les dijo:
«Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo».
Algunos fariseos decían:
«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».
Otros decían:
«Pero, ¿cómo puede un pecador realizar semejantes señales?».
Y había disensión entre ellos. Entonces le dicen otra vez al ciego:
«¿Y tú qué dices de Él, ya que te ha abierto los ojos?».
Él respondió:
«Que es un profeta».
No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista y les preguntaron:
«¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?».
Sus padres respondieron:
«Nosotros sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Pero, cómo ve ahora, no lo sabemos; ni quién le ha abierto los ojos, eso nosotros no lo sabemos. Preguntadle; edad tiene; puede hablar de sí mismo».
Sus padres decían esto por miedo por los judíos, pues los judíos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno le reconocía como Cristo, quedara excluido de la sinagoga. Por eso dijeron sus padres:
«Edad tiene; preguntádselo a él».
Le llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron:
«Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador».
Les respondió:
«Si es un pecador, no lo sé. Sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo».
Le dijeron entonces:
«¿Qué hizo contigo? ¿Cómo te abrió los ojos?».
Él replicó:
«Os lo he dicho ya, y no me habéis escuchado. ¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿Es qué queréis también vosotros haceros discípulos suyos?».
Ellos le llenaron de injurias y le dijeron:
«Tú eres discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; pero ése no sabemos de dónde es».
El hombre les respondió:
«Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; mas, si uno es religioso y cumple su voluntad, a ése le escucha. Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada».
Ellos le respondieron:
«Has nacido todo entero en pecado ¿y nos das lecciones a nosotros?».
Y le echaron fuera.
Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo:
«¿Tú crees en el Hijo del hombre?».
El respondió:
«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
Jesús le dijo:
«Le has visto; el que está hablando contigo, ése es».
Él entonces dijo:
«Creo, Señor».
Y se postró ante Él.
Y dijo Jesús:
«Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos».
Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron:
«Es que también nosotros somos ciegos?».
Jesús les respondió:
«Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: ‘Vemos’ vuestro pecado permanece».
Homilía del evangelio del domingo: El Señor quiere purificar a su Iglesia destruyendo sus nefastas alianzas con el mundo para que pueda proclamar con todo el corazón: «Creo, Señor» / Por P. José María Prats
Domingo IV de Cuaresma – A
1 Samuel 16, 1b.6-7.10-13a/ Salmo 22 / Efesios 5, 8-14 / San Juan 9, 1-41
P. José María Prats / Camino Católico.- Esta segunda catequesis bautismal del ciclo A nos presenta la curación de un ciego de nacimiento en la que los judíos convertidos a Cristo de la segunda mitad del siglo I veían representada la historia de su conversión.
Cuando, tras haber sido iluminados por Cristo, estos judíos contemplan su vida anterior, la comparan con la de un ciego: Cristo les ha abierto los ojos y les ha mostrado un horizonte nuevo, llenando su vida de luz, de sentido y de esperanza. Son conscientes de que, desde entonces, su vida ha cambiado por completo, de que son –como dice San Pablo– una nueva creación. De hecho, el gesto de Jesús haciendo barro con su saliva y untando los ojos del ciego, evoca los relatos de la creación cuando el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas y Dios modeló al hombre del polvo de la tierra.
La conciencia de haber adquirido una identidad nueva aparece muy claramente en la historia del ciego: unos dicen que se trata de la misma persona que antes estaba ciega, otros que no, pero que se le parece. El ciego insiste en que es él mismo pero con una gran diferencia: ¡ahora ve!
La historia de estos judíos, como la del ciego, estuvo marcada por el rechazo y la marginación. Muchos ni siquiera contaron con el apoyo de sus padres («preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse») y su comunidad acabó excluyéndolos del culto sinagogal.
En el conflicto de estos conversos con las autoridades judías reflejado en esta historia, llama mucho la atención la actitud de unos y otros. Los fariseos se obstinan en negar los hechos contra toda evidencia («no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista») y en desprestigiar a Jesús a pesar de la bondad y el poder de sus signos («este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado»). El ciego, en cambio, sin entrar en disputas teológicas, se remite únicamente a la experiencia de su encuentro personal con Jesús: «Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo».
De hecho, el rechazo de su entorno y la expulsión de la sinagoga liberaron a estos conversos de la estrechez de las concepciones mesiánicas judías que los mantenían en una fe en Jesús ambigua y vacilante, permitiéndoles llevar esta fe hasta sus últimas consecuencias en consonancia con la profunda experiencia espiritual que habían tenido. Así, vemos en el relato cómo es sólo después de la expulsión de la sinagoga cuando Jesús se manifiesta claramente al ciego como el Hijo del hombre («lo estás viendo: el que te está hablando, ése es») y éste, postrándose ante Él, responde: «Creo, Señor».
Todo esto ocurrió hace casi veinte siglos, pero tal vez pronto nos toque revivir esta experiencia. La hegemonía cada vez más intransigente de un nuevo orden mundial y la obstinación de muchos líderes de nuestra sociedad en presentar contra toda evidencia la cosmovisión cristiana como falsa y perversa, está llevando a los cristianos a una situación de marginación cada vez mayor. Tal vez, como entonces, el Señor quiera purificar así a su Iglesia, destruyendo sus nefastas alianzas con el mundo para que, postrada nuevamente ante Él, pueda proclamar con todo el corazón: «Creo, Señor».
P. José María Prats
Evangelio:
En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos:
«Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?».
Respondió Jesús:
«Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios. Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo».
Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo:
«Vete, lávate en la piscina de Siloé» (que quiere decir Enviado).
El fue, se lavó y volvió ya viendo.
Los vecinos y los que solían verle antes, pues era mendigo, decían:
«¿No es éste el que se sentaba para mendigar?».
Unos decían:
«Es él». «No, decían otros, sino que es uno que se le parece».
Pero él decía:
«Soy yo».
Le dijeron entonces:
«¿Cómo, pues, se te han abierto los ojos?».
Él respondió:
«Ese hombre que se llama Jesús, hizo barro, me untó los ojos y me dijo: ‘Vete a Siloé y lávate’. Yo fui, me lavé y vi».
Ellos le dijeron:
«¿Dónde está ése?».
El respondió:
«No lo sé».
Lo llevan donde los fariseos al que antes era ciego. Pero era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos a su vez le preguntaron cómo había recobrado la vista. Él les dijo:
«Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo».
Algunos fariseos decían:
«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».
Otros decían:
«Pero, ¿cómo puede un pecador realizar semejantes señales?».
Y había disensión entre ellos. Entonces le dicen otra vez al ciego:
«¿Y tú qué dices de Él, ya que te ha abierto los ojos?».
Él respondió:
«Que es un profeta».
No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista y les preguntaron:
«¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?».
Sus padres respondieron:
«Nosotros sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Pero, cómo ve ahora, no lo sabemos; ni quién le ha abierto los ojos, eso nosotros no lo sabemos. Preguntadle; edad tiene; puede hablar de sí mismo».
Sus padres decían esto por miedo por los judíos, pues los judíos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno le reconocía como Cristo, quedara excluido de la sinagoga. Por eso dijeron sus padres:
«Edad tiene; preguntádselo a él».
Le llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron:
«Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador».
Les respondió:
«Si es un pecador, no lo sé. Sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo».
Le dijeron entonces:
«¿Qué hizo contigo? ¿Cómo te abrió los ojos?».
Él replicó:
«Os lo he dicho ya, y no me habéis escuchado. ¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿Es qué queréis también vosotros haceros discípulos suyos?».
Ellos le llenaron de injurias y le dijeron:
«Tú eres discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; pero ése no sabemos de dónde es».
El hombre les respondió:
«Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; mas, si uno es religioso y cumple su voluntad, a ése le escucha. Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada».
Ellos le respondieron:
«Has nacido todo entero en pecado ¿y nos das lecciones a nosotros?».
Y le echaron fuera.
Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo:
«¿Tú crees en el Hijo del hombre?».
El respondió:
«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
Jesús le dijo:
«Le has visto; el que está hablando contigo, ése es».
Él entonces dijo:
«Creo, Señor».
Y se postró ante Él.
Y dijo Jesús:
«Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos».
Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron:
«Es que también nosotros somos ciegos?».
Jesús les respondió:
«Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: ‘Vemos’ vuestro pecado permanece».
San Juan 9, 1-41
Jason Blakely era ateo, lector de Nietzsche y Heidegger, le sacudió el amor y Cristo: «Si entras en relación con Dios, misteriosamente se te ofrecerá la fe. Solo necesitas la humildad de acercarte y pedir»
Jason Blakely, profesor de Filosofía Política, a quien siendo ateo le sacudió el amor de Cristo
* «La misa arraigaba en mi carne y mis huesos. Las palabras volvían a mi lengua: Dios de Dios, luz de luz... Como Pascal había señalado, la práctica puede preceder a la creencia»
Camino Católico.- Jason Blakely es profesor de Políticas en la Universidad Pepperdine (Malibú, California). Ha escrito libros influyentes como We built reality y Lost in ideology. Fue durante muchos años ateo, entre el nihilismo y el existencialismo. Leía mucha filosofía y se consideraba un valiente frente al Vacío, un héroe ante un mundo sin sentido.
Empezó a cambiar cuando reflexionó sobre el amor, pensando en el amor de su novia, perseverante. ¡Con amor, el mundo tiene sentido! Después le cautivó la honestidad intelectual del filósofo católico Charles Taylor. Y luego, combinando la lectura de Dostoyevsky y los cuatro Evangelios, quedó fascinado por Cristo y su enseñanza.
Ha contado con detalle y buena pluma su evolución intelectual y de fe en la revista America, de los jesuitas de Estados Unidos, a partir de una versión que pronunció en un encuentro académico, y P.J. Ginés lo traduce y sintetiza en Religión en Libertad.
El testimonio de Jason Blakely en la revista America de los jesuitas de EEUU
El nihilismo de los suburbios feos
Blakely usa toda su capacidad literaria para intentar definir esa Nada fea del suburbio donde creció. Piensa que Dostoyevski tiene razón en Los Demonios (o Los Poseídos, o Los Endemoniados): el peor veneno en la vida humana no es la ira sino el aburrimiento.
Esa fue la experiencia de su juventud: un suburbio gris en Colorado, feo, repetitivo, las mismas casas, las mismas tiendas de franquicias. "Era un aburrimiento que contiene el más firme rechazo a la existencia, un aburrimiento burlón, perezoso, orgulloso y lamentable, que mira al ser, a su grandeza brillante, a su novedad inagotable y le dice una sola palabra: no".
Recuerda que a una hora de su casa, en la escuela Columbine, en un suburbio idéntico al suyo, casi clonado, en Littleton en 1999, dos estudiantes mataron a 12 compañeros y se suicidaron. En esa época no estaban acostumbrados a esos tiroteos absurdos, que luego se multiplicarían. "Quizá sentían el mismo veneno impío que corría por nuestras venas", apunta, esa desesperación nihilista.
Ateísmo por hábito
"Mi primer ateísmo no era de convicción. Eso vendría después. Era un hábito, un estilo de vida, una manera de estar en el mundo, el sentimiento de una ausencia. Mi increencia tenía la ventaja de mirar a la realidad sin locas conjeturas metafísicas y aditivos innecesarios. No era un ateísmo muy militante, incluso apático", detalla.
"Mi padre podía ser un fiero crítico de la religión organizada, particularmente del cristianismo, pero no era ateo. Me enseñó a ver en la naturaleza una dimensión espiritual profunda, de excursión por las montañas, y a admirar la búsqueda artística en la contracultura", escribe. Su madre era católica y le llevaba a misa los domingos. Pero Blakely siempre fue escéptico en todo lo espiritual, "para mí era un engaño, desde los cristianos evangélicos a los hippies New Age".
Además, le parecía que los cristianos, por los que conocía, estaban dormidos, inactivos ante el sufrimiento humano y la injusticia, "más aclimatados al mal y a ese mortal aburrimiento".
El vacío palpable
En la escuela secundaria, Blakely conoció a Lindsay, su novia. Cuando la conoció, Blakely ya llevaba 2 años sin ir a misa con su madre y sin recibir los sacramentos, excepto ocasionalmente. La misa de Confirmación fue su última misa en más de 10 años.
Jason Blakely en el año 2000, con 18 años, empezando la universidad.
Con 18 años estudió Políticas y Filosofía en en Nueva York. Su profesora de Filosofía proponía el existencialismo y citaba aforismos de Nietzsche "igual que los cristianos citan la Escritura. "Me convencí de que la única visión racional de la existencia es que es absurda. Leí a Camus, Kafka, Sartre, Kierkegaard, y sobre todo a Nietzsche y Heidegger", recuerda.
"Aquí es cuando el vacío por primera vez se hizo palpable, incluso terriblemente real. Era más real que cualquier otra cosa. Era tan vasto, tan abrumador, que quizá anunciaba, sin yo saberlo, un misterio que ninguna mente puede comprender. Si un ateo puede sentir el temor de Dios sin saberlo... creo que esa era mi experiencia", detalla.
En esa época, consideraba que el ateísmo era la opción del que tiene verdadero "coraje intelectual", que el ateo puede "sobrevivir ante la verdad más que otros, el ateo podía mirar más rato al sol terrorífico". Ser ateo era una forma de ser heroico ante la realidad.
Y añade, con cierto humor: "Los que nunca han sido ateos tienen que saber que cualquier cosa en la vida puede significar la muerte de Dios. Eso incluye la familia, las relaciones, la ciencia, la política, la tecnología, la psicología, la naturaleza, tu conciencia... ¡Todo puede ser testimonio del vacío y rendirle homenaje!"
Mientras tanto, su novia Lindsay había estudiado en Boston en una universidad de los jesuitas. Allí también leían a Nietzsche, pero lo acompañaban del Evangelio de Juan y de La Tierra Baldía, el poema de T.S.Eliot de 1922 (Eliot se haría cristiano cinco años después, en 1927).
Jason Blakely en 2003, convencido que un artista crea su propio destino
Escribir, voluntad superior... y colapso
En Nueva York, Blakely trabajaba en una librería de día y leía y escribía horas y horas por las noches. "Decidí ser novelista y poeta. Los artistas crean sus propios significados ex nihilo, como una rebelión contra el vacío. El arte sería mi gran amén de la voluntad creativa ante el vacío de un mundo sin Dios". Incluso pintaba un poco.
Pero colapsó. En octubre de 2005, tras meses de dolores, mareos y agotamiento, Blakely empezó a ir a los médicos. Ellos no encontraban problemas físicos. "Mi cuerpo estaba entumecido: parecía como si me faltara la voluntad de vivir. Yo no sabía qué era una vida buena, más allá de la lucha de la voluntad contra el vacío. La muerte, aunque yo la contemplaba constantemente, era casi inconcebible para mí. Si yo moría ¡moriría conmigo todo lo que es significativo!"
Se dio cuenta de que más que una enfermedad, vivía una caída de significado, "no solo espiritual sino también en mi cuerpo".
Jason y Lindsay en verano de 2005, pocos meses antes del colapso de él
Su novia Lindsey le cuidaba y poco a poco su salud mejoraba.
Emocionado, él le pidió que se casaran. Ella quedó sorprendida. "¿Lo dices en serio?", preguntó. "Sí, en serio". Ella lloró de alegría. Él siempre había dicho que el matrimonio era una convención vacía de la clase burguesa. Pero sufrir, dice, le había enseñado algo distinto: "había belleza en la promesa de acompañar a alguien".
Eso le acercó a otra idea: si había sobrevivido a la 'lucha contra el vacío' y al colapso, no era por ninguna fuerza propia de superhombre nietzschiano, sino por una fuerza exterior a él: el sentido del amor.
Estudiando más Filosofía
En Chicago estudió Filosofía Política. Pero ahora que conocía que el amor da fuerza y sentido, estaban cambiando muchas de sus ideas.
El ateísmo, por ejemplo, parecería bastante creíble si el universo de verdad pudiera explicarse sólo de forma naturalista, con un determinismo inmanente, pero veía que nadie había logrado ni acercarse a probar algo así.
Por otra parte, veía que los humanos una y otra vez descubren significados e historias, y no un vacío.
Él durante años pensó que el cristianismo implicaba ser intelectualmente deshonesto. Pero cambió de opinión en estos años leyendo Una Era Secular, el gran libro de 2007 del filósofo católico Charles Taylor.
"La pregunta filosófica final no era el suicidio, como decía Camus, sino ¿qué historia extrae más sentido de nuestras existencias? La pregunta no es por qué el universo carece de sentido, sino ¿por qué el mundo tiene tanta abundancia de sentido, tan fascinante, que nos deja perplejos? ¡Huye a la esquina más lejana del cosmos, pero no podrás escapar de tu historia!", era lo que ahora pensaba.
Qué es vivir bien: el modelo de Jesucristo
Lindsay y Blakely ahora hablaban mucho sobre matrimonio, amor y lo que significa 'vivir bien'. Y Cristo aparecía más y más en esas charlas.
Cristo era, para ellos, "una persona hermosa cuya vida resuena con la historia de lo que significa vivir bien. Cristo parecía ser la primera persona en la historia que enseñaba que el significado más profundo y fundamental es el amor como don sacrificial de uno mismo". Blakely después sospecharía que Cristo les había acompañado como pareja en su decisión de nunca abandonar al otro, ni en la distancia ni en la enfermedad.
"Empecé a releer a Dostoyevski, junto con los Evangelios, y a insistir en que el cristianismo era la historia más noble imaginable y que ninguna mente humana podría haber pensado algo tan hermoso. La biografía de Cristo en sus cuatro versiones era absolutamente asombrosa, inimaginablemente buena. En su historia estaban sus historias, extrañas parábolas sobre viudas y semillas de mostaza, monedas, ovejas perdidas, odres y perlas, hijos pródigos, ricos y sirvientes".
A partir de cierto momento, Lindsay, empezó a ir a distintas iglesias los domingos por la mañana. "Ella estaba convencida de que la fe necesita una relación con algo o alguien fuera de uno mismo: tú amas a alguien con toda tu persona, no solo tu mente", explica Blakely.
A misa, tras muchos años...
Un día de Cuaresma, fueron juntos a una misa católica. Era la primera de la mañana, había muchos bancos vacíos y parroquianos de pelo blanco. La luz del invierno iluminaba un crucifijo de madera. "Cristo parecía a la vez pesado y ligero, como levitando en la Cruz, con serenidad y dolor congelado", recuerda.
El sacerdote pronunció las palabras iniciales de la misa y Blakely se asombró al notar que su cuerpo reaccionaba con el gesto de la cruz y las respuestas que volvían de su infancia. Esas palabras ahora estaban llenas de contenido, eran muy actuales, reales: "Yo confieso a Dios Todopoderoso, y a vosotros hermanos, que he pecado...".
Blakely intenta definir esa sensación: “era como encontrar a alguien que durante años pensaste que no volverías a ver, y al encontrarlo por sorpresa descubres que es familiar y fascinante”, dice.
Su conversión fue gradual durante un año. Aprender a rezar o arrodillarse golpeaba su orgullo. Una vocecita resonaba en su cabeza: "esto es ridículo, ¿ante qué te arrodillas? Necio, ante una gran nada". Pero él perseveró en la práctica semanas y luego meses y "esa voz del ego empezó a evaporarse en el silencio".
"La misa arraigaba en mi carne y mis huesos. Las palabras volvían a mi lengua: Dios de Dios, luz de luz... Como Pascal había señalado, la práctica puede preceder a la creencia. Si entras en relación con Dios, misteriosamente se te ofrecerá la fe. Solo necesitas la humildad de acercarte y pedir".
La Vigilia Pascual de 2010, Lindsay y Jason Blakely fueron acogidos como católicos en esa parroquia de Santa María Magdalena.










