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domingo, 27 de septiembre de 2026

Homilía de Mons. Jesús Fernández, obispo de Córdoba, y lecturas de la Misa de hoy, XXVI domingo del Tiempo Ordinario, 27-9-2026

27 de septiembre de 2026.-  (Camino Católico) Homilía de Mons. Jesús Fernández, obispo de Córdoba, y lecturas de la Misa de hoy, XXVI domingo del Tiempo Ordinario, emitida por 13 TV desde la Catedral de Córdoba.

Santa Misa de hoy, XXVI domingo del Tiempo Ordinario, en la catedral de Córdoba, 27-9-2026

27 de septiembre de 2026.-  (Camino Católico) Celebración de la santa Misa de hoy, XXVI domingo del Tiempo Ordinario, presidida por Mons. Jesús Fernández, obispo de Córdoba, emitida por 13 TV desde la Catedral de Córdoba.

Palabra de Vida 27/9/2026: «Se arrepintió y fue» / Por P. Jesús Higueras

Camino Católico.- Espacio «Palabra de Vida» de 13 TV del 27 de septiembre de 2026, domingo de la 26ª semana del Tiempo Ordinario, presentado por el padre Jesús Higueras en el que comenta el evangelio del día.

 

Evangelio: San Mateo 21, 28-32:

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.» Él le contestó: «No quiero.» Pero después se arrepintió y fue.

Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: «Voy, señor.» Pero no fue.

¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?»

Contestaron:

«El primero».

Jesús les dijo:

«En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».

Homilía del evangelio del domingo: Hacer la voluntad de Dios, tal como rezamos en el Padrenuestro: «Venga a nosotros tu Reino: hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo» / Por P. José María Prats

 


* «Hoy, como en los tiempos de Jesús, seguimos constatando la hipocresía de muchos de ellos que, ávidos de poder, buscan el aplauso de la gente revistiéndose con los ropajes de la democracia, los derechos humanos o la justicia social mientras subvierten las leyes más elementales de Dios sobre la sexualidad, la familia o la vida. Dios no quiere un “sí” hipócrita tejido con aspavientos, sofismas y discursos vacíos: quiere que hagamos su voluntad, cuidando de su viña en fidelidad a sus designio»

Domingo XXVI del tiempo ordinario – A

Ezequiel 18, 25-28 / Salmo 24 / Filipenses 2,1-11 / San Mateo 21, 28-32

P. José María Prats / Camino Católico.-  En el evangelio de hoy Jesús presenta a los líderes religiosos de Israel la historia de un hombre que pidió a sus dos hijos que fueran a trabajar en su viña. En la respuesta y actitud de cada hijo están representados dos grupos de personas.

1) El hijo que dijo que no quería ir pero que luego recapacitó y fue. 

En él están representados los publicanos y las prostitutas. Ellos habían dicho públicamente “no” a Dios al incumplir abiertamente su Ley. Pero ante el testimonio de Juan Bautista y su llamada a la conversión cambiaron de vida y acogieron a Jesús.

2) El que dijo que iría pero no fue.

En él están representados los líderes de Israel a quien Jesús dirige estas palabras. Ellos se presentaban ante la gente como estrictos cumplidores de la Ley, como hombres que decían “sí” a Dios. Pero este “sí” era puramente externo y formal, un disfraz con el que escondían su ambición de riqueza, poder y prestigio social. Y cuando Dios los llamó a la conversión por medio de Juan Bautista, no quisieron obedecerle.

Si Jesús hubiese preguntado a sus oyentes qué hijo actuó mejor, la respuesta habría sido unánime: “el segundo”. En la cultura oriental de aquella época, tan delicada en las formas de trato y cortesía, desairar al padre rechazando abiertamente su petición era un agravio intolerable. Y más todavía si esto se producía en presencia de otras personas. Pero Jesús no les pregunta qué hijo actuó mejor, sino «quién de los dos hizo lo que quería el padre». Y esto les requema enormemente por dentro porque tienen que reconocer que el que obedeció fue «el primero» y que, por tanto, como les dice Jesús a continuación, «los publicanos y las prostitutas les llevan la delantera en el camino del reino de Dios». Porque este reino tiene muy poco que ver con las apariencias externas y mucho que ver con hacer la voluntad de Dios, tal como rezamos en el Padrenuestro: «Venga a nosotros tu Reino: hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo».

La opción fundamental del ser humano por la que vive en la luz o en las tinieblas es ésta: poner la voluntad de Dios o su propia voluntad como instancia última que rige su vida. La voluntad es nuestro gran tesoro, nuestra posesión más íntima y personal, de la que ni siquiera Dios puede disponer, porque nos ha hecho libres para que seamos capaces de amar. Negarnos a nosotros mismos y someter a Dios esta voluntad es un acto heroico que a menudo no estamos dispuestos a realizar. Y por ello es fácil que, incluso sin darnos cuenta, busquemos esconder nuestra desobediencia fundamental bajo los ropajes de la falsa piedad y de la falsa caridad, que al menos suscitan la aprobación de los hombres. Recordemos, por ejemplo, a aquel hombre rico del evangelio que estaba dispuesto a hacer lo que fuera para heredar la vida eterna: lo que fuera menos poner las riendas de su vida en las manos de Jesús.

Esta opción fundamental tiene consecuencias particularmente dramáticas en el caso de los líderes de la sociedad. Hoy, como en los tiempos de Jesús, seguimos constatando la hipocresía de muchos de ellos que, ávidos de poder, buscan el aplauso de la gente revistiéndose con los ropajes de la democracia, los derechos humanos o la justicia social mientras subvierten las leyes más elementales de Dios sobre la sexualidad, la familia o la vida. Dios no quiere un “sí” hipócrita tejido con aspavientos, sofismas y discursos vacíos: quiere que hagamos su voluntad, cuidando de su viña en fidelidad a sus designios.


P. José María Prats

Evangelio:

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.» Él le contestó: «No quiero.» Pero después se arrepintió y fue.

Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: «Voy, señor.» Pero no fue.

¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?»

Contestaron:

«El primero».

Jesús les dijo:

«En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».

San Mateo 21, 28-32

Que nuestro "sí" a Dios no se quede en palabras, sino que se haga vida en el servicio, el perdón y la caridad hacia los demás / Por P. Carlos García Malo

 


Oración a San Vicente de Paúl para pedir la gracia de la bondad y la transformación del corazón para ir al encuentro de los pobres y heridos


Camino Católico.- Cada 27 de septiembre la Iglesia celebra a San Vicente de Paúl, sacerdote francés.

Es una de las figuras más representativas del catolicismo en la Francia del siglo XVII. Fue fundador de la Congregación de la Misión, también llamada de Misioneros Paúles, Lazaristas o Vicentinos (1625) y, junto a Luisa de Marillac, de las Hijas de la Caridad (1633). Fue nombrado Limosnero Real por Luis XIII, función en la cual abogó por mejoras en las condiciones de los campesinos y aldeanos.


Realizó una labor caritativa notable, sobre todo durante la guerra de la Fronda, una de cuyas consecuencias fue el incremento de menesterosos en su país. Pidamos al Señor por intercesión de San Vicente de Paúl la gracia de la bondad y la transformación del corazón para ir al encuentro de los pobres y heridos:


Señor, hazme buen amigo de todos como San Vicente de Paúl.

Haz que mi persona inspire confianza a los que sufren y se lamentan, a los que buscan la luz lejos de Ti, a quien quisiera recomenzar pero no sabe cómo, a quien quiere confiar pero no puede.

San Vicente de Paúl ayúdame a no pasar junto a los necesitados con mirada indiferente, corazón cerrado y el paso apurado.

Ayúdame a darme cuenta enseguida de los que están preocupados y desorientados, de los que sufren en silencio, de los que están solos sin quererlo.

Señor, dame esa sensibilidad y esa bondad que tenía San Vicente de Paúl en su corazón para ir al encuentro de los pobres y heridos amándolos con tu amor.

Señor, haz que te pueda escuchar, Te pueda seguir, te pueda amar, Te pueda servir en cada hermano, que hoy me hagas encontrar. 

Amén.

¡San Vicente de Paul, ruega por nosotros!

sábado, 26 de septiembre de 2026

Papa León XIV ora ante la Virgen de Lourdes, 26-9-2026: «Te confiamos a nuestros seres queridos y a los difuntos: aparta todos los obstáculos que todavía nos separan de tu Hijo amado y haz que Él reine en todos los corazones»

* «Dios que peregrina en este país, tan marcado por tu cercanía. Renueva la fe y el fervor de las familias cristianas, tan queridas por tu corazón, para que vivan cada día de la presencia de Jesús, de su gracia y de su auxilio en las dificultades que atraviesan. Que estén generosamente abiertas a la vida y que Dios suscite en ellas vocaciones, especialmente sacerdotales y religiosas»

  

Vídeo completo de la transmisión en directo de Vatican News con la oración del Papa León XIV en la gruta de la Virgen de Lourdes

26 de septiembre de 2026.- (Camino Católico)  Cuando el avión de Air France en el que viajaba el Papa, procedente de París, aterrizó a las 19:00 en punto en el aeropuerto de Tarbes-Lourdes, las campanas de la ciudad de los Pirineos comenzaron a repicar a todo volumen. León XIV fue recibido al bajar del avión por monseñor Jean-Marc Micas, antes de subir a un Renault con matrícula SCV1. Al entrar en la ciudad de Lourdes, la multitud se hizo más densa junto a las vallas de seguridad. Poco antes de llegar al santuario, el Papa bajó del vehículo para saludar al alcalde de la ciudad, Thierry Lavit. Desde un puente sobre el Gave, rebautizado para la ocasión como «Puente León XIV», el Sumo Pontífice inauguró una estatua y firmó el libro de honor mientras un coro entonaba cantos pirenaicos.




A continuación, el Papa completó su peregrinación hacia el santuario en la papamóvil, donde el clamor de la multitud se transformó en júbilo, al son de los «Ave María» entonados por los miles de fieles presentes. El ruido dio paso entonces a un silencio intenso mientras León XIV se arrodillaba a los pies de la gruta, allí donde Bernadette Soubirous vio por primera vez a una «dama de blanco» en 1858.




Siempre acompañado por el obispo de Lourdes, el Santo Padre tocó a continuación la pared de la gruta y bebió un vaso de agua del manantial, respondiendo así a la llamada de la Virgen a Bernadette: «Ve a beber a la fuente y lávate allí». Al igual que millones de fieles, León XIV se convirtió, desde sus primeros momentos en Lourdes, en un «peregrino entre los peregrinos». A continuación, el Papa leyó una oración a la Virgen, meditando cada palabra.



«Oh, Nuestra Señora de Lourdes, la Inmaculada Concepción, en este lugar bendito donde hablaste con tanta dulzura y ternura a santa Bernadette, humilde hija de Francia, para entregar al mundo un luminoso mensaje de oración, conversión y esperanza, acudimos a ti con confianza», dijo, rezando a Nuestra Señora «por Francia».


«Intercede por su pueblo para que reciba “el don de la concordia fraternal”. Que construya una sociedad armoniosa, desterrando toda violencia y todo odio, permitiendo a cada uno trabajar, formar una familia y vivir plenamente su vida hasta el final con tranquilidad y serenidad. Que los más desdichados y los más pobres cuenten siempre con apoyo. Consigue para Francia líderes sabios y generosos, dispuestos al sacrificio, capaces de afrontar los retos y deseosos de servir al bien común».


En una súplica con aires de oración universal, el Papa pidió que la Virgen protegiera al pueblo de su país anfitrión e iluminara a sus dirigentes, rogando a María que obtuviera «dirigentes sabios y generosos, dispuestos al sacrificio personal, capaces de afrontar los retos y deseosos de servir al bien común». Palabras que siguen la línea de los discursos que pronunció en París.


León XIV también expresó su deseo de que la Virgen ilumine a las autoridades y dirigentes franceses para que «la mantengan en paz en el concierto de las naciones. Que hagan oír su voz para promover la defensa de los derechos humanos fundamentales, así como la paz en el mundo, rechazando para siempre la lógica de la guerra». El Papa pidió asimismo que las oraciones que se elevan ante la gruta puedan renovar «la fe y el fervor de las familias cristianas».


En su oración, el Sumo Pontífice se hizo eco también de las oraciones de todo el mundo que acude a arrodillarse en Lourdes, en particular «las de las personas enfermas y que sufren, así como las de todos aquellos que las acompañan, que han venido a buscar fuerza y sanación».


También oró: «Te confiamos a nuestros seres queridos y a nuestros difuntos. Aparta, te lo suplicamos, todos los obstáculos que todavía nos separan de tu Hijo amado y haz que Él reine en todos los corazones».



Este primer momento solemne en el santuario de Lourdes concluyó con un gesto de devoción reservado a los sumos pontífices: la entrega de una rosa de oro como ofrenda a la Virgen María. El domingo, León XIV continuará su peregrinación al santuario de Lourdes, donde celebrará, entre otras cosas, la misa y participará en la procesión con antorchas.


En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha toda la oración del Papa León XIV, cuyo texto completo es el siguiente:



VIAJE APOSTÓLICO DEL SANTO PADRE A FRANCIA

25-28 DE SEPTIEMBRE DE 2026


ORACIÓN DEL PAPA LEÓN XIV


Gruta de las apariciones de Massabielle, en el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes

Sábado 26 de septiembre de 2026


Oh Nuestra Señora de Lourdes, Inmaculada Concepción, en este lugar bendito donde hablaste con tanta dulzura y ternura a santa Bernardita, humilde hija del pueblo de Francia, para transmitir al mundo un luminoso mensaje de oración, conversión y esperanza, acudimos a ti llenos de confianza. Tú eres la Madre que Jesús nos ha dado y permaneces atenta a todas nuestras necesidades.


Te rogamos, Señora nuestra, por Francia, de la que eres Patrona y a la que durante tantos siglos has rodeado con tu protección. Obtén para su pueblo el don de la concordia fraterna. Que construya una sociedad armoniosa, libre de toda violencia y de todo odio, en la que cada persona pueda trabajar, formar una familia y vivir su vida hasta el final con tranquilidad y serenidad.


Que los más desfavorecidos y los pobres encuentren siempre apoyo. Obtén para Francia gobernantes sabios y generosos, dispuestos al sacrificio de sí mismos, capaces de afrontar los desafíos y decididos a servir al bien común. Que conserven al país en paz en el concierto de las naciones. Que hagan oír su voz en defensa de los derechos humanos fundamentales y de la paz en el mundo, rechazando para siempre las lógicas de la guerra.


Santa Virgen María, te presentamos al Pueblo de Dios que peregrina en este país, tan marcado por tu cercanía. Renueva la fe y el fervor de las familias cristianas, tan queridas por tu corazón, para que vivan cada día de la presencia de Jesús, de su gracia y de su auxilio en las dificultades que atraviesan.


Que estén generosamente abiertas a la vida y que Dios suscite en ellas vocaciones, especialmente sacerdotales y religiosas. Concede a tu Iglesia en Francia mostrar, particularmente a los más jóvenes, el camino luminoso del Evangelio, para que puedan edificar la sociedad justa y fraterna que anhelan.


Por último, Madre amantísima, te presentamos nuestras intenciones personales más urgentes, en particular las de las personas enfermas y las que sufren, así como las de todos los que las acompañan: han venido juntos hasta aquí para alcanzar fortaleza y curación.


Te confiamos a nuestros seres queridos y a nuestros difuntos. Aparta, te lo suplicamos, todos los obstáculos que todavía nos separan de tu Hijo amado y haz que Él reine en todos los corazones. Amén.


Papa León XIV


Fotos: Vatican Media, 26-9-2026

Papa León XIV en homilía en París, 26-9-2026: «Jesucristo, por su encarnación, sale al encuentro de cada persona y se le revela como la verdadera fuente de agua viva capaz de saciar su sed de sentido, verdad y de plenitud»

* «El ser humano es, en esencia, un ser de deseo y sólo Dios puede llenar ese vacío interior. Sí, hermanos y hermanas: Jesucristo, el Buen Pastor, nos conduce, como el pastor guía a sus ovejas, hacia la fuente de la felicidad y la paz. Él conoce a cada uno y cada una de nosotros por nuestro nombre. Ninguno de nuestros secretos, de nuestras intenciones, de nuestras debilidades se le escapa. Él escruta las profundidades de nuestro corazón. Él dio su vida por nosotros y sigue entregándola a través de los sacramentos. Lleva sobre sus hombros a las ovejas cansadas o heridas, y trae de regreso con delicadeza a las que se han descarriado. Jesús revela el amor incondicional de Dios por nosotros. Para Él, ninguno de nosotros es un número en una identificación, ni un número de serie, sino una persona, una persona única e insustituible» 

  

Vídeo de la transmisión en directo de Vatican News, traducido al español, con la homilía del Papa León XIV 

* «Dirijamos nuestra mirada hacia la Madre de Dios, Fuente de Salvación, aquella que guía nuestras vidas hacia su Hijo, autor de toda gracia. Con su “sí” libre y confiado, ella se convirtió en el humilde receptáculo querido por Dios, en el que el amor del Padre se encarnó para entregarse al mundo. Invoquémosla con confianza para que, por su intercesión, surjan manantiales de agua viva en el seno del Pueblo de Dios y hagan florecer por toda Francia los brotes de la fe, la esperanza y la caridad. Amén» 


26 de septiembre de 2026.- (Camino Católico) “Es Jesucristo, por su encarnación, quien sale al encuentro de cada persona en su historia y se le revela como la verdadera fuente de agua viva capaz de saciar su sed. No se trata tanto de una sed material, sino de una sed de sentido, de verdad y de plenitud que habita en el corazón de cada uno”, ha reflexionado el Papa León XIV en la homilía de la Santa Misa, que ha celebrado ante 700.000 personas en la plaza de la Concordia de París, en la tarde de este sábado 26 de septiembre.



León XIV ha invitado también a realizar un examen personal sobre aquello que cada persona busca para alcanzar la felicidad y advierte que, después de conseguir objetivos, recompensas o satisfacciones, puede reaparecer un vacío interior que lleva a buscar nuevos placeres, posesiones o formas de entretenimiento para evitar enfrentarse a esa inquietud profunda. “Cuando creemos que por fin hemos terminado nuestro trabajo y que nuestros esfuerzos han sido recompensados, muy a menudo resurge el vacío interior, aún más profundo. Entonces, para llenarlo, es posible que busquemos nuevos placeres, que queramos poseer cosas nuevas, que hagamos todo lo posible por “divertirnos” para no sentir ese malestar interior.”



Por ello, plantea una serie de preguntas a los fieles: «¿Cuál es nuestra sed más profunda? ¿Qué buscamos realmente en la vida?». El Papa señaló que todos desean felicidad, amor y plenitud, pero que la cuestión fundamental consiste en preguntarse en qué fuente se intenta saciar esa sed.




León XIV destaca que para Jesús cada persona posee una dignidad única e irrepetible: «Ninguno de nosotros es un número en una identificación, ni un número de serie, sino una persona, una persona única e insustituible». En el vídeo de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa, cuyo texto completo es el siguiente:



VIAJE APOSTÓLICO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A FRANCIA

25-28 DE SEPTIEMBRE DE 2026


SANTA MISA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV


“Place de la Concorde” (Paris)

Sábado, 26 de septiembre de 2026




Queridos hermanos y hermanas:

Doy gracias a Dios por el don que me ha concedido de estar aquí, en esta Plaza de la Concordia, para celebrar la Eucaristía. Sí, ¡qué bueno y dulce es para los hermanos y hermanas convivir unidos (cf. Sal 132,1), para proclamar la grandeza de Dios! Que mi presencia entre ustedes confirme su fe y los anime a irradiar y transmitir sin cesar la vida, la paz y el amor de nuestro amado Señor Jesucristo.

 «El que tenga sed, que venga a mí y beba» (Jn 7,37). Hermanos y hermanas, nuestra comunidad sedienta se abre paso hacia Cristo, fuente de agua viva; esa agua que sacia la sed y hace florecer la vida, esa agua del amor de Dios que «ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5).

El deseo de Dios habita en lo más profundo de nuestro corazón, y clamamos con el salmista: «mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 41,3). Es el clamor de un hombre, humilde y apasionado, cuya sed más íntima y existencial no deja de crecer. Ahora bien, es Jesucristo, por su encarnación, quien sale al encuentro de cada persona en su historia y se le revela como la verdadera fuente de agua viva capaz de saciar su sed. No se trata tanto de una sed material, sino de una sed de sentido, de verdad y de plenitud que habita en el corazón de cada uno. Jesús responde a ese profundo deseo de relación, de comunión con Dios, en quien reside la plenitud de la vida para siempre.

En la primera lectura, el profeta Ezequiel veía cómo el agua brotaba del Templo y, al extenderse por el desierto, purificaba y fertilizaba todo (cf. Ez 47,1-2.8-9.12). Más tarde, san Juan verá brotar agua del costado traspasado de Jesús, al entregar el espíritu (cf. Jn 19,30-34). Todos pueden beber entonces de esta fuente para renacer y recibir el don del Espíritu, a fin de convertirse en hijos de Dios, en nuevas criaturas.

Hermanos y hermanas, hemos de reconocer que aquí en la tierra nada logra satisfacernos plenamente. Cuando creemos que por fin hemos terminado nuestro trabajo y que nuestros esfuerzos han sido recompensados, muy a menudo resurge el vacío interior, aún más profundo. Entonces, para llenarlo, es posible que busquemos nuevos placeres, que queramos poseer cosas nuevas, que hagamos todo lo posible por “divertirnos” para no sentir ese malestar interior.

La Liturgia de la Palabra de hoy nos invita a examinar nuestro corazón: ¿cuál es nuestra sed más profunda? ¿Qué buscamos realmente en la vida? Todos anhelamos la felicidad, el amor y la plenitud. Pero, ¿en qué fuente buscamos saciar nuestra sed? ¿Nos conformamos con los bienes materiales, con las satisfacciones inmediatas, con esos pequeños ídolos tan numerosos que prometen la luna y las estrellas, pero dejan vacío nuestro corazón? Por el bautismo, hemos recibido el agua viva de la que habla el Evangelio, pero ¿realmente hemos encontrado a Cristo personalmente? El ser humano es, en esencia, un ser de deseo y sólo Dios puede llenar ese vacío interior. Sí, hermanos y hermanas: Jesucristo, el Buen Pastor, nos conduce, como el pastor guía a sus ovejas, hacia la fuente de la felicidad y la paz. Él conoce a cada uno y cada una de nosotros por nuestro nombre. Ninguno de nuestros secretos, de nuestras intenciones, de nuestras debilidades se le escapa. Él escruta las profundidades de nuestro corazón. Él dio su vida por nosotros y sigue entregándola a través de los sacramentos. Lleva sobre sus hombros a las ovejas cansadas o heridas, y trae de regreso con delicadeza a las que se han descarriado. Jesús revela el amor incondicional de Dios por nosotros. Para Él, ninguno de nosotros es un número en una identificación, ni un número de serie, sino una persona, una persona única e insustituible.

Al verlos aquí reunidos, hermanos míos, herederos de una larga y hermosa historia de santidad en Francia, les digo: sacien también ustedes su sed en esta fuente, que es el Corazón de Jesús traspasado. Sí, tienen sed de Dios, de vida, de verdad, de unidad, de paz, de comunión, de felicidad. Aspiren a redescubrir un horizonte luminoso, a construir una nación renovada a partir de sus raíces, regadas por la fe. No guarden esta fe en Jesucristo sólo para ustedes, más bien dejen que se desborde para saciar y colmar a las personas con las que se encuentran. Les corresponde a ustedes llevar la esperanza allí donde reinan el desánimo y la sequía espiritual.

De hecho, al aceptar vivir en la verdad bajo la mirada de Jesús podemos ser auténticos, podemos ver nuestras vidas con lucidez. Ciertamente nuestras vidas son frágiles, vulnerables, destinadas a atravesar la muerte, pero también son maravillosas, milagrosas, capaces de renovarse en sus relaciones y de abrirse al amor verdadero.

«Beba el que cree en mí; […] “de sus entrañas manarán ríos de agua viva”» (Jn 7,37.38). Al saciarnos de la fuente que es el Corazón de Cristo, nos convertimos nosotros mismos, como escribió Orígenes, en pozos, manantiales y ríos para los demás (cf. Homilía 12, 1, 2-3). En efecto, el creyente que bebe de ella se convierte también en fuente de vida gracias a su vínculo existencial con Cristo y transmite esa misma vida a su prójimo.

Queridos hermanos y hermanas, el agua viva del Espíritu Santo se ha derramado en abundancia y sigue dando fruto en la Iglesia a través de los misioneros y los testigos presentes en todas las culturas y entre todos los pueblos. Esta agua fecunda cuanto se deja tocar y transformar por ella para producir su fruto, es decir, la santidad de quienes adoran al Dios verdadero y sirven a sus hermanos y hermanas con caridad y generosidad. En este hermoso país que es Francia, muchos se han saciado de esta agua viva a lo largo de los siglos y han consagrado totalmente su vida al bien: los primeros mártires como Blandina, Potino e Ireneo; los santos fundadores y fundadoras de órdenes religiosas, los santos obispos como Martín de Tours y Francisco de Sales; los hombres y mujeres con un corazón sensible a las necesidades de sus semejantes, como Vicente de Paúl, Federico Ozanam, Juana Jugan y muchos otros. Aún hoy, son muy numerosos en nuestra sociedad, en nuestras parroquias y en nuestras diversas actividades quienes continúan comprometiéndose a favor de la vida, la familia, la verdad, la paz, la fraternidad y la justicia.

Desde esta hermosa ciudad de París, rezo con fervor para que el agua viva del Espíritu Santo se derrame sobre toda Francia. Pienso en ustedes, queridas familias, quienes, a pesar de las múltiples dificultades que enfrentan a diario, perseveran valientemente en su misión. Les agradezco de corazón por todo el bien que se realiza a través de ustedes; que nunca se agote en sus vidas la presencia concreta de Jesús. Pienso en ustedes, queridos jóvenes: son la Iglesia de hoy. ¡Qué hermoso es ver su entusiasmo, su dinamismo, su compromiso y la alegría que llevan a las comunidades cristianas! Pienso también en ustedes, queridos catecúmenos y neófitos, que emprenden el camino de la fe, de la conversión y de la iniciación cristiana. Que puedan dar testimonio, a quienes los rodean, del camino que están recorriendo y motivarlos a que, a su vez, se planteen preguntas. Que el don del Espíritu Santo los convierta en testigos vivos, dispuestos a difundir a su alrededor la civilización del amor.

Hermanos y hermanas: dirijamos nuestra mirada hacia la Madre de Dios, Fuente de Salvación, aquella que guía nuestras vidas hacia su Hijo, autor de toda gracia. Con su “sí” libre y confiado, ella se convirtió en el humilde receptáculo querido por Dios, en el que el amor del Padre se encarnó para entregarse al mundo.

Invoquémosla con confianza para que, por su intercesión, surjan manantiales de agua viva en el seno del Pueblo de Dios y hagan florecer por toda Francia los brotes de la fe, la esperanza y la caridad. Amén.

PAPA LEÓN XIV

Fotos: Vatican Media, 26-9-2026